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13/01/2026



La unidad fragmentada

A modo de prólogo, podría decir por medio de una férrea —aunque imperfecta convicción, que no concibo a la humanidad como una multitud contable, ni como una cifra que se repite hasta perder significado, sino que la concibo como una sola conciencia distribuida, como un magnánimo Egregor, como una identidad única expresándose en miles de millones de cuerpos, debido a que no somos una suma; somos una singularidad multiplicada, por lo cual, cada ser humano es la totalidad reflejada en un punto irrepetible, porque pensar lo contrario es el primer error estructural sobre el que se edifican todos los sistemas de dominación.

Cuando afirmo que la humanidad es una, no lo hago desde una consigna ni desde una consigna disfrazada de esperanza colectiva, por el contrario, lo digo desde la observación de que toda fragmentación artificial es una herramienta de control, entonces, puedo especular que el acto de dividir no es reconocer diversidad; dividir es impedir la integración, ya que la diversidad real no necesita compartimentos, etiquetas ni banderas semánticas que enfrenten a unos contra otros, porque, como sabemos, la diversidad auténtica se sostiene dentro de la unidad, no en oposición a ellaHe aprendido —no por lectura únicamente, sino por experiencia vital— que cuando un sistema necesita clasificar obsesivamente a las personas, no lo hace para protegerlas, sino para administrarlas, por lo que cada nuevo rótulo es una frontera invisible, cada frontera es una excusa para el conflicto y cada conflicto es una cortina que impide ver el verdadero centro de poder que nunca se expone.

Existe una trampa antigua, tan antigua como las primeras formas de imperio: convencer a los individuos de que pertenecen antes a un subconjunto que al conjunto total, y cuando eso ocurre, el ser humano deja de verse como parte de la humanidad y comienza a verse como miembro de una fracción enfrentada a otras fracciones, y allí es cuando nace la guerra simbólica, incluso antes de que exista la guerra física.

No niego los derechos de nadie y precisamente por eso, me opongo a que esos derechos sean encapsulados en compartimentos exclusivos, porque cuando los derechos se particularizan, dejan de ser derechos y se transforman en concesiones y toda concesión puede ser retirada, y es entonces donde se conforma el terreno fértil sobre el cual la verdadera igualdad crezca no necesitando adjetivos, debido a que la igualdad se sostiene en la condición humana misma.

He observado con creciente inquietud cómo se normaliza la idea de que la identidad humana debe ser validada por estructuras externas, como si existir no fuera suficiente, como si el vivir necesitara permiso, como si el ser necesitara certificación y esa lógica no emancipa: solo subordina, y lo hace con un lenguaje tan cuidadosamente diseñado que muchos no perciben la cadena hasta que ya la llevan puesta. La historia demuestra —una y otra vez— que los grandes procesos de sometimiento nunca comienzan con violencia explícita, sino que lo hacen con narrativas moralmente incuestionables. Todo sistema que no admite preguntas se vuelve un dogma y todo dogma, tarde o temprano, exige sacrificios humanos, aunque se los disfrace de bien común.

Hay momentos en los que la realidad deja de describirse y comienza a dibujarse, cuando los hechos ya no importan tanto como su relato oficial, cuando los números se vuelven maleables y las causas de los acontecimientos se redefinen según convenga al relato dominante, y es, justamente, en aquellos momentos, cuando la verdad no desaparece: se vuelve clandestina.

He vivido lo suficiente, y lo suficientemente cerca de ámbitos donde la vida y la muerte se registran en papel, como para saber que la verdad administrativa no siempre coincide con la verdad biológica. Existe una distancia inquietante entre lo que ocurre en un cuerpo y lo que se escribe sobre él, y esa distancia, cuando se institucionaliza, se transforma en una herramienta de ingeniería social.

Nada de esto implica negar la existencia del dolor, la enfermedad o la fragilidad humana ya que negar eso sería negar la vida misma. Lo que cuestiono es la conversión del miedo en política permanente, debido a que el miedo es el recurso favorito de todo poder que no puede sostenerse por la razónCuando el miedo se ritualiza, se convierte en fe, y cuando se convierte en fe, deja de necesitar pruebas y solamente basta con repetirlo, basta con creerlo, basta con señalar al que duda como hereje moderno, y así, la razón se retira en silencio y el pensamiento crítico se vuelve sospechoso.

Recuerdo una antigua idea filosófica que afirmaba que el mayor triunfo del poder no es vencer al enemigo, sino convencerlo de que no existe alternativa, y cuando una sociedad acepta sin cuestionar, ya no hace falta reprimirla: se autogestiona en su propia obediencia.

Me preocupa el ver cómo se sacrifica la libertad individual en nombre de una seguridad abstracta, siempre prometida, nunca alcanzada, y me preocupa cómo se exige obediencia absoluta a cambio de protección, como si la vida pudiera reducirse a una estadística favorable y también me mantiene en vigilia el comprender la manera en que muchos aceptan ese trato sin advertir que, en él, lo primero que se pierde es la dignidad.

No escribo desde la certeza absoluta, ya que sería deshonesto hacerlo, sino que escribo desde la sospecha informada, desde la observación prolongada, desde el contacto directo con realidades que no encajan en el discurso oficial. Escribo porque callar, en ciertos contextos, se convierte en una forma de complicidad.

El pensamiento libre no necesita multitudes, nunca las necesitó, porque históricamente, siempre fue minoritario, pero también fue siempre el germen de toda transformación real, y no de las revoluciones ruidosas, sino de los cambios silenciosos que, con el tiempo, reconfiguran la conciencia colectiva.

Por eso insisto: no somos millones de unidades desconectadas, sinó que somos una sola humanidad fragmentada artificialmente, un Egregor roto, y mientras sigamos aceptando esa fragmentación como natural, seguiremos siendo administrables, reemplazables y prescindibles.

La verdadera pregunta no es ¿quién nos salvará?, ya que esa pregunta delega el poder, por lo que, a mi juicio, la pregunta real es: ¿cuándo recordaremos que nunca dejamos de tenerlo?

El dogma invisible y la pedagogía de la obediencia

Hay un momento preciso —difícil de fechar, pero fácil de reconocer— en el que el dogma deja de presentarse como dogma, y cuando eso ocurre, ya no se anuncia como creencia, sino como evidencia incuestionable; no se impone por la fuerza, sinó que se filtra por repetición; no se defiende con argumentos, sinó que se protege mediante la ridiculización del que pregunta, y es justamente en ese punto, en el cual el dogma ya no necesita templos visibles, porque ha colonizado la mente cotidianaEl dogma moderno no se proclama sagrado, pero exige la misma obediencia que los antiguos credos, ya que tiene sus rituales, sus palabras prohibidas, sus fórmulas incuestionables y, sobre todo, sus castigos simbólicos que no queman cuerpos en plazas públicas; queman reputaciones, vínculos, trabajos, silencios, por lo que el castigo ya no es físico a primeras vistas, sino psicológico y social, y es precisamente eso lo que lo vuelve más eficiente.

He observado, durante suficiente tiempo, cómo la repetición constante de una narrativa termina sustituyendo la experiencia directa por lo cual las personas ya no confían en lo que perciben, sino en lo que se les ha dicho que deben percibir y cuando la percepción es tercerizada, la conciencia abdica, y es justamente en este estadío en el cual el ser humano se vuelve moldeable.

El dogma siempre necesita intermediarios, sin importar si visten hábitos, trajes, uniformes o discursos técnicos y su función es la misma: traducir una verdad superior que no admite revisión, y quien se coloca en ese lugar no dialoga sinó que instruye, no escucha sinó que corrige, no acompaña sinó que dirige y lo hace convencido de que actúa por el bien común, incluso cuando ese bien exige sacrificar libertades individuales.

Existe una pedagogía silenciosa de la obediencia que comienza desde edades tempranas enseñando sutilmente a no pensar, sino que a repetir correctamente, no se fomenta la duda, sino la adhesión, se premia la conformidad y se penaliza la disidencia, incluso cuando esta última es respetuosa y argumentada. Y de esta manera, poco a poco, se va formando un individuo que confunde responsabilidad con sumisión.

El dogma necesita uniformidad emocional, necesita que todos teman lo mismo, esperen lo mismo y reaccionen de la misma manera, y cuando eso se logra, la gestión de masas se simplifica, el miedo compartido crea una falsa sensación de comunidad, pero en realidad genera una soledad colectiva, donde cada uno vigila al otro para asegurarse de que cumple con el rito correspondiente. Y en este aspecto, he notado cómo se redefine el lenguaje para sostener esta estructura, ya que las palabras pierden su significado original y adquieren uno funcional al sistema, entonces, cuidar ya no es acompañar, sino que más bien es vigilar, la responsabilidad ya no es conciencia, sino que obediencia, la solidaridad ya no es empatía libre, sino que es de cumplimiento obligatorio, y cuando el lenguaje se distorsiona, el pensamiento queda atrapado en una jaula semántica.

Nada de esto ocurre por casualidad. Todo dogma eficaz se apoya en una narrativa moralmente superior y quien la cuestiona no es simplemente alguien que piensa distinto, sino alguien peligroso, no porque tenga poder, sino porque recuerda, a modo de espejo para los demás, que pensar es posible, y eso, en un sistema dogmático, es intolerable, por lo cual, existe un punto especialmente delicado en este proceso: cuando la sociedad comienza a imponer el dogma por sí misma, sin necesidad de coerción externa, cuando son los propios individuos los que corrigen, denuncian o excluyen a sus pares, allí el poder ya no necesita mostrarse pero de igual manera ha logrado su objetivo más ambicioso: convertir a la población en su propio mecanismo de control. En ese estadío, el sacrificio ya no se percibe como tal, sinó que se lo vive como deber, se acepta perder libertad, intimidad y criterio propio a cambio de pertenencia, y el miedo a quedar fuera del consenso se vuelve más fuerte que el deseo de verdad, y de este Modo, el dogma se perpetúa sin resistencia significativa.

Pero, de todas maneras, y en referencia a lo antedicho, he aprendido que todo sistema que se presenta como incuestionable termina siendo frágil porque depende de que nadie mire detrás del telón y que solamente baste con que unos pocos comiencen a pensar en silencio para que la estructura empiece a resquebrajarse, y no por violencia, sino que por incoherencia interna; tal como el Experimento de la Doble Rendija, en el cual, si las partículas del sistema contenedor es observado externamente, éste reconfigura su coherencia cuántica debido al efecto resultante de que esas partículas, probabilisticamente corpusculares que dicho sistema contiene, se vuelven ondas de probabilidad, mientras que, si aquel sistema contenedor no es observado, sucede lo inverso, tal como el Egregor, el cual desaparece o se debilita, al disminuir la cantidad de intenciones mentales (dirigidas a un mismo sujeto u objeto) que lo conforman.

Entonces, la incoherencia en la forma de obediencia ritualizada tiene un límite muy claro y específico, y que es la propia realidad, por cuanto, tarde o temprano, lo vivido entra en conflicto con lo narrado, y en el instante en el que eso ocurre, cada individuo enfrenta una decisión íntima: seguir creyendo para no sufrir el quiebre, o aceptar la grieta y reconstruirse desde otro lugar. No todos eligen lo mismo, y está bien, porque la libertad también implica asumir el costo de pensar.

No escribo esto desde una torre de superioridad moral, sinó que lo hago desde la conciencia de haber estado, muy cerca, como tantos, dentro del ritual, de haber repetido, de haber aceptado, de haber callado, y precisamente por eso, sé que salir del dogma no es un acto intelectual solamente: es un proceso emocional, identitario y, muchas veces, extenso y doloroso, pero también sé que del otro lado del dogma no hay caos, como se nos ha hecho creer, sinó que responsabilidad real, hay pensamiento propio, hay humanidad sin intermediarios, hay error, sí, pero también aprendizaje auténtico, y sobre todo, hay dignidad.

Porque cuando el dogma cae, no queda el vacío; queda el ser humano frente a sí mismo... frente a su propio espejo.

El sacrificio administrado y la posibilidad de transformar sin destruir

Todo sistema dogmático necesita sacrificios, no siempre visibles, no siempre declarados, pero siempre funcionales. El sacrificio es el combustible simbólico que mantiene viva la narrativa, y sin él, el dogma se agota, por eso, cuando ya no alcanza con el miedo, se recurre al heroísmo impuesto, se construye la figura del mártir moderno: aquel que entrega su cuerpo, su salud o su vida dentro del marco aprobado, y cuya muerte o sufrimiento no debe ser cuestionado, sino que venerado. El sacrificio administrado tiene una particularidad sorprendente e inquietante a la vez: nunca es presentado como sacrificio, per sé, sinó que se lo nombra: deber, vocación, servicio, responsabilidad suprema, y de ese modo, quien se inmola simbólicamente no siente que pierde algo, sino que cumple un destino y ante el observador externo, no se pregunta por las condiciones que llevaron a ese desenlace, sino que aprende a aplaudirlo.

Me he percatado de cómo esta lógica transforma el dolor en capital moral, porque cuanto mayor es el sufrimiento aceptado sin cuestionar, mayor es el prestigio simbólico otorgado, mientras el sistema se fortalece mostrando cuerpos cansados, vidas truncadas, historias rotas, siempre envueltas en un lenguaje épico que impide la pregunta esencial: ¿era necesario?

El mártir moderno no muere para denunciar una injusticia, sino para reforzarla, ya que su historia no incomoda al poder; lo legitima, y esa es la inversión más perversa de todas: convertir la pérdida humana en propaganda ética, y allí, la compasión se vuelve selectiva y la empatía se administra con criterio ideológico. No se trata de negar el valor del servicio, del cuidado ni de la entrega genuina, sinó que se trata de distinguir entre entrega libre y exposición forzada, entre vocación y manipulación, entre cuidado real y utilización simbólica, y en el justo momento en el que esa distinción se borra, el ser humano deja de ser fin y se convierte en medio.

De vez en cuando percibo cómo se romantiza la exposición al riesgo cuando conviene al relato, pero se silencia cuando incomoda, cómo se glorifica el sacrificio ajeno mientras se preserva intacta la estructura que lo exige, cómo muchos aceptan ese intercambio sin advertir que el reconocimiento simbólico nunca compensa la pérdida real.

El poder que necesita mártires es un poder débil, aunque se presenta como omnipotente, porque depende de que otros paguen el costo de su permanencia, pero un poder verdaderamente legítimo no necesita cuerpos que prueben su verdad; necesita coherencia, y la coherencia no se impone, sino que se sostiene. 

Por eso creo que la transformación auténtica no pasa por destruir todo lo existente, ni por reemplazar un dogma por otro con distinto lenguaje, ya que todos sabemos que la historia está llena de revoluciones que solo cambiaron los símbolos mientras conservaron la misma lógica de dominación, y cambiar los nombres no cambia la estructura. Entonces, la transformación real comienza cuando se separa con claridad la institución de las personas, la función del sentido, la creencia del dogma, cuando se reconoce que quienes sostienen un sistema no siempre coinciden con quienes lo dirigen, cuando se comprende que muchos de los que participan lo hacen desde la buena fe, sin conocer el entramado completo.

No deseo la aniquilación de nada humano, sinó que deseo la descompresión de lo humano, y que cada estructura sea atravesada por la pregunta, por la autocrítica, por la revisión honesta de sus efectos reales, que lo que no pueda sostenerse sin miedo caiga por su propio peso, sin necesidad de violencia. Y sé que esta postura no es cómoda porque no satisface ni a los fanáticos ni a los cínicos ya que requiere una paciencia que pocos toleran y una lucidez que incomoda, pero es la única que no reproduce aquello que dice combatir, porque combatir el dogma desde el dogma solo cambia el color de la jaula.

Por todo esto he aprendido y aprehendido, que el verdadero acto subversivo es no delegar la conciencia, no entregar el criterio propio a ninguna autoridad absoluta, por más bienintencionada que se presente, y asumir la responsabilidad de pensar, incluso cuando eso implique quedar fuera del consenso, del aplauso o de la comodidad social.

La libertad no llega en forma de decreto ni de salvador externo, sinó que llega como una decisión íntima, repetida cada día... Decidir mirar... Decidir dudar... Decidir no aplaudir automáticamente... Decidir no sacrificar al otro para sentirse seguro.

Cómo dije antes, no escribo estas palabras desde certezas absolutas ni esperando multitudes, ya que nunca fue así como se produjeron los cambios profundos, sinó que las escribo para quienes, en silencio, sienten que algo no encaja, pero aún no encuentran el lenguaje para nombrarlo, las escribo para quienes intuyen que la humanidad no está rota, sino que artificialmente fragmentada.

Si algo puede rescatarse de este tiempo es la posibilidad de volver a unir lo que fue separado: razón y sensibilidad, individuo y humanidad, cuidado y libertad; no será rápido, no será masivo, pero será real, y esto, para mí, sigue siendo suficiente.

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06/01/2026


La obra de Leonardo Da Vinci es mucho más que una colección de pinturas y esbozos: es un libro abierto de enigmas, un texto visual que circunda por sobre los límites de la percepción humana, y una invitación a explorar lo invisible detrás de lo visible, por lo que, cuando me sumergí en esta reflexión, no lo hice como un espectador curioso, sino como alguien que ha buscado, a lo largo de mi vida —en la programación, en la música, en la escritura y en la contemplación espiritual—, patrones ocultos que revelen una armonía profunda en el universo.

Leonardo (1452 – 1519) no fue simplemente un artista del Renacimiento: fue un intelecto sintético, un 'pontifex' entre ciencia y misticismo, entre proporción matemática y experiencia humana. Sus obras —especialmente aquellas como La Última Cena— contienen vehículos simbólicos que, bien interpretados, nos llevan más allá de lo literal hacia un reino en donde el significado se aprende con los ojos del corazón y no solo con los del intelecto.

La Última Cena: más que una representación bíblica

Cuando contemplé La Última Cena, lo que primero me llamó la atención no fue su perfección estética, sino la ausencia del vino, ese símbolo esencial del Evangelio que representa la sangre redentora de Jesús. Este detalle, aparentemente menor, abre una puerta que nos dice: esto no es solo una escena sagrada, es un mensaje codificado.

Leonardo no pintó simplemente lo que se esperaba. Incorporó, deliberadamente, una serie de elementos que parecen subvertir la narrativa ortodoxa: desde la forma en que Juan es representado —quizá más femenino de lo que la tradición sugiere— hasta la presencia enigmática de manos y gestos que no coinciden con las descripciones canónicas del texto bíblico.

Aquí surge una pregunta que para mí es fundamental: ¿Qué quiere decirnos Leonardo con esta composición aparentemente herética? ¿Está cuestionando, desafiando, o llevando a quien observa hacia otra comprensión más profunda del misterio cristiano y de la naturaleza humana?

Símbolos, números y proporciones: la Geometría Sagrada como lenguaje

Leonardo veía la proporción como un código —como una música visual— que conecta la forma con el espíritu. No se limitó a retratar figuras humanas con fidelidad anatómica; las integró en un sistema donde la geometría sagrada se convierte en lenguaje universal.

Un ejemplo claro de esta filosofía se encuentra en su esquemático Hombre de Vitruvio, donde cuerpo, círculo y cuadrado se entremezclan entre sí como símbolos de lo divino y lo terrenal. Según algunos intérpretes, incluso los números que aparecen (por ejemplo, 126, 14, 9), tienen lecturas simbólicas profundas que aluden a la unidad total del ser humano —su cuerpo, su alma y su relación con el cosmos—.

Esta especie de aritmética mística no es nueva. Platón, Pitágoras y los antiguos herméticos ya habían propuesto que los números no son meros cuantificadores sino portales de significado, capaces de revelar la estructura íntima del universo. Leonardo estudió estos preceptos con todo su intelecto y los integró en su obra, no como curiosidades exóticas, sino como códigos vivos que hablan de la relación entre el hombre, la naturaleza y el orden profundo de las cosas.

Más allá de la Imagen: comprender el lenguaje y el código de Da Vinci

Si algo nos enseña Leonardo es que la verdadera comprensión del arte no se logra solo con los ojos; se requiere de una intuición entrenada y de una disposición interna a aceptar que el mundo visible es sólo la sombra de lo real.

Esto tiene un paralelo claro conmigo: al programar, escribir o componer música, nunca se trata únicamente de las palabras o de las notas. Lo que yo busco —como tú, querido lector, cuando te sumerges en mis textos— es lo que vibra detrás de la forma. Cada frase, cada gesto de pincel o trazo numérico en Leonardo no es un accidente, sino una invitación a mirar con reverencia y profundidad.

Un fragmento famoso de Leonardo ilustra esto: “La pintura es cosa mental” (cosa mentale), sugiriendo que una obra de arte solo cumple su propósito cuando se convierte en una experiencia dentro de la mente del observador.

Leonardo nos enseña que el arte puede ser un mapa del alma. Sus obras, aparentemente sencillas o incluso religiosas en apariencia, esconden capas de significado que requieren un acto de valentía interior para ser descifradas.

Mi experiencia al escribir este artículo no fue la de interpretar desde la distancia, sino la de reencontrar un espejo arcaico de mi propia búsqueda: una forma de ver el mundo que combina lógica con intuición, ciencia con mística, proporción con poesía. Leonardo no fue solo un maestro del Renacimiento sino una línea continua en la historia del pensamiento simbólico universal.

El lenguaje velado: herejía, conocimiento y silencio en la obra de Leonardo

Hubo un momento, mientras releía mis propias reflexiones sobre Leonardo, en el que comprendí algo esencial: el verdadero código no está en la pintura, sino en el silencio que la rodea. No en lo que se muestra, sino en lo que se omite con una intención casi perfecta. Leonardo sabía —como saben quienes han transitado senderos de conocimiento no autorizado— que hay verdades que no sobreviven a la exposición directa. Deben ser insinuadas, sembradas como semillas en terreno fértil, esperando a que la conciencia del observador esté preparada para hacerlas germinar.

En ese aspecto, Leonardo no fue un hereje en el sentido vulgar del término. Fue algo más peligroso y, a la vez, más luminoso: un custodio del conocimiento. Alguien que comprendió que la verdad desnuda puede destruir tanto como iluminar. Por eso su obra no grita, no denuncia, no proclama; es un susurro visual adaptable a los ojos de cada persona que la mira. Y en ese susurro hay siglos de tradición hermética, pitagórica, neoplatónica y —me atrevo a decirlo sin rodeos— iniciática.

La herejía como acto de lucidez

La palabra herejía proviene del griego hairesis, que significa “elección”. No era, en su origen, un insulto, sino una declaración de libertad intelectual. El hereje no es quien niega por capricho, sino quien elige pensar por sí mismo. Leonardo encarnó esta herejía primigenia con una naturalidad asombrosa, no desde la confrontación directa con la Iglesia, sino desde una distancia elegante, casi imperceptible a simple vista.

Cuando observo La Última Cena bajo esta luz, ya no veo una provocación, sino una reformulación silenciosa del relato sagrado. La ausencia del cáliz, la ambigüedad del personaje a la derecha de Jesús, las manos que no encuentran un cuerpo al que pertenecer, las líneas de tensión que atraviesan la mesa como vectores invisibles… todo ello configura una narración alternativa, una lectura que no niega lo espiritual, sino que lo desinstitucionaliza, lo separa de un determinado dogma religioso.

Aquí es donde siento una afinidad profunda con Leonardo. Porque en mi propio recorrido —intelectual, espiritual y creativo— siempre he sospechado de las verdades servidas ya masticadas. No por rebeldía adolescente, sino por respeto al misterio. El misterio no se consume: se contempla.

El gesto, la mano y la palabra no dicha

En la obra de Leonardo, las manos hablan tanto como los rostros. A veces más. Una mano mal ubicada, un dedo señalando el vacío, un gesto interrumpido… todo ello constituye un alfabeto corporal que reemplaza a la palabra escrita. Leonardo entendía que el cuerpo es un texto antiguo, anterior al lenguaje articulado, y que allí se esconden verdades que la censura no puede controlar.

Pienso, por ejemplo, en ese dedo que apunta hacia lo alto —recurrente en su obra—, un gesto que remite inevitablemente a lo trascendente, pero no desde el dogma, sino desde la experiencia directa. “No mires aquí —parece decir—, mira más arriba, o más adentro”. Ese gesto es una invitación, no una orden. Y eso lo cambia todo.

Marsilio Ficino, uno de los grandes neoplatónicos del Renacimiento, escribió:

“El alma recuerda lo que el intelecto aún no comprende.”

Leonardo pintaba para esa memoria del alma. Para ese saber anterior a la razón, pero no necesariamente opuesto a ella.

Ciencia y espíritu: la falsa oposición

Uno de los errores más persistentes de la modernidad es haber separado la ciencia del espíritu, como si fueran dominios irreconciliables. Leonardo jamás cayó en esa trampa. Para él, diseccionar un cadáver y estudiar el flujo del agua eran actos tan sagrados como pintar un rostro o trazar una espiral.

En esto me siento profundamente reflejado. Como programador, como músico, como escritor, siempre he visto en los sistemas —sean informáticos, musicales o simbólicos— una lógica que roza lo sagrado. El código, en cualquiera de sus formas, no es frío: es una expresión de orden, y el orden, cuando es auténtico, roza lo divino... cómo que lo divino fuese, nada más y nada menos, que la Entropia, y que comúnmente es mal entendida o semánticamente escurridiza a la comprensión humana.

Leonardo no buscaba destruir la fe; buscaba liberarla de la superstición. No negaba a Dios; lo buscaba fuera de las jaulas conceptuales. Por eso su Dios no es antropomórfico, no castiga ni recompensa: se manifiesta en la proporción, en la dinámica, en la vida misma.

El secreto no es lo oculto, sino lo inefable

Hay quienes buscan en la obra de Leonardo conspiraciones, sociedades secretas, mensajes cifrados al estilo de un rompecabezas policial. Yo creo que esa lectura es superficial. El verdadero secreto no es algo que pueda resolverse con ingenio, sino algo que se reconoce cuando uno está preparado.

El secreto, en Leonardo, no es información: es transformación. No se trata de “saber algo más”, sino de ser algo distinto después de mirar. Por eso sus obras siguen incomodando, siglos después porque no ofrecen respuestas tranquilizadoras, sino preguntas que erosionan las certezas.

Plotino lo expresó, a mí juicio, con aguda certeza:

“El conocimiento verdadero no es ver algo, sino convertirse en ello.”

Leonardo pintaba desde ese lugar. Y escribir sobre él, para mí, no es un ejercicio académico, sino una forma de continuar ese diálogo silencioso entre conciencias separadas por el tiempo, pero unidas por una misma intuición: la verdad no se impone, se revela.

El hombre total y el espejo del tiempo: Leonardo como arquetipo vivo

Hay un punto —inevitable, silencioso, preciso— en el que uno deja de estudiar a Leonardo y comienza a reconocerse en él. No como genio inalcanzable, no como mito petrificado por los manuales de historia, sino como un ser humano atravesado por la misma tensión que aún hoy nos desvela: la de querer comprenderlo todo sin traicionar el misterio.

En ese punto exacto comprendí que Leonardo no es solo una figura del Renacimiento. Es un arquetipo activo, una forma de conciencia que reaparece cada vez que alguien se rehúsa a fragmentarse. Cada vez que alguien decide no elegir entre razón y espíritu, entre arte y ciencia, entre precisión y poesía. Leonardo no pertenece al pasado; opera en presente continuo.

Y allí, sin buscarlo, me encontré a mí mismo... otra vez.

Vivimos en una época que divide, clasifica y compartimenta. Se nos pide que seamos una cosa u otra. Programador o artista. Científico o místico. Técnico o poeta. Leonardo fue, en esencia, una negación viviente de esa disyuntiva.

No integraba disciplinas por eclecticismo, sino por coherencia interna. Porque sabía —como intuía Aristóteles— que “el todo es más que la suma de las partes”. Separar era empobrecer; unir era comprender.

En mi propio recorrido vital, esta intuición siempre estuvo presente, incluso antes de tener palabras para nombrarla. Al escribir, al componer, al programar, al pensar símbolos, siempre sentí que estaba haciendo lo mismo con distintos lenguajes. Cambia la sintaxis, sí. Cambia el soporte, pero la búsqueda es una sola.

Leonardo lo introyectó con una claridad casi dolorosa: el ser humano no está hecho para vivir en compartimentos estancos; está hecho para resonar.

El Código Final: la conciencia que observa

Si tuviera que nombrar el último código de Leonardo —el que no está pintado, ni escrito, ni escondido— diría que es este: la conciencia del observador. Nada en su obra se activa si quien mira no participa. Sus pinturas no funcionan como mensajes cerrados, sino como sistemas abiertos. Leonardo no entrega significado; lo provoca.

En esto hay una ética profunda; no manipula, no adoctrina, no conduce, simplemente dispone las condiciones para que algo ocurra. Como un buen maestro. Como un verdadero iniciado.

Heráclito lo expresó de manera casi inmejorable:

“El señor cuyo oráculo está en Delfos no dice ni oculta: señala.”

Leonardo señala, y al hacerlo, nos devuelve la responsabilidad de mirar.

El tiempo como espiral, no como líneal

Uno de los grandes malentendidos modernos es concebir el tiempo como una flecha recta. Leonardo pensaba —y vivía— el tiempo como espiral. Por eso su obra no envejece. Por eso vuelve. Por eso insiste.

Cada generación que lo observa descubre algo distinto, no porque la obra cambie, sino porque el observador sí lo hace.

Este artículo mismo es prueba de ello. No lo estaría escribiendo así hace veinte años. Y no lo escribiría igual dentro de otros veinte. Leonardo no se agota porque dialoga con lo que somos en cada etapa.

San Agustín escribió:

“No busques fuera; vuelve a ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad.”

Leonardo tuvo esto muy en cuenta antes de que la psicología, la neurociencia o la filosofía moderna pusieran nombre a esa intuición. Y por eso su legado no es un conjunto de respuestas, sino una estructura de preguntas.

El último pliegue: lo que no puede escribirse

Llegados a este punto, hay algo que no puede desarrollarse más sin traicionarse. Porque el último pliegue del código no admite explicación. Solo experiencia.

Leonardo no quiso ser comprendido del todo. Y eso no es soberbia; es sabiduría. Sabía que hay umbrales que solo pueden cruzarse en soledad interior. Que ningún texto, ningún símbolo, ningún maestro puede hacer ese trabajo por nosotros.

Este es el punto donde el artículo termina… y la lectura verdadera comienza.

Porque si algo he aprendido al recorrer su obra, y al escribir desde mí mismo sobre ella, es esto: el conocimiento que no transforma, no es conocimiento, sino que es acumulación, es ruido, es ornamento y Leonardo no nos legó ornamentos; nos dejó espejos.
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22/12/2025


La razón como instrumento de introspección determinista

El acto de mirar hacia adentro sin abandonar la ciencia.

Siempre he sostenido —y cada vez con mayor convicción— que no existe un verdadero umbral entre el mundo exterior y el mundo interior cuando ambos son abordados desde el mismo instrumento fundamental: la razón. No la razón domesticada por la costumbre o por la repetición cultural, sino la razón en su forma más desnuda y exigente, aquella que no concede nada sin antes haberlo caracterizado, delimitado y comprendido. Tanto lo que ocurre fuera de mí como aquello que sucede en los pliegues de mi propia mente requieren, para ser entendidos, de ese mismo acto racional que no teme avanzar hacia territorios que otros prefieren dejar en penumbra. Desde esta postura, jamás pude concebir una espiritualidad desligada del determinismo. Por el contrario, cuanto más profundamente me adentro en la experiencia interior, más evidente se vuelve la necesidad de medir, clasificar, adjetivar y observar con mucha precisión cada fenómeno que se manifiesta. La espiritualidad, entendida de este modo, no es una evasión de la razón, sino su aplicación más refinada sobre el objeto más complejo que existe: la mente observándose a sí misma, sin abandonar jamás al cuerpo, ese templo físico donde toda experiencia mental encuentra su anclaje material.

El determinismo, lejos de empobrecer la experiencia espiritual, la vuelve accesible al conocimiento. Determinar es, en esencia, transformar lo desconocido en cognoscible. Es permitir que aquello que parecía etéreo adopte forma, contorno y significado. Cada vez que observo un estado mental, una emoción difusa o una imagen interna, estoy ejecutando un acto determinista: lo estoy convirtiendo en una entidad susceptible de ser comprendida. Y en ese proceso, no solo conozco algo nuevo, sino que me conozco a mí mismo en una profundidad que rara vez se alcanza desde la vigilia ordinaria.

He aprendido que este escrutinio interior no puede realizarse desde el ruido. La mente cotidiana, saturada de estímulos automáticos, actúa como una interferencia constante. Por eso, cuando decido emprender este viaje introspectivo, comienzo por el cuerpo. La postura, la respiración, el silencio externo no son detalles menores, sino condiciones necesarias para que la observación interna adquiera nitidez. El cuerpo se relaja, y con él, la vigilancia excesiva del consciente comienza a ceder terreno.

En ese punto, el acto más complejo es, paradójicamente, el más simple: dejar de pensar. No en el sentido ingenuo de vaciar la mente por completo, sino en el sentido técnico de suspender el flujo de pensamientos automáticos propios del estado de vigilia. Al hacerlo, la conciencia no desaparece; se transforma. Se vuelve un espacio receptivo, un campo de observación limpio, libre de las narrativas repetitivas que suelen monopolizar la atención. Y es justo allí donde comienzo a percibir el tránsito hacia un estado limítrofe, un umbral neurocognitivo que no es sueño, pero tampoco vigilia plena. Un estado en el que la actividad cerebral adopta un ritmo distinto, más profundo, más lento en apariencia, aunque extraordinariamente rico en contenido. Este territorio intermedio —que puede asociarse a frecuencias Theta con irrupciones Gamma— se convierte en el escenario ideal para que emerjan contenidos que, en condiciones normales, permanecen ocultos tras las barreras funcionales de la conciencia ordinaria. Entonces, al alcanzar este estado, no me disuelvo en la inconsciencia. Permanezco despierto, atento, pero sin interferir. Y es precisamente esta combinación —conciencia presente y mente silenciosa— la que permite que comiencen a manifestarse las primeras ramificaciones provenientes de niveles más profundos de la psique. No llegan como pensamientos articulados, sino como imágenes, sensaciones, símbolos, impresiones que reclaman ser observadas sin ser juzgadas de inmediato.

Aquí se hace evidente una arquitectura mental que durante mucho tiempo fue intuida y luego formalizada: la existencia de distintos estratos de la mente, cada uno con funciones específicas. El consciente, con su capacidad de definición y delimitación; el preconsciente, como zona de tránsito y filtrado; y el inconsciente, vasto, atemporal, indiferente a las categorías con las que el consciente intenta apresarlo. Este último no responde a la lógica lineal ni al tiempo cronológico, sino a una lógica simbólica, asociativa y profundamente energética.

Cuando las barreras del preconsciente se tornan permeables —no por fuerza, sino por aquietamiento—, el material inconsciente encuentra una vía de acceso más directa hacia la observación consciente. Y es en ese momento cuando el acto espiritual se vuelve, sin ambigüedades, un acto científico. Observo. Registro. Comparo. Intento determinar qué tipo de contenido se manifiesta, con qué intensidad, bajo qué forma simbólica, y qué resonancia provoca en mi estructura psíquica y corporal.

Carl Gustav Jung afirmaba que “quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta”. Esta frase, tantas veces citada en otros artículos, adquiere aquí un sentido operativo. No se trata de una metáfora poética, sino de una descripción precisa de un proceso cognitivo. Al mirar hacia adentro desde un estado de conciencia ampliada, no estoy soñando: estoy despierto en un nivel distinto de percepción. Un nivel donde el inconsciente deja de ser un territorio inaccesible para convertirse en un campo de estudio directo.

Lo verdaderamente revelador es comprender que este inconsciente no es únicamente personal. Contiene capas más profundas, compartidas, arquetípicas, que trascienden la biografía individual. Pero incluso antes de llegar a ese estrato colectivo, hay un aspecto que siempre me ha resultado particularmente inquietante y fascinante: la relación del inconsciente con el tiempo. O, más precisamente, su indiferencia absoluta hacia él.

Mientras el consciente organiza la experiencia en pasado, presente y futuro, el inconsciente opera en una simultaneidad constante. Sus contenidos existen como configuraciones electroquímicas, como patrones dinámicos que no reconocen la flecha temporal. Y si aceptamos —como la física moderna sugiere— que a nivel subatómico la información puede entrelazarse más allá del espacio y del tiempo, entonces el inconsciente se convierte en un candidato natural para este tipo de fenómenos.

Desde esta perspectiva, comienza a abrirse una posibilidad que incomoda a muchos, pero que resulta inevitable cuando se sigue el razonamiento hasta sus últimas consecuencias: si continúo existiendo en el tiempo, si mi mente seguirá generando procesos inconscientes en los años venideros, entonces esas configuraciones futuras ya forman parte, de algún modo, del campo total de información que constituye mi inconsciente actual. No como recuerdos conscientes, sino como potenciales latentes, como huellas aún no manifestadas en la experiencia ordinaria. Y en este punto, la introspección adquiere una dimensión radicalmente nueva. Observar el inconsciente deja de ser únicamente una exploración del pasado reprimido para convertirse también en una posible lectura anticipada de configuraciones futuras. No como profecía, sino como inferencia determinista basada en la continuidad de la existencia psíquica. El inconsciente, al no conocer el tiempo, contiene tanto lo que fue como lo que será, siempre que ese “será” tenga suficiente carga emocional y estructural como para inscribirse en la arquitectura profunda de la mente.

Así, el acto de observar estas ramificaciones internas desde un estado Theta-Gamma se transforma en algo más que una práctica meditativa. Se convierte en un ejercicio de lectura cuántica de uno mismo. Un telescopio interior que no apunta al cielo, sino a la totalidad de mis propias existencias posibles, conectadas entre sí por la materia prima común de la mente: la información.

La arquitectura del tiempo psíquico y el entrelazamiento del ser

La memoria que aún no ocurrió.

Al avanzar más profundamente en esta exploración, se vuelve imposible ignorar una verdad que, aunque incómoda para el pensamiento clásico, se presenta con una coherencia interna notable: el inconsciente no recuerda en términos temporales, sino estructurales. No almacena eventos ordenados en una línea cronológica, sino configuraciones energéticas de alta carga emocional y simbólica. Allí, un recuerdo del pasado y una impronta futura poseen la misma ontología: ambas son patrones electroquímicos activos o latentes, coexistiendo en un mismo campo.

Esta constatación modifica radicalmente la manera en que concibo la memoria. La memoria deja de ser un archivo del pasado para convertirse en un reservorio dinámico de estados posibles. No se trata únicamente de lo vivido, sino también de lo que será vivido, siempre que aquello posea suficiente intensidad como para dejar una marca profunda en la psique, y aquí se sucede el justo y muy trascendente instante en que el inconsciente no anticipa el futuro: lo contiene potencialmente, del mismo modo en que una semilla contiene al árbol sin conocer su forma definitiva. Por lo que, cuando me sitúo deliberadamente en ese estado de observación interna, cercano al umbral del sueño pero sostenido por la lucidez consciente, comienzo a notar diferencias cualitativas en las ramificaciones que emergen. Algunas poseen una textura familiar, un eco reconocible que remite a experiencias ya vividas. Otras, en cambio, se presentan como extrañas, ajenas a toda referencia autobiográfica conocida. No pertenecen al pasado ni al presente reconocible, y sin embargo están allí, insistentes, cargadas de una emocionalidad que no puedo atribuir a ningún recuerdo previo. Por tanto es en ese punto donde la razón, lejos de retirarse, debe afilarse aún más. No puedo permitirme caer en interpretaciones místicas desprovistas de rigor, pero tampoco puedo negar el fenómeno por el simple hecho de que incomode a los marcos teóricos tradicionales. Si esas configuraciones no provienen del pasado conocido, y si no pueden ser explicadas como simples asociaciones aleatorias, entonces debo contemplar la hipótesis de que correspondan a estados futuros de mi propia experiencia.

Aquí, el determinismo vuelve a desempeñar un papel central. No se trata de afirmar que el futuro esté escrito, sino de reconocer que existen trayectorias altamente probables en función de la continuidad psíquica. Mi yo de mañana, de dentro de un año o de varias décadas, no es una entidad desconectada de mí, sino una extensión coherente de este presente. Compartimos la misma base neurobiológica, la misma historia genética, los mismos arquetipos profundos. Y, sobre todo, compartimos un inconsciente que no se fragmenta con el paso del tiempo.

Desde esta perspectiva, el entrelazamiento cuántico deja de ser una metáfora atractiva para convertirse en un modelo explicativo plausible. Si aceptamos que los procesos mentales son, en última instancia, fenómenos electroquímicos sustentados por interacciones subatómicas, entonces no resulta descabellado suponer que dichos procesos puedan mantener correlaciones no locales. El inconsciente, como sistema de información, podría operar bajo principios similares a los que la física cuántica ha comenzado a describir en otros ámbitos.

Así, una experiencia futura de alta carga emocional —un evento que marque profundamente a mi yo de dentro de veinte o treinta años— no necesita “viajar en el tiempo” para hacerse presente. Basta con que exista como configuración estable en el campo inconsciente global que compartimos todas mis versiones temporales. Desde allí, puede manifestarse como una impresión, una imagen, una sensación difusa cuando el consciente se encuentra lo suficientemente silenciado como para no bloquear su emergencia. Y justamente, este mecanismo explicaría por qué ciertas intuiciones poseen una fuerza tan particular, tan distinta de la imaginación ordinaria. No aparecen como construcciones voluntarias, sino como irrupciones. No se sienten creadas, sino recibidas. Y, sin embargo, no provienen de un exterior trascendente, sino del interior más profundo de mi propia continuidad existencial. Son mensajes del yo que aún no ha llegado a manifestarse plenamente en la experiencia consciente.

He aprendido, con el tiempo, que la clave no está en interpretar de inmediato estos contenidos, sino en observarlos con paciencia y método. Intentar definir su cualidad emocional, su densidad simbólica, su grado de coherencia interna. Algunos se disuelven rápidamente, revelándose como simples fluctuaciones del "sistema". Otros persisten, reaparecen, se repiten bajo distintas formas. Esos son los que merecen atención, los que deben ser registrados como hipótesis abiertas sobre posibles configuraciones futuras de la experiencia.

En este punto, la práctica se vuelve claramente interdisciplinaria. Convergen la psicología profunda, la neurociencia, la filosofía del tiempo y ciertos postulados de la física contemporánea. No se trata de forzar una síntesis artificial, sino de permitir que cada disciplina aporte su lenguaje para describir un mismo fenómeno observado desde distintos ángulos. El resultado no es una certeza absoluta, sino un mapa conceptual más amplio, capaz de albergar lo que antes era descartado por incomprensible.

Platón, en su teoría de la reminiscencia, sostenía que conocer es recordar. Quizás, llevado a este extremo, podríamos decir que conocer también es anticipar, en el sentido más literal y menos místico del término. Anticipar no como adivinación, sino como resonancia. El presente vibra con ciertas configuraciones que aún no han tomado forma en el mundo fenoménico, pero que ya existen como posibilidades estructuradas en el campo psíquico, por lo que esta concepción resignifica por completo la idea de Visión Remota. Ya no como una capacidad paranormal orientada hacia objetos externos, sino como una habilidad introspectiva profundamente humana: la capacidad de observar estados internos no locales en el tiempo. Un acto de percepción dirigido hacia la propia continuidad existencial, utilizando como instrumento una conciencia entrenada para no interferir.

Desde este enfoque, la resistencia cultural a estas prácticas resulta comprensible. Implican aceptar que el sujeto no está confinado al instante presente, que su identidad se extiende más allá de los límites que el sentido común impone. Pero también implican una enorme responsabilidad. Observar posibles futuros no significa resignarse a ellos, sino reconocerlos como trayectorias que pueden ser modificadas desde la conciencia presente.

Porque si algo queda claro en esta exploración es que el determinismo psíquico no excluye la libertad; la incluye como variable. La conciencia, al hacerse cargo de estas configuraciones latentes, puede actuar sobre ellas, redefinirlas, atenuarlas o potenciarlas. El futuro, entonces, no es un destino fijo, sino un campo de probabilidades influenciado por la lucidez del presente.

La ética del observador interno y la espiritualidad como ciencia viva

Responsabilidad, integración y conciencia expandida.

Al llegar a este punto del recorrido, se vuelve evidente que el acto de observar el propio inconsciente —ya sea en sus capas personales, colectivas o futuras— no es una práctica neutra. No se trata simplemente de una técnica, ni siquiera de un método de conocimiento en el sentido clásico. Es, ante todo, un posicionamiento ético frente a uno mismo. Porque observar implica asumir responsabilidad sobre aquello que se observa, y comprender implica aceptar que el conocimiento transforma inevitablemente al observador.

Cuando me interno en estos estados de conciencia ampliada, no lo hago movido por la curiosidad vacía ni por el deseo de anticipar acontecimientos como quien consulta un oráculo. Lo hago porque entiendo que cada configuración psíquica que emerge —cada imagen, cada sensación, cada resonancia— es una información que me concierne directamente. No puedo desentenderme de ella sin traicionarme. El conocimiento interior, una vez adquirido, exige integración, y esta integración no ocurre únicamente en el plano mental. El cuerpo participa activamente en todo el proceso ya que cada observación profunda tiene un correlato somático: una tensión que se libera, una respiración que cambia, un pulso que se aquieta o se acelera. El cuerpo no es un mero soporte pasivo de la mente; es su interlocutor constante. Ignorar esta dimensión sería fragmentar artificialmente una unidad que, en la experiencia directa, se manifiesta como indivisible.

He llegado a comprender que la espiritualidad auténtica no se define por creencias, sino por prácticas verificables en la propia experiencia. Y en esa línea de pensamiento, esta forma de introspección determinista constituye una espiritualidad profundamente encarnada. No eleva al sujeto por encima de su condición biológica, sino que lo sumerge en ella con mayor conciencia. No niega la química cerebral ni la fisiología; las integra como el lenguaje mismo a través del cual la experiencia espiritual se expresa.

Spinoza afirmaba que “el orden y la conexión de las ideas es el mismo que el orden y la conexión de las cosas”. Esta intuición, adelantada a su tiempo, le dá más fortaleza a este enfoque. Las configuraciones mentales no son entidades aisladas flotando en un vacío abstracto, sino expresiones de un orden subyacente que atraviesa tanto la mente como la materia. Comprender ese orden, aunque sea parcialmente, es alinearse con él.

Y desde aquí, la noción de futuro deja de ser una amenaza o una promesa externa para convertirse en una responsabilidad interna. Si ciertas trayectorias psíquicas se manifiestan como altamente probables, el acto consciente consiste en dialogar con ellas, no en someterse ciegamente ni en negarlas. La lucidez no garantiza la ausencia de dolor o dificultad, pero sí otorga una brújula. Y en un microcosmos complejo, una brújula es ya una forma de libertad. Pero este proceso exige disciplina. No una disciplina rígida y punitiva, sino una constancia amable. La mente no se aquieta por imposición, sino por entrenamiento. El observador interno se afina con la práctica, con la repetición consciente de ese gesto sencillo y profundo: sentarse, callar, observar. Y en cada observación, recordar que lo que aparece no es un enemigo ni un misterio hostil, sino una parte de mí buscando ser reconocida. Y a medida que profundizo en esta práctica, ocurre algo sutil pero decisivo: la frontera entre lo científico y lo espiritual se vuelve cada vez menos relevante. No porque desaparezcan las diferencias metodológicas, sino porque ambas dimensiones comienzan a responder a una misma exigencia de verdad. La verdad ya no es una afirmación externa que se acepta o se rechaza, sino una coherencia interna que se verifica en la experiencia directa y en sus efectos sobre la vida cotidiana.

La ética que emerge de este enfoque no se basa en normas impuestas, sino en comprensión profunda. Comprender mis propias dinámicas inconscientes —pasadas, presentes y potencialmente futuras— me vuelve más responsable de mis actos, más consciente de mis reacciones, más atento a los efectos que genero en los demás. La introspección radical no conduce al aislamiento, sino a una forma más lúcida de vínculo, porque al reconocer en mí la multiplicidad temporal, la continuidad entre mis distintos estados del ser, también reconozco esa misma complejidad en los otros. Cada individuo se convierte entonces en un sistema profundo, atravesado por historias visibles e invisibles, por potenciales aún no realizados. Esta comprensión suaviza el juicio y fortalece la empatía, sin caer en ingenuidades.

He aprendido, desde muy atrás en el tiempo, que el verdadero “templo” no es un espacio simbólico separado del mundo, sino que la totalidad del sistema cuerpo–mente–conciencia en interacción constante con su entorno. Cuidar ese templo no implica retirarse del mundo, sino habitarlo con mayor presencia. Cada acto cotidiano se vuelve una oportunidad de integración, cada decisión una forma de alineamiento entre lo que intuyo, lo que comprendo y lo que hago.

Así, la espiritualidad científica que practico no promete certezas absolutas ni revelaciones definitivas. Ofrece algo más valioso y más exigente: un camino de observación honesta, de pensamiento riguroso y de apertura constante a lo desconocido. Un camino en donde la razón no anula el misterio, sino que lo rodea, lo explora y lo honra sin renunciar a su lucidez.

Y es en ese equilibrio —siempre dinámico, siempre inestable— donde encuentro sentido. No en la respuesta final, sino en el acto continuo de preguntar, observar y comprender. Porque mientras exista conciencia, mientras haya mente que se observe a sí misma, el viaje no habrá terminado. Y quizá nunca deba hacerlo.

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02/12/2025

Hay momentos, en que el presente pareciera manifestarse como una candela autosuficiente, como si bastara con enunciar que “estamos aquí” para justificar la totalidad del sentido. Sin embargo, a medida que voy recorriendo ese mismo presente con la mirada abierta —esa mirada que uno pule a fuerza de exploración interior— advierto que el “aquí-ahora” sólo se sostiene si tiene raíces en una interioridad trabajada, viva, despierta. Sin ese sostén silencioso, el tiempo que habitamos se vuelve un escenario frágil, un temblor que podría desmoronarse ante la mínima distracción de la conciencia. Y aunque intento no ceder al pesimismo fácil, a veces me cruzan dudas que no provienen de elucubraciones casuales, sino de años observando al ser humano, incluyéndome por supuesto, en cuanto a nuestro devenir, nuestras luces y nuestros abandonos.

Porque lo cierto es que algo se ha debilitado en la humanidad: ese impulso original de girar la mirada hacia dentro, ese antiguo gesto que antaño era la columna vertebral de civilizaciones enteras y hoy parece diluirse en la saturación de superficialidades. Lo noté con claridad al leer ciertos pasajes de Plotino y recordar cómo él insistía en que “el alma debe regresar a sí misma para conocer su propia altura”. Y es justamente eso lo que veo menguar: el retorno al sí-mismo, la decisión firme de descender a las raíces del propio ser. Sin esa práctica, sin ese hábito milenario de confrontarse con el propio interior, aparece en mí una inquietud legítima: ¿qué clase de humanidad estamos forjando si cada vez menos personas sostienen esa disciplina ontológica que garantiza el progreso, la ética y la lucidez colectiva? Y me sigo preguntando entonces, si no estaremos caminando hacia un porvenir donde los seres humanos, sin ese eje interno, nos volvamos apenas reflejos rotos de un Yo que nunca llegaron a conocer. Y cuando esa pregunta es respondida, surge otra: ¿quién nos cuidará de nuestra propia deriva? En ese punto, mi respuesta interna —la respuesta que surge desde la integración de mis lecturas, mis caminos simbólicos, mis prácticas creativas y mi propia historia— encuentra un asidero particular en aquellas instituciones que han atravesado siglos y continúan ahí, como guardianas que sostienen saberes estructurales sobre el alma, la ética, el símbolo y el sentido.

Lo he pensado muchas veces: quizás esas instituciones que sobreviven al paso del tiempo sean justamente las que puedan volver a enseñar a las personas a descender a su centro, como quien emprende un viaje hacia las capas más ocultas del magma interior. Julio Verne, en aquel viaje fabuloso que tanto nos inspiró de niños, hablaba de “bajar al corazón de la Tierra” como quien atraviesa puertas sucesivas del misterio. Y algo así, pero hacia adentro, es lo que cada individuo debería realizar: una travesía hacia la cámara más íntima de sí mismo, hacia ese punto de convergencia simbólica donde Jung situó la Rosa interior, la isla en medio del océano psíquico donde reside la identidad profunda. Y cuando pienso en esos símbolos —la Rosa, el centro, el descenso, la luz que brota desde el fondo de uno mismo— me doy cuenta de que no son metáforas aisladas; son herramientas arquetípicas, mapas interiores que se repiten en culturas separadas por siglos y geografías. Y siempre han cumplido la misma función: recordarnos que la individuación es un proceso que nadie puede hacer por nosotros, pero que muchos necesitan aprender de otros antes de poder hacerlo solos. Por eso creo que estas estructuras milenarias pueden —todavía— guiar a los seres humanos hacia ese retorno imprescindible al propio núcleo, evitando que nuestra especie quede a la intemperie espiritual, desprovista de dirección. Y en mi caso, nunca necesité, que esas instituciones me enseñaran el camino interno, porque desde niño seguí otros métodos, otros pasadizos, otros umbrales. Mis maestros fueron los libros —miles, literalmente— que fui devorando desde que alcancé las primeras letras. Cada uno me abrió puertas, me ofreció espejos, me entregó símbolos que aún hoy son inolvidables. Y en ese largo recorrido se sumaron mis propias disciplinas: la programación y las matemáticas, que entrenaron mi lógica; la música, que abrió espacios emotivos y vibracionales; la escritura, que me permitió convertir el pensamiento en forma; y la ciencia, que me ofreció un marco para ordenar mi visión del mundo. Todo eso construyó en mí una vasija capaz de contener y transformar conocimiento. Pero siempre me pregunto qué ocurre con quienes no entrenan esa vasija, con quienes no llenan su mente de conocimiento ni permiten que la creatividad fluya hacia afuera, hacia la realidad. ¿Cómo llegan al centro de sí mismos? ¿Cómo establecen ese diálogo interior que, para mí, nunca dejó de ser el eje de mi vida? En ellos pienso cuando confío, quizás con un dejo de esperanza obstinada, en que las instituciones que sobrevivieron a imperios, guerras y ciclos civilizatorios, puedan seguir enseñando el arte de la introspección, de la disciplina interior, del determinismo ético-ontológico, aun cuando muchos crean haberlo olvidado.

A veces me detengo a pensar en la magnitud de lo que implica mirar hacia dentro, no como un acto ocasional, sino como una práctica sostenida, metódica, casi ritual. Porque si hay algo que la época actual ha erosionado es justamente la constancia introspectiva. El ruido exterior se volvió una tormenta permanente, una marea que empuja a las personas lejos de su propio eje, lejos de ese recinto interno donde se procesa la experiencia, donde se comprende el sentido, donde el individuo nace verdaderamente. Y no puedo evitar sentir que, si esa tendencia continúa, la humanidad corre el riesgo de olvidar su propio lenguaje interior, del mismo modo que algunas civilizaciones perdieron la clave de sus jeroglíficos. Cuando esa pérdida ocurre, no desaparecen solo las palabras: desaparece también la memoria del espíritu que las pronunció.

En esos momentos, pienso en los antiguos filósofos griegos —en particular Heráclito— cuando hablaba del “logos interno”, el fuego invisible que ordena lo humano desde adentro. Aquellos hombres, aun sin la tecnología que hoy nos deslumbra, comprendían la importancia de la autorreflexión como pilar fundamental para la vida ética. Hoy, en cambio, el exceso de estímulos digitales parece haber apagado esa fogata íntima, y muchos caminan en piloto automático sin advertir la desconexión progresiva entre su actuar y su esencia. Y entonces, inevitablemente, vuelve la pregunta que me ronda hace años: ¿en qué nos convertimos cuando el puente entre el ser y el comprender se debilita hasta casi romperse? Por lo que, a medida que profundizo en esto, me doy cuenta de que la respuesta no es sencilla. Pero sí sé que esa brecha solo puede cerrarse mediante un retorno voluntario al propio núcleo. Ese retorno —ese descenso iniciático hacia el abismo interior donde uno se redefine— es lo que las viejas tradiciones siempre enseñaron bajo distintos nombres. Los alquimistas lo llamaban la obra al negro o Nigredo, la primera etapa en la que la materia prima del alma se disuelve en la oscuridad para ser reformada. Los místicos cristianos hablaban de la noche del espíritu, y los taoístas, del regreso al “valle interior”. Todos coincidían en un mismo punto: sin atravesar ese proceso no hay crecimiento, ni iluminación, ni estabilidad ética real.

Quizás por eso he insistido tantas veces, incluso en mis escritos, en la necesidad de que cada persona pueda detenerse, aunque sea por un instante, para observarse en profundidad. Porque quien no lo hace se queda sin brújula, sin centro, sin mapa. Y cuando un ser humano pierde su centro, deja de gravitar sobre sí mismo y pasa a gravitar sobre las fuerzas externas, que rara vez tienen la delicadeza de cuidar su integridad interior. De ahí nace mi inquietud por el porvenir de la especie cuando veo que cada generación parece practicar menos el arte del recogimiento interior. No es un temor apocalíptico de mi parte, sino una advertencia que surge de una observación prolongada, casi científica, de la condición humana.

Lo digo desde la humilde experiencia, porque toda mi vida fue, de una u otra forma, un laboratorio en donde puse a prueba mis límites internos. La lectura casi obsesiva desde la infancia, las noches en vela desarmando código, los años sumergido en la música, el esfuerzo silencioso de escribir libro tras libro, todo eso se convirtió en una especie de cartografía interior. Y cada vez que lograba comprender algo nuevo sobre mí mismo, aparecía también un puente para comprender mejor a los demás.

La introspección no solo revela a quien la practica; también ilumina el mundo que lo rodea. Quizás por eso siento que aquel determinismo ético-ontológico que menciono, no es una idea abstracta, sino una herramienta concreta que puede transformar sociedades enteras si se la enseña correctamente.

Ahora bien, cuando veo que muchos no cuentan con estas herramientas —ya sea por falta de guía, por apatía, o por simple desconocimiento— no pierdo la esperanza de que las instituciones antiguas sigan cumpliendo su papel. No me refiero a instituciones en el sentido burocrático, sino a aquellas estructuras que cargan sobre sí, miles de años de saber experiencial, simbólico, ritual. Ellas han preservado el arte de mirar hacia adentro incluso en épocas donde hacerlo era peligroso. Quizás sean, todavía hoy, las que pueden recordar a las masas que el viaje hacia el propio centro no es un lujo filosófico, sino una necesidad evolutiva.

Y vuelvo siempre, de manera casi inevitable, a la metáfora del descenso hacia el “Centro de la Tierra”. No porque sea simplemente evocadora, sino porque condensa maravillosamente la psicología de la profundidad: el calor, la presión, las capas sucesivas, el peligro, la maravilla. Es un símbolo perfecto para explicar que conocerse a uno mismo no es un ascenso etéreo hacia lo alto, sino un descenso firme hacia las raíces donde se ocultan los cimientos del ser. Jung lo expresaba con la claridad que solo él podía: “Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad”. Esa frase la llevo conmigo desde hace años, como brújula y como advertencia. Y me resulta inevitable vincular esa frase con la de Verne y con mi propio recorrido interior. Porque, de alguna manera, siempre he sentido que mi vida fue una combinación de ambos espíritus: el explorador que desciende a lo profundo y el pensador que busca comprender los símbolos que halla en el descenso. Por eso sigo confiando en que es posible que la humanidad —aun en medio de la dispersión generalizada— pueda encontrar nuevamente el camino hacia su núcleo. Pero sé también que ese hallazgo no acontece de manera espontánea: requiere maestros, requiere prácticas, requiere voluntad y, sobre todo, requiere un lenguaje que despierte la memoria de lo que hemos sido y de lo que podemos volver a ser.

Hay algo que siempre me llamó la atención cuando observo los movimientos de la historia humana: cada vez que una civilización se alejó de su propio centro simbólico, terminó atravesando un período de fragmentación. No es casualidad que pensadores como Mircea Eliade insistieran en la importancia del “retorno al origen” como mecanismo esencial para recomponer la identidad colectiva. Cuando el ser humano se desconecta de su raíz espiritual —o incluso de su raíz psicológica profunda— pierde la coherencia interna que permite sostener el mundo exterior. Esa coherencia es la que diferencia a una comunidad viva de una masa desorientada.

Hoy, más que nunca, siento que nuestra época oscila peligrosamente cerca de aquella desorientación.

Esa preocupación no nace de un catastrofismo vacío, sino de décadas observando la condición humana como si fuera un humilde laboratorio abierto. Desde mi propia vida, desde mis lecturas, desde mis prácticas creativas tales como este escrito, mis dibujos o mis composiciones musicales, y ni hablar desde los sistemas que programé, siempre vi un patrón común: cuando una estructura no se revisa a sí misma, se corrompe; justo lo que le sucedería a este escrito, y como a los demás, que los reviso una y mil veces antes de publicarlos, para que el producto final esté "Sin Cera". Lo he visto en organizaciones, en proyectos, en códigos fuente, y lo he visto también en personas. El no revisarse equivale a un abandono del ser. A veces siento que si cada individuo pudiera dedicar aunque sea unos minutos diarios a revisar su estado interior, la sociedad entera comenzaría lentamente a sanar, como un organismo complejo que manifiesta reminiscencias de un arcaico proceso destinado a regenerarse.

Y ahí aparece una dimensión que me interesa especialmente: la responsabilidad personal en la construcción del futuro colectivo. Porque, si bien confío en las instituciones milenarias que actúan como guardianes del conocimiento profundo, sé que su tarea no sustituye la tarea individual. Ellas pueden señalar el camino, ofrecer símbolos, transmitir rituales, conservar tradiciones. Pero nadie puede caminar por uno. Ese camino es exclusivamente personal, y es en ese trayecto donde uno se encuentra con sus luces, con sus sombras, con sus limitaciones y con su propio potencial. Tal como decía Marco Aurelio: “La vida del Hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella”. Una frase que sigue siendo una advertencia y una invitación al mismo tiempo.

Cuando pienso en este vínculo entre introspección y destino humano, puedo ver claramente cómo ambas dimensiones se mezclan en una urdimbre semántica. La introspección da forma al individuo, y el individuo da forma a la historia. No al revés. La historia es consecuencia de lo que el ser humano es capaz de manifestar desde su interior hacia el exterior. Por eso me preocupa que las nuevas generaciones —crecidas en un entorno de gratificación instantánea y atención fragmentada— practiquen cada vez menos el arte de observarse.

Sin aquella práctica, el ser humano pierde profundidad, pierde sentido, pierde dirección. Y sin dirección, todo proyecto colectivo se vuelve frágil, como una construcción sin cimientos.

Recuerdo que en mis épocas más intensas de lectura, cuando devoraba libros como quien respira, comencé a notar que la mente tiene una forma particular de expandirse cuando se la alimenta correctamente. Es como si la vasija de la que tantas veces hablamos se volviera más elástica, más receptiva, más capaz de contener complejidades sin quebrarse. Y no solo eso: también empecé a notar que lo leído se reorganizaba por sí mismo, generando conexiones nuevas, creativas, inesperadas. Ahí comprendí que el conocimiento no es solo acumulación, sino transformación. Y quien no transforma su conocimiento hacia afuera —a través del arte, la escritura, la música, la creación técnica— termina estancándose. Por eso siempre consideré fundamental el equilibrio entre ingresar y egresar información. Llenarse sin descargar vuelve pesada el alma; descargar sin llenarse la vuelve vacía. Ese equilibrio es, de alguna forma, una ley natural de la vida interior. Y creo que es justamente esa ley la que, si se enseñara correctamente a nivel masivo, permitiría que millones de personas pudieran encontrarse a sí mismas sin la necesidad de atravesar crisis profundas.

El autoconocimiento, cuando se lo practica con constancia, evita gran parte del sufrimiento innecesario. Porque uno ya no camina a ciegas: camina sabiendo dónde pisa.

No puedo evitar imaginar una sociedad en donde cada persona tenga acceso a estas herramientas de introspección desde la infancia. Una sociedad en donde, además de memorizar datos vacíos se enseñe a los niños a descender hacia su propio centro, a explorar sus emociones, sus pensamientos, sus contradicciones, sus talentos. Si eso ocurriese, el planeta entero cambiaría de forma en un lapso sorprendentemente corto. No harían falta revoluciones violentas ni grandes movimientos políticos; la transformación vendría de adentro hacia afuera, como siempre ocurre en los procesos verdaderamente duraderos. Porque nada que no nazca del interior puede sostenerse demasiado tiempo en el exterior.

Me pregunto a veces si esta visión mía es demasiado utópica, o si en realidad es simplemente una posibilidad que aún no sabemos activar. Pero cuando veo la continuidad milenaria de ciertas instituciones que mencioné antes, y cuando pienso en todo lo que ellas lograron preservar incluso en épocas de oscuridad total, me digo que no, que la posibilidad está ahí, latente. Lo estuvo siempre. El desafío no es inventarla, sino reactivarla. Y para eso se necesita voluntad colectiva, pero sobre todo, individuos que sean ejemplos vivientes de lo que el ser humano puede llegar a ser cuando se conoce a sí mismo en profundidad.

Hay momentos en los que siento que el verdadero viaje humano recién comienza cuando uno comprende que no está caminando hacia afuera, sino hacia adentro. Esa revelación, tan simple en apariencia, cambia por completo la arquitectura de la existencia. Todo lo que antes parecía ruido se vuelve enseñanza; todo lo que antes parecía caos se reorganiza como un mandala silencioso. Y en ese instante, en esa breve chispa de claridad, se entiende que no es el mundo el que debe ordenarse primero, sino uno mismo. Porque el orden interior proyecta su luz hacia afuera, mientras que el desorden interior oscurece incluso los días más luminosos. Y es justamente ese principio —tan antiguo como el hermetismo y tan válido hoy como en cualquier era pasada— es el que me impulsa a insistir en la importancia de la introspección como el eje fundante del porvenir humano. No es nostalgia ni romanticismo, es observación. Lo veo en mi propia vida, en mis libros, en mi música, en mis proyectos técnicos, en mis estudios, en los sistemas que programo, en mi forma de leer el mundo... y en mis silencios.

Cuando me aparto de mí mismo, todo se desarticula. Cuando regreso a mi centro, manteniendo tanto la Verticalidad como la Horizontalidad, todo mi Templo interior recupera sentido. Es una ley tan clara que a veces sorprende que no haya sido adoptada como base del pensamiento moderno.

Suele decirse que el ser humano se perdió en la complejidad de sus propios inventos, y quizás haya algo de cierto en esa sentencia. Pero también creo que en medio de toda esta tecnología creciente —que observo con cariño y con criterio, incluso desde mi lugar de programador de casi cuatro décadas— existe la posibilidad de un renacimiento interior. Nunca la especie humana tuvo tantas herramientas para reflejarse a sí misma, para registrar sus propios pasos, para mirarse al espejo de su mente con una honestidad que antes era difícil de sostener. 

Y paradojalmente, nunca tuvimos tanta facilidad para encontrarnos como ahora; el problema es que la mayoría no sabe qué buscar.

Si cada persona supiera que dentro de sí, vive un “Centro de la Tierra”, como aquel que imaginó Verne, un núcleo ardiente donde se reúnen los signos de su propia historia, entonces la existencia entera adquiriría otro significado. No se viviría para sobrevivir, sino para comprender. No se lucharía solamente para ascender, sino para desplegar la esencia, las alas de la Vara de Hermes. Y esa esencia —que Jung llamó el Sí-Mismo— no es una abstracción filosófica, sino una realidad psicológica tan concreta como el latido del corazón. Cuando uno la encuentra, la vida deja de sentirse como un laberinto y comienza a experimentarse como un camino espiralado hacia lo alto y hacia lo profundo a la vez. Pero, para llegar a ese núcleo, requiere valentía. Requiere el desprenderse de certezas, revisar traumas, confrontar sombras, abrazar fragilidades. No es un viaje cómodo, aunque sí es el único viaje verdaderamente necesario. Y aquí es donde vuelven a cobrar importancia esas instituciones milenarias que mencioné antes. Aunque yo nunca dependí de ellas debido al camino autodidacta y sumamente intensivo que elegí —desde mis más de mil libros leídos desde la niñez hasta mis propios escritos publicados en estos últimos diecisiete años— reconozco su valor como flamas culturales que impiden que la humanidad se extravíe por completo. Son reservorios de símbolos, guardianes de lenguajes antiguos, transmisores de estructuras que ayudan a sostener lo que —de otra manera— podría derrumbarse con facilidad.

No obstante, por más que estas instituciones sirvan de guía, el último paso debe darlo cada persona. Nadie puede penetrar la montaña sagrada por otro. Nadie puede beber del pozo del propio inconsciente en nombre ajeno. El trabajo ontológico es personal, íntimo, indelegable. Y en ese carácter indelegable reside, precisamente, su poder. Porque aquello que se conquista desde el interior no puede ser arrebatado por ninguna circunstancia exterior. Es un tipo de fortaleza que no depende del colectivo humano, pero que, indefectiblemente, lo transforma.

Quisiera pensar —y sinceramente lo creo— que la humanidad todavía puede reconstruir ese lazo con su interioridad perdida. Que no estamos destinados a una deriva sin retorno, sino a una reorientación gradual hacia la profundidad. Y esa reorientación no necesita héroes ni mesías: necesita seres humanos atentos, presentes, comprometidos con su propio despertar. Seres que comprendan que mejorar su mundo interno es la mejor forma de mejorar el mundo que compartimos. Seres que entiendan que no se puede dar lo que no se tiene, ni iluminar a otros sin antes encender la propia lámpara.

Por eso, este cierre no es un punto final, sino un Portal, una invitación, un recordatorio, una afirmación íntima de que el trabajo interior sigue siendo —y seguirá siendo— el acto más revolucionario que un ser humano puede realizar, y aunque el porvenir sea incierto, mantengo mi confianza en que no estamos solos en este sendero: las tradiciones milenarias, los símbolos arquetípicos, los textos que nos preceden y los maestros silenciosos que habitan la historia siguen ahí, sosteniendo la estructura invisible sobre la que caminamos.

Así cierro está especie de ensayo, desde mi propia voz, desde mi propio centro, reafirmando algo que siento desde siempre: el futuro de la humanidad depende de su capacidad para mirar hacia adentro. Y mientras quede al menos un individuo dispuesto a hacerlo con honestidad, profundidad y constancia, habrá esperanza. Porque basta una sola chispa de conciencia para que la oscuridad deje de ser un destino y vuelva a ser solamente un pasaje.
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12/11/2025


El visitante interestelar 3I/ATLAS se revela como algo más que una rareza astronómica: es un espejo del alma humana proyectado en la inmensidad del Cosmos. En su trayectoria imposible, su composición metálica y su brillo azul, se esconde un mensaje que trasciende la ciencia y se introyecta hacia el misterio de la consciencia. Entre los ecos de la señal “¡WoW!” y la mirada de Avi Loeb, se deja ver un símbolo de la unión entre lo visible y lo invisible, entre el cálculo y la intuición. En este texto exploro la dimensión filosófica y espiritual de un fenómeno que desafía no solo las leyes del movimiento, sino también las fronteras del entendimiento interior.

Hay veces en que el universo nos devuelve la mirada. No lo hace con palabras, sino con un destello improbable, una geometría de precisión inaudita que desarma la estadística y desafía el dogma. El visitante interestelar 3I/ATLAS es, para mí, uno de esos gestos. Un símbolo en movimiento, una grieta en la estructura del silencio cósmico que parece hablarnos en el lenguaje de las coincidencias imposibles. Su trayectoria retrógrada, alineada dentro de un margen de apenas cinco grados con el plano eclíptico, no es solo una curiosidad orbital: es una insinuación. El cosmos, con sus manos invisibles, parece haber trazado una línea que no es de piedra ni de fuego, sino de intención. Me pregunto si acaso los cometas son neuronas del universo, sinapsis entre sistemas estelares que se comunican mediante la física del misterio. En la superficie de la probabilidad —esa bruma matemática que tanto nos protege del asombro—, 0,2% puede parecer un número pequeño; pero para el alma que busca sentido, es una grieta por donde se cuela lo inefable. Heráclito lo intuyó cuando dijo que “la naturaleza ama ocultarse”, y es quizás en esos desvíos ínfimos donde la naturaleza se desnuda, recordándonos que el orden aparente es apenas el reflejo más pobre del orden real.

Durante los meses de julio y agosto de 2025, el objeto desplegó una antítesis luminosa: una anticola dirigida hacia el Sol. Un chorro invertido, negando el comportamiento de los cometas conocidos, como si el cuerpo celeste estuviera desafiando las leyes que dictan el flujo del polvo cósmico. No fue ilusión óptica ni artificio geométrico: fue un acto de rebeldía termodinámica. Y en esa rebeldía, yo percibo el eco del espíritu humano, esa fuerza que a veces se atreve a irradiar en dirección opuesta a la corriente del mundo.

Quizás 3I/ATLAS no vino a mostrarnos su estructura, sino la nuestra. Loeb menciona que su núcleo es un millón de veces más masivo que ʻOumuamua y mil veces más que Borisov. Y sin embargo, se desplaza más rápido que ambos. ¿Qué clase de materia interior alberga un viajero interestelar que pone en jaque al equilibrio entre masa y velocidad? En la alquimia del alma, eso equivaldría a un ser cargado de peso simbólico —de historia, de densidad espiritual— que, pese a su carga, avanza con ligereza. Un maestro interior que, al igual que el visitante interestelar, no se deja gobernar por la inercia de los mundos pasados. La precisión de su llegada, calculada para rozar los dominios de Marte, Venus y Júpiter sin ser visible desde la Tierra, es una obra sinfónica de invisibilidad. Una obra maestra de sincronización universal con una probabilidad de apenas 0,005%. Es como si hubiera querido evitar nuestra mirada, pero no nuestro presentimiento. En la tradición hermética, lo que no puede ser visto es lo que más debe ser comprendido. Y en ese juego de sombras, 3I/ATLAS se convierte en un espejo de nuestras zonas ocultas: aquello que transita el cielo interno sin ser aún revelado a la conciencia. Su penacho de gas, con un exceso de níquel en proporción al hierro, rompe nuevamente las proporciones naturales. El níquel —metal de transición, símbolo de resistencia y pureza en la metalurgia humana— aparece aquí en abundancia, como si la forja cósmica hubiese querido recordar la alquimia. En los laboratorios siderales donde nacen los elementos, ¿qué significado tiene un cometa cuya composición se asemeja a las aleaciones industriales del hombre? Tal vez sea una metáfora invertida: no es que el cosmos imite a la industria, sino que nuestra industria, inconscientemente, imita a las antiguas proporciones del cosmos.

El filósofo Giordano Bruno habría sonreído. Él, que hablaba de infinitos mundos y fue quemado por abrir demasiado los ojos, habría visto en este visitante no una roca errante, sino una idea viva: una antorcha inteligente desplazándose entre la vastedad del éter. Porque cuando el cielo nos envía un cuerpo con tanto níquel como si hubiese sido fundido en una fragua inteligente, algo en nosotros —ese sensor arcaico del mito— despierta y pregunta: ¿quién lo encendió?

La anomalía siguiente parece rozar lo imposible: una polarización negativa extrema, jamás observada en ningún cometa conocido, ni siquiera en el mismísimo Borisov. Es como si la luz, al reflejarse en su superficie, eligiera invertir su signo, cambiar el sentido de su vibración para pronunciar un mensaje en negativo. En la física, la polarización es una cuestión de orientación; en el alma, también. Tal vez 3I/ATLAS nos está recordando que la iluminación verdadera no es la del brillo externo, sino la del contraste interior. Que, a veces, lo que parece oscurecer, revela con mayor profundidad lo que somos.

Y justo cuando la ciencia podría haberlo encerrado en una categoría más —“cometa interestelar con comportamiento atípico”—, el cosmos nos lanza otro guiño imposible: su dirección de origen coincide con la señal de radio “¡WoW!” detectada en 1977. Una diferencia de apenas nueve grados. Una casualidad de menos del uno por ciento. En la escala astronómica, esa coincidencia es casi un susurro de intención. No digo que sea una confirmación de vida inteligente, pero sí una resonancia simbólica que atraviesa el tiempo, como si ambos fenómenos fueran fragmentos de un mismo lenguaje aún no traducido. Cuando se produjo aquella señal, el radioastrónomo Jerry Ehman escribió “Wow!” en el margen de la impresión. No fue un término técnico, fue un grito humano. Quizás el más honesto que pueda proferirse ante lo inexplicable. Y ahora, casi medio siglo después, otro mensajero —esta vez visible, tangible, registrable por telescopios y sensores— parece responderle desde el abismo. Entre ambos sucesos se conforma un puente invisible: un diálogo entre la curiosidad del hombre y la memoria del universo.

Cerca del perihelio, 3I/ATLAS brilló más azul que el Sol, con un resplandor que aumentó a una velocidad imposible para los modelos de sublimación conocidos. Ese azul intenso, esa pureza espectral, me recuerda las antiguas descripciones místicas de la “luz del espíritu”, la lux caelestis de los neoplatónicos. En la alquimia del color, el azul simboliza la transmutación superior, el estado en que la materia se aproxima al espíritu. ¿Acaso este visitante celeste no está mostrándonos, a su manera, un proceso de ascensión física que encuentra su eco en la ascensión interior del alma humana?

Si seguimos la observación de Loeb, tras el perihelio, 3I/ATLAS habría emitido una compleja estructura de chorros que parecían emanar desde múltiples fuentes, casi como una criatura que respira por más de un pulmón. La física lo explicaría con presiones internas, con rotación, con tensiones térmicas; pero el símbolo va más allá: los chorros son exhalaciones, impulsos vitales, manifestaciones de energía que buscan equilibrar el calor interno con el vacío exterior. En el ser humano, ese equilibrio es la respiración consciente, el “soplo vital” del que hablaban los místicos y los yoguis. 3I/ATLAS exhala, como nosotros, para no romperse ante el fuego del Sol.

Sin embargo, Loeb también se pregunta si este cuerpo no se fragmentó al acercarse demasiado al astro. Si fue así, su historia no termina en destrucción, sino en multiplicación. Lo que se rompe, se reparte. Lo que estalla, fecunda. Así lo entendieron los alquimistas cuando escribían que “la putrefacción es el principio de la vida nueva”. En mi modo de verlo, cada fragmento del 3I/ATLAS sería una semilla de sentido, una resonancia que lleva en sí la memoria de la totalidad.

El misterio se amplía con su aceleración no gravitacional, un movimiento que no puede explicarse del todo con la evaporación ni con la presión de radiación solar. Para los físicos, es un problema de fuerzas residuales. Para el alma, es la metáfora perfecta de aquello que nos impulsa sin causa aparente: el llamado interior. Ese empuje que sentimos cuando todo parece inmóvil y, sin embargo, algo dentro nos mueve hacia el cambio. 3I/ATLAS, como nosotros, parece guiado por una fuerza que no se mide, pero se siente. Por ello, en las antiguas cosmogonías, los mensajeros del cielo —meteoros, cometas, estrellas fugaces— eran considerados portadores de conciencia. No por superstición, sino por intuición. El cielo, para nuestros ancestros, era el espejo del alma. Si un cuerpo atravesaba la bóveda celeste de modo diferente a los demás, era porque un espíritu también estaba cruzando los límites de la mente humana. Hoy lo llamamos “objeto interestelar”, pero en esencia sigue siendo lo mismo: una visita del Otro, un recordatorio de que no estamos solos ni en el cosmos ni en nuestra propia interioridad.

El hecho de que su composición muestre apenas un 4% de agua —en contraste con la abundancia hídrica de los cometas convencionales— es también un símbolo de sequedad espiritual. Donde el agua representa emoción, memoria y vida, su ausencia sugiere un viajero que ha trascendido el plano sensible, un cuerpo que no llora, que no lleva consigo los fluidos de lo orgánico. Un asceta celeste, un mensajero que ya ha pasado por la purificación del fuego y que ahora viaja liviano, sin necesidad de lágrimas.

Algunos pensarán que exagero el vínculo entre ciencia y alma, pero no es así. Johannes Kepler, padre de la astronomía moderna, escribió: “La geometría es coeterna con el alma divina.” Si la geometría que traza el universo es divina, entonces cada trayectoria, cada desviación, cada órbita improbable lleva consigo una intención sagrada. 3I/ATLAS no es solo un cometa: es una idea con forma, un pensamiento sideral que atraviesa nuestra consciencia colectiva para preguntarnos si aún somos capaces de ver el milagro en lo estadísticamente imposible.

Cuando observo los datos —las proporciones de níquel, las trayectorias sincronizadas, las probabilidades ínfimas—, no veo únicamente un fenómeno físico. Veo un espejo. Veo al ser humano intentando comprenderse a través del reflejo de un visitante del abismo. El universo no habla en idiomas humanos, pero su gramática se expresa en coincidencias, en resonancias. La rareza de 3I/ATLAS es un poema cifrado. Y como todo poema, no se descifra con fórmulas, sino con presencia.

Quizás este cometa sea una metáfora del alma que, tras millones de años de viaje, se aproxima al Sol de la conciencia, exhala sus últimos velos, se fragmenta y se disuelve en luz. En ese instante, deja de ser objeto para convertirse en enseñanza. Lo que queda de él no son trozos de roca ni datos espectrales, sino una huella arquetípica: la del ser que no teme desintegrarse para conocer su origen.

Así como 3I/ATLAS se acercó al Sol y se volvió azul, así también el ser humano, al aproximarse al centro de su propia verdad, atraviesa la incandescencia de lo que lo disuelve. Ambos —cometa y consciencia— viajan desde regiones desconocidas, y ambos dejan tras de sí un rastro que ilumina.

En el fondo, no importa si este visitante fue una roca, una sonda natural, una sonda artificial o una sinapsis cósmica. Lo importante es lo que evocó en nosotros: la certeza de que el universo aún guarda misterios que ningún algoritmo puede agotar. Que detrás de cada dato improbable se devela un llamado invisible. Que, a veces, la ciencia más profunda es la que se atreve a mirar el cielo con los ojos del alma.

Y así, mientras el polvo de 3I/ATLAS se dispersa en el vacío, yo sigo mirando el espacio con la misma pregunta que escribió Ehman, no en un papel, sino en mi interior: Wow.

A veces el universo no busca ser comprendido, sino recordado. Porque en cada órbita imposible, en cada chorro que desafía las leyes, hay algo equivalente de aquello que olvidamos: que también somos viajeros interestelares, hechos de polvo y de conciencia. 3I/ATLAS no solo cruzó el cielo (sin finalizar todavía, su trayecto por nuestro sistema solar); cruzó una frontera invisible en nosotros mismos. Su paso nos está recordando a toda la humanidad que la ciencia es una forma del asombro, y que el alma —cuando observa con humildad— puede hallar en un simple reflejo azul la prueba de su propia infinitud.

Allí donde la razón mide, el espíritu siente; y donde el cálculo se detiene, comienza la sabiduría. Quizás ese fue siempre el verdadero mensaje del "cometa": enseñarnos que mirar el cielo es, en el fondo, mirar hacia dentro.

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