Hubo un tiempo en que el ser humano no necesitaba justificar el amor.
Tampoco necesitaba fragmentarlo en compartimentos estancos donde el cuerpo perteneciera a la biología, el alma a la religión y la belleza al arte. Para los antiguos, todas esas dimensiones formaban parte de un mismo paisaje interior. Amar era, al mismo tiempo, una experiencia física, emocional, estética y espiritual. Ninguna anulaba a la otra; por el contrario, ya que se potenciaban mutuamente. Quizás por eso las grandes civilizaciones jamás describieron el encuentro entre dos seres humanos mediante un vocabulario puramente anatómico, por lo que desde mi perspectiva, prefirieron hablar de jardines, fuentes, montañas, columnas, templos, flores, vino, agua, fuego y estrellas. Sabían que aquello que realmente acontece cuando dos personas se encuentran no puede encerrarse en un inventario de gestos, porque, en definitiva, es un acontecimiento del espíritu expresado a través del cuerpo.
La mitología griega manifestó esa verdad al otorgarle un nombre: Eros.
Con frecuencia se reduce a Eros al dios del deseo, sin embargo, Platón, en El Banquete, nos ofrece una visión mucho más profunda, en donde allí, Eros aparece como la fuerza que impulsa al ser humano a ascender desde la belleza visible hacia la Belleza misma. El deseo deja entonces de ser una pulsión ciega para convertirse en un movimiento del alma, una búsqueda de plenitud, una nostalgia de aquello que intuimos perfecto aunque jamás podamos poseerlo completamente.
Quizás toda historia de amor auténtica comience precisamente allí, y no cuando dos cuerpos se descubren, sino cuando dos almas reconocen que la belleza del otro merece ser contemplada antes que conquistada.
El agua, presente en innumerables tradiciones espirituales, representa uno de los escenarios más elocuentes para comprender este misterio. Desde los ritos bautismales hasta las abluciones sagradas de Oriente, el agua simboliza purificación, nacimiento y transformación, y que bajo su transparencia desaparecen las jerarquías, las máscaras y las armaduras cotidianas, y lo que permanece es únicamente la presencia.
Dos personas abrazadas bajo una lluvia tibia o bajo el murmullo constante de una ducha dejan de ser únicamente individuos separados debido a que el agua parece borrar las fronteras invisibles que solemos levantar entre nosotros. Cada gota recuerda que la vida comenzó precisamente allí: en la humedad primordial.
Entonces aparecen los besos, pero incluso ellos trascienden su apariencia.
Aquellos besos, ya no constituyen un simple contacto entre labios, sino un diálogo silencioso donde cada respiración responde a la anterior. Como escribió el Cantar de los Cantares: «Béseme con los besos de su boca, porque mejores son tus amores que el vino.» Aquellas antiguas palabras, leídas durante siglos como un poema de amor humano y también como una representación semántica del encuentro con lo divino, revelan que el lenguaje del amor siempre ha habitado simultáneamente ambos mundos.
Quizás por eso la pasión auténtica nunca elimina la ternura, sino que la contiene, la amplifica, la convierte en música.
En ese paisaje simbólico comienzan a surgir imágenes que acompañan a la humanidad desde hace milenios. El Jardín del Edén deja de ser únicamente un escenario bíblico para transformarse en el símbolo del estado original donde nada necesitaba ocultarse. Las rosas evocan la belleza que florece precisamente porque es frágil, las columnas representan la estabilidad del vínculo, y el templo aparece como la metáfora suprema del ser humano. No existe templo sin una puerta, no existe puerta sin un umbral, no existe umbral sin la decisión consciente de cruzarlo.
Amar consiste, quizás, en recibir la invitación para atravesar ese umbral invisible que protege la intimidad de otro ser humano.
Los antiguos egipcios levantaron obeliscos que aún hoy desafían al tiempo, y su forma no fue un capricho arquitectónico, ya que eran columnas de piedra destinadas a recibir el primer rayo del sol naciente, uniendo simbólicamente la tierra con el cielo, y representaban también, la energía creadora, generadora, procreadora y la elevación de la vida hacia la luz.
Tal vez por ello el obelisco continúa siendo una de las imágenes más poderosas del impulso vital masculino, y para nada como emblema de dominio, sino como una aspiración permanente hacia aquello que ilumina la existencia.
En el otro extremo aparece el jardín. No el jardín domesticado por el hombre, sino aquel que florece libremente, en donde la naturaleza logra conservar intacto su misterio, y es allí en donde Eros deposita uno de sus símbolos más delicados: el Botón apenas abierto de una flor, y toda flor contiene una promesa, y no es porque anuncie únicamente su futura plenitud, sino que, porque nos recuerda que la belleza jamás puede ser arrancada sin destruir aquello que la hace hermosa.
La verdadera contemplación exige paciencia, respeto y tiempo.
La tradición tántrica manifestó de forma excepcional a este principio, siglos antes de que Occidente confundiera el erotismo con la velocidad. En su esencia más profunda, el tantra no propone técnicas extraordinarias, sino que predica algo infinitamente más desafiante: la presencia absoluta, para permanecer enteramente disponible para el otro, y habitar cada instante sin ansiedad por llegar al siguiente para descubrir que el encuentro comienza mucho antes del contacto y continúa mucho después del silencio.
Entonces el cuerpo deja de ser un objeto para convertirse en un territorio sagrado en dónde cada gesto adquiere la dignidad de un rito y cada caricia recuerda el trabajo paciente del escultor que revela una figura escondida en el mármol y cada abrazo construye una arquitectura invisible donde dos historias aprenden lentamente a sostenerse mutuamente.
Quizás por eso tantas culturas utilizaron imágenes arquitectónicas para hablar del amor. Altares, bóvedas, puertas, columnas, cúpulas y arquivoltas no eran simples recursos poéticos, sino que era la intuición de que el encuentro humano posee una estructura interior semejante a la de un templo: sólo permanece en pie cuando cada piedra descansa respetuosamente sobre la otra.
Y es precisamente allí donde Eros revela su enseñanza más olvidada, porque no vino únicamente a despertar el deseo, sino que vino a enseñarnos que el deseo puede transformarse en contemplación, que la contemplación puede convertirse en admiración, y que la admiración, cuando madura, termina llamándose amor, y en ese instante ya no importa quién conduce y quién sigue. Las manos parecen pensar por sí mismas, los labios encuentran un idioma anterior a las palabras, las respiraciones descubren un ritmo común, el tiempo deja de avanzar, dos presencias comienzan a habitar un mismo instante, entonces comprendemos que el verdadero milagro nunca consistió en la intensidad del encuentro, sino que consistió en la posibilidad de que dos seres humanos, sin dejar de ser ellos mismos, pudieran llegar a sentirse una sola melodía.
Y, me pregunto, ¿quizás esa sea la auténtica liturgia de Eros? No me refiero a la celebración del instinto, sino que a la consagración del respeto, no a la posesión del otro, sino que al privilegio de ser recibido en el templo más antiguo que existe desde el origen de la humanidad: el corazón humano, porque todo templo externo, construido por manos humanas, terminará, algún día, reducido a ruinas.
Pero el templo del encuentro permanece vivo cada vez que dos personas descubren que el amor, cuando se expresa con ternura, admiración y respeto, deja de pertenecer únicamente al mundo de los sentidos para convertirse, silenciosamente, en un lenguaje sagrado.

