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05/10/2025



Hay un punto de partida en mi manera de comprender el universo que no obedece a una fe ciega ni a un dogma, sino a una convicción profunda: nada ocurre sin una causa, y cada causa, visible o no, engendra inevitablemente un efecto. En esto se sustenta buena parte de mi estructura mental, y encuentro en el principio hermético de causa y efecto —uno de los siete pilares del Kybalion— un reflejo fiel de lo que, desde la razón pura, se percibe como una ley universal. Si algo sucede, en cualquier ámbito del saber humano, no puede ser producto del azar absoluto, porque el azar mismo, en su aparente indeterminación, forma parte de un entramado causal que lo contiene, que lo dirige, aunque no lo comprendamos todavía. El determinismo, por tanto, no es una limitación del pensamiento, sino una afirmación de su coherencia.

He notado, a lo largo de los años, que aquello que llamamos “efecto sin causa” no es más que un efecto cuyas causas aún permanecen fuera del rango de nuestra comprensión. Hay causas que no se hallan inmediatamente antes del efecto, sino que se sitúan a veces muy lejos, tanto en el espacio como en el tiempo. En física cuántica, por ejemplo, se habla de correlaciones no locales; en psicología, de traumas ancestrales; en historia, de ideologías sembradas siglos antes. Todo ello me conduce a pensar que la linealidad temporal es insuficiente para explicar la causalidad. La causa puede ser distante, silenciosa, incluso inconsciente, pero sigue siendo causa. Y cuando el ser humano no logra percibirla, tiende a rellenar el vacío con explicaciones de carácter profético, místico o divino, alejándose así de la razón pura, que, como señalaba Kant, no busca certezas absolutas, sino estructuras necesarias de comprensión.

En esta vía, mi confianza en el determinismo no excluye la entropía, sino que la integra. Creo en el desorden, sí, pero en un desorden que, de manera inexorable, se transforma en orden. La segunda ley de la termodinámica nos habla del aumento de la entropía, pero el universo —paradójicamente— tiende a organizarse en sistemas cada vez más complejos. Galaxias, sistemas solares, organismos vivos, mentes conscientes: todos son productos de un orden emergente que, aunque nazca del caos, no es producto de la nada. Hay, diría Laplace, una inteligencia hipotética que, si conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza y todas las posiciones de los seres que la componen, podría predecir el futuro con exactitud. Yo no necesito imaginarla como un dios; me basta entenderla como una propiedad inherente del cosmos: la razón determinista inscrita en la trama de lo real.

Existen, a mi modo de ver, dos formas de determinismo: el consciente y el inconsciente. El primero responde a un plan, un diseño, a la acción deliberada de una o varias mentes que orientan una secuencia causal hacia un propósito definido. El segundo, en cambio, actúa sin conciencia, como lo hace la gravedad al formar galaxias o las moléculas al organizarse en vida. Ambos coexisten, ambos generan orden. La diferencia radica en la intencionalidad. Y quizás, en el fondo, la conciencia humana no sea más que un destello de ese determinismo cósmico, una forma en que el universo se contempla a sí mismo determinando. La moral y la ética, en este marco, no pueden surgir del vacío ni de la simple espontaneidad. Ser ético requiere un trabajo interior, un ejercicio deliberado de autoconstrucción. Nadie nace moral por instinto; la ética es un resultado, no una causa inicial. Se cultiva como se cultiva una virtud o una ciencia: a través del esfuerzo consciente. Spinoza decía que la libertad no consiste en el libre albedrío, sino en comprender las causas que nos determinan. Comprender esas causas es precisamente lo que nos permite obrar racionalmente y, por lo tanto, éticamente. Así, la moral, lejos de ser un mandato externo o divino, es el producto de un determinismo interior: una decisión de ordenar el caos de nuestros impulsos.

Las llamadas “revelaciones divinas”, por otro lado, siempre me han parecido efectos de una causa mucho más terrenal: la necesidad humana de dotar de sentido a lo desconocido. Cuando alguien dice haber recibido un mensaje del más allá, sospecho que ese mensaje ha sido determinado por su propio inconsciente, o por estructuras culturales diseñadas para moldear la mente colectiva. Las religiones, en ese sentido, son sistemas de determinismo simbólico: planes que buscan orientar el pensamiento hacia una dirección específica. No niego su utilidad social ni su poder emocional, pero sí creo que, en la mayoría de los casos, esas revelaciones responden a causas psicológicas más que sobrenaturales. La razón científica nos invita a buscar esas causas sin negarlas, pero también sin adorarlas.

Mi espiritualidad, sin embargo, no está reñida con la ciencia. Es una espiritualidad racional, introspectiva, que se funda en la observación de los procesos mentales y en la exploración de la conciencia. No busco la trascendencia en templos ni en dogmas, sino en la frontera difusa entre el pensamiento consciente y el inconsciente. He aprendido a inducir estados cercanos al sueño para permitir que el inconsciente dialogue con la conciencia. Es un ejercicio de autoobservación, una especie de meditación neuropsicológica que me lleva a conocer los mecanismos de mi propio ser. En ese tipo de trabajo con mi interior, me siento cercano a la idea de Nietzsche: “Si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.”

El abismo es mi inconsciente; la mirada, mi razón; el encuentro entre ambos, mi espiritualidad.

Cada vez que exploro ese territorio interno, descubro que todo lo que realizo en mi vida, lo he determinado. No hay actos azarosos, ni decisiones fortuitas. Incluso los errores —si así pueden llamarse— son efectos de causas más profundas que se integran con mi historia, mis ideas, mis emociones. En la aparente libertad de cada decisión hay una red causal que me precede, y conocerla no me quita libertad: me la otorga. Porque comprender lo que me determina me permite decidir mejor, con más lucidez, con más coherencia.

El caos, por supuesto, existe. Lo veo en la sociedad, en la naturaleza, en la mente humana. Pero el caos, tarde o temprano, revela un patrón. En los sistemas sociales, el orden no surge de la nada: es diseñado, planificado, determinado. Las leyes, las estructuras económicas, las ideologías, todo ello responde a un esquema de determinación. En la naturaleza, el orden aparece incluso donde no se lo busca. Los cristales se forman, los planetas orbitan, las células se dividen siguiendo leyes precisas. No hay azar puro; hay complejidad. Y la complejidad no niega el determinismo: lo perfecciona.

En definitiva, creo que el determinismo es la base del progreso humano, porque solo quien entiende las causas puede modificarlas. Solo quien comprende el orden detrás del caos puede evolucionar. Si aceptamos que todo tiene una causa, aprendemos a no culpar al destino, sino a estudiar las condiciones que lo generan. Y en ese estudio —profundo, racional, a veces doloroso— nace la verdadera libertad: la libertad de conocerse, de prever, de construir.

Quizás el universo sea un gigantesco mecanismo cuya finalidad desconocemos, o tal vez sea una mente que se piensa a sí misma. Pero sea como sea, en cada causa y cada efecto vibra la misma melodía: la de un orden que se revela poco a poco ante la mirada del que busca comprenderlo. Y en ese acto de comprensión, encuentro mi espiritualidad, mi ética, mi razón y mi destino.

El tejido invisible del determinismo: Entre el pensamiento, la ciencia y el espíritu

En muchas ocasiones me detengo a observar cómo las personas suelen atribuir a la suerte aquello que en realidad es consecuencia de un conjunto de causas entrelazadas. Es curioso cómo el azar se convierte en el refugio psicológico del que teme aceptar que todo está sujeto a leyes, aunque esas leyes aún no puedan comprenderse. La ilusión del azar, en el fondo, es una forma de consuelo: nos hace sentir que hay un margen incontrolable que nos libera de responsabilidad. Pero cada vez que estudio con detenimiento un suceso —ya sea una elección personal, una coincidencia fortuita o un acontecimiento histórico— descubro una red causal tan intrincada que el azar se disuelve como un espejismo. Lo que llamamos “casualidad” es, a menudo, una causalidad no percibida.

El universo, según las teorías más recientes, parece oscilar entre la incertidumbre cuántica y la precisión matemática. Pero incluso allí donde reina la indeterminación —como en la mecánica cuántica— el comportamiento estadístico de las partículas obedece a reglas tan firmes que nos permiten predecir probabilidades con asombrosa exactitud. Einstein, fiel a su visión determinista, rechazaba la idea de que “Dios juegue a los dados con el universo”. Y aunque la física moderna ya no necesita a ese “Dios” como agente causal, la idea de un orden subyacente sigue viva, porque sin ella el conocimiento perdería su fundamento. Si nada fuera determinable, la ciencia entera sería un acto de fe, no de razón.

Esa estructura de orden, visible o latente, me recuerda a lo que en psicología Jung llamaba sincronicidad: la coincidencia significativa entre un acontecimiento interno y uno externo, aparentemente desconectados pero unidos por un sentido. Desde una mirada estrictamente racional, esa conexión podría explicarse como un patrón causal no consciente, en el cual la mente, operando en niveles profundos, detecta correlaciones que la razón superficial ignora. Lo importante es que incluso lo que parece “misterioso” mantiene una lógica interna. Nada escapa al principio hermético de causa y efecto, solo que a veces la causa se oculta tras el velo del tiempo o del inconsciente.

Cada descubrimiento científico ha sido, de algún modo, una revelación del determinismo universal. Newton descifró las leyes del movimiento al comprender que la caída de una manzana y el giro de los planetas obedecen a una misma causa gravitacional. Darwin demostró que la evolución no es azarosa, sino consecuencia de una cadena de causas biológicas. Freud, al explorar el inconsciente, nos mostró que incluso los lapsus y los sueños responden a determinaciones psíquicas. Y hoy, cuando la neurociencia estudia la toma de decisiones, hallamos que el cerebro inicia un acto antes de que la conciencia crea haberlo elegido. El libre albedrío se revela entonces como un fenómeno determinado, una ilusión funcional que sostiene nuestra identidad. Pero este descubrimiento, lejos de restarme libertad, me la amplía. Porque cuando sé que una emoción, una reacción o un pensamiento tienen una causa, puedo trabajar sobre ella. Puedo rastrear su origen, desmontar su mecanismo, reprogramar su efecto. La autoconciencia es la forma suprema del determinismo lúcido, y en esa vía la espiritualidad y la ciencia se encuentran. Una me ofrece la estructura, la otra el método; ambas, la comprensión de mí mismo como causa y efecto de mi propio destino.

He aprendido que el orden del mundo no siempre se manifiesta con armonía visible. A veces se expresa a través de crisis, de rupturas, de lo que llamamos “caos”. Pero ese caos es solo la antesala de una reorganización superior. En física se habla de los “atractores extraños” del caos determinista: sistemas que, aunque parezcan impredecibles, se mueven dentro de un patrón definido. Así también sucede con la vida humana: las aparentes desviaciones terminan conduciéndonos a un punto de equilibrio. El caos no es el enemigo del orden, sino su preludio.

De hecho, las culturas antiguas lo sabían bien. El Taoísmo enseñaba que el universo se equilibra entre el Yin y el Yang, fuerzas opuestas pero complementarias. En el hermetismo, la correspondencia entre planos (“como es arriba, es abajo”) revela que toda manifestación responde a una ley universal de resonancia. Incluso en la alquimia —tan simbólica como científica— la transformación del plomo en oro representaba el proceso determinista del alma que busca perfeccionarse, pasando del caos de la materia a la claridad del espíritu.

Y pienso que en mi propio camino interior, cada decisión, cada aprendizaje, ha seguido esa misma ley. Nada de lo que soy es casual.

La moral, en este ámbito, se vuelve una ciencia aplicada del alma. No una lista de mandamientos, sino un proceso de autoconstrucción consciente. Cuando obro con ética, no lo hago por temor a un "castigo supremo" o por imitación del "Altísimo", sino porque comprendo las consecuencias de mis actos y las causas que me mueven. El determinismo moral no elimina la responsabilidad: la redefine. Me hace entender que cada acción, por mínima que parezca, es una causa que engendrará un efecto en el tejido humano y cósmico del que formo parte. Por eso, ser ético es ser coherente con las leyes que sustentan la realidad, y en ese aspecto, la ética es una ciencia natural del espíritu.

También he pensado mucho en el papel del inconsciente colectivo, que parece regir buena parte de la historia humana. Los movimientos sociales, las revoluciones, los avances tecnológicos, incluso las modas, no surgen de manera espontánea. Son el resultado de largos procesos deterministas: ideas sembradas, deseos acumulados, tensiones colectivas que maduran hasta estallar. Detrás de cada cambio aparente, hay una causa profunda que venía gestándose en silencio. En este camino de pensamiento, el progreso humano —con todos sus aciertos y errores— es la consecuencia inevitable de una evolución causal de la conciencia.

Y si el universo mismo es una red de causas interdependientes, entonces la noción de “milagro” se transforma. El milagro no sería una violación de las leyes naturales, sino su manifestación más elevada. Un milagro ocurre cuando una causa superior actúa sobre un nivel inferior que aún no puede comprenderla. En esa perspectiva, la divinidad no desaparece: se redefine. No como un ente caprichoso, sino como la inteligencia total del cosmos, el determinismo absoluto que abarca todas las causas y todos los efectos. Lo que los antiguos llamaban “Dios” podría ser, en realidad, el nombre poético del orden universal.

A veces me preguntan si creer en el determinismo no me hace sentir prisionero de una secuencia inevitable. Y respondo que no: lo contrario. Me libera. Porque en lugar de ver mi vida como un tablero de azar, la veo como una partitura polifónica en la que cada nota tiene su lugar. Conocer la partitura no le quita belleza a la música; al contrario, permite ejecutarla con maestría. Así es también con la existencia: comprender las leyes que la rigen no destruye el misterio, sino que lo revela en toda su magnitud.

Finalmente, cuando contemplo el cielo —esa inmensa danza de causas y efectos que llamamos universo— siento que la razón y la espiritualidad convergen. No hay contradicción entre el pensamiento científico y la búsqueda interior, porque ambos son modos distintos de conocer la misma verdad. El determinismo es, para mí, la huella de esa verdad en el tejido de lo real. Y si alguna vez el caos parece vencer, sé que tarde o temprano el orden volverá a emerger, como la luz que siempre se filtra entre las sombras del pensamiento.

El determinismo como ética del ser: La conciencia que se sabe causa

Llega un punto en el camino del pensamiento en que el determinismo deja de ser una simple teoría sobre el universo y se transforma en una forma de vivir. Comprender que todo tiene una causa no es solo un ejercicio de lógica: es un modo de asumir la existencia con madurez, sin resentimientos ni supersticiones. Cada vez que reconozco que lo que ocurre —sea bueno o doloroso— responde a un encadenamiento de causas, siento una serenidad que no proviene de la resignación, sino del entendimiento. Esa serenidad es la raíz de una ética personal, una ética que se basa en la comprensión del orden, no en la obediencia ciega a mandatos.

Cuando acepto que toda acción que realizo será causa de algo, elijo actuar con mayor consciencia. Si sé que un pensamiento genera un efecto —aunque sea imperceptible—, aprendo a cuidar el pensamiento como se cuida una semilla. En cierto modo, el determinismo me ha devuelto la noción de responsabilidad sagrada. No porque alguien me vigile desde afuera, sino porque yo mismo soy el observador y el observado, el que causa y el que sufre el efecto. Lo que hago al otro, lo hago a mí, porque soy parte de la misma red causal que une todo lo que existe. Y cuánto más tiempo dedico a profundizar en esta comprensión, descubro que el determinismo no anula la libertad, sino que la redefine. La libertad absoluta —esa que niega toda causa— sería el caos total, y el caos total no genera evolución, solo fragmentación. Pero la libertad dentro del orden, la que nace del conocimiento de las causas, es una libertad lúcida, creadora, responsable. Es la libertad del navegante que conoce las corrientes: no puede controlarlas, pero sí aprender a valerse de ellas para llegar a puerto. En ese aspecto, el conocimiento de las leyes universales no limita; orienta.

Pienso en cómo, a lo largo de la historia, la humanidad ha transitado este mismo proceso sin advertirlo. Las antiguas civilizaciones entendían la vida como un tejido de correspondencias: el karma en Oriente, el destino en Grecia, la providencia en el cristianismo. Todas son formas de expresar el mismo principio, revestidas con diferentes lenguajes. El error fue transformar esas nociones en fatalismo, en vez de comprenderlas como un mapa de responsabilidad cósmica. Porque el destino no es una prisión: es un código que puede leerse, interpretarse, incluso reescribirse, si se entienden sus causas. Somos, de algún modo, programadores del propio devenir.

En la práctica cotidiana, esta visión cambia la manera en que uno se relaciona con todo. Ya no busco culpables externos; busco causas. Ya no reacciono impulsivamente; observo los mecanismos internos que me empujan a reaccionar. Ya no me siento víctima del mundo, porque comprendo que soy parte activa de su entramado. Y cuando uno entiende eso, la ética deja de ser un conjunto de normas y se convierte en una ciencia del alma aplicada a la vida. Incluso en los momentos de crisis —cuando todo parece escapar del control—, el determinismo actúa como una brújula. Me recuerda que no hay caos sin propósito, ni dolor sin función. A veces la causa de un acontecimiento no está en el presente, sino en una cadena que viene desde muy lejos, tal vez desde generaciones anteriores o desde la estructura misma del universo. Pero saber que existe una causa, aunque no la comprenda, basta para sostenerme. Esa certeza racional se transforma, paradójicamente, en una forma de fe: la fe en la ley.

He aprendido también que el determinismo tiene un componente estético. Ver cómo los efectos se encadenan con precisión invisible es como escuchar una sinfonía celestial. Cada átomo, cada pensamiento, cada decisión forma parte de una partitura eterna. Algunos lo llamarían “Dios”, otros “la Mente Universal”, otros simplemente “la Naturaleza”. Pero más allá de los nombres, lo esencial es percibir que el universo no improvisa, aunque a veces toque melodías que nuestra razón todavía no puede descifrar.

La espiritualidad racional que cultivo nace precisamente de esa percepción. No necesito imágenes divinas ni intermediarios para sentir lo sagrado: basta con contemplar la exactitud del amanecer, la geometría de una flor, o la coherencia entre mi respiración y los latidos de un corazón que no decido conscientemente mover. Todo eso es determinismo manifestado como belleza. En ese instante comprendo que lo que los místicos llamaban “revelación” es simplemente la conciencia despertando a su propia estructura causal. La verdadera iluminación no es sobrenatural: es ver con nitidez el mecanismo de lo real. Spinoza lo expresó con claridad al decir que “el hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría es una meditación de la vida”. Esa sabiduría nace del reconocimiento de que no hay azar en el ser. Cada gesto, cada idea, cada respiración es un hilo de araña en la tela del Todo. Y cuando uno actúa en armonía con esa tela, cuando no se opone a la ley sino que la encarna, se vuelve —como decía el mismo Spinoza— una parte consciente de la divinidad. Esa es la ética del determinismo: actuar desde la comprensión de las causas, no desde la ignorancia de ellas. Por eso, cuando hablo de determinismo, no lo hago desde una perspectiva fría o mecanicista. Lo hago desde una vivencia profunda de conexión. Me resulta imposible pensar en un universo donde las cosas sucedan por simple capricho. Prefiero un cosmos donde todo esté enlazado, donde cada causa tenga sentido, aunque aún no lo entienda. Ese orden, visible o no, es el sostén del pensamiento y del espíritu. El determinismo no niega el alma: la estructura.

En el fondo, creo que lo que llamamos progreso no es otra cosa que el avance de la conciencia hacia una comprensión cada vez más amplia de las causas. La ciencia lo hace hacia afuera, la espiritualidad hacia adentro. Y en el punto donde ambas convergen, el ser humano se reconoce como nodo de una red infinita: causa y efecto al mismo tiempo. Ahí nace la verdadera unidad, la que no depende de credos ni de ideologías, sino del entendimiento íntimo de que todo está determinado para que pueda existir el aprendizaje. Quizás ese sea el propósito final del universo: autocomprenderse. Cada mente que piensa, cada espíritu que siente, cada átomo que vibra contribuye a esa comprensión total. Y en ese proceso, el determinismo deja de ser una teoría filosófica para convertirse en una experiencia espiritual. Porque comprender la ley es participar de ella, y participar de ella es reconocer que el cosmos no está fuera de uno, sino en uno mismo.

Así, cuando miro hacia atrás y veo la cadena de causas que me ha traído hasta aquí —las decisiones, los encuentros, los errores, las luces—, no puedo evitar sentir gratitud. Gratitud hacia la inteligencia universal que me permite entender que nada ha sido en vano. Y cuando miro hacia adelante, no busco el azar ni el milagro, sino la continuidad del orden, la danza infinita entre causa y efecto que me invita, una y otra vez, a pensar, a crear, a amar con plena conciencia.

Ese, al final, es mi credo: ser causa lúcida en el universo que me causa.

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20/03/2024


Dentro de mi particular entretejido mental respecto de la política global, quiero expresar una reflexión, un tanto profunda creo yo, respecto del verdadero poder que yace tras las cortinas del escenario democrático.

Todos los seres humanos nos hallamos frente a un tablero en el cual los actores políticos se ordenan como meros peones dependientes de una fuerza superior, una sinarquía global que trasciende las fronteras nacionales y los espectros ideológicos. Esta compleja red de influencias corporativas, revestida con el ilusorio manto de la democracia, opera en las sombras, trazando los destinos de naciones enteras mientras los políticos, ya sean de derecha, izquierda o centro, actúan dentro de los límites establecidos por esta élite invisible.

Es fundamental comprender que la dicotomía política tradicional, entre izquierda y derecha, es más una construcción conceptual que una realidad palpable. Así como los hemisferios cerebrales trabajan en armonía para coordinar las funciones del cuerpo, los supuestos opuestos políticos colaboran en la perpetuación del status quo impuesto por la sinarquía global. En este vasto escenario geopolítico, la democracia se convierte en un velo tras el cual se oculta la verdadera maquinaria del poder, donde los políticos son simplemente actores en una representación preestablecida.

El concepto mismo de democracia se ve cuestionado cuando se comprende que su existencia es más una idea que una realidad palpable. Así como los colores blanco y negro son interpretaciones del cerebro humano sobre el espectro lumínico, la democracia y los países son construcciones mentales que sirven para mantener el orden establecido por la sinarquía. Esta Noocracia, o gobierno de la mente, se erige como la verdadera fuerza detrás de las decisiones políticas, mientras los líderes visibles son simples ejecutores de un guion preestablecido.

En mi ideograma enmarañado de poder, algo complejo diría yo, al menos para mí, cada movimiento político es parte de una coreografía predefinida, donde los políticos actúan como marionetas en manos de una élite invisible. Desde las altas esferas del poder, se diseñan los destinos de naciones enteras, mientras la población se debate en una ilusión de libre albedrío. Protestas, elecciones y debates políticos son parte del teatro diseñado para mantener la ilusión de participación ciudadana, mientras la verdadera toma de decisiones queda en manos de unos pocos.

La reacción impulsiva ante memes políticos sin un análisis profundo es sintomática de la complacencia en la que nos sumerge el sistema. Los medios de comunicación, lejos de ofrecer información imparcial, son instrumentos de manipulación al servicio de la sinarquía. Es necesario cuestionar las narrativas preestablecidas y buscar más allá de la superficie para comprender la complejidad de las fuerzas que moldean nuestro mundo. La comprensión de esta realidad compleja e intrincada invita a una profunda reflexión sobre el verdadero alcance del poder político. Más allá de las apariencias, se encuentra una red de influencias y estructuras que trascienden las fronteras y las ideologías. Solo al despojarnos de las ilusiones creadas por la sinarquía global podemos comenzar a vislumbrar la verdadera naturaleza del poder en el mundo contemporáneo.

Como dijo Maquiavelo en su obra 'El Príncipe': 'Los hombres olvidan más fácilmente la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio'. Y como afirmaba Montesquieu: 'Cuando el poder legislativo y el ejecutivo están reunidos en una misma persona o en un mismo cuerpo de magistrados, no puede haber libertad'.

Por lo tanto, después de reflexionar sobre las palabras de Maquiavelo y de Montesquieu, podemos ser dueños de una perspectiva que al menos nos intriga, sobre el entramado de poder que gobierna nuestros destinos. Por encima de las corporaciones y de las estructuras políticas visibles, se alza la figura de la Noocracia, una entidad de entidades, invisible, y que con el paso del tiempo, y desde épocas inmemoriales, moldea cada vez más -yo diría al 100% a estas alturas-, el curso de la historia humana. Es de suma importancia entender que esta fuerza no necesariamente busca dañar al ser humano, sino más bien dirigir su evolución hacia un futuro prediseñado, tal como lo haría un arquitecto al derribar una pared antigua para erigir una nueva, usando materiales más avanzados y duraderos. La sinarquía global y la Noocracia operan como los arquitectos del destino humano, trabajando en las sombras para remodelar la estructura misma de la sociedad. Su objetivo no es simplemente mantener el statu quo, sino más bien guiar la evolución de la especie hacia un estado superior de organización y conciencia. Así como aquel arquitecto ve más allá de la estructura actual para visualizar el edificio futuro, estas entidades vislumbran un destino más elevado para la humanidad, uno en el que las limitaciones del pasado son reemplazadas por nuevas posibilidades y potenciales.

Y es en este laborioso proceso de construcción y reconstrucción, la inevitabilidad de un punto de inflexión, es decir, de que algunas estructuras antiguas deban ser derribadas, por más arraigadas que estén en la sociedad. Sin embargo, es menester el comprender que este proceso no busca la destrucción por sí misma, sino la transformación hacia algo mejor y más adecuado para el futuro de la humanidad. Así como ese arquitecto elimina una pared vieja para dar paso a la nueva, la Noocracia y la sinarquía trabajan para eliminar las barreras del pasado y construir un futuro más sólido y prometedor. Y es aquí, en este punto de entendimiento, cuando aumenta nuestra comprensión de lo que nos rodea, la cual se hace cada vez más profunda cuando nos acercamos más y más respecto de nuestra particular introyección semántica en cuanto al papel que cumplen estas fuerzas invisibles, y es en esta etapa en donde podemos encontrar una visión más esperanzadora del futuro. Aunque puedan parecer ominosas desde la superficie, su objetivo último es el progreso y la evolución de la humanidad hacia un estado superior de existencia. Al igual que aquel arquitecto que trabaja en la oscuridad para luego dar brillo y belleza, la Noocracia y la sinarquía trabajan en las sombras para esculpir un destino digno de la grandeza humana.

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06/09/2014


Las decisiones... esas acciones diarias tan dominadas por una fuerza muy poderosa, proveniente desde lo profundo de nuestra psique, denominada... Procrastinación... es éste, un gran y pesado monstruo que atrapa los impulsos para decidir, para crecer, para hacer, para progresar... es el mismo que intenta constantemente y sin descanso, retraernos a un cómodo letargo de ensueños, de quietudes adormecedoras, de auto-complacencias, de desafíos pospuestos, de sueños olvidados, de corajes disimulados de temporalidades y de obnubilar nuestro libre decidir... y a lo único que nos intenta arrastrar, por medio de sus poderosas garras inmateriales, es hacia nuestra propia destrucción psíquica, hacia una de sus metas principales como monstruo psicológico que es, y esa meta es, el hacernos dejar para mañana lo que podríamos haber hecho hoy, acto imperdonable para el progreso de nosotros mismos y por ende, el de la sociedad toda. ¿Pero, como derrotamos a esa fiera mitológica proveniente desde el inframundo de nuestra psique? Simplemente, con dos de las armas mas poderosas con que cuenta el ser humano consciente, y que son, la voluntad primero, y el hábito después. 

Por medio de la voluntad, tomaremos decisiones concretas y las llevaremos a buen término, pero esto no vasta, ya que la fuerza para la repetición periódica de utilizar la voluntad indeterminadamente, es provista por el hábito. La voluntad sin el hábito, es como que el sol aparezca una sola vez en la vida sobre nuestro cielo... solo dará Luz por única vez. Pero el hábito, ese gran amigo de cada ser humano, que se ocupa de reforzar todas las demás virtudes que éste posea, es la clave para derrotar a aquel monstruo denominado Procrastinación. Monstruo que todos portamos dentro de nuestra profunda psique, pero también, al igual que lo anterior, todos somos portadores de la Posibilidad de derrotarlo, de hacer que, por medio de nuestra Voluntad Habitualmente utilizada; ese engendro evolutivo que a cada momento nos intenta retener dentro de cavernas mitológicas, sin poder acceder a una realidad que se encuentra tan, pero tan cerca, que seríamos capaces de tocarla con nuestras manos; quede relegado a una celda con gruesos barrotes de Voluntad y asegurada con la inalterable llave que proviene desde el Hábito.

Voluntad y Hábito, dos virtudes complementarias, que derrotan ese "dejar para mañana lo que podríamos hacer hoy", o mejor dicho, "dejar para después lo que podríamos hacer ahora", pero también, representan virtudes que, si bien nos hacen tomar decisiones en tiempo y forma, esas decisiones, a veces, son encadenadas por subjetividades que hemos recibido desde terceros a lo largo de nuestra existencia, desde que nacemos. Debido a ello, debe surgir en nosotros, la difícil -pero no así, imposible- capacidad de aplicar una tercera y muy útil virtud, denominada "auto-observancia", esa tercera fuerza, que siempre se encuentra a nuestro alcance, y que pone en nuestras manos la Posibilidad de vernos a nosotros mismos en el tiempo, es decir que, nos permite observarnos hacia atrás en el tiempo, mirando, tanto a nuestros actos pasados (inmediatos o distantes), como así también re-escuchar nuestras palabras vertidas sobre los demás, con el fin de que, aquellas primeras dos virtudes, la Voluntad y el Hábito, sean cada vez mas Libres de las subjetividades impuestas, y que además, debamos entender que no nos pertenecen. Las subjetividades asimiladas por nuestra mente adulta, basada en en un alto estado de conciencia, son las que quitarán las cadenas que aprisionan a la Voluntad y que esclavizan al Hábito.

Utilicemos entonces, la "auto-observancia", ese efectivo acto de mirarnos hacia atrás diariamente, para entendernos y para rectificarnos, y poder discernir lo qué hemos hecho bajo los influjos de la Procrastinación, y lo que hemos hecho bajo los influjos de... el Libre Albedrío...

Escucha en este link, mi producción musical respecto del Libre Albedrío, en donde las partituras las confeccioné por medio de una sola y primera interpretada sobre el piano.



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10/04/2014



Explorar en mayor profundidad el tema de la soberanía y el papel de los sindicatos en todo el mundo nos brinda la oportunidad de comprender mejor cómo algunos líderes sindicales han mantenido su integridad y luchan por los intereses de sus miembros sin caer en la corrupción, a diferencia de otros que podrían estar influenciados por intereses ocultos. Esta comparación puede arrojar luz sobre cómo la ética y la autenticidad pueden prevalecer en el mundo sindical, enriqueciendo la discusión sobre el tema.

Partiendo de varios países de América Latina, como punto de referencia, es interesante observar las diferencias con sindicatos en otras partes del mundo que han mantenido una postura ética y firme en la defensa de los derechos de los trabajadores. Un ejemplo destacado es el sindicato noruego, donde líderes como Leif Sande han sido reconocidos por su compromiso con los derechos laborales y la justicia social. En Noruega, un país con una economía próspera y un alto grado de sindicalización, los sindicatos desempeñan un papel importante en la protección de los trabajadores sin que esto comprometa la soberanía del país. Sande ha destacado por su firmeza en la promoción de los intereses de los trabajadores sin ceder ante las presiones de poderes económicos externos. Su liderazgo ejemplifica la posibilidad de mantener la soberanía y la integridad sindical al mismo tiempo.

En Brasil, un caso inspirador es el de Luiz Inácio Lula da Silva, un líder sindical que posteriormente se convirtió en presidente del país. Lula, un antiguo metalúrgico, fue uno de los fundadores del sindicato metalúrgico de Sao Bernardo do Campo y lideró huelgas exitosas en la década de 1980. Su presidencia marcó un período de reformas progresistas que beneficiaron a millones de brasileños sin socavar la soberanía de la nación. Esto demuestra que es posible liderar movimientos sindicales poderosos sin comprometer los intereses de la nación.

Un tercer caso ejemplar se encuentra en Sudáfrica, donde Nelson Mandela, aunque no era un sindicalista en el sentido tradicional, luchó incansablemente por los derechos de los trabajadores y su bienestar. Durante su mandato como presidente, promulgó leyes laborales que garantizaron la igualdad de derechos en el lugar de trabajo y apoyaron a los sindicatos en su búsqueda de justicia. Mandela fue un símbolo de integridad y liderazgo ético, defendiendo la soberanía de Sudáfrica mientras avanzaba en la lucha contra la discriminación racial y la desigualdad.

Estos ejemplos ilustran que es posible mantener la soberanía de un país y, al mismo tiempo, liderar movimientos sindicales que protejan los derechos de los trabajadores. La clave está en la ética y la integridad de los líderes sindicales, que pueden resistir las influencias corruptoras y representar de manera efectiva a sus miembros sin comprometer los intereses de la nación. El desafío es encontrar un equilibrio entre la defensa de los derechos de los trabajadores y la preservación de la soberanía, sin ceder ante las presiones de poderes externos.

En el contexto actual de la globalización, es esencial comprender cómo los sindicatos pueden desempeñar un papel crucial en la protección de los trabajadores y la preservación de la soberanía nacional. Sin embargo, también es importante reconocer que no todos los sindicatos son iguales, y algunos pueden ser influenciados por intereses que van en contra de los valores fundamentales de autodeterminación y justicia social.

La soberanía, en su esencia, representa el principio de autodeterminación de un pueblo. Es el derecho de un país a tomar decisiones políticas y económicas sin interferencia externa. En un mundo globalizado, donde las fronteras son cada vez más permeables, la soberanía se ha convertido en un tema complejo y controvertido. La interacción entre los sindicatos y la soberanía se manifiesta en cómo los sindicatos abogan por los derechos de los trabajadores y, al mismo tiempo, pueden influir en la economía y la política de una nación.

Un aspecto fundamental es cómo los sindicatos pueden presionar por mejoras en las condiciones laborales y los salarios, lo que a su vez puede afectar la competitividad económica de un país. Si los sindicatos son efectivos en sus demandas, esto puede aumentar los costos laborales para las empresas, lo que a su vez podría llevar a la reubicación de empresas en otros lugares, disminuyendo la soberanía económica de una nación.

Por otro lado, los sindicatos también pueden desempeñar un papel importante en la promoción de la justicia social y la igualdad de ingresos. La lucha por salarios justos y condiciones laborales seguras puede contribuir a una sociedad más equitativa. Sin embargo, en algunos casos, los sindicatos pueden excederse en sus demandas, lo que podría perjudicar la economía y, en última instancia, la soberanía del país.

El equilibrio entre los derechos de los trabajadores y la soberanía nacional es un tema complejo y en constante evolución. Los líderes sindicales éticos y conscientes de la importancia de mantener la soberanía de su país pueden desempeñar un papel crucial en la búsqueda de este equilibrio. La integridad y la ética en el liderazgo sindical son esenciales para garantizar que los sindicatos defiendan los derechos de los trabajadores sin socavar la soberanía del país.

En el ámbito sindical, es fundamental identificar líderes que se mantengan firmes en la defensa de los derechos de los trabajadores sin ceder ante influencias corruptoras. Aquellos que son capaces de mantener su integridad y ética pueden ser un faro de esperanza en un mundo donde la lucha por la soberanía y la justicia social es constante.

La soberanía no es un concepto estático, sino un principio en constante evolución que debe equilibrarse con las necesidades de una economía globalizada y las demandas de los trabajadores. Es esencial reconocer que la soberanía no es un absoluto, y que cada país debe encontrar su propio camino para preservar su identidad y sus intereses en un mundo interconectado.

En resumen, la relación entre la soberanía y los sindicatos es un tema complejo y multifacético. Los ejemplos de líderes sindicales éticos y comprometidos en Noruega, Brasil y Sudáfrica demuestran que es posible mantener la soberanía de un país y, al mismo tiempo, liderar movimientos sindicales poderosos que defiendan los derechos de los trabajadores. El equilibrio entre estos dos objetivos es esencial en un mundo globalizado, y la integridad en el liderazgo sindical desempeña un papel crucial en la búsqueda de este equilibrio. La soberanía y la justicia social pueden coexistir si se abordan con ética y responsabilidad. La lección que podemos extraer de estos ejemplos es que la lucha por un mundo más justo y equitativo no debe comprometer la autodeterminación de una nación. En última instancia, es responsabilidad de los líderes sindicales y los ciudadanos mantener la integridad y la soberanía en sus respectivos campos de acción.

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11/12/2013

Mucho hablamos, hoy en día, de los ignorantes, de los fanáticos, de los ambiciosos, y de un largo etcétera, pero muy poco espacio de difusión se le dedica, creo yo, a aquellos sagaces causantes de estos males; males esparcidos por sobre dichas personas que los portan, o sea, de las muy pocas referencias hacia esos implacables corruptores en todo sentido, y que han aquejado y atrasado a la humanidad, desde que ésta tiene "uso de razón".

Pero, ¿que debemos pensar respecto de esos impiadosos impulsores de aquellos tres males que éstos depositan sobre la sociedad, moral e intelectualmente indefensa, cual guano de murciélago desparramado por sobre el piso de una oscura y húmeda caverna?

El pensamiento que se desprende de la cuestión anterior es, nada más y nada menos que, -y al igual que lo hace un virus-, la manera en que aquellos involucionistas atacan directamente sobre el tejido social, que se encuentra moral e intelectualmente indefenso, por medio de sus procesos corruptores, fanatizadores, esclavizadores y asesinos del Ser, con el solo objetivo de someter y encarcelar psicológicamente a las masas, por medio de sus desgraciadamente fuertes cadenas de opresión mental, de convencimiento y de disgregación espiritual, transformándose esto último en el adiestramiento de seres humanos, de manera tal de que no puedan ser participes del Luminoso transitar desde la dualidad hacia la unidad, desde la Díada hacia la Mónada, desde un mundo de materialismo, individualismo y bajas pasiones dominantes hacia la tan necesaria e introspectiva espiritualidad para con uno mismo, desde ser un mero esclavo gracias a aquellos opresores de almas hacia ser un convencido dueño de si mismo, desde estar atado por corroídas cadenas psicológicas hacia el tener la fuerza espiritual necesaria para romperlas. Estos asesinos del Ser, nunca se detendrán, ni repararán en daños, ni experimentarán la empatía, ese tan necesario colocarse en el lugar del otro, y menos que menos serán capaces de darse cuenta de sus acciones devastadoras para la humanidad en su conjunto, por el simple hecho de que éstos entes oscuros no ven mas allá de sus propios intereses de toda índole, pero, que al resumirse dicho conjunto, el interés último es uno solo: alabar a esa diosa mercado que ostentan los políticos corruptos y las empresas en connivencia con ellos.

Cuanto mas personas se encuentren bajo sus afiladas garras, mas alabada se sentirá la diosa. Cuanto mas debilitada, moral e intelectualmente, se encuentren las masas y cuanto más fuerte sea el individualismo el sentimiento que defina a cada una de las personas que formen dichas masas, mas satisfecha con sigo misma estará aquella diosa.

Por eso yo les digo:

¡Hey! ¡Pongan atención! Malignos discípulos de la diosa de la corrupción, ¿porqué todavía continúan pululando por esta bendita Madre Tierra, sabiendo que el efecto de sus malditas acciones retornarán hacia ustedes mismos? ¿Quienes se creen que son?, ¡hey!, ustedes, infames servidores de su propio verdugo. Es que, ¿no se dan cuenta de que la diosa de la corrupción también se encuentra por encima de ustedes? Pues no olviden una cosa, y es que ella los aplastará ante la más mínima percepción de sus propias, corruptas y ocultas falencias. Si, ¡a ustedes les digo! Falaces de cuello blanco y mentores de cultos divinos. Si, ¡a ustedes los menciono! Voraces acaparadores de tributos ajenos. Si, ¡a ustedes los señalo con mi dedo índice firme y recto! Viles creadores de falsos ídolos. Si, ¡ustedes... ustedes, depositarios de mi recia mirada! ¡¡¡Mirenme!!! Monstruosos y corpulentos dueños de los dueños. Si, ¡ustedes!... allí, ¿es que todavía no se han dado por aludidos?, allí los veo... ustedes que en todo momento intentan envenenar a los muertos... ¿porqué esa insistencia para evitar que el Ser Renazca?, es que, ¿el que puedan llegar a ver a la Mónada, los pone inquietos?, ¿y se dieron cuenta de que, con tanto derramar de su propio miedo, así alimentan a aquella diosa?, aunque eso es bueno, ya que ¡el miedo mata!, inescrupulosos impulsores de la mediocridad y de la involución del Ser. Pero, tengan de seguro, que cuando se hallen aplastados por su majestad divina de la corrupción, los únicos que los podrán auxiliar, son aquellos a que ustedes mismos corrompieron, fanatizaron, esclavizaron y asesinaron su Ser, pues, los que todavía cargamos con la coraza anti-ustedes, si, ¡¡¡anti-ustedes!!!... ¡serviles depredadores de las virtudes humanas!, no haremos más que esperar hasta que desaparezcan solos entre sus propias desidias. Es que ¿no se dan por aludidos?, al desaparecer ustedes, mentores, dueños, acaparadores, creadores de ídolos, impulsores de la mediocridad... ¿pues no se dieron cuenta todavía, que desaparecerá también... su tan alabada diosa?.

Por lo tanto, la idea que intento hacer desprender de mi anterior párrafo, es que el Hombre, en tanto que su universal, seguirá estando incompleto en su evolución psicológica, y por ende, la humanidad misma, sino aprendemos a distinguir, a quitarles las máscaras y a señalar a aquellos artífices de todas las atrocidades inimaginables sobre nuestro planeta, de las que ya somos habituales espectadores en primera fila. Con solo identificarlos, será el primer paso hacia la libertad del individuo. Cuanto menos seguidores posean entre sus, por ahora, atestadas filas, menos poder tendrán, al igual que su diosa de la corrupción. La clave aquí, -además de estar siempre dentro de nosotros mismos-, se halla en no permitir, desde nuestro uso de razón, que algunos de aquellos perversos adoradores de la divinidad mercantil corruptora, y destructores de las individualidades ajenas, -y que no es lo mismo que el individualismo-, se adueñen de nuestras vidas introspectivas, espirituales con nosotros mismos, de nuestros sueños, de nuestros talentos, de nuestras capacidades, de nuestras energías... ¡¡¡no!!!, no debemos permitir que se adueñen de lo que realmente somos para pasar a ser lo que ellos necesitan que seamos. Nosotros somos los únicos y soberanos dueños de nosotros mismos, portando el deber innato y universal de, no solamente evolucionar en cuerpo, sino que principalmente, en nuestro espíritu y en nuestra psiquis. En espíritu, en tanto que nuestra vida introspectiva, y en nuestra psiquis, en tanto que poder reconocer las cadenas que nos atan, de manera tal de comenzar a eliminarlas una a una, hasta que seamos verdaderamente libres, interna y externamente.

Cuanto mas fuerza espiritual y psicológica obtenga la conciencia colectiva humana, mas fuerte será nuestra sociedad, mas débiles serán aquellos corruptores, y menos voraz será aquella diosa.


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20/11/2013


Yo soy Pitufo, pero no Bolufo... diría Olmedo!!!

Una de las cosas buenas que tienen las redes sociales, como Facebook, Twitter, etc. es que te hacen conocer a la gente, a través de sus inherentes y oscuras intenciones. 

¿Y como se consigue conocer a la gente a través de las redes sociales? 

Pues, cuando una persona te sigue en Twitter o Facebook, o cualquier otra red social, uno verifica quién es, y si es una persona que nosotros determinamos digna de que también la sigamos (por ser un conocido o bien un individuo que aporta constructivamente desde su persona), pues también la seguimos. Pero... cuando posteriormente verificamos, que luego de un tiempo "prudencial" desde que seguimos a dicha persona (la que nos comenzó a seguir primero) dejó de seguirnos, entendemos, a priori, de que se trata de una simple acumulación de seguidores, y no de un real interés en seguirnos a nosotros, por lo que somos o por lo que hacemos. 

Y la percepción anterior se alimenta más, en el momento en el que varias personas, -que están relacionadas entre si-, son las que hacen este mismo "trabajo" sucio, y mas aún, cuando lo hacen en un espacio de tiempo muy similar entre todos. 

El real interés de estos seres ignorantes, es la acumulación de seguidores y no así el que ellos sigan a muchas personas, ya que, pienso yo, se deben sentir mas importantes con el hecho de que tengan un conjunto muy denso de individuos que "sigan su labor", y con esto, su ego sobrepase ciertos límites; límites que luego se transformen en una especie de vicio; vicios que los llamo yo, "Followersdependientes" o "Seguidoresdependientes". 

Bueno, a esos ignorantes Seguidoresdependientes, les digo que "Yo soy Pitufo, pero no Bolufo", y que me doy cuenta "casi a la perfección", cuando traen entre sus "holgadas mangas de magos frustrados", este tipo de intenciones.

Y pensar que personas mucho mas importante que éstos hipócritas, me siguen desde hace mucho tiempo, y también yo a ellos. Es más, es un gran placer para mi el que me sigan, pero más placer para mi, es el que yo los siga a ellos, por su calidad humana que resalta a la vista.

Debido a aquél comportamiento totalmente ególatra y mezquino de estos Followersdependientes, simplemente, y de mi parte, también los dejo de seguir, ya que a partir de ello, no se merecen en absoluto el que uno los siga, y ni siquiera saber de su existencia. Pero antes, eso si, puedo obtener una pequeña muestra de su pérfida personalidad sectarista, y a veces, también, poder extrapolar este tipo de "táctica de reclutamiento" desprovisto de la mas mínima carga de empatía, hasta llegar a conocer a quienes ellos, en conjunto, representen.

Nelson J. Ressio.

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09/11/2013

La Libertad (con mayúscula) es una supra-virtud, respecto de la cual cada ser humano debería anhelar poseer, y actuar consecuentemente para llegar a poder alcanzarla en su máxima expresión, a fin de que, esas mentes, -dominadas por dogmas carcelarios, de toda índole, prácticamente desde el nacimiento-, presientan en sus mas profundos pensamientos, que no dependen de "nada, ni de nadie" que intente encarcelarlos ideológicamente, independencia ésta, que no significa deslealtad en absoluto, sino que representa a una coraza de autoprotección contra aquellos dogmas y contra las nefastas ideologías. Y encerré lo anterior entre comillas, ya que, hasta el día de dejar nuestro envoltorio material, la mente humana, todavía estará atada por diversos sentimientos, como por ejemplo, el miedo a diversos sufrimientos, y hasta el miedo a la muerte -pero no a la propia- sino a la de un ser querido, ya que, ese miedo, el cual es un tanto egoísta -e inevitable-, a la vez, es un miedo carcelario del que el ser humano no podrá escapar jamás, por su propia naturaleza emocional y evolutiva. 

Por tal motivo, la Libertad nunca será total, podremos liberarnos de la basura de los dogmas de todo tipo, como los dogmas políticos, los dogmas religiosos, los dogmas ideológicos -y no confundir ideología con ideal-, los cuasi-dogmas deportivos, y un gran etcétera; pero no nos podremos liberar del miedo constante a perder a un ser querido. 

Podremos si, apaciguar ese miedo, hasta dejarlo relegado en el fondo de nuestra conciencia, pero siempre estará allí, acechándonos hasta el día de la liberación de nuestro cuerpo material. Podremos estar convencidos de la inmortalidad del alma, de que seguimos siendo los mismos, luego de la muerte, como una especie de mente cósmica o universal fusionada en la mente del Todo, pero, allí estará siempre ese miedo a la partida de un ser querido. Esta es la última cadena de la cual es muy difícil, -casi imposible diría yo-, de liberarse. 

Otra gran causa de que nos sintamos atados por medio de pesadas cadenas que coartan nuestro derecho natural a ser libres, es la gran cadena creada por nuestras propias acciones. Sí, aunque parezca un poco exagerado, nuestras acciones; compuestas por nuestros gestos, nuestras palabras, nuestros deseos, nuestros sentimientos, nuestros descuidos, nuestros olvidos, nuestras omisiones, nuestros recuerdos, nuestras insinuaciones, nuestras inseguridades, nuestras intensiones, nuestros vicios... nuestras sombras... y todo aquello que constituyen nuestras propias máscaras psicológicas...; y mucho mas, juega un papel muy importante a la hora de que aquel sentimiento; el de estar encerrados en una cárcel de cristal, bajo innumerables cadenas psicológicas; nos aplaste por medio de su incesante furia carcelaria.

Con lo anteriormente dicho, es menester convencernos constantemente a nosotros mismos de que, un instante antes de que aquellas variadas acciones hagan erupción provenientes desde lo mas profundo -del interior de la tierra-; o sea, desde algunas de nuestras máscaras psicológicas; las escudriñemos por medio de la razón pura. 

Es cierto que esto último es muy difícil, ya que, el poder llegar a controlar nuestras acciones, aquellas que emprendemos sobre nosotros y para con los demás, justo antes de que las expresemos y lleguen a destino, se corresponderá únicamente al propio autoconocimiento, a que tan bien nos conozcamos a nosotros mismos, al nivel de conciencia que poseamos respecto de cada una de nuestras máscaras, a la cantidad y calidad de horas de espiritualidad en silencio que le dediquemos periódicamente a nuestra propia existencia -y no a la existencia de una deidad invisible-, al nivel de empatía y respeto que le ofrezcamos a nuestro prójimo... a nuestro próximo, a la humildad que brindemos a la hora de subsanar un error para con el otro, o bien para reconocer nuestros egos. Es difícil, es cierto, pero hay algo muy útil para ello, y que se denomina: hábito, y que por medio del cual, el intentar mantener la razón siempre por delante de la acción, repetitivas veces, hasta el día de nuestra muerte, no estaremos haciendo otra cosa que aprender de nosotros mismos, pulir nuestras imperfecciones conductuales, y por último romper la mayoría de las cadenas, y escapar, sintiéndonos libres de aquella cárcel de cristal que nos mantenía apresados. El aplicar el hábito a nuestro uso de razón por sobre nuestras acciones, no hace mas que asfaltar nuestro camino hacia aquella tan ansiada Libertad.

En razón a todo lo anteriormente expresado, si bien no existe la Libertad completa del ser humano, si o si deberemos esforzarnos, mediante el constante uso de esa gran herramienta de instrucción que se denomina: hábito, hasta poder alcanzar aquella Libertad... rozarla mínimamente... sentirla... muy... pero muy cerca de nuestro propio interior, -y por medio de nuestros brazos psicológicos bien alzados-... aunque sea... llegar a tocarla con la punta de nuestros dedos.


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21/10/2013


Aviso: este escrito es para personas libres de dogmas religiosos. Si eres un religioso sin poseer un base mínima de apertura mental, por favor trata de no leer lo que sigue, ya que podré herir tus sentimientos, lo cual, no es para nada mi intención. Solo escribo mis creencias como un Deísta más, de entre tantos.

Primero comencemos con la definición de religión, según Wikipedia:
Conjunto de creencias religiosas, de normas de comportamiento y de ceremonias de oración o sacrificio que son propias de un determinado grupo humano y con las que el hombre reconoce una relación con la divinidad (un dios o varios dioses).

"religión budista; religión católica; religión politeísta; religión panteísta; historia de las religiones"
sinónimos: creencia
¿Que es la Fe religiosa? ¿Cual sería la respuesta extraordinaria para esa pregunta extraordinaria?

La palabra Fe, proviene del latín, que significa "fider", "confiar". Y desde mi punto de vista, la Fe se encuentra directamente relacionada con la confianza depositada sobre algo o sobre alguien, respecto de los que estamos totalmente seguros de que existen pruebas extraordinarias que nos darán respuestas, igualmente de extraordinarias, respecto de aquella Fe, puesta sobre ese algo (un evento, un sujeto o un objeto), o sobre ese alguien.

La Fe mueve montañas, expresa un dicho muy extendido por el mundo entero. Pero, ¿que tipos de montañas mueve la Fe? Algunos de ustedes, a estas alturas, podrán estar respondiendo aquella pregunta, mediante el siguiente pensamiento: "Si, la Fe mueve montañas... pero de dinero". Con lo cual, en parte, estoy de acuerdo, debido a que, la Fe que no se deriva de la confianza virtuosa hacia algo o hacia alguien, la única manera de mantenerla "viva" es mediante la acumulación de adeptos a ella. ¿Y como se acumulan adeptos? Como históricamente se lo ha hecho, y que es hacer "creer", -bajo pena de recibir un cierto castigo divino "in aeternum"-, a un grupo masivo de personas, que; sus acciones, sus pensamientos, sus actitudes, sus vocaciones, sus desengaños, sus hipocresías, sus miedos, sus esfuerzos, sus trabajos, sus amores, sus familias, sus odios, sus rencores, sus destinos, sus desdichas, sus vicios, sus conquistas, sus felicidades... en resumen  sus vidas enteras; se encuentran bajo la "tutela inteligente" de parte de una deidad antropomorfa que obra, piensa y decide por ellos... y por sus vidas. En respuesta a ese miedo inducido, a "morir para siempre" bajo las llamas eternas del Infierno de Dante, las masas de personas, mantienen una pesada cadena psicológica unida firmemente hacia quienes les profesan esa Fe engañosa, pero además, como base principal para que esa cadena sea mas fuerte, les hacen rendir homenaje por cada suceso propio o externo, hacia un Dios invisible con forma humana, omnisciente, omnipresente y omnipotente. Un Dios... que se cree que existe. ¿Solo eso basta? ¿Solo basta creer? Si alguna persona dogmatizada por esa Fe irracional se animó a leer este escrito, le pregunto: ¿Solo basta con creer en la existencia de algo que nunca se vio, se ve, ni se verá? ¿Solo necesitan creer?

Hagamos un ejercicio mental. Si dirige su mirada hacia un objeto, si coloca su atención auditiva sobre una melodía, si descubre en su refrigerador un cierto alimento con solo olerlo, si puede definir y determinar la naturaleza de algo con solo tocarlo, si su lengua le dice que lo que está saboreando es bueno... ¿que es lo que usted está haciendo realmente? Simplemente, como podrá coincidir conmigo, se encuentra percibiendo por medio de sus sentidos, la propia realidad que lo rodea, pudiéndola definir casi con precisión, qué tipos de objetos componen esa que es, su realidad, por lo que, nada mas y nada menos, se halla aplicando una básica forma del Método Científico, el cual se basa en dos columnas fundamentales y que son: la reproducibilidad y la refutabilidad. Con la primera de las dos, usted lo que hace es determinar, categorizar, adjetivar o bien, definir un cierto objeto de prueba, mediante la repetición del método que esté utilizando para tal fin. En nuestro ejemplo, el cual es muy sencillo, solo se encuentra utilizando sus sentidos de modo de poder percibir y luego definir un objeto (o un suceso), mirarlo varias veces, escuchar esa melodía repetitivamente, oler de manera constante y creciente dentro de su refrigerador, tocar dicho objeto muchas veces o degustar algo por un tiempo prolongado. Esta primera columna del método científico, denominada: reproducibilidad, es la que usted se encuentra utilizando para lo anteriormente citado. En cuanto a la segunda columna, la llamada: refutabilidad, usted, mediante sus reiteradas pruebas empíricas sobre ciertos objetos -perceptibles por los sentidos-, puede cambiar de parecer respecto de aquellos, en la medida de que sus repeticiones -al usar sus órganos sensoriales- vayan agregando información para que refute o reafirme la definición exacta de dicho objeto. Pues bien, con estas dos pruebas, respecto del ejemplo citado mas arriba, usted se encontrará en una condición sine qua non de afirmar que, los objetos que percibió repetidamente por medio de sus sentidos, son de tal o cual naturaleza, y principalmente, en ese momento se haya con la autoridad empírica de afirmar la existencia de los mismos. Sus sentidos percibieron y definieron, para luego constatar la inequívoca -aunque relativa- existencia de dichos objetos. Su percepción le ha indicado que, debe creer sin dudar, que ciertos objetos, dentro de su alcance perceptivo, existen.

Ahora bien, ¿que se debe responder, cuando lo que se cree que existe, nunca pasó por el inevitable escrutinio de los cinco sentidos humanos? La respuesta, desde el punto de vista del dogmatismo religioso, de la propia teología, sería la siguiente: No es necesario percibir a la Fe por medio de los sentidos, ya que "la Fe es la certeza de lo que no se espera y la convicción de lo que no se ve. Hebreos 11:1" o bien es "el asentimiento firme de la voluntad a una verdad basada sola y únicamente en la revelación divina".

¿Que les parecen dichas frases? Si bien las mismas han tenido incontables efectos "benéficos" durante muchos miles de años -y aún lo tienen hoy en día- sobre millones de personas en todos los países del mundo, -y sin olvidarme de los que perecieron en la hoguera por el único hecho de refutar esa mismas frases utilizando la razón y no el dogma-, en este siglo XXI, sin la Santa Inquisición (hoy denominada: Congregación para la Doctrina de la Fe) podemos afirmar, "sin miedo" a morir quemados, u otras atrocidades, que las frases citadas, no revisten ninguna lógica, ni invitación a que la esencia semántica de las mismas, sea corroborada, verificada y definida por medio de la percepción de los sentidos, ni mucho menos por la razón pura a priori, y ni que hablar por un análisis silogístico.

Entonces, lo que se cree que existe, es una indefinición en si misma, un acto puramente dubitativo respecto de algo, una dualidad afirmativa que a la vez es negativa, una simple duda sobre lo que en este caso es la Fe religiosa, la Fe en un Dios invisible. El afirmar: "Yo creo que Dios, y por ende la Fe, existen", se corresponde con una actitud dual sin fundamento empírico, revestida de una ambigüedad tal, de que, siempre que alguien pronuncie dicho pensamiento, se estará mintiendo a si mismo, adentrándose en el escabroso y peligroso terreno del autoengaño, de la falta de seguridad en dar una verdadera y razonable respuesta, (y nótese que escribí la palabra "una"), del pequeño sabor amargo que queda en lo mas profundo del pensamiento dogmático, de que pueda existir una mínima posibilidad de estar en el lado equivocado de esa dualidad, en el negativo, y tener que despertar un día, hacia una nueva espiritualidad sin un Dios invisible y sin una Fe en Él, y que inevitablemente tendrán que dirigirla hacia los hombres -en tanto que su universal-, o sea, hacia si mismos y hacia los demás, en lugar de mantener esa "confianza" en una deidad imperceptible y externalizada durante miles de años, por la acción ególatra de aquellos que necesitan mover ciertas "montañas".

El afirmar "Yo creo en algo" no habilita a ese "algo" para autoasignarse propiedades con el objetivo de "existir". Para que algo pueda existir, -es decir, ser definido, adjetivado, conceptualizado, delimitado, etcétera- únicamente el ser humano es el que tiene la posibilidad de usar la razón para ello. Ese "algo" en tanto que ente incognoscible e imperceptible, no es capaz de definirse, de adjetivarse, de conceptualizarse y de delimitarse a si mismo, ya que ese "algo" se corresponde a un objeto conceptual, receptor de la creencia de su existencia, y no así, de la "existencia de su creencia", o sea, -y explicando esto último-, de verificar, con nuestros sentidos -sumados al uso de la razón a priori, y sin olvidarme del método científico- de que ese "algo" exista para luego creer en él.

Recordemos que, el hecho de solo creer que existe algo, no determina la existencia de ese algo. El creer que Dios y la Fe existen, no determina la existencia de ellos.

Algunos me han propuesto lo siguiente: "¿y de los milagros que piensas? ya que hay milagros que la ciencia no los ha podido explicar, con lo cual, ahí reside la Fe". A los cuales yo les respondo con un simple pensamiento, y es que, los llamados "milagros" no pueden ser explicados por la ciencia... todavía. Lo que aquellos "representantes de la divinidad en la tierra" que manejan las "montañas de Fe", han creado como milagros, es debido a que la ciencia que debería explicar un cierto suceso que para ella, hasta el presente, es inexplicable, se debe lisa y llanamente a que la ciencia no se encuentra con la maduración metodológica suficiente como para dar una explicación a dicho misterioso evento. Por tal motivo, lo inexplicable, automáticamente se lo asocia -y ha sido así durante siglos- a una concepción dogmática que trata de explicar un evento mediante términos provenientes de la divinidad, el cual pasa a ser un hecho "meramente" Divino. Pero, nada mas alejado de la realidad, ya que, al citar el siguiente ejemplo, el concepto de milagro queda anulado de raíz. Veamos. Cuando la ciencia se encuentra en una encrucijada metodológica, trata de reiterar su trabajo de campo, hasta que una hipótesis quede totalmente demostrada. Pues bien, y yendo en dirección hacia el ejemplo, el mismo lo puedo definir de la siguiente manera (el cual es solo respecto de la maduración del método científico): Como sabemos, la mínima parte, la esencia constitutiva de la materia, es el átomo, el cual fue descubierto hace mucho tiempo, aplicando el método científico, basándose repetitivamente en aquellas dos columnas nombradas mas arriba. El resultado: la definición -en principio teórica, pero hace muchos años que también lo es empírica- del átomo, como un conjunto de partículas subatómicas que lo constituyen y lo definen. Dichas partículas constituyentes, a su ves, también se han podido definir, en lo que se denominan como sus propiedades intrínsecas (carga, masa, espín, decaimiento, etcétera). Con esto podemos ver que la ciencia ha podido definir la esencia del universo que es la energía, pero sin olvidar que la maduración científica es eterna, ya que, dentro de un tiempo considerable, serán descubiertas nuevas propiedades de la materia, y por ende de la energía. Ahora, volvamos en el tiempo, unos años antes a que se descubriera el átomo, a lo que yo pregunto: ¿Porque en ese momento, la ciencia -que de por cierto, se encontraba muy avanzada para esa época-, no podía darle explicación a la concepción esencial mínima de la materia? No podía explicarlo por el mismo hecho que hoy en día no puede explicar lo que el dogma denomina como "milagro", por la simple razón de que, en ese momento del pasado, no se encontraba con la suficiente maduración metodológica, como para darle una explicación a lo que hoy llamamos átomo. Luego de madurar o crecer metodológica y empíricamente hablando, la ciencia pudo al fin, arrojar Luz respecto de aquellos conjuntos de dualidades onda-corpusculares que le dan entidad al átomo. Lo mismo sucede con los "milagros". Debido a ello, es el que sea muy importante que las personas encadenadas a un dogma crean en los milagros, ya que mantendrán su Fe Divina, y por ende, sus mentores eclesiásticos... podrán seguir moviendo "montañas".

También recordemos que solo fueron seres humanos los que crearon la Fe, hace miles de años. Y son "los mismos" que hoy en día necesitan mantener las cadenas que atan psicológicamente a las personas, para que aquella "creencia en una cierta existencia", haga mantener su "imperio de montañas"... de confianza o de Fe. Las personas que mantienen ese dogmatismo carcelario, deberán hacerle caso a esa pequeña parte de aquella dualidad creacionista que nombré mas arriba, para poder abrir sus mentes cada vez más hacia la espiritualidad para con el verdadero Ser que existe, y que se tiene evidencias irrefutables de que se lo puede definir, adjetivar, conceptualizar... percibir... y que es el propio ser humano. La verdadera espiritualidad no proviene de aquellas "montañas de Fe", ya que dichas montañas se encuentran en el afuera, son externas a nosotros. La verdadera vida espiritual es con uno mismo, entendiéndose, conociéndose, viéndose a si mismo en el espejo de sus luminosas virtudes, así como en el espejo de sus oscuras pasiones, de manera tal, de que el primer espejo, algún día, refleje tanta Luz... tanta Luz (entiéndase Luz como sabiduría)... que el segundo espejo, sea inexorablemente transmutado en un nuevo receptor de virtudes, y aquellas oscuras pasiones desaparezcan para siempre.

Tengamos Fe, confianza, creencia en lo que existe, y no en lo que otros nos han dicho -o nos dicen, o nos quieran hacer creer- que existe. Tengamos Fe en nosotros mismos, como individuos, para luego tenerla hacia los demás.


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13/09/2013

En una acto presenciado por mí, el día jueves 10 de Septiembre de 2013, en relación al día del maestro; festejado en nuestro país, al día siguiente, o sea,  el 11 de Septiembre, haciendo honor a un gran maestro, político, escritor y periodista argentino, Domingo Faustino Sarmiento; he sido espectador en primera fila de un claro proselitismo religioso por parte de dos personas encargadas de ejecutar, lo que fue, un excelente número humorístico, en donde, tanto chicos como padres, gozamos de su arte. Realmente unos profesionales en lo que hacen, para quienes van mis sinceras felicitaciones.

Ahora, mas allá de su indiscutible calidad, al momento de finalizar con su maravillosa demostración artística y humorística, uno de ellos realizó, en presencia de todo su auditorio, una clarísima alusión a Jesús y a que se debe leer la Biblia -mas allá de que yo esté de acuerdo o no con ello-, incluso señaló a un papá, al momento de decir aquellas palabras, el cual pertenece a una religión que no es ni la Católica ni la Judía, ni ninguna de las religiones mundialmente conocidas y aceptadas por el estado como religiones, por mas beneficiosa que ésta sea para la comunidad, y de lo cual, también estoy de acuerdo. El tema aquí es otro, y es que se viole lisa y llanamente la Constitución Nacional, realizando proselitismo religioso en un lugar que debe ser Laico por Ley.

Y aquí se desprende otro tema, y es, ¿qué están haciendo los directivos y docentes de dicha escuela para que esto no vuelva a suceder? Ellos, saben muy bien -y quiero creerlo que así lo es- que la libertad de conciencia es uno de los tantos derechos fundamentales de un pueblo libre y soberano, ya que, en este caso en concreto, del cual fui espectador, dentro de ese auditorio, conformado seguramente por un crisol de pensamientos y de diversas orientaciones religiosas, es inaceptable que se presente un grupo de personas que pertenecen a una cierta institución doctrinal, y que desde una ubicación de privilegio; ya que tenían captada la atención de todos y de cada uno de nosotros -y de las cámaras-; realicen una clara alusión a la Biblia, a Jesús y señalando a un padre perteneciente a una determinada corriente religiosa. Como en ese mismo momento, del acto proselitista religioso, de seguro hubo personas que pertenecen a otras religiones, y que las cuales no se basan ni en la Biblia, y que tampoco tengan a Jesús como el Dios de su doctrina, tanto aquellos excelentes humoristas, como los directivos de la escuela, se encuentran incurriendo en un acto inconstitucional -estos últimos, de seguro sin quererlo-, y que es el de no preservar el estado Laico. El estado Laico, en su primera acepción histórica, se refiere a todo lo que no se corresponde al clero ni a un estado religioso. Lo religioso, señores y señoras responsables de quienes les hablan a nuestros niños, se debe relegar pura y exclusivamente al ámbito personal e íntimo, y no públicamente dentro de una institución Laica.

La palabra Laico, no se relaciona en absoluto con la frase "anti-religioso", ni que el "poder civil" sea antagónico al "poder religioso", o sea que, no se sobrepone un aspecto por sobre el otro, ya que ambas cuestiones se corresponden pura y exclusivamente con la vida pública de cada individuo. Y no debemos olvidar señores y señoras que tuvieron una posición de poder muy importante en ese maravilloso acto por el día del maestro, que la libertad de uno, termina justamente, en donde comienza la libertad del otro. Y me referí a esa posición de poder, ya que ustedes, los directivos, tienen el poder de decidir a quienes dejan entrar en las escuelas y que es lo que entra en las mentes de nuestros niños, además del poder de preservar la Laicidad en la escuela pública de la cual ustedes dependen.

No debemos olvidar nunca, que la falta de un constante equilibrio entre el "poder civil" y el "poder religioso", puede acarrear un hecho muy grave y es que uno de esos dos poderes desee controlar al otro. Sin ese equilibrio fundamental, como causa de si mismo, dentro de un estado, pienso yo que traería consigo, y a modo de un efecto negativo, un claro debilitamiento de la vida pública de cada individuo, y por consiguiente, de un país.

Quiero aclarar que no estoy yendo en contra de la Libertad de Culto, sino que, solamente estoy pidiendo que sea respetada la Constitución Nacional en cuanto a la preservación del estado Laico. La Libertad de Culto, o también llamada, Libertad Religiosa, es un derecho fundamental que tiene todo ser humano de poder elegir -o no- su religión, y hasta la libertad de no creer en la existencia de un Dios, y de poder hacer publica su ideología religiosa.

El problema que planteo aquí es que, dentro de una escuela del estado, y frente a cientos de personas, la mayoría de ellos niños, unos pocos tengan el poder de mezclar ideologías religiosas, y se quiera realizar proselitismo de una doctrina en particular de una manera encubierta y cuando tienen toda la atención de los espectadores, y además, desde una posición de poder.

Por todo lo anteriormente expresado, es mi deber, el de alertar a los directivos de dicha institución escolar dependiente del estado nacional -y también, porque no, a los de las demás escuelas públicas del país-; que además de las obvias discusiones en relación a la libertad de conciencia y de culto; que están incurriendo en un claro acto inconstitucional -y de seguro sin quererlo o saberlo, ya que, a veces, no es posible controlar lo que van a decir los que están actuando en ese momento a la vista de todos-, por lo que, como padre, y como un individuo mas, entre tantos que queremos que se respete la libertad de conciencia de nuestros niños, les solicito que traten o prevean de que no se repitan nunca mas este tipo de situaciones.

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