Con los años y con las cicatrices que deja el trato humano cuando se lo observa sin romanticismos, me he percatado de que el tiempo es un aliado silencioso para que aquello que se oculta bajo capas de cortesía, de ideología o de discurso aprendido, termine decantando hacia la superficie, porque la mente puede sostener máscaras durante un rato, pero el inconsciente no tolera la presión sostenida cuando se lo deja hablar sin interferencias, y es allí donde comienza mi verdadero método de lectura del otro, no desde lo que dice, sino desde lo que inevitablemente termina mostrando.
Desde varias décadas atrás, he puesto a prueba a quienes se aproximan con un interés que no es transparente, no como acto de defensa automática sino como ejercicio de higiene mental y espiritual, porque no todo vínculo merece ser cultivado y no toda palabra merece ser respondida, y a esa prueba interna, silenciosa y sostenida, la concibo como una forma de tensión controlada, una exposición progresiva a la ausencia de resistencia externa, en la cual el otro queda librado a su propio caudal psíquico, sin oposición directa, sin confrontación abierta, sin choque frontal. Con este procedimiento no busco humillar ni vencer, tampoco convencer ni convertir, sino que, busco observar, porque cuando no hay fricción aparente y cuando el interlocutor percibe que no está siendo juzgado ni contenido, sus impulsos comienzan a moverse con mayor libertad, y aquello que estaba reprimido por normas sociales, por miedo o por conveniencia, empieza a filtrarse entre líneas, en comentarios laterales, en insinuaciones, en tonos, en metáforas que no fueron pensadas para ser reveladoras, pero que lo son inevitablemente, y la clave está en no presionar, en no invadir, en no imponer marcos conceptuales demasiado fuertes, porque toda idea externa que se impone funciona como dique y no como cauce, y mi intención nunca fue llenar la mente ajena con mis conceptos, sino vaciarla de resistencias para que se exprese tal cual es, y en ese vaciamiento aparente se produce en el otro, una ilusión de comodidad, una sensación de amplitud que habilita a su ego a expandirse, a mostrarse confiado, incluso poderoso, y cuando esa expansión ocurre, las capas comienzan a desprenderse solas, y no por habilidad retórica sino por simple agotamiento del rol que el otro interpreta, porque sostener un personaje requiere energía, vigilancia y coherencia, y el inconsciente no entiende de coherencia sino de descarga, de pulsión, de repetición, de deseo, y cuando se siente a salvo, habla, no con palabras elegidas sino con imágenes internas que se filtran hacia el lenguaje.
Soy consciente de que muchos creen dialogar cuando en realidad están luchando por imponer una narrativa, y otros creen escuchar cuando solo esperan su turno para reafirmarse, pero muy pocos soportan el silencio estratégico, ese silencio que no confronta ni valida, sino que deja espacio, y es allí donde comienzan a emerger las verdaderas motivaciones, las fantasías de poder, los resentimientos no elaborados, la violencia latente, el goce en la dominación simbólica o imaginada, por lo que en ese terreno, la igualdad aparente cumple un rol fundamental, porque al reflejar ciertos rasgos, ciertas incomodidades o incluso ciertas emociones simuladas, se construye un puente ilusorio de identificación, y el otro siente que está frente a alguien semejante, alguien que comparte códigos, alguien que comprende, y esa percepción, la que en todas mis interacciones es genuina y respetuosa más allá de cohabitar con la prueba en si misma, abre una compuerta interna, no hacia la razón, sino que hacia aquello que normalmente se oculta por miedo al rechazo.
No se trata de engañar, en absoluto, sino que de permitir que el otro se engañe solo, porque nadie revela su núcleo si siente que será atacado, pero muchos lo hacen si creen que están siendo comprendidos, y esa comprensión aparente para el otro; pero a la par, genuina para mí, tal como lo expresé en el párrafo precedente; no necesita ser explícita, basta con no contradecir, con no corregir, con no moralizar, dejando que la conciencia se relaje y que sus barreras internas se vuelvan porosas, y en ese estado, surgen afirmaciones que no fueron pensadas para ser dichas, deseos de destrucción envueltos en metáforas, justificaciones de la violencia como acto necesario, fantasías de control absoluto, desprecio por la vida ajena presentado como realismo crudo, y todo ello aparece no porque yo lo provoque, sino porque siempre estuvo allí, en la mente del otro, esperando un contexto que no lo censure.
El poder real no se ejerce desde la amenaza explícita, sino desde la capacidad de inducir al otro a exhibirse, porque quien muestra su estructura interna pierde el dominio de su propia opacidad, y una vez que la opacidad se rompe, ya no hay retorno posible al anonimato moral, aunque el discurso intente maquillarse luego con racionalizaciones tardías.
Hay quienes creen que la fuerza reside en la capacidad de infligir daño, en la posesión de instrumentos que anulan al otro de manera inmediata, pero esa creencia es infantil y transitoria, porque todo objeto externo se degrada, se oxida, se vuelve inútil, mientras que las ideas, una vez formuladas, no pueden ser retiradas del campo simbólico, y siguen actuando incluso cuando quien las emitió ya no esté.
Por eso observo con detenimiento a quienes glorifican la destrucción como solución, porque en ese gesto no hay coraje ni convicción, sino que, una clara incapacidad de elaborar la frustración, y cuando aquella se combina con fantasías de poder, el resultado es una psique peligrosa, no por su inteligencia sino por su desconexión afectiva. Y aquí, el lenguaje traiciona siempre a quien no ha trabajado sus sombras, y no importa cuántas capas culturales se interpongan, porque tarde o temprano aparece la grieta, el exceso, la imagen innecesaria, la frase que no hacía falta decir, y es en ese desliz donde se revela la estructura profunda del sujeto, mucho más que en cualquier declaración explícita de principios.
Yo no busco redimir ni condenar, sinó que solo comprender, lo cual no implica emplear justificaciones, sino que reconocer patrones, detectar riesgos, distinguir entre quien puede transformarse y quien solo espera una oportunidad para ejercer aquello que ya decidió ser, y esa distinción no se hace desde la superficie del discurso, sino desde las pulsiones inconscientes que lo atraviesan.
Cuando alguien confunde el miedo que genera con respeto, o la intimidación con autoridad, está mostrando una pobreza interior que ningún rol social puede compensar, y esa pobreza suele ir acompañada de una necesidad constante de validación, de demostración, de exhibición de potencia, aunque sea imaginaria.
Desde mi auto-aprendizaje entiendo que las palabras no matan cuerpos, pero sí que desnudan almas, y esa desnudez semántica es insoportable para quienes han construido su identidad sobre la negación de su propia oscuridad, porque verse reflejados sin adornos los confronta con aquello que no quieren asumir, y allí aparece la agresión, la proyección, no como defensa, sino que, como huida.
Cuando la conciencia se siente liberada de la necesidad de sostener una imagen, comienza a deslizarse hacia territorios que normalmente evita, no por ética sino que por conveniencia, y es allí donde se vuelve evidente que muchos discursos morales no son más que barnices frágiles aplicados sobre estructuras internas que jamás fueron revisadas, y que solo esperan el contexto adecuado para resquebrajarse.
Existe una diferencia fundamental entre quien reprime por elección consciente y quien reprime por miedo, porque el primero puede volver sobre sí mismo y reelaborar aquello que contiene, mientras que el segundo solo acumula presión, y esa presión buscará salir a la superficie, ya sea en forma de palabras violentas, fantasías de dominio o amenazas veladas que se disfrazan de humor, de metáfora o de advertencia paternalista. Y gracias a mis constantes observaciones del contexto, -cercano y/o lejano-, he hallado evidencias de que, cuando se elimina la confrontación directa y se la reemplaza por una escucha amplia, casi pasiva, el otro comienza a sentirse dueño del espacio simbólico, y en esa ilusión de control se relaja la vigilancia interna, permitiendo que emerjan asociaciones que no fueron filtradas por la razón, asociaciones que revelan una lógica interna mucho más cruda que cualquier argumento cuidadosamente construido.
No es necesario empujar al interlocutor hacia el abismo, basta con retirar el suelo aparente para que avance solo, convencido de que domina el terreno, y esa convicción es la que precipita la caída, porque el ego se expande más rápido que la capacidad de sostener coherencia, y en ese exceso se filtra lo reprimido, no como accidente sino como necesidad.
Hay mentes que viven en un estado permanente de guerra simbólica, interpretando toda diferencia como amenaza y toda disidencia como provocación, y esas mentes no dialogan, sinó que se posicionan, no escuchan, sinó que calculan, y cuando creen haber encontrado un punto débil en un tercero, revelan sin saberlo su propio esquema interno, basado en la dominación y en el sometimiento.
La idea de poder, cuando no ha sido pensada en profundidad, se reduce a la capacidad de anular al otro, y esa reducción es un síntoma claro de empobrecimiento ético, porque quien solo concibe el poder como fuerza destructiva no ha desarrollado ninguna forma de autoridad interior, y depende constantemente de objetos externos para sentirse válido, y es justamente en ese punto, en donde aparece una paradoja interesante, porque cuanto más se exhibe la fantasía de control absoluto, más evidente se vuelve la fragilidad interna, y cuanto más se invoca la violencia como solución última, más se revela la incapacidad de sostener la complejidad del conflicto humano, que nunca se resuelve por eliminación sino por transformación. Y en medio de esas paradas semánticas que suelo hacer, me he dado cuenta que la amenaza rara vez busca cumplirse, su función principal es reinstalar jerarquías imaginarias, y cuando esa amenaza no produce el efecto esperado, el emisor queda expuesto, desprovisto de recursos simbólicos alternativos, y entonces su discurso se vuelve errático, excesivo, reiterativo, como si intentara convencerse a sí mismo de su propia potencia.
La censura interna de nuestra psique, funciona como un sistema de contención que permite la convivencia social, pero cuando esa censura se debilita sin que exista un trabajo previo de elaboración, las ramificaciones que emergen desde el inconsciente no significan autenticidad, sino que crudeza, y esa crudeza no tiene valor en sí misma, no es una verdad revelada, es simplemente lo que nunca fue pensado, lo que nunca fue consciencia sinó que un inconsciente no tan contenido, o no tan limitado por aquella. Algunas personas confunden sinceridad con brutalidad, como si decirlo todo sin filtro fuera un signo de valentía, cuando en realidad suele ser señal de inmadurez psíquica, porque pensar implica seleccionar, jerarquizar, resignificar, y quien no hace ese trabajo, aunque sea de manera imperfecta tal como nos sucede a todos, solamente descarga, no comunica, solo expulsa, en definitiva, no dialoga.
En mis constantes observaciones de la condición humana, he notado que quienes se sienten fascinados por imágenes de destrucción colectiva, por escenarios de aniquilación masiva o por relatos de poder total, no están imaginando el mundo que desean construir, sino que me muestran el vacío interno que no saben habitar, y proyectan hacia afuera una solución que nunca funcionará por adentro. Cuando el lenguaje se llena de alusiones a la muerte como argumento final, salvo en situaciones especialmente particulares, es porque la palabra ha fracasado como herramienta de sentido, y ese fracaso no es circunstancial, es estructural, y responde a una incapacidad de sostener el conflicto simbólico sin recurrir a la fantasía de eliminación del otro, pero en este punto dentro de mis miradas al comportamiento humano, la verdadera violencia no siempre se expresa en actos, sinó que muchas veces se manifiesta en la forma en que se concibe al semejante, reducido a obstáculo, a objeto, a cifra prescindible, y esa reducción precede a cualquier acción, porque nadie daña aquello que reconoce plenamente como humano.
A estas alturas de mí vida, puedo llegar a distinguir entre quien juega con el lenguaje y quien juega con la amenaza, porque el primero busca explorar sentidos, mientras que el segundo busca medir reacciones, y esa medición no suele ser inocente, ya que que solo responde a un deseo de control, de superioridad, de confirmación de una jerarquía imaginaria.
Cuando alguien introduce imágenes de sometimiento extremo en una conversación que no las requiere, está mostrando una fijación, una necesidad de dramatizar el poder, y esa necesidad suele estar anclada en experiencias no elaboradas, en frustraciones acumuladas, en heridas que nunca fueron pensadas sino que apenas cubiertas, y aquí, el silencio estratégico, en esos casos, funciona como espejo, porque al no encontrar resistencia ni aprobación, el emisor queda frente a su propio eco, y ese eco amplifica aquello que intenta ocultar, generando una escalada discursiva que termina revelando más de lo que cualquier interrogatorio podría lograr.
No es casual que quienes se sienten cómodos en escenarios de intimidación simbólica se incomoden profundamente ante la indiferencia consciente, porque la indiferencia no valida ni combate, simplemente deja al otro solo con su contenido, y esa soledad es insoportable para quien necesita constantemente ser reconocido como amenaza.
El intelecto, cuando ha sido trabajado, no busca imponerse, busca comprender, y esto implica tolerar la ambigüedad, la duda, la complejidad, mientras que la mente rígida necesita respuestas simples, soluciones finales, enemigos claros, porque solo así puede sostener su narrativa sin fragmentarse.
Aquello que se dice, una vez dicho, configura un campo que ya no puede deshacerse.
He llegado, de forma imperfecta pero perfectible, al convencimiento, de que toda palabra pronunciada con intención deja una huella, un Egregor que no puede retirarse del campo simbólico, porque una vez emitida comienza a operar más allá de la voluntad de quien la dijo, y esa operación no depende del volumen ni del tono, sino de la carga pulsional inconsciente que la atraviesa y de la estructura interna desde la cual fue formulada, porque, al fin y al cabo, las palabras no desaparecen cuando el diálogo se corta, sinó que se reconfiguran, circulan, resuenan cuáles ecos interminables, y en muchos casos regresan al emisor transformadas en consecuencias que no había previsto, porque el lenguaje no es una herramienta neutra, es una extensión de la psique, y como tal, expone aquello que no se quiso mostrar.
Quien cree que el poder reside en la capacidad de silenciar al otro no ha entendido que el silencio impuesto es frágil y transitorio, mientras que el sentido construido persiste incluso en ausencia de voz, y por eso la verdadera influencia no se ejerce desde la amenaza sino que desde la configuración del marco en el que las ideas se despliegan. Y al observar detenidamente a quienes desprecian la palabra, a quienes imponen el silencio en el otro en lugar de hacerlo constructivamente sobre sí mismos, me he percatado de que suelen hacerlo porque no confían en su propia capacidad de sostener su propia palabra, y lo anterior es clave para mí, porque hablar implica responsabilizarse de lo dicho, y esa responsabilidad pesa más que cualquier objeto externo que se pueda empuñar para compensar una carencia interna.
La permanencia del pensamiento no depende de su soporte material, sino de su coherencia interna, y una idea bien formulada puede atravesar generaciones sin perder fuerza, mientras que toda demostración de fuerza física se disuelve en el mismo instante en el que deja de ejercerse.
Existe una ilusión recurrente en creer que la intimidación genera respeto, cuando en realidad solo genera obediencia momentánea, y la obediencia forzada nunca construye legitimidad, sinó que todo lo contrario, acumula resentimiento, y ese resentimiento encuentra siempre una vía de retorno, por lo cual, quien necesita exhibir su capacidad de dañar es porque no ha desarrollado ninguna capacidad de crear, y esa ausencia se manifiesta en discursos cerrados, binarios, incapaces de tolerar la complejidad de lo humano sin reducirlo a categorías simplistas.
La mente que no se ha trabajado a sí misma busca constantemente enemigos externos, busca proyectarse en los demás, en el receptor más frágil que su ego pueda encontrar, porque el hacer lo contrario a la proyección significa enfrentarse a su propio contenido, el que que le resultará intolerable, y esa huida permanente se disfraza de convicción, de firmeza, de carácter, cuando en realidad es todo lo contrario, es miedo a la introspección, es un auto enmascaramiento de su propia debilidad de carácter.
No hay arma más frágil que aquella que depende de la obediencia del otro para funcionar, porque basta con que esa obediencia se rompa para que el poder se disuelva, mientras que la palabra, una vez sembrada, no necesita permiso para seguir actuando.
He visto cómo quienes confunden brutalidad con autenticidad terminan atrapados en un bucle de repetición, incapaces de generar algo nuevo, repitiendo los mismos gestos, las mismas amenazas, los mismos relatos, como si el mundo entero estuviera obligado a girar alrededor de su conflicto no resuelto.
La responsabilidad ética no surge de códigos impuestos, sino del reconocimiento profundo de la humanidad del otro, y cuando ese reconocimiento falta, cualquier justificación se vuelve posible, incluso las más extremas, incluso las más destructivas.
No temo a la confrontación de ideas, al contrario, la busco, porque en ella se afilan los conceptos y se depuran las posiciones de cada quien, pero rechazo la confrontación basada en la anulación simbólica o física del otro, porque allí no hay pensamiento, sinó que hay solo descarga emocional no trabajada, hay basura psíquica que intenta encontrar otro repositorio que no sea el propio que la contiene, y el dueño del mencionado contenedor de residuos psíquicos, es alguien a quién el verdadero carácter le es desconocido.
Quien ha trabajado su interior no necesita imponer silencio, porque confía en la solidez de su palabra, y quien ha integrado sus sombras no las necesita proyectar, porque ha aprendido a reconocerlas como propias.
Considero muy importante, el no olvidar jamás, que el verdadero peligro no reside en quienes expresan abiertamente su violencia, sino en quienes la normalizan, la justifican o la celebran como si fuera una virtud, porque allí la destrucción deja de ser un accidente y se convierte en un programa listo para ejecutarse, y comúnmente, y con un dejo de alta preocupación, quienes normalizan la violencia en todas sus formas, suelen ser muchos más en número, que aquellos primeros basados en la mera verborragia.
Las ideas no mueren con quienes las portan, y por eso toda expresión cargada de odio tiene un alcance que excede al instante en que fue dicha, configurando un campo egregórico que otros pueden, por desgracia, habitar, reproducir y amplificar.
No me interesa vencer ni ser vencido, sinó que me interesa revelar, porque la revelación desarma sin necesidad de confrontar, y deja al descubierto aquello que ningún rol puede sostener por demasiado tiempo.
El intelecto trabajado no es arrogante, sinó que es preciso, por lo que es incómodo para quienes viven de la confusión, debido a que pone límites en donde antes había una espesa bruma tóxica intentando escapar hacia un nuevo portador, y los obliga a hacerse cargo de lo que se dice y de lo que se es. Y en sincronía con aquel intelecto trabajado, he elegido siempre la palabra como herramienta, y no por ingenuidad, sino que por convicción, porque sé que aquello que se construye en el plano del sentido, tal como lo mencioné más arriba, no puede ser destruido por la fuerza sin destruir también todo lo que lo rodea.
Al final, la pregunta no es quién puede hacer más daño, sino que, quién puede sostener la responsabilidad de lo que pone en el mundo, porque todo acto, toda palabra y toda omisión dejan una marca, una huella, un sendero, un camino, y lo anterior nos define mucho más que cualquier objeto que podamos empuñar.




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