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02/12/2025

Hay momentos, en que el presente pareciera manifestarse como una candela autosuficiente, como si bastara con enunciar que “estamos aquí” para justificar la totalidad del sentido. Sin embargo, a medida que voy recorriendo ese mismo presente con la mirada abierta —esa mirada que uno pule a fuerza de exploración interior— advierto que el “aquí-ahora” sólo se sostiene si tiene raíces en una interioridad trabajada, viva, despierta. Sin ese sostén silencioso, el tiempo que habitamos se vuelve un escenario frágil, un temblor que podría desmoronarse ante la mínima distracción de la conciencia. Y aunque intento no ceder al pesimismo fácil, a veces me cruzan dudas que no provienen de elucubraciones casuales, sino de años observando al ser humano, incluyéndome por supuesto, en cuanto a nuestro devenir, nuestras luces y nuestros abandonos.

Porque lo cierto es que algo se ha debilitado en la humanidad: ese impulso original de girar la mirada hacia dentro, ese antiguo gesto que antaño era la columna vertebral de civilizaciones enteras y hoy parece diluirse en la saturación de superficialidades. Lo noté con claridad al leer ciertos pasajes de Plotino y recordar cómo él insistía en que “el alma debe regresar a sí misma para conocer su propia altura”. Y es justamente eso lo que veo menguar: el retorno al sí-mismo, la decisión firme de descender a las raíces del propio ser. Sin esa práctica, sin ese hábito milenario de confrontarse con el propio interior, aparece en mí una inquietud legítima: ¿qué clase de humanidad estamos forjando si cada vez menos personas sostienen esa disciplina ontológica que garantiza el progreso, la ética y la lucidez colectiva? Y me sigo preguntando entonces, si no estaremos caminando hacia un porvenir donde los seres humanos, sin ese eje interno, nos volvamos apenas reflejos rotos de un Yo que nunca llegaron a conocer. Y cuando esa pregunta es respondida, surge otra: ¿quién nos cuidará de nuestra propia deriva? En ese punto, mi respuesta interna —la respuesta que surge desde la integración de mis lecturas, mis caminos simbólicos, mis prácticas creativas y mi propia historia— encuentra un asidero particular en aquellas instituciones que han atravesado siglos y continúan ahí, como guardianas que sostienen saberes estructurales sobre el alma, la ética, el símbolo y el sentido.

Lo he pensado muchas veces: quizás esas instituciones que sobreviven al paso del tiempo sean justamente las que puedan volver a enseñar a las personas a descender a su centro, como quien emprende un viaje hacia las capas más ocultas del magma interior. Julio Verne, en aquel viaje fabuloso que tanto nos inspiró de niños, hablaba de “bajar al corazón de la Tierra” como quien atraviesa puertas sucesivas del misterio. Y algo así, pero hacia adentro, es lo que cada individuo debería realizar: una travesía hacia la cámara más íntima de sí mismo, hacia ese punto de convergencia simbólica donde Jung situó la Rosa interior, la isla en medio del océano psíquico donde reside la identidad profunda. Y cuando pienso en esos símbolos —la Rosa, el centro, el descenso, la luz que brota desde el fondo de uno mismo— me doy cuenta de que no son metáforas aisladas; son herramientas arquetípicas, mapas interiores que se repiten en culturas separadas por siglos y geografías. Y siempre han cumplido la misma función: recordarnos que la individuación es un proceso que nadie puede hacer por nosotros, pero que muchos necesitan aprender de otros antes de poder hacerlo solos. Por eso creo que estas estructuras milenarias pueden —todavía— guiar a los seres humanos hacia ese retorno imprescindible al propio núcleo, evitando que nuestra especie quede a la intemperie espiritual, desprovista de dirección. Y en mi caso, nunca necesité, que esas instituciones me enseñaran el camino interno, porque desde niño seguí otros métodos, otros pasadizos, otros umbrales. Mis maestros fueron los libros —miles, literalmente— que fui devorando desde que alcancé las primeras letras. Cada uno me abrió puertas, me ofreció espejos, me entregó símbolos que aún hoy son inolvidables. Y en ese largo recorrido se sumaron mis propias disciplinas: la programación y las matemáticas, que entrenaron mi lógica; la música, que abrió espacios emotivos y vibracionales; la escritura, que me permitió convertir el pensamiento en forma; y la ciencia, que me ofreció un marco para ordenar mi visión del mundo. Todo eso construyó en mí una vasija capaz de contener y transformar conocimiento. Pero siempre me pregunto qué ocurre con quienes no entrenan esa vasija, con quienes no llenan su mente de conocimiento ni permiten que la creatividad fluya hacia afuera, hacia la realidad. ¿Cómo llegan al centro de sí mismos? ¿Cómo establecen ese diálogo interior que, para mí, nunca dejó de ser el eje de mi vida? En ellos pienso cuando confío, quizás con un dejo de esperanza obstinada, en que las instituciones que sobrevivieron a imperios, guerras y ciclos civilizatorios, puedan seguir enseñando el arte de la introspección, de la disciplina interior, del determinismo ético-ontológico, aun cuando muchos crean haberlo olvidado.

A veces me detengo a pensar en la magnitud de lo que implica mirar hacia dentro, no como un acto ocasional, sino como una práctica sostenida, metódica, casi ritual. Porque si hay algo que la época actual ha erosionado es justamente la constancia introspectiva. El ruido exterior se volvió una tormenta permanente, una marea que empuja a las personas lejos de su propio eje, lejos de ese recinto interno donde se procesa la experiencia, donde se comprende el sentido, donde el individuo nace verdaderamente. Y no puedo evitar sentir que, si esa tendencia continúa, la humanidad corre el riesgo de olvidar su propio lenguaje interior, del mismo modo que algunas civilizaciones perdieron la clave de sus jeroglíficos. Cuando esa pérdida ocurre, no desaparecen solo las palabras: desaparece también la memoria del espíritu que las pronunció.

En esos momentos, pienso en los antiguos filósofos griegos —en particular Heráclito— cuando hablaba del “logos interno”, el fuego invisible que ordena lo humano desde adentro. Aquellos hombres, aun sin la tecnología que hoy nos deslumbra, comprendían la importancia de la autorreflexión como pilar fundamental para la vida ética. Hoy, en cambio, el exceso de estímulos digitales parece haber apagado esa fogata íntima, y muchos caminan en piloto automático sin advertir la desconexión progresiva entre su actuar y su esencia. Y entonces, inevitablemente, vuelve la pregunta que me ronda hace años: ¿en qué nos convertimos cuando el puente entre el ser y el comprender se debilita hasta casi romperse? Por lo que, a medida que profundizo en esto, me doy cuenta de que la respuesta no es sencilla. Pero sí sé que esa brecha solo puede cerrarse mediante un retorno voluntario al propio núcleo. Ese retorno —ese descenso iniciático hacia el abismo interior donde uno se redefine— es lo que las viejas tradiciones siempre enseñaron bajo distintos nombres. Los alquimistas lo llamaban la obra al negro o Nigredo, la primera etapa en la que la materia prima del alma se disuelve en la oscuridad para ser reformada. Los místicos cristianos hablaban de la noche del espíritu, y los taoístas, del regreso al “valle interior”. Todos coincidían en un mismo punto: sin atravesar ese proceso no hay crecimiento, ni iluminación, ni estabilidad ética real.

Quizás por eso he insistido tantas veces, incluso en mis escritos, en la necesidad de que cada persona pueda detenerse, aunque sea por un instante, para observarse en profundidad. Porque quien no lo hace se queda sin brújula, sin centro, sin mapa. Y cuando un ser humano pierde su centro, deja de gravitar sobre sí mismo y pasa a gravitar sobre las fuerzas externas, que rara vez tienen la delicadeza de cuidar su integridad interior. De ahí nace mi inquietud por el porvenir de la especie cuando veo que cada generación parece practicar menos el arte del recogimiento interior. No es un temor apocalíptico de mi parte, sino una advertencia que surge de una observación prolongada, casi científica, de la condición humana.

Lo digo desde la humilde experiencia, porque toda mi vida fue, de una u otra forma, un laboratorio en donde puse a prueba mis límites internos. La lectura casi obsesiva desde la infancia, las noches en vela desarmando código, los años sumergido en la música, el esfuerzo silencioso de escribir libro tras libro, todo eso se convirtió en una especie de cartografía interior. Y cada vez que lograba comprender algo nuevo sobre mí mismo, aparecía también un puente para comprender mejor a los demás.

La introspección no solo revela a quien la practica; también ilumina el mundo que lo rodea. Quizás por eso siento que aquel determinismo ético-ontológico que menciono, no es una idea abstracta, sino una herramienta concreta que puede transformar sociedades enteras si se la enseña correctamente.

Ahora bien, cuando veo que muchos no cuentan con estas herramientas —ya sea por falta de guía, por apatía, o por simple desconocimiento— no pierdo la esperanza de que las instituciones antiguas sigan cumpliendo su papel. No me refiero a instituciones en el sentido burocrático, sino a aquellas estructuras que cargan sobre sí, miles de años de saber experiencial, simbólico, ritual. Ellas han preservado el arte de mirar hacia adentro incluso en épocas donde hacerlo era peligroso. Quizás sean, todavía hoy, las que pueden recordar a las masas que el viaje hacia el propio centro no es un lujo filosófico, sino una necesidad evolutiva.

Y vuelvo siempre, de manera casi inevitable, a la metáfora del descenso hacia el “Centro de la Tierra”. No porque sea simplemente evocadora, sino porque condensa maravillosamente la psicología de la profundidad: el calor, la presión, las capas sucesivas, el peligro, la maravilla. Es un símbolo perfecto para explicar que conocerse a uno mismo no es un ascenso etéreo hacia lo alto, sino un descenso firme hacia las raíces donde se ocultan los cimientos del ser. Jung lo expresaba con la claridad que solo él podía: “Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad”. Esa frase la llevo conmigo desde hace años, como brújula y como advertencia. Y me resulta inevitable vincular esa frase con la de Verne y con mi propio recorrido interior. Porque, de alguna manera, siempre he sentido que mi vida fue una combinación de ambos espíritus: el explorador que desciende a lo profundo y el pensador que busca comprender los símbolos que halla en el descenso. Por eso sigo confiando en que es posible que la humanidad —aun en medio de la dispersión generalizada— pueda encontrar nuevamente el camino hacia su núcleo. Pero sé también que ese hallazgo no acontece de manera espontánea: requiere maestros, requiere prácticas, requiere voluntad y, sobre todo, requiere un lenguaje que despierte la memoria de lo que hemos sido y de lo que podemos volver a ser.

Hay algo que siempre me llamó la atención cuando observo los movimientos de la historia humana: cada vez que una civilización se alejó de su propio centro simbólico, terminó atravesando un período de fragmentación. No es casualidad que pensadores como Mircea Eliade insistieran en la importancia del “retorno al origen” como mecanismo esencial para recomponer la identidad colectiva. Cuando el ser humano se desconecta de su raíz espiritual —o incluso de su raíz psicológica profunda— pierde la coherencia interna que permite sostener el mundo exterior. Esa coherencia es la que diferencia a una comunidad viva de una masa desorientada.

Hoy, más que nunca, siento que nuestra época oscila peligrosamente cerca de aquella desorientación.

Esa preocupación no nace de un catastrofismo vacío, sino de décadas observando la condición humana como si fuera un humilde laboratorio abierto. Desde mi propia vida, desde mis lecturas, desde mis prácticas creativas tales como este escrito, mis dibujos o mis composiciones musicales, y ni hablar desde los sistemas que programé, siempre vi un patrón común: cuando una estructura no se revisa a sí misma, se corrompe; justo lo que le sucedería a este escrito, y como a los demás, que los reviso una y mil veces antes de publicarlos, para que el producto final esté "Sin Cera". Lo he visto en organizaciones, en proyectos, en códigos fuente, y lo he visto también en personas. El no revisarse equivale a un abandono del ser. A veces siento que si cada individuo pudiera dedicar aunque sea unos minutos diarios a revisar su estado interior, la sociedad entera comenzaría lentamente a sanar, como un organismo complejo que manifiesta reminiscencias de un arcaico proceso destinado a regenerarse.

Y ahí aparece una dimensión que me interesa especialmente: la responsabilidad personal en la construcción del futuro colectivo. Porque, si bien confío en las instituciones milenarias que actúan como guardianes del conocimiento profundo, sé que su tarea no sustituye la tarea individual. Ellas pueden señalar el camino, ofrecer símbolos, transmitir rituales, conservar tradiciones. Pero nadie puede caminar por uno. Ese camino es exclusivamente personal, y es en ese trayecto donde uno se encuentra con sus luces, con sus sombras, con sus limitaciones y con su propio potencial. Tal como decía Marco Aurelio: “La vida del Hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella”. Una frase que sigue siendo una advertencia y una invitación al mismo tiempo.

Cuando pienso en este vínculo entre introspección y destino humano, puedo ver claramente cómo ambas dimensiones se mezclan en una urdimbre semántica. La introspección da forma al individuo, y el individuo da forma a la historia. No al revés. La historia es consecuencia de lo que el ser humano es capaz de manifestar desde su interior hacia el exterior. Por eso me preocupa que las nuevas generaciones —crecidas en un entorno de gratificación instantánea y atención fragmentada— practiquen cada vez menos el arte de observarse.

Sin aquella práctica, el ser humano pierde profundidad, pierde sentido, pierde dirección. Y sin dirección, todo proyecto colectivo se vuelve frágil, como una construcción sin cimientos.

Recuerdo que en mis épocas más intensas de lectura, cuando devoraba libros como quien respira, comencé a notar que la mente tiene una forma particular de expandirse cuando se la alimenta correctamente. Es como si la vasija de la que tantas veces hablamos se volviera más elástica, más receptiva, más capaz de contener complejidades sin quebrarse. Y no solo eso: también empecé a notar que lo leído se reorganizaba por sí mismo, generando conexiones nuevas, creativas, inesperadas. Ahí comprendí que el conocimiento no es solo acumulación, sino transformación. Y quien no transforma su conocimiento hacia afuera —a través del arte, la escritura, la música, la creación técnica— termina estancándose. Por eso siempre consideré fundamental el equilibrio entre ingresar y egresar información. Llenarse sin descargar vuelve pesada el alma; descargar sin llenarse la vuelve vacía. Ese equilibrio es, de alguna forma, una ley natural de la vida interior. Y creo que es justamente esa ley la que, si se enseñara correctamente a nivel masivo, permitiría que millones de personas pudieran encontrarse a sí mismas sin la necesidad de atravesar crisis profundas.

El autoconocimiento, cuando se lo practica con constancia, evita gran parte del sufrimiento innecesario. Porque uno ya no camina a ciegas: camina sabiendo dónde pisa.

No puedo evitar imaginar una sociedad en donde cada persona tenga acceso a estas herramientas de introspección desde la infancia. Una sociedad en donde, además de memorizar datos vacíos se enseñe a los niños a descender hacia su propio centro, a explorar sus emociones, sus pensamientos, sus contradicciones, sus talentos. Si eso ocurriese, el planeta entero cambiaría de forma en un lapso sorprendentemente corto. No harían falta revoluciones violentas ni grandes movimientos políticos; la transformación vendría de adentro hacia afuera, como siempre ocurre en los procesos verdaderamente duraderos. Porque nada que no nazca del interior puede sostenerse demasiado tiempo en el exterior.

Me pregunto a veces si esta visión mía es demasiado utópica, o si en realidad es simplemente una posibilidad que aún no sabemos activar. Pero cuando veo la continuidad milenaria de ciertas instituciones que mencioné antes, y cuando pienso en todo lo que ellas lograron preservar incluso en épocas de oscuridad total, me digo que no, que la posibilidad está ahí, latente. Lo estuvo siempre. El desafío no es inventarla, sino reactivarla. Y para eso se necesita voluntad colectiva, pero sobre todo, individuos que sean ejemplos vivientes de lo que el ser humano puede llegar a ser cuando se conoce a sí mismo en profundidad.

Hay momentos en los que siento que el verdadero viaje humano recién comienza cuando uno comprende que no está caminando hacia afuera, sino hacia adentro. Esa revelación, tan simple en apariencia, cambia por completo la arquitectura de la existencia. Todo lo que antes parecía ruido se vuelve enseñanza; todo lo que antes parecía caos se reorganiza como un mandala silencioso. Y en ese instante, en esa breve chispa de claridad, se entiende que no es el mundo el que debe ordenarse primero, sino uno mismo. Porque el orden interior proyecta su luz hacia afuera, mientras que el desorden interior oscurece incluso los días más luminosos. Y es justamente ese principio —tan antiguo como el hermetismo y tan válido hoy como en cualquier era pasada— es el que me impulsa a insistir en la importancia de la introspección como el eje fundante del porvenir humano. No es nostalgia ni romanticismo, es observación. Lo veo en mi propia vida, en mis libros, en mi música, en mis proyectos técnicos, en mis estudios, en los sistemas que programo, en mi forma de leer el mundo... y en mis silencios.

Cuando me aparto de mí mismo, todo se desarticula. Cuando regreso a mi centro, manteniendo tanto la Verticalidad como la Horizontalidad, todo mi Templo interior recupera sentido. Es una ley tan clara que a veces sorprende que no haya sido adoptada como base del pensamiento moderno.

Suele decirse que el ser humano se perdió en la complejidad de sus propios inventos, y quizás haya algo de cierto en esa sentencia. Pero también creo que en medio de toda esta tecnología creciente —que observo con cariño y con criterio, incluso desde mi lugar de programador de casi cuatro décadas— existe la posibilidad de un renacimiento interior. Nunca la especie humana tuvo tantas herramientas para reflejarse a sí misma, para registrar sus propios pasos, para mirarse al espejo de su mente con una honestidad que antes era difícil de sostener. 

Y paradojalmente, nunca tuvimos tanta facilidad para encontrarnos como ahora; el problema es que la mayoría no sabe qué buscar.

Si cada persona supiera que dentro de sí, vive un “Centro de la Tierra”, como aquel que imaginó Verne, un núcleo ardiente donde se reúnen los signos de su propia historia, entonces la existencia entera adquiriría otro significado. No se viviría para sobrevivir, sino para comprender. No se lucharía solamente para ascender, sino para desplegar la esencia, las alas de la Vara de Hermes. Y esa esencia —que Jung llamó el Sí-Mismo— no es una abstracción filosófica, sino una realidad psicológica tan concreta como el latido del corazón. Cuando uno la encuentra, la vida deja de sentirse como un laberinto y comienza a experimentarse como un camino espiralado hacia lo alto y hacia lo profundo a la vez. Pero, para llegar a ese núcleo, requiere valentía. Requiere el desprenderse de certezas, revisar traumas, confrontar sombras, abrazar fragilidades. No es un viaje cómodo, aunque sí es el único viaje verdaderamente necesario. Y aquí es donde vuelven a cobrar importancia esas instituciones milenarias que mencioné antes. Aunque yo nunca dependí de ellas debido al camino autodidacta y sumamente intensivo que elegí —desde mis más de mil libros leídos desde la niñez hasta mis propios escritos publicados en estos últimos diecisiete años— reconozco su valor como flamas culturales que impiden que la humanidad se extravíe por completo. Son reservorios de símbolos, guardianes de lenguajes antiguos, transmisores de estructuras que ayudan a sostener lo que —de otra manera— podría derrumbarse con facilidad.

No obstante, por más que estas instituciones sirvan de guía, el último paso debe darlo cada persona. Nadie puede penetrar la montaña sagrada por otro. Nadie puede beber del pozo del propio inconsciente en nombre ajeno. El trabajo ontológico es personal, íntimo, indelegable. Y en ese carácter indelegable reside, precisamente, su poder. Porque aquello que se conquista desde el interior no puede ser arrebatado por ninguna circunstancia exterior. Es un tipo de fortaleza que no depende del colectivo humano, pero que, indefectiblemente, lo transforma.

Quisiera pensar —y sinceramente lo creo— que la humanidad todavía puede reconstruir ese lazo con su interioridad perdida. Que no estamos destinados a una deriva sin retorno, sino a una reorientación gradual hacia la profundidad. Y esa reorientación no necesita héroes ni mesías: necesita seres humanos atentos, presentes, comprometidos con su propio despertar. Seres que comprendan que mejorar su mundo interno es la mejor forma de mejorar el mundo que compartimos. Seres que entiendan que no se puede dar lo que no se tiene, ni iluminar a otros sin antes encender la propia lámpara.

Por eso, este cierre no es un punto final, sino un Portal, una invitación, un recordatorio, una afirmación íntima de que el trabajo interior sigue siendo —y seguirá siendo— el acto más revolucionario que un ser humano puede realizar, y aunque el porvenir sea incierto, mantengo mi confianza en que no estamos solos en este sendero: las tradiciones milenarias, los símbolos arquetípicos, los textos que nos preceden y los maestros silenciosos que habitan la historia siguen ahí, sosteniendo la estructura invisible sobre la que caminamos.

Así cierro está especie de ensayo, desde mi propia voz, desde mi propio centro, reafirmando algo que siento desde siempre: el futuro de la humanidad depende de su capacidad para mirar hacia adentro. Y mientras quede al menos un individuo dispuesto a hacerlo con honestidad, profundidad y constancia, habrá esperanza. Porque basta una sola chispa de conciencia para que la oscuridad deje de ser un destino y vuelva a ser solamente un pasaje.
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18/06/2021


Sobre el proceso de entendimiento individual.

La esencia del proceso de entendimiento -o percepción- individual, creo que será muy comprensible el comenzar a definirlo por medio de un ejemplo: como lo respectivo a la música que es escuchada por un tercero, es tal cual al como las palabras son escuchadas por un tercero, o al como una pintura es observada por un tercero; "todo es relativo, nada es absoluto" (salvo, lo absoluto que demuestra la frase anterior); entonces, existen personas que, por ejemplo, una cierta melodía, no le es acorde para nada, mientras que a otras personas las induce a entrar en un estado de trance. Con lo cual, me pregunto, desde el punto de vista del sujeto creador, ¿es lógico que este deba cambiar su método de creación -o creatividad- si a ciertas personas no les gusta lo que escuchan, o lo que leen, o lo que miran respecto de dichas creaciones? Mi respuesta a la anterior cuestión es un rotundo no, salvo que el creador, por motu propio, se disponga a cambiar su método.

Por lo tanto, como productor musical, y siguiendo con el ejemplo, en lo que a mi respecta, es evidente que no debo cambiar el método porque a una determinada persona -o a muchas- no le cause ningún tipo de sensación, o no la persuada en lo absoluto, o no le sirva, ya sea alguna, o bien, varias de mis producciones. Mi método, es "Mi Método", y si en algún momento decido cambiar el método, es porque mi intuición así lo dispuso, y no así, porque a una persona (o a varias) les haya disgustado o les haya "caído mal" lo que han oído (a veces, sin escuchar). Todo es relativo; mi música -como la de cualquier otro productor- es como un punto de vista dicho -o escrito- con palabras, ya sean habladas o escritas, o como una pintura plasmada sobre cualquier tipo de lienzo o en algún medio digital; todo ello, es algo que ha salido de la mente de alguien que en este ejemplo, es la mía; es algo que así lo he sentido o intuido. Por ejemplo, en lo que a mi respecta, haciendo las veces de aquel "tercero" que mencioné antes, las obras de Picasso no me gustan para nada (salvo sus primeras pinturas de cuando tenía unos 12 años, en el momento en el que pintaba un estilo casi realista, una especie de pintura similar a la de Leonardo Da Vinci), pero las pinturas que comenzó a realizar después, para mi propio y relativo entendimiento, son "ruidosas", sin ritmo en sus trazos y colores, sin armonía en su completitud, con lo que, ellas me dan una idea, quizás errónea o quizás no, de que no fue el primer Picasso (aquel de 12 años) quien pintó las "nuevas pinturas", pero, no por ello le voy a decir al "nuevo Picasso" (hipotéticamente hablando) de que debería cambiar su nuevo método de expresión pictórica porque a mi no me guste su nuevo estilo. Como sabemos, todo es relativo, y si Picasso decidió hacer un cambio en su creatividad, se corresponde con una decisión propia.

El entendimiento individual no discrimina a las cosas colocándole un adjetivo calificativo por delante, como por ejemplo, "buen libro", "buena pintura", "buena música", porque solo hay libros, hay pinturas y hay música, y todo lo cual ha sido elaborado por "otros entendimientos individuales" diferentes al que intenta colocar dichos adjetivos calificativos, y es menester comprender que no existen ni buenas y ni malas cosas; solo existen "cosas" esperando para que podamos introyectarnos dentro de ellas y analizarlas en su "completitud" por medio de nuestro entendimiento, de nuestra intuición; y es en este momento, luego del proceso de inmanencia temporal hacia aquellas "cosas", en el que nos damos cuenta de que dicha "cosa" se apega a nuestra percepción individual de tal o cual manera; y para cada persona que realice lo anterior, habrá una percepción diferente; por lo tanto, es evidente que no es lógico el expresar ideas sobre ciertas "cosas" anteponiéndoles un determinado adjetivo, como por ejemplo, "voy a leer un buen libro", porque todo depende del resultado que haya arrojado aquella introyección dentro de la "cosa", que en este último ejemplo, es un libro; ya que para muchos será un buen libro y para otros muchos será un libro no tan bueno, o para otros muchos será un mal libro, o bien, para otros muchos será un excelente libro. Todo depende de la Percepción Individual y no del que ha creado la "cosa".

Sobre las imperfecciones de los Sistemas Perfectos.

A humanos imperfectos, sistemas imperfectos; a humanos perfectibles, sistemas perfectibles; es decir, a mi juicio, todo sistema (de cualquier índole) es imperfecto, pero con una tendencia natural hacia la perfección; y si esos sistemas generan subsistemas o suprasistemas adicionales, tendrán un poco más de cercanía a la perfección... serán casi... Sin Macula.

Pero, ¿Qué haríamos en un sistema o mundo perfecto? A mi juicio ralentizaría el intento de cada ser humano de mejorarse por sobre sus propias versiones precedentes a si mismo. Dejemos la perfección para los sistemas críticos, ya que si no hay perfección absoluta en el cálculo estructural de un puente, es muy probable que colapse; aunque, la perfección absoluta no existe, porque cuando decimos que algo "ya es perfecto", encontramos -o descubrimos- otra manera y otras leyes que hacen de ese algo, aún más perfecto. Sinceramente, la perfección aburre un poco, pero es muy necesaria en ciertos ámbitos para que, por ejemplo, el Sistema que se nos viene encima, sea más perfecto del que se creía que era casi perfecto, es decir, el anterior, y ese sistema que se nos viene encima es, por ejemplo, la Cuarta Revolución Industrial en la que ya estamos en sus comienzos desde hace unos años; y es más, como nos convertiremos en una especie multiplanetaria, todo o casi todo lo que se ajustaba a nuestra vida, aquí en la Tierra, deberá cambiar, desde no tener más enfermedades; ni las hereditarias, ni la posibilidad de contraer una, en nuestra continua relación con el medio en el que nos encontremos en ciertos momentos; hasta el modo en que nos vestimos y nos alimentamos, ya que no nos podremos llevar las vacas a otros planetas... ni las enfermedades, ni la necesidad de comer carnes de animales terrestres, y ni la necesidad de tener familia, etc... todo ello, es parte de la perfección que se nos viene encima; pero, más allá de dicha flamante perfección, siempre habrá espacio para más y más perfección, dependiendo de los destinos que tenga la humanidad a futuro, como por ejemplo, la Quinta Revolución Industrial... la cual, ¿qué necesitará de nosotros que perfeccionemos? Y la respuesta podría ser: Depende de qué sistemas comprenda la Quinta Revolución, y así sucesivamente hacia el futuro.

A veces, para obtener la perfección, "se debe usar cera". Todo estatua construida sin-cera, se decía que era perfecta (de allí viene el término, sinceridad); pero previamente, se debió destrozar a golpes una mole de mármol, para que la estatua tomara la forma que sus diseñadores tuvieron en mente y luego en planos y en dibujos; entonces, desde el punto de vista del Arquitecto de ciertas obras de arte, se debe destruir lo que, a juicio del Arquitecto, no es necesario para lo que Él tiene en mente, hasta que se la logra plasmar en la realidad, y es allí, en el "final de la Obra" en donde vemos dos escenarios; primero, veremos incontables trozos amorfos de mármol esparcidos por el suelo, y segundo, veremos una hermosa estatua (o proyecto terminado basado en un Diseño); ambas cosas, lo que se debió dejar atrás, los que serían los pedazos de lo viejo y amorfo, abrieron paso a una Gran Obra; y esta idea es lo mismo que lo que sucede hoy en día en el planeta. Existen fines más altos que lo que percibimos a simple vista, ya sea en nuestro entorno, o por medio de las luminiscentes pantallas. Si en el ejemplo de la piedra y la estatua, alguien externo al escultor viera lo que éste comenzó a hacer con la piedra, diría que "¡es una locura, es horrible que alguien esté rompiendo una piedra tan hermosa como lo es el mármol!", sin saber el "Fin Último" o el "Fin más Alto" que el escultor tiene en mente, asignado a ese pedazo temporalmente amorfo de mármol; y cuando esa tercera persona vea la Obra Magna terminada, recién allí comprenderá la idea final del escultor, si es que es paciente, si es que sabe esperar; de lo contrario, seguirá pensando, una y otra vez, que el que golpea la piedra es una mala persona, sin saber cual es el objetivo final de lo que hace. El ejemplo anterior aplica, tanto para lo que sucede hoy en día, como para lo que ha sucedido históricamente, como para lo que sucederá a futuro.

Si la Obra Final no se corresponde con el diseño, ¿es culpa del escultor o de las herramientas de trabajo? ¿Uno debe ser un servidor para, o debe servirse de, una determinada Orden Filosófica?

El problema planteado no radica en el simbolismo, no se corresponde con los elementos de trabajo, no se halla en los Arquetipos, por lo tanto, nada de ello se debe cambiar; es el Hombre, quien, a veces, no sabe utilizar todo lo anterior, es el ser humano el que debe cambiar y aprender a usar las Herramientas para el fin específico para el que fueron determinadas en la realidad; en dejar de ser individualistas, para ser individuos, en dejar de ser interesados en el poder y en el status, ambos efímeros, y que algunos piensan que los tendrán de manera in aeternum, para pasar a interesarse en qué es lo que cada miembro puede ofrecerle a una determinada Orden filosófica y de moral; es decir que, cada miembro no debe servirse de dicha orden, sino que debe ser un servidor, y sirviendo a la Orden, es consecuente el servir a los demás, a cualquier otra persona del mundo, ya sea, Sacro y/o Profano. El problema no está en las Herramientas de trabajo, sino en el como las utiliza cada quien; por lo que, si las usa para beneficio propio, poco durará ese beneficio, más si las usa para el mejoramiento propio, mucho durará ese mejoramiento, y en este punto, estará en condiciones de hacer extensivo ese auto-mejoramiento a los demás, a quienes pueda alcanzar con su Alma que ha muerto una y mil veces, y que gracias a que ha utilizado las herramientas, de manera correcta, ha renacido una y mil veces, y de tanto morir, y de tanto renacer, llegará a ese Opus Magnum Alquímico, a que la Carne se le Desprenda de los Huesos, y a que lo material deje de ser algo importante, porque lo material genera apegos, genera necesidad de posesión; y el ego no resiste a la necesidad antropológica de recompensa, algo meramente heredado del mundo animal; y si sucede lo inmediato anterior, evidencia una utilización incorrecta de las Herramientas arquetípicas. No existe problema alguno en las Herramientas, ni en el Sincretismo de cierta Corriente Filosófica; el problema radica en el uso que se hace de dichas Herramientas; si se las usa bien, la sociedad comenzará a ser mejorada, solamente a partir de la mejora de un solo miembro; caso contrario, la sociedad empeorará, pero no por culpa de las Herramientas; sino que, por quien las ha utilizado erróneamente. Reitero; uno no se sirve de una determinada Orden Filosófica, sino que, uno sirve a dicha Orden, y al hacerlo, como consecuencia casi directa, sirve a la humanidad toda. Al usar bien las Herramientas, se generan Filántropos; de lo contrario, misántropos, y quizás, personas que nunca estuvieron preparadas para servir a otros, y siempre estuvieron acostumbradas a servirse a si mismos, lo cual es algo inaceptable, pero que, con el tiempo, el Eterno Retorno hará que las Herramientas sean cada ves, mejor utilizadas en favor de muchos, y no así, en favor uno.

Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. El peso de la conciencia.

Unos 2000 a 3000 años antes de la existencia de Jesucristo, se sentarían las bases para que una frase muy especial fuese expresada en la Torá Hebrea (o Viejo Testamento Católico), y dicha frase, la que "provino de YHVH" y fuera plasmada en lenguaje humano, es la siguiente: 

"Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Pues será como la retama en el desierto, y no verá cuando viniere el bien; sino que morará en las securas en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada".

Entonces, cuando dicho pasaje bíblico expresa: "Maldito el varón que confía en el hombre", esa palabra hombre es con H mayúscula, es lo que se denomina un Universal, y se refiere a la especie humana en su conjunto (varón y mujer), y que, al momento en el que se aparta de "D-os", -siendo Dios tal como lo conciba cada quien, ya sea el ser humano mismo en su camino hacia la apoteosis, ya sea el Big Bang, ya sean extraterrestres, o como lo conciba cada uno, tal como lo dije- no verá la Luz, ni será Amor, pero ese concepto de Dios, es muy amplio, y si se lo toma literalmente, nunca se verá más allá. El ser humano debe aceptar el "peso" de haber llegado a poseer conciencia (luego de un largo trayecto como animal) y hacer algo al respecto con dicha conciencia; por lo tanto, el alejarnos del mundo animal es el primer paso, y eso se logra con el trabajo constante sobre uno mismo, y cuando nos elevamos por sobre los animales que portamos dentro, somos, literalmente, Dioses; arribamos a nuestra Apoteosis individual gracias a la Obra Magna realizada por -y con- uno mismo, aplastando los egos, elevando las virtudes, y tendiendo con ello, al Perfectibilismo individual, y por ende, al colectivo.

Quien busca a Dios por fuera de si mismo, duerme; quien lo busca por dentro, despierta. Quien duerme, puede llegar a transformarse en un misántropo; quien despierta, en un Filántropo. (El misántropo, en principio, odia a la humanidad, porque no acepta sus propios defectos, y ni los trabaja; mientras que el filántropo, todo lo contrario.)

La sociedad entera está en una Regresión Evolutiva, y lo he venido expresando desde hace varios años, pero, esto deberá cambiar pronto. La Piedra de Mármol, a la que me refería antes, se está rompiendo, y cuando todos los pedazos estén en el suelo, saldrá una nueva humanidad, esculpida luego del sufrimiento, porque no hay más maestro que el sufrimiento extenso y sin miras de terminar, y cuando termina, (antes del próximo sufrimiento) estaremos mejor como sociedad, y así sucesivamente. Y la clave está en la disciplina, y si la sociedad confunde Libertinaje con Libertad, es que sucede lo que sucede. Cuando exista una Libertad Responsable (que lo que haga uno no afecte negativamente a otros) habremos elevado a la humanidad (o al Hombre, en tanto que Universal) hacia un mejor estado de conciencia. Recién seremos "Buenos", colectivamente hablando, cuando releguemos nuestro acervo animal, hacia un lugar con muchos barrotes de acero dentro de la mente de cada uno; y estoy seguro de que así lo haremos.

Para el siguiente texto, recordemos mi ejemplo de la piedra de Mármol y la escultura. Nadie juega con nadie. Solo estamos en un proceso comenzado por la Humanidad, para mejorarse a si misma.

No debemos pensar en termino de nosotros mismos (individualismo), sino que debemos pensar -y actuar- en términos de la especie y en el futuro que le depara, y recién allí comprenderemos, colectivamente, el porque sucede, lo que sucede; y dejaremos de echar culpas, tanto al Techo como a la lluvia que ingresa por sus agujeros. Por consiguiente, en cuanto la humanidad se encuentre preparada para afrontar un responsable Liberalismo de Pensamiento, la humanidad misma se auto liberará de sus propias cadenas. Hoy en día, la humanidad es como en una familia, en donde los padres (que no son padres infantiles, aunque hay muchos por cierto) deben colocar determinados límites a sus hijos (porque, como sabemos, los niños, son casi todo ego y muy poca conciencia, y por ello los adultos somos los que debemos darles, simbólicamente hablando, Mazo y Cincel a esos egos de los niños, hasta que esos niños sean adultos, y al trabajo anterior, sepan hacerlo por si mismos) por lo que respecto de la humanidad, respecto de la masa social, es lo mismo que aquella familia hipotética, ya que la masa social necesita límites hasta que la maduración de su psique colectiva sea tal, que se evidencie un despegue tangible de lo que nos mantiene atados colectivamente al reino animal.

De la maldad y de la bondad. ¿Porqué todavía no hay bondad absoluta? ¿Deberemos convertirnos en una nueva humanidad?

En cuanto a la maldad y a la bondad, ambas son inherentes a aquella herencia arcaica, del Reino Animal; pero, de todos modos me pregunto, ¿para que el bien exista, es necesario que también el mal exista?, porque si el mal no existiese ¿para que le llamaríamos bien al bien no es cierto? Un piso ajedrezado no existiría como tal, si faltase el color negro o el blanco. Una montaña no existiría sin su valle. Un hoyo hecho en el suelo, no existiría sin la tierra que se extrajo de él y se dejó a su lado. La muerte no existiría si no existiese la vida. La oscuridad no existiría si no existiese la luz (porque todo y el Todo provinieron de la Luz). El odio no existiría si no existiese el amor (recordemos que el odio es una herencia animal, más el Amor se corresponde con las variadas virtudes propiamente humanas, por lo que el amor es conciencia, y si no hay conciencia, el odio deja de ser definible, y por lo tanto, no existe). La dualidad es inherente a nuestra especie, y a veces (y haciendo memoria del ejemplo del Mármol y de la Estatua Sin Mácula salida a partir de él) para evolucionar como especie, la maldad y la bondad "juegan sus juegos", juegos que, quizás, fueron diseñados para que el resultado final de dicho "juego" sea un bien mucho mayor que si solamente existiese la bondad absoluta. La idea, es el equilibrio de la maldad y de la bondad hasta que llegue el momento en el que nos hayamos despegado tanto del mundo animal, que la maldad y la bondad sean cosas de nuestro pasado evolutivo, y una nueva humanidad se abrirá paso. Mientras estemos atados al mundo animal, seguirá la dualidad rondando nuestras vidas. No debemos luchar por eliminar la maldad, porque se elimina un factor de una ecuación que nos define tal como somos hoy en día; sino que debemos luchar por despegarnos del mundo animal (y ya hemos hecho parte de ese trabajo, con la obtención de la conciencia de nuestra propia existencia y del entorno, y muchas otras cosas más). La maldad y la bondad son partes inherentes de una misma ecuación, como la noche lo es al día, o como el Yin lo es al Yang, y dentro de la bondad, siempre habrá un poco de maldad, y dentro de la maldad, siempre habrá un poco de bondad, y por lo tanto, el equilibrio se mantiene, mientras tanto sigamos con nuestra herencia animal; pero, cuando nos despeguemos, allí si, el intentar filosofar sobre la innegable dualidad de la existencia, será muy diferente a mi juicio, ya que debemos preguntarnos ¿qué tipo de humanidad seremos cuando nos despeguemos del mundo animal?

Nelson J. Ressio.

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11/02/2020


La muy simbólica dualidad del ser humano representada por esta bella imagen respecto de la primera esposa de ADaN, según el Génesis; Lilith.

Como podemos observar en tan arquetípica imagen, del lado izquierdo, el lado oscuro, instintivo, sexual y de la fortaleza del ser humano, está representado por la serpiente; mientras que del lado derecho, muy cerca de la cabeza de Lilith, se encuentra el Búho, el cual representa a todo aquel que mira por entre la oscuridad, el Búho, el animal nocturno que representa la Luz de la Sabiduría. Por otro lado, la Luna en su frente, a mi juicio, como es Lilith la bella mujer de la imagen, dicha Luna representa el simbolismo de la noche, y como ella es la Reina de la Noche, posee dicha corona con una Luna sobre su cabeza. En cuanto a los dos cuernos, también, y como lo expresé al principio, representan, -siempre en relación al ser humano-, a la dualidad, a la oscuridad de las bajas pasiones, a los bajos instintos, a las pulsiones, a la fuerza evolutiva, etcétera, representada por la serpiente. Mientras que del lado derecho, el lado de la Inteligencia, podemos ver al bello Búho sobre el hombro de Lilith, el cual, es el animal que ve y que mira por entre la espesura de la noche mas oscura, es decir, un claro simbolismo de la inteligencia humana, muy alejada de la serpiente, es mas, tan alejados, que ambos, la serpiente y el Búho, están físicamente separados, por medio de la cabeza de Lilith. Y aquí, ambos animales, están representando a la dualidad representada por el piso ajedrezado, por los colores neutros: negro y blanco; en donde el color negro representa a los vicios provenientes desde los egos, desde la psique profunda y evolutiva, mientras que el color blanco, simboliza el Uso de la Razón. Y en cuanto a Lilith; esa bella mujer retratada en el medio de ambos animales, la cual se encuentra en el medio de la mismísima dualidad inmanente al ser humano; representa a la Generación, ya que sin Generación, con la ayuda de la dualidad representada por la serpiente y por el Búho, no existiría la Especie Humana.

Por otro lado, y a modo de resaltar, de mi parte, los prejuicios humanos con el solo hecho de ver -y no así, mirar- una imagen que no comprenden, me llama en demasía mi atención, como es que, una hermosa imagen en donde se retrata a un ser, que es Lilith, en este caso, y que es una imagen con forma humana, de sexo femenino, portando sobre su frente, una corona de lunas -mas una Estrella de 4 Puntas (similar o igual a la letra 22º del Alfabeto Jeroglífico del Egipto Medio, y que a su vez, se corresponde con la letra Tav o Taú, del Alfabeto Hebreo, todo lo cual, representa una cruz, o bien, La Cruz)-, y dos cuernos en cada sien, lo cual representa a la dualidad, a la Díada; y lo anteriormente expresado, asusta a muchas personas que no tienen los Ojos para Ver (en mi caso, a dicha frase la acostumbro reemplazar por la siguiente: No tienen los Ojos para Mirar ya que al Mirar, se utiliza la Razón, de allí las mayúsculas, porque la Razón, es lo mas Supremo que posee el Ser Humano); y mientras que, si las mencionadas personas, miran, por ejemplo, a un Unicornio, ese animal ficticio y simbólico, el cual porta en su frente, un solo Cuerno (y lo coloco en mayúsculas también, porque el Cuerno del Unicornio, representa al Ojo Panóptico), el mencionado animal ficticio, representa a la Unidad, a la Mónada, al Ojo Panóptico, al Ojo que todo lo Ve (o Mira, desde mi Óptica), y dicho animal ficticio; el cual es tan ficticio, y a la vez, muy representativo de la esencia humana, tanto como lo es Lilith, la bella mujer de la imagen de este artículo; dicho Unicornio, no asusta a nadie. Entonces, ¿porque la imagen de Lilith, asusta, y la imagen del Unicornio, no? ¿Quizás los dos cuernos asustan, como una reminiscencia a la figura del Diablo? ¿Quizás asuste debido a un mal recuerdo reprimido, enfrentando a un Toro, o a algún otro animal con dos cuernos? aunque existan mil preguntas mas, las respuestas las tienen cada una de dichas personas que le temen a las figuras con dos cuernos, y dichas respuestas, son inherentes a ellos mismos y allí es donde se deben quedar dichas ideas y dichos miedos, mas no así, salir al exterior, e intentar que los demás a su lado, o un determinado colectivo de personas a su alcance, se mimeticen con las respuestas de miedo a la cornamenta dual; miedo que parte desde una sola persona, o bien, desde un determinado grupo de personas.

La imagen que abre este escrito, es, a mi juicio, una hermosa imagen, la cual es un claro Arquetipo, y únicamente nos muestra una representación velada del propio Hombre (es decir, el Universal que representa a los dos únicos géneros que existen sobre la faz de la Tierra; al varón y a la mujer), y que, en lugar de utilizar estas palabras, para describir, en este caso, a la esencia humana, se utilizan los acostumbrados Arquetipos.

Y continuando haciendo uso y abuso de mi punto de vista; aquella imagen, sería una representación andrógina del ser humano; -Tal como lo expresó Sigmund Freud, el cual, en base al trabajo de campo, al trabajo científico, sobre las mentes que él examinó toda su vida, había llegado a la conclusión, de que el cerebro del recién nacido, es de características andróginas o bisexual, aplicado lo anterior, para toda la humanidad al momento en el que nace un nuevo ser humano, y que, con el tiempo; ya sean las reglas evolutivas; ya sea el entorno cercano accionando desde las imágenes arquetípicas del Inconsciente Femenino y/o del Masculino, es decir, desde, las denominadas por el Psicoanalista Carl Jung, como: Animas y Ánimus, en definitiva, la manera en como se caracterizan o configuran ambas -o a veces, solo una de ellas- presencias paternas aquellas, que se suman junto a los hermanos y/o hermanas del recién nacido; y ya sea el entorno lejano, como ser, las amistades, los compañeros de trabajo, estudio, etcétera; lo que el Cerebro Humano lleva a cabo, es, nada mas y nada menos que, Seleccionar Naturalmente (evolutivamente hablando) todas las características y determinaciones que son mejores para que la preservación de la especie humana, no se detenga, mas allá de toda influencia externa, posterior al nacimiento y al desarrollo en la edad adulta-; Entonces, dicha imagen superior a estas líneas, que porta consigo, unas claras características andróginas (es decir: LA serpiente y EL Búho), vendría a ser una versión mas bella del conocido Suprasímbolo hermético, denominado: Baphomet, que es el Suprasímbolo -o Supra-Arquetipo- que se ocupa de reunir a todos los principios de la Filosofía Hermética, sobre un solo símbolo con características corporales andróginas; incluso, mostrando determinaciones similares, en cuanto a su naturaleza dual, es decir, a los dos cuernos, y con una estrella en su frente (aunque, en aquella imagen superior, dicha estrella, no es la Estrella Flamígera, de 5 puntas, sino que, tal y como es Lilith, es lógico que tenga una estrella de 4 puntas en su frente, simbolizando, y siempre bajo mi óptica, a los 4 vértices inferiores de la Estrella de 5 Puntas o Flamígera que posee el Baphomet hermético; en definitiva, aquella estrella de 4 puntas en la frente de Lilith, está simbolizando a los 4 elementos correspondientes a lo meramente terrenal en relación al Hombre, en tanto que Universal, por supuesto), sumado todo lo anterior, a que, en cuanto al Baphomet Hermético, y en relación a su lado izquierdo, lado en el que su brazo y mano, apuntan hacia la Luna Negra, hacia abajo (lo cual representa a LA Serpiente de la imagen que corona este escrito, simbolizando a las bajas pasiones, a los que están al ras de la Tierra, a los Egos, a la oscuridad evolutiva misma, a todo lo que está debajo del Paleocortex cerebral, al Estadío Psicológico denominado por Freud como: Ello, es decir, y en definitiva, al propio Sistema Límbico; y que, desde un punto de vista iniciático, es a todo aquello a lo que le debemos aplicar el Mazo y el Cincel, basados en la Escuadra y el Compás, controlado en la constante verticalidad de la Plomada y durante todo el tiempo que indica la Regla de 24 pulgadas); mientras que, el lado derecho del Baphomet Hermético, apunta hacia Arriba (con mayúsculas), hacia la Luna Blanca,  hacia esa Luna que es portadora de la Luz del Sol (y que es, en el caso de aquella imagen, EL muy arquetípico Búho, simbolizando a las virtudes humanas, como la moral, la ética, el intelecto, la sabiduría, la humildad, la bondad, el Amor, en definitiva, a la Luz misma la cual se abre paso por entre toda oscuridad que se le enfrente, a todo lo que se encuentra por encima de aquel Paleocortex cerebral, y que es el Neocortex, y que en términos psicológicos Freudianos se corresponden con: el Super Yo y con el Yo, es decir, en el lugar justo, en donde reside lo mas Supremo que posee el ser humano, y que es el Uso de la Razón, y dicho uso de Razón se conforma como una constante Obra Magna destinada a utilizar aquellas Herramientas Iniciáticas, de manera tal, de arribar, y de manera sine qua non, hacia el fin último del gran trabajo sobre uno mismo, el cual, indefectiblemente, guste o no, se debe manifestar como un largo y tortuoso proceso de aplastamiento de todo aquello que retrotrae al ser humano hacia aquel fango pantanoso de la Madre Tierra, en donde se arrastran las serpientes, Tierra en tanto que nuestro planeta, simbolizada por la Estrella de 4 Puntas en su frente, y que también es simbolizada como un Cubo Pitagórico, de 6 caras con 4 lados en cada una de sus caras).

Como es Arriba, es Abajo; como es Abajo, es Arriba. Resuelve y Coagula. Piensa o Razona y luego manifiesta lo razonado, en detrimento de, -en definitiva-, todo aquello que se constituye como las inmanentes pulsiones provenientes desde el Sistema Límbico, desde el Ello Freudiano en términos psicológicos; es decir, aquellas pulsiones, en forma de los Egos tan conocidos por todos y sin distinción alguna, Egos que se presentan a la conciencia, en una multiplicidad de manifestaciones, en cuanto a nuestra conducta social. Si logramos transformar, LA Serpiente, en, EL Búho, para luego ir nuevamente a buscar a una nueva serpiente, con el mismo objetivo de transformarla en Búho; y así sucesivamente, como una rueda que gira y que gira constantemente, de manera in aeternum, rueda aquella, que logra ir transmutando todas nuestras serpientes en todos nuestros Búhos, es decir; a los egos en Virtudes; a lo que está abajo, en lo que está Arriba; a lo que está en el Cerebro Evolutivo Animal o Sistema Límbico, en lo que está -o estará- en nuestro cerebro que nos hace seres humanos, es decir, en el Neocortex; a lo que está (en términos freudianos) en el Ello, en nuevos Super Yo's y nuevos Yo's; o también, a hacer consciente lo inconsciente (en términos junguianos); y recién allí, en ese nivel de nuestro progreso del arduo trabajo para cumplir con la Obra Magna, recién allí, podremos llegar a pensar, no sin alguna reticencia al respecto, que estaremos en condiciones de obtener el Quinto Vértice Superior de la Estrella Flamígera, como resultado de haber transformado aquellos 4 vértices inferiores, en el único vértice correspondiente a la Unidad, es decir, a la Conciencia Elevada, creando con ello, el denominado Quinto Elemento o Quintaesencia, transmutando todo lo que sucede allá abajo en el oscuro mundo de la Luna Negra en ese mundo terrenal de aquellos 4 Vértices, en un Nuevo Vértice Superior, el de la Luna Blanca, el Vértice de nuestra Ascensión respecto a nuestra Conciencia, al momento de transmutar o al instante repetitivo de Resolver lo inconsciente hacia la Coagulación de lo Consciente, psicológica y alquímicamente hablando.

Debemos recordar entonces, una máxima muy importante, y para tener siempre presente, la cual expresa que, "por encima de los que se arrastran, están los que vuelan, y por debajo de los que vuelan, se encuentran los que se arrastran"; pero, por el inevitable hecho de que alguien, en un determinado momento de su vida, se arrastre, dicho proceso natural no quiere decir que en algún momento, esa persona, comience a volar; y es justamente aquel ciclo repetitivo de cuantas veces lo podamos hacer, y que es el ciclo de visitar el nido de nuestras Serpientes (o sea, el Sistema Límbico, parte meramente evolutiva, egóica, instintiva, libídica y Onírica, del cerebro humano), para transformarlas en Búhos (o sea, la Neocorteza, parte evolutiva y la que le da la conciencia, el Uso de la Razón, la Luz misma al cerebro del ser humano), y así sucesiva y cíclicamente, munidos por medio del simbolismo arquetípico de las Herramientas que portemos en nuestras arquetípicas manos, en nuestras psicológicas manos, ya sean herramientas profanas, o bien, las Herramientas provenientes del Arte Real de los Iniciados en una determinada Escuela de Filosofía y Moral.

Y prosiguiendo con la imagen que encabeza este escrito, como lo expresé antes, debemos ser capaces de mirar también, la actitud de la serpiente con respecto a la actitud del Búho, ya que, la Serpiente se aleja de la Cabeza de Lilith, mientras que la cabeza -y el cuerpo entero- del Búho, se hallan junto a la cabeza de Lilith, cabeza con cabeza y sin separación alguna entre ambas, y es justamente aquel ciclo, el de alejar o el de transmutar lo inconsciente, evolutivo, reptil, etcétera, en pura Conciencia Elevada, tal como se eleva el Búho, por entre la siempre reticente oscuridad de la noche, por medio de sus imponentes alas y su Mirada siempre alerta.

Es creo yo, de conocimiento de la mayoría, que en algún momento de su evolución, el ser humano fue reptil, y antes que ello, fue un animal acuático, y antes que ello, fue incontables involuciones más, hasta llegar a una especie de mínima expresión "involutiva", es decir, a ser un organismo unicelular; y todo aquel bagaje evolutivo, (incluyendo a los nuevos reptiles, evolucionando, creciéndoles las extremidades y transformándose en Simios Rhesus, nuestros últimos antepasados; obviamente que lo anterior, sabemos que ha sucedido durante millones de años; y quizás podríamos agregar a algún que otro extraterrestre que pudo haber introducido su ADaN, dentro del nuestro), y como recién expresaba, todo aquel bagaje evolutivo, se constituyen, hoy en día, como todo lo que acarreamos, de manera Arcaica, en forma de los dominantes y peligrosos Egos, creadores de nuestras bajas pasiones, de nuestros instintos, de nuestras reacciones impulsivas, de nuestras pulsiones sexuales, de nuestra necesidad de obtener recompensas a cambio de nada, tal como lo hace cualquier ser vivo del mundo animal, pero... lo tenemos al Búho, es decir, la tenemos a nuestra Neocorteza Cerebral, a nuestra Conciencia, a nuestros Super Yo y al Yo, y basados en lo inmediato anterior, por medio de la inteligencia, de la intelectualidad, de la voluntad y de la vocación, (representados, de nuevo, por el Búho) todas las cuales, que en definitiva, son nuestras únicas y mejores herramientas, podremos trabajar constantemente, en dominar aquel bagaje evolutivo (representado en la imagen, por la serpiente), del lado izquierdo, el terrenal, hacia el lado derecho, el Celestial.

En definitiva, dicha imagen, que vale más que mil palabras, se conforma como un gran, arquetípico y suprasimbólico proceso de automejoramiento del ser humano, del conocerse a uno mismo, nada mas, y nada menos; y eso es lo interesante y útil de las imágenes arquetípicas, porque, en el justo momento en el que las miramos, nos damos cuenta del trabajo que debemos realizar, sin tener que leer palabra alguna.

Y en relación a este artículo, en particular, y a esta página, en general, nuestro objetivo, como seres humanos que necesitamos continuar evolucionando y progresando, es el de encender, y el de mantener de ese modo (o mejor aún, que cada vez ilumine mas y mejor) a nuestra propia Antorcha de Prometeo, y no así, quedárnosla para nosotros como seres individualistas en potencia, sino que, todos debemos hacer, -a modo de ejemplo muy conocido-, lo mismo que sucede en los Juegos Olímpicos, ya que, dicha Antorcha, debe ir pasando de mano en mano, con lo que dicho proceso cíclico significa, y que es, nada mas y nada menos, que la mejor manera de Iluminarnos a nosotros mismos, primero como individuos (y no individualistas) con el Magno objetivo posterior de Iluminar a nuestro entorno cercano, y a toda la humanidad dependiendo de nuestras capacidades de alcance por medio de la Palabra, y seguir Iluminando, aunque, otras personas no estén de acuerdo con la Luz que es emanada desde dicha Antorcha, ya que, lo interesante de las Antorchas Semánticas o Arquetípicas, (texto e imagen), es que, aunque una determinada persona, o bien, muchas personas, no estén de acuerdo con la Luz de aquella Antorcha, lo que es evidente e innegable, es que una Antorcha, mas allá de la calidad de su Luz, siempre será una Antorcha, y como tal, es inevitable, que en algún momento de su proceso de fulgura, se le desprendan algunas que otras Chispas de Luz, en todo momento (y que son esas pequeñas emanaciones de Luz, respecto de la totalidad de la Antorcha), y dichas chispas (reitero, aunque no se esté de acuerdo con la antorcha en general) dichas chispas, no son menos importantes que la Antorcha que las ha generado, porque esas pequeñas chispas de Luz, lograrán encender el fuego de Nuevas Antorchas, en las mentes de los demás, y estos últimos, podrán construir su propia Antorcha de Prometeo, y su obligación, como Portadores de la Luz, será la de seguir traspasándola de mano en mano.

Todo este proceso, por mas humilde, o por mas complejo que sea, de igual manera se constituye como un muy importante trabajo, en nuestra ardua Ascensión por la Escalera que nos lleva a Elevar nuestra conciencia colectiva, ya no individual, sino que, como especie humana, la cual no debe permitirse involucionar, no debe permitirse transformar en un autómata al individuo; tal como lo podemos observar hoy en día, y en todo momento; sino que debemos abogar por transformarnos, cada vez mas, en seres autónomos, algo que, al ritmo de hoy en día, se percibe como una tarea difícil, o bien, casi imposible, lo cual terminará con el Humanismo, para conformarse en un Transhumanismo.

El ser humano está siendo todo lo contrario a lo que están realizando, y cada vez con mas innovaciones y celeridad, los coches actuales, los cuales, están siendo cada vez mas autónomos, como los modelos Tesla de Elon Musk, esos maravillosos automóviles que se manejan solos, y poseen mejor capacidad de manejo que un ser humano. Es triste mirar a la humanidad, robotizándose, mientras que al mismo tiempo, podemos mirar, a la par de lo anterior, a los robots, humanizándose; y debo aclarar que, no expreso lo anterior, porque yo, particularmente, esté en contra de la tecnología, ni del avance científico, ya que me considero un tecnólogo nato; sino que, todo lo contrario, debido a que, es menester que aquí pueda jugar el simbolismo de la balanza, en la que, de un lado esté el Humanismo Secular, y que en el otro lado, se coloque todo lo que el ser humano invente e inventará para el progreso de la especie humana. El progreso sin Humanismo, a mi juicio, no es progreso, sino que, todo lo contrario, porque es un progresivo transitar hacia un inevitable punto de ruptura o Singularidad, en el que el ser humano volverá a un estado primitivo, sino se hace algo al respecto de incluir el Humanismo, en todas y cada una de las acciones humanas, presentes y futuras. Si incluimos el Humanismo en todas las cosas que el ser humano construya, el progreso será verdadero, y la balanza estará en perfecto nivel.

Nelson J. Ressio.


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06/02/2020


Dime qué tipo de hijo varón eres, y te diré qué tipo de mamá tienes. El arquetipo del Ánima, una vez más, representado en la Película, "El Jocker". Todo parecido con la realidad de la actual sociedad, no es mera coincidencia.

Que buena película, "El Jocker", representando, (al igual que lo hicieron otras películas, o novelas en libros, como "Fragmentado, 1º y 2º", "50 sombras de Grey", y muchas otras más), el arquetipo del Ánima, es decir, el accionar de la madre, sobre su hijo varón, siendo el Ánima, un concepto acuñado por Carl Jung; discípulo de Sigmund Freud, a quien superó en ciertos temas, creando su Psicología Analítica. El Ánima, es el acervo evolutivo del Inconsciente Femenino que la madre le transmite al hijo varón, (lo contrario en caso del padre, lo cual es el Ánimus, el que le transmite el Inconsciente Colectivo Evolutivo, hacia su hija). En lo que respecta al Jocker, la madre, directa e indirectamente (debido a su inacción cuando dio a luz, y debió criar a su hijo como se debe), ocasionó que su hijo, unos 40 años mas tarde, se transformara en el Jocker, quien, con razón, despotricaba contra la barbarie que se desprende desde el seno mismo, de las sociedades actuales, quienes aplastan, literalmente, a quienes son diferentes, o no son como la sociedad quiere que todo el mundo sea... todos iguales a ellos, y sin creatividad alguna, para que dicha sociedad, no ponga a andar la marcha de la envidia, la hipocresía y la falta de empatía hacia los "diferentes".

Nadie tenía empatía con el Jocker, por tener un desorden psicológico, el cual, ante situaciones de stress, lo hacía caer en cuadros de extrema risa mezclada con llantos, pero prevaleciendo la risa, tratándolo, aquella sociedad malévola, como alguien a quien desechar y atacar, antes de preguntarle al Jocker, ¿porque te ríes tanto?, como para poder comprender primero, su situación emocional, antes de basarse en la inmediatez del prejuicio y el posterior ataque sin fundamento.

En consecuencia, en muchos casos de la vida real, si un hijo varón no es una especie de oveja negra, independiente, y quien pueda valerse y decidir por si mismo, desde niño, (lo cual lo lleva a individuar, y a convertirse en un hombre hecho y derecho, mucho antes que sus hermanos, -si los tuviese-, los que no son ovejas negras, y por lo tanto, no individuarán nunca, o bien, lo harán tarde, demasiado tarde), entonces, como expresaba antes, si un hijo varón no es una especie de oveja negra, para poder escapar del Ánima de su madre, este quedará bajo la influencia evolutiva del yugo psicológico de la madre, denominado Ánima, y dependiendo de qué tipo de Ánima porte esa madre, en su inconsciente evolutivo o colectivo, sus hijos serán portadores de una mente sana, o bien, de una mente enferma, en cuanto a emociones y a comportamientos que rayan con la adultéz, o con la pura niñez respectivamente, (y es por ello que, algunos podemos observar la actual y creciente Infantilización del Adulto), por más que esos hijos varones, evolutivamente infantilizados, ya sean muy maduros, tal como el Jocker. Pero, dichos hijos varones, que hicieron caso, al pie de la letra, al Ánima aplastante de su madre, son los que siguen "agarrados psicológicamente de su pollera", aunque estos hijos varones, tengan 40, 50, 60 años, etcétera. Pero, en algún momento, ese inconsciente colectivo, sale a la luz, y es allí en donde la esencia evolutiva implantada por la madre, en la mente del hijo, se hace a flor de piel, en formas de comportamientos cargados de eventos negativos, tanto para si mismo, como para los demás, los cuales, aquellos comportamientos, son comparables con los de los verdaderos niños (esos seres pequeñitos, repletos de egos y de falta de límites por parte del padre, debido a su propia naturaleza normal, el de ser todavía, niños), en lugar de que aquellos eventos, sean comparables con los de un adulto hecho y derecho, quien ha sabido desprenderse a tiempo, de la pollera de mamá, y por lo tanto, ha sabido individuar correctamente, es decir, transformarse en un individuo, y por lo tanto, fundamentalmente, en saber discernir o comprender, entre lo que está bien, y lo que está mal. Pues el Jocker, no pudo individuar, su madre dejó que sus padrastros abusaran de él, desde niño, y dicha madre le mintió toda la vida, respecto de las causas de sus problemas. Por lo tanto, la presión social sobre el Jocker; quien hasta bañaba, vestía y daba de comer a su madre, sin tener ésta, ningún impedimento físico para hacer lo anterior; sumada a aquella presión social (en forma de agresiones verbales, físicas y discriminaciones varias), respecto de la cual, el Jocker estaba muy consciente, y de sus banalidades conocidas por todo el mundo, lograron exteriorizar el Arquetipo del Ánima, el cual estaba reprimido en su inconsciente; todo lo cual, hizo que el Jocker, ante tanta desesperación, se transformara, y tomara otra identidad, se colocara otra máscara mas de Payaso, y realizara el acto final que realizó, lo cual no voy a comentar, con el objetivo de no hacer un spoiler para quienes todavía no hayan visto la película.

Entonces, surge una pregunta, -muy general y aplicada a nuestra sociedad actual-, entre muchas otras preguntas por supuesto, la cual es: Si una determinada e hipotética madre (mujer) implanta inconscientemente en su hijo (varón) el Arquetipo del Ánima, convirtiendo a este hijo varón, en un ser malvado en esencia, y portando muchas máscaras de efímera bondad, en el momento en el que este hijo varón tuviese su propia familia, sería un mal esposo y un mal padre, quien portando su Ánima y munido de su Ánimus, maltrataría a su hija de alguna u otra manera, y respecto de la cual, su hija, atormentada por el Ánimus de su padre, cuando aquella fuese mayor de edad, y tuviese esposo e hijos, esta hija, atormentada por el Ánimus de su padre, implantaría su Ánima sobre su propio hijo varón, nieto de aquel, por lo que la rueda continúa de manera in aeternum; por lo tanto, la pregunta se asemeja mucho a la siguiente, ¿que fue primero, el huevo o la gallina?, y aunque sabemos la respuesta de la anterior pregunta, de que fue el huevo (porque todo nace de un organismo unicelular evolutivamente hablando), la pregunta, en referencia a este tema, sería algo así como: ¿Quien tiene la culpa evolutiva, de que existan varones con diferentes "desórdenes"; los cuales van desde desórdenes "normales", como el simplismo, las banalidades a diestra y siniestra, la hipocresía, la falta de empatía, o bien, todo lo anteriormente coexistiendo en una misma mente, hasta desórdenes que causan robos y/o homicidios, entre otros actos mucho mas graves que los primeros; entonces, la culpa la tiene la madre, quien porta el Ánima, o el padre quien porta su propio Ánimus construido previamente, por el Ánima de su propia madre?

Cuando conocemos los hechos aberrantes de maltratos u homicidios de mujeres, por las manos de un hombre, siempre hay que mirar, o bien, preguntarnos, ¿qué tipo de madre pudo haber tenido ese hombre, como también, qué tipo de padre pudo haber tenido aquella víctima mujer, como para que ella no pudiese llegar a defenderse de aquel? Pero también, surge la misma pregunta, respecto de lo contrario a lo anterior, es decir, ¿que tipo de padre pudo haber tenido una determinada mujer maltratadora de su marido e hijos, como para que éstos no pudiesen llegar a defenderse, sabiendo que esta mujer maltratadora pudo haber tenido un padre que la ha maltratado, padre este, que pudo haber tenido una madre con un Ánima semejante al mismísimo diablo? ¿Que fue primero? ¿Quien tiene la culpa de ser maltratador (hablando de los dos sexos), el Ánima o el Ánimus? y debemos recordar una cosa, que si unos hermanos varones, tienen una hermana mujer, el arquetipo del Ánima de esta hermana, se suma al Ánima de su madre, conformando una doble coacción de éstas, hacia los hijos/hermanos varones, y si estos últimos no poseen las fuerzas propias para escapar de ese yugo, serán los futuros Jockers, a diferentes niveles, por supuesto.

Por otro lado, y para terminar, las llamadas "feminazis", ¿en donde encajarían, dentro de este espectro anteriormente mencionado, aquel colectivo previamente nombrado?, ¿qué tipo de Ánima, dichas "feminazis", le dejarán a sus hijos varones, como para que, en un futuro, estos hijos varones pudiesen llegar a ser individuos hechos y derechos, y por lo tanto, no llegasen a maltratar a su esposas e hijos, y a otras personas?

¿Para pensar no?, y no vale hacerlo de manera superficial y rápida, porque debemos fundamentarnos en la ciencia, y en la posterior intuición y deducción, algo que la mayoría de las personas de este planeta, no lo hace, preguntándose al mismo tiempo, ¿porqué se caen las hojas del árbol? (¿porque el Jocker es como es, e hizo lo que hizo?), queriendo entender a las hojas mismas, sin saber que, el problema de la caída de las hojas, debe buscarse desde la raíz de dicho árbol, hacia arriba, lo que en términos humanos, sería, desde lo antropológico primero, pasando por lo psicológico después, hasta fundamentarlo todo, por medio de la filosofía y de la lógica?

Nelson J. Ressio.

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15/12/2017


Ni la sociedad, ni el hombre, ni ninguna otra cosa deben sobrepasar para ser buenos los límites establecidos por la naturaleza.

Hipócrates.

"Mi libertad se termina donde empieza la de los demás."

Santo Tomás de Aquino. 



Una de las tres grandes luces de nuestra Querida Orden Masónica, la que nos invita a percibirla ante nuestro entendimiento, para que sea utilizada correctamente, por nosotros y sobre nosotros, como Obreros de nuestros propios templos de virtudes, durante el duro, pero imparable proceso que nos conduce hacia nuestra auto-construcción, hacia nuestro auto-conocimiento, hacia el preciso instante en que comprendemos hasta donde podemos llegar con nuestros actos, para poder vislumbrar y no traspasar nuestros propios límites, durante momentos ciertamente remediables, en los que invadimos los límites ajenos, como efecto resultante de no ser conscientes de entender hasta donde somos capaces de llegar con nuestras acciones y palabras, hasta donde entendemos que aquellas fuerzas tiranas provenientes desde lo profundo de nuestra psique, denominadas egos, nos podrán llevar hacia el rectificable acto de invadir conciencias que no nos pertenecen, y además, a dañar susceptibilidades ajenas, a que aquellos egos nos eleven injustamente por sobre nuestro prójimo, nuestro próximo, a que nos quieran llevar directamente hacia el anteponer y hacia el prevalecer nuestros puntos de vista respecto de una idea determinada, por sobre las de aquel prójimo, porque debemos comprender, valiéndonos del trabajo con Mazo y Cincel, que nuestros puntos de vista, se deben encontrar delimitados y contenidos por el efecto de los incontables puntos de vista de los demás, es decir, que ciertas ideas no deben ser invadidas por otras ideas ajenas, y viceversa, quedando cada una de ellas, contenidas y rodeadas por los límites externos de las demás ideas circundantes, aunque es perfectamente entendible y propio de uno de las tres lemas fundamentales de la Masonería, y que es la Libertad, de que las ideas expuestas a nuestro prójimo, que nos circundan en todos los ámbitos de nuestra vida, sean el fruto del pensamiento y de la intuición, producidos éstos gracias a la ausencia de toda atadura psicológica y de falta de empatía, y no así, por la acción de aquel ego, en sus diferentes facetas, el que nos conducirá indefectiblemente a que confundamos nuestros límites con los de los demás; a que seamos los invasores de terrenos psicológicos ajenos, con lo que esto significa; a que nos adueñemos, en un rapto de distracción propio del accionar de los egos, de sensibilidades que no deben ser dañadas por el accionar del reparable acto de no saber manejar la rama alejada del centro de nuestro compás psíquico, ya que es muy necesario el mantenernos lo mas cerca posible de dicho centro; a entender que los pensamientos ajenos no merecen ser divididos a la mitad por la línea trazada con aquel compás que delimitan los nuestros; esos egos, esos muy poderosos egos, que en todo momento nos quieren gobernar y descentrar, hasta intentar ser soberanos en terrenos ajenos, simplemente nos alejan de la verdadera misión que tenemos como constructores de nuestros Templos de Virtudes, de nuestro entender hasta donde podemos llegar, de nuestro saber que si bien nuestras acciones tienen un punto de partida central, las mismas no pueden sobrepasar lo que en geometría se denomina como radio, y nuestro radio, Queridos Hermanos, es la única distancia de doble sentido que deben recorrer nuestros actos e ideas, con el objeto de no interactuar con los radios de nuestro prójimo, y esa clarísima línea que nos aleja del centro, pero que mantiene “a raya” nuestros egos dentro del límite que nos brinda el círculo, esa innegable línea recta, que representa tanto nuestra conciencia como nuestros egos, pero que también nos dice que cuanto mas cerca estemos del centro, -razón de ser que le da el otro extremo o rama del compás-, mas cerca estaremos de brindar nuestras ideas y nuestros actos de forma positiva, real y verdadera, y que cuanto mas lejos nos encontremos, nuestros egos comenzarán con sus acechanzas, resultando con ello, en que las apariencias y las falsas interpretaciones sean las causantes de que aquel radio que nos mantenía dentro de nuestros centrados límites, invada y coaccione con los radios que demarcan terrenos ajenos, por lo que, aquella herramienta psicológica, y que tiene su equivalente arquetípico en el mundo de las cosas, es el Compás queridos hermanos, nuestro mágico y muy poderoso Compás, y no digo mágico y poderoso porque dicho elemento representativo de nuestros límites, contenga poderes intrínsecos, todo lo contrario, ya que solo representa la magia y el poder que debemos tener dentro de nosotros mismos, y que poseemos en nuestra psique, ya que dicho elemento de geometría; el cual nos lleva desde la dualidad de las bajas pasiones (del 3 y del 6, valores de ambas ramas), -como los mencionados egos-, hacia la unidad que representa el extremo superior del compás, debido a que éste pináculo, reúne lo disperso, junta y armoniza los extremos, unifica lo que se encuentre cercano a los límites o puntos externos del radio… en definitiva, este extremo superior y unificador (el cual posee el número del GADU mismo, el nº 9), nos hace comprender; ni mas ni menos, que aquel radio conductual que contiene nuestras ideas y actitudes, unificadas éstas, en dirección a la cima y por medio de ambos extremos o ramas del compás; nos hace entender qué tan cerca nos encontramos de ser los perfectos moderadores de nuestros propios actos.

La moderación, que nos simboliza aquella parte superior del compás, representa nuestro esfuerzo y nuestra actitud que empleamos en el duro acto de reunir lo disperso, de eliminar aquellas falsas apariencias e interpretaciones subjetivas, deshacernos de ese “suponer” que nos crea ideas ilusorias y percepciones equivocadas; esa cima, personifica al acto mismo de juntar las bases psíquicas de nuestra conciencia e inconsciencia (3 y 6), representada por la línea geométrica del radio, de manera tal, de que la conciencia del Uno, del Si-mismo, de nuestro Yo (del 9), sea lo único que constituya nuestra vida en relación con el prójimo… con nuestros semejantes.

A ese compás; a ese elemento de madera o mental, que no hace otra cosa que realzar una imperfecta y doble moral, regidas por el 3 y el 6, hacia la Luz de la unidad y de la sabiduría, hacia el propio Cenit, regido por el 9. el G:.A:.D:.U:., y que cada uno de los distintos límites que nos tracemos por medio de él, en el camino de la auto-medición de nuestras piedras psicológicas; a dicho elemento, tanto arquetípico como geométrico, debemos imprimirle la mayor firmeza y voluntad que podamos, para ir construyendo nuestro templo de virtudes, desprovisto éste, de las débiles e irregulares piedras que representan los malos hábitos, de los vicios cedidos a la debilidad de nuestra indudablemente perfectible forma de ser, de toda pasión que se relacione con lo vulgar y que deshonra la perfectibilidad del ser humano, y de cualquier otro acto que agravie, tanto a nosotros mismos, como también a los demás.

Ese elemento mágico y poderoso, por su representación arquetípica en nuestra mente, delimita el verdadero y único espacio de nuestros derechos, respecto de los derechos de nuestros semejantes, ya que nuestros actos, para con nuestros semejantes, deben guardar el mayor respeto, consideración y estima hacia ellos, ya que también, éstas tres virtudes, brindadas desde la cima de nuestra conciencia, nos retornarán hacia nosotros desde los demás, y de la misma manera en que partió hacia aquellos. El compás representa la única guía arquetípica que delimita nuestras acciones conscientes. Si no nos basamos, tanto dentro de nuestra Orden Masónica en general, en nuestro Taller en particular y también en el mundo Profano, en lo que representa el compás, tomaremos decisiones y cometeremos actos equivocados, que nos llevarán a vivir una vida repleta de susceptibilidades ajenas dañadas y de humillaciones para con nuestro prójimo.

El compás, Queridos Hermanos y Lectores, para terminar, lo debemos tener siempre presente, en todo momento y a toda hora, de cada día de nuestras vidas, horas éstas representadas por la regla de 24 pulgadas, e imprimiéndole la fuerza del Mazo y la dirección y la voluntad inteligente del Cincel, y con la rectitud de conducta de la Escuadra, basados todos ellos en la moralidad que nos brinda el Libro de la Ley, le haremos frente e identificaremos a aquellos egos que a cada momento nos quieren reemplazar nuestro bello y muy arquetípico compás y a todo lo que él representa; sostenido éste desde la mano creadora del Gran Arquitecto del Universo; esos egos siempre querrán reemplazar nuestros límites, por un inoportuno y funesto símbolo de amoralidades.

En la Masonería, la frase “Empeñar la palabra de honor”, representa, precisamente, a lo que ese 9, ese Cenit o esa cima del compás nos está simbolizando, es decir, al trabajo de construir y perfeccionar nuestra moral, para cumplir, con el mayor decoro posible; día tras día, desde el día hasta la noche, desde el levante hasta el poniente, desde el Oriente hasta el Occidente, desde la rama del compás que se apoya en el centro del círculo, hasta la que describe el límite de éste; cumpliendo con orgullo, como decía antes, nuestras promesas y juramentos, dentro y fuera de la querida Orden Masónica.

Y para saber el porqué, el Compás representa, por medio de sus dos ramas, a los números 3 y al 6, y su pináculo, al número 9, le mi otro artículo a este respecto.

Nelson J. Ressio.

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13/10/2014


Recordando que en épocas precolombinas ciertos Reyes Católicos y su séquito de seguidores afirmaban con toda confianza en si mismos, que la tierra era plana y que además, era el centro del universo, siendo que muchos años antes de que esta concepción geocentrista y equivocada haya sido el dogma científico y filosófico reinante de ese tiempo, tanto los Vikingos, los Chinos, los Egipcios, los Fenicios, los Griegos, y muchas otras civilizaciones milenarias, ya habían intentado circunnavegar el globo, y que, mas allá de su éxito o no, tenían en claro una cosa... que la tierra no era el centro del universo y que tampoco era cuadrada.
Para refutar aquella disparatada idea nacida desde el dogma puro del Catolicismo, un hombre, llamado, Cristobal Colon, -o Cristoforo Colombo-, allá por el año 1492, convenció, por medio de palabras y hechos que solo un Caballero las porta, a unos monarcas muy reticentes a cambiar la postura inamovible del dogma eclesiástico. Y mas allá de lo que la historia no nos deja muy en claro, estos monarcas tenían un gran apego a cierta Orden Militar totalmente separada, desencontrada y con corrientes de pensamientos opuestos al Catolicismo, por lo que el éxito en las negociaciones fue rotundo, y para esa parte del mundo y en ese tiempo, la idea de que la tierra era un gran cubo, quedó sellada con el fuego de la razón, mas allá de que la redondez de la Tierra y el heliocentrismo ya habían estado en muchas mentes de incontables civilizaciones predecesoras a la europea.

Entonces, el mundo, al fin, dejó de ser un cubo, para ser aceptado como una gigantesca mole esferoide que flota en el viscoso y oscuro espacio, girando alrededor del sol y dentro de una inconmensurable galaxia, y por las entrañas de un universo casi infinito.

Por consiguiente, retornando a los días actuales, es notable como el Catolicismo ha comprendido cabalmente el concepto de esfera, con lo que ha aprendido a dejar plasmado dicho cuerpo geométrico espacial, en incontables obras de arte, entre pinturas, y diversas esculturas en diferentes lugares en donde tiene presencia el Estado Vaticano.

Pero, de la que me toca referirme aquí, es de una escultura, que de solo verla, impacta por su rareza conceptual, por sus claros rasgos y esencias ocultistas, por su incompatibilidad -a primeras vistas- con las demás esculturas del Vaticano, por dar la idea de un modernismo tecnológico que va mas allá de todo lo conocido hasta ahora, por el nombre del lugar -dentro del Vaticano- en donde fue emplazada, y por sus varias analogías con la Luna, y hasta con la Estrella de la Muerte, de la película Star Wars, aunque, de todas maneras, ésto no es lo que se develará cuando le quitemos el velo.

La referida escultura, es nada mas y nada menos, que una gran esfera de cobre, que rota constantemente, sobre el piso del "Patio de la Piña", en el Vaticano.

Dicha esfera, no es solamente una esfera y ya, sino que esconde a simple vista, un sinnúmero de características que la hacen ser acreedora de la mirada de millones de turistas al año. Las mencionadas características, se basan principalmente, en que porta entre sus entrañas metálicas, otra esfera mas pequeña, incrustada ésta entre una serie de lo que aparentan ser mecanismos de movimiento y que además, dan la idea cinematográfica de que en algún momento comenzarán a moverse, como si la esfera fuera un Transformer a la espera de su activación por parte de quien sabe quien.
La esfera interior y mas pequeña, da la apariencia de que se incrustó dentro de la esfera exterior, con lo que de esa manera rasgó su superficie alrededor de aquella.

Hasta aquí, y mas allá de sus rarezas constitutivas, es solo una compleja escultura que, según su creador, el arquitecto Arnaldo Pomodoro, solo menciona escuetamente que la esfera metálica, representa los daños que hicieron las bombas arrojadas durante la Segunda Guerra Mundial sobre su tierra natal. Pero, la duda, la intuición y el sentido común, me llevan a entender que, mas allá de la versión oficial, existirían mucha incógnitas mas dentro de su aparentemente simpleza conceptual, aunque no así constitutiva.

Primero, y antes de comenzar a ver mas allá de lo evidente, mostraré unas imágenes de la escultura, "Esfera dentro de Esfera", ubicada en el Patio de la Piña, en el Vaticano:

Esfera dentro de Esfera del arquitecto italiano, Arnaldo Pomodoro.

Esfera dentro de Esfera del arquitecto italiano, Arnaldo Pomodoro, ubicada en el Patio de la Piña, objeto éste (la piña) que se ve en el centro y al final de la foto, bajo el arco de la estructura principal del edificio.

Hasta aquí, muy bellas imágenes por cierto, pero además, a partir de aquí, comenzaré a valerme de la duda, de la intuición y del sentido común, virtudes cimentadas por un humilde bagaje intelectual acumulado en mi, desde edades muy tempranas.
Únicamente nos deberemos hacer una pregunta básica, y es la siguiente. ¿Porque la escultura, Esfera dentro de Esfera, se encuentra en el Patio de la Piña, y no en otro lugar del Vaticano?

Para responder a esta cuestión, primero debo arrojar Luz respecto de lo que representa la Piña, de lo que ella simboliza, de su representación arquetípica en la psique humana y de su milenaria concepción histórica.

Piña ubicada en el patio que lleva su nombre, en el Vaticano, y que recibe la mirada constante de la Esfera dentro de Esfera, además de dos pavos reales frente a frente asemejándose al Caduceo (ver mas adelante), en donde dos serpientes también se enfrentan enroscándose hacia arriba. El entrelazamiento de dos animales (serpientes o pavos reales) en dirección a la cima de la conciencia, representa la inevitable y poderosa energía sexual transmutada hacia una conciencia del si-mismo.

La Piña; fruto del Pino, árbol perteneciente al grupo de las coníferas y, dentro de éste, a la familia de las pináceas, que presentan una ramificación frecuentemente verticilada y más o menos regular; en primera instancia, simboliza a la Glándula Pineal humana, -de ahí su nombre-, la cual constituye una pequeña parte en el cerebro medio que se ocupa de regular el ritmo circadiano, es decir, las etapas del sueño, y los estados alterados de conciencia, por medio de la segregación de hormonas en el cerebro. La imagen siguiente es una pequeño y simple esbozo de la Glándula Pineal del cerebro humano, y por lo que intuyo, muchos ya la estarán relacionando, -aunque sin una concepción lógica que la asocie con la Esfera-, con la Piña del Patio del Vaticano:

Glándula Pineal humana con una morfología muy semejante a la piña del árbol del pino.

Prosiguiendo con los significados de la Piña y de la Glándula Pineal, adjunto un extracto del Diccionario Colegiado de Webster:
"...[la Glándula Pineal es]... Un pequeño apéndice cónico del cerebro de todos los vertebrados craniados [y] que [en] algunos pocos reptiles tiene la estructura esencial de un ojo, que funciona en algunas aves como parte de un sistema de medida del tiempo, y que se postula ser un vestigio del tercer ojo, un órgano endocrino o el asiento del alma..."
La representación arquetípica del cono del pino, es decir, de la Piña, en lugares como en la India, en la mismísima tradición hindú, les enseña a sus seguidores a despertar el tercer ojo, activando sus "siete chakras". Activación que se corresponde con un ejercicio que proviene desde épocas antiguas, épocas en las que Colón todavía no existía, y en las que también tenían muy en claro su lugar en el mundo y en el universo, tradición aquella, que hoy en día no ha perdido vigencia alguna, y que se denomina, "Kundalini Yoga", la que postula entre sus preceptos milenarios, que su práctica habitual, afecta de manera directa a la conciencia humana, con el objetivo primordial de desarrollar la intuición, de aumentar el conocimiento de uno mismo, y de acrecentar el potencial creativo del ser humano.

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Pues, como ya se habrán dado cuenta, el símbolo esotérico del "Kundalini Yoga", es el caduceo, un símbolo que cuenta con dos serpientes enroscadas (al igual que lo hacen los dos pavos reales alrededor de la piña del Vaticano). Primero veamos una imagen de lo antedicho:

El Caduceo, con dos serpientes enrolladas sobre la denominada Vara de Hermes (a la izquierda) y la representación del Kundalini Yoga (a la derecha). Nótese en ambas imágenes, en la parte superior, las dos finalizan en una esfera y en una especie de pétalos abriéndose, además de las alas que parten de cada uno de sus lados.

Como ya se han dado cuenta, aquí agregamos un elemento mas a la ecuación, y que es el concepto de reptil, es decir, la serpiente, animal tan vilipendiado por el génesis de la Biblia, ya que solo quería que el ser humano se haga un libre conocedor del bien y del mal, del propio conocimiento de la vida y de la muerte, esa serpiente quería que el Hombre obtuviera, la tan prohibida por el Dios del Edén, Conciencia del Si-mismo, conciencia ésta que nos hace abrir los ojos para mirar un mundo que otros solo pueden ver. Con la conciencia mirarás mas allá de lo evidente, pero, contrariamente, con la inconsciencia, solo podrás ver hasta la punta de tu nariz.

Hasta aquí entonces, tenemos el Patio de la Piña en el Vaticano, que alberga en su interior, a la escultura denominada, "Esfera dentro de Esfera", -objeto de análisis en este artículo-, a la Piña del árbol Pino y a sus representaciones arquetípicas y esotéricas, y a la Glándula Pineal, como representación del tercer ojo o del sueño y de la conciencia del ser humano. Pero, acabo de agregar un actor más a esta historia, y que es un actor reptiliano, y para nada es el de la serie televisiva, "Invasión V", sino que es un "simple" animal rastrero, es, ni mas ni menos que, la propia serpiente del Caduceo, del Kundalini Yoga y del Génesis. Las serpientes enroscadas en aquella vara (así como los dos pavos reales alrededor de la piña en el Vaticano), representan a la energía sexual ascendente hacia la conciencia del si-mismo, energía sexual ésta, muy poderosa, constructiva y a la vez destructiva del Ser, si ésta no es correctamente canalizada de manera precisa hacia un destino superior y consciente. La energía sexual mantenida siempre en ascenso hacia la virtud, transmutada en acciones y en creaciones, es el claro efecto de las serpientes en ascenso por nuestra médula espinal, mientras que lo contrario, es decir, el no dejar que esa poderosa fuerza que proviene de la libido, se transforme en lo que nos hace Seres Humanos conscientes, nos mantendrá en un mar de bajas pasiones, de desenfrenos, de iras incontenibles y de vulgaridades existenciales, conduciéndonos a que nuestra Alma quede apresada, y la inmortalidad para ella, sea una utopía inalcanzable. 

Y agrego aquí un dato interesante, en alusión a lo anteriormente expresado, y que es por este tema que todos los eclesiásticos del Catolicismo no deben casarse ni deben tener relaciones sexuales, debido a que sus energías libídicas tienen que mantenerse en la conciencia del Ser, es decir, tienen que ser redirigidas hacia la conciencia, hacia la Glándula Pineal, hacia el tercer ojo, hacia el extremo superior del Caduceo, hacia la cima de la Vara de Hermes... hacia Dios... hacia ese ojo que se ubica dentro de nuestro Sistema Límbico, o cerebro reptiliano y que en algunos animales se asoma en su frente asimilándose a un tercer ojo.

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Pero también debo anexar aquí, y que si bien en muchas culturas mas, el tercer ojo, o conciencia del si-mismo, es representada por una Piña, o en otras, por una marca en la frente en línea vertical recta con la nariz, en otras culturas, como la egipcia, el tercer ojo o Glándula Pineal, -eso que los conectaba con sus propios dioses y con la Gran Mente del Todo-, es el archiconocido Ojo de Horus, cuya forma, encontrada dibujada a veces con lapislázuli, se asemeja también a la anatomía cerebral que rodea a la Glándula Pineal. Observa la comparación recién mencionada, en la siguiente imagen:

Comparación del Ojo de Horus y la anatomía del recubrimiento de la Glándula Pienal (7), y la propia glándula en el centro de aquel (45).

Por lo tanto, si bien todo esto parece una mezcolanza conceptual, mitológica, esotérica, arquitectónica, anatómica y fisiológica, a continuación, podrán corroborar que no es así, y que todos ellos se relacionan entre si, y además, como si lo analizado aquí fuera poco, todos los actores se hallan en una conexión directa con la escultura denominada, "Esfera dentro de Esfera", objeto de análisis en este artículo. 
Así es queridos lectores, dicha esfera de cobre, la cual porta una gran analogía con un ojo, no habría sido puesta en el Vaticano como una simple representación de las bombas arrojadas en la segunda guerra mundial y nada mas, sino que, por el contrario, todo lo antedicho convergería en una revelación extremadamente intrigante, y a la vez muy escalofriante además, para la psique colectiva inconsciente, una verdad que aparenta ser invisible para los que no ven mas allá de sus propias narices.

Dicha esfera, cuya imagen muestro nuevamente y a continuación, estaría representando a la conciencia del si-mismo, al tercer ojo, al Kundalini Yoga, a la Glándula Pineal, a la Piña del patio del Vaticano (por eso se encuentra colocada allí), al ojo de las serpientes del Caduceo, al ojo de la serpiente del Génesis Bíblico... esta intrigante esfera, nos está recordando los inicios y orígenes reptilianos de la humanidad, sea por una completa evolución Darwinista, o por una modificación genética del ADN en los Neandertales, por las manos extraterrestres de los Anunnaki. Sea cual fuere el origen del Ser Humano, es innegable nuestra naturaleza reptiliana, naturaleza que está magistralmente representada en la esfera del Patio de la Piña, en el Vaticano... y para que todo cierre, ¿que mejor lugar para colocar dicha esfera no?

A partir de aquí, por medio de mi análisis precedente, podría estar develando un gran misterio, que hasta ahora se encuentra oculto bajo los velos de la ignorancia y de la inconsciencia. He aquí el mensaje oculto de la Esfera del Vaticano que nos hace recordar muy bien, que aquellos dioses internos, -y como algunos afirman, también externos-, todavía continúan entre nosotros, haciendo caer -o no- a la tan aceptada Teoría de la Evolución de Darwin:

Comparación de la Esfera del Vaticano ubicada en el Patio de la Piña (Glándula Pineal o tercer ojo u ojo de Horus) con un ojo de un reptil, específicamente, de una serpiente.

Una dato es seguro... el ser humano es reptil por naturaleza, y todavía porta en su psique profunda, las tiranas fuerzas del reino animal... del reptiliano... pero... ¿cual ha sido el origen mismo de esa naturaleza? ¿Fue lo que nos ha contado Charles Darwin, o lo que nos ha contado Zecharia Sitchin como resultado de sus 30 años avocado al estudio y análisis de las miles de tablillas dejadas por la civilización Sumeria? Ambos hombres invirtieron su vida entera en averiguar un posible origen -o cambios- en las especies y en la humanidad, y si bien la evolución darwiniana es evidente a todas luces, ¿quién nos dice que en el camino evolutivo hacia ser lo que hoy somos, no se introdujera una mano extra para crear una nueva especie a imagen y semejanza de ellos... de los dioses?
En Génesis 1:26, dice:
"Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra."
Entonces, ¿por qué se hace referencia a la creación del Hombre, en plural? Si Dios estaba conceptualmente constituido por un conjunto de muchos seres, es totalmente comprensible lo que indica el Génesis, y por ende, igualmente comprensible lo que nos intentó mostrar Zecharia Sitchin con sus deducciones sobre las tablillas sumerias.

Y una cosa es cierta. El ojo metálico que está en el Vaticano, constantemente se encuentra rotando 360 grados, como si estuviera mirando -respaldado por la conciencia de la Piña- en dirección a los cuatro puntos cardinales... hacia las cuatro esquinas del mundo... de un mundo esférico.


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