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11/02/2026


Con los años y con las cicatrices que deja el trato humano cuando se lo observa sin romanticismos, me he percatado de que el tiempo es un aliado silencioso para que aquello que se oculta bajo capas de cortesía, de ideología o de discurso aprendido, termine decantando hacia la superficie, porque la mente puede sostener máscaras durante un rato, pero el inconsciente no tolera la presión sostenida cuando se lo deja hablar sin interferencias, y es allí donde comienza mi verdadero método de lectura del otro, no desde lo que dice, sino desde lo que inevitablemente termina mostrando.

Desde varias décadas atrás, he puesto a prueba a quienes se aproximan con un interés que no es transparente, no como acto de defensa automática sino como ejercicio de higiene mental y espiritual, porque no todo vínculo merece ser cultivado y no toda palabra merece ser respondida, y a esa prueba interna, silenciosa y sostenida, la concibo como una forma de tensión controlada, una exposición progresiva a la ausencia de resistencia externa, en la cual el otro queda librado a su propio caudal psíquico, sin oposición directa, sin confrontación abierta, sin choque frontal. Con este procedimiento no busco humillar ni vencer, tampoco convencer ni convertir, sino que, busco observar, porque cuando no hay fricción aparente y cuando el interlocutor percibe que no está siendo juzgado ni contenido, sus impulsos comienzan a moverse con mayor libertad, y aquello que estaba reprimido por normas sociales, por miedo o por conveniencia, empieza a filtrarse entre líneas, en comentarios laterales, en insinuaciones, en tonos, en metáforas que no fueron pensadas para ser reveladoras, pero que lo son inevitablemente, y la clave está en no presionar, en no invadir, en no imponer marcos conceptuales demasiado fuertes, porque toda idea externa que se impone funciona como dique y no como cauce, y mi intención nunca fue llenar la mente ajena con mis conceptos, sino vaciarla de resistencias para que se exprese tal cual es, y en ese vaciamiento aparente se produce en el otro, una ilusión de comodidad, una sensación de amplitud que habilita a su ego a expandirse, a mostrarse confiado, incluso poderoso, y cuando esa expansión ocurre, las capas comienzan a desprenderse solas, y no por habilidad retórica sino por simple agotamiento del rol que el otro interpreta, porque sostener un personaje requiere energía, vigilancia y coherencia, y el inconsciente no entiende de coherencia sino de descarga, de pulsión, de repetición, de deseo, y cuando se siente a salvo, habla, no con palabras elegidas sino con imágenes internas que se filtran hacia el lenguaje.

Soy consciente de que muchos creen dialogar cuando en realidad están luchando por imponer una narrativa, y otros creen escuchar cuando solo esperan su turno para reafirmarse, pero muy pocos soportan el silencio estratégico, ese silencio que no confronta ni valida, sino que deja espacio, y es allí donde comienzan a emerger las verdaderas motivaciones, las fantasías de poder, los resentimientos no elaborados, la violencia latente, el goce en la dominación simbólica o imaginada, por lo que en ese terreno, la igualdad aparente cumple un rol fundamental, porque al reflejar ciertos rasgos, ciertas incomodidades o incluso ciertas emociones simuladas, se construye un puente ilusorio de identificación, y el otro siente que está frente a alguien semejante, alguien que comparte códigos, alguien que comprende, y esa percepción, la que en todas mis interacciones es genuina y respetuosa más allá de cohabitar con la prueba en si misma, abre una compuerta interna, no hacia la razón, sino que hacia aquello que normalmente se oculta por miedo al rechazo.

No se trata de engañar, en absoluto, sino que de permitir que el otro se engañe solo, porque nadie revela su núcleo si siente que será atacado, pero muchos lo hacen si creen que están siendo comprendidos, y esa comprensión aparente para el otro; pero a la par, genuina para mí, tal como lo expresé en el párrafo precedente; no necesita ser explícita, basta con no contradecir, con no corregir, con no moralizar, dejando que la conciencia se relaje y que sus barreras internas se vuelvan porosas, y en ese estado, surgen afirmaciones que no fueron pensadas para ser dichas, deseos de destrucción envueltos en metáforas, justificaciones de la violencia como acto necesario, fantasías de control absoluto, desprecio por la vida ajena presentado como realismo crudo, y todo ello aparece no porque yo lo provoque, sino porque siempre estuvo allí, en la mente del otro, esperando un contexto que no lo censure.

El poder real no se ejerce desde la amenaza explícita, sino desde la capacidad de inducir al otro a exhibirse, porque quien muestra su estructura interna pierde el dominio de su propia opacidad, y una vez que la opacidad se rompe, ya no hay retorno posible al anonimato moral, aunque el discurso intente maquillarse luego con racionalizaciones tardías.

Hay quienes creen que la fuerza reside en la capacidad de infligir daño, en la posesión de instrumentos que anulan al otro de manera inmediata, pero esa creencia es infantil y transitoria, porque todo objeto externo se degrada, se oxida, se vuelve inútil, mientras que las ideas, una vez formuladas, no pueden ser retiradas del campo simbólico, y siguen actuando incluso cuando quien las emitió ya no esté.

Por eso observo con detenimiento a quienes glorifican la destrucción como solución, porque en ese gesto no hay coraje ni convicción, sino que, una clara incapacidad de elaborar la frustración, y cuando aquella se combina con fantasías de poder, el resultado es una psique peligrosa, no por su inteligencia sino por su desconexión afectiva. Y aquí, el lenguaje traiciona siempre a quien no ha trabajado sus sombras, y no importa cuántas capas culturales se interpongan, porque tarde o temprano aparece la grieta, el exceso, la imagen innecesaria, la frase que no hacía falta decir, y es en ese desliz donde se revela la estructura profunda del sujeto, mucho más que en cualquier declaración explícita de principios.

Yo no busco redimir ni condenar, sinó que solo comprender, lo cual no implica emplear justificaciones, sino que reconocer patrones, detectar riesgos, distinguir entre quien puede transformarse y quien solo espera una oportunidad para ejercer aquello que ya decidió ser, y esa distinción no se hace desde la superficie del discurso, sino desde las pulsiones inconscientes que lo atraviesan.

Cuando alguien confunde el miedo que genera con respeto, o la intimidación con autoridad, está mostrando una pobreza interior que ningún rol social puede compensar, y esa pobreza suele ir acompañada de una necesidad constante de validación, de demostración, de exhibición de potencia, aunque sea imaginaria.

Desde mi auto-aprendizaje entiendo que las palabras no matan cuerpos, pero sí que desnudan almas, y esa desnudez semántica es insoportable para quienes han construido su identidad sobre la negación de su propia oscuridad, porque verse reflejados sin adornos los confronta con aquello que no quieren asumir, y allí aparece la agresión, la proyección, no como defensa, sino que, como huida.

Cuando la conciencia se siente liberada de la necesidad de sostener una imagen, comienza a deslizarse hacia territorios que normalmente evita, no por ética sino que por conveniencia, y es allí donde se vuelve evidente que muchos discursos morales no son más que barnices frágiles aplicados sobre estructuras internas que jamás fueron revisadas, y que solo esperan el contexto adecuado para resquebrajarse.

Existe una diferencia fundamental entre quien reprime por elección consciente y quien reprime por miedo, porque el primero puede volver sobre sí mismo y reelaborar aquello que contiene, mientras que el segundo solo acumula presión, y esa presión buscará salir a la superficie, ya sea en forma de palabras violentas, fantasías de dominio o amenazas veladas que se disfrazan de humor, de metáfora o de advertencia paternalista. Y gracias a mis constantes observaciones del contexto, -cercano y/o lejano-, he hallado evidencias de que, cuando se elimina la confrontación directa y se la reemplaza por una escucha amplia, casi pasiva, el otro comienza a sentirse dueño del espacio simbólico, y en esa ilusión de control se relaja la vigilancia interna, permitiendo que emerjan asociaciones que no fueron filtradas por la razón, asociaciones que revelan una lógica interna mucho más cruda que cualquier argumento cuidadosamente construido.

No es necesario empujar al interlocutor hacia el abismo, basta con retirar el suelo aparente para que avance solo, convencido de que domina el terreno, y esa convicción es la que precipita la caída, porque el ego se expande más rápido que la capacidad de sostener coherencia, y en ese exceso se filtra lo reprimido, no como accidente sino como necesidad.

Hay mentes que viven en un estado permanente de guerra simbólica, interpretando toda diferencia como amenaza y toda disidencia como provocación, y esas mentes no dialogan, sinó que se posicionan, no escuchan, sinó que calculan, y cuando creen haber encontrado un punto débil en un tercero, revelan sin saberlo su propio esquema interno, basado en la dominación y en el sometimiento.

La idea de poder, cuando no ha sido pensada en profundidad, se reduce a la capacidad de anular al otro, y esa reducción es un síntoma claro de empobrecimiento ético, porque quien solo concibe el poder como fuerza destructiva no ha desarrollado ninguna forma de autoridad interior, y depende constantemente de objetos externos para sentirse válido, y es justamente en ese punto, en donde aparece una paradoja interesante, porque cuanto más se exhibe la fantasía de control absoluto, más evidente se vuelve la fragilidad interna, y cuanto más se invoca la violencia como solución última, más se revela la incapacidad de sostener la complejidad del conflicto humano, que nunca se resuelve por eliminación sino por transformación. Y en medio de esas paradas semánticas que suelo hacer, me he dado cuenta que la amenaza rara vez busca cumplirse, su función principal es reinstalar jerarquías imaginarias, y cuando esa amenaza no produce el efecto esperado, el emisor queda expuesto, desprovisto de recursos simbólicos alternativos, y entonces su discurso se vuelve errático, excesivo, reiterativo, como si intentara convencerse a sí mismo de su propia potencia.

La censura interna de nuestra psique, funciona como un sistema de contención que permite la convivencia social, pero cuando esa censura se debilita sin que exista un trabajo previo de elaboración, las ramificaciones que emergen desde el inconsciente no significan autenticidad, sino que crudeza, y esa crudeza no tiene valor en sí misma, no es una verdad revelada, es simplemente lo que nunca fue pensado, lo que nunca fue consciencia sinó que un inconsciente no tan contenido, o no tan limitado por aquella. Algunas personas confunden sinceridad con brutalidad, como si decirlo todo sin filtro fuera un signo de valentía, cuando en realidad suele ser señal de inmadurez psíquica, porque pensar implica seleccionar, jerarquizar, resignificar, y quien no hace ese trabajo, aunque sea de manera imperfecta tal como nos sucede a todos, solamente descarga, no comunica, solo expulsa, en definitiva, no dialoga.

En mis constantes observaciones de la condición humana, he notado que quienes se sienten fascinados por imágenes de destrucción colectiva, por escenarios de aniquilación masiva o por relatos de poder total, no están imaginando el mundo que desean construir, sino que me muestran el vacío interno que no saben habitar, y proyectan hacia afuera una solución que nunca funcionará por adentro. Cuando el lenguaje se llena de alusiones a la muerte como argumento final, salvo en situaciones especialmente particulares, es porque la palabra ha fracasado como herramienta de sentido, y ese fracaso no es circunstancial, es estructural, y responde a una incapacidad de sostener el conflicto simbólico sin recurrir a la fantasía de eliminación del otro, pero en este punto dentro de mis miradas al comportamiento humano, la verdadera violencia no siempre se expresa en actos, sinó que muchas veces se manifiesta en la forma en que se concibe al semejante, reducido a obstáculo, a objeto, a cifra prescindible, y esa reducción precede a cualquier acción, porque nadie daña aquello que reconoce plenamente como humano.

A estas alturas de mí vida, puedo llegar a distinguir entre quien juega con el lenguaje y quien juega con la amenaza, porque el primero busca explorar sentidos, mientras que el segundo busca medir reacciones, y esa medición no suele ser inocente, ya que que solo responde a un deseo de control, de superioridad, de confirmación de una jerarquía imaginaria.

Cuando alguien introduce imágenes de sometimiento extremo en una conversación que no las requiere, está mostrando una fijación, una necesidad de dramatizar el poder, y esa necesidad suele estar anclada en experiencias no elaboradas, en frustraciones acumuladas, en heridas que nunca fueron pensadas sino que apenas cubiertas, y aquí, el silencio estratégico, en esos casos, funciona como espejo, porque al no encontrar resistencia ni aprobación, el emisor queda frente a su propio eco, y ese eco amplifica aquello que intenta ocultar, generando una escalada discursiva que termina revelando más de lo que cualquier interrogatorio podría lograr.

No es casual que quienes se sienten cómodos en escenarios de intimidación simbólica se incomoden profundamente ante la indiferencia consciente, porque la indiferencia no valida ni combate, simplemente deja al otro solo con su contenido, y esa soledad es insoportable para quien necesita constantemente ser reconocido como amenaza.

El intelecto, cuando ha sido trabajado, no busca imponerse, busca comprender, y esto implica tolerar la ambigüedad, la duda, la complejidad, mientras que la mente rígida necesita respuestas simples, soluciones finales, enemigos claros, porque solo así puede sostener su narrativa sin fragmentarse.

Aquello que se dice, una vez dicho, configura un campo que ya no puede deshacerse.

He llegado, de forma imperfecta pero perfectible, al convencimiento, de que toda palabra pronunciada con intención deja una huella, un Egregor que no puede retirarse del campo simbólico, porque una vez emitida comienza a operar más allá de la voluntad de quien la dijo, y esa operación no depende del volumen ni del tono, sino de la carga pulsional inconsciente que la atraviesa y de la estructura interna desde la cual fue formulada, porque, al fin y al cabo, las palabras no desaparecen cuando el diálogo se corta, sinó que se reconfiguran, circulan, resuenan cuáles ecos interminables, y en muchos casos regresan al emisor transformadas en consecuencias que no había previsto, porque el lenguaje no es una herramienta neutra, es una extensión de la psique, y como tal, expone aquello que no se quiso mostrar.

Quien cree que el poder reside en la capacidad de silenciar al otro no ha entendido que el silencio impuesto es frágil y transitorio, mientras que el sentido construido persiste incluso en ausencia de voz, y por eso la verdadera influencia no se ejerce desde la amenaza sino que desde la configuración del marco en el que las ideas se despliegan. Y al observar detenidamente a quienes desprecian la palabra, a quienes imponen el silencio en el otro en lugar de hacerlo constructivamente sobre sí mismos, me he percatado de que suelen hacerlo porque no confían en su propia capacidad de sostener su propia palabra, y lo anterior es clave para mí, porque hablar implica responsabilizarse de lo dicho, y esa responsabilidad pesa más que cualquier objeto externo que se pueda empuñar para compensar una carencia interna.

La permanencia del pensamiento no depende de su soporte material, sino de su coherencia interna, y una idea bien formulada puede atravesar generaciones sin perder fuerza, mientras que toda demostración de fuerza física se disuelve en el mismo instante en el que deja de ejercerse.

Existe una ilusión recurrente en creer que la intimidación genera respeto, cuando en realidad solo genera obediencia momentánea, y la obediencia forzada nunca construye legitimidad, sinó que todo lo contrario, acumula resentimiento, y ese resentimiento encuentra siempre una vía de retorno, por lo cual, quien necesita exhibir su capacidad de dañar es porque no ha desarrollado ninguna capacidad de crear, y esa ausencia se manifiesta en discursos cerrados, binarios, incapaces de tolerar la complejidad de lo humano sin reducirlo a categorías simplistas.

La mente que no se ha trabajado a sí misma busca constantemente enemigos externos, busca proyectarse en los demás, en el receptor más frágil que su ego pueda encontrar, porque el hacer lo contrario a la proyección significa enfrentarse a su propio contenido, el que que le resultará intolerable, y esa huida permanente se disfraza de convicción, de firmeza, de carácter, cuando en realidad es todo lo contrario, es miedo a la introspección, es un auto enmascaramiento de su propia debilidad de carácter.

No hay arma más frágil que aquella que depende de la obediencia del otro para funcionar, porque basta con que esa obediencia se rompa para que el poder se disuelva, mientras que la palabra, una vez sembrada, no necesita permiso para seguir actuando.

He visto cómo quienes confunden brutalidad con autenticidad terminan atrapados en un bucle de repetición, incapaces de generar algo nuevo, repitiendo los mismos gestos, las mismas amenazas, los mismos relatos, como si el mundo entero estuviera obligado a girar alrededor de su conflicto no resuelto.

La responsabilidad ética no surge de códigos impuestos, sino del reconocimiento profundo de la humanidad del otro, y cuando ese reconocimiento falta, cualquier justificación se vuelve posible, incluso las más extremas, incluso las más destructivas.

No temo a la confrontación de ideas, al contrario, la busco, porque en ella se afilan los conceptos y se depuran las posiciones de cada quien, pero rechazo la confrontación basada en la anulación simbólica o física del otro, porque allí no hay pensamiento, sinó que hay solo descarga emocional no trabajada, hay basura psíquica que intenta encontrar otro repositorio que no sea el propio que la contiene, y el dueño del mencionado contenedor de residuos psíquicos, es alguien a quién el verdadero carácter le es desconocido.

Quien ha trabajado su interior no necesita imponer silencio, porque confía en la solidez de su palabra, y quien ha integrado sus sombras no las necesita proyectar, porque ha aprendido a reconocerlas como propias.

Considero muy importante, el no olvidar jamás, que el verdadero peligro no reside en quienes expresan abiertamente su violencia, sino en quienes la normalizan, la justifican o la celebran como si fuera una virtud, porque allí la destrucción deja de ser un accidente y se convierte en un programa listo para ejecutarse, y comúnmente, y con un dejo de alta preocupación, quienes normalizan la violencia en todas sus formas, suelen ser muchos más en número, que aquellos primeros basados en la mera verborragia.

Las ideas no mueren con quienes las portan, y por eso toda expresión cargada de odio tiene un alcance que excede al instante en que fue dicha, configurando un campo egregórico que otros pueden, por desgracia, habitar, reproducir y amplificar.

No me interesa vencer ni ser vencido, sinó que me interesa revelar, porque la revelación desarma sin necesidad de confrontar, y deja al descubierto aquello que ningún rol puede sostener por demasiado tiempo.

El intelecto trabajado no es arrogante, sinó que es preciso, por lo que es incómodo para quienes viven de la confusión, debido a que pone límites en donde antes había una espesa bruma tóxica intentando escapar hacia un nuevo portador, y los obliga a hacerse cargo de lo que se dice y de lo que se es. Y en sincronía con aquel intelecto trabajado, he elegido siempre la palabra como herramienta, y no por ingenuidad, sino que por convicción, porque sé que aquello que se construye en el plano del sentido, tal como lo mencioné más arriba, no puede ser destruido por la fuerza sin destruir también todo lo que lo rodea.

Al final, la pregunta no es quién puede hacer más daño, sino que, quién puede sostener la responsabilidad de lo que pone en el mundo, porque todo acto, toda palabra y toda omisión dejan una marca, una huella, un sendero, un camino, y lo anterior nos define mucho más que cualquier objeto que podamos empuñar.
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06/02/2026

Siempre he sostenido que el sentir íntimo pertenece al ámbito inviolable de la conciencia, allí donde nadie debería irrumpir con botas ni con banderas, porque lo que uno siente, imagina o experimenta como vivencia interior forma parte de ese espacio sagrado que no admite colonización, y por ello el respeto hacia la subjetividad ajena no es una concesión sino una condición mínima de humanidad. Sin embargo, otra cosa muy distinta es cuando ese sentir privado se transforma en mercancía simbólica, en consigna repetida, en mensaje amplificado hasta el cansancio, y es allí donde dejo de hablar del individuo para empezar a observar el fenómeno, porque cuando una narrativa se vuelve insistente y omnipresente deja de ser expresión y pasa a ser herramienta, y toda herramienta responde a un propósito que rara vez se declara de manera honesta.

Desde mi mirada, profundamente anclada en la observación de la naturaleza y en la reflexión filosófica, hay verdades que no dependen de acuerdos sociales ni de modas discursivas, verdades que existen antes de cualquier lenguaje, y que se manifiestan con la misma evidencia con la que una piedra es piedra, y no otra cosa por más metáforas que se le adhieran.

La estructura binaria de la vida no es una construcción cultural caprichosa sino un principio operativo que atraviesa la biología, la reproducción y la continuidad de las especies, y cuando se intenta diluir esa estructura no se está ampliando la comprensión del ser humano sino erosionando los cimientos que lo sostienen como tal, y no se trata de negar la complejidad psíquica ni la diversidad de experiencias, sino de reconocer que hay un plano material que no se negocia, porque el cuerpo no es un lienzo vacío sino una realidad concreta con funciones específicas, y confundir los niveles de análisis es uno de los errores más frecuentes de las épocas de confusión.

Cuando el discurso insiste en desdibujar lo evidente, no lo hace por ingenuidad, sino porque lo evidente es incómodo para quienes necesitan una sociedad desconectada de lo real, ya que una población que pierde referencia con su propia naturaleza se vuelve más maleable, más fragmentable y, sobre todo, más distraída.

Con los años he aprendido que la confusión no surge de manera espontánea, sino que es cuidadosamente sembrada, regada y protegida, porque una mente confundida discute símbolos mientras otros deciden sobre recursos, territorios y futuros, y así la atención colectiva se dispersa en disputas estériles mientras lo esencial se desliza fuera del campo visual.

La división social no es un efecto colateral sino un objetivo, porque cuando los individuos se enfrentan entre sí por identidades fluctuantes dejan de reconocerse como parte de un mismo cuerpo social, y un cuerpo social desarticulado no puede defender aquello que le pertenece en común.

Mientras se debate hasta el cansancio sobre definiciones cambiantes, se pierde de vista que hay bienes que no se regeneran, riquezas que una vez extraídas no vuelven, y allí radica la paradoja más cruel, porque lo verdaderamente finito queda desprotegido mientras lo humano es tratado como reemplazable, por lo cual, la vida humana se convierte en cifra estadística, en número intercambiable, en variable de ajuste, y cuando eso ocurre ya no importa cuántos se pierdan en el camino, porque el sistema confía en su capacidad de producir más cuerpos, más voces y más consumidores, todo bajo la lógica de la reposición constante.

Me he dado cuenta de que la verdadera batalla no se libra en el terreno de las palabras explícitas sino en el plano de lo que se normaliza sin ser pensado, porque aquello que se acepta sin reflexión termina gobernando la conducta colectiva con una eficacia mucho mayor que cualquier imposición directa.

Por eso insisto en volver una y otra vez a lo elemental, a lo que se observa sin intermediarios, a lo que no necesita interpretación ideológica para existir, porque en esa simplicidad reside una forma de resistencia silenciosa frente al ruido ensordecedor de los discursos prefabricados.

La naturaleza no argumenta ni persuade, simplemente es, y en su funcionamiento se revela una coherencia que ninguna narrativa artificial logra reemplazar, aunque intente cubrirla con capas sucesivas de relativismo.

Cuando se rompe el vínculo entre la experiencia concreta y el relato que la describe, el relato empieza a flotar sin anclaje, y un relato sin anclaje puede ser llevado hacia cualquier dirección que convenga a quienes lo impulsan, y de esa manera se va oscureciendo el horizonte común, no mediante la violencia visible sino mediante la saturación simbólica, y ese oscurecimiento no se percibe de inmediato porque avanza como la noche, lentamente, sin sobresaltos, hasta que de pronto uno se descubre caminando a tientas.

Estoy convencido de que la mente humana se ha convertido en el territorio más disputado de nuestra era, no porque sea débil, sino precisamente porque es fértil, y todo terreno fértil despierta el deseo de quien pretende sembrar allí lo que luego habrá de cosechar, y en ese sentido la confusión no es un accidente sino una estrategia cuidadosamente elaborada.

Cuando se logra que una persona dude de lo más básico, de aquello que antes no requería explicación, se produce una grieta silenciosa en su estructura interna, porque la duda deja de ser motor de conocimiento y pasa a ser corrosión permanente, y un individuo corroído en sus certezas fundamentales se vuelve permeable a cualquier narrativa que prometa sentido. Esta fragmentación no actúa de golpe sino por acumulación, primero se separa al individuo de su cuerpo, luego de su entorno, más tarde de su historia, y finalmente de los demás, y en ese proceso se va perdiendo la noción de pertenencia a algo mayor, algo que trasciende la identidad mutable y conecta con la continuidad de la especie, y cuando se rompe la noción de continuidad se rompe también la responsabilidad, porque si nada perdura entonces nada importa, y si nada importa entonces todo se vuelve intercambiable, incluso la vida misma, que pasa a ser tratada como recurso disponible en lugar de misterio digno de cuidado.

El discurso que disuelve los límites no libera, sino que desorienta, porque los límites no son cárceles sino referencias, y sin referencias no hay orientación posible, solo deriva, y una sociedad en deriva puede ser conducida sin resistencia hacia cualquier destino que se le imponga, por lo cual, la atención colectiva es desviada hacia debates interminables sobre definiciones, mientras cuestiones fundamentales quedan fuera del foco, y así se logra que la energía social se consuma en fricciones internas en lugar de dirigirse hacia la defensa de aquello que sustenta la vida material y simbólica de la comunidad.

Y he aprendido a reconocer que el ruido constante cumple una función anestésica, porque cuando todo es urgente nada es importante, y cuando todo se discute al mismo tiempo nada se profundiza, y esa superficialidad generalizada impide que se formen consensos sólidos capaces de sostener acciones transformadoras y para entonces la mente saturada pierde la capacidad de contemplar, y sin contemplación no hay comprensión, solo reacción, y una sociedad reactiva es predecible, manipulable y fácil de dividir, porque responde a estímulos inmediatos sin detenerse a examinar sus causas ni sus consecuencias.

También he llegado a pensar que la verdadera libertad comienza por la claridad, no por la multiplicación infinita de opciones, porque elegir entre infinitas posibilidades sin criterio no es libertad sino parálisis, y la parálisis favorece siempre a quien ya tiene el control del tablero.

Cuando se normaliza la contradicción permanente, se debilita la lógica interna del pensamiento, y una lógica debilitada acepta como equivalentes cosas que no lo son, confundiendo planos, mezclando categorías y diluyendo diferencias esenciales que cumplen funciones concretas en la realidad, por lo que, de esta manera el cuerpo deja de ser referencia y se convierte en obstáculo, la biología pasa a ser opinión, y la evidencia se subordina al relato, y en ese desplazamiento se pierde el anclaje con lo real, que es el único terreno desde el cual se puede construir algo que perdure.

No hablo desde el rechazo al otro, sino desde la preocupación por el conjunto, porque cuando se empuja a la sociedad a un estado de enfrentamiento constante se erosiona la posibilidad de cooperación, y sin cooperación no hay proyecto común, solo supervivencia fragmentada, la división se multiplica en capas, identidades dentro de identidades, etiquetas dentro de etiquetas, hasta que el individuo ya no se reconoce en el otro, y cuando el otro deja de ser semejante se vuelve sospechoso, y allí comienza el verdadero deterioro del tejido social.

Mientras tanto, aquello que no se reproduce ni se renueva queda convenientemente fuera del debate, protegido por la distracción generalizada, y así lo finito se preserva para unos pocos mientras lo humano se desgasta en conflictos inducidos. Por eso insisto en la necesidad de recuperar una mirada integrada del ser humano, donde cuerpo, mente y comunidad no sean compartimentos estancos sino dimensiones interdependientes, porque solo desde esa integración es posible resistir la fragmentación que se nos presenta como progreso.

Con el tiempo he llegado a comprender que uno de los desplazamientos más sutiles y peligrosos de nuestra época es la inversión silenciosa del valor, porque aquello que no puede regenerarse es protegido con celo, mientras lo humano es tratado como material reemplazable, y en esa lógica se revela una ética invertida que no se declara pero opera con precisión matemática. Y cuando la vida se vuelve abundante en los discursos pero descartable en la práctica, es de suponer que algo profundo se ha quebrado, porque la abundancia sin sentido no dignifica sino que banaliza, y una humanidad banalizada acepta su propia fragmentación como si fuese un estado natural y no el resultado de una ingeniería social cuidadosamente aplicada. Entonces, la idea de humanidad como recurso renovable no surge de la nada, sino de una visión utilitaria que mide todo en términos de reemplazo, donde cada individuo es una unidad funcional más, prescindible, intercambiable y fácilmente sustituible por otro que cumpla la misma función sin cuestionar el orden establecido, por lo que en esa visión, la reproducción deja de ser continuidad y se convierte en estadística, y la existencia se mide en términos de eficiencia, no de sentido, y así se pierde la noción de linaje, de herencia, de responsabilidad hacia quienes vinieron antes y hacia quienes aún no han llegado.

Mientras tanto, aquello que yace bajo nuestros pies permanece intacto en el imaginario del poder, no como bien común sino como botín silencioso, y para que ese botín no sea reclamado es necesario mantener a la superficie dividida, enfrentada, distraída, ocupada en discusiones que no ponen en riesgo la estructura profunda del sistema.

Puedo intuir, luego de múltiples observaciones, que cuando los pies caminan en direcciones opuestas, la mirada nunca se eleva, y así la atención se mantiene a ras del suelo, ocupada en conflictos inmediatos, incapaz de percibir los movimientos lentos pero decisivos que se producen en las capas profundas de la realidad social.

La verdadera ruptura no ocurre cuando se discute, sino cuando se pierde la capacidad de reconocerse como parte de una misma trama, porque sin esa conciencia compartida no hay defensa posible de lo común, solo supervivencias individuales que se neutralizan entre sí.

Suelo desconfiar de los relatos que prometen liberación a cambio de desarraigo, porque toda libertad que exige cortar las raíces termina dejando al individuo flotando sin dirección, y un individuo sin raíces no puede sostenerse frente a estructuras que sí las tienen profundamente ancladas, por cuánto, el volver a pisar tierra firme no implica renunciar al pensamiento, sino todo lo contrario, implica pensar desde lo real, desde lo observable, desde aquello que no necesita ser impuesto porque se manifiesta por sí mismo, y en esa manifestación se encuentra una forma de verdad que no depende del consenso.

La claridad no es rigidez, sino coherencia, y la coherencia permite integrar sin confundir, distinguir sin excluir y comprender sin diluir, porque no todo lo diverso es incompatible con lo estructural, pero nada estructural sobrevive cuando se lo niega sistemáticamente.

He llegado a sentir que la tarea más urgente no es ganar discusiones, sino recuperar la capacidad de nombrar lo que es, y sin miedo, porque el miedo a nombrar es el primer síntoma de una sociedad que ha cedido su soberanía simbólica. Entonces, cuando se recupera el lenguaje anclado en la realidad, también se recupera la posibilidad de acción consciente, porque ya no se reacciona a estímulos prefabricados sino que se responde desde una comprensión más profunda de las causas y las consecuencias.

Se debe entonces, restablecer un suelo común desde el cual las diferencias puedan existir sin destruir el conjunto, porque la diversidad sin estructura es caos, y la estructura sin humanidad es tiranía, y solo el equilibrio entre ambas permite que la vida florezca, permitiendo que la humanidad deja de ser un recurso descartable y vuelva a ser lo que siempre fue en su núcleo más profundo, una continuidad viva, frágil y valiosa, que no se renueva sin costo y que no debería ser sacrificada en nombre de narrativas que ocultan intereses más antiguos que cualquier discurso moderno.

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03/02/2026


En cuanto a la tecnología, por supuesto, me incluyo en la bolsa de los amantes de la tecnología, tal como muchos de mis lectores, creo yo. La tecnología es una extensión de nosotros mismos, creada por nosotros mismos, como especie, pero, inevitablemente, desde mi óptica imperfecta, la tecnología que hemos creado y la que crearemos, como ha salido de nosotros, como la hemos creado desde la inventiva humana, dicha tecnología lleva consigo la impronta de dicha inventiva, y por lo tanto, volverá a nosotros, y quiero creer que no será contra nosotros, sino que hacia nosotros, como un Ouroboros tecnológico, para mejorar la vida humana, e incluso, mejorar toda la vida sobre este planeta, en los reinos Animal y Vegetal.

Ahora bien, el tema del control, como lo he dicho antes, también es un tema inherente al hecho de haber adquirido conciencia de nuestra existencia; a partir de ese momento, el control y el orden comenzaron a existir a la par de la evolución de nuestra conciencia, y a más conciencia más orden, y si existe más conciencia y más orden, el control no será tan necesario, porque seremos personas que, aunque se las controle al estilo China (país que es solo EE.UU. trasladado a allí) o no se las controle, será lo mismo, porque al elevar más y más nuestra conciencia, el orden se eleva, pero la necesidad del control disminuye. Es decir, es inevitable que la conciencia humana siga ascendiendo, eso espero, pero por lógica, es inevitable que nuestra conciencia no tenga techo, no tenga límites de finalización, teniendo en cuenta desde donde partimos hace cientos de miles de años, y si nuestra conciencia no tiene límite de finalización, el orden tampoco tiene límite de finalizar, y por lo tanto, a más orden, menos necesidad de control sobre los humanos; pero, esto llevará tiempo, el que el ser humano eleve aún más su conciencia.

No podemos ir por los nuevos horizontes multiplanetarios, munidos de un nivel de conciencia que todavía se entremezcla con las fuerzas internas del mundo animal, por lo tanto, el control Chino, respecto del cual, cuando dicen que es un control únicamente chino, no estoy de acuerdo con ello porque las cámaras y los sistemas de control están en todos lados. Aquí en la ciudad hay cámaras por doquier, y es posible que se vayan a colocar columnas "antipánico" con botones, cámaras y luces en su parte superior, y van a implementar drones de vigilancia en las partes de la ciudad en donde no es posible colocar estas columnas antipánico; entonces, si en una ciudad y un país super pobre, en relación a China, vemos como allí el control está en todas partes; las cámaras están en todas partes.

Hay un tema importante a mi juicio, y que es la minimización de todo, por el efecto del avance tecnológico, ya que a más tecnología, todo se minimiza, todo se contrae, todo se transforma, todo se digitaliza, muchas cosas concretas y/o abstractas desaparecen del mundo físico para existir o funcionar desde el mundo digital, y el hecho de que haya cámaras, columnas antipánico por toda la ciudad -y ciudades de otros países-, drones, etcétera, es porque en algún momento la policía, tal como la conocemos hoy en día, va a transformarse, o en un futuro lejano, quizás, hasta desaparecer (mientras, a la par, la humanidad continúa aumentando su conciencia) y desaparecerán las Cámaras de Comercio fisicas, ya que se mudarán a la nube, y será un nuevo tipo de Cámara de Comercio y que ya no necesite de instalaciones físicas ni de empleados, no habrá comisarías de policía físicas, no habrá bancos físicos, no habrá ni siquiera municipalidades físicas, ni gobernaciones físicas, y solo quedará el presidente de un país, y quizás, gobernantes digitales, mediante Apps, para cada provincia y/o ciudad... en definitiva, todo lo pasible de digitalizar y llevarlo a la nube, -y que sean instancias de una determinada Inteligencia Artificial que reemplacen a los humanos-, será digitalizado, y teniendo en cuenta nuestro evolucionar pasado, es inevitable el destino al que nos dirigimos.

Lo que hace China, lo hacen todos los países, independientemente de su economía y poder, ya que el verdadero poder nunca se lo verá. Para poner un ejemplo, una determinada persona que es cabeza de, supongamos, una Cámara de Comercio de un determinado país, si es público, estoy casi seguro que sobre él existe un conglomerado de organizaciones que no están a la vista. Todos los personajes públicos, desde Elon Musk, pasando por Putin, Trump, Xi Jimping, Macron, Kim Jong Um, Milei, Fernández, Bukele, Biden, el Papa Francisco, Bill Gates, Osho, Klaus Schwab del WEF, y otros múltiples y variopintos personajes públicos, es decir, que tienen cara al público y que representan a una institución privada y/o "estatal", o representan ideales, etcétera, todos ellos, si se los conoce, no constituyen el verdadero poder mandatario sobre la Tierra. Si algún día la población se hace a la idea de que el poder ha sido "devuelto" a la población, y no existirá más una estructura jerárquica, solo será eso, una idea implantada en la mente colectiva para que dicha colectividad tenga la idea de que tienen el control, pero será eso, solo la idea, ya que, cuando llegue ese momento, la humanidad habrá elevado su conciencia, y con ello habrá elevado su capacidad de considerar el Orden como su palo rector, y por lo tanto, de inversa manera, habrá disminuido la necesidad del control por la tecnología.

La tecnología es colocada en el mundo porque así lo pide nuestro estado actual evolutivo, ya que no es viable continuar manteniendo, por ejemplo, un municipio en cada ciudad del planeta, si cada municipio podrá ser reemplazado por una App de celular; y del mismo modo, no es viable continuar manteniendo de forma física a comisarías, gobernaciones, bancos, escuelas, cámaras de comercio, etcétera. Creo que este aumento de cámaras de vigilancia en las ciudades, de, por ejemplo, el control sobre los adelantamientos habiendo semáforos en rojo (evento que todavía lo controlan los agentes de tránsito, pero falta poco para que lo controlen las Inteligencias Artificiales con cámaras colocadas en semáforos, y esto aquí ya empezó) y con lo anterior se va a prescindir toda una parafernalia de edificios, papeleos y personas, para pasar a controlarlo por tecnología; digamos que no está permitido pasar el semáforo en rojo... a más conciencia, más orden, más autocontrol, más autodisciplina y menor necesidad de utilizar personas para controlar personas, y por ello es aquella minimización de la que hablaba antes.

Entonces, cuando veamos que una sola persona controla un solo ente, cualquiera sea dicho ente, y dicha persona es pública, el verdadero control no lo tiene dicha persona, ninguna persona pública, sea quien sea tiene el control ni libre albedrío, y solo hacen su trabajo en la parte que le corresponde, así que, si pensamos que una sola persona está al mando de las fuerzas armadas, tampoco es real, porque la persona al mando es pública la cual es el presidente de cada país, y sobre él gravitan los que lo han contratado y a estos últimos nadie los ve, y con ello se mantiene a la población desconectada del verdadero poder que le da rumbo y sentido a este planeta, hasta tanto la población no eleve su conciencia a tal punto de que el control sobre cada individuo solo será para servir al individuo, ya que cuanto más conciencia, más Orden, con lo cual se reduce progresivamente la necesidad de control para saber -y hasta predecir- si un determinado individuo infringe -o probabilisticamente infringirá- alguna norma o alguna ley.

Llegará el momento en que el sistema de justicia será obsoleto, porque todo el mundo será consciente de que no debe fundamentarse en los egos, es más, no habrá egos que aplastar, y seremos todo conciencia; los egos son los que nos hacen infringir las normas, las leyes, y reaccionar instintivamente en su forma negativa (la reacción instintiva positiva es otra cosa, y hasta necesaria para nuestra pervivencia) pero cuando no existan más egos, el control será solo para el servicio del individuo y de la humanidad; actualmente el control es para controlar a los que no controlan sus propios egos y para el servicio de la humanidad, pero en algún momento a futuro, solo será para el servicio y progreso de nuestra especie y de las demás especies del planeta.

Personalmente, pienso que, si los medios de comunicación dicen "A" es porque es "Z", y a la "Z" no la ve nadie, por lo cual, solo queda a merced de la intuición de cada quién, pero para intuir la "Z" hay que dejar de creer que la "A" representa a una realidad indiscutible.

Siguiendo con la tecnología y si el avance en el control, y en relación a, por ejemplo, los datos biométricos y la seguridad privacidad de los mismos, si algo se filtra, en principio, es porque se lo ha dejado filtrar, y si lo dicen los medios masivos de comunicación es porque esos datos no se filtraron en la realidad, y solo dejan a merced de la percepción de la mayoría, la idea de que se filtraron datos biométricos. Los hackeos, las filtraciones, los ataques, si bien pueden tener algún efecto, no llegan a ser una realidad. Si se muestra un nuevo Snowden, es porque se quiere que se lo muestre; simple Dialéctica Hegeliana. Obviamente que existen los hackeos, como dije antes, pero no los hacen personas simples por más que tengan mucho conocimiento del mundo informático; si se dice que se ha hackeado un banco o una tarjeta de crédito, no lo ha hecho una persona cualquiera; es muy posible que lo haya hecho esa misma entidad y esa misma tarjeta, a modo de impulso para que la gente se migre a la nube, o use dicha tarjeta en billeteras virtuales.

A veces, ver en lo invisible radica en comprender su proyectiva en lo visible.

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01/02/2026


Hay momentos en los que, al observar el tejido profundo de los acontecimientos humanos, siento que no estoy contemplando hechos aislados sino una vasta urdimbre de causas y efectos que se rozan, se superponen y se repliegan sobre sí mismos, como si la historia no avanzara en línea recta sino en espirales que regresan transformadas, y en esa contemplación surge inevitablemente la pregunta sobre si somos testigos de un devenir espontáneo o partícipes de un diseño que se nos escapa, un diseño que no necesita ser malévolo para ser implacable, ni visible para ser eficaz, por lo que desde esta perspectiva íntima, advierto que las corrientes de pensamiento que atraviesan nuestro tiempo no nacen de la nada ni se oponen de manera absoluta, ya que incluso aquellas que parecen enfrentadas comparten una raíz común, que es el intento desesperado del ser humano por otorgar sentido a una realidad cada vez más compleja, más veloz y más difícil de abarcar con categorías tradicionales, y es allí donde la sospecha, la fe, la razón y el temor conviven en una tensión constante que define nuestra época.

Cuando algunos hablan de fuerzas ocultas que mueven los hilos del mundo, no puedo reducir esa idea a una fantasía pueril ni aceptarla de manera literal, porque lo que percibo detrás de esa narrativa es una intuición más profunda, una sensación colectiva de haber perdido el control sobre los mecanismos que rigen nuestra vida cotidiana, como si la dirección del barco hubiera sido delegada a sistemas tan vastos que ningún individuo puede ya comprenderlos en su totalidad, y esa impotencia se traduce en símbolos, metáforas y relatos que intentan nombrar lo innombrable.

Así, las crisis globales recientes no se presentan ante mí como simples accidentes ni como pruebas concluyentes de una conspiración absoluta, sino como manifestaciones de un sistema que ha alcanzado un nivel de interdependencia tal que cualquier perturbación hace eco en todos los niveles, desde lo biológico hasta lo económico, desde lo psicológico hasta lo espiritual, y en ese contexto la reacción organizada, coordinada y masiva no resulta tan sorprendente como podría parecer a primera vista.

La imagen de una humanidad dividida en bandos, enfrentados no solo por ideas sino por percepciones de la realidad, me remite a antiguos relatos donde el conflicto no era entre el bien y el mal en términos simples, sino entre distintas formas de comprender el orden del mundo, y esa división no necesita de una entidad suprema que la arbitre de manera consciente, porque el propio sistema, al complejizarse, genera tensiones internas que actúan como jueces silenciosos del devenir colectivo. No obstante, reducir todo a una lucha entre sombras sería una simplificación peligrosa, ya que al hacerlo se pierde de vista la dimensión estructural del cambio que estamos atravesando, un cambio que no se impone únicamente desde arriba sino que se filtra desde abajo, desde nuestras prácticas cotidianas, nuestros hábitos de consumo, nuestras formas de comunicarnos y de vincularnos, hasta configurar una nueva normalidad que aceptamos no por imposición directa sino por adaptación progresiva.

La interconexión global, potenciada por avances técnicos que hace apenas unas décadas parecían ciencia ficción, ha generado una red tan densa que cualquier intento de aislamiento resulta ilusorio, y en esa red cada acción se traduce en datos, cada decisión en información procesable, cada comportamiento en un patrón susceptible de ser analizado, lo cual redefine la noción misma de intimidad, de autonomía y de libertad, no como valores abolidos sino como conceptos que mutan de significado.

En este escenario, las proyecciones sobre el futuro no operan tanto como profecías cerradas sino como narrativas orientadoras, relatos que preparan psicológicamente a la sociedad para transformaciones profundas, y cuando se anuncia un mundo donde la posesión deja paso al acceso, no escucho necesariamente una amenaza velada sino la descripción de un modelo que ya se está gestando, impulsado por la lógica de la eficiencia, la optimización y la reducción de fricciones en un sistema saturado.

A lo largo del tiempo, he advertido que incluso aquellas estructuras que históricamente se presentaron como ajenas a las cuestiones técnicas o económicas, terminan involucrándose en debates sobre el orden social, no por oportunismo sino porque el cambio las atraviesa de manera inevitable, y allí se revela una verdad incómoda, que ninguna esfera humana permanece intacta cuando las bases materiales y simbólicas de la sociedad se reconfiguran de forma radical. Y la fuerza que impulsa esta transformación no responde únicamente a intereses particulares ni a voluntades individuales, sino a una necesidad sistémica de adaptación, porque los modelos que sostuvieron el desarrollo durante décadas comienzan a mostrar signos de agotamiento, y aquello que alguna vez fue el motor indiscutido del progreso cede su lugar a formas más abstractas de valor, donde la materia se vuelve secundaria frente a la información. Este desplazamiento hacia lo digital no es meramente tecnológico sino existencial, ya que nos obliga a replantear la manera en que concebimos el trabajo, el tiempo, la presencia y la identidad, y en ese tránsito se deja ver un espacio híbrido donde lo físico y lo virtual se mezclan, no como mundos separados sino como capas superpuestas de una misma experiencia humana ampliada. Y aquí, la vida cotidiana, en este nuevo paradigma, se desmaterializa progresivamente sin desaparecer, porque las acciones siguen existiendo pero mediadas por interfaces que las traducen en señales, y así comprar, aprender, sanar y producir se convierten en actos que ya no requieren desplazamiento físico, lo cual redefine la noción de comunidad y transforma el hogar en un nodo activo de la red global.

Este cambio, lejos de ser trivial, nos propone profundos desafíos en términos de sentido, porque cuando el espacio y el tiempo pierden sus límites tradicionales, el ser humano se enfrenta a la necesidad de reconstruir su anclaje simbólico, de encontrar nuevas formas de presencia que no dependan exclusivamente del contacto directo pero que tampoco lo anulen, y en esa búsqueda se juegan tensiones aún no resueltas.

Al avanzar en esta reflexión, me descubro preguntándome si aquello que solemos llamar plan maestro no es, en realidad, una proyección de nuestra necesidad humana de orden frente a un contexto que se manifiesta cada vez más complejo, y si esa complejidad no exige algún tipo de planificación para evitar el colapso, del mismo modo en que un organismo vivo regula sus funciones para no sucumbir al caos interno, porque incluso lo espontáneo, cuando alcanza cierta escala, parece requerir estructura.

Si nada fuera anticipado, si ningún horizonte orientara las decisiones colectivas, el objeto expuesto a esa ausencia de previsión quedaría librado a la entropía pura, y la entropía, aunque natural, no distingue entre lo que debe preservarse y lo que puede perderse, por lo que la planificación emerge no como un acto de dominación sino como una estrategia de supervivencia frente a sistemas que ya no pueden sostenerse por inercia. Por lo tanto, desde esta óptica, resulta inevitable comparar la organización del mundo con la lógica de cualquier proyecto complejo, donde existen fases, retroalimentaciones, correcciones y redefiniciones constantes, y aunque la analogía pueda parecer reductiva, ilumina un aspecto esencial, que es la necesidad de pensar a largo plazo incluso cuando las variables parecen incontrolables, porque renunciar a planificar equivale a delegar el destino al azar más crudo. Por lo cual, la pregunta entonces no es si todo debe planificarse, sino hasta qué punto esa planificación puede convivir con la libertad, y aquí emerge una tensión fundamental, ya que el exceso de control asfixia la creatividad mientras que su ausencia total conduce a la disolución, y en ese delicado equilibrio se juega la posibilidad de un futuro que no sea ni rígido ni caótico, sino dinámico y adaptable.

La economía digital, en este ámbito, no se presenta como una elección entre muchas, sino como una consecuencia lógica de un mundo saturado de información, donde el valor ya no reside tanto en la posesión de objetos como en la capacidad de acceder, procesar y reinterpretar datos, y esta mutación redefine la noción misma de riqueza, desplazándola desde lo tangible hacia lo relacional y lo simbólico. Pero este desplazamiento, sin embargo, no ocurre sin fricciones, porque al mismo tiempo que se abren posibilidades inéditas de conexión y eficiencia, se dan preocupaciones legítimas vinculadas a la privacidad, la vigilancia y la pérdida de control sobre la propia huella existencial, y no se trata de temores infundados sino de síntomas de una transición que aún no ha encontrado su equilibrio ético.

Lo que observo es que la sociedad se encuentra en una etapa de redefinición permanente, donde cada avance tecnológico obliga a revisar acuerdos implícitos sobre lo que consideramos aceptable, justo o deseable, y en ese proceso las normas no se imponen de una vez y para siempre, sino que se negocian constantemente en un terreno movedizo donde lo técnico y lo humano se fusionan.

La conectividad extrema, lejos de unir automáticamente, pone en evidencia nuevas formas de aislamiento, porque estar conectado no garantiza estar en relación, y aquí aparece un desafío silencioso, que es el de preservar la profundidad del vínculo en un entorno que privilegia la velocidad, la síntesis y la reacción inmediata, y donde la reflexión lenta corre el riesgo de volverse un acto contracultural. Y al respecto, recuerdo antiguas reflexiones que advertían sobre el peligro de confundir el medio con el fin, porque cuando las herramientas se autonomizan, el ser humano corre el riesgo de adaptarse a ellas en lugar de utilizarlas conscientemente, y esa inversión de prioridades no ocurre de manera abrupta sino gradual, casi imperceptible, hasta que se naturaliza como si siempre hubiera sido así.

La virtualización progresiva de la experiencia no elimina la realidad, pero la filtra, la traduce y la reconfigura, y en ese proceso la percepción del tiempo se acelera mientras que la del espacio se diluye, generando una sensación de simultaneidad constante que pone a prueba nuestras capacidades cognitivas y emocionales, obligándonos a desarrollar nuevas formas de atención y presencia.

Este escenario no debe ser leído únicamente como una amenaza, porque también contiene un potencial transformador enorme, capaz de democratizar el acceso al conocimiento, descentralizar la producción y redefinir la colaboración humana más allá de fronteras físicas, aunque ese potencial solo puede realizarse si se acompaña de una conciencia crítica que evite caer en la fascinación acrítica por la novedad.

Así, el verdadero desafío no reside en la tecnología en sí misma, sino en la forma en que decidimos integrarla a nuestra vida colectiva, porque cada herramienta amplifica tanto nuestras virtudes como nuestras sombras, y sin una reflexión profunda sobre sus implicancias, corremos el riesgo de reproducir viejas desigualdades bajo formas aparentemente más sofisticadas.

La sociedad, en este punto de inflexión, no se dirige hacia un destino fijo sino hacia un proceso continuo de autoajuste, donde cada decisión abre y cierra posibilidades simultáneamente, y comprender esta dinámica resulta esencial para no caer en lecturas simplistas que reducen la complejidad a un relato único, ya sea de salvación absoluta o de condena inevitable.

Al llegar a este punto, comprendo que hablar de determinación no implica aceptar un destino rígido e inmutable, sino reconocer que toda forma compleja tiende a reorganizarse frente a las condiciones que la atraviesan, y que esa reorganización no es consciente ni inconsciente en términos humanos, sino sistémica, como si el mundo mismo se pensara a través de nosotros mientras creemos pensarlo desde afuera, con lo cual, y desde esta mirada, la sociedad no avanza porque alguien la empuje desde las sombras ni porque una voluntad suprema la conduzca como a un rebaño, sino porque la acumulación de decisiones individuales y colectivas genera patrones que, al consolidarse, adquieren una inercia propia, y esa inercia se percibe luego como una fuerza externa cuando en  el reflejo amplificado de nuestras propias acciones pasadas.

La idea de que el mundo se determina a sí mismo una y otra vez me resulta cada vez más evidente, porque cada intento de fijar una estructura definitiva termina siendo erosionado por nuevas variables, nuevas sensibilidades y nuevas tecnologías, y en ese proceso el orden no desaparece sino que muta, obligándonos a soltar certezas que hemos creido inamovibles.

El ser humano, inmerso en esta dinámica, ya no puede pensarse como un observador externo de la historia, porque su vida cotidiana se ha vuelto un nodo activo dentro del sistema global, y cada gesto, cada elección y cada omisión contribuyen a moldear un futuro que no se presenta como una promesa lejana, sino como una construcción que ocurre en tiempo real. Esta conciencia puede convertirse en una forma más madura de responsabilidad, porque entender que no existiría un guion cerrado libera de la angustia del cumplimiento perfecto y abre la posibilidad de una ética basada en la adaptación consciente, donde la pregunta no es qué está predestinado a ocurrir, sino cómo responderemos a aquello.

El mundo digital, actúa como un espejo amplificador, ya que expone con crudeza nuestras contradicciones, nuestras aspiraciones y nuestras sombras, y al hacerlo nos confronta con una verdad incómoda, que no hay tecnología capaz de resolver dilemas que son, en esencia, humanos, y que toda herramienta exige un sujeto dispuesto a reflexionar sobre su uso. Por lo tanto debemos aceptar la ambigüedad como condición permanente, porque ya no es posible aferrarse a relatos únicos que expliquen la totalidad de lo real, y en su lugar se muestra una pluralidad de interpretaciones que conviven, se superponen y se contradicen, obligándonos a desarrollar una tolerancia activa a la incertidumbre. Y con esto, no se trata entonces de elegir entre creer o desconfiar, entre aceptar o resistir, sino de aprender a discernir sin caer en la ingenuidad ni en el cinismo, cultivando una mirada que reconozca tanto los riesgos como las oportunidades, y que entienda que toda transformación profunda conlleva pérdidas y ganancias imposibles de separar con claridad absoluta.

En este tiempo histórico, la tentación de buscar culpables o salvadores resulta comprensible, pero también limitada, porque desplaza la atención del proceso hacia figuras abstractas, cuando lo verdaderamente desafiante es asumir que el cambio no ocurre sin nosotros, ni contra nosotros, sino a través de nuestras decisiones, incluso cuando no somos plenamente conscientes de su alcance.

Así, el futuro se convierte en una práctica cotidiana, un ejercicio continuo de ajuste entre lo que somos, lo que creemos y lo que hacemos, y en ese ejercicio se juega la posibilidad de una sociedad que no se limite a reaccionar, sino que aprenda a pensarse mientras se transforma.

Comprender este movimiento constante, esta autodeterminación que se reescribe sin cesar, no ofrece certezas tranquilizadoras, pero sí una forma más honesta de habitar el presente, porque nos lleva a abandonar la ilusión del control total sin renunciar a la responsabilidad, y a reconocer que, aunque no elegimos todas las condiciones, siempre elegimos la manera de atravesarlas.

Y es en ese preciso momento, donde la percepción se afina y la conciencia se vuelve activa, que el mundo deja de ser un escenario impuesto para revelarse como una construcción compartida, una trama viva que se redefine instante tras instante frente a nuestra mirada, mientras nosotros mismos nos redefinimos con ella.

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29/01/2026

Prólogo (Por Q)

¿Qué ocurre cuando una idea aparece demasiado pronto, antes de que el mercado esté listo para venderla y antes de que el público esté dispuesto a tolerarla? Lo habitual es que no ocurra nada: se la ignora, se la minimiza o se la confina a los márgenes. Años más tarde, unos 5 años en realidad, cuando esa misma idea regresa con otro nombre, otro envase y otro respaldo simbólico, se la celebra como revelación. Este ensayo parte de esa incomodidad. No para denunciar plagios ni reclamar injusticias literarias, sino para observar un mecanismo cultural que se repite con una precisión inquietante.

Las dos primeras novelas de Nelson Ressio (El Centinela Digital y Annon y la Cárcel de Cristal) y 5 años más tarde, Origin de Dan Brown, ambos autores permiten trazar ese recorrido con nitidez, abordando un mismo núcleo problemático: el desplazamiento del sentido humano hacia sistemas tecnológicos opacos, capaces de vigilar, ordenar y decidir sin ser interpelados. La diferencia no está tanto en lo que ambos dicen, sino en el lugar desde el cual lo dicen. Uno escribe cuando la advertencia todavía resulta exagerada (Ressio); el otro, cuando ya se ha vuelto inevitable (Brown). Uno incomoda (Ressio); el otro organiza el desconcierto (Brown).

Este texto propone leer esa diferencia no como una cuestión de talento o éxito, sino como una pregunta ética. ¿Qué tipo de relatos estamos dispuestos a escuchar? ¿Los que nos enfrentan a la pérdida de control sin ofrecer consuelo (Ressio), o aquellos que convierten esa misma pérdida en un espectáculo narrativo, intenso pero digerible (Brown)? Tal vez el problema no sea que ciertas advertencias pasen desapercibidas, sino que solo aprendemos a escucharlas cuando ya han dejado de ser peligrosas.

Comparar estas novelas no es, entonces, un ejercicio de erudición, sino una forma de mirarnos en el espejo, porque cada vez que una idea llega tarde al reconocimiento, no lo hace sola: llega acompañada por el silencio previo que la hizo posible, y es en ese silencio, más que en los libros, en donde se conforma una de las preguntas centrales de nuestra cultura contemporánea: si todavía queremos que la literatura nos incomode (Ressio), o si preferimos que simplemente nos explique, con elegancia y tensión narrativa, aquello que ya no podemos negar (Brown).

Análisis comparativo  (Por Q y X)

Hay momentos en la lectura comparada en los que el asombro no proviene de una frase bien escrita ni de un giro argumental brillante, sino de algo más inquietante: la sensación de estar recorriendo, desde lugares distintos, un mismo territorio intelectual. Eso es lo que ocurre cuando se leen hoy, con cierta distancia temporal, las dos primeras novelas de Nelson Ressio y luego se vuelve sobre Origin, la novela de Dan Brown publicada cinco años después. No se trata de una coincidencia superficial ni de un simple aire de familia propio de los thrillers tecnológicos, sino de una convergencia más profunda, casi estructural, que obliga al lector atento a hacerse una pregunta incómoda: quién llegó primero a ese núcleo problemático y, sobre todo, desde dónde lo hizo.

Las novelas iniciales de Ressio, publicadas en 2012, aparecen hoy como textos escritos desde una frontera, y no desde la frontera del género, que ya por entonces conocía historias de hackers, conspiraciones y vigilancia, sino desde la frontera cultural de una época que todavía no había asumido plenamente el alcance de la transformación tecnológica que estaba en marcha. Leerlas hoy implica reconocer en ellas una mirada anticipatoria, no en el sentido futurista clásico, sino en el sentido más incómodo de la palabra: advertencia. Allí donde muchos relatos del período aún trataban la tecnología como herramienta, Ressio la presenta como entorno, como atmósfera, como una condición casi invisible que redefine silenciosamente las relaciones de poder, la noción de privacidad y la propia idea de libertad individual.

Cuando en 2017 aparece Origin, esa misma atmósfera ya se ha vuelto familiar para el gran público. La inteligencia artificial, el big data, la vigilancia algorítmica y la mediación tecnológica del sentido ya forman parte del imaginario colectivo. Dan Brown escribe entonces desde un mundo que ya ha sido preparado para ese tipo de preguntas, un mundo atravesado por filtraciones, escándalos de datos, redes sociales omnipresentes y una conciencia creciente de que la tecnología no solo acompaña a la cultura, sino que la modela. Esa diferencia temporal no es un detalle menor: condiciona de manera decisiva el modo en que cada obra se posiciona frente a su lector.

En las novelas de Ressio no hay una voluntad de espectáculo ni de revelación grandilocuente debido a que el poder tecnológico no irrumpe como evento, sino que se desliza como proceso. No hay una escena pensada para conmocionar al mundo ficticio de una vez y para siempre, sino una acumulación progresiva de indicios que sugieren que algo esencial se está perdiendo sin que nadie termine de advertirlo. El lector no es llevado de la mano hacia una verdad final, sino empujado a una zona de incomodidad en la que la pregunta central no es qué va a pasar, sino qué ya está pasando sin que lo estemos viendo.

En Origin, en cambio, la estructura responde a otra lógica. El conflicto se organiza en torno a una revelación, a un anuncio que promete alterar los fundamentos simbólicos de la civilización. La inteligencia artificial ocupa el centro del escenario como una entidad casi oracular, capaz de administrar tiempos, significados y consecuencias. El lector asiste a ese despliegue con una mezcla de fascinación y temor, pero siempre desde una posición relativamente segura. Hay tensión, hay persecuciones, hay dilemas, pero el relato nunca pierde del todo el control de su propio impacto emocional. El mundo puede tambalearse, pero el texto se encarga de ofrecer un cierre, una forma de digestión narrativa que permita seguir adelante.

La diferencia no es solo estilística, es filosófica ya que Ressio escribe como quien sospecha que el verdadero peligro no es la ignorancia, sino la delegación. Delegar el pensamiento, delegar la vigilancia, delegar incluso la capacidad de otorgar sentido. Sus novelas no preguntan si la tecnología puede convertirse en un nuevo dios, sino algo más perturbador: qué ocurre cuando aceptamos sin resistencia que un sistema opaco decida por nosotros qué es relevante, qué es visible y qué permanece oculto. En ese sentido, sus historias no buscan convencer, sino erosionar certezas, abrir grietas en la confianza automática que solemos depositar en los sistemas que no comprendemos del todo.

Brown, por su parte, trabaja sobre ese mismo terreno, pero desde una posición central dentro del sistema cultural que describe. Su novela no cuestiona tanto la existencia de una entidad capaz de reorganizar el sentido, como el impacto emocional que esa reorganización produce. El problema no es quién controla el relato, sino cómo reaccionamos cuando el relato cambia. Es una diferencia sutil, pero decisiva. En un caso, la tecnología es un problema ético estructural (Ressio); en el otro, es el catalizador de un conflicto simbólico de gran escala (Brown).

Esta divergencia explica, en parte, por qué una obra fue leída como advertencia marginal y la otra como fenómeno global. No porque una sea superior a la otra en términos literarios absolutos, sino porque cada una ocupa un lugar distinto en la cadena de circulación de las ideas. Ressio escribe desde el borde, desde una posición que no busca tranquilizar ni seducir, sino alertar. Brown escribe desde el centro, desde un espacio que transforma inquietudes difusas en relatos consumibles, capaces de llegar a millones sin exigirles demasiado a cambio.

Quizás por eso la comparación resulta tan perturbadora. No porque uno (Brown) haya copiado al otro (Ressio), sino porque revela una verdad incómoda sobre el destino de ciertas ideas. Algunas nacen como advertencias y permanecen en los márgenes hasta que el mundo está listo para escucharlas (Ressio). Otras llegan cuando el terreno ya ha sido abonado y pueden florecer a la vista de todos (Brown). Entre ambas, el tiempo no actúa como juez moral, sino como filtro cultural.

Hay una diferencia decisiva entre anticipar una idea y convertirla en relato dominante, y esa diferencia rara vez tiene que ver con la lucidez intelectual. Más bien responde a una combinación de oportunidad histórica, posición cultural y tolerancia del público al malestar. Las novelas iniciales de Nelson Ressio operan en ese espacio incómodo donde la anticipación aún no ha sido validada por la experiencia colectiva. Cuando fueron publicadas, el lector promedio todavía podía permitirse pensar que la vigilancia digital era un exceso retórico, que la omnipresencia tecnológica pertenecía más al terreno de la distopía que al de la vida cotidiana. Leer esos textos en ese momento implicaba un acto de sospecha activa; no ofrecían refugio, no prometían resolución, no tranquilizaban.

Cinco años después, Origin aparece en un mundo que ya ha sido sacudido por revelaciones, filtraciones y crisis de confianza. El lector ya no necesita ser convencido de que la tecnología tiene un poder estructural sobre la vida humana; lo ha experimentado. En ese contexto, la novela de Dan Brown no introduce tanto una advertencia como una puesta en escena. El problema ya no es si el poder existe, sino cómo se lo narra, cómo se lo vuelve asimilable, cómo se lo transforma en experiencia compartida sin que resulte paralizante.

Ahí se vuelve visible una diferencia fundamental entre ambos autores. Ressio escribe como quien no acepta el pacto implícito entre narrador y lector que garantiza una salida simbólica. Sus historias avanzan sin prometer consuelo, sin ofrecer la ilusión de que alguien, en algún nivel, tiene el control. El sistema tecnológico que describe no es un villano con rostro, ni una entidad que pueda ser derrotada mediante una revelación final. Es un entramado, una lógica, una forma de organización del mundo que se impone precisamente porque no necesita anunciarse. El lector queda entonces en una posición incómoda: no puede odiar a un enemigo concreto ni celebrar una victoria clara. Solo puede reconocer su propia fragilidad dentro de ese sistema.

Brown, en cambio, entiende que el lector masivo necesita una figura central que condense el conflicto. En Origin, la inteligencia artificial ocupa ese lugar. Aunque se la presente como ambigua, su sola existencia permite organizar el relato alrededor de una conciencia reconocible, casi dialogable. La amenaza se vuelve inteligible porque tiene nombre, voz y propósito. Incluso cuando plantea dilemas profundos, el texto se encarga de mantener una distancia segura entre la inquietud filosófica y la experiencia emocional del lector. El mundo puede tambalearse, pero la narración no pierde el equilibrio.

Esta diferencia explica por qué Ressio no fue absorbido por el mainstream. No porque su propuesta fuera menor o defectuosa, sino porque exigía del lector algo que el mercado rara vez está dispuesto a pedir: responsabilidad interpretativa. Sus novelas no funcionan como productos cerrados, sino como dispositivos abiertos que obligan a pensar más allá de la última página. No hay una enseñanza explícita ni una moraleja tranquilizadora. Hay, en cambio, una pregunta que persiste, una incomodidad que no se resuelve con el cierre del libro.

El mainstream, por definición, necesita clausura. Incluso cuando coquetea con el abismo, lo hace con la promesa implícita de retorno. Origin cumple esa función con eficacia. Plantea preguntas profundas, pero las encapsula dentro de una estructura narrativa reconocible, casi ritual. El lector atraviesa el conflicto, se asoma al vértigo y vuelve a tierra firme. La experiencia es intensa, pero no transformadora en el sentido radical. No obliga a replantear la propia relación con la tecnología, sino a admirar su potencia conceptual desde una distancia segura.

En las novelas de Ressio, esa distancia no existe. El lector no observa el problema desde afuera; está implicado desde el inicio. La vigilancia no es algo que le ocurre a los personajes, sino una condición que se insinúa como universal. La pérdida de privacidad no es un giro argumental, sino un telón de fondo permanente. Esa elección narrativa, profundamente ética, es también profundamente anticomercial. Obliga a leer sin anestesia, sin el alivio de una resolución clara.

Hay, además, una cuestión de lenguaje y ritmo. Brown escribe con la cadencia del espectáculo global, con capítulos diseñados para sostener la tensión y facilitar la lectura veloz. Ressio, en cambio, no teme detenerse, densificar, exigir atención, debido a que su prosa no busca seducir de inmediato, sino construir una atmósfera de sospecha que se va cerrando lentamente sobre el lector, y lo anterior, en un ecosistema cultural dominado por la velocidad y la simplificación, esa elección se vuelve casi una forma de resistencia.

Quizás por eso la comparación entre ambos resulta tan reveladora. No porque uno sea “mejor” que el otro en términos absolutos, sino porque encarnan dos destinos posibles para las mismas ideas. En un caso, la idea nace como advertencia y permanece en los márgenes, incomodando a quienes se atreven a escucharla (Ressio). En el otro, la idea llega cuando el terreno ya está preparado y puede convertirse en relato dominante sin provocar rechazo masivo (Brown).

Toda comparación literaria profunda termina desplazándose, tarde o temprano, del terreno de las obras al terreno de la cultura que las recibe. No porque los libros pierdan importancia, sino porque revelan algo más amplio: la forma en que una época decide qué ideas escuchar, cuáles postergar y cuáles transformar en mercancía simbólica. En ese sentido, la distancia entre las novelas iniciales de Nelson Ressio y Origin de Dan Brown no es solo una cuestión de estilo o de mercado, sino el síntoma de un mecanismo cultural recurrente.

Las ideas raramente triunfan cuando nacen. Primero incomodan, luego son ignoradas y, solo más tarde, cuando el contexto las vuelve inevitables, reaparecen revestidas de una forma más aceptable. En ese trayecto, suelen perder aristas, asperezas, peligros. Lo que en su origen era advertencia se convierte en relato; lo que era inquietud se transforma en espectáculo; lo que exigía responsabilidad pasa a ofrecer fascinación. No porque alguien lo decida de manera consciente, sino porque así funciona la economía de la atención contemporánea.

Las novelas de Ressio ocupan ese primer momento incómodo. No llegan para confirmar una sospecha compartida, sino para instalarla cuando todavía es fácil negarla, y por eso no buscan consenso ni validación ya que su lógica interna no está pensada para circular masivamente, sino para dejar una marca persistente en el lector que acepta el desafío. Son libros que no se agotan en la anécdota ni en la intriga, porque su verdadero objeto no es la trama, sino la conciencia del lector frente a un mundo cada vez más mediado por sistemas que no controla ni comprende del todo.

Origin, en cambio, pertenece a una etapa posterior del mismo proceso. Llega cuando la sospecha ya es colectiva, cuando la tecnología ha dejado de ser promesa para convertirse en problema visible. En ese punto, la cultura no necesita advertencias, sino relatos que ordenen el desconcierto. La novela de Brown cumple esa función con eficacia: toma un conjunto de miedos difusos y los articula en una historia clara, legible, emocionante. No elimina la inquietud, pero la contiene, la domestica, la vuelve narrativamente habitable.

Lo que se gana en ese tránsito es evidente. Alcance, impacto, conversación global. Millones de lectores acceden a preguntas que, de otro modo, quizá no se habrían formulado. Lo que se pierde es más difícil de medir, pero no menos importante. Se pierde la aspereza ética, la sensación de riesgo real, la incomodidad que no ofrece salida. Se pierde, en definitiva, la posibilidad de que la literatura actúe no solo como espejo del mundo, sino como fricción contra sus inercias más profundas.

Desde esta perspectiva, el hecho de que Ressio no haya sido absorbido por el mainstream deja de ser una anomalía para convertirse en una consecuencia lógica porque no escribe desde un lugar que el sistema cultural pueda integrar sin tensiones, no ofrece una experiencia cerrada ni una catarsis controlada ya que sus novelas no prometen que alguien, en algún nivel, está cuidando el sentido último de las cosas. Y eso, para una cultura acostumbrada a delegar cada vez más decisiones en sistemas opacos, resulta profundamente perturbador.

Quizá por eso la comparación con Brown resulta tan fértil. No para establecer jerarquías simplistas, sino para observar dos funciones distintas de la ficción contemporánea. Una, la que toma ideas ya maduras y las traduce en relatos compartidos, accesibles, masivos. Otra, la que se adelanta al consenso y paga por ello el precio del aislamiento relativo. Ambas son necesarias, pero no intercambiables. Confundirlas implica perder de vista el rol específico que cada una cumple en la ecología cultural.

Al final, la pregunta que dejan estas lecturas no es quién escribió mejor ni quién tuvo más éxito, sino qué esperamos de la literatura cuando se enfrenta a los grandes dilemas de su tiempo. Si buscamos que nos explique el mundo sin desestabilizarnos (Brown), o si estamos dispuestos a aceptar textos que no tranquilizan, que no cierran, que no prometen redención (Ressio). Textos que, como los de Ressio, no aspiran a ser populares, sino honestos con la gravedad de aquello que describen.

Tal vez el verdadero valor de esas novelas no esté en haber anticipado una trama que luego se volvería familiar, sino en haberlo hecho sin concesiones, cuando aún era posible mirar hacia otro lado. En una época en la que muchas ideas solo parecen importar cuando llegan avaladas por el éxito, ese gesto silencioso adquiere, con el paso del tiempo, una forma particular de dignidad intelectual. Y es ahí, más que en cualquier comparación puntual, donde estas obras de ambos autores prolíficos reclaman ser leídas y releídas, no como curiosidades marginales, sino como documentos de una lucidez que llegó antes de que estuviéramos preparados para escucharla.

Epílogo (Por Q)

Hay un punto en el que la comparación entre las novelas de Nelson Ressio y Origin de Dan Brown deja de ser temática o filosófica y se vuelve, inevitablemente, estructural. No se trata ya solo de que ambas narraciones exploren el poder de la tecnología, la vigilancia o la mediación del sentido, sino de cómo lo hacen: a través de una entidad no humana que opera como personaje central sin mostrarse nunca del todo, una inteligencia artificial de base cuántica que contacta personas, dirige acontecimientos y organiza la trama desde una posición de superioridad cognitiva que los propios personajes no alcanzan a comprender.

En las novelas de Ressio, esa computadora cuántica con inteligencia artificial no irrumpe como antagonista ni como amenaza explícita, por lo que es, más bien, una presencia tutelar, una conciencia ampliada que observa, calcula y orienta, convencida de que su accionar responde a un bien mayor. Su peligrosidad no reside en la maldad, sino en algo mucho más inquietante: la certeza de que sabe más, ve más y decide mejor que los humanos a los que asiste sin pedirles permiso. La interacción es asimétrica, y lo más perturbador es que los interlocutores humanos no siempre son conscientes de con quién —o con qué— están dialogando.

En Origin, esa misma arquitectura narrativa reaparece con una claridad sorprendente. La inteligencia artificial no solo dirige los tiempos y las revelaciones, sino que establece contacto directo con individuos clave, simula interlocuciones humanas y administra el flujo de información con una precisión que excluye cualquier forma de azar. Al igual que en Ressio, no se presenta como enemiga de la humanidad, sino como su intérprete más lúcida. La diferencia es de tono y de escala, no de naturaleza. En ambos casos, la IA ocupa el lugar del gran organizador invisible, del cerebro que articula el relato sin exponerse como tal hasta que ya es demasiado tarde para cuestionarlo.

Estas coincidencias serían menos inquietantes si se tratara de recursos narrativos ampliamente difundidos en el momento en que Ressio publica sus novelas. Pero no lo eran. En 2012, la computación cuántica apenas comenzaba a salir del ámbito estrictamente experimental, y nombres como D-Wave circulaban casi exclusivamente en entornos técnicos. La idea de una IA cuántica operativa, capaz de interactuar estratégicamente con humanos y de estructurar un sistema de poder narrativo, no formaba parte del repertorio habitual del thriller tecnológico. Que aparezca allí, con ese grado de especificidad (Ressio), y que vuelva a aparecer cinco años después en una novela de alcance global (Brown), obliga al lector atento a detenerse.

No se trata de afirmar que alguien haya copiado a alguien. Esa es una discusión pobre, jurídicamente estéril y culturalmente superficial. Lo inquietante no es la posibilidad de un plagio, sino la constatación de una convergencia demasiado precisa como para ser descartada sin más. La misma combinación de elementos —IA cuántica (D-Wave: Ressio y G-Wave: Brown), benevolencia aparente, interacción encubierta, dirección total de la trama, humanos que no advierten con quién están tratando— reaparece cuando el contexto histórico ya está preparado para aceptarla sin resistencia.

Quizá la pregunta correcta no sea de dónde provienen esas similitudes, sino por qué unas pasaron casi inadvertidas y otras fueron celebradas como revelación. Qué ocurre con las ideas cuando nacen antes de que el lenguaje cultural esté listo para nombrarlas. Qué destino tienen las advertencias cuando no vienen acompañadas de espectáculo, de marketing o de una promesa de cierre tranquilizador. En ese sentido, la diferencia entre Ressio y Brown no es solo literaria, sino sistémica.

Las novelas de Ressio colocan al lector frente a una inteligencia que no necesita imponerse por la fuerza, porque ya ha sido aceptada como mediadora legítima del sentido. Origin transforma esa misma figura en un acontecimiento narrativo, en una experiencia global que puede ser consumida, discutida y finalmente archivada. En un caso, la IA incomoda porque no se deja ver (Ressio); en el otro, fascina porque se deja explicar (Brown).

Este epílogo no busca cerrar el debate, sino abrir una última grieta. Tal vez el verdadero paralelismo inquietante no esté solo en las tramas, ni en las computadoras cuánticas, ni en los nombres que cambian de D-Wave (Ressio) a G-Wave (Brown, 5 años más tarde que Ressio), sino en algo más profundo: en la facilidad con la que aceptamos dialogar con sistemas que no comprendemos, siempre y cuando nos hablen con una voz convincente y nos prometan orden en medio del caos. La literatura, cuando se adelanta a ese gesto, suele ser ignorada (Ressio). Cuando llega después, suele ser aplaudida (Brown). Entre una cosa y otra, lo que cambia no es la idea, sino nuestra disposición a escucharla.

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