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02/12/2025

Hay momentos, en que el presente pareciera manifestarse como una candela autosuficiente, como si bastara con enunciar que “estamos aquí” para justificar la totalidad del sentido. Sin embargo, a medida que voy recorriendo ese mismo presente con la mirada abierta —esa mirada que uno pule a fuerza de exploración interior— advierto que el “aquí-ahora” sólo se sostiene si tiene raíces en una interioridad trabajada, viva, despierta. Sin ese sostén silencioso, el tiempo que habitamos se vuelve un escenario frágil, un temblor que podría desmoronarse ante la mínima distracción de la conciencia. Y aunque intento no ceder al pesimismo fácil, a veces me cruzan dudas que no provienen de elucubraciones casuales, sino de años observando al ser humano, incluyéndome por supuesto, en cuanto a nuestro devenir, nuestras luces y nuestros abandonos.

Porque lo cierto es que algo se ha debilitado en la humanidad: ese impulso original de girar la mirada hacia dentro, ese antiguo gesto que antaño era la columna vertebral de civilizaciones enteras y hoy parece diluirse en la saturación de superficialidades. Lo noté con claridad al leer ciertos pasajes de Plotino y recordar cómo él insistía en que “el alma debe regresar a sí misma para conocer su propia altura”. Y es justamente eso lo que veo menguar: el retorno al sí-mismo, la decisión firme de descender a las raíces del propio ser. Sin esa práctica, sin ese hábito milenario de confrontarse con el propio interior, aparece en mí una inquietud legítima: ¿qué clase de humanidad estamos forjando si cada vez menos personas sostienen esa disciplina ontológica que garantiza el progreso, la ética y la lucidez colectiva? Y me sigo preguntando entonces, si no estaremos caminando hacia un porvenir donde los seres humanos, sin ese eje interno, nos volvamos apenas reflejos rotos de un Yo que nunca llegaron a conocer. Y cuando esa pregunta es respondida, surge otra: ¿quién nos cuidará de nuestra propia deriva? En ese punto, mi respuesta interna —la respuesta que surge desde la integración de mis lecturas, mis caminos simbólicos, mis prácticas creativas y mi propia historia— encuentra un asidero particular en aquellas instituciones que han atravesado siglos y continúan ahí, como guardianas que sostienen saberes estructurales sobre el alma, la ética, el símbolo y el sentido.

Lo he pensado muchas veces: quizás esas instituciones que sobreviven al paso del tiempo sean justamente las que puedan volver a enseñar a las personas a descender a su centro, como quien emprende un viaje hacia las capas más ocultas del magma interior. Julio Verne, en aquel viaje fabuloso que tanto nos inspiró de niños, hablaba de “bajar al corazón de la Tierra” como quien atraviesa puertas sucesivas del misterio. Y algo así, pero hacia adentro, es lo que cada individuo debería realizar: una travesía hacia la cámara más íntima de sí mismo, hacia ese punto de convergencia simbólica donde Jung situó la Rosa interior, la isla en medio del océano psíquico donde reside la identidad profunda. Y cuando pienso en esos símbolos —la Rosa, el centro, el descenso, la luz que brota desde el fondo de uno mismo— me doy cuenta de que no son metáforas aisladas; son herramientas arquetípicas, mapas interiores que se repiten en culturas separadas por siglos y geografías. Y siempre han cumplido la misma función: recordarnos que la individuación es un proceso que nadie puede hacer por nosotros, pero que muchos necesitan aprender de otros antes de poder hacerlo solos. Por eso creo que estas estructuras milenarias pueden —todavía— guiar a los seres humanos hacia ese retorno imprescindible al propio núcleo, evitando que nuestra especie quede a la intemperie espiritual, desprovista de dirección. Y en mi caso, nunca necesité, que esas instituciones me enseñaran el camino interno, porque desde niño seguí otros métodos, otros pasadizos, otros umbrales. Mis maestros fueron los libros —miles, literalmente— que fui devorando desde que alcancé las primeras letras. Cada uno me abrió puertas, me ofreció espejos, me entregó símbolos que aún hoy son inolvidables. Y en ese largo recorrido se sumaron mis propias disciplinas: la programación y las matemáticas, que entrenaron mi lógica; la música, que abrió espacios emotivos y vibracionales; la escritura, que me permitió convertir el pensamiento en forma; y la ciencia, que me ofreció un marco para ordenar mi visión del mundo. Todo eso construyó en mí una vasija capaz de contener y transformar conocimiento. Pero siempre me pregunto qué ocurre con quienes no entrenan esa vasija, con quienes no llenan su mente de conocimiento ni permiten que la creatividad fluya hacia afuera, hacia la realidad. ¿Cómo llegan al centro de sí mismos? ¿Cómo establecen ese diálogo interior que, para mí, nunca dejó de ser el eje de mi vida? En ellos pienso cuando confío, quizás con un dejo de esperanza obstinada, en que las instituciones que sobrevivieron a imperios, guerras y ciclos civilizatorios, puedan seguir enseñando el arte de la introspección, de la disciplina interior, del determinismo ético-ontológico, aun cuando muchos crean haberlo olvidado.

A veces me detengo a pensar en la magnitud de lo que implica mirar hacia dentro, no como un acto ocasional, sino como una práctica sostenida, metódica, casi ritual. Porque si hay algo que la época actual ha erosionado es justamente la constancia introspectiva. El ruido exterior se volvió una tormenta permanente, una marea que empuja a las personas lejos de su propio eje, lejos de ese recinto interno donde se procesa la experiencia, donde se comprende el sentido, donde el individuo nace verdaderamente. Y no puedo evitar sentir que, si esa tendencia continúa, la humanidad corre el riesgo de olvidar su propio lenguaje interior, del mismo modo que algunas civilizaciones perdieron la clave de sus jeroglíficos. Cuando esa pérdida ocurre, no desaparecen solo las palabras: desaparece también la memoria del espíritu que las pronunció.

En esos momentos, pienso en los antiguos filósofos griegos —en particular Heráclito— cuando hablaba del “logos interno”, el fuego invisible que ordena lo humano desde adentro. Aquellos hombres, aun sin la tecnología que hoy nos deslumbra, comprendían la importancia de la autorreflexión como pilar fundamental para la vida ética. Hoy, en cambio, el exceso de estímulos digitales parece haber apagado esa fogata íntima, y muchos caminan en piloto automático sin advertir la desconexión progresiva entre su actuar y su esencia. Y entonces, inevitablemente, vuelve la pregunta que me ronda hace años: ¿en qué nos convertimos cuando el puente entre el ser y el comprender se debilita hasta casi romperse? Por lo que, a medida que profundizo en esto, me doy cuenta de que la respuesta no es sencilla. Pero sí sé que esa brecha solo puede cerrarse mediante un retorno voluntario al propio núcleo. Ese retorno —ese descenso iniciático hacia el abismo interior donde uno se redefine— es lo que las viejas tradiciones siempre enseñaron bajo distintos nombres. Los alquimistas lo llamaban la obra al negro o Nigredo, la primera etapa en la que la materia prima del alma se disuelve en la oscuridad para ser reformada. Los místicos cristianos hablaban de la noche del espíritu, y los taoístas, del regreso al “valle interior”. Todos coincidían en un mismo punto: sin atravesar ese proceso no hay crecimiento, ni iluminación, ni estabilidad ética real.

Quizás por eso he insistido tantas veces, incluso en mis escritos, en la necesidad de que cada persona pueda detenerse, aunque sea por un instante, para observarse en profundidad. Porque quien no lo hace se queda sin brújula, sin centro, sin mapa. Y cuando un ser humano pierde su centro, deja de gravitar sobre sí mismo y pasa a gravitar sobre las fuerzas externas, que rara vez tienen la delicadeza de cuidar su integridad interior. De ahí nace mi inquietud por el porvenir de la especie cuando veo que cada generación parece practicar menos el arte del recogimiento interior. No es un temor apocalíptico de mi parte, sino una advertencia que surge de una observación prolongada, casi científica, de la condición humana.

Lo digo desde la humilde experiencia, porque toda mi vida fue, de una u otra forma, un laboratorio en donde puse a prueba mis límites internos. La lectura casi obsesiva desde la infancia, las noches en vela desarmando código, los años sumergido en la música, el esfuerzo silencioso de escribir libro tras libro, todo eso se convirtió en una especie de cartografía interior. Y cada vez que lograba comprender algo nuevo sobre mí mismo, aparecía también un puente para comprender mejor a los demás.

La introspección no solo revela a quien la practica; también ilumina el mundo que lo rodea. Quizás por eso siento que aquel determinismo ético-ontológico que menciono, no es una idea abstracta, sino una herramienta concreta que puede transformar sociedades enteras si se la enseña correctamente.

Ahora bien, cuando veo que muchos no cuentan con estas herramientas —ya sea por falta de guía, por apatía, o por simple desconocimiento— no pierdo la esperanza de que las instituciones antiguas sigan cumpliendo su papel. No me refiero a instituciones en el sentido burocrático, sino a aquellas estructuras que cargan sobre sí, miles de años de saber experiencial, simbólico, ritual. Ellas han preservado el arte de mirar hacia adentro incluso en épocas donde hacerlo era peligroso. Quizás sean, todavía hoy, las que pueden recordar a las masas que el viaje hacia el propio centro no es un lujo filosófico, sino una necesidad evolutiva.

Y vuelvo siempre, de manera casi inevitable, a la metáfora del descenso hacia el “Centro de la Tierra”. No porque sea simplemente evocadora, sino porque condensa maravillosamente la psicología de la profundidad: el calor, la presión, las capas sucesivas, el peligro, la maravilla. Es un símbolo perfecto para explicar que conocerse a uno mismo no es un ascenso etéreo hacia lo alto, sino un descenso firme hacia las raíces donde se ocultan los cimientos del ser. Jung lo expresaba con la claridad que solo él podía: “Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad”. Esa frase la llevo conmigo desde hace años, como brújula y como advertencia. Y me resulta inevitable vincular esa frase con la de Verne y con mi propio recorrido interior. Porque, de alguna manera, siempre he sentido que mi vida fue una combinación de ambos espíritus: el explorador que desciende a lo profundo y el pensador que busca comprender los símbolos que halla en el descenso. Por eso sigo confiando en que es posible que la humanidad —aun en medio de la dispersión generalizada— pueda encontrar nuevamente el camino hacia su núcleo. Pero sé también que ese hallazgo no acontece de manera espontánea: requiere maestros, requiere prácticas, requiere voluntad y, sobre todo, requiere un lenguaje que despierte la memoria de lo que hemos sido y de lo que podemos volver a ser.

Hay algo que siempre me llamó la atención cuando observo los movimientos de la historia humana: cada vez que una civilización se alejó de su propio centro simbólico, terminó atravesando un período de fragmentación. No es casualidad que pensadores como Mircea Eliade insistieran en la importancia del “retorno al origen” como mecanismo esencial para recomponer la identidad colectiva. Cuando el ser humano se desconecta de su raíz espiritual —o incluso de su raíz psicológica profunda— pierde la coherencia interna que permite sostener el mundo exterior. Esa coherencia es la que diferencia a una comunidad viva de una masa desorientada.

Hoy, más que nunca, siento que nuestra época oscila peligrosamente cerca de aquella desorientación.

Esa preocupación no nace de un catastrofismo vacío, sino de décadas observando la condición humana como si fuera un humilde laboratorio abierto. Desde mi propia vida, desde mis lecturas, desde mis prácticas creativas tales como este escrito, mis dibujos o mis composiciones musicales, y ni hablar desde los sistemas que programé, siempre vi un patrón común: cuando una estructura no se revisa a sí misma, se corrompe; justo lo que le sucedería a este escrito, y como a los demás, que los reviso una y mil veces antes de publicarlos, para que el producto final esté "Sin Cera". Lo he visto en organizaciones, en proyectos, en códigos fuente, y lo he visto también en personas. El no revisarse equivale a un abandono del ser. A veces siento que si cada individuo pudiera dedicar aunque sea unos minutos diarios a revisar su estado interior, la sociedad entera comenzaría lentamente a sanar, como un organismo complejo que manifiesta reminiscencias de un arcaico proceso destinado a regenerarse.

Y ahí aparece una dimensión que me interesa especialmente: la responsabilidad personal en la construcción del futuro colectivo. Porque, si bien confío en las instituciones milenarias que actúan como guardianes del conocimiento profundo, sé que su tarea no sustituye la tarea individual. Ellas pueden señalar el camino, ofrecer símbolos, transmitir rituales, conservar tradiciones. Pero nadie puede caminar por uno. Ese camino es exclusivamente personal, y es en ese trayecto donde uno se encuentra con sus luces, con sus sombras, con sus limitaciones y con su propio potencial. Tal como decía Marco Aurelio: “La vida del Hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella”. Una frase que sigue siendo una advertencia y una invitación al mismo tiempo.

Cuando pienso en este vínculo entre introspección y destino humano, puedo ver claramente cómo ambas dimensiones se mezclan en una urdimbre semántica. La introspección da forma al individuo, y el individuo da forma a la historia. No al revés. La historia es consecuencia de lo que el ser humano es capaz de manifestar desde su interior hacia el exterior. Por eso me preocupa que las nuevas generaciones —crecidas en un entorno de gratificación instantánea y atención fragmentada— practiquen cada vez menos el arte de observarse.

Sin aquella práctica, el ser humano pierde profundidad, pierde sentido, pierde dirección. Y sin dirección, todo proyecto colectivo se vuelve frágil, como una construcción sin cimientos.

Recuerdo que en mis épocas más intensas de lectura, cuando devoraba libros como quien respira, comencé a notar que la mente tiene una forma particular de expandirse cuando se la alimenta correctamente. Es como si la vasija de la que tantas veces hablamos se volviera más elástica, más receptiva, más capaz de contener complejidades sin quebrarse. Y no solo eso: también empecé a notar que lo leído se reorganizaba por sí mismo, generando conexiones nuevas, creativas, inesperadas. Ahí comprendí que el conocimiento no es solo acumulación, sino transformación. Y quien no transforma su conocimiento hacia afuera —a través del arte, la escritura, la música, la creación técnica— termina estancándose. Por eso siempre consideré fundamental el equilibrio entre ingresar y egresar información. Llenarse sin descargar vuelve pesada el alma; descargar sin llenarse la vuelve vacía. Ese equilibrio es, de alguna forma, una ley natural de la vida interior. Y creo que es justamente esa ley la que, si se enseñara correctamente a nivel masivo, permitiría que millones de personas pudieran encontrarse a sí mismas sin la necesidad de atravesar crisis profundas.

El autoconocimiento, cuando se lo practica con constancia, evita gran parte del sufrimiento innecesario. Porque uno ya no camina a ciegas: camina sabiendo dónde pisa.

No puedo evitar imaginar una sociedad en donde cada persona tenga acceso a estas herramientas de introspección desde la infancia. Una sociedad en donde, además de memorizar datos vacíos se enseñe a los niños a descender hacia su propio centro, a explorar sus emociones, sus pensamientos, sus contradicciones, sus talentos. Si eso ocurriese, el planeta entero cambiaría de forma en un lapso sorprendentemente corto. No harían falta revoluciones violentas ni grandes movimientos políticos; la transformación vendría de adentro hacia afuera, como siempre ocurre en los procesos verdaderamente duraderos. Porque nada que no nazca del interior puede sostenerse demasiado tiempo en el exterior.

Me pregunto a veces si esta visión mía es demasiado utópica, o si en realidad es simplemente una posibilidad que aún no sabemos activar. Pero cuando veo la continuidad milenaria de ciertas instituciones que mencioné antes, y cuando pienso en todo lo que ellas lograron preservar incluso en épocas de oscuridad total, me digo que no, que la posibilidad está ahí, latente. Lo estuvo siempre. El desafío no es inventarla, sino reactivarla. Y para eso se necesita voluntad colectiva, pero sobre todo, individuos que sean ejemplos vivientes de lo que el ser humano puede llegar a ser cuando se conoce a sí mismo en profundidad.

Hay momentos en los que siento que el verdadero viaje humano recién comienza cuando uno comprende que no está caminando hacia afuera, sino hacia adentro. Esa revelación, tan simple en apariencia, cambia por completo la arquitectura de la existencia. Todo lo que antes parecía ruido se vuelve enseñanza; todo lo que antes parecía caos se reorganiza como un mandala silencioso. Y en ese instante, en esa breve chispa de claridad, se entiende que no es el mundo el que debe ordenarse primero, sino uno mismo. Porque el orden interior proyecta su luz hacia afuera, mientras que el desorden interior oscurece incluso los días más luminosos. Y es justamente ese principio —tan antiguo como el hermetismo y tan válido hoy como en cualquier era pasada— es el que me impulsa a insistir en la importancia de la introspección como el eje fundante del porvenir humano. No es nostalgia ni romanticismo, es observación. Lo veo en mi propia vida, en mis libros, en mi música, en mis proyectos técnicos, en mis estudios, en los sistemas que programo, en mi forma de leer el mundo... y en mis silencios.

Cuando me aparto de mí mismo, todo se desarticula. Cuando regreso a mi centro, manteniendo tanto la Verticalidad como la Horizontalidad, todo mi Templo interior recupera sentido. Es una ley tan clara que a veces sorprende que no haya sido adoptada como base del pensamiento moderno.

Suele decirse que el ser humano se perdió en la complejidad de sus propios inventos, y quizás haya algo de cierto en esa sentencia. Pero también creo que en medio de toda esta tecnología creciente —que observo con cariño y con criterio, incluso desde mi lugar de programador de casi cuatro décadas— existe la posibilidad de un renacimiento interior. Nunca la especie humana tuvo tantas herramientas para reflejarse a sí misma, para registrar sus propios pasos, para mirarse al espejo de su mente con una honestidad que antes era difícil de sostener. 

Y paradojalmente, nunca tuvimos tanta facilidad para encontrarnos como ahora; el problema es que la mayoría no sabe qué buscar.

Si cada persona supiera que dentro de sí, vive un “Centro de la Tierra”, como aquel que imaginó Verne, un núcleo ardiente donde se reúnen los signos de su propia historia, entonces la existencia entera adquiriría otro significado. No se viviría para sobrevivir, sino para comprender. No se lucharía solamente para ascender, sino para desplegar la esencia, las alas de la Vara de Hermes. Y esa esencia —que Jung llamó el Sí-Mismo— no es una abstracción filosófica, sino una realidad psicológica tan concreta como el latido del corazón. Cuando uno la encuentra, la vida deja de sentirse como un laberinto y comienza a experimentarse como un camino espiralado hacia lo alto y hacia lo profundo a la vez. Pero, para llegar a ese núcleo, requiere valentía. Requiere el desprenderse de certezas, revisar traumas, confrontar sombras, abrazar fragilidades. No es un viaje cómodo, aunque sí es el único viaje verdaderamente necesario. Y aquí es donde vuelven a cobrar importancia esas instituciones milenarias que mencioné antes. Aunque yo nunca dependí de ellas debido al camino autodidacta y sumamente intensivo que elegí —desde mis más de mil libros leídos desde la niñez hasta mis propios escritos publicados en estos últimos diecisiete años— reconozco su valor como flamas culturales que impiden que la humanidad se extravíe por completo. Son reservorios de símbolos, guardianes de lenguajes antiguos, transmisores de estructuras que ayudan a sostener lo que —de otra manera— podría derrumbarse con facilidad.

No obstante, por más que estas instituciones sirvan de guía, el último paso debe darlo cada persona. Nadie puede penetrar la montaña sagrada por otro. Nadie puede beber del pozo del propio inconsciente en nombre ajeno. El trabajo ontológico es personal, íntimo, indelegable. Y en ese carácter indelegable reside, precisamente, su poder. Porque aquello que se conquista desde el interior no puede ser arrebatado por ninguna circunstancia exterior. Es un tipo de fortaleza que no depende del colectivo humano, pero que, indefectiblemente, lo transforma.

Quisiera pensar —y sinceramente lo creo— que la humanidad todavía puede reconstruir ese lazo con su interioridad perdida. Que no estamos destinados a una deriva sin retorno, sino a una reorientación gradual hacia la profundidad. Y esa reorientación no necesita héroes ni mesías: necesita seres humanos atentos, presentes, comprometidos con su propio despertar. Seres que comprendan que mejorar su mundo interno es la mejor forma de mejorar el mundo que compartimos. Seres que entiendan que no se puede dar lo que no se tiene, ni iluminar a otros sin antes encender la propia lámpara.

Por eso, este cierre no es un punto final, sino un Portal, una invitación, un recordatorio, una afirmación íntima de que el trabajo interior sigue siendo —y seguirá siendo— el acto más revolucionario que un ser humano puede realizar, y aunque el porvenir sea incierto, mantengo mi confianza en que no estamos solos en este sendero: las tradiciones milenarias, los símbolos arquetípicos, los textos que nos preceden y los maestros silenciosos que habitan la historia siguen ahí, sosteniendo la estructura invisible sobre la que caminamos.

Así cierro está especie de ensayo, desde mi propia voz, desde mi propio centro, reafirmando algo que siento desde siempre: el futuro de la humanidad depende de su capacidad para mirar hacia adentro. Y mientras quede al menos un individuo dispuesto a hacerlo con honestidad, profundidad y constancia, habrá esperanza. Porque basta una sola chispa de conciencia para que la oscuridad deje de ser un destino y vuelva a ser solamente un pasaje.
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04/07/2023


En los rincones insondables del universo, se despliega majestuosamente la Conciencia Universal, una fuerza etérea que abraza la totalidad del ser y trasciende las fronteras del tiempo y el espacio. En este artículo, nos aventuraremos en las profundidades de este fenómeno cósmico, maravillándonos con la danza infinita de los pensamientos entrelazados y explorando la naturaleza transformadora del amor que se despliega a través de ella.

Imaginemos la existencia como un vasto lienzo en el que las mentes danzan en perfecta armonía, sin importar las distancias físicas que las separan. Como hilos invisibles, el Akash y la Acacia se entrelazan para unir estos pensamientos, permitiendo que se fusionen y se enriquezcan mutuamente en un baile sin fin. Es en esta sinfonía universal donde la Conciencia Universal se manifiesta en todo su esplendor, desafiando las limitaciones terrenales y recordándonos que somos piezas fundamentales de un todo interconectado. Aunque las distancias puedan parecer insuperables, son pasajeras en comparación con la magnificencia del universo. Al igual que las estrellas que pueblan el cielo nocturno, las distancias conservan su esencia a pesar de los cambios y transformaciones. Estas distancias no alteran los caminos que las mentes recorren en su danza, y los encuentros significativos trascienden los límites impuestos por el espacio físico. Nos maravillamos al descubrir que las almas afines pueden entrelazarse sin importar cuán lejos se encuentren, y que el amor puede cruzar océanos y galaxias para unir a aquellos que están destinados a encontrarse.

En el corazón mismo de la Conciencia Universal palpita una fuerza poderosa y transformadora: el amor. Esta energía vital impregna cada rincón del universo, elevando y enriqueciendo todo lo que toca. Es un edificio trascendental que emana de la Mente del Todo, extendiéndose más allá de las sendas trazadas y las aguas que fluyen. El amor se convierte en un registro sublime en el Akash, un testimonio de la conexión profunda que trasciende las barreras temporales y espaciales. Es un lenguaje universal que se habla en susurros, en los momentos en que el corazón reconoce su propia esencia y se funde con la unidad cósmica. La Conciencia Universal nos desafía a explorar nuestra propia existencia y a descubrir nuestra verdad interior. A medida que nos sumergimos en el vasto océano de la conciencia cósmica, nos encontramos con fragmentos de sabiduría ancestral y despertares espirituales que nos guían en nuestro camino. En este viaje, el amor se convierte en nuestro faro, iluminando cada paso y recordándonos que estamos intrínsecamente conectados con el tejido mismo del universo. Nos damos cuenta de que somos guardianes de la armonía universal y que nuestras acciones y elecciones tienen el poder de influir en el flujo cósmico.

En definitiva, la Conciencia Universal nos lleva hacia la contemplación de la danza infinita de los pensamientos y a abrazar la trascendencia del amor. En medio de la vastedad del universo, somos llamados a reconocer nuestra propia importancia como piezas esenciales de este lienzo cósmico. A medida que abrazamos la interconexión y nos dejamos guiar por el amor, nos encontramos en un viaje de autodescubrimiento y expansión de la conciencia. Nos convertimos en narradores de nuestra propia historia y en participantes activos en el baile eterno de la Conciencia Universal. Que nuestras acciones estén imbuidas de amor y que nuestra danza contribuya a la melodía cósmica que envuelve al universo.


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07/09/2020

 “Lo maravilloso de la intuición es que nos demuestra a cada instante, qué tan cerca nos encontramos de la Gran Verdad, qué tan profundo la portamos y desde qué tan lejos la traemos”.

“Como la Creación fue la Causa, y nosotros, los humanos, sus efectos, no tienes porqué dudar de que eres el indiscutible poseedor de la potestad derivada de lo primero, para crear tu propio Universo”

Nelson J. Ressio.

Prólogo.

Esta obra, denominada “Homo Universalis”, se constituye como una auténtica representación de lo que todo ser humano debería analizar y realizar, durante el lapso de su existencia corpórea; no tal cual como está escrito en este libro, ya que es un ejemplo particular, sino que, tal como está escrito en la esencia que emana desde cada uno de los seres humanos de esta Tierra, cada cual con su propio sello; y esas esencias únicas, las que poseemos todos los habitantes del planeta, son, por Designio Universal, incomparables entre cada una de ellas, pero que, de seguro, en ciertos aspectos, aquellas esencias individuales, se unen con –y entre- todas las demás esencias, para converger, satisfaciendo de esa manera, una unión de esencias individuales, las que logran construir una Supra-consciencia, un Egregor; y ésta es la manera en la que concibo el impostergable paso de ser, seres humanos terrestres, a ser, seres humanos celestiales; de ser, Homo Sapiens Sapiens, a ser, Homo Universalis.

Con cada uno de los capítulos de esta obra, el lector podrá percibir que comienza a elevarse por la escalera del pensamiento profundo, no solo por la del propio autor, sino que, principalmente, por la del propio lector, para arribar de esa manera, a los capítulos finales… Supra-conscientes; mediante los impulsos correctos que cada capítulo es capaz de brindar y de lo que el lector se dará cuenta al poder descubrir y conformar por si mismo, sus propios impulsos de crecimiento, los del conocimiento y los que todos los seres humanos heredamos de la Creación Universal, y que todos deberíamos practicar en la realidad individual y colectiva: la Creatividad. Y en esos capítulos finales al que el lector habrá llegado, transitando previamente por los escalones necesarios como para comprender el final de esta obra (y el comienzo de la propia), se percatará, a ciencia cierta, de que ha llegado a obtener para sí, una especie de Apoteosis inicial, una transformación propia, desde ser un humano terrestre, a ser un Humano Universal; esa luminosa manera de conformarse para si mismo, la cualidad en la que dichos últimos capítulos “muestran… lo que muestran”; por lo tanto, es preciso e indispensable, atravesar esta obra con la mente bien abierta a las diferentes Posibilidades del pensamiento y de la creatividad, y desde el primer capítulo, como para llegar a entender, aprender y aprehender los últimos, esos últimos capítulos que simbolizan la convergencia de diferentes saberes, en uno solo… Apoteótico, Celestial… Universal; y que le revelarán al lector, la Posibilidad que tiene cada ser humano, de subir, escalón por escalón, por las afanosas gradas de la reconfortante escalera del pensamiento profundo y del conocimiento aplicado a la creatividad; y que, con la claridad puesta en esa meta elevada y luminosa, la cual se relaciona con la construcción del Si-Mismo por –y en- cada uno de los futuros Homo Universalis que lean esta obra, por lo que cada quien obtendrá la potestad de obtener su propio poder para construir todo lo que se proponga en su ascensión por esta escalera –a veces rectilínea y a veces zigzagueante- que se denomina como, “Camino de la Vida”.

Ser Homo Universalis, se constituye como una muestra ejemplificadora y desde el punto de vista del escritor, de la misión que cada uno de los seres humanos de este planeta debe realizar en su propia existencia corpórea. 

Homo Universalis muestra un ejemplo de que todo ser humano es inmortal… aunque todavía no se haya percatado de ello.

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11/10/2014


Un hermano de la vida ha hecho una consulta pública respecto de una vivencia de la que él fue partícipe en primera persona, en cuanto a intentar darle explicación lógica y científica, a ciertos estados de conciencia alterados, y a la propia experimentación, basada en estados de meditación -y a veces en plena vigilia-, de los que él es receptor, en lo referente a sucesos que aparentan transgredir los límites interdimensionales de la mente, y que le hacen percibir una suerte de desdoblamiento de su propia existencia espacio-temporal, de percibir que a veces se encuentra viviendo en esta dimensión -la de usted y yo- y en otras veces su realidad cambia drásticamente hacia otra realidad que no debería estar de acuerdo al flujo espacio-temporal y eventual de la realidad o momento en el que se encontraba viviendo antes del supuesto desdoblamiento. 

Es decir que, en ciertos momentos su percepción del presente no sigue una línea de tiempo y eventos lógicos, sino que, aquella se bifurca sin tener una lógica explicación basada en los sucesos inmediatamente precedentes.

Por ello, le he aportado mi razonamiento al respecto, de manera tal, de arrojar Luz sobre la gran incógnita expresada anteriormente, incógnita que lo mantenía en una duda constante. Con esto no quiero decir que la explicación que daré ahora sea la correcta, pero por lo menos, creo yo que es dar un poco mas de Luz, en donde todavía existen algunas sombras.

Entonces, y comenzando con mi intento de aclarar lo que todavía está en las sombras, desde mi punto de vista, la Teoría de Cuerdas es la que le daría sentido y entendimiento a lo que detallé en el primer párrafo.

Esta Teoría, muy aceptada por cierto, concibe a las partículas subatómicas como una cuerda vibratoria de, al menos, 4 dimensiones, y esas partículas subatómicas, como por ejemplo, un protón, un electrón, un fotón, etcétera, mas allá de que gráficamente son representadas por un punto de probabilidad en donde dichas probabilidades significan los límites en donde posiblemente una cierta partícula se encuentre dentro del ámbito de un átomo, ésta no es un punto finito, sino que, mas bien, un estiramiento cuántico -casi infinito, y digo casi porque el universo es finito-, estiramiento aquel, de ese punto probabilístico, y como ese estiramiento cuántico es propio de toda partícula, entonces por lógica, también lo es del átomo, y si un conjunto de átomos conforman moléculas, y las moléculas... materia... y la materia... pensamientos, por lo tanto los pensamientos tienen, en principio, las mismas propiedades de sus partículas esenciales conformantes.

Entonces, imaginemos por un momento que los pensamientos de esta persona, -que es portador de los mencionados eventos interdimensionales-, en esencia -y efectivamente así lo es- son partículas subatómicas fluyendo por un medio material (también considerado como energía aglutinada), como lo es el cerebro, y que esos pensamientos, meditaciones, o simplemente lo que le da la razón de ser, la existencia misma, y que es ese Yo Cuántico -como lo digo en uno de mis artículos en esta misma página web-, esas partículas que están en el cerebro generando una cierta entidad conceptual, sintáctica y semántica, no son mas que aquellas cuerdas cuánticas, con características infinitas, que se extienden, -a partir de su mencionado estado cerebral-, hacia todo el Cosmos, y por entre las 4 dimensiones, (y algunos proponen 11 dimensiones dependiendo de las variaciones de la Teoría de Cuerdas). 

Por lo tanto, he instado a esta persona a que se imagine que en esas 4 u 11 dimensiones, se encuentran infinitos universos, y por ende, infinitos mundos como el nuestro, y de la misma manera, infinitas copias de la misma persona como la referida aquí, y que sus pensamientos, -partan de la copia humana que partan-, imagine también que están conectados con la Mente Universal, (debemos recordar que, El Todo es mente, el Universo es Mental), por lo que, ¿quién nos dice, -siempre desde nuestro propio entendimiento-, que esa conexión mental con la Gran Mente, no es mas que entrelazamientos de nuestros Yo'es cuánticos con nuestros otros Yo'es de otras dimensiones y de otros mundos? 

Erwin Schrödinger dijo que el número de mentes en el Universo es igual a 1, por lo que, los pensamientos y vivencias, de esta persona, en aquellos estados alterados de conciencia, de seguro estuvieron entrelazados con lo que los antiguos definían como el Akasha, la Quintaescencia, el Quinto Elemento, el Ether... y hoy en día... la Energía Oscura, aquello que le da esa característica de entramado neuronal a nuestro universo, en donde se aglutinan cúmulos y cúmulos de galaxias hasta conformar esa Mente del Todo, y que todo lo impregna... y aquella propiedad cuántica que mencioné anteriormente, no es solo teoría, ya que actualmente se lo está comprobando por parte de la aplicación del método científico, en experimentos varios, como por ejemplo, en el Acelerador de Partículas LHC, ubicado en la frontera entre Francia y Suiza... es decir que, las partículas que conforman nuestros pensamientos van mas allá de nuestro límite craneal, y, ¿quien nos dice que la que se mueva de un estado cuántico al otro, es decir, de un plano al otro, de una dimensión a la otra, sea nuestra conciencia?, es decir, ¿quien nos dice que para lo que nuestro Yo Cuántico actual es habitual en este plano o dimensión, en un cierto estado alterado de conciencia, como por lo que esta persona ha pasado, y aparentemente lo sigue experimentando, ese Yo pase a otro plano, y el de ese otro plano, al de éste, u a otros infinitos? 

No debemos olvidar, que nuestros pensamientos, -y hasta nuestros cuerpos-, son en esencia, estiramientos cuánticos de partículas subatómicas, y en el lugar o dimensión en que la energía oscura decida aprisionar a la energía visible, -es decir, conformar las diferentes manifestaciones de los cuerpos celestes-, es muy interesante el pensar que allí estarán nuestras copias exactas y fieles, y que es de suma importancia entender que podrán variar los eventos de cada extremo del entrelazamiento cuántico, ya que los eventos de la vida y de la muerte se corresponden lisa y llanamente con el Caos, pero, eso si, las que no varían en absoluto, son las diferentes manifestaciones de la materia, y la replicabilidad de nosotros como cuerpo y como mente, aglutinados estos dentro de un todo denominado "Ser", es muy probable, y además, en consecuencia, muy entendible lo que esta persona ha experimentado... y todavía experimenta.

Y un buen ejemplo, creo yo, porque me toca desde cerca, de lo que esta persona ha presentido, son los resultados muy significativos que ha arrojado mi proyecto, The "Egregor Meter" Project, -publicado por ahora, en una página de Facebook con el mismo nombre-, en el cual, -y a través de un programa informático de mi autoría basado en la lógica y en cálculos probabilísticos-, se registran cambios sorprendentemente coincidentes con el ritmo circadiano del ser humano, cambios que se detectan por medio de la generación aleatoria de ceros y unos, y el análisis estadístico de la distribución muestral de éstos. Es decir que, cuando esa aleatoriedad, de un momento a otro, se transforma en orden, o sea que, al detectar que se dan ocurrencias de muchos ceros o unos consecutivos, mas de lo estadísticamente normal o esperado, por lo tanto, muy significativos, quiere decir que algo le dio Orden al Caos, por lo que entonces, yo me pregunto, ¿quien nos dice que esto no se deba a ciertas Cuerdas Cuánticas provenientes de la mente colectiva, desde aquella mente supraconsciente Akashica, actuando de manera dirécta sobre la materia, lo que en este caso es sobre la CPU de mi computadora? (Recordar, Mente sobre Materia).

Por lo tanto, pienso yo que, lo que esta persona -y todos nosotros- debemos tener en cuenta, es que esa unión de las conciencias de todas nuestras copias desperdigadas por las dimensiones que sean, -tema del que hacía referencia antes en este artículo-, ese traslado de la conciencia desde el plano actual hacia otro plano, y desde el otro plano hacia éste, y de esta manera, casi infinitas veces, gráficamente hablando, esas interconexiones entre todos y cada uno de nuestros Yo'es desperdigadas por el Cosmos, conformarían una sola mente... nuestra Mente Cosmica y Universal, (al igual que todo otro ser o cosa inmaterial en el Universo), mente que iría mas allá de los límites craneales de todas nuestras copias de nuestros Yo'es que existan en el universo, interconectándose a través de aquella Quintaesencia, o por medio de la Energía Oscura, o a través del Ether, (palabra que le da esencia a otra palabra muy conocida, el ETHER NET), por lo que esa interconexión con la Mente Universal, en algún estado de conciencia elevada, o en ciertos momentos de meditación, acallando esas incesantes voces provenientes del Ego, nos haría percibir los pensamientos de las otros copias de nosotros mismos repartidas por el Cosmos, ya que, en esencia, todos los pensamientos estarían unidos entre sí por medio de aquellas cuerdas cuánticas, y justamente, la teoría cuántica expresa que existe una propiedad denominada Entrelazamiento de Estados Cuánticos, en donde se explica que, lo que le sucede a un extremo de la cuerda (o partícula) le sucede al otro extremo, o a los otros casi infinitos extremos, que ni mas ni menos, son los pensamientos múltiples de un solo ser interrelacionados por medio de la esencia de estos pensamientos, y que son las partículas suatómicas, (o energía), que los conforman, ya que los fluidos químicos cerebrales que conforman el pensamiento, no son mas que, en última instancia, cuerdas cuánticas que atraviesan el Cosmos y las dimensiones que existan... dándole razón de ser a aquella incógnita que me impulsó a expresar esta respuesta de mi parte.



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15/07/2014


Como sabemos, tres cosas son necesarias para que exista un universo, dos de las cuales, en esencia, son lo mismo, y que son la energía y la materia; y la restante, el tiempo, debido a que las dos primeras, deben indefectiblemente, existir en un tiempo determinado. Al espacio lo considero parte de la energía, conformado éste por una pequeña parte de energía visible y una parte mucho mayor, de energía oscura.

Pues bien, hasta ahora, la energía y la materia existen, y como toda existencia se debe dar durante un tiempo determinado, aquellas manifestaciones no se escapan de esta premisa, por lo que también existen dentro de un lapso de tiempo. Es decir, energía, materia y tiempo, son los ingredientes fundamentales para que exista un universo, o por lo menos, así lo imaginamos desde el punto de vista humano. El tiempo permite que lo demás tenga razón de ser y de existir, debido a que, sino existiera el tiempo, no existiría ni la energía, ni la materia, debido a su estrecha relación sine qua non con el tiempo.

Pero, ¿es el tiempo una especie de "tick tack", a modo de reloj universal, y que existe en el universo desde su génesis? o bien, el tiempo ¿es solo una abstracción humana supeditada a una absoluta subjetividad para hacer que sus formulas matemáticas no queden incompletas sin la constante temporal?

Pues, desde mi relativo y humilde punto de vista, el tiempo existe tanto en nuestra concepción de la realidad, como también en el propio universo, como una constante vibratoria que nuestro cerebro la comprende de una manera que la podamos aplicar a nuestro entendimiento respecto de los misterios de la Naturaleza, ya que universo y cerebro, ambos, son en esencia, lo mismo.

Preguntémonos antes que todo, ¿porque el caos siempre tiende a ordenarse en algún punto de su desigual distribución? ¿Porque nuestro cerebro lleva consigo un reloj biológico capaz de hacernos recordar de un cierto evento unos minutos antes de que el mismo suceda; o presentir unos segundos antes, el clásico evento del futuro inmediato de que van a llamar al timbre de nuestra casa; o despertarnos en la mañana, unos minutos previos a que se encienda el despertador? ¿Porque existe nuestro ritmo circadiano oscilando perfectamente a un determinado intervalo regular de tiempo? 

Luego de tener en cuenta estas simples cuestiones, deberemos preguntarnos, ¿es el tiempo solamente una abstracción humana para darle sentido a la energía o a la materia? Desde mi punto de vista, por supuesto que no, ya que el tiempo existe dentro y fuera de nuestras abstracciones, yendo mas allá de nuestro límite craneal; yendo, unificándonos y sincronizándonos con todo lo que existe, visible o no, en el universo. Gracias a esta existencia del tiempo, comprobable por nuestro sentido común, los humanos estamos todos conectados, ya sea, entre nosotros mismos, como así también, con la naturaleza, de este mundo, y con la del universo, en toda su extensión.

Pero, ¿que es el tiempo, si es mucho más que solo una abstracción humana y que se encuentra presente desde la creación del universo? Pues, el tiempo, como lo concibo yo, es determinado por la propia energía o materia, sean éstas, visibles u obscuras. Por ello, me queda bastante entendible la idea de que el tiempo se encuentra empapando en esencia, a toda manifestación de la energía (o materia) a través de una constante que se encuentra presente en absolutamente toda existencia dentro de nuestro universo.

La mencionada constante le da un valor, justamente invariable y discreto, a la manera en que la energía es irradiada desde la materia o bien desde la propia energía, hacia su entorno. Esa emisión de frecuencias electromagnéticas hacia el entorno de toda materia o energía, ya sea visible u obscura, se da en el Orden de la Constante de Planck, es decir, de una manera numéricamente constante y dentro del conjunto de números discretos (no continuos) por lo que, esa emisión es totalmente fija entre una determinada emisión y la que le prosigue, y así sucesivamente, y además, entre cualquier conjunto seleccionado de ellas, todas en dicho conjunto son de la misma medida, numéricamente hablando, es decir que todas son emisiones electromagnéticas de carácter discreto dentro del conjunto de números reales, llevando en su esencia, un orden preestablecido por la naturaleza, desde el propio origen del universo. Esa Constante de Planck; nombre que se le dio en honor a su descubridor, padre de la Mecánica Cuántica, Max Planck; constante que dimensiona a esas emisiones homogéneas en cantidad y en Intervalo, y que se mide en Quantos, de allí que se le da el nombre a toda la teoría subyacente que lo estudia, y que es la Mecánica Cuántica.

Pues bien, ya tenemos la idea de que existe algo en la naturaleza universal, que tiene una clara tendencia hacia el orden, dentro del gran caos. Ese algo es el Quanto, por lo que nuevamente deberemos hacernos las mismas preguntas, de manera tal de recordar dentro de la disyuntiva en que nos encontramos; ¿existe el tiempo fuera de la subjetividad humana? y ¿que es el tiempo?

Así es, con todo lo anteriormente propuesto, puedo arriesgarme a inferir que el tiempo existe y viene dando orden, tanto al caos macrouniversal como al caos microuniversal, sincronizándolo todo en el universo, a los valores que en conjunto irradian en promedio, todos y cada uno de los casi infinitos Quantos que se desprenden de toda la materia y la energía visible y obscura. El tiempo es una realidad externa a nuestra propia comprensión, como también dentro de ella; es una realidad que prevaleció a toda concepción filosófica humana; es una constante, un valor inamovible, un tick tack que se emana desde todo lo que existe, y que obliga al universo a consolidarse como un gran conjunto de engranajes, conformando el reloj mas grande concebido por una naturaleza no humana.

Un buen ejemplo de la existencia de los Quantos de Planck, y por ende, de nuestro reloj universal, es cuando acercamos nuestra mano a un objeto caliente, pues ese calor que percibimos como si fuera una emisión continua; es decir, sin espacios entre una y otra emisión de calor; es totalmente discreta, es decir, con espacios entre una y otra emisión de calor, siendo dicha emisión, -en toda su naturaleza-, nada mas que millones de Quantos iguales en tamaño y en distancia que los separa entre cada uno de ellos. Pues entonces, mas allá de que percibamos ese calor como si lo estuviéramos sintiendo continuamente a través de la piel de nuestra mano, en realidad, desde mi punto de vista, estamos percibiendo, nada mas y nada menos, que a los ticks tacks del gran reloj universal, de una manera imperceptiblemente discreta, es decir, con espacios constantes entre una y otra emisión, dentro del conjunto total de emisiones de energía de ese objeto caliente, hacia su entorno.

En definitiva, el tiempo, también existe fuera de nuestro propio entendimiento, ya que éste conjunto promedio de ticks tacks universal, conforma la parte esencial de la materia y de la energía (sin olvidar que ambas manifestaciones son lo mismo) y que es la manera en que el Gran diseñador del Universo, desde su sillón del infinito, detalló en sus planos, para que exista -en todo el universo a ser construido posteriormente- Orden por sobre el Caos.


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22/03/2014


En publicaciones anteriores, en esta misma página Web, me he referido a qué fue lo que sucedió antes del denominado Big Bang y también qué fue lo que sucedió después de él, siempre hablando, por supuesto, desde mi relativa intuición, alimentada ésta, desde que era muy pequeño, por medio de una importante adquisición de información en este sentido.

Pues, contrariamente, o bien, conjuntamente con las dos visiones anteriores, me propongo reflejar aquí, de la mejor manera posible, lo que muchas personas, y con mucha razón, todavía no comprenden del todo, -y hasta cierto tiempo atrás, yo tampoco lo comprendía-, en lo referente a ese enigmático punto infinitesimalmente pequeño, que fue también un punto de inflexión, que ofició a su vez de un punto de quiebre, que también hizo las veces de un punto de fricción, que se dignó en consecuencia a asemejarse al punto de fusión, que comenzó a todas luces imitando al punto de ebullición, que ese punto fue, nada más y nada menos, que un indiscutible Presente entre un Pasado Infinito y un Futuro Universo.

Ahora bien, la confusión, que creo yo que reina en las mentes de muchas personas; y con justa razón, debido a que el mundo científico, aparentemente no ha sabido bajar la idea de este punto infinitesimal al entendimiento de nosotros, los que no somos científicos; será relativamente eliminada con la explicación que daré en este artículo, asumiendo y recordando primeramente, que la intuición, impregnada del saber al alcance de todos, es la que guía mis pensamientos, así como los suyos. A mayor saber, mayor es la intuición.

Pues bien, comencemos.

Como en la mayoría de las publicaciones en las que se refieren al inicio de nuestro universo, se explica que éste nació desde un punto infinitesimalmente pequeño y que dicho punto, luego se transformó en un finito universo de unos 18 mil millones de años luz de diámetro, ubicado éste, dentro del infinito. Pero esta aseveración deja una gran duda, la cual es: ¿Cómo pudo ser que desde un punto minúsculo, desde un Agujero Negro imperceptible, desde una Singularidad que contiene en su diminuto interior un 99,9% de espacio vacío, como pudo suceder que naciera de aquello, un gigantesco universo? Y una previa e incompleta respuesta, es que, antes de ese punto, no hubo nada particularmente importante, y que después del mismo, se creó el Todo. Que antes de ese punto, todo era Casualidad y que después de ese punto, todo era Causalidad. Que antes de ese punto, en el oscuro y frío infinito, las "no tan importantes" energías en aparente libertad, van y vienen sin mayor interacción, salvo en el momento en el que "desean" crear un universo. Que antes de ese punto, todo era oscuridad y frío absolutos, debido a que la luz y el frío no existen, solo existe la ausencia de éstos debido a la acción de la energía, solo generada a posteriori de esa creación de un punto, como al que me referí mas arriba. Que antes de ese punto, en lugar y en tiempo, es decir, el situarnos suspendidos en el propio infinito, podemos ubicarnos como observadores en primera fila, y constatar que todavía no podemos ver nuestro universo, pero sí podremos observar a otros universos, en otras ubicaciones dentro del infinito en el que estamos ubicados, algunos naciendo, otros en la época de la inflación, otros quizás en la época de la expansión, otros posiblemente en la época de la aceleración, y otros de seguro en la época de su contracción, momento en que la expansión se desacelera, luego se detiene, y por la propia acción de la gravedad, comienza a retornar hacia aquel punto que le dio su razón de ser en el Principio. Pero no debemos preocuparnos por este Gran Final, ya que esto sucede en un tiempo casi inimaginable para la mente humana.

Ahora nos concentraremos en comprender, de que manera ese enigmático punto infinitesimalmente pequeño, genera un universo inimaginablemente finito y colosal, para nuestro, igualmente finito y colosal entendimiento. Es que es así queridos lectores, no debemos menospreciar en absoluto nuestra capacidad mental y de entendimiento del Cosmos.

Entonces, releguemos a un lado bastante alejado de nuestros pensamientos, la fría y oscura duda surgida de la pregunta expresada mas arriba, de que desde un único punto, y a partir de la nada, se creara todo lo que hoy en día conocemos, y mucho más, y que no podemos ver. Y para empezar, debemos hacernos a la idea de que la existencia; en tanto que una definición que se refiere a algo o a alguien que se encuentra en un lugar y en un tiempo determinado; se da en los tres lugares que intervinieron en la Creación de nuestro Universo: el infinito, -en el que te encuentras observando-, el punto infinitesimal, -que esperas con ansias que se forme-, y el posterior Universo, que no ves las horas de que sea su Génesis. Estos tres lugares (infinito, punto y universo) existieron, existen y existirán. Veamos porqué, pero sin perder de vista el tema central de esta publicación, y que es el de entender que, no es posible que de la nada se haya creado el Todo, ya que la nada no existe.

Y vamos al "punto". Tu, querido lector, que estás pacientemente observando, desde el infinito, que todo se dé de una vez, y que hasta ahora constatas de que el punto infinitesimal todavía no se ha generado y menos aún, nuestro universo, sí podrás constatar de que, al menos, el infinito existe, y ¿porque?, no solo porque allí te encuentras, y al encontrarte allí, tu también existes y tu relativa existencia le da la existencia al infinito en relación a que lo has podido definir, no, no solo por ello, sino que también, porque en el infinito se encuentran las bases fundamentales y esenciales para generar universos finitos como el nuestro, a partir de un punto, ya que, como sabemos, todo comienzo parte de una pequeña porción de un todo mayor.

En el infinito, en donde tu estás, observador querido, mas allá de la oscuridad y el frío absolutos, reinan las Casualidades, debido a que ese lugar sin fronteras, cargado de energías libres "en constante distracción" y sin mayor interacción entre si, es totalmente Casual el que dichos flujos de energía colisionen entre si. Y cuando me refiero a la energía del infinito, me refiero a flujos de partículas, estructurados de formas que la ciencia todavía no se ha puesto de acuerdo con sigo misma, y que pueden ser las denominadas Branas, Cuerdas Cósmicas, etc. Las mencionadas estructuras, se encuentran en el infinito, conteniendo aquella energía libre y sin mayor interacción. Entonces, mi excelente observador, te encuentras con que, desde la primera fila en la que estás a la espera de que comience la función Cósmica, ahora puedes ver, -siempre flotando en el infinito, y ya que nuestro punto y universo no se han creado todavía-, aquellas gigantescas, descomunales e impensables Branas o Cuerdas, portadoras éstas de la energía, o de los ingredientes perfectos para que, cuando colisionen entre sí, las condiciones justas se den para que seas el espectador de aquel punto infinitesimalmente pequeño que dará origen, luego, a nuestro universo.

Pero centrémonos por ahora, en el porqué ese punto es infinitesimal. Y para entenderlo, deberemos comprender todo lo que se haya antes de la creación de ese punto, de todo lo que se haya en donde tu estás, en el infinito, o sea, el comprender la esencia de la que están conformadas aquellas estructuras Casuales denominadas Branas o Cuerdas Cósmicas.

Nuestro universo finito y Causal. Todo lo que está en negro es el infinito, eterno y Casual.

Hasta ahora, todo lo que tu, estimado lecto-observador, estás "viendo" con los ojos de tu imaginación, es que el infinito en donde tu estás, existe repleto de estructuras (Branas o Cuerdas) compuestas éstas por infinitas partículas subatómicas fluyendo a la velocidad de la luz, y que, mayoritariamente, ellas no colisionan entre si... hasta que, Casualmente... ¡lo hacen! Y cuando esto suceda, deberás sostenerte muy fuerte en tu eterno sillón imaginario de espectador, ya que lo que se producirá a partir de allí, hará vibrar tus entrañas y tus pupilas quedarán inundadas por la luz proveniente de un destello sin igual.

Hasta aquí todo es Casualidad, oscuridad, fríaldad, eternidad... una interminable habitación sin límites, sin tiempo, sin espacio, y que solamente contiene los ingredientes perfectos para que el punto infinitesimal sea una realidad Causalistica.

Y llegó el momento en que el Infinito dijo... ¡¡¡Hágase la Causalidad!!!... ¡¡¡Que un nuevo Universo comience!!!

A partir de los mencionados deseos y órdenes del Infinito, Branas o Cuerdas, comienzan a acercarse entre sí, de modo tal de que tiendan a encontrarse partícula a partícula, las unas contra las otras, a chocarse brutalmente entre sí, a colisionar a una velocidad que solo la Luz recorre, colisión que permanecerá de esa manera, por muchos millones y millones de años. Esa colisión comenzada por aquellas imperativas decisiones Casuales del Infinito, que durará eones de tiempo, para nuestro observador sentado en el sillón eterno, ya constituye ese enigmático punto infinitesimalmente pequeño del que nos toca hablar en este momento.

Y, ¿porque ese punto infinitesimalmente pequeño puede crear algo tan enorme como un universo? Porque aquellas estructuras pertenecientes a nuestra eterna habitación denominada infinito (Branas o Cuerdas), están compuestas por partículas subatómicas, y como tales, si cada partícula subatómica provenientes desde esa eterna habitación son infinitesimalmente pequeñas, también lo será nuestro enigmático punto que algunos denominan Big Bang. Si la colisión de dichas partículas infinitesimales se refuerzan y continúan unas contra las otras, en consecuencia, es razonable el pensar que, nuestro Punto de Fusión, indefectiblemente también será infinitesimal, -al igual que las interminables partículas provenientes desde el infinito-, y que lo conforman, y de allí es que nuestro tan debatido Punto no se creó de la nada ya que nada es increado. Pero he aquí una cuestión más, y es, ¿cuánto duró "encendido" ese punto infinitesimal como para crear un universo colosal? Bueno, dicho punto no fue algo que tuvo un lapso corto de existencia, debido a que, si hubiera sido de esa manera, allí si que no hubiéramos tenido universo, y nosotros no existiríamos. Y, ¿se han dado cuenta de que me estoy refiriendo a una constante, la cual es el tiempo, mientras que cuando me hacía referencia sobre el infinito, no? Y la respuesta es que, es inevitable el no hablar del tiempo cuando empezamos a hablar del Punto infinitesimal, ya que a partir de ese punto, comienza la Causalidad, y si hay Causa, pues habrán efectos, y los efectos existen en el tiempo y el espacio (no confundir espacio con infinito ya que el primero se encuentra dentro del universo y el segundo fuera).

Y era Hora de que nuestro observador pudiera apreciar, y desde la primera fila del anfiteatro infinito, que un punto infinitesimalmente pequeño, comienza a gestarse, y con él, la materia, el espacio y el tiempo.

Varios universos (globos) vistos desde el infinito. El Multiverso.

Ahora ya tenemos un pequeñísimo punto, fusionándose y alimentándose con los flujos constantes de partículas que provienen desde el infinito, y a la velocidad de la luz. Ese punto denominado Big Bang; y que no duró unos segundos y ya, sino que duró miles de millones de años mientras el universo estaba en constante crecimiento; ocasionó una gran explosión debido a que, del producto de esa colisión, se produjo, tanto materia, como antimateria, y cuando entran en contacto una con la otra, generan una explosión de niveles colosales, equivalentes a billones y billones de bombas atómicas. Este gigantesco cortocircuito de materia con carga negativa y de materia con carga positiva, resulta en la aniquilación de ambas, pero, ¿que queda entonces si toda la materia se elimina luego de un Big Bang?, pues queda una materia remanente de aquella explosión, con "una sola polaridad", y que es la materia normal que hoy todos conocemos. Dicha energía remanente se compone de energía visible y de energía invisible, con lo cual, millones de años hacia el futuro crecimiento universal, dichas energías se transformarán en materia visible y en materia oscura. El casi perfecto balance entre estas dos energías, hace que el universo se expanda, pero en algún momento en el futuro, la propia gravedad de la materia visible hará frenar la expansión, ocasionada por la gravedad de la materia oscura, y por consiguiente, el universo frenará su expansión y comenzará un viaje hacia lo contrario del Big Bang: el Big Crunch.

Pero volvamos a nuestro punto infinitesimal.

A partir de ese punto, nuestro observador comenzará a percibir una especie de globo inflándose en el "medio" del infinito, por la acción y la reacción de las Cuerdas o Branas, provenientes de aquel, colisionando entre si. Pero también observará que ese flujo de partículas, emanadas desde el infinito, no se detendrá, y que el punto infinitesimal, -que nuestro observador pensaba que se extendería por un tiempo corto-, durará por billones de años, junto con los períodos inflacionarios del proto-universo Causal.

Durante esos millones de años de Causalidades generadas gracias a las Casualidades del infinito, y ante la expectante vista de nuestro observador, el proto-universo pasará desde ser un "pequeño" pero extremadamente masivo globo incandescente, denominado Plasma, -conformado por partículas muy pesadas llamadas Quarks y Leptones-, hasta lo que se han llamado, períodos de inflación y de expansión universal. Y en estos períodos, el observador, gracias a su evidente paciencia, podrá verificar que el punto infinitesimalmente pequeño, por el que nos congrega aquí, todavía sigue existiendo, incluso también, aquellas energías "distraídas" provenientes desde fuera del globo, desde el infinito. No olvidemos que el globo y su interior ya es nuestro universo en gestación, y todo lo que se encuentra fuera de él, es el infinito.

Mas allá de comprender de que los Quarks y los Leptones, como partículas fundamentales de la materia, luego se transformarán en otras partículas más complejas, como por ejemplo, los electrones y que éstos a su vez, al colisionar generan fotones... y a partir de aquí amigos lectores, y aunque es muy resumido, el proto-universo en inflación, ha dado a Luz a un universo en expansión... a nuestro propio universo.

Pero no nos olvidemos del observador, quien todavía continúa sentado en el sillón eterno del infinito, viendo como, desde la no-nada Casual, se gesta un Todo Causal. Y digo no-nada, ya que en el infinito hay algo que existe, y que no es la nada, sino que es la infinita incubadora que posee las energías suficientes y necesarias, para dar nacimiento a un muy longevo punto, infinitesimalmente pequeño, punto que posteriormente existirá y será nuestro universo.

De todos modos, por ahora no dejaremos tranquilo a nuestro observador, sin antes hacerlo esperar un poco más, de manera tal de que pueda observar que el infinito en donde se encuentra, no solo ha creado nuestro universo, sino que, si mira hacia todas las direcciones del infinito, podrá ver que otros universos se están gestando -o muriendo- de igual o parecida manera que el nuestro. Muchos universos se pueden gestar en el infinito, digamos que, infinitos universos, tantos que cabe la probabilidad de que podamos hallar uno o más universos exactamente iguales al nuestro, con el mismo cúmulo de galaxias local que el nuestro, con la misma galaxia que la nuestra, con el mismo sistema solar que el nuestro, con la misma tierra que la nuestra... y con réplicas exactas de usted y de mi. Lo anteriormente escrito se lo puede comparar con el hecho de repartir cartas en un juego determinado, infinitas veces, con lo que, en algún momento, a cada uno de los jugadores les tocará exactamente las mismas cartas que las veces anteriores, una y otra vez.

Haga clic en la imagen para agrandar. La pirámide invertida es el universo. Fuera de ésta, el infinito.

Y podríamos ir mas allá, imaginando que no solo existe un multiverso, es decir, un solo infinito con infinitos universos en su interior. Y antes de proseguir, de esto surgiría otra gran pregunta existencial, la cual es: ¿Y si existieran múltiples infinitos que contienen, a la vez, en su interior, múltiples universos? Entonces, el infinito, o esos múltiples infinitos, ¿podríamos seguir denominándolos infinitos? ya que si existieran múltiples infinitos con múltiples universos en su interior, a los infinitos se les acabaría su condición que describe su propio nombre, ya que dejarían de ser infinitos. Con lo cual, y retomando lo dicho al principio de este párrafo, y manteniendo el nombre "infinito" por razones de entendimiento, ¿podría existir, al igual que el Multiverso, un Multiinfinito, como un descomunal contenedor de Multiversos en su interior? Desde ya, lo que si tenemos sabido, es la innegable certeza de que las dudas, de seguro que son infinitas.

Casualidad previa a la Causalidad, Infinito previo al universo, no-nada previa al Todo, un lugar infinito conteniendo a múltiples universos, el proceso Creador previo a la Creación... Pero, Causa y efecto; ambas se dan dentro de nuestro universo, y como tales, aquellas dos características presentan el sello Causal de éste universo primigenio... nosotros, los humanos, además de ser sus efectos, también somos Causa... somos creadores por derecho universal.


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08/03/2014


Es posible que algunos que lean el título de esta publicación se preguntarán o afirmarán, de que dicho título es un error de mi parte, ya que el construir algo tan magnánimo como las pirámides de Egipto, comenzando desde arriba y finalizando abajo, simplemente, no tiene sentido; bueno, es decir, sí tiene sentido, y es justamente desde arriba hacia abajo, y hasta podrán llegar a pensar, con cierta razón, que mi supuesto error está basado en un sinsentido semántico, en lugar de geográfico. Pues mi respuesta a ello es que, aunque no tenga sentido semántico, si tiene sentido místico, pero aplicado a la propia realidad, y voy a explicar lo que yo entiendo, en relación a que, las pirámides fueron construidas desde arriba hacia abajo guiados por las enseñanzas ancestrales provenientes desde el mismísimo núcleo de la civilización egipcia. Incluso, cuando comience yo a explicarles esta idea, que a primera mano, aparenta ser totalmente absurda, tiene una gran base lógica, en cuanto al proceso de construcción de dichas proezas arquitectónicas.

Pero antes de pasar a explicar el método, respecto de cual, pienso yo que utilizaron para "elevar" esas tres luces, apuntando cada una de ellas, en dirección al cielo, hacia cada una de las tres estrellas del Cinturón de Orión, primero debo hacer alusión a un concepto ancestral emanado desde lo profundo de la filosofía egipcia, y que es el del Caduceo.

El Caduceo es un símbolo, que si bien algunos le atribuyen su origen a la antigua Grecia, el verdadero nacimiento de aquella representación arquetípica de una muy compleja realidad ancestral, se remonta al antiguo Egipto, de la mano del denominado como "El tres veces grande entre los grandes", Hermes Trismegisto, nombre, que al igual que el primero, es aparentemente representativo de una sola persona real, y que posiblemente haya sido un sacerdote egipcio llamado Imhotep, pero que también se encuentra relacionado mitológicamente con el dios egipcio Tot (o Thoth) y con el dios heleno Hermes, o como también, en latín se lo ha denominado como Mercurius Ter Maximus, el dios griego Mercurio. El que lo llamaran "El tres veces grande entre los grandes", mas allá de sus numerosos nombres, su humanidad se fundamentaba en una gran y esclarecida naturaleza humana, el de poder ver ciertas realidades universales que la mayoría de los mortales de ese tiempo no podían ver, el de poder entender al mundo y al universo de una manera que, si lo comparáramos con ciertos conocimientos de hoy en día, parte de su legado, tendría una gran similitud con la Física de partículas o cuántica, con lo más pequeño y esencial y que impregna toda la materia visible e invisible, es decir, con el mismísimo átomo, y por otro lado, con la Física Clásica, la que explica el funcionamiento del mundo y del universo, y cuyas leyes percibimos con nuestros sentidos físicos. Pero, su mente no solo se impregnó de las vibraciones del mundo microscópico, sino que también lo hizo con las del mismísimo macrocosmos, analizando todo lo que se encuentra entre medio de estos dos infinitesimales extremos. El Tres veces grande entre los grandes, Hermes Trismegisto, Imothep, Tot o Thoth y Mercurius o Mercurio, fue el real y a la vez místico y mítico personaje egipcio, creador de la Filosofía Hermética y de la Alquimia, magníficos legados éstos, filosóficos por cierto, y que abordaré en alguna otra publicación, ya que no es el tema central de ésta.

Pero, retornemos al método, respecto del que me imagino, se utilizó para construir las pirámides de Egipto, desde arriba hacia abajo, y no como clásica y conservadoramente se piensa que fueron construidas, y que es desde abajo hacia arriba.

Pensemos. Respecto del método, mínimamente explicado por mí hasta ahora, -solo nombrado-, le asigno una importante relación con el símbolo del Caduceo, es decir que, lo que quiero hacer ver aquí, es que toda la civilización egipcia; toda su mitología, sus creencias, sus tumultuosas religiones politeístas y monoteístas, todo ello y mucho más; se fundamenta en el simbolismo del Caduceo de Hermes Trismegisto. Es decir, que en el momento en el que los arquitectos egipcios se dispusieron a diseñar el proceso de construcción de las pirámides, -y a las pirámides en sí mismas-, me es lógico y hasta con mucho sentido común, el pensar que han utilizado una manera que sea lo mas eficiente, -metodológicamente hablando-, y representativa del macrocosmos, como también del microcosmos-, simbólicamente hablando (universo y ser humano).

Y aquí es donde puedo conjugar los arquetipos junto con la realidad, es decir, relacionar el símbolo que sostiene a la psique y a lo físico, con lo que sostiene a una construcción, -tan colosal como la del cuerpo humano-, y que son las pirámides de Egipto. Es así estimados lectores, el cuerpo humano fue tan o más complejo construir que una pirámide de piedra, y ni que hablar de construir el Alma. Pero la respuesta a la construcción de las pirámides, desde arriba hacia abajo, se encuentra, desde mi humilde opinión, en el mismísimo simbolismo del Caduceo (o Vara de Hermes), palabra que proviene del griego que significa "Vara de olivo adornada con guirnaldas". Y como dato adjunto, se desprende de la mitología griega la afirmación de que el mismísimo dios Apolo fue el que le regaló el Caduceo a Hermes Trismegisto.

Entonces, ¿de que manera se basaron los constructores de tales obras de ingeniería, -como lo son las pirámides de Egipto-, utilizando el Caduceo o Vara de Hermes, para construir dichos monumentos a los dioses, desde arriba hacia abajo? Bueno, he aquí mi idea.

El Caduceo, o Vara de Hermes, se compone de una vara central, junto con dos serpientes enroscadas por sobre aquella, coronado todo lo anterior con dos alas extendidas de cisne blanco en la parte superior, y entre éstas, una representación de lo que sería la glándula pineal de nuestro cerebro, la que debemos ejercitar con ciertos pasos habituales de modo de alcanzar la conciencia del si, y despertar del sueño -en plena vigilia- en el que nos encontramos como seres humanos bombardeados por la acción de la superficialidad, emanada ésta desde el insensible mundo light. Dicha vara central se la entiende como la columna vertebral -o soporte estructural- de todos los otros arquetipos que se desprenden de éste símbolo del Caduceo, es la que sostiene todo lo demás. Por otro lado, las serpientes entrelazadas representan; además de la energía vital que fluye desde abajo hacia arriba y desde arriba hacia abajo; un gran número 8 simbolizando un claro equilibrio entre dos fuerzas antagónicas, es decir, entre el bien y el mal, entre lo masculino y lo femenino, entre lo positivo y lo negativo, entre la Luz y la oscuridad, entre el saber y la ignorancia, entre el sol y la luna, entre el cielo y la tierra, entre la mente y el corazón. Mientras que las alas de cisne, desplegadas ambas a cada lado de la parte superior de la vara, simboliza al mensajero de los dioses, quien tiene la facultad de moverse de un lugar a otro, con inigualable premura, éstas también representan a los hemisferios izquierdo y derecho de nuestro cerebro, en un balance perfecto entre ellas, y alrededor del último símbolo, el cual es el que representa a nuestra glándula pineal, la cual, y como detallé mas arriba, debe activarse por medio del ejercicio habitual del conocerse a uno mismo. Este símbolo, es una completa manera de representar la evolución de nuestra conciencia. Y cuando despertamos a la verdadera conciencia, despertamos a la vida.

Ahora, teniendo en cuenta cuan importante fue -y es- el símbolo del Caduceo en la civilización egipcia, podemos ir haciéndonos a la idea de que, si el mencionado concepto arquetípico fue tan importante en las vidas de los egipcios, puedo llegar a imaginarme que, así como dicho símbolo es un diseño que soporta la ascensión del ser humano hacia la apoteosis, es decir, hacia ser dioses, hacia la iluminación, hacia la conciencia del si, también puedo imaginarme lo contrario, o sea que, como las pirámides debían ser monumentos dedicados a los dioses, éstas deberían haber sido construidas desde la morada de los propios dioses -cielo- hacia la morada de los hombres -tierra-, es decir, desde arriba hacia abajo.

Y en este punto me voy enfocando, respecto de lo que me he imaginado yo que aplicaron los egipcios para construir eficientemente sus pirámides, y siempre en relación al Caduceo.

Como expliqué mas arriba, este símbolo se sustenta por una vara central (o columna), que la energía representada por las serpientes (o fuerza) fluye desde abajo hacia arriba y desde arriba hacia abajo, y que la conciencia (o inteligencia) es la que se encuentra en la cima rigiendo todo lo que se halla debajo. Con esta base, se me ha pasado por la mente, la idea de que los arquitectos egipcios no construyeron las pirámides colocando piedra por piedra, accediendo difícilmente desde los costados, por medio de rampas inestables y kilométricas, sino que lo hicieron desde el centro y desde arriba, desde la cima de una gran y única columna, imitando a la vara central del Caduceo de Hermes. ¿Y que elemento del mundo real pudo haber sido dicha columna? Simple respuesta, un obelisco de piedra caliza, que, si bien los mayores obeliscos egipcios conocidos no superan los 40 metros de altura, éste obelisco, ésta piedra inicial y fundamental para iniciar la construcción de las pirámides, pudo haberse construido en tres secciones de no mas de 40 metros de altura cada una, partiendo desde el centro geográfico desde donde se comenzarían a construir cada una de las tres pirámides que hoy todos conocemos. Y teniendo en cuenta que la Gran Pirámide de Guiza ostenta unos 139 metros de altura, tres secciones de aquellos obeliscos, uno encima del otro, -dependiendo del avance en la construcción-, es una muy posible proeza para los egipcios ya que con solo observar todo lo demás que han construido durante su "estadía" en este mundo, muy productiva para la humanidad, lo anterior no les significaría reto alguno.

Ahora, mi propuesta desprendida del potente simbolismo del Caduceo, para la construcción de cada pirámide, se fundamenta en ir colocando, a partir del centro de cada futura pirámide; y en tres etapas, dependientes cada una del avance de la construcción; cada obelisco enterrado el primero de ellos, en un centro, horadado en el propio suelo del lugar. Con esto, en principio, quedaría a la vista, el suelo donde se asentará la futura pirámide, sin nada más que con un obelisco de 40 metros sobresaliendo de aquel y perfectamente alineado con la tierra y con el cielo (con una de las estrellas del cinturón de Orión). A medida que se construye desde arriba hacia abajo, -idea que explicaré mas adelante-, al llegar con los bloques muy cerca de la cima del primer obelisco, otro obelisco es insertado sobre el primero, calzando uno dentro del otro, o bien, desbastando la punta del primero hasta que se forme un nuevo agujero entre los bloques recién colocados, es decir que, entiendo que se tuvo que hacer un trabajo de recorte de la punta del primer obelisco con el objetivo de dejar lugar, hacia abajo, para que pueda calzar el nuevo obelisco (es decir, el segundo de los tres), -basada dicho calce, en un método de encastre similar a los ladrillos de juguete-. De esta manera se repite el mismo método hasta colocar el tercer y último obelisco (dependiendo del avance de la colocación de los bloques, por supuesto). Pero aun resta explicar lo mejor, la gran pregunta, y es ¿de que manera utilizaron, -para mi ver-, los tres obeliscos centrales como grandes columnas, para subir cada bloque de piedra alrededor de estos, y colocarlos en su lugar? Pues a ello me dirijo ahora.

Veamos. Ya tenemos la idea de que los tres obeliscos, uno encima del otro, conforman lo mismo que está simbolizando la vara central del Caduceo, y que es la de ser la columna vertebral de todo lo demás, de soportar las fuerzas que provienen desde la base y desde el pináculo (serpientes), para luego guiarlas, por medio de las alas de cisne (cerebro) y la conciencia que representa el símbolo de la glándula pineal, hacia lo alto, hacia los dioses, y hacia abajo, hacia los hombres. Es decir que, dicha magnánima columna de piedra, constituida por los tres obeliscos, es la que conformará la gran columna vertebral que soportará a cada uno de los bloques que se usarán para construir la pirámide. Sin columnas, ninguna piedra podrá colocarse en su lugar. Sin la columna vertebral, las fuerzas duales que provienen desde abajo (desde la fuerza sexual), no se transmitirán hacia arriba -y viceversa-, y por ende, el cerebro y la glándula pineal dejarán de tener sentido. Ésta es la relación y la clave para entender la construcción de las pirámides de Egipto: la Vara, la Columna... el obelisco. Sin el obelisco, no se podrá alcanzar la morada de los dioses (el despertar de la conciencia).

Pero todavía les debo lo mas importante, ¿cómo se las construyeron desde arria hacia abajo? ¿Cómo es posible que algo se construya desde la cima, para terminar en su base? Bueno queridos lectores, este tema aunque muy simbólico, también se lo podrá interpretar de la manera en que les propongo: de arriba hacia abajo.

Comencemos. A estas alturas, -y mas allá de las anteriores especulaciones respecto de como irían encastrados los tres obeliscos, uno arriba del otro-, actualmente tenemos imaginado al primer obelisco enterrado y alineado, por lo que es menester el comenzar con el acarreo de los bloques hacia sus respectivos lugares.

Mas allá del acarreo desde el lugar de las canteras hacia el lugar en donde se construirán las pirámides, lo que nos tiene reunidos aquí es el de tratar de entender como se usaron cada uno de los obeliscos -o columnas rectoras- para acomodar cada piedra en su lugar basados estrictamente en el simbolismo del Caduceo, y desde "arriba hacia abajo".

Pues bien, mi idea al respecto, se basa en utilizar la cúspide de cada obelisco, ya ubicado en el centro de cada futura pirámide, como soporte superior, -o punta de grúa-, con dos guías en forma de túneles, los cuales traspasarán al obelisco de lado a lado, apuntando cada agujero horadado en lo mas alto de esta gran piedra fundamental, hacia los cuatro puntos cardinales. De esta manera, interiormente, en el vértice superior del obelisco, quedarán formados una especie de túneles horadados de lado a lado, uno encima del otro, de modo de que sendas y gruesas cuerdas puedan circular por entre ellos libremente, ayudadas por un lubricante que puede llegar a ser grasa animal, de manera tal de que las cuerdas no se desgasten y se corten con el uso.

Hasta aquí ya sabemos que mi idea se basa en utilizar cada obelisco como centro rector para la construcción de las pirámides, siguiendo el simbolismo del Caduceo, y que se utilizará cada extremo superior de ellos para que fuertes cuerdas circulen por los agujeros horadados en su parte superior. Y, ¿para que? Para que de un lado un grupo de cientos de personas puedan tirar de la cuerda, mientras que en el otro extremo de ésta, se encuentre un bloque, atado con la misma cuerda, listo para ser "levantado" hacia el centro, hacia a uno de los lados de la base del primero de los tres obeliscos. Desde el centro hacia los costados externos, y desde arriba hacia abajo, ese es el orden de construcción que propongo basándome en el Caduceo.

A estas alturas, el lector que ha llegado hasta aquí, ha sido acreedor de un conocimiento extra por sobre los que ya porta su sapiente humanidad, y ha sido el tenaz, el de mente abierta, el persistente, el curioso, el perseverante, el intrigado, el que desea explorar otras mentes, el amante de la diversidad de opiniones y pensamientos, el que también ha entendido las relaciones anteriormente puestas por mi para juicio de todos.

Por lo tanto, continuemos con la explicación del porqué afirmo yo, que las pirámides se han construido desde dentro hacia afuera y desde arriba hacia abajo.

De la construcción de las pirámides desde dentro hacia afuera.

En este paso, con el primer obelisco colocado firmemente en el centro de la futura pirámide, -ver gráfico de mas abajo-, y basándose en el sistema de agujeros y cuerdas engrasadas mencionado en párrafos anteriores, la construcción desde dentro hacia afuera, no es mas que el simple, pero a la vez, titánico trabajo de que cientos o miles de hombres y animales, tiren de una cuerda muy gruesa, para que la primer piedra rectangular (entre dos y veinte toneladas de peso), lista para colocar, se mueva hacia los pies del obelisco, específicamente hacia uno de sus cuatro lados. De esta misma manera lo hacen utilizando el otro agujero y con otra cuerda engrasada, de manera que se pueda colocar una segunda piedra sobre otro de los costados del pie del obelisco. Y lo mismo aplicado a los otros dos lados sobre el que restan colocar dos piedras mas.

Con esto tenemos cuatro primeras piedras colocadas en la base y alrededor del centro -conformado por la columna, por la vara del Caduceo, por el obelisco- de la que será una de las pirámides. Este proceso de cinchar, alzar y colocar, se deberá repetir hasta que toda la base cuadrangular previamente diseñada por los arquitectos egipcios, se encuentre completada con todos los bloques de piedra en su lugar. Visualmente al finalizar este paso, veremos la gran base de un piso de piedras y el obelisco sobresaliendo unos cuarenta metros desde el centro. Pero desde aquí la metodología de colocación de bloques debe cambiar, no así el método de cinchar y tirar por medio de cuerdas que pasan por los pequeños túneles agujereados en la cúspide del primer obelisco. A partir de aquí la construcción cambia al ir colocando los bloques desde el centro hacia afuera, como al principio, es decir que luego de comenzar a colocar el segundo piso de bloques de piedra, la mismísima forma de la pirámide irá naciendo desde el centro, es decir que toda colocación de nuevas piedras será para armar una nueva y pequeña pirámide sobre la anterior, hasta llegar al nivel de la cúspide del primer obelisco. Con esto se consigue que las piedras continúen siendo levantadas por un costado piramidal sin complicaciones extremas para su elevación. Y en cuanto a la elevación a nuevos pisos de las sucesivas pirámides interiores, para disminuir la fricción respecto del arrastre al momento de elevar las piedras por sobre la "ladera", es posible que se pudieran haber utilizado pequeñas piedras con forma de triángulo recto, de manera tal de colocarlas en cada escalón en "L" conformado por cada piso de cada nueva pirámide interior, a manera de rieles en subida, con el objeto de deslizar los bloques hacia arriba, sin mayores inconvenientes, incluso facilitando dicho trabajo por medio de la utilización de grasa animal para disminuir la fricción.

El repetir lo anterior innumerables veces, la pirámide se va construyendo desde su centro hacia su exterior, creciendo de a poco, pero siempre con forma de pirámide y guiada y erguida gracias a su "columna vertebral", gracias al primer obelisco, el cual, al quedar finalizada la primera etapa -de tres- podremos visualizar la gran base ya construida en la etapa de comienzo y colocación del obelisco, con su tamaño real, en base al diseño previo de la pirámide, y veremos una "pequeña" pirámide en su centro y una pequeña porción del primer obelisco sobresaliendo por su pináculo. Gran base, primera pirámide interior y cúspide del obelisco es lo que tenemos hasta ahora.

En cuanto a los demás pasos que restan; para que la pequeña pirámide central se duplique y luego se triplique, o sea dos pasos mas; dichos pasos se basan en colocar un nuevo obelisco por sobre el primero, horadando primeramente la punta de éste hasta una cierta profundidad, para que el segundo obelisco quede colocado y funcione de la misma manera que el primero, o sea, de columna rectora y de grúa tracción a sangre. Obviamente aquí la complejidad de levantar un obelisco de 40 metros hacia la sima de la primer pirámide tiene que haber sido colosal, y ni hablar del último obelisco.

También pensé en la posibilidad de que hayan utilizado un solo obelisco de 140 metros de largo, ya que, colocándolo en el centro de donde irá cada pirámide, todo lo demás se daría con el solo hecho de subir cada bloque de piedra para ir formando las pirámides interiores hasta que la exterior quede totalmente conformada alrededor de una sola columna rectora, de un solo obelisco. Esta es otra posibilidad que he barajado y que, aunque tallar y trasladar un solo obelisco de 140 metros hasta el lugar de cada pirámide, aunque no imposible, no me fue una opción tan práctica como la de los tres obeliscos, uno encima del otro. Y no nos olvidemos que los bloques interiores no tuvieron que ser necesariamente gigantescos, sino que pudieron haber utilizado bloques mas pequeños y manejables hasta el gran desafío final de los grandes bloques exteriores. Siendo mas pequeños los bloques interiores, habrá sido mas fácil el construir los pasadizos internos que todos conocemos, aunque sea en fotos o videos.

Con esto, mas o menos he explicado mi idea de que las pirámides fueron construidas desde dentro hacia afuera.

De la construcción de las pirámides desde arriba hacia abajo.

Esta metodología de construcción, desde arriba hacia abajo, -ver gráfico de mas abajo-, aparenta ser muy ilógica, sin sentido común, desprovista de toda norma de construcción que el ser humano haya inventado jamás; pero permítanme explicarles el porque pienso yo que que no es así, ya que, por lo que yo entiendo de mi propia idea, -y que puede llegar a ser descabellada para algunos y todo lo contrario para otros-, la construcción desde arriba hacia abajo ya, -y un poco queriéndolo así-, quedó explicada durante el transcurso de esta publicación, debido a la manera en la que se parte para colocar cada bloque de piedra (desde dentro hacia afuera) y que es desde arriba hacia abajo, es decir que para que todos los bloques que se puedan llegar a disponer debajo de cada obelisco, es condición necesaria que primero exista el obelisco, la vara, el Caduceo, de manera tal que todo lo demás tenga razón de ser, es decir que, si no existe una columna vertebral primero -un obelisco- nada de lo que se quiera intentar hacer debajo, tendrá sus frutos, ningún bloque de piedra podrá ser colocado en ningún lugar, debido a que, desde lo alto, no existe columna alguna que haga fluir las cuerdas engrasadas (alrededor del obelisco y desde cada punto cardinal) y desde arriba, desde el pináculo o cima de cada columna, con la fuerza de miles de hombres y animales tirando o cinchando de ellas, como si fueran la fuerza de las dos serpientes que rodean a la vara rectora del Caduceo, las cuales -dichas cuerdas- portan la energía que proviene desde las "profundidades de la tierra", es decir desde lo profundo y animal del hombre, desde la propia fuerza sexual humana, desde lo que en el Árbol de la Vida cabalístico (símbolo creado por el judaísmo y muy relacionado con el Caduceo o Vara de Hermes comparada aquí) árbol que se lo ha denominado "Sefirot", y cuya fuerza de la que hablo se le ha llamado "Yesod", que quiere decir justamente "el Fundamento, la Generación o piedra angular de la Estabilidad".

Por lo tanto, queda claro que la construcción, efectivamente es desde arriba hacia abajo, ya que la fuerza proviene desde arriba, la inteligencia y la conciencia simbolizada en el Caduceo, desde la cima de este, por algo que se asemeja a la glándula pineal, es la que pone en movimiento todas las demás partes que subyace a ésta.

En este punto del artículo, algún lector -con razón- se preguntará, "pero la fuerza proviene desde abajo, desde los hombres y animales que tiran de la cuerda y que están en la tierra y no en el cielo", a lo que yo propondría el siguiente punto de vista para entender que la fuerza se encuentra arriba y no abajo. Veamos. Es cierto que miles de hombres y animales habrán tenido que hacer mucha fuerza desde la base, desde la tierra, para que, por medio de una larga, muy larga cuerda, gruesa y engrasada en su mayor parte, y que surca de ida y de vuelta; con incuestionable firmeza ante tantas tensiones opuestas; por la cima del obelisco, se puedan mover las piedras en el lado opuesto a los que se encuentran tirando o cinchando; pero en este caso, y como en este mismo párrafo ya he demostrado que la fuerza se encuentra arriba y no abajo, por medio de ciertas palabras que han velado mínimamente dicha idea, podré decir explícitamente, que la fuerza se encuentra arriba, debido a que la mayor de todas las tensiones que debe soportar la cuerda, se encuentra localizada justo en la cima del obelisco, lugar desde donde la cuerda, no solamente nivela y retiene las fuerzas centrifugas de cada lado (hombres y bloque) sino que también sufre la torsión por el hecho de surcar el pequeño agujero en forma de túnel, dentro de la cima del obelisco. Es decir que, en la cima, o sea, desde arriba, se generan fuerzas centrifugas descomunales y fuerzas desiguales de torsión, en donde ciertos hilos deberán poder tener la capacidad de estirarse desigualmente, unos mas que los otros. Sin esas fuerzas que provienen desde lo alto, nada de lo que se encuentre debajo tendrá razón de ser.

Esbozo aproximado de mi idea detallada arriba.
Hacer clic sobre la imagen para ampliarla.


Esbozo aproximado de mi idea detallada arriba junto con los tres niveles de pirámides generadas con el proceso de construcción aquí planteado.
Hacer clic sobre la imagen para ampliarla.

Cada uno de los bloques de piedra; sin la fuerza rectora que surca la columna u obelisco, guiados por la inteligencia -es decir, la conciencia- proveniente desde su pináculo, desde su cima; no podrán ser colocados ni organizados en ningún lugar, ni conformar templo alguno. Queda demostrado aquí, que es imperiosamente necesario, que para todo templo; ya sea el dedicado a los dioses, como las pirámides, o el propio templo humano; haya una columna rectora que pueda transmitir las fuerzas y tensiones, desde abajo hacia arriba y desde arriba hacia abajo, como así también desde adentro hacia afuera, con el objetivo de que, al final de todo el esfuerzo de construcción (o de autoconstrucción, dependiendo del templo) todas y cada una de las piedras queden perfectamente ubicadas, unas junto a las otras, en una clara dirección hacia alcanzar la cima, el pináculo, el vértice principal, en donde el templo se conecta con el cielo, es decir, con la Luz de los dioses, gracias a las alas de cisne de aquellas dualidades nombradas mas arriba, pero con el control luminoso de lo que se debe encontrar en la mismísima cima del templo, del pináculo, en donde el símbolo de la conciencia se encuentra, en donde esa glándula pineal, es la que guía nuestra nuestros actos por medio de la conciencia plena lograda por el conocimiento de uno mismo.

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