Durante mucho tiempo he observado, investigado, escrito, vuelto a investigar y nuevamente escrito acerca de aquello que llamamos realidad, particularmente cuando esa realidad se encuentra atravesada por la política, la economía, la geopolítica, la cultura y, por encima de todas esas construcciones humanas, por el propio comportamiento del ser humano, y con el paso de los años he comenzado a comprender que quizás el verdadero objeto de estudio nunca fueron los gobiernos, los sistemas económicos, las ideologías, las instituciones, los conflictos entre naciones, ni siquiera aquellos acontecimientos que alguna vez consideré determinantes para intentar comprender el mundo, sino algo mucho más próximo y al mismo tiempo infinitamente más complejo, algo que se encuentra dentro de cada uno de nosotros y que consiste, precisamente, en la manera en que construimos aquello que creemos saber, porque investigar no significa únicamente acumular información, leer documentos, observar acontecimientos, comparar versiones o intentar descubrir aquello que pudiera encontrarse detrás de una determinada noticia, investigar también significa observar al investigador, observarse a uno mismo mientras investiga, reconocer qué cosas nos producen rechazo, cuáles nos generan aceptación, qué acontecimientos despiertan nuestras sospechas, cuáles despiertan nuestras simpatías, qué recuerdos utilizamos para interpretar el presente y, fundamentalmente, cuánto de nuestras conclusiones proviene verdaderamente de aquello que hemos descubierto y cuánto proviene de aquello que, consciente o inconscientemente, necesitábamos encontrar.
Y es aquí donde comienza, para mí, una cuestión mucho más profunda, porque durante años creí que la evolución del pensamiento consistía fundamentalmente en pasar de la ignorancia al conocimiento, como si el ser humano avanzara en línea recta desde un punto de oscuridad hacia otro punto de iluminación, sin embargo, con el transcurso del tiempo he comenzado a sospechar que la verdadera evolución intelectual quizás sea bastante diferente, quizás no consista en saber cada vez más, sino en aprender a desconfiar incluso de aquello que creemos saber, porque una persona puede acumular miles de datos y continuar siendo prisionera de sus propias certezas, mientras que otra puede saber mucho menos y, sin embargo, conservar abierta la puerta de la duda, y posiblemente sea precisamente allí, en esa pequeña abertura que deja la duda, donde comienza el pensamiento verdaderamente autónomo.
Durante muchos años he observado acontecimientos políticos y geopolíticos intentando encontrar relaciones entre hechos aparentemente independientes, y esa búsqueda me llevó en innumerables oportunidades hacia la intuición, hacia esa extraña capacidad humana que aparece algunas veces antes de que podamos explicar racionalmente aquello que estamos percibiendo, pero también he aprendido que la intuición puede ser una herramienta extraordinaria y, al mismo tiempo, una trampa extraordinaria, porque el cerebro humano posee una capacidad impresionante para encontrar patrones, incluso allí donde quizás solamente existen coincidencias, y esa característica, que probablemente haya sido fundamental para nuestra supervivencia como especie, puede transformarse en un mecanismo mediante el cual terminamos construyendo explicaciones allí donde todavía no poseemos suficientes elementos para afirmar que existe una relación causal.
Tal vez esta sea una de las grandes paradojas de nuestra evolución, porque el mismo cerebro que alguna vez permitió al ser humano observar una sombra entre los árboles y preguntarse si detrás de ella existía un depredador, desarrollando así mecanismos de supervivencia que probablemente salvaron innumerables vidas a lo largo de nuestra historia, es también el cerebro que actualmente observa acontecimientos económicos, políticos, militares, sociales o culturales y rápidamente intenta relacionarlos entre sí, buscando una estructura invisible que explique aquello que está sucediendo, y aunque algunas veces esa estructura exista realmente, otras veces puede ser una construcción de nuestra propia mente, una narración que nace de nuestra necesidad profundamente humana de encontrar sentido en aquello que no comprendemos.
Por eso, con el tiempo, comencé a considerar que ninguna investigación verdaderamente honesta debería comenzar preguntando únicamente qué ocurrió, sino también preguntando qué estoy viendo, desde dónde lo estoy viendo, qué información poseo, qué información desconozco, qué emociones intervienen en mi interpretación, qué intereses pueden existir alrededor de aquello que estoy observando y, quizás la pregunta más incómoda de todas, qué parte de mi propia interpretación estoy dispuesto a abandonar si mañana aparece una evidencia que contradice aquello que hoy considero verdadero.
Porque el pensamiento humano posee una característica que puede resultar peligrosa, y es que una vez que construimos una explicación que nos resulta satisfactoria, comenzamos a buscar aquello que la confirme, mientras que las evidencias que podrían contradecirla tienden a producirnos incomodidad, y entonces puede ocurrir algo verdaderamente paradójico, aquello que comenzó como una investigación destinada a descubrir la verdad puede terminar convirtiéndose en una investigación destinada a demostrar que teníamos razón.
Y esto no sucede solamente en la política, sucede en la religión, en la ciencia mal comprendida, en la economía, en las relaciones humanas, en las discusiones familiares, en las redes sociales, en las guerras culturales y hasta dentro de nosotros mismos, porque todos poseemos una tendencia natural a proteger determinadas representaciones de la realidad, especialmente aquellas que se encuentran vinculadas con nuestra identidad, con nuestra historia personal y con las experiencias que nos han formado, de manera que cuestionar una idea puede llegar a sentirse, psicológicamente, como cuestionarnos a nosotros mismos, y quizás por eso las sociedades humanas pueden ser tan fácilmente divididas, porque antes de dividir a un pueblo mediante fronteras, partidos, religiones, ideologías o intereses económicos, basta con convencer a sus integrantes de que el otro constituye una amenaza, y cuando el ser humano comienza a percibir al otro como enemigo, deja progresivamente de escucharlo, deja de intentar comprenderlo y comienza a interpretar cada palabra proveniente de ese otro como una confirmación de aquello que ya pensaba, y así aparece uno de los mecanismos más antiguos de nuestra especie, la construcción del nosotros y del ellos, una herramienta que posiblemente haya sido útil para sobrevivir en pequeños grupos ancestrales, pero que puede convertirse en una verdadera maquinaria de destrucción cuando se aplica a sociedades enteras.
De esta manera, aquello que denominamos opinión pública puede transformarse en algo mucho más complejo de lo que aparenta, porque ninguna persona recibe la realidad directamente, todos recibimos fragmentos de ella, imágenes, sonidos, palabras, relatos, testimonios, estadísticas, fotografías, interpretaciones y emociones, y posteriormente nuestro cerebro organiza todo ese material para producir una representación coherente del mundo, una representación que no necesariamente es falsa, pero que tampoco necesariamente es completa, y quizás la mayor dificultad del ser humano contemporáneo consista precisamente en olvidar que su representación de la realidad no es la realidad misma.
La historia de la humanidad podría ser contemplada, desde esta perspectiva, como una gigantesca sucesión de interpretaciones, cada generación heredando determinadas explicaciones del mundo, modificándolas parcialmente, rechazando algunas, conservando otras y transmitiendo nuevamente esas interpretaciones a quienes vienen después, y así hemos construido civilizaciones enteras sobre relatos compartidos, sobre símbolos, sobre mitos, sobre instituciones, sobre valores, sobre conceptos económicos, sobre fronteras y sobre ideas acerca de aquello que significa ser libre, ser justo, ser poderoso, ser pobre, ser rico, ser exitoso o incluso ser feliz.
Y aquí aparece una cuestión que considero fundamental, ¿cuánto de nuestro pensamiento realmente nos pertenece?, porque nacemos dentro de una lengua que no elegimos, dentro de una familia que no elegimos, dentro de una cultura que tampoco elegimos, recibimos una determinada educación, observamos determinadas costumbres, escuchamos determinadas explicaciones acerca del bien y del mal, aprendemos qué debemos admirar y qué debemos rechazar, y antes incluso de desarrollar la capacidad intelectual necesaria para cuestionar esas estructuras, ya hemos incorporado una enorme cantidad de información acerca de cómo supuestamente funciona el mundo. Por lo tanto, cuando una persona afirma que piensa libremente, quizás debería preguntarse primero de qué está compuesto ese pensamiento, qué parte proviene de sus propias experiencias, qué parte proviene de sus padres, qué parte de sus maestros, qué parte de sus amigos, qué parte de los medios de comunicación, qué parte de las redes sociales, qué parte de sus propias heridas, qué parte de sus deseos y qué parte proviene simplemente de aquello que escuchó tantas veces que terminó transformándose en una verdad aparentemente indiscutible.
Y no estoy diciendo con todo esto que debamos desconfiar de absolutamente todo, porque la desconfianza absoluta también constituye otra forma de esclavitud intelectual, del mismo modo que creer absolutamente en todo aquello que se nos presenta como verdadero constituye una forma de dependencia, quizás la verdadera libertad se encuentre en algún punto intermedio, en la capacidad de escuchar sin obedecer automáticamente, de creer sin dejar de cuestionar, de dudar sin caer necesariamente en la negación y, sobre todo, de cambiar de opinión cuando la evidencia, la experiencia o la propia evolución interior nos indican que debemos hacerlo.
He llegado incluso a pensar que una conclusión verdaderamente madura no debería decir solamente “esto es así”, sino también “esto es lo que actualmente puedo comprender de aquello que observo”, porque existe una enorme diferencia entre ambas expresiones, la primera clausura la búsqueda, mientras que la segunda la mantiene viva, y si nuestro pensamiento continúa evolucionando durante toda nuestra existencia, entonces toda conclusión posee necesariamente una condición provisional, no porque carezca de valor, sino porque el ser humano que la formula tampoco permanece idéntico a sí mismo.
Ayer no fui exactamente quien soy hoy, y probablemente mañana tampoco seré exactamente quien soy ahora, porque cada experiencia modifica alguna pequeña estructura de nuestra percepción, cada conversación puede introducir una nueva posibilidad, cada libro puede alterar una antigua certeza, cada fracaso puede desmontar una ilusión, cada descubrimiento puede obligarnos a reorganizar nuestras ideas y cada acto de introspección puede mostrarnos que aquello que durante años atribuíamos al mundo exterior quizás tenía una raíz profundamente interior.
Por eso considero que la evolución del pensamiento no debería medirse únicamente por la cantidad de conocimientos que una persona acumula, sino también por su capacidad para observarse a sí misma mientras piensa, porque existe una diferencia enorme entre pensar y observar cómo pensamos, y posiblemente ese segundo movimiento constituya uno de los primeros pasos hacia el autoconocimiento, porque cuando comienzo a observar mis propias conclusiones, también comienzo a observar mis prejuicios, mis temores, mis deseos, mis contradicciones y mis necesidades de tener razón, por lo que, quizás, la verdadera madurez intelectual no consista en encontrar definitivamente quiénes son los buenos y quiénes son los malos, quiénes son los culpables y quiénes son las víctimas, quiénes poseen la verdad y quiénes viven engañados, sino en comprender que la condición humana es mucho más compleja que cualquiera de esas clasificaciones, y que detrás de cada estructura de poder existen seres humanos, detrás de cada sistema económico existen necesidades humanas, detrás de cada conflicto existen historias, detrás de cada ideología existen personas que creen estar defendiendo una determinada idea de justicia y, al mismo tiempo, detrás de cada gran error colectivo existe una multitud de pequeños seres humanos convencidos de que estaban haciendo lo correcto.
Esto no significa justificar la injusticia, la corrupción, la violencia, la manipulación ni el abuso del poder, significa comprender que para transformar verdaderamente aquello que consideramos injusto necesitamos algo más profundo que el odio, porque el odio puede destruir al adversario, pero difícilmente pueda construir una sociedad diferente, y si aquello que pretendemos transformar se encuentra sustentado en estructuras psicológicas, culturales y económicas que llevan siglos desarrollándose, entonces quizás necesitemos algo mucho más poderoso que la violencia, necesitamos conciencia.
La palabra, en este sentido, adquiere una importancia extraordinaria, porque el ser humano ha utilizado históricamente la fuerza para imponer aquello que no pudo conseguir mediante el diálogo, y sin embargo la palabra puede construir consensos allí donde la fuerza solamente construye obediencia, puede permitir que dos personas que piensan de manera completamente diferente encuentren un punto común, puede transformar un conflicto en una conversación y una conversación en una posibilidad, y quizás la evolución de nuestra especie consista precisamente en aprender a utilizar cada vez menos la fuerza y cada vez más la conciencia.
Tal vez también debamos revisar nuestra relación con el poder, porque el poder no pertenece exclusivamente a quienes gobiernan, a quienes poseen grandes fortunas, a quienes controlan instituciones o a quienes poseen capacidad militar, también existe una forma de poder dentro de cada individuo, y esa forma de poder consiste en decidir qué hacer con aquello que recibe, qué creer, qué cuestionar, qué compartir, qué rechazar y qué transmitir a los demás, porque una persona que recibe información y la reproduce automáticamente se convierte en un eslabón de una cadena, mientras que una persona que recibe información, la analiza, la contrasta, la cuestiona y finalmente decide qué hacer con ella comienza a recuperar una pequeña porción de su autonomía. Y quizás en lo anterior se encuentre una de las grandes batallas de nuestro tiempo, no necesariamente una batalla entre países, ni entre ideologías, ni entre sistemas económicos, sino una batalla mucho más silenciosa que ocurre dentro de la mente humana, entre el pensamiento autónomo y el pensamiento automático, entre la capacidad de cuestionar y la necesidad de obedecer, entre la curiosidad y la certeza, entre la conciencia y la repetición, entre aquello que verdaderamente pensamos y aquello que simplemente hemos aprendido a repetir.
Por eso, después de tantos años de observar el mundo desde diferentes perspectivas, ya no me interesa tanto afirmar que determinada persona, determinado gobierno, determinada institución o determinado sistema posee la totalidad de la culpa, porque semejante afirmación volvería a colocarnos dentro de la misma estructura mental que intento cuestionar, una estructura que necesita encontrar un único responsable para poder descansar tranquilamente sobre una explicación sencilla, cuando quizás la realidad sea mucho más incómoda, porque todos participamos, de una manera u otra, en la construcción de la realidad colectiva, incluso cuando creemos no participar. Cada vez que repetimos una mentira sin comprobarla, participamos, cada vez que rechazamos una verdad simplemente porque proviene de alguien que no nos agrada, participamos, cada vez que convertimos al diferente en enemigo, participamos, cada vez que dejamos de pensar porque resulta más cómodo que otro piense por nosotros, participamos, y cada vez que aceptamos una explicación sin preguntarnos qué intereses, emociones, necesidades o circunstancias existen detrás de ella, cedemos una pequeña parte de nuestra libertad intelectual.
Entonces, quizás la pregunta más importante ya no sea quién ha sido más perverso, quién ha sido más bueno, quién nos ha engañado, quién nos ha salvado o quién ha provocado nuestras desgracias, quizás la pregunta verdaderamente importante sea otra, mucho más incómoda y al mismo tiempo mucho más útil, ¿qué parte de todo aquello que considero verdadero ha sido realmente examinada por mí?
Y si la respuesta fuese “muy poca”, no deberíamos sentir vergüenza, porque reconocerlo sería precisamente el comienzo de algo nuevo, porque nadie puede liberarse de una cadena que no sabe que lleva puesta, y nadie puede comenzar a construir un pensamiento verdaderamente propio mientras continúe creyendo que todas sus ideas nacieron espontáneamente dentro de su propia mente.
Quizás entonces evolucionar no signifique abandonar todas nuestras antiguas ideas, sino aprender a mirarlas desde una distancia suficiente como para poder decidir cuáles permanecen, cuáles deben modificarse y cuáles deben desaparecer, porque el pensamiento, al igual que la vida, necesita movimiento, y aquello que deja de moverse comienza lentamente a morir.
Por eso, aquella que alguna vez consideré una conclusión final, hoy prefiero contemplarla simplemente como otro punto de inflexión, porque si existe algo que he aprendido durante este largo recorrido es que las conclusiones verdaderamente importantes no cierran las puertas, las abren, no nos dicen definitivamente qué pensar, nos enseñan a pensar, y no nos conducen necesariamente hacia una respuesta, sino hacia una pregunta todavía más profunda.
Tal vez la evolución del pensamiento humano comience exactamente allí, en el instante en que dejamos de preguntarnos solamente qué debemos pensar y comenzamos a preguntarnos por qué pensamos aquello que pensamos, quién nos enseñó a pensarlo, qué experiencias lo construyeron, qué emociones lo sostienen, qué evidencias lo confirman, qué evidencias podrían refutarlo y, finalmente, si somos capaces de abandonarlo cuando nuestra conciencia nos demuestra que ya no nos sirve para comprender la realidad. porque quizás el verdadero ser humano libre no sea aquel que tiene todas las respuestas, sino aquel que todavía conserva el valor suficiente para hacerse preguntas, y quizás el verdadero pensamiento autónomo no sea aquel que jamás cambia, sino aquel que puede cambiar sin sentir que por hacerlo ha perdido su identidad.
Después de todo, seguimos siendo seres humanos en evolución, seres que alguna vez miraron al cielo intentando comprender las estrellas, que alguna vez temieron al trueno porque no comprendían su origen, que posteriormente inventaron explicaciones, luego desarrollaron métodos para investigar, después descubrieron que muchas de aquellas explicaciones eran incorrectas y finalmente continuaron mirando hacia arriba, preguntándose nuevamente qué existe más allá de aquello que nuestros ojos pueden ver.
Y quizás esa sea, en definitiva, la esencia misma de nuestra condición, no saberlo todo, sino continuar buscando, investigar sin convertir la investigación en dogma, intuir sin transformar la intuición en certeza absoluta, creer sin dejar de cuestionar, cuestionar sin caer en la negación permanente, escuchar sin obedecer automáticamente y, sobre todas las cosas, aprender a observar nuestro propio pensamiento como quien observa un espejo, sabiendo que aquello que aparece frente a nosotros no es necesariamente el mundo, sino solamente la imagen que nuestra propia conciencia ha conseguido construir de él. Tal vez allí, justamente allí, comience la verdadera libertad.


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