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12/11/2025


El visitante interestelar 3I/ATLAS se revela como algo más que una rareza astronómica: es un espejo del alma humana proyectado en la inmensidad del Cosmos. En su trayectoria imposible, su composición metálica y su brillo azul, se esconde un mensaje que trasciende la ciencia y se introyecta hacia el misterio de la consciencia. Entre los ecos de la señal “¡WoW!” y la mirada de Avi Loeb, se deja ver un símbolo de la unión entre lo visible y lo invisible, entre el cálculo y la intuición. En este texto exploro la dimensión filosófica y espiritual de un fenómeno que desafía no solo las leyes del movimiento, sino también las fronteras del entendimiento interior.

Hay veces en que el universo nos devuelve la mirada. No lo hace con palabras, sino con un destello improbable, una geometría de precisión inaudita que desarma la estadística y desafía el dogma. El visitante interestelar 3I/ATLAS es, para mí, uno de esos gestos. Un símbolo en movimiento, una grieta en la estructura del silencio cósmico que parece hablarnos en el lenguaje de las coincidencias imposibles. Su trayectoria retrógrada, alineada dentro de un margen de apenas cinco grados con el plano eclíptico, no es solo una curiosidad orbital: es una insinuación. El cosmos, con sus manos invisibles, parece haber trazado una línea que no es de piedra ni de fuego, sino de intención. Me pregunto si acaso los cometas son neuronas del universo, sinapsis entre sistemas estelares que se comunican mediante la física del misterio. En la superficie de la probabilidad —esa bruma matemática que tanto nos protege del asombro—, 0,2% puede parecer un número pequeño; pero para el alma que busca sentido, es una grieta por donde se cuela lo inefable. Heráclito lo intuyó cuando dijo que “la naturaleza ama ocultarse”, y es quizás en esos desvíos ínfimos donde la naturaleza se desnuda, recordándonos que el orden aparente es apenas el reflejo más pobre del orden real.

Durante los meses de julio y agosto de 2025, el objeto desplegó una antítesis luminosa: una anticola dirigida hacia el Sol. Un chorro invertido, negando el comportamiento de los cometas conocidos, como si el cuerpo celeste estuviera desafiando las leyes que dictan el flujo del polvo cósmico. No fue ilusión óptica ni artificio geométrico: fue un acto de rebeldía termodinámica. Y en esa rebeldía, yo percibo el eco del espíritu humano, esa fuerza que a veces se atreve a irradiar en dirección opuesta a la corriente del mundo.

Quizás 3I/ATLAS no vino a mostrarnos su estructura, sino la nuestra. Loeb menciona que su núcleo es un millón de veces más masivo que ʻOumuamua y mil veces más que Borisov. Y sin embargo, se desplaza más rápido que ambos. ¿Qué clase de materia interior alberga un viajero interestelar que pone en jaque al equilibrio entre masa y velocidad? En la alquimia del alma, eso equivaldría a un ser cargado de peso simbólico —de historia, de densidad espiritual— que, pese a su carga, avanza con ligereza. Un maestro interior que, al igual que el visitante interestelar, no se deja gobernar por la inercia de los mundos pasados. La precisión de su llegada, calculada para rozar los dominios de Marte, Venus y Júpiter sin ser visible desde la Tierra, es una obra sinfónica de invisibilidad. Una obra maestra de sincronización universal con una probabilidad de apenas 0,005%. Es como si hubiera querido evitar nuestra mirada, pero no nuestro presentimiento. En la tradición hermética, lo que no puede ser visto es lo que más debe ser comprendido. Y en ese juego de sombras, 3I/ATLAS se convierte en un espejo de nuestras zonas ocultas: aquello que transita el cielo interno sin ser aún revelado a la conciencia. Su penacho de gas, con un exceso de níquel en proporción al hierro, rompe nuevamente las proporciones naturales. El níquel —metal de transición, símbolo de resistencia y pureza en la metalurgia humana— aparece aquí en abundancia, como si la forja cósmica hubiese querido recordar la alquimia. En los laboratorios siderales donde nacen los elementos, ¿qué significado tiene un cometa cuya composición se asemeja a las aleaciones industriales del hombre? Tal vez sea una metáfora invertida: no es que el cosmos imite a la industria, sino que nuestra industria, inconscientemente, imita a las antiguas proporciones del cosmos.

El filósofo Giordano Bruno habría sonreído. Él, que hablaba de infinitos mundos y fue quemado por abrir demasiado los ojos, habría visto en este visitante no una roca errante, sino una idea viva: una antorcha inteligente desplazándose entre la vastedad del éter. Porque cuando el cielo nos envía un cuerpo con tanto níquel como si hubiese sido fundido en una fragua inteligente, algo en nosotros —ese sensor arcaico del mito— despierta y pregunta: ¿quién lo encendió?

La anomalía siguiente parece rozar lo imposible: una polarización negativa extrema, jamás observada en ningún cometa conocido, ni siquiera en el mismísimo Borisov. Es como si la luz, al reflejarse en su superficie, eligiera invertir su signo, cambiar el sentido de su vibración para pronunciar un mensaje en negativo. En la física, la polarización es una cuestión de orientación; en el alma, también. Tal vez 3I/ATLAS nos está recordando que la iluminación verdadera no es la del brillo externo, sino la del contraste interior. Que, a veces, lo que parece oscurecer, revela con mayor profundidad lo que somos.

Y justo cuando la ciencia podría haberlo encerrado en una categoría más —“cometa interestelar con comportamiento atípico”—, el cosmos nos lanza otro guiño imposible: su dirección de origen coincide con la señal de radio “¡WoW!” detectada en 1977. Una diferencia de apenas nueve grados. Una casualidad de menos del uno por ciento. En la escala astronómica, esa coincidencia es casi un susurro de intención. No digo que sea una confirmación de vida inteligente, pero sí una resonancia simbólica que atraviesa el tiempo, como si ambos fenómenos fueran fragmentos de un mismo lenguaje aún no traducido. Cuando se produjo aquella señal, el radioastrónomo Jerry Ehman escribió “Wow!” en el margen de la impresión. No fue un término técnico, fue un grito humano. Quizás el más honesto que pueda proferirse ante lo inexplicable. Y ahora, casi medio siglo después, otro mensajero —esta vez visible, tangible, registrable por telescopios y sensores— parece responderle desde el abismo. Entre ambos sucesos se conforma un puente invisible: un diálogo entre la curiosidad del hombre y la memoria del universo.

Cerca del perihelio, 3I/ATLAS brilló más azul que el Sol, con un resplandor que aumentó a una velocidad imposible para los modelos de sublimación conocidos. Ese azul intenso, esa pureza espectral, me recuerda las antiguas descripciones místicas de la “luz del espíritu”, la lux caelestis de los neoplatónicos. En la alquimia del color, el azul simboliza la transmutación superior, el estado en que la materia se aproxima al espíritu. ¿Acaso este visitante celeste no está mostrándonos, a su manera, un proceso de ascensión física que encuentra su eco en la ascensión interior del alma humana?

Si seguimos la observación de Loeb, tras el perihelio, 3I/ATLAS habría emitido una compleja estructura de chorros que parecían emanar desde múltiples fuentes, casi como una criatura que respira por más de un pulmón. La física lo explicaría con presiones internas, con rotación, con tensiones térmicas; pero el símbolo va más allá: los chorros son exhalaciones, impulsos vitales, manifestaciones de energía que buscan equilibrar el calor interno con el vacío exterior. En el ser humano, ese equilibrio es la respiración consciente, el “soplo vital” del que hablaban los místicos y los yoguis. 3I/ATLAS exhala, como nosotros, para no romperse ante el fuego del Sol.

Sin embargo, Loeb también se pregunta si este cuerpo no se fragmentó al acercarse demasiado al astro. Si fue así, su historia no termina en destrucción, sino en multiplicación. Lo que se rompe, se reparte. Lo que estalla, fecunda. Así lo entendieron los alquimistas cuando escribían que “la putrefacción es el principio de la vida nueva”. En mi modo de verlo, cada fragmento del 3I/ATLAS sería una semilla de sentido, una resonancia que lleva en sí la memoria de la totalidad.

El misterio se amplía con su aceleración no gravitacional, un movimiento que no puede explicarse del todo con la evaporación ni con la presión de radiación solar. Para los físicos, es un problema de fuerzas residuales. Para el alma, es la metáfora perfecta de aquello que nos impulsa sin causa aparente: el llamado interior. Ese empuje que sentimos cuando todo parece inmóvil y, sin embargo, algo dentro nos mueve hacia el cambio. 3I/ATLAS, como nosotros, parece guiado por una fuerza que no se mide, pero se siente. Por ello, en las antiguas cosmogonías, los mensajeros del cielo —meteoros, cometas, estrellas fugaces— eran considerados portadores de conciencia. No por superstición, sino por intuición. El cielo, para nuestros ancestros, era el espejo del alma. Si un cuerpo atravesaba la bóveda celeste de modo diferente a los demás, era porque un espíritu también estaba cruzando los límites de la mente humana. Hoy lo llamamos “objeto interestelar”, pero en esencia sigue siendo lo mismo: una visita del Otro, un recordatorio de que no estamos solos ni en el cosmos ni en nuestra propia interioridad.

El hecho de que su composición muestre apenas un 4% de agua —en contraste con la abundancia hídrica de los cometas convencionales— es también un símbolo de sequedad espiritual. Donde el agua representa emoción, memoria y vida, su ausencia sugiere un viajero que ha trascendido el plano sensible, un cuerpo que no llora, que no lleva consigo los fluidos de lo orgánico. Un asceta celeste, un mensajero que ya ha pasado por la purificación del fuego y que ahora viaja liviano, sin necesidad de lágrimas.

Algunos pensarán que exagero el vínculo entre ciencia y alma, pero no es así. Johannes Kepler, padre de la astronomía moderna, escribió: “La geometría es coeterna con el alma divina.” Si la geometría que traza el universo es divina, entonces cada trayectoria, cada desviación, cada órbita improbable lleva consigo una intención sagrada. 3I/ATLAS no es solo un cometa: es una idea con forma, un pensamiento sideral que atraviesa nuestra consciencia colectiva para preguntarnos si aún somos capaces de ver el milagro en lo estadísticamente imposible.

Cuando observo los datos —las proporciones de níquel, las trayectorias sincronizadas, las probabilidades ínfimas—, no veo únicamente un fenómeno físico. Veo un espejo. Veo al ser humano intentando comprenderse a través del reflejo de un visitante del abismo. El universo no habla en idiomas humanos, pero su gramática se expresa en coincidencias, en resonancias. La rareza de 3I/ATLAS es un poema cifrado. Y como todo poema, no se descifra con fórmulas, sino con presencia.

Quizás este cometa sea una metáfora del alma que, tras millones de años de viaje, se aproxima al Sol de la conciencia, exhala sus últimos velos, se fragmenta y se disuelve en luz. En ese instante, deja de ser objeto para convertirse en enseñanza. Lo que queda de él no son trozos de roca ni datos espectrales, sino una huella arquetípica: la del ser que no teme desintegrarse para conocer su origen.

Así como 3I/ATLAS se acercó al Sol y se volvió azul, así también el ser humano, al aproximarse al centro de su propia verdad, atraviesa la incandescencia de lo que lo disuelve. Ambos —cometa y consciencia— viajan desde regiones desconocidas, y ambos dejan tras de sí un rastro que ilumina.

En el fondo, no importa si este visitante fue una roca, una sonda natural, una sonda artificial o una sinapsis cósmica. Lo importante es lo que evocó en nosotros: la certeza de que el universo aún guarda misterios que ningún algoritmo puede agotar. Que detrás de cada dato improbable se devela un llamado invisible. Que, a veces, la ciencia más profunda es la que se atreve a mirar el cielo con los ojos del alma.

Y así, mientras el polvo de 3I/ATLAS se dispersa en el vacío, yo sigo mirando el espacio con la misma pregunta que escribió Ehman, no en un papel, sino en mi interior: Wow.

A veces el universo no busca ser comprendido, sino recordado. Porque en cada órbita imposible, en cada chorro que desafía las leyes, hay algo equivalente de aquello que olvidamos: que también somos viajeros interestelares, hechos de polvo y de conciencia. 3I/ATLAS no solo cruzó el cielo (sin finalizar todavía, su trayecto por nuestro sistema solar); cruzó una frontera invisible en nosotros mismos. Su paso nos está recordando a toda la humanidad que la ciencia es una forma del asombro, y que el alma —cuando observa con humildad— puede hallar en un simple reflejo azul la prueba de su propia infinitud.

Allí donde la razón mide, el espíritu siente; y donde el cálculo se detiene, comienza la sabiduría. Quizás ese fue siempre el verdadero mensaje del "cometa": enseñarnos que mirar el cielo es, en el fondo, mirar hacia dentro.

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20/10/2025


He llegado a comprender, con el paso del tiempo, que cada decisión consciente que tomo no se origina únicamente en un razonamiento lógico o una deliberación intelectual. En lo más profundo de mi experiencia, siento que existe una red de señales sutiles, casi imperceptibles, que anteceden a todo pensamiento. Esas señales, que llamo los “hilos iniciales”, son como filamentos que emergen desde una región desconocida de la psique: el inconsciente. Cuando los percibo, algo en mí se reordena. No es una deducción, ni una conjetura racional; es más bien una proyección intuitiva, un presentimiento que se gesta en un lenguaje que aún no ha aprendido a hablar, pero que, paradójicamente, siempre se hace entender. Y esos hilos se manifiestan a veces como imágenes fugaces, a veces como sensaciones corporales o intuiciones inexplicables que se anticipan a los hechos. Y cada vez más, he comprendido que su presencia obedece a una dinámica muy similar a la de los sueños en fase REM, donde el inconsciente intenta comunicarse con la conciencia atravesando el filtro del preconsciente. Freud denominó a este proceso “el retorno de lo reprimido”, pero yo prefiero pensarlo como la emergencia de lo latente, la forma que tiene el alma de empujar sus verdades hacia la superficie. Jung, en cambio, lo habría visto como un intento del Sí-Mismo por equilibrar el yo consciente. Él decía: “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino.” Quizás eso explique por qué, cuando soy capaz de percibir esos “hilos iniciales”, puedo anticipar situaciones futuras: no porque esté leyendo el porvenir, sino porque estoy escuchando el destino que ya se está tejiendo en las profundidades del inconsciente.

Me gusta imaginar lo anterior, como un pulpo psíquico que habita en el océano interior. Sus tentáculos se extienden hacia la superficie del pensamiento, pero el cuerpo principal —ese que contiene la totalidad del evento o símbolo— permanece oculto en la oscuridad. Cuando uno logra ver los movimientos de esos tentáculos, puede intuir, sin haberlo visto del todo, la forma del ser que los mueve. No se necesita que el pulpo emerja por completo; basta con observar los gestos sutiles de sus extensiones. Es, en esencia, una forma de conocimiento proyectivo, donde la intuición actúa como un radar que detecta el movimiento de lo invisible. Y he comprobado, una y otra vez, que cuando presto atención a esos hilos —a esos pequeños eventos, sin aparente conexión entre sí—, puedo entrever el contorno de un suceso mayor que todavía no se ha manifestado. Lo mismo ocurre en la vida cotidiana: los grandes eventos no surgen de la nada, sino de una acumulación de microeventos que los preceden. Lo que para la mayoría pasa inadvertido, para la mente entrenada en la observación intuitiva es como el movimiento de los tentáculos del pulpo antes de su ascenso.

La dificultad está en que el mundo moderno ha atrofiado esta capacidad. Hemos delegado nuestra percepción interior a favor de la inmediatez externa. Donde antes había contemplación, ahora hay distracción. Donde antes el alma creaba símbolos, hoy el ojo salta de una pantalla a otra. El Homo Videns, como advirtió Sartori, ya no ve para comprender, sino para consumir imágenes. Y cuando la visión se transforma en consumo, el pensamiento se vuelve débil, fragmentario, sin capacidad de hilvanar los hilos invisibles que conducen a la verdad.

No obstante, esta habilidad de anticipar, de captar los “hilos iniciales”, no se pierde del todo. Se adormece, como un músculo que espera volver a ser usado. Es posible cultivarla mediante el hábito de la introspección y la atención sostenida. En mí, esa práctica ha tomado la forma de una observación silenciosa, una especie de meditación activa donde la mente, lejos de aquietarse por completo, se mantiene en una alerta serena. Es en ese estado donde lo sutil se vuelve perceptible.

Hermes Trismegisto enseñaba en su Tabla Esmeralda que “lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo”. Y en esa correspondencia universal encuentro un eco de mi propia experiencia: lo que ocurre en lo profundo de la mente tiene su reflejo en el mundo exterior. Los hilos del inconsciente no solo predicen, sino que reverberan en la realidad. Todo acontecimiento visible es la manifestación final de un proceso invisible que comenzó mucho antes, en un nivel simbólico o energético. Entonces, si logro hacer consciente una ramificación inconsciente, entonces esa ramificación deja de dirigir mis actos desde la sombra. Me hago partícipe de la creación de mi propio destino, y al mismo tiempo, más consciente del tejido invisible del universo. Como si el pulpo, al sentir que ya no necesita ocultarse, se transformara en un aliado en lugar de una amenaza. Y sin embargo, hay algo más profundo aún: la comprensión de que esos hilos, esas ramificaciones, no me pertenecen solo a mí. Son parte de un entramado colectivo. El inconsciente personal, como decía Jung, es apenas una célula dentro del inconsciente colectivo. Cada pensamiento, cada emoción, cada intuición, participa en un campo mayor. Cuando uno desarrolla la capacidad de observar los hilos en sí mismo, también empieza a percibir los hilos que mueven a la humanidad entera.

Esa es la verdadera expansión de la conciencia: pasar de la intuición individual a la intuición arquetípica. Comprender que los “tentáculos del pulpo” no emergen solo de mi propio inconsciente, sino del inconsciente del mundo. Y al reconocer eso, toda intuición se convierte en una forma de participación cósmica.

La introyección, el hábito intelectual y la erosión del pensamiento profundo en la era del Homo Videns

Cada vez que me adentro en el proceso de observar esos hilos invisibles, me doy cuenta de que lo verdaderamente trascendente no está en la anticipación misma del evento, sino en el tipo de conciencia que surge cuando uno aprende a mirar hacia adentro con el rigor y la entrega de quien excava en su propio ser. No es un ejercicio de adivinación, ni una especie de clarividencia: es una forma superior de autoconocimiento. He comprendido que lo que llamo proyección intuitiva no es otra cosa que una consecuencia de la introyección consciente, esa práctica de mirar los propios abismos sin temor, de iluminar las cavidades mentales donde el inconsciente deposita sus símbolos, pulsiones y deseos no revelados. Y la introyección, cuando se convierte en hábito, actúa como una alquimia psíquica. Uno comienza por enfrentarse con lo reprimido, con lo incómodo, y termina por transformar la percepción misma de la realidad. En ese proceso, la frontera entre el yo y el mundo se difumina: lo que ocurre dentro se refleja fuera, y lo que ocurre fuera se convierte en espejo de lo interno. Lo sabía bien Schopenhauer cuando afirmaba que “el mundo es mi representación”; sin embargo, no todos están dispuestos a asumir el peso de esa afirmación. Porque si el mundo es representación, entonces también lo es cada dolor, cada alegría, cada evento que creemos ajeno. Todo aquello que experimento afuera no es más que un eco de mis propias profundidades.

En esa comprensión, la intuición adquiere un sentido más elocuente. Ya no se trata solo de anticipar lo que vendrá, sino de comprender el modo en que el inconsciente participa activamente en la creación de la realidad. Y para lograrlo, hace falta algo que escasea cada vez más: disciplina interior. Porque el alma, como una vasija, necesita llenarse de experiencia, de conocimiento, de observación. Si esa vasija permanece vacía, no hay fermento que transforme la intuición en sabiduría.

Pienso entonces en cuán escasa se ha vuelto esa forma de trabajo interior. Vivimos en un tiempo en el que el ejercicio del pensamiento profundo se ha vuelto casi una excentricidad. La cultura contemporánea parece más interesada en distraer que en enseñar a pensar. La atención, esa joya silenciosa del espíritu, ha sido troceada por el brillo inmediato de la distracción constante. En este escenario, la introspección es casi un acto de rebeldía.

El sociólogo Giovanni Sartori, en su lúcida obra Homo Videns, ya advertía que el hombre moderno ha pasado de ser un ser que piensa a ser un ser que ve sin comprender. El pensamiento conceptual se ha empobrecido, sustituido por una avalancha de imágenes que ocupan la mente sin nutrirla. Y así como el cuerpo se debilita cuando no se lo ejercita, también la mente se atrofia cuando no se la obliga a pensar con profundidad. El resultado es una humanidad que reacciona pero no reflexiona, que opina pero no comprende.

Cuando menciono el hábito intelectual, no me refiero a la acumulación de datos o a la erudición vana, sino a la capacidad de sostener una línea de pensamiento hasta sus últimas consecuencias. Ese hábito es lo que mantiene viva la llama de la introspección. A fuerza de repetición, la mente aprende a observar sus propios mecanismos, y con el tiempo, la introspección deja de ser un esfuerzo para convertirse en una segunda naturaleza. Lo que al principio parece arduo, termina por ser placentero: el alma encuentra gozo en conocerse. Platón lo insinuó en el Alcibíades Mayor cuando dijo que el alma, para conocerse, debe mirarse en otra alma, como los ojos se miran en los ojos del otro. Pero hoy, la mayoría evita esa mirada. Tal vez porque mirarse interiormente implica reconocer las sombras, los miedos, los monstruos que, pugnan por emerger del inconsciente hacia la conciencia. Sin embargo, esos “monstruos” no son enemigos: son guardianes de la energía psíquica. Son fragmentos de nuestro ser que reclaman integración.

Cuando el individuo rehúye ese encuentro, se fragmenta; y una sociedad de individuos fragmentados no puede aspirar a la coherencia colectiva. El resultado es un mundo donde la distracción reemplaza a la profundidad, y la inmediatez suplanta a la reflexión. Pero cuando uno se atreve a mirar hacia adentro, y a hacer del pensamiento un hábito, la percepción se afina hasta el punto de poder reconocer los patrones invisibles que unen los eventos aparentemente desconectados.

Es entonces cuando los “hilos iniciales” se vuelven visibles, no como anomalías, sino como manifestaciones naturales del orden interno de las cosas. El individuo que se conoce a sí mismo aprende también a leer el mundo, porque en en cierta forma, el mundo no es más que una proyección ampliada de su propio inconsciente. Y en ese reconocimiento, surge una forma de determinismo que no es mecánico, sino espiritual: el determinismo del alma, que no se basa en leyes físicas, sino en leyes simbólicas. Me pregunto a menudo qué pasará con la humanidad si esta capacidad de detección y proyección se pierde del todo. Si el Homo Videns continúa predominando, el determinismo aplicado —esa capacidad de prever lo que está por venir observando las señales sutiles del presente— podría desvanecerse como una ciencia olvidada. Ya no podríamos deducir los efectos a partir de las causas invisibles, porque el ojo que percibe lo sutil se habría cerrado. Pero, sin embargo, guardo esperanza. Creo que la conciencia humana es cíclica, que el péndulo de la historia oscila entre el olvido y el despertar. Así como en la antigüedad el hombre miraba al cielo para leer en las estrellas los designios del alma, también hoy algunos miran hacia adentro para leer en el inconsciente los signos del porvenir. La intuición, en esa "órbita", es la nueva astrología del alma. No predice los hechos, sino las corrientes de sentido que los anteceden.

Así como los antiguos sabios interpretaban los símbolos celestes, nosotros podemos interpretar los símbolos interiores. Cada sueño, cada impulso, cada pensamiento espontáneo es un jeroglífico que el inconsciente nos envía para advertirnos, prepararnos o guiarnos. Ignorarlos es vivir a ciegas. Escucharlos es despertar a la inteligencia profunda de la existencia.

De modo que el desafío contemporáneo no es solo tecnológico ni social, sino eminentemente espiritual: recuperar la capacidad de leer los tentáculos del pulpo antes de que emerja del todo. Porque cuando el evento ya se ha manifestado, cuando el pulpo está a la vista, ya no hay anticipación posible; solo reacción. Pero cuando uno aprende a reconocer sus movimientos en la penumbra del alma, el tiempo se amplía, y el futuro comienza a desplegarse ante la conciencia como un horizonte maleable.

Determinismo, trascendencia y el renacimiento de la conciencia creadora

A medida que profundizo en la observación de los hilos invisibles, comprendo que la llamada “muerte del determinismo aplicado” no es, en realidad, un final, sino una mutación del modo en que el ser humano concibe su relación con la realidad. Durante siglos, hemos creído que los hechos se encadenan con rigidez matemática, que toda causa produce inevitablemente su efecto, y que el universo se comporta como una máquina bien aceitada. Pero, en la medida en que la conciencia humana se expande, esa visión mecánica se vuelve insuficiente. Hoy sé que el verdadero determinismo no es lineal, sino simbólico. No se trata de una sucesión de causas y efectos, sino de una red de correspondencias entre planos de existencia. En otras palabras, no todo lo que ocurre tiene una causa visible, pero todo lo visible está enlazado a una causa invisible. Lo que llamamos “azar” no es más que el reflejo de nuestra incapacidad de leer los patrones sutiles que preceden a los eventos.

Cuando percibo los “tentáculos del pulpo”, esas ramificaciones del inconsciente que emergen en forma de intuición o presentimiento, no estoy violando las leyes del tiempo ni prediciendo el futuro: estoy reconociendo la arquitectura subyacente de los hechos antes de que se manifiesten. De algún modo, el tiempo mismo se vuelve transparente. El pasado, el presente y el futuro dejan de ser etapas separadas y se revelan como partes de un mismo tejido.

Heráclito, en su sabiduría arcaica, afirmaba que “el logos es común a todos, pero la mayoría vive como si tuviera su propio entendimiento”. Esta frase me resuena profundamente, porque describe el fenómeno de desconexión que vivimos hoy: la humanidad ha olvidado el logos común, el hilo invisible que une todas las cosas. La muerte del determinismo, entonces, no es el fin de la causalidad, sino el olvido de esa unidad. Cuando el pensamiento profundo se disuelve y la intuición es reemplazada por la reacción automática, el ser humano se convierte en un espectador del universo, no en su co-creador. El alma deja de leer los signos de su propio destino y se resigna a vivir en la superficie de los acontecimientos, sin comprender su sentido interior. Ese es el verdadero peligro: la desactivación del ojo interno, la pérdida del sentido simbólico. Sin embargo, hay algo en nosotros —una llama que nunca se extingue— que sigue llamando desde las profundidades. Cada intuición es una chispa de ese fuego, un recordatorio de que aún podemos participar activamente en el tejido de la realidad. Cuando escucho mi intuición, cuando observo un pequeño evento y lo asocio con una corriente más vasta que todavía no se ha manifestado, estoy reactivando el vínculo con el logos. Estoy restableciendo la comunicación entre la mente consciente y el alma del mundo.

Es por eso que el verdadero trabajo de autoconocimiento no consiste solo en mirar hacia adentro, sino en entrelazar lo interno con lo externo, lo visible con lo invisible, lo particular con lo universal. El inconsciente individual es apenas una célula del inconsciente cósmico, y cada vez que logramos iluminar una zona oscura de nuestra mente, esa luz se propaga más allá de nosotros.

Jung lo expresaba con precisión: “El encuentro con uno mismo es el destino de toda persona; solo quien mira hacia adentro despierta.”

Esa mirada interior, cuando se convierte en hábito, no solo transforma al individuo, sino que, poco a poco, altera el campo de la realidad colectiva. La conciencia es expansiva por naturaleza; cuando se ilumina, irradia.

Entonces, la tarea no es reconstruir el viejo determinismo racionalista, sino gestar una nueva comprensión: un determinismo espiritual, donde los símbolos, las emociones y los pensamientos son causas tan reales como las físicas. Cada idea es una semilla en el campo de la existencia. Cada intuición es una antena que capta la corriente del futuro antes de que éste se condense en el presente. Podría decirse que vivimos dentro de una sinfonía universal, y que el inconsciente funciona como el pentagrama invisible donde se escribe la melodía de los hechos. Cuando uno aprende a leer esas notas antes de que sean tocadas, participa de la composición del mundo. Ya no se es un oyente pasivo, sino un músico en el concierto de la existencia.

Y aquí emerge una paradoja hermosa: cuanto más consciente me hago de los hilos invisibles, menos necesito controlarlos. La intuición no busca dominio, sino comunión. No se trata de anticipar para manipular, sino de anticipar para comprender. Cuando veo los tentáculos del pulpo moverse en la penumbra, no los temo ni intento detenerlos: los saludo como a viejos aliados que anuncian el ritmo secreto del universo.

En este punto, la intuición se transforma en sabiduría. Ya no es una herramienta para sobrevivir, sino un camino de evolución interior. Es la manifestación práctica de aquello que los místicos orientales llaman prajñā: la inteligencia trascendental que surge cuando la mente y el espíritu se alinean.

La muerte del determinismo aplicado —como lo concebía la modernidad— es también el nacimiento de una nueva forma de pensamiento: no lógico, sino holístico; no secuencial, sino simbólico; no analítico, sino participativo. Es la conciencia comprendiendo que forma parte del mismo tejido que observa, que la realidad externa no es algo que le ocurre, sino algo que co-crea constantemente.

Desde esta comprensión, el acto de intuir deja de ser un misterio y se convierte en una manifestación natural de la conexión entre todos los niveles del ser. La intuición es, en cierto aspecto y a mi modo de ver, la voz del universo hablándose a sí mismo a través del individuo.

Así, lo que algunos llaman casualidad, otros lo llamarán destino, y yo prefiero llamarlo coherencia invisible. Una coherencia que se manifiesta cuando los hilos del inconsciente, los eventos cotidianos y la conciencia despierta se reúnen en una misma sinfonía de sentido.

Quizás el Pulpo del Inconsciente no sea un monstruo ni una metáfora del caos, sino el símbolo perfecto del alma cósmica: una inteligencia que extiende sus tentáculos por todos los rincones de la realidad, conectando lo que creemos separado, uniendo lo que la percepción fragmentaria rompe. Y tal vez, en los silencios donde el pensamiento se aquieta y la intuición susurra, ese Pulpo nos enseña que el futuro no es algo que llega, sino algo que siempre ha estado aquí, esperando a ser visto por quien se atreve a mirar.

Reflexión final

He aprendido que la conciencia no es un destino, sino una dirección. Cada vez que observo un hilo invisible, un detalle sutil, una intuición que se filtra entre mis pensamientos, siento que una parte de mí se reconcilia con el Todo. En esa reconciliación no hay profecía, sino participación. No hay adivinación, sino comunión con la inteligencia universal.

Y así, mientras el pulpo del inconsciente sigue extendiendo sus tentáculos, sigo también extendiendo los míos hacia lo desconocido, sabiendo que, en el fondo, somos el mismo ser mirándose desde distintos reflejos.

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23/06/2023


La búsqueda de conexiones entre la conciencia global y su potencial influencia en el mundo material ha atraído la atención de numerosos investigadores y pensadores a lo largo de la historia; entre ellos, mi persona a través de este proyecto. Desde los primeros intentos de comprender la interacción mente-materia, hasta los estudios más recientes en el campo de la física cuántica y la psicología, se ha explorado la idea de que la intención dirigida mentalmente por parte de la conciencia colectiva puede tener un impacto en los eventos futuros.

Uno de los precursores de este estudio es el renombrado psicólogo suizo Carl Gustav Jung, quien acuñó el término "sincronicidad" para describir la aparición de eventos significativos y aparentemente no relacionados, pero que están unidos por su significado. Jung postuló que estos eventos sincrónicos podrían ser el resultado de una influencia de la mente colectiva en el mundo material. Su trabajo sentó las bases para investigaciones posteriores sobre la relación entre la conciencia y la realidad objetiva.

En línea con los planteamientos de Jung, el físico teórico David Bohm propuso la noción de "holomovimiento", que sugiere que el universo es un sistema holístico y en constante movimiento, donde la conciencia y la materia están intrínsecamente interconectadas. Según Bohm, la realidad no es simplemente una colección de objetos separados, sino una totalidad indivisible en la que la conciencia puede influir en la manifestación de los eventos.

Uno de los enfoques más recientes en este campo es el concepto de "intención dirigida colectiva". Este término se refiere a la idea de que cuando un grupo de individuos comparte una intención o un objetivo común, su poder colectivo puede influir en los resultados y en la materialización de esos resultados en la realidad física. Un ejemplo famoso de esto es el experimento de la Meditación Trascendental en Washington D.C., realizado en 1993, donde miles de meditadores se reunieron para reducir los índices de violencia en la ciudad, y los resultados mostraron una disminución significativa en los crímenes durante ese período.

En el ámbito de la física cuántica, el fenómeno de la "observación consciente" ha despertado un gran interés. Según el principio de la dualidad, la observación de una partícula subatómica puede influir en su comportamiento. Esto ha llevado a especulaciones sobre si la conciencia humana puede afectar los eventos a nivel cuántico y, por lo tanto, tener un impacto en la realidad física a gran escala.

En relación con el Colapso de la Función de Onda y los eventos aleatorios significativos registrados durante los partidos de fútbol de Argentina en el Mundial Qatar 2022, es fascinante considerar la posibilidad de que la mente colectiva esté interactuando con la materia y, de alguna manera, "previendo el futuro" de los resultados. Estos hallazgos podrían estar indicando la existencia de una conexión profunda entre la conciencia global y la realidad objetiva.

Igualmente, es fundamental reconocer que este campo de investigación aún se encuentra en sus primeras etapas y requiere una mayor exploración. Se necesitan estudios más rigurosos, con muestras más amplias y protocolos de investigación robustos, para comprender en detalle cómo la intención dirigida colectiva y la conciencia global pueden influir en los eventos futuros y en la materialización de resultados específicos.

En conclusión, el estudio de la conciencia global y su relación con la intención dirigida mental hacia un objeto o sujeto común es un tema apasionante y multidisciplinario. Desde los pioneros como Carl Jung y David Bohm, hasta los avances más recientes en física cuántica y psicología, en los que me incluyo y hasta he escrito un libro al respecto, hemos comenzado a desentrañar los posibles mecanismos a través de los cuales la conciencia colectiva puede influir en la realidad material. Creo que mis investigaciones y mediciones proporcionan un valioso aporte a este campo en evolución y abren nuevas perspectivas para comprender la interacción entre la mente y la materia a nivel global.

Lic. Nelson J. Ressio.


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12/11/2021


Eventos acausales, pero estadísticamente significativos, cuyo significado, justamente, es posible que se encuentre ante una representación arquetípica, tanto para el si-mismo, como también para el mundo real. Un evento recurrente que no aparenta ser por casualidad y que tiene una naturaleza arquetípica dual generando aquella correspondencia con nuestro si-mismo y con el evento del mundo real.

Particularmente, en el link que adjunto he ido expresando algunos de los eventos sincronísticos que me han sucedido y me suceden, y cada vez con mas frecuencia. Algunos opinan -sobre el link que adjuntaré- de manera jocosa antes de dar una opinión basada en el respeto, otros opinan con mente abierta, otros opinan de una manera simplista de que es el resultado de una simple casualidad... yo, y cada vez con mas convencimiento, opino que son las diferentes señales de que vamos en la dirección correcta... en la verdadera dirección hacia nuestro propio inconsciente, hacia encontrarnos con nuestra piedra filosofal, hacia el Centro de la Tierra -como lo expresara J. Verne- hacia encontrarnos con nuestro si-mismo. Cuanto mas expectantes nos encontremos, no solo con estos innegables hechos acausales significativos, es decir, con la sincronicidad; sino que también con practicar ininterrumpidamente el gran ejercicio de escuchar a nuestro inconsciente, el cual, la única manera que tiene de comunicarse con el consciente es a través de los sueños, ese maravilloso -pero también peligroso- mundo de lo onírico basado en el simbolismo único y relativo al soñante, mas lo que denominaba Freud como reminiscencias arcaicas -si mal no recuerdo- como el simbolismo que traemos desde la evolución de nuestra psique. Pero también, para encontrar aquella piedra filosofal, además de estar atentos a lo que nos quiere transmitir nuestro inconsciente, también debemos estar atentos a todos los eventos corporales, en estado de vigilia, que se corresponden con una señal del inconsciente.

En definitiva, para hallar a nuestros dioses internos, debemos estar atentos, todos los días, a tres cosas: a nuestros eventos sincronísticos (eventos acausales significativos), a nuestros sueños (que no son mas que el lenguaje del inconsciente para hablar con el consciente) y a nuestros sucesos a nivel físico que no se corresponden a eventos conscientes sino que son lo que algunos llaman como reacciones instintivas, reflejas e inconscientes (pero en estado de vigilia).

Entonces, y para no agregar mas palabras aquí, comparto algunas de mis vivencias sincronísticas que he podido registrar:

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08/10/2018


Cuando nos referimos a las frecuencias de vibración del ser humano, desde mi punto de vista, solamente, y sin excepción, tomo la vibración del Sistema Cuántico por excelencia, y que es nuestro Cerebro, sabiendo que nuestros estados de ánimo, como el estar felices, o el estar deprimidos, no son mas que, en esencia, un cúmulo de electrones fluyendo por un medio igual de cuántico que los electrones, y que son las neuronas de nuestro cerebro, ya que ha sido comprobada la superposición de estados y el entrelazamiento, dentro de un mismo cerebro, debido a ello, resumidamente, y quizás con errores de mi parte, y sabiendo que si estamos alegres, dicho estado se corresponde con una cierta disposición de los electrones dentro de nuestro cerebro (un pensamiento o estado de ánimo = nube de partículas con una posible estructura determinista), y por lo tanto, como sabemos que, tal como dijo Tesla, que debemos pensar en términos de energía, vibración y frecuencia, para comprender el universo externo y el interno, aquella nube determinista que se corresponde, a modo de ejemplo, con un estado alegre, será diferente con otra nube determinista que se correspondería con un estado depresivo, como otro ejemplo, y ambas nubes, tendrán una configuración subatómica diferente, en cuanto a que son en esencia, pensamientos diferentes, y al ser manifestaciones diferentes en la realidad, tal como ver una persona triste o alegre, esas dos manifestaciones, tienen sus pares de nubes cuánticas fluyendo por entre las neuronas, y si ambas nubes tendrían la misma vibración, la misma frecuencia, ambos estados de ánimo, serían idénticos, a la vista de un observador externo, mientras que, si ambas nubes son diferentes, constitutivamente hablando, con diferentes valores o grados de vibración y  de frecuencia, de las partículas subatómicas que conforman dichas nubes emocionales, otra vez, a la vista de un observador externo, la persona que porta una de esas dos nubes de ejemplo, mostrará un estado emocional u otro, gracias a lo que sucede, en la mas profunda escencia de la energía, y que son las variaciones de vibraciones y las frecuencias.

Este es mi punto de vista respecto de vibrar a cierta frecuencia o a otra, eminentemente, en cuanto a lo que sucede dentro de nuestro cerebro. Todos los demás órganos, también vibran, por eso los escaneres magnéticos, isotópicos, positrónicos, todos ellos, destinados a estudios médicos, pueden detectar diferentes tipos de imágenes, y es debido a lo anterior, que se denomina, a una de ellas, Resonancia Magnética Nuclear, porque dicho equipo, captura, justamente, la manera en que el magnetismo corporal resuena al aplicársele diferencias magnéticas por parte del equipo, y este, entenderlas y mostrarlas como imágenes, pero, como decía, esto es para otra cosa diferente a lo que explico aquí, y es a la vibración de la conciencia e inconsciente mismos, a la hora de los pensamientos y estados de ánimo.

Mi trabajo de campo, que vengo desarrollando hace varios años, es el de detectar esas nubes cuánticas cerebrales, de estados de ánimo, o de pensamientos, cargados de intención dirigida hacia algún objetivo. Por ejemplo, cuando ocurrió lo de las Torres Gemelas, la mayoría de las personas de este planeta, generaron nubes cuánticas cerebrales, configuradas en una cuasi sincronicidad diría yo, porque posiblemente todas esas millones de nubes habrían vibrado a la misma frecuencia, y todas, estaban configuradas de tal manera, de que se consideraran como nubes de estados de ánimo, con intención dirigida, debido a un suceso de alta carga emocional de carácter colectivo. La intención dirigida, de manera inconsciente, se corresponde con todas esas nubes de partículas cerebrales correspondientes al suceso en cuestión, las que hayan podido estar auto configuradas para vibrar en la misma frecuencia (en cuanto a sus partículas subatómicas conformantes de dichas nubes), es decir, como para poner otro ejemplo, como si fueran muchas personas mirando hacia un mismo punto (y en realidad, en esencia, es lo que sucede), y como sabemos, todo sistema observado, cambia de alguna manera, y cuantos mas ojos (o mentes) están observando, existe mas probabilidad de cambio de lo que está siendo observado. Recordemos la propiedad de la coherencia cuántica, en cuanto al experimento de la doble rendija, pues eso sucede en el cerebro, cuando se genera un suceso de alta carga emocional, ya que todos los cerebros “miran” hacia dicho suceso, y como tal, todo sistema cuántico, o antena cuántica (que es lo que yo he desarrollado y probado durante muchos años) que se encuentre en ese lugar, se sentirá observado, debido a las intenciones dirigidas de millones de personas, ayudado por el entrelazamiento cuántico, ya que, esas nubes correspondientes a pensamientos dirigidos e intencionales, no ocurren dentro del espacio intracraneal y nada mas, sino que, como buen sistema cuántico que es nuestro cerebro y sus pensamientos, cada pensamiento o estado de ánimo, que en esencia subatómica son lo mismo, tendrá otro extremo, sin importar las distancias, y si ocurre un evento de alta carga emotiva, ese otro extremo que “andaría suelto” por el entorno, o por lugares que estarían a miles de años luz de distancia de la nube de pensamientos/emociones originaria, cambiaría de lugar, y la intención dirigida, haría que ese otro extremo cuántico, sea depositado en el tiempo y lugar del suceso de alta carga emotiva. Millones de personas, luego de dicho suceso, han dirigido, de manera inconsciente, sus otros extremos del entrelazamiento, hacia el lugar del hecho, y si existiesen allí, en el centro del problema, lo que denominé como antenas cuánticas, estas detectarían el cambio de coherencia en dichas antenas, porque se sentirían observadas, no por ojos, no por fotones, sino que por otras partículas, por los otros extremos de los pensamientos/estados de ánimos dirigidos y cargados de intención, y esa observación mental sobre un sistema cuántico, lograrían alterar el estado coherente, volviéndolo decoherente, es decir, que, dichos pensamientos dirigidos, estarían interfiriendo con los sistemas cuánticos dispuestos en el lugar del hecho, y al interferir, las partículas propias de dichos sistemas cuánticos, como las nombradas antenas, en lugar de circular por donde deben circular, al transformarse de partículas a ondas, estas harían colisión con la estructura del sistema cuántico que lo contiene; es como estirar los brazos y chocar contra las paredes al ingresar por la puerta, es lo mismo, porque actuamos con poca o nada coherencia, y lo mismo las intenciones dirigidas, que hacen que las partículas del sistema cuántico, actúen decoherentemente, y el sistema responda a dicha colisión con sus paredes cuánticas, y allí entra el proyecto de software del que he hablado al comienzo, y que vengo programando y probando hace años, con resultados muy significativos.

Para los que deseen adentrarse mas en este mundo, explicado arriba, adjunto unos links, algunos a mi página web, donde tengo una explicación de este tema y otro link a la página Facebook del Proyecto.

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16/01/2014


Entre las consecuencias que ella podría comportar, está sobre todo ese fenómeno psíquico y místico de la formación de una egrégora en el seno de una asamblea de discípulos fervientes y unánimes, fenómeno que estaría en condiciones de elevar el espíritu de los participantes hasta una suerte de trascendencia que, gracias a su participación, multiplicaría las posibilidades de intuición y de comprensión.

René Guenón.

Muchos habrán oído hablar del ampliamente conocido "Juego de la Copa", en el que, según el imaginario popular, un espíritu errante, -luego de una "correcta" invocación-, ocupa su interior para que responda a las preguntas que seres humanos le pudieren llegar a realizar. Un espíritu, dentro de una copa boca abajo, respondiendo preguntas. ¿Será posible?

Y en alusión a este mítico Juego de la Copa, primeramente voy a contar algo al respecto, algo que he vivenciado por mi mismo y que, desde luego confieso que fue una magnífica e inolvidable experiencia, todo ello en relación al tan intrigante y milenariamente debatido concepto del Egregor.

Este "Egregor" (que deriva del griego, Egregoroi) que quiere decir: velar, la palabra Egrégora también parte de la misma acepción con el objeto de darle entidad a una fuerza psíquica, mantenida como tal, gracias a las multiplicidades de energías físicas, mentales y emocionales que emanan desde dos o más individuos al momento de estar reunidos bajo un mismo techo y bajo una misma misión y visión. El Egregor, es una forma psíquica, que tiene una amplia relación con los distintos estados de conciencia humanos. Se compone como un "ser" eminentemente psíquico, que se genera como una supra-psiquis colectiva, y que se encuentra, entre, y por encima de las personas que la conforman debido a la proximidad física entre cada una de ellas. Este Egregor, logra ocupar un lugar físico más, entre el grupo, transmitiendo idénticas "vibraciones" psíquicas colectivas, a todos y cada uno de ellos por igual. Se define de la manera antedicha, gracias a la forma de pensar de los individuos del grupo, para lo cual, su condición positiva o negativa dependerá de la suma de todas las fuerzas psíquicas que son emanadas desde cada persona del grupo. Si dicha suma está compuesta por una mayoría de fuerzas psíquicas positivas, el Egregor, que condicionará a todo el grupo, será mayoritariamente positivo. Si todas las mentes del grupo se enfocan en pensamientos, gestos y palabras positivas, el Egregor será totalmente beneficioso y positivo para las decisiones que allí se tomen. Todo lo contrario, es obvio.

Por lo tanto, prosiguiendo con la idea central de este artículo, y que es la relación que pudiera llegar a tener el famoso Juego de la Copa con el enigmático Egregor, cuando yo tenía unos 17 años de edad, finalizando la escuela secundaria, nos reunimos entre unos 6 amigos y yo, para realizar algo que, por lo menos a mi, me cambiaría la forma de pensar respecto a que nuestro alcance mental solo se circunscriba al espacio intercraneal y nada más.

Nos reunimos alrededor de una mesa redonda, y por unas cuantas horas, hasta muy altas horas de la madrugada, realizamos brillantemente lo que se denomina: "El Juego de la Copa", que de seguro muchos de los lectores lo conocerán. El mismo consta simplemente de una copa dispuesta boca abajo ubicada en el centro de un círculo, formado éste por las letras del abecedario escritas en cuadrados pequeños de papel, todo dispuesto sobre dicha mesa. Solo 4 de los que estábamos allí, nos animamos a llevar a buen puerto el tan enigmático "juego". Y dicho y hecho, fue un juego tan maravilloso como asombroso.

Comenzamos disponiendo las yemas de nuestros dedos índices por sobre la base de la copa de cristal, base ésta que apuntaba hacia arriba. Y luego procedimos a formular una batería de preguntas en voz alta, acordadas todas entre las mentes que allí nos encontrábamos, sumadas ellas, a nuestros dedos puestos levemente sobre la copa.

Al principio no sucedía nada significativo, pero, a medida que pasaban los minutos comenzamos a ser espectadores de algo grandioso: la copa comenzaba a moverse, aunque todavía sin ninguna lógica aparente, representando solo un movimiento caótico.

Pero, a medida que intensificábamos las preguntas, -"dirigidas hacia la copa"-, y la concentración del grupo iba en aumento, -preguntas aquellas cuyas respuestas no eran conocidas por nadie de los allí presentes-, la copa, "empujada" levemente por los dedos índices de 4 de las personas que estábamos alrededor de la mesa redonda, comenzó a reemplazar el aparente caos previo, por un orden muy evidente, y que confieso, fue algo escalofriante al principio, al ir percibiendo un creciente orden por sobre el caos inicial, a medida que la copa comenzaba a responder, yendo y viniendo, de aquí para allá, tocando diferentes letras del circulo para luego conformar palabras completas, lógica y perfectamente relacionadas con las preguntas formuladas en grupo.

Cuantas más horas pasaban, la copa se movía más y mejor, en respuestas a las preguntas formuladas entre los allí presentes. A veces las respuestas no tenían ningún significado aparente para nadie, pero otro tanto de ellas, -la mayoría diría yo-, tenían una respuesta lógica.

Luego de varias horas, sabiendo que, aunque éramos 4 personas las que manteníamos los dedos suavemente apoyados sobre el borde circular externo de la base de la copa, -y por mas dolores debido al normal entumecimiento que se nos presentaban a cada instante-, el que se hubieren formado respuestas desprovistas de semántica, la sintaxis de las palabras construidas por la copa, siempre eran correctas, en todos los casos, salvo al principio como les detallaba.

Por otro lado, como nunca fui supersticioso, es más, todo lo contrario, quizás gracias a la nulidad respecto de darle lugar a las supersticiones por parte de mis familias paterna y materna, mi conclusión, privada y personal, es que fue aquella especie de conexión psíquica entre todos los que estábamos allí presentes, incluso, también para los demás que no tocaban la copa, siendo éstos, solo espectadores. Nunca pude darle entidad a esa conexión, hasta hace unos cuantos años atrás, leyendo sobre temas de psicología. Ahí mismo fue cuando pude atar cabos sueltos y formularme una respuesta a mi mismo sobre lo que allí había sucedido. Incluso con mi tío materno, charlamos en muchas oportunidades al respecto, ya que él mismo, cuando estudiaba, con sus compañeros realizaron lo mismo que nosotros, y con los mismos resultados detallados arriba.

Es evidente para mí, ahora, que lo que nos sucedió en dicha oportunidad, fue un claro ejemplo de aquella fuerza psíquica motora, creadora, vital, etérea y sincronizadora, denominada como: Egregor, en donde cada mente allí presente, estuvo conectada, o mas bien, entrelazada -como dice C. Jung en su libro: El hombre y sus símbolos-, con todas las demás psiques entre sí. La conciencia individual allí, pasó a ser una fuerte y poderosa conciencia colectiva que pudo materializar los pensamientos, transformándolos en movimientos inteligentes de una copa. Recordemos, "Mente sobre materia", y no se refiere solo a la frase "Mens sana, in corpore sano", sino que, nuestros pensamientos, como en esencia, están conformados por átomos, como sabrán, éstos átomos tienen masa, y yo pregunto: cuando algo con masa se pone en movimiento, ¿que sucede?, lo que sucede es que acciona sobre cosas que también tienen masa (la gravedad es producida por una partícula subatómica denominada Gravitón). Entonces, no debemos olvidar este principio. Suena algo místico, pero doy mi palabra de honor, de que lo contado aquí es tal como sucedió.

Entonces, me queda como un muy grato recuerdo aquella vivencia de haber sido parte activa, durante varias y cortas horas, de una mente colectiva, con hechos concretos actuando sobre la materia (la copa), para lo cual, nuestros 5 sentidos no fueron los que allí determinaron el buen término de dicho "juego", sino que, pienso yo, lo que prevaleció fue el tan enigmático, Egregor.

Nelson J. Ressio

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29/11/2013


En otro artículo publicado en esta Web, respecto del Yo cuántico (representado por el estadío consciente denominado "Yo", y físicamente, por el Neocortex o cerebro superior), me refiero a ese "Yo consciente", como un emisario inter-temporal que enviamos, por intermedio de nuestros pensamientos enfocados hacia un cierto futuro, de manera tal, de preparar el "terreno" para el preciso instante en que nos encontremos allí.

Quiero aclarar, antes de proseguir, que el concepto del "Alma Cuántica", el del "Yo Cuántico" y el del "Ello Cuántico", (además del de "Estadíos Psicológicos Cuánticos") son conceptos propios, revelados ante mi consciencia (e inconsciencia) como resultados de diferentes investigaciones al respecto, desde hace muchos años.

Pero, antes que nada, me es preciso dar una explicación respecto de una de las propiedades más importantes inherentes a las partículas subatómicas. Y ¿porque debo dar una explicación respecto de ellas? Simplemente porque nuestros pensamientos conscientes, así como los recuerdos inconscientes, -reprimidos estos últimos en lo que se ha denominado en la psicología Freudiana como: "Ello"-, no son más que procesos cerebrales electroquímicos, y como tales, están compuestos a su vez por moléculas, y éstas por átomos, y por ende, de parte de dichos átomos se desprende un conjunto de partículas -onda corpusculares- subatómicas, como son los electrones, orbitando alrededor del centro del átomo, compuesto éste por protones y neutrones, y que a su vez, éstas partículas -dueñas de una característica dual, de ser una honda y un cuerpo a la vez, dependiendo del sistema de observación- se componen de quarks y leptones, siendo éstos últimos los constituyentes fundamentales y esenciales de la materia. Por lo tanto, éstas partículas primordiales, -que agrupadas en moléculas, conforman nuestros pensamientos y nuestros recuerdos, en forma de procesos electroquímicos-, son acreedoras de varias propiedades cuánticas, que entre las cuales, la llamada "Entrelazamiento cuántico" es la que nos arrojará Luz para entender a lo que yo llamo: "Ello cuántico", como una representación arquetípica del inconsciente, o físicamente hablando, del cerebro medio (justo debajo del Neocortex o corteza superior, la que nos hace humanos pensantes).

Teniendo en cuenta, de aquí en más, que entendemos mínimamente, el qué, el como y el donde; los pensamientos conscientes y los recuerdos reprimidos en el inconsciente, no son más que quarks y leptones conformando partículas electrónicas, que a su vez, éstas se reúnen junto a un centro de protones y neutrones dándole existencia esencial a los átomos, los que, en conjunto, conforman las moléculas de fluidos químicos y procesos eléctricos dentro de nuestro cerebro, y que por consiguiente, el conjunto de aquellas moléculas, no hacen otra cosa que darle la razón de ser a nuestros pensamientos y a nuestros recuerdos reprimidos; con todo lo anterior, la propiedad cuántica denominada "Entrelazamiento" se corresponde a una característica única en la física -tanto en la física clásica como en la física cuántica- y que se refiere a la naturaleza dualitaria, trinitaria, cuaternaria, etcétera, de dichas partículas subatómicas. Es decir que, cada electrón, por ejemplo (y recordando que en conjunto, estructuran la parte mínima de nuestros pensamientos conscientes y de nuestros recuerdos reprimidos en el inconsciente) tiene la propiedad n-aria de encontrarse en dos o más lugares al mismo tiempo, sin importar las distancias y el tiempo. Gráficamente, esta propiedad de entrelazamiento representa, el como, una y solo una partícula sufre un estiramiento de si misma en dos o más direcciones en el tiempo y en el espacio. Si, muchos de ustedes, de seguro se estarán preguntando entonces que, si las partículas subatómicas entrelazadas cuánticamente conforman la mínima parte de nuestra conciencia e inconsciencia (o sea de nuestro "Yo" y de nuestro "Ello"), nuestros pensamientos y nuestros recuerdos reprimidos, ¿también se encuentran entrelazados sin importar el espacio y el tiempo? Pues, a esa pregunta, desde mi punto de vista, la contesto con un rotundo SI. Efectivamente, tanto nuestro Yo consciente, como nuestro "Ello" inconsciente -ambos cuánticos en esencia-, van más allá del espacio y del tiempo, y de nuestro propio límite físico cerebral.

Pero hasta aquí he necesitado dar una idea de la esencia fundamental mínima de nuestros pensamientos y de nuestros recuerdos, en relación a la propiedad entrelazada de las partículas que los conforman. Por ello, pasaré a referirme, o a tratar de dar una respuesta, desde el punto de vista de la ciencia, a esas percepciones que incontables personas han tenido a lo largo de la historia (e incluyo dentro de ese conjunto, a mi padre y a mi mismo). Percepciones que van más allá del espacio y del tiempo, adentrándose en el oscuro mundo de lo que yo podría denominar como: "sombras extrasensoriales", debido a la característica aparentemente ilógica e inexplicable del tema en cuestión.

Pero, todo tiene una explicación, y nada se le escapa a la ciencia, y si todavía no es posible que ésta lo explique, simplemente es porque su método científico no ha madurado lo suficiente como para arrojar Luz donde todavía existe oscuridad.

Entonces, arrojemos Luz!!!

Volvamos a lo troncal de nuestro análisis, que es el darle una explicación racional a las percepciones que se han dado en llamar: premoniciones, percepciones extrasensoriales, deja vú, clarividencia, y un gran etcétera que ya no necesita agregarse, debido a que lo anterior da una idea clara de a donde quiero llegar, y que es, a darles un sentido lógico a dichos enigmáticos conceptos.  Y, lisa y llanamente, desde mi perspectiva, y así como definimos anteriormente a nuestros pensamientos y recuerdos (el Yo y el Ello), como portadores "sine qua non" de la propiedad de entrelazamiento cuántico de las partículas subatómicas que en esencia los conforman; también aquellos conceptos denominados premoniciones, percepciones extrasensoriales, deja vú, clarividencia, etcétera; son igualmente portadores de aquella propiedad cuántica. Es decir que, si alguien tuvo alguna vez, una premonición por ejemplo, o sea, un sueño respecto de algún suceso que todavía no ocurrió, pero, al transcurrir poco tiempo, aquella premonición que tuvo, -por intermedio de un sueño-, se hace realidad, es un claro ejemplo de la ya referida y bendita propiedad cuántica de entrelazamiento.

Veamos; dejando de lado cualquier tipo de suceso que nos haga abandonar este mundo material, nosotros vamos a estar vivos, vamos a existir, hoy, mañana, dentro de dos semanas, dentro de 6 meses, dentro de 5 años, dentro de 10 años, etcétera. En todo ese futuro ejemplificado en la línea de arriba, y más, vamos a estar presentes, vamos a estar viviéndolo con nuestros pensamientos y nuestros recuerdos. Entonces, supongamos que dentro de 2 días, ocurrirá un suceso de tal magnitud, que pondrá un punto de inflexión en lo que a nuestra vida respecta, pudiendo ser un suceso que nos afecte particularmente, o bien, un suceso que englobe a una gran porción de los habitantes en donde me encuentre dentro de dos días. Y manteniendo la idea de que todavía estamos ubicados 2 días en el futuro, ese yo del futuro, registrará aquel suceso en mi inconsciente, con tal fuerza psíquica, que residirá reprimido dentro de mi cerebro de segundo nivel, -en el inconsciente-, en la forma de recuerdos o pensamientos cuánticos entrelazados. Ese "yo" del futuro estará registrando un suceso dentro de su inconsciente atemporal y aespacial. Y afirmo esto último, ya que lo único que ha podido definir al tiempo y al espacio, es el cerebro consciente, ese "Yo cuántico", ese Neocortex o cerebro de tercer nivel, eso que nos hace humanos. El inconsciente, residente en el cerebro de segundo nivel, no puede definir absolutamente nada, debido a que solo registra nuestros recuerdos, sean estos, buenos o malos.

Y centrémonos de ahora en más, en aquel recuerdo impreso en nuestro inconsciente, ocurrido 2 días en el futuro. Supongamos que será un gran suceso que afectará negativamente al país en donde vivo, lo cual cambiará la historia del mismo, para siempre. Siendo un evento que todavía no ha ocurrido, ya que estoy en mi presente, dentro de dos días, como voy a estar vivo, existiré en ese presente, y seré receptor de dicho suceso muy negativo, el cual quedará reprimido dentro de mi "Ello cuántico", dentro de mi inconsciente. Ese evento negativo reprimido -que ocurrirá dentro de 2 días- no será otra cosa que el arquetipo de los procesos electroquímicos dentro de mi cerebro inconsciente futuro, y como tales, los engloba la misma propiedad de entrelazamiento cuántico que a los pensamientos conscientes y recuerdos inconscientes de mi actual presente.

Y a partir de aquí, muchos se estarán cuestionando lo siguiente: Si lo que me suceda dentro de 2 días me generará una represión de un suceso negativo futuro dentro de mi inconsciente, y teniendo en cuenta que, esencialmente, esa represión en dirección al "Ello", no serán más que Quarks y Leptones conformando Electrones, que a su vez conformarán átomos, y que en conjunto conformarán moléculas, y que entre todas estructuraran recuerdos reprimidos; éstos últimos, los recuerdos, ¿estarán dispersos, además de estarlo dentro de aquel cerebro futuro, en el espacio y en el tiempo? Pues si, ya que de ese modo funciona la Física Cuántica. Y también recordemos que el inconsciente es atemporal y aespacial, con lo que la propiedad de Entrelazamiento Cuántico no tiene límites, respecto de, en qué tiempo y hacia qué lugar se dirige aquel "estiramiento" nombrado más arriba. Pues entonces, el mencionado "estiramiento" que sufren cada una de las partículas subatómicas que conforman nuestros pensamientos y, en este caso, nuestro recuerdos reprimidos, tendrán un doble, triple, cuádruple, etcétera, alojamiento cerebral, es decir que, si existe un conjunto de partículas que conforman ese recuerdo reprimido, dentro de dos días en el futuro, y que se aloja en ese cerebro del "yo" del futuro, y respetando a su vez el entrelazamiento cuántico y la atemporalidad y la aespacialidad del inconsciente, dicho recuerdo reprimido 2 días en el futuro, se encontrará en varios lugares y momentos diferentes, es decir, que todos los "yo" futuros, a partir de este momento presente en que me encuentro escribiendo estas líneas, serán receptores inmediatos del suceso ocurrido dentro de 2 días.

Pero, ¿de que manera podré ser consciente del importante y negativo suceso que ocurrirá dentro de dos días? Y la respuesta es, por intermedio del propio inconsciente. ¿Y de que forma el inconsciente (el Ello cuántico) se pone en contacto con el consciente (con el "Yo cuántico")? Una de las formas es a través de lo que algunos denominan como sueños premonitórios, o por intermedio de las percepciones extra-sensoriales, o también gracias a los llamados "deja vú", aunque éstos últimos son más bien una mala elección que hace el cerebro para representar una cierta realidad que estamos percibiendo como incompleta, seleccionando en su base de datos cuántica la mejor imagen, -alojada como un recuerdo de un suceso real-, que se adapte lo mejor posible, a lo que estamos percibiendo en el presente y de manera incompleta.

Por lo tanto, aquellos conceptos provenientes desde lo más profundo del inconsciente, son los que, de manera atemporal y aespacial, reciben la información, en "paquetes" de recuerdos reprimidos cuánticos, procedente desde los sucesivos "yo" del futuro, a partir de este dinámico presente.

El cerebro de segundo nivel, que contiene, psíquicamente hablando, al "Ello", al inconsciente, es nada más y nada menos que una antena receptora de sucesos provenientes del futuro, los cuales se alojan dentro de cada uno de los estadíos inconscientes, partiendo del presente. Es una magistral manera de percibir el futuro (y rendirles honor a aquellos conceptos de premonición, percepción extra-sensorial, etc.), y cuanto más conscientes estemos de nuestros inconscientes, cuanto más practiquemos ingresar conscientemente dentro de nuestros propios sueños, -además de hacerlo dentro de nuestras propias percepciones extra-sensoriales o dentro de nuestros propios deja vú-, seremos partícipes de una gran experiencia; experiencia que algunos la denominan como "Sueños Vívidos", siendo este ejercicio mental, una manera más de indagar, o bien, de tener una "charla" con nuestro propio inconsciente, y por ende, poder percibir algo del futuro. Y en lo personal, los Sueños Vívidos, es algo que practico desde hace muchos años; luego de leer sobre ellos en una revista de divulgación científica; no siendo éste concepto, más que el ejercicio habitual de aprovechar el justo momento en que nos comenzamos a despertar en medio de un sueño, para que en ese preciso instante, podamos tomar las riendas de nuestra conciencia y sumergirnos en nuestro sueño creado desde lo profundo del "Ello", pero de una manera consciente, y tomando decisiones de la forma en que lo hacemos en la realidad, pero aquí, dentro de nuestra propia historia. Es similar a crear un avatar de nuestra consciencia, para introducirlo como un personaje más de la historia representada por el sueño generado en el inconsciente.

Pero, retornando a lo que denominé más arriba, como una antena receptora; es decir, en referencia a nuestro propio inconsciente, o "Ello cuántico"; puedo inferir que, al igual que nuestro "Yo cuántico", que es un claro emisor que funciona colocando pensamientos en un lugar y en un tiempo de nuestro propio futuro, de modo de que, -al igual que con el "Ello cuántico"-, nos valgamos, en este caso de manera consciente, para que el entrelazamiento de partículas subatómicas que estructuran nuestros pensamientos, hagan lo suyo a futuro (leer este artículo de esta misma web para comprender lo antedicho).

Entonces, quienes hayan sido agraciados con ser partícipes de aquellos conceptos; casi místicos diría yo, pero totalmente explicables por la ciencia, -aunque todo esto es desde mi punto de vista, uniendo humildemente lo que sé de Mecánica Cuántica y lo que sé de Psicología-, y que detallo en el título de esta publicación; han sido receptores de una especie de mensaje cuántico intertemporal e interespacial, enviado desde una existencia futura de nosotros mismos, a través de los respectivos inconscientes o "Ellos cuánticos". Y, ¿de que manera, y en que momento nos enteramos, o somos conscientes de tal o cual suceso negativo y reprimido, enviado desde el inconsciente del futuro hacia el inconsciente del actual presente por medio del inherente entrelazamiento, de la atemporalidad y de la aespacialidad de dicho estadío psicológico? La respuesta es, gracias a las pocas -pero muy eficaces- maneras que tiene la psiquis inconsciente, de acceder, o más bien, de comunicarse con la psiquis consciente, y que es mediante los sueños o bien, por ciertas percepciones de las que somos mínimamente conscientes en el estado de vigilia, como por ejemplo, cuando estamos observando a un niño jugar, y en cierto momento, intuimos un probable riesgo para él en el futuro inmediato, con lo que actuamos debidamente un instante antes, para luego comprobar que si no hubiéramos actuado con esa premura, el niño hubiera podido ser lastimado debido a un posible accidente. Imagínense que, si no hubiéramos reaccionado con prevención, el niño hubiera sufrido un accidente, y ese recuerdo habría quedado automáticamente guardado en nuestro inconsciente y reprimido debido al nivel emocional del mismo; ¡pero lo hicimos!, ¡lo impedimos!, y ¿porqué?, por lo mismo explicado más arriba, porque el "Ello cuántico" de ese futuro inmediato, fue capaz de reprimir un posible suceso con alto contenido emocional, e inmediátamente, -y gracias al entrelazamiento, a la atemporalidad y a la aespacialidad del inconsciente-, el "Ello cuántico" del presente, -previo al suceso-, fue receptor de ciertas posibilidades de riesgo para el niño, de parte del "Ello cuántico" del futuro inmediato.

No olvidemos lo siguiente, que para entender todo lo anterior, la clave se encuentra en la atemporalidad, la aespacialidad y el entrelazamiento cuántico de que es dueño el inconsciente o "Ello". El tiempo y el espacio allí no tienen cabida, son universales, son cósmicos, en el sentido de estar conectados con todo lo que nos rodea, rompiendo cualquier barrera espacio-temporal.

Es por todo esto que, más y más seguido, deberemos prestarle nuestra atención, tanto a los sueños, como a aquellas pequeñas percepciones que a veces uno dice, "pero... si hubiera...".
Copyright @ 2013 - Nelson J. Ressio.

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