Siempre he sostenido que el sentir íntimo pertenece al ámbito inviolable de la conciencia, allí donde nadie debería irrumpir con botas ni con banderas, porque lo que uno siente, imagina o experimenta como vivencia interior forma parte de ese espacio sagrado que no admite colonización, y por ello el respeto hacia la subjetividad ajena no es una concesión sino una condición mínima de humanidad. Sin embargo, otra cosa muy distinta es cuando ese sentir privado se transforma en mercancía simbólica, en consigna repetida, en mensaje amplificado hasta el cansancio, y es allí donde dejo de hablar del individuo para empezar a observar el fenómeno, porque cuando una narrativa se vuelve insistente y omnipresente deja de ser expresión y pasa a ser herramienta, y toda herramienta responde a un propósito que rara vez se declara de manera honesta.
Desde mi mirada, profundamente anclada en la observación de la naturaleza y en la reflexión filosófica, hay verdades que no dependen de acuerdos sociales ni de modas discursivas, verdades que existen antes de cualquier lenguaje, y que se manifiestan con la misma evidencia con la que una piedra es piedra, y no otra cosa por más metáforas que se le adhieran.
La estructura binaria de la vida no es una construcción cultural caprichosa sino un principio operativo que atraviesa la biología, la reproducción y la continuidad de las especies, y cuando se intenta diluir esa estructura no se está ampliando la comprensión del ser humano sino erosionando los cimientos que lo sostienen como tal, y no se trata de negar la complejidad psíquica ni la diversidad de experiencias, sino de reconocer que hay un plano material que no se negocia, porque el cuerpo no es un lienzo vacío sino una realidad concreta con funciones específicas, y confundir los niveles de análisis es uno de los errores más frecuentes de las épocas de confusión.
Cuando el discurso insiste en desdibujar lo evidente, no lo hace por ingenuidad, sino porque lo evidente es incómodo para quienes necesitan una sociedad desconectada de lo real, ya que una población que pierde referencia con su propia naturaleza se vuelve más maleable, más fragmentable y, sobre todo, más distraída.
Con los años he aprendido que la confusión no surge de manera espontánea, sino que es cuidadosamente sembrada, regada y protegida, porque una mente confundida discute símbolos mientras otros deciden sobre recursos, territorios y futuros, y así la atención colectiva se dispersa en disputas estériles mientras lo esencial se desliza fuera del campo visual.
La división social no es un efecto colateral sino un objetivo, porque cuando los individuos se enfrentan entre sí por identidades fluctuantes dejan de reconocerse como parte de un mismo cuerpo social, y un cuerpo social desarticulado no puede defender aquello que le pertenece en común.
Mientras se debate hasta el cansancio sobre definiciones cambiantes, se pierde de vista que hay bienes que no se regeneran, riquezas que una vez extraídas no vuelven, y allí radica la paradoja más cruel, porque lo verdaderamente finito queda desprotegido mientras lo humano es tratado como reemplazable, por lo cual, la vida humana se convierte en cifra estadística, en número intercambiable, en variable de ajuste, y cuando eso ocurre ya no importa cuántos se pierdan en el camino, porque el sistema confía en su capacidad de producir más cuerpos, más voces y más consumidores, todo bajo la lógica de la reposición constante.
Me he dado cuenta de que la verdadera batalla no se libra en el terreno de las palabras explícitas sino en el plano de lo que se normaliza sin ser pensado, porque aquello que se acepta sin reflexión termina gobernando la conducta colectiva con una eficacia mucho mayor que cualquier imposición directa.
Por eso insisto en volver una y otra vez a lo elemental, a lo que se observa sin intermediarios, a lo que no necesita interpretación ideológica para existir, porque en esa simplicidad reside una forma de resistencia silenciosa frente al ruido ensordecedor de los discursos prefabricados.
La naturaleza no argumenta ni persuade, simplemente es, y en su funcionamiento se revela una coherencia que ninguna narrativa artificial logra reemplazar, aunque intente cubrirla con capas sucesivas de relativismo.
Cuando se rompe el vínculo entre la experiencia concreta y el relato que la describe, el relato empieza a flotar sin anclaje, y un relato sin anclaje puede ser llevado hacia cualquier dirección que convenga a quienes lo impulsan, y de esa manera se va oscureciendo el horizonte común, no mediante la violencia visible sino mediante la saturación simbólica, y ese oscurecimiento no se percibe de inmediato porque avanza como la noche, lentamente, sin sobresaltos, hasta que de pronto uno se descubre caminando a tientas.
Estoy convencido de que la mente humana se ha convertido en el territorio más disputado de nuestra era, no porque sea débil, sino precisamente porque es fértil, y todo terreno fértil despierta el deseo de quien pretende sembrar allí lo que luego habrá de cosechar, y en ese sentido la confusión no es un accidente sino una estrategia cuidadosamente elaborada.
Cuando se logra que una persona dude de lo más básico, de aquello que antes no requería explicación, se produce una grieta silenciosa en su estructura interna, porque la duda deja de ser motor de conocimiento y pasa a ser corrosión permanente, y un individuo corroído en sus certezas fundamentales se vuelve permeable a cualquier narrativa que prometa sentido. Esta fragmentación no actúa de golpe sino por acumulación, primero se separa al individuo de su cuerpo, luego de su entorno, más tarde de su historia, y finalmente de los demás, y en ese proceso se va perdiendo la noción de pertenencia a algo mayor, algo que trasciende la identidad mutable y conecta con la continuidad de la especie, y cuando se rompe la noción de continuidad se rompe también la responsabilidad, porque si nada perdura entonces nada importa, y si nada importa entonces todo se vuelve intercambiable, incluso la vida misma, que pasa a ser tratada como recurso disponible en lugar de misterio digno de cuidado.
El discurso que disuelve los límites no libera, sino que desorienta, porque los límites no son cárceles sino referencias, y sin referencias no hay orientación posible, solo deriva, y una sociedad en deriva puede ser conducida sin resistencia hacia cualquier destino que se le imponga, por lo cual, la atención colectiva es desviada hacia debates interminables sobre definiciones, mientras cuestiones fundamentales quedan fuera del foco, y así se logra que la energía social se consuma en fricciones internas en lugar de dirigirse hacia la defensa de aquello que sustenta la vida material y simbólica de la comunidad.
Y he aprendido a reconocer que el ruido constante cumple una función anestésica, porque cuando todo es urgente nada es importante, y cuando todo se discute al mismo tiempo nada se profundiza, y esa superficialidad generalizada impide que se formen consensos sólidos capaces de sostener acciones transformadoras y para entonces la mente saturada pierde la capacidad de contemplar, y sin contemplación no hay comprensión, solo reacción, y una sociedad reactiva es predecible, manipulable y fácil de dividir, porque responde a estímulos inmediatos sin detenerse a examinar sus causas ni sus consecuencias.
También he llegado a pensar que la verdadera libertad comienza por la claridad, no por la multiplicación infinita de opciones, porque elegir entre infinitas posibilidades sin criterio no es libertad sino parálisis, y la parálisis favorece siempre a quien ya tiene el control del tablero.
Cuando se normaliza la contradicción permanente, se debilita la lógica interna del pensamiento, y una lógica debilitada acepta como equivalentes cosas que no lo son, confundiendo planos, mezclando categorías y diluyendo diferencias esenciales que cumplen funciones concretas en la realidad, por lo que, de esta manera el cuerpo deja de ser referencia y se convierte en obstáculo, la biología pasa a ser opinión, y la evidencia se subordina al relato, y en ese desplazamiento se pierde el anclaje con lo real, que es el único terreno desde el cual se puede construir algo que perdure.
No hablo desde el rechazo al otro, sino desde la preocupación por el conjunto, porque cuando se empuja a la sociedad a un estado de enfrentamiento constante se erosiona la posibilidad de cooperación, y sin cooperación no hay proyecto común, solo supervivencia fragmentada, la división se multiplica en capas, identidades dentro de identidades, etiquetas dentro de etiquetas, hasta que el individuo ya no se reconoce en el otro, y cuando el otro deja de ser semejante se vuelve sospechoso, y allí comienza el verdadero deterioro del tejido social.
Mientras tanto, aquello que no se reproduce ni se renueva queda convenientemente fuera del debate, protegido por la distracción generalizada, y así lo finito se preserva para unos pocos mientras lo humano se desgasta en conflictos inducidos. Por eso insisto en la necesidad de recuperar una mirada integrada del ser humano, donde cuerpo, mente y comunidad no sean compartimentos estancos sino dimensiones interdependientes, porque solo desde esa integración es posible resistir la fragmentación que se nos presenta como progreso.
Con el tiempo he llegado a comprender que uno de los desplazamientos más sutiles y peligrosos de nuestra época es la inversión silenciosa del valor, porque aquello que no puede regenerarse es protegido con celo, mientras lo humano es tratado como material reemplazable, y en esa lógica se revela una ética invertida que no se declara pero opera con precisión matemática. Y cuando la vida se vuelve abundante en los discursos pero descartable en la práctica, es de suponer que algo profundo se ha quebrado, porque la abundancia sin sentido no dignifica sino que banaliza, y una humanidad banalizada acepta su propia fragmentación como si fuese un estado natural y no el resultado de una ingeniería social cuidadosamente aplicada. Entonces, la idea de humanidad como recurso renovable no surge de la nada, sino de una visión utilitaria que mide todo en términos de reemplazo, donde cada individuo es una unidad funcional más, prescindible, intercambiable y fácilmente sustituible por otro que cumpla la misma función sin cuestionar el orden establecido, por lo que en esa visión, la reproducción deja de ser continuidad y se convierte en estadística, y la existencia se mide en términos de eficiencia, no de sentido, y así se pierde la noción de linaje, de herencia, de responsabilidad hacia quienes vinieron antes y hacia quienes aún no han llegado.
Mientras tanto, aquello que yace bajo nuestros pies permanece intacto en el imaginario del poder, no como bien común sino como botín silencioso, y para que ese botín no sea reclamado es necesario mantener a la superficie dividida, enfrentada, distraída, ocupada en discusiones que no ponen en riesgo la estructura profunda del sistema.
Puedo intuir, luego de múltiples observaciones, que cuando los pies caminan en direcciones opuestas, la mirada nunca se eleva, y así la atención se mantiene a ras del suelo, ocupada en conflictos inmediatos, incapaz de percibir los movimientos lentos pero decisivos que se producen en las capas profundas de la realidad social.
La verdadera ruptura no ocurre cuando se discute, sino cuando se pierde la capacidad de reconocerse como parte de una misma trama, porque sin esa conciencia compartida no hay defensa posible de lo común, solo supervivencias individuales que se neutralizan entre sí.
Suelo desconfiar de los relatos que prometen liberación a cambio de desarraigo, porque toda libertad que exige cortar las raíces termina dejando al individuo flotando sin dirección, y un individuo sin raíces no puede sostenerse frente a estructuras que sí las tienen profundamente ancladas, por cuánto, el volver a pisar tierra firme no implica renunciar al pensamiento, sino todo lo contrario, implica pensar desde lo real, desde lo observable, desde aquello que no necesita ser impuesto porque se manifiesta por sí mismo, y en esa manifestación se encuentra una forma de verdad que no depende del consenso.
La claridad no es rigidez, sino coherencia, y la coherencia permite integrar sin confundir, distinguir sin excluir y comprender sin diluir, porque no todo lo diverso es incompatible con lo estructural, pero nada estructural sobrevive cuando se lo niega sistemáticamente.
He llegado a sentir que la tarea más urgente no es ganar discusiones, sino recuperar la capacidad de nombrar lo que es, y sin miedo, porque el miedo a nombrar es el primer síntoma de una sociedad que ha cedido su soberanía simbólica. Entonces, cuando se recupera el lenguaje anclado en la realidad, también se recupera la posibilidad de acción consciente, porque ya no se reacciona a estímulos prefabricados sino que se responde desde una comprensión más profunda de las causas y las consecuencias.
Se debe entonces, restablecer un suelo común desde el cual las diferencias puedan existir sin destruir el conjunto, porque la diversidad sin estructura es caos, y la estructura sin humanidad es tiranía, y solo el equilibrio entre ambas permite que la vida florezca, permitiendo que la humanidad deja de ser un recurso descartable y vuelva a ser lo que siempre fue en su núcleo más profundo, una continuidad viva, frágil y valiosa, que no se renueva sin costo y que no debería ser sacrificada en nombre de narrativas que ocultan intereses más antiguos que cualquier discurso moderno.
Y es desde ese lugar, con los pies firmes en la tierra y la mirada atenta, que sigo escribiendo, pensando y resistiendo, no contra personas sino contra procesos, no desde el odio sino desde la lucidez, porque solo la lucidez permite cuidar aquello que, una vez perdido, no vuelve.





