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26/02/2026

Una reflexión sobre el delicado entramado que sostiene a las sociedades y el peligro latente de confundir libertad con desregulación, entusiasmo con sabiduría, y cambio con verdadera evolución.

Cuando la sociedad abdica de su conciencia multidisciplinaria.

Hay momentos en la historia en los que siento que no estamos tomando decisiones: estamos reaccionando, y reaccionar, cuando se trata del destino colectivo, es una forma elegante de abdicar del pensamiento.

Me inquieta profundamente observar cómo ciertas propuestas que afectan la estructura misma del ser humano son tratadas como si fueran simples ajustes administrativos, como si la naturaleza humana fuera un experimento reversible, como si la biología, la psicología, la antropología y la historia pudieran ser suspendidas por decreto.

Cada vez que una sociedad decide modificar las reglas que regulan sus impulsos más primarios, me pregunto si ha pasado esa decisión por el tamiz de todas las disciplinas que explican lo que somos, porque no somos solamente ciudadanos, no somos solamente votantes, no somos solamente individuos con derechos abstractos, sino que, somos organismos biológicos moldeados por millones de años de selección natural, somos sistemas neuronales diseñados para sobrevivir en equilibrio precario entre placer y autocontrol, somos estructuras sociales que emergen de pactos frágiles sostenidos por normas compartidas, y cuando se altera una norma fundamental, no se altera un artículo: se altera un ecosistema humano.

Y sin embargo, con demasiada frecuencia, escucho argumentos simplificados que reducen cuestiones complejísimas a frases compasivas pero incompletas, apelando a la sensibilidad sin atravesar la estructura, invocando la libertad sin evaluar la consecuencia, hablando de inclusión sin analizar la entropía social que puede desencadenarse.

La compasión es necesaria, sí. Pero la compasión sin análisis puede convertirse en irresponsabilidad.

Charles Darwin expresó que no es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio, sin embargo, rara vez se recuerda que la adaptación no significa ceder a cualquier impulso, por el contrario, significa integrar información del entorno sin destruir la coherencia interna. Una sociedad que adapta sus normas ignorando su biología evolutiva no está evolucionando: está experimentando consigo misma sin comprender sus propios límites.

Cuando pienso, por ejemplo, en decisiones que afectan el consumo de sustancias que alteran la conciencia, no lo hago desde un juicio moral superficial, sino que desde una pregunta evolutiva: ¿Estamos fortaleciendo la capacidad adaptativa del ser humano o debilitando sus mecanismos de autorregulación? La neurociencia ha demostrado que ciertas sustancias interfieren con los circuitos dopaminérgicos, alterando el sistema de recompensa que regula la motivación, el aprendizaje y la conducta, por lo cual, el sistema que permitió a nuestros ancestros persistir frente al peligro puede ser secuestrado químicamente en cuestión de semanas.

No estamos hablando solamente de libertad individual, sino que de arquitectura cerebral, y cuando a esta se la altera masivamente en una población, la estructura social no permanece intacta, y es justo aquí en donde el pensamiento multidisciplinario se vuelve indispensable.

La antropología evolutiva nos muestra que las sociedades que prosperaron fueron aquellas que lograron regular los impulsos individuales en beneficio del grupo; la sociología nos enseña que la cohesión depende de normas internalizadas, y no así, de imposiciones externas; la medicina nos advierte sobre los efectos sistémicos y la filosofía interpela el concepto mismo de libertad. Entonces, si aislamos una sola disciplina, de las anteriores, para justificar una decisión compleja, estamos construyendo una visión miope, y la miopía colectiva tiene consecuencias.

Hay algo que me preocupa aún más que la decisión en sí: la forma en que se la justifica.

Cuando se instala una narrativa simplificada, repetida con insistencia hasta volverse incuestionable, no estamos ante un debate: estamos ante un fenómeno psicológico de repetición. Ya lo advertían antiguos pensadores: la reiteración constante moldea percepciones, incluso cuando el contenido no ha sido analizado críticamente. La mente humana, sometida a estímulos repetidos, tiende a normalizar lo que oye, por lo cual, lo normalizado deja de ser cuestionado.

El problema no es solo la sustancia, es la metodología cognitiva con la que la sociedad procesa la información.

Si una cultura pierde la capacidad de someter sus decisiones al crisol de múltiples disciplinas, comienza a operar bajo impulsos emocionales colectivos, y cuando las emociones reemplazan al análisis integral, la regresión se disfraza de progreso.

Aristóteles sostenía que la virtud se encuentra en el justo medio, ya que los extremos, decía, son desviaciones, y La historia parece confirmarlo: los extremos ideológicos tienden a simplificar la realidad hasta volverla binaria, eliminando la complejidad que caracteriza al ser humano. Ni la represión absoluta ni la permisividad absoluta han demostrado ser soluciones estables en el largo plazo, ya que los sistemas con características extremas, de cualquier signo, tienden a absolutizar principios parciales, y cuando ello sucede, se sacrifica lo integral.

Lo que me inquieta no es solo una política concreta, sino que la tendencia a abandonar el equilibrio en favor de la tentación permanente de elegir bandos en lugar de integrar perspectivas.

El ser humano no es lineal, sino que es sistémico.

La economía, por ejemplo, no puede analizarse sin la psicología, la psicología no puede desligarse de la biología, la biología no puede separarse de la evolución, y la evolución no puede entenderse sin el entorno social, y cuando una sociedad toma decisiones ignorando esta interdependencia, corre el riesgo de debilitar su propia base adaptativa.

A lo largo de mi vida, he aprendido que todo sistema que pierde coherencia interna comienza a fragmentarse, tal como lo he visto en estructuras tecnológicas, en organizaciones, en proyectos humanos, etcétera, es decir que, a mi entender, la fragmentación precede al colapso, y esa fragmentación comienza cuando dejamos de pensar en red, con lo cual, si promovemos decisiones sin evaluar sus efectos en la estructura familiar, en la motivación laboral, en la educación, en la salud mental y en la cohesión social, estamos operando con una visión parcial del ser humano.

El resultado no es inmediato, pero la entropía no da aviso de su llegada, y va avanzando silenciosamente hasta que el sistema pierde coherencia, y el desorden se apodera de la realidad como una ola gigantesca golpeando la tierra.

Quizás el mayor error de nuestra época sea confundir libertad con ausencia de límites, sin embargo, toda forma de vida prospera dentro de márgenes regulados, incluso las células tienen membranas, e incluso, las galaxias obedecen leyes gravitacionales.

El límite no es opresión: es crear estructura, porque sin ella no hay evolución posible.

Cuando abandono el análisis partidario y observo el fenómeno en abstracto, veo algo más profundo: la tendencia humana a polarizarse, a elegir extremos, a simplificar la complejidad hasta hacerla manejable emocionalmente, pero la realidad no es tan simple, sino que es compleja, interconectada y frágil.

Si decidimos alterar una variable crítica del sistema humano sin estudiar su impacto total, estamos actuando como aprendices en un laboratorio que no comprende completamente su propio experimento.

Y el experimento somos nosotros.

La seducción de los extremos y la arquitectura invisible de la decadencia.

Si algo he aprendido observando la historia humana —y también observándome a mí mismo— es que las sociedades rara vez se destruyen de manera abrupta; se erosionan lentamente, casi con elegancia, convencidas de que están avanzando mientras retroceden, y esa involución no suele presentarse con un rostro siniestro, sino que mediante un lenguaje amable.

El peligro no siempre se anuncia como peligro, y hasta hay veces que se disfraza de solución, y es justamente allí en donde la falta de pensamiento multidisciplinario se convierte en el terreno fértil para la autodestrucción colectiva.

Cuando una comunidad empieza a tomar decisiones estructurales basándose exclusivamente en una emoción dominante —sea compasión, miedo, resentimiento o entusiasmo ideológico— comienza a desactivar su mecanismo interno de equilibrio. La emoción no es enemiga; es necesaria, pero la emoción sin razón integradora es combustible a la deriva. Y creo que todos hemos visto cómo los extremos, de cualquier signo, seducen con una promesa de claridad sorprendente, debido a que todo extremo ofrece un mapa simple para un mundo complejo, dividiendo la realidad en buenos y malos, en víctimas y opresores, en liberadores y reaccionarios, y esa simplificación otorga una sensación inmediata de orden. Pero, lo anterior, es un orden artificial.

Heráclito mencionó que la armonía invisible es más fuerte que la visible. Esa armonía invisible es el entramado de relaciones que sostienen a una sociedad: normas implícitas, valores compartidos, límites consensuados, responsabilidades mutuas, pero cuando se tensan esos hilos sin comprender su función, la ruptura no ocurre en el discurso: ocurre en la estructura.

Una sociedad que pierde su centro gravitacional comienza a oscilar entre polos cada vez más radicales, y en ese vaivén, el equilibrio se convierte en sospecha, la moderación se interpreta como tibieza y el análisis profundo se caricaturiza como indecisión.

Debemos comprender que la centralidad no es debilidad, sino que simple madurez evolutiva.

En biología, los sistemas estables son aquellos que logran la homeostasis, es decir, un estado de regulación interna frente a estímulos externos. Por ejemplo, un organismo que reacciona exageradamente a cada estímulo termina colapsando y lo mismo ocurre con las sociedades, por lo cual, cuando una cultura reacciona a problemas reales con soluciones desproporcionadas, está imitando el comportamiento de un sistema inflamado, y esa inflamación prolongada termina dañando el tejido completo.

Pienso entonces, en el concepto de capital, no solo como recurso económico, sino como energía acumulada. Capital es tiempo transformado en valor, es esfuerzo cristalizado, es intercambio voluntario, es confianza convertida en progreso, etcétera, por lo que el negar la función estructural del capital en la evolución humana es desconocer que nuestra especie prosperó gracias a la acumulación y transmisión de recursos, conocimientos y herramientas, desde las primeras herramientas líticas hasta los sistemas digitales, el capital —material e inmaterial— ha sido el vector de expansión adaptativa.

Pero cuando el capital se absolutiza sin ética, degenera, y cuando se lo demoniza sin comprensión, paraliza, y como sabemos y en demasía creo yo, los extremos ideológicos tienden a caer en una de esas dos distorsiones: o lo convierten en ídolo absoluto, o lo declaran enemigo intrínseco. Vemos entonces, que en ambos casos, el análisis se empobrece.

La evolución humana no fue lineal ni pura; fue híbrida, pragmática, adaptativa. Nuestra especie sobrevivió no por adherirse a doctrinas rígidas, sino que lo hizo por integrar información diversa y ajustar conductas según el contexto, y por eso es que me preocupa la rigidez doctrinaria, ya que toda ideología extrema, sin excepción, tiende a simplificar el fenómeno humano hasta convertirlo en una caricatura, y cuando se gobierna desde caricaturas, las políticas se vuelven experimentos sobre cuerpos reales.

Como vemos, el problema no es discrepar, sino que es absolutizar.

Cuando el pensamiento crítico es reemplazado por consignas repetidas, se activa un fenómeno psicológico colectivo: la sugestión social. Gustave Le Bon, al analizar la psicología de las masas, observó que el individuo dentro del grupo pierde parte de su capacidad analítica y adopta la emoción que es más dominante dentro de ese grupo, no siendo esto es un defecto moral; mas bien, es una propiedad cognitiva. Por eso, cuando se repiten narrativas simplificadas hasta saturar el espacio público, se altera el procesamiento colectivo de la información, no importando tanto el contenido inicial, sino que su reiteración.

Una idea repetida mil veces adquiere apariencia de evidencia, y así, decisiones complejas terminan siendo aceptadas sin haber atravesado el análisis interdisciplinario que merecen.

Lo que más me inquieta no es la existencia de propuestas discutibles; eso siempre existirá, sino que, lo que realmente me inquieta es la falta de exigencia intelectual por parte de la ciudadanía.

El voto, por ejemplo, no debería ser una reacción emocional, todo lo contrario, por lo que debería ser un acto de integración cognitiva, y en esta vía, cuando voto —o cuando apoyo, o cuando rechazo— debería haber pasado previamente por la antropología, por la biología, por la economía, por la ética, por la historia comparada, etcétera, no como experto en todas ellas, sino como ciudadano consciente de que ninguna disciplina por sí sola contiene la totalidad del fenómeno humano.

Si una decisión favorece un impulso inmediato pero debilita la estructura evolutiva a largo plazo, ¿es progreso o es regresión evolutiva? La regresión evolutiva no siempre implica retroceder tecnológicamente, sino que a veces implica retroceder en madurez moral, en autocontrol, en responsabilidad, y la responsabilidad es el núcleo de la libertad, porque sin responsabilidad, la libertad se convierte en libertinaje, y el libertinaje erosiona la confianza, y sin la confianza, ningún sistema social perdura, porque el tejido social no se sostiene solamente con leyes; se sostiene con internalización de normas. Cuando la norma pierde legitimidad moral, se convierte en formalidad vacía.

Me pregunto entonces si estamos dispuestos a examinar nuestras decisiones con total honestidad, si estamos dispuestos a admitir que algunas propuestas, aunque atractivas en apariencia, pueden contener efectos colaterales invisibles que solo se revelan cuando el daño ya está hecho. Y como sabemos, la historia está llena de ejemplos de civilizaciones que adoptaron prácticas autodestructivas creyendo que eran innovaciones liberadoras.

La diferencia entre innovación y decadencia radica en el análisis profundo, pero he aquí que el análisis profundo requiere humildad intelectual para reconocer que ninguna ideología posee la totalidad de la verdad, para aceptar que el ser humano es un sistema complejo y que cualquier intervención en ese sistema debe ser evaluada desde múltiples ángulos, pero, cuando esa humildad desaparece, surge la arrogancia doctrinaria, lo cual es el preludio de la fragmentación.

No le temo al debate., sino que le temo a la simplificación, porque la simplificación es el primer paso hacia la polarización, y la polarización es el caldo de cultivo de decisiones que sacrifican el largo plazo por la gratificación inmediata.

Si no recuperamos la capacidad de centralizarnos —no en el sentido geográfico, sino epistemológico— seguiremos oscilando entre extremos que prometen redención mientras erosionan la coherencia.

El centro no es neutralidad pasiva, sino que más bien es integración activa, y sin integración activa, la evolución se detiene.

El espejo evolutivo y la responsabilidad de no abdicar.

Cuando intento mirar todo esto sin pasión partidaria, sin nombres propios, sin coyunturas específicas, lo que aparece ante mí no es un conflicto político: es un espejo evolutivo, y el espejo no juzga; refleja. Refleja nuestra tendencia a buscar soluciones rápidas para problemas estructurales, refleja nuestra inclinación a simplificar lo complejo para no tener que atravesar el esfuerzo cognitivo que implica comprenderlo, refleja también nuestra fragilidad como especie cuando olvidamos que somos, antes que nada, un sistema biológico-social en permanente equilibrio inestable.

Cada generación cree estar inaugurando una nueva era, y en cierto modo es cierto, pero también es cierto que cada generación hereda estructuras que no puede modificar impunemente sin pagar consecuencias sistémicas.

La libertad humana no es absoluta; está inscripta en una arquitectura evolutiva. Podemos elegir, sí, pero no podemos elegir las consecuencias.

Si promovemos prácticas que alteran masivamente la motivación, la disciplina, la percepción del riesgo o la estructura familiar, no estamos realizando un simple ajuste cultural; estamos modificando variables profundas del comportamiento colectivo, y a sabiendas de lo anterior, toda variable profunda, cuando es alterada, exige un análisis profundo.

La antropología nos muestra que las culturas que prosperaron fueron aquellas que lograron canalizar los impulsos humanos hacia fines constructivos, y no así, las que los desregularon sin estrategia, ni las que los reprimieron hasta la asfixia, por lo que en este punto, el equilibrio, nuevamente, aparece como principio.

Sigo pensando entonces, en el concepto de centralidad, no como tibieza, sino que como un punto de convergencia, de manera tal, que se pueda integrar lo mejor de cada enfoque sin caer en la idolatría de ninguno, porque, como ya es de alto conocimiento, los extremos, sean del signo que sean, comparten una característica estructural, y que es la de convertir una parte en totalidad, y cuando una parte tiende a ocupar el lugar del todo, el sistema pierde proporcionalidad hasta el colapso, y como es lógico, al menos para mi, aquella proporcionalidad es clave en la evolución, y lo vemos a diario, como por ejemplo en biología, el crecimiento desproporcionado de una célula es una patología, y en sociología, el crecimiento desproporcionado de una idea puede ser igualmente disruptivo.

No estoy afirmando que toda reforma sea negativa, lo cual sería absurdo porque la humanidad ha progresado gracias a reformas audaces, pero las reformas que realmente han sido exitosas, fueron aquellas que comprendieron la complejidad del sistema sobre el cual intervenían. Las reformas fallidas, en cambio, fueron impulsadas por entusiasmo ideológico sin un análisis transversal.

Hay algo que considero innegociable: el pensamiento multidisciplinario no es lujo académico; es requisito de supervivencia.

Cuando debatimos temas que afectan la estructura psíquica y biológica del ser humano, debemos consultar no solo a juristas o economistas, sino también a médicos, neurocientíficos, antropólogos, historiadores, filósofos, etcétera, y aun así, debemos mantener prudencia, porque, en definitiva, la prudencia no es cobardía; es inteligencia humana aplicada al largo plazo, pero, el problema es que el largo plazo no genera aplausos inmediatos, y vivimos en una cultura que premia lo inmediato.

Las sociedades pueden intoxicarse no solo con sustancias, sino con narrativas que prometen liberación sin esfuerzo, prosperidad sin estructura, igualdad sin responsabilidad, progreso sin capital, libertad sin límites.

Pero la realidad tiene leyes, incluso cuando intentamos ignorarlas.

El capital —entendido como acumulación de valor generado por trabajo y creatividad— es uno de esos elementos estructurales, no como fetiche, no como dogma, sino como herramienta evolutiva porque desde que el ser humano comenzó a intercambiar excedentes, el capital permitió especialización, innovación y complejidad creciente.

Sin acumulación, no hay inversión. Sin inversión, no hay desarrollo. Sin desarrollo, la evolución cultural se estanca.

Pero el capital requiere ética, y la ética requiere responsabilidad individual, pero, cuando delegamos toda responsabilidad en estructuras externas, debilitamos la agencia personal, y una sociedad compuesta por individuos que abdican de su agencia es una sociedad vulnerable a cualquier narrativa dominante, y es justo aquí es donde el espejo se vuelve incómodo.

No basta con señalar a quienes toman las decisiones, por lo que debemos preguntarnos, ¿por qué esas decisiones encuentran terreno fértil?, ¿qué vacíos culturales permiten que propuestas simplificadas se conviertan en consensos? Tal vez aquel vacío sea la falta de educación interdisciplinaria, o tal vez sea la pérdida de pensamiento crítico, o tal vez sea el cansancio colectivo. Sea cual fuere la causa, el resultado es el mismo: decisiones adoptadas sin atravesar el crisol del análisis integral.

Y entonces me pregunto: ¿qué significa realmente evolucionar?, ¿es simplemente avanzar tecnológicamente?, ¿es multiplicar dispositivos y velocidad?, ¿o es fortalecer nuestra capacidad de autorregulación, de discernimiento y de integración de saberes? Si la evolución biológica nos dotó de corteza prefrontal para inhibir impulsos y planificar a largo plazo, ¿no deberíamos usarla colectivamente?

Por lo tanto, me veo en este punto, pensando que el verdadero progreso no es desmantelar límites sin comprender sus funciones, sino que es rediseñarlos con conciencia sistémica, ya que, cuando una sociedad elimina un límite sin sustituirlo por una estructura más sofisticada, no está avanzando, sino que está regresando a estadios menos complejos de organización, y la regresión no siempre se percibe como tal, ya que puede sentirse como liberación, pero la liberación sin estructura es desorden, y el desorden sostenido erosiona la confianza, y sin confianza, la cooperación se debilita, y sin cooperación, la civilización retrocede.

He llegado a la convicción de que el mayor peligro para nuestra especie no proviene de una ideología específica, sino de la incapacidad de integrar perspectivas, porque como es lógico intuir, la fragmentación cognitiva precede a la fragmentación social, y cuando dejamos de pensar en red, cuando abandonamos el enfoque multidisciplinario, cuando sustituimos análisis por consignas, estamos sembrando condiciones para la involución.

La historia nos muestra que la humanidad ha atravesado épocas oscuras y ha salido de ellas. Siempre han habido fuerzas que empujan hacia la centralización integradora y fuerzas que empujan hacia la polarización destructiva. La pregunta correcta no es: ¿qué fuerzas existen?, sino que, la pregunta acertada es: ¿cuál alimentamos?

No creo en soluciones absolutas, sino que en equilibrios dinámicos, en la capacidad humana de corregir rumbos cuando el análisis supera a la pasión, pero esa corrección exige algo incómodo: ser conscientes de que cada uno de nosotros es responsable de exigir pensamiento profundo antes de apoyar cualquier transformación estructural. No basta con sentir, no basta con adherir, no basta con reaccionar, por lo que debemos pensar multidisciplinariamente, debemos preguntarnos, ante cada decisión colectiva: ¿fortalece nuestra capacidad adaptativa como especie?, ¿refuerza nuestra arquitectura moral y biológica?, ¿aumenta nuestra coherencia sistémica? Si la respuesta es ambigua, la prudencia debería prevalecer, y no desde el miedo, sino que desde la conciencia, porque la luz hacia la que aspiramos como humanidad no es una promesa mística ni un eslogan; es el resultado de millones de decisiones coherentes alineadas con nuestra naturaleza evolutiva.

Y si olvidamos eso, el espejo nos lo recordará, y no como castigo, sino como consecuencia.


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