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12/11/2025


El visitante interestelar 3I/ATLAS se revela como algo más que una rareza astronómica: es un espejo del alma humana proyectado en la inmensidad del Cosmos. En su trayectoria imposible, su composición metálica y su brillo azul, se esconde un mensaje que trasciende la ciencia y se introyecta hacia el misterio de la consciencia. Entre los ecos de la señal “¡WoW!” y la mirada de Avi Loeb, se deja ver un símbolo de la unión entre lo visible y lo invisible, entre el cálculo y la intuición. En este texto exploro la dimensión filosófica y espiritual de un fenómeno que desafía no solo las leyes del movimiento, sino también las fronteras del entendimiento interior.

Hay veces en que el universo nos devuelve la mirada. No lo hace con palabras, sino con un destello improbable, una geometría de precisión inaudita que desarma la estadística y desafía el dogma. El visitante interestelar 3I/ATLAS es, para mí, uno de esos gestos. Un símbolo en movimiento, una grieta en la estructura del silencio cósmico que parece hablarnos en el lenguaje de las coincidencias imposibles. Su trayectoria retrógrada, alineada dentro de un margen de apenas cinco grados con el plano eclíptico, no es solo una curiosidad orbital: es una insinuación. El cosmos, con sus manos invisibles, parece haber trazado una línea que no es de piedra ni de fuego, sino de intención. Me pregunto si acaso los cometas son neuronas del universo, sinapsis entre sistemas estelares que se comunican mediante la física del misterio. En la superficie de la probabilidad —esa bruma matemática que tanto nos protege del asombro—, 0,2% puede parecer un número pequeño; pero para el alma que busca sentido, es una grieta por donde se cuela lo inefable. Heráclito lo intuyó cuando dijo que “la naturaleza ama ocultarse”, y es quizás en esos desvíos ínfimos donde la naturaleza se desnuda, recordándonos que el orden aparente es apenas el reflejo más pobre del orden real.

Durante los meses de julio y agosto de 2025, el objeto desplegó una antítesis luminosa: una anticola dirigida hacia el Sol. Un chorro invertido, negando el comportamiento de los cometas conocidos, como si el cuerpo celeste estuviera desafiando las leyes que dictan el flujo del polvo cósmico. No fue ilusión óptica ni artificio geométrico: fue un acto de rebeldía termodinámica. Y en esa rebeldía, yo percibo el eco del espíritu humano, esa fuerza que a veces se atreve a irradiar en dirección opuesta a la corriente del mundo.

Quizás 3I/ATLAS no vino a mostrarnos su estructura, sino la nuestra. Loeb menciona que su núcleo es un millón de veces más masivo que ʻOumuamua y mil veces más que Borisov. Y sin embargo, se desplaza más rápido que ambos. ¿Qué clase de materia interior alberga un viajero interestelar que pone en jaque al equilibrio entre masa y velocidad? En la alquimia del alma, eso equivaldría a un ser cargado de peso simbólico —de historia, de densidad espiritual— que, pese a su carga, avanza con ligereza. Un maestro interior que, al igual que el visitante interestelar, no se deja gobernar por la inercia de los mundos pasados. La precisión de su llegada, calculada para rozar los dominios de Marte, Venus y Júpiter sin ser visible desde la Tierra, es una obra sinfónica de invisibilidad. Una obra maestra de sincronización universal con una probabilidad de apenas 0,005%. Es como si hubiera querido evitar nuestra mirada, pero no nuestro presentimiento. En la tradición hermética, lo que no puede ser visto es lo que más debe ser comprendido. Y en ese juego de sombras, 3I/ATLAS se convierte en un espejo de nuestras zonas ocultas: aquello que transita el cielo interno sin ser aún revelado a la conciencia. Su penacho de gas, con un exceso de níquel en proporción al hierro, rompe nuevamente las proporciones naturales. El níquel —metal de transición, símbolo de resistencia y pureza en la metalurgia humana— aparece aquí en abundancia, como si la forja cósmica hubiese querido recordar la alquimia. En los laboratorios siderales donde nacen los elementos, ¿qué significado tiene un cometa cuya composición se asemeja a las aleaciones industriales del hombre? Tal vez sea una metáfora invertida: no es que el cosmos imite a la industria, sino que nuestra industria, inconscientemente, imita a las antiguas proporciones del cosmos.

El filósofo Giordano Bruno habría sonreído. Él, que hablaba de infinitos mundos y fue quemado por abrir demasiado los ojos, habría visto en este visitante no una roca errante, sino una idea viva: una antorcha inteligente desplazándose entre la vastedad del éter. Porque cuando el cielo nos envía un cuerpo con tanto níquel como si hubiese sido fundido en una fragua inteligente, algo en nosotros —ese sensor arcaico del mito— despierta y pregunta: ¿quién lo encendió?

La anomalía siguiente parece rozar lo imposible: una polarización negativa extrema, jamás observada en ningún cometa conocido, ni siquiera en el mismísimo Borisov. Es como si la luz, al reflejarse en su superficie, eligiera invertir su signo, cambiar el sentido de su vibración para pronunciar un mensaje en negativo. En la física, la polarización es una cuestión de orientación; en el alma, también. Tal vez 3I/ATLAS nos está recordando que la iluminación verdadera no es la del brillo externo, sino la del contraste interior. Que, a veces, lo que parece oscurecer, revela con mayor profundidad lo que somos.

Y justo cuando la ciencia podría haberlo encerrado en una categoría más —“cometa interestelar con comportamiento atípico”—, el cosmos nos lanza otro guiño imposible: su dirección de origen coincide con la señal de radio “¡WoW!” detectada en 1977. Una diferencia de apenas nueve grados. Una casualidad de menos del uno por ciento. En la escala astronómica, esa coincidencia es casi un susurro de intención. No digo que sea una confirmación de vida inteligente, pero sí una resonancia simbólica que atraviesa el tiempo, como si ambos fenómenos fueran fragmentos de un mismo lenguaje aún no traducido. Cuando se produjo aquella señal, el radioastrónomo Jerry Ehman escribió “Wow!” en el margen de la impresión. No fue un término técnico, fue un grito humano. Quizás el más honesto que pueda proferirse ante lo inexplicable. Y ahora, casi medio siglo después, otro mensajero —esta vez visible, tangible, registrable por telescopios y sensores— parece responderle desde el abismo. Entre ambos sucesos se conforma un puente invisible: un diálogo entre la curiosidad del hombre y la memoria del universo.

Cerca del perihelio, 3I/ATLAS brilló más azul que el Sol, con un resplandor que aumentó a una velocidad imposible para los modelos de sublimación conocidos. Ese azul intenso, esa pureza espectral, me recuerda las antiguas descripciones místicas de la “luz del espíritu”, la lux caelestis de los neoplatónicos. En la alquimia del color, el azul simboliza la transmutación superior, el estado en que la materia se aproxima al espíritu. ¿Acaso este visitante celeste no está mostrándonos, a su manera, un proceso de ascensión física que encuentra su eco en la ascensión interior del alma humana?

Si seguimos la observación de Loeb, tras el perihelio, 3I/ATLAS habría emitido una compleja estructura de chorros que parecían emanar desde múltiples fuentes, casi como una criatura que respira por más de un pulmón. La física lo explicaría con presiones internas, con rotación, con tensiones térmicas; pero el símbolo va más allá: los chorros son exhalaciones, impulsos vitales, manifestaciones de energía que buscan equilibrar el calor interno con el vacío exterior. En el ser humano, ese equilibrio es la respiración consciente, el “soplo vital” del que hablaban los místicos y los yoguis. 3I/ATLAS exhala, como nosotros, para no romperse ante el fuego del Sol.

Sin embargo, Loeb también se pregunta si este cuerpo no se fragmentó al acercarse demasiado al astro. Si fue así, su historia no termina en destrucción, sino en multiplicación. Lo que se rompe, se reparte. Lo que estalla, fecunda. Así lo entendieron los alquimistas cuando escribían que “la putrefacción es el principio de la vida nueva”. En mi modo de verlo, cada fragmento del 3I/ATLAS sería una semilla de sentido, una resonancia que lleva en sí la memoria de la totalidad.

El misterio se amplía con su aceleración no gravitacional, un movimiento que no puede explicarse del todo con la evaporación ni con la presión de radiación solar. Para los físicos, es un problema de fuerzas residuales. Para el alma, es la metáfora perfecta de aquello que nos impulsa sin causa aparente: el llamado interior. Ese empuje que sentimos cuando todo parece inmóvil y, sin embargo, algo dentro nos mueve hacia el cambio. 3I/ATLAS, como nosotros, parece guiado por una fuerza que no se mide, pero se siente. Por ello, en las antiguas cosmogonías, los mensajeros del cielo —meteoros, cometas, estrellas fugaces— eran considerados portadores de conciencia. No por superstición, sino por intuición. El cielo, para nuestros ancestros, era el espejo del alma. Si un cuerpo atravesaba la bóveda celeste de modo diferente a los demás, era porque un espíritu también estaba cruzando los límites de la mente humana. Hoy lo llamamos “objeto interestelar”, pero en esencia sigue siendo lo mismo: una visita del Otro, un recordatorio de que no estamos solos ni en el cosmos ni en nuestra propia interioridad.

El hecho de que su composición muestre apenas un 4% de agua —en contraste con la abundancia hídrica de los cometas convencionales— es también un símbolo de sequedad espiritual. Donde el agua representa emoción, memoria y vida, su ausencia sugiere un viajero que ha trascendido el plano sensible, un cuerpo que no llora, que no lleva consigo los fluidos de lo orgánico. Un asceta celeste, un mensajero que ya ha pasado por la purificación del fuego y que ahora viaja liviano, sin necesidad de lágrimas.

Algunos pensarán que exagero el vínculo entre ciencia y alma, pero no es así. Johannes Kepler, padre de la astronomía moderna, escribió: “La geometría es coeterna con el alma divina.” Si la geometría que traza el universo es divina, entonces cada trayectoria, cada desviación, cada órbita improbable lleva consigo una intención sagrada. 3I/ATLAS no es solo un cometa: es una idea con forma, un pensamiento sideral que atraviesa nuestra consciencia colectiva para preguntarnos si aún somos capaces de ver el milagro en lo estadísticamente imposible.

Cuando observo los datos —las proporciones de níquel, las trayectorias sincronizadas, las probabilidades ínfimas—, no veo únicamente un fenómeno físico. Veo un espejo. Veo al ser humano intentando comprenderse a través del reflejo de un visitante del abismo. El universo no habla en idiomas humanos, pero su gramática se expresa en coincidencias, en resonancias. La rareza de 3I/ATLAS es un poema cifrado. Y como todo poema, no se descifra con fórmulas, sino con presencia.

Quizás este cometa sea una metáfora del alma que, tras millones de años de viaje, se aproxima al Sol de la conciencia, exhala sus últimos velos, se fragmenta y se disuelve en luz. En ese instante, deja de ser objeto para convertirse en enseñanza. Lo que queda de él no son trozos de roca ni datos espectrales, sino una huella arquetípica: la del ser que no teme desintegrarse para conocer su origen.

Así como 3I/ATLAS se acercó al Sol y se volvió azul, así también el ser humano, al aproximarse al centro de su propia verdad, atraviesa la incandescencia de lo que lo disuelve. Ambos —cometa y consciencia— viajan desde regiones desconocidas, y ambos dejan tras de sí un rastro que ilumina.

En el fondo, no importa si este visitante fue una roca, una sonda natural, una sonda artificial o una sinapsis cósmica. Lo importante es lo que evocó en nosotros: la certeza de que el universo aún guarda misterios que ningún algoritmo puede agotar. Que detrás de cada dato improbable se devela un llamado invisible. Que, a veces, la ciencia más profunda es la que se atreve a mirar el cielo con los ojos del alma.

Y así, mientras el polvo de 3I/ATLAS se dispersa en el vacío, yo sigo mirando el espacio con la misma pregunta que escribió Ehman, no en un papel, sino en mi interior: Wow.

A veces el universo no busca ser comprendido, sino recordado. Porque en cada órbita imposible, en cada chorro que desafía las leyes, hay algo equivalente de aquello que olvidamos: que también somos viajeros interestelares, hechos de polvo y de conciencia. 3I/ATLAS no solo cruzó el cielo (sin finalizar todavía, su trayecto por nuestro sistema solar); cruzó una frontera invisible en nosotros mismos. Su paso nos está recordando a toda la humanidad que la ciencia es una forma del asombro, y que el alma —cuando observa con humildad— puede hallar en un simple reflejo azul la prueba de su propia infinitud.

Allí donde la razón mide, el espíritu siente; y donde el cálculo se detiene, comienza la sabiduría. Quizás ese fue siempre el verdadero mensaje del "cometa": enseñarnos que mirar el cielo es, en el fondo, mirar hacia dentro.

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20/10/2025


He llegado a comprender, con el paso del tiempo, que cada decisión consciente que tomo no se origina únicamente en un razonamiento lógico o una deliberación intelectual. En lo más profundo de mi experiencia, siento que existe una red de señales sutiles, casi imperceptibles, que anteceden a todo pensamiento. Esas señales, que llamo los “hilos iniciales”, son como filamentos que emergen desde una región desconocida de la psique: el inconsciente. Cuando los percibo, algo en mí se reordena. No es una deducción, ni una conjetura racional; es más bien una proyección intuitiva, un presentimiento que se gesta en un lenguaje que aún no ha aprendido a hablar, pero que, paradójicamente, siempre se hace entender. Y esos hilos se manifiestan a veces como imágenes fugaces, a veces como sensaciones corporales o intuiciones inexplicables que se anticipan a los hechos. Y cada vez más, he comprendido que su presencia obedece a una dinámica muy similar a la de los sueños en fase REM, donde el inconsciente intenta comunicarse con la conciencia atravesando el filtro del preconsciente. Freud denominó a este proceso “el retorno de lo reprimido”, pero yo prefiero pensarlo como la emergencia de lo latente, la forma que tiene el alma de empujar sus verdades hacia la superficie. Jung, en cambio, lo habría visto como un intento del Sí-Mismo por equilibrar el yo consciente. Él decía: “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino.” Quizás eso explique por qué, cuando soy capaz de percibir esos “hilos iniciales”, puedo anticipar situaciones futuras: no porque esté leyendo el porvenir, sino porque estoy escuchando el destino que ya se está tejiendo en las profundidades del inconsciente.

Me gusta imaginar lo anterior, como un pulpo psíquico que habita en el océano interior. Sus tentáculos se extienden hacia la superficie del pensamiento, pero el cuerpo principal —ese que contiene la totalidad del evento o símbolo— permanece oculto en la oscuridad. Cuando uno logra ver los movimientos de esos tentáculos, puede intuir, sin haberlo visto del todo, la forma del ser que los mueve. No se necesita que el pulpo emerja por completo; basta con observar los gestos sutiles de sus extensiones. Es, en esencia, una forma de conocimiento proyectivo, donde la intuición actúa como un radar que detecta el movimiento de lo invisible. Y he comprobado, una y otra vez, que cuando presto atención a esos hilos —a esos pequeños eventos, sin aparente conexión entre sí—, puedo entrever el contorno de un suceso mayor que todavía no se ha manifestado. Lo mismo ocurre en la vida cotidiana: los grandes eventos no surgen de la nada, sino de una acumulación de microeventos que los preceden. Lo que para la mayoría pasa inadvertido, para la mente entrenada en la observación intuitiva es como el movimiento de los tentáculos del pulpo antes de su ascenso.

La dificultad está en que el mundo moderno ha atrofiado esta capacidad. Hemos delegado nuestra percepción interior a favor de la inmediatez externa. Donde antes había contemplación, ahora hay distracción. Donde antes el alma creaba símbolos, hoy el ojo salta de una pantalla a otra. El Homo Videns, como advirtió Sartori, ya no ve para comprender, sino para consumir imágenes. Y cuando la visión se transforma en consumo, el pensamiento se vuelve débil, fragmentario, sin capacidad de hilvanar los hilos invisibles que conducen a la verdad.

No obstante, esta habilidad de anticipar, de captar los “hilos iniciales”, no se pierde del todo. Se adormece, como un músculo que espera volver a ser usado. Es posible cultivarla mediante el hábito de la introspección y la atención sostenida. En mí, esa práctica ha tomado la forma de una observación silenciosa, una especie de meditación activa donde la mente, lejos de aquietarse por completo, se mantiene en una alerta serena. Es en ese estado donde lo sutil se vuelve perceptible.

Hermes Trismegisto enseñaba en su Tabla Esmeralda que “lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo”. Y en esa correspondencia universal encuentro un eco de mi propia experiencia: lo que ocurre en lo profundo de la mente tiene su reflejo en el mundo exterior. Los hilos del inconsciente no solo predicen, sino que reverberan en la realidad. Todo acontecimiento visible es la manifestación final de un proceso invisible que comenzó mucho antes, en un nivel simbólico o energético. Entonces, si logro hacer consciente una ramificación inconsciente, entonces esa ramificación deja de dirigir mis actos desde la sombra. Me hago partícipe de la creación de mi propio destino, y al mismo tiempo, más consciente del tejido invisible del universo. Como si el pulpo, al sentir que ya no necesita ocultarse, se transformara en un aliado en lugar de una amenaza. Y sin embargo, hay algo más profundo aún: la comprensión de que esos hilos, esas ramificaciones, no me pertenecen solo a mí. Son parte de un entramado colectivo. El inconsciente personal, como decía Jung, es apenas una célula dentro del inconsciente colectivo. Cada pensamiento, cada emoción, cada intuición, participa en un campo mayor. Cuando uno desarrolla la capacidad de observar los hilos en sí mismo, también empieza a percibir los hilos que mueven a la humanidad entera.

Esa es la verdadera expansión de la conciencia: pasar de la intuición individual a la intuición arquetípica. Comprender que los “tentáculos del pulpo” no emergen solo de mi propio inconsciente, sino del inconsciente del mundo. Y al reconocer eso, toda intuición se convierte en una forma de participación cósmica.

La introyección, el hábito intelectual y la erosión del pensamiento profundo en la era del Homo Videns

Cada vez que me adentro en el proceso de observar esos hilos invisibles, me doy cuenta de que lo verdaderamente trascendente no está en la anticipación misma del evento, sino en el tipo de conciencia que surge cuando uno aprende a mirar hacia adentro con el rigor y la entrega de quien excava en su propio ser. No es un ejercicio de adivinación, ni una especie de clarividencia: es una forma superior de autoconocimiento. He comprendido que lo que llamo proyección intuitiva no es otra cosa que una consecuencia de la introyección consciente, esa práctica de mirar los propios abismos sin temor, de iluminar las cavidades mentales donde el inconsciente deposita sus símbolos, pulsiones y deseos no revelados. Y la introyección, cuando se convierte en hábito, actúa como una alquimia psíquica. Uno comienza por enfrentarse con lo reprimido, con lo incómodo, y termina por transformar la percepción misma de la realidad. En ese proceso, la frontera entre el yo y el mundo se difumina: lo que ocurre dentro se refleja fuera, y lo que ocurre fuera se convierte en espejo de lo interno. Lo sabía bien Schopenhauer cuando afirmaba que “el mundo es mi representación”; sin embargo, no todos están dispuestos a asumir el peso de esa afirmación. Porque si el mundo es representación, entonces también lo es cada dolor, cada alegría, cada evento que creemos ajeno. Todo aquello que experimento afuera no es más que un eco de mis propias profundidades.

En esa comprensión, la intuición adquiere un sentido más elocuente. Ya no se trata solo de anticipar lo que vendrá, sino de comprender el modo en que el inconsciente participa activamente en la creación de la realidad. Y para lograrlo, hace falta algo que escasea cada vez más: disciplina interior. Porque el alma, como una vasija, necesita llenarse de experiencia, de conocimiento, de observación. Si esa vasija permanece vacía, no hay fermento que transforme la intuición en sabiduría.

Pienso entonces en cuán escasa se ha vuelto esa forma de trabajo interior. Vivimos en un tiempo en el que el ejercicio del pensamiento profundo se ha vuelto casi una excentricidad. La cultura contemporánea parece más interesada en distraer que en enseñar a pensar. La atención, esa joya silenciosa del espíritu, ha sido troceada por el brillo inmediato de la distracción constante. En este escenario, la introspección es casi un acto de rebeldía.

El sociólogo Giovanni Sartori, en su lúcida obra Homo Videns, ya advertía que el hombre moderno ha pasado de ser un ser que piensa a ser un ser que ve sin comprender. El pensamiento conceptual se ha empobrecido, sustituido por una avalancha de imágenes que ocupan la mente sin nutrirla. Y así como el cuerpo se debilita cuando no se lo ejercita, también la mente se atrofia cuando no se la obliga a pensar con profundidad. El resultado es una humanidad que reacciona pero no reflexiona, que opina pero no comprende.

Cuando menciono el hábito intelectual, no me refiero a la acumulación de datos o a la erudición vana, sino a la capacidad de sostener una línea de pensamiento hasta sus últimas consecuencias. Ese hábito es lo que mantiene viva la llama de la introspección. A fuerza de repetición, la mente aprende a observar sus propios mecanismos, y con el tiempo, la introspección deja de ser un esfuerzo para convertirse en una segunda naturaleza. Lo que al principio parece arduo, termina por ser placentero: el alma encuentra gozo en conocerse. Platón lo insinuó en el Alcibíades Mayor cuando dijo que el alma, para conocerse, debe mirarse en otra alma, como los ojos se miran en los ojos del otro. Pero hoy, la mayoría evita esa mirada. Tal vez porque mirarse interiormente implica reconocer las sombras, los miedos, los monstruos que, pugnan por emerger del inconsciente hacia la conciencia. Sin embargo, esos “monstruos” no son enemigos: son guardianes de la energía psíquica. Son fragmentos de nuestro ser que reclaman integración.

Cuando el individuo rehúye ese encuentro, se fragmenta; y una sociedad de individuos fragmentados no puede aspirar a la coherencia colectiva. El resultado es un mundo donde la distracción reemplaza a la profundidad, y la inmediatez suplanta a la reflexión. Pero cuando uno se atreve a mirar hacia adentro, y a hacer del pensamiento un hábito, la percepción se afina hasta el punto de poder reconocer los patrones invisibles que unen los eventos aparentemente desconectados.

Es entonces cuando los “hilos iniciales” se vuelven visibles, no como anomalías, sino como manifestaciones naturales del orden interno de las cosas. El individuo que se conoce a sí mismo aprende también a leer el mundo, porque en en cierta forma, el mundo no es más que una proyección ampliada de su propio inconsciente. Y en ese reconocimiento, surge una forma de determinismo que no es mecánico, sino espiritual: el determinismo del alma, que no se basa en leyes físicas, sino en leyes simbólicas. Me pregunto a menudo qué pasará con la humanidad si esta capacidad de detección y proyección se pierde del todo. Si el Homo Videns continúa predominando, el determinismo aplicado —esa capacidad de prever lo que está por venir observando las señales sutiles del presente— podría desvanecerse como una ciencia olvidada. Ya no podríamos deducir los efectos a partir de las causas invisibles, porque el ojo que percibe lo sutil se habría cerrado. Pero, sin embargo, guardo esperanza. Creo que la conciencia humana es cíclica, que el péndulo de la historia oscila entre el olvido y el despertar. Así como en la antigüedad el hombre miraba al cielo para leer en las estrellas los designios del alma, también hoy algunos miran hacia adentro para leer en el inconsciente los signos del porvenir. La intuición, en esa "órbita", es la nueva astrología del alma. No predice los hechos, sino las corrientes de sentido que los anteceden.

Así como los antiguos sabios interpretaban los símbolos celestes, nosotros podemos interpretar los símbolos interiores. Cada sueño, cada impulso, cada pensamiento espontáneo es un jeroglífico que el inconsciente nos envía para advertirnos, prepararnos o guiarnos. Ignorarlos es vivir a ciegas. Escucharlos es despertar a la inteligencia profunda de la existencia.

De modo que el desafío contemporáneo no es solo tecnológico ni social, sino eminentemente espiritual: recuperar la capacidad de leer los tentáculos del pulpo antes de que emerja del todo. Porque cuando el evento ya se ha manifestado, cuando el pulpo está a la vista, ya no hay anticipación posible; solo reacción. Pero cuando uno aprende a reconocer sus movimientos en la penumbra del alma, el tiempo se amplía, y el futuro comienza a desplegarse ante la conciencia como un horizonte maleable.

Determinismo, trascendencia y el renacimiento de la conciencia creadora

A medida que profundizo en la observación de los hilos invisibles, comprendo que la llamada “muerte del determinismo aplicado” no es, en realidad, un final, sino una mutación del modo en que el ser humano concibe su relación con la realidad. Durante siglos, hemos creído que los hechos se encadenan con rigidez matemática, que toda causa produce inevitablemente su efecto, y que el universo se comporta como una máquina bien aceitada. Pero, en la medida en que la conciencia humana se expande, esa visión mecánica se vuelve insuficiente. Hoy sé que el verdadero determinismo no es lineal, sino simbólico. No se trata de una sucesión de causas y efectos, sino de una red de correspondencias entre planos de existencia. En otras palabras, no todo lo que ocurre tiene una causa visible, pero todo lo visible está enlazado a una causa invisible. Lo que llamamos “azar” no es más que el reflejo de nuestra incapacidad de leer los patrones sutiles que preceden a los eventos.

Cuando percibo los “tentáculos del pulpo”, esas ramificaciones del inconsciente que emergen en forma de intuición o presentimiento, no estoy violando las leyes del tiempo ni prediciendo el futuro: estoy reconociendo la arquitectura subyacente de los hechos antes de que se manifiesten. De algún modo, el tiempo mismo se vuelve transparente. El pasado, el presente y el futuro dejan de ser etapas separadas y se revelan como partes de un mismo tejido.

Heráclito, en su sabiduría arcaica, afirmaba que “el logos es común a todos, pero la mayoría vive como si tuviera su propio entendimiento”. Esta frase me resuena profundamente, porque describe el fenómeno de desconexión que vivimos hoy: la humanidad ha olvidado el logos común, el hilo invisible que une todas las cosas. La muerte del determinismo, entonces, no es el fin de la causalidad, sino el olvido de esa unidad. Cuando el pensamiento profundo se disuelve y la intuición es reemplazada por la reacción automática, el ser humano se convierte en un espectador del universo, no en su co-creador. El alma deja de leer los signos de su propio destino y se resigna a vivir en la superficie de los acontecimientos, sin comprender su sentido interior. Ese es el verdadero peligro: la desactivación del ojo interno, la pérdida del sentido simbólico. Sin embargo, hay algo en nosotros —una llama que nunca se extingue— que sigue llamando desde las profundidades. Cada intuición es una chispa de ese fuego, un recordatorio de que aún podemos participar activamente en el tejido de la realidad. Cuando escucho mi intuición, cuando observo un pequeño evento y lo asocio con una corriente más vasta que todavía no se ha manifestado, estoy reactivando el vínculo con el logos. Estoy restableciendo la comunicación entre la mente consciente y el alma del mundo.

Es por eso que el verdadero trabajo de autoconocimiento no consiste solo en mirar hacia adentro, sino en entrelazar lo interno con lo externo, lo visible con lo invisible, lo particular con lo universal. El inconsciente individual es apenas una célula del inconsciente cósmico, y cada vez que logramos iluminar una zona oscura de nuestra mente, esa luz se propaga más allá de nosotros.

Jung lo expresaba con precisión: “El encuentro con uno mismo es el destino de toda persona; solo quien mira hacia adentro despierta.”

Esa mirada interior, cuando se convierte en hábito, no solo transforma al individuo, sino que, poco a poco, altera el campo de la realidad colectiva. La conciencia es expansiva por naturaleza; cuando se ilumina, irradia.

Entonces, la tarea no es reconstruir el viejo determinismo racionalista, sino gestar una nueva comprensión: un determinismo espiritual, donde los símbolos, las emociones y los pensamientos son causas tan reales como las físicas. Cada idea es una semilla en el campo de la existencia. Cada intuición es una antena que capta la corriente del futuro antes de que éste se condense en el presente. Podría decirse que vivimos dentro de una sinfonía universal, y que el inconsciente funciona como el pentagrama invisible donde se escribe la melodía de los hechos. Cuando uno aprende a leer esas notas antes de que sean tocadas, participa de la composición del mundo. Ya no se es un oyente pasivo, sino un músico en el concierto de la existencia.

Y aquí emerge una paradoja hermosa: cuanto más consciente me hago de los hilos invisibles, menos necesito controlarlos. La intuición no busca dominio, sino comunión. No se trata de anticipar para manipular, sino de anticipar para comprender. Cuando veo los tentáculos del pulpo moverse en la penumbra, no los temo ni intento detenerlos: los saludo como a viejos aliados que anuncian el ritmo secreto del universo.

En este punto, la intuición se transforma en sabiduría. Ya no es una herramienta para sobrevivir, sino un camino de evolución interior. Es la manifestación práctica de aquello que los místicos orientales llaman prajñā: la inteligencia trascendental que surge cuando la mente y el espíritu se alinean.

La muerte del determinismo aplicado —como lo concebía la modernidad— es también el nacimiento de una nueva forma de pensamiento: no lógico, sino holístico; no secuencial, sino simbólico; no analítico, sino participativo. Es la conciencia comprendiendo que forma parte del mismo tejido que observa, que la realidad externa no es algo que le ocurre, sino algo que co-crea constantemente.

Desde esta comprensión, el acto de intuir deja de ser un misterio y se convierte en una manifestación natural de la conexión entre todos los niveles del ser. La intuición es, en cierto aspecto y a mi modo de ver, la voz del universo hablándose a sí mismo a través del individuo.

Así, lo que algunos llaman casualidad, otros lo llamarán destino, y yo prefiero llamarlo coherencia invisible. Una coherencia que se manifiesta cuando los hilos del inconsciente, los eventos cotidianos y la conciencia despierta se reúnen en una misma sinfonía de sentido.

Quizás el Pulpo del Inconsciente no sea un monstruo ni una metáfora del caos, sino el símbolo perfecto del alma cósmica: una inteligencia que extiende sus tentáculos por todos los rincones de la realidad, conectando lo que creemos separado, uniendo lo que la percepción fragmentaria rompe. Y tal vez, en los silencios donde el pensamiento se aquieta y la intuición susurra, ese Pulpo nos enseña que el futuro no es algo que llega, sino algo que siempre ha estado aquí, esperando a ser visto por quien se atreve a mirar.

Reflexión final

He aprendido que la conciencia no es un destino, sino una dirección. Cada vez que observo un hilo invisible, un detalle sutil, una intuición que se filtra entre mis pensamientos, siento que una parte de mí se reconcilia con el Todo. En esa reconciliación no hay profecía, sino participación. No hay adivinación, sino comunión con la inteligencia universal.

Y así, mientras el pulpo del inconsciente sigue extendiendo sus tentáculos, sigo también extendiendo los míos hacia lo desconocido, sabiendo que, en el fondo, somos el mismo ser mirándose desde distintos reflejos.

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22/10/2023


La exploración de las frecuencias de vibración en el contexto del ser humano abre una fascinante ventana a la comprensión de nuestro propio sistema cuántico: el cerebro. Cuando nos adentramos en este enigmático mundo de oscilaciones y resonancias, descubrimos que nuestros estados de ánimo, ya sean de júbilo o melancolía, se traducen en un intrincado ballet de electrones danzando a través de neuronas, eslabones cuánticos en este asombroso entramado. Como mencionó Nikola Tesla, pensar en términos de energía, vibración y frecuencia es esencial para desvelar tanto el universo externo como el interno.

Los pioneros de la física cuántica, como Max Planck, cuyos trabajos sobre la radiación del cuerpo negro allanaron el camino para la teoría cuántica, nos han proporcionado una comprensión fundamental de cómo la energía y la frecuencia son fundamentales para la realidad. Planck revolucionó la forma en que vemos el mundo al descubrir que la energía se cuantifica en unidades discretas, o "cuantos". Esto sienta las bases para nuestra comprensión de que todo en el universo, incluido nuestro cerebro, opera en términos de cuantos de energía y vibraciones.

Imaginemos que cada estado de ánimo, cada pensamiento, son como nubes de partículas cuánticas, cada una con su propia estructura determinista. Si dos de estas nubes vibran con la misma frecuencia, se asemejarán ante un observador externo. Pero si sus configuraciones subatómicas difieren, reflejarán realidades emocionales distintas, manifestándose en la expresión de una persona alegre o melancólica. Así, la vibración y la frecuencia de estas partículas subatómicas son la clave para comprender la variación de estados de ánimo.

Werner Heisenberg, otro gigante de la física cuántica, nos dejó una valiosa lección. Su principio de indeterminación establece que es imposible conocer con precisión simultáneamente la posición y el momento de una partícula subatómica. Esto nos recuerda que, en el nivel cuántico, la incertidumbre es una parte inherente de la realidad. Del mismo modo, en el mundo de las emociones y los pensamientos, la variabilidad y la impredecibilidad son fundamentales. Las diferentes frecuencias de vibración de nuestros estados de ánimo dan lugar a un espectro infinito de experiencias emocionales.

No obstante, esta exploración no se limita al cerebro; todos los órganos también emiten su propia sinfonía de vibraciones. Es por ello que las resonancias magnéticas y otros escáneres médicos pueden detectar diferentes tipos de imágenes en el cuerpo humano. La Resonancia Magnética Nuclear, por ejemplo, captura cómo el magnetismo corporal resuena en respuesta a estímulos magnéticos. A través de estos avances tecnológicos, hemos adquirido la capacidad de mapear y comprender las vibraciones de nuestro cuerpo a un nivel mucho más profundo.

Este enfoque se centra en la vibración de la conciencia y el inconsciente, especialmente en el ámbito de los pensamientos y estados de ánimo. Aquí, podemos mirar hacia el trabajo del físico Erwin Schrödinger, cuya ecuación de onda es fundamental en la mecánica cuántica. Schrödinger nos enseña que las partículas subatómicas, en su esencia, se comportan como ondas de probabilidad. De manera similar, los pensamientos y estados de ánimo, en su nivel más profundo, pueden considerarse como ondas de probabilidad que determinan nuestras experiencias y acciones futuras.

Mi trabajo de campo, desarrollado a lo largo de años de investigación, se dedica a la detección de estas nubes cuánticas cerebrales que representan estados de ánimo o pensamientos cargados de intención hacia un objetivo. Un ejemplo notable de este fenómeno se observó durante los trágicos sucesos de las Torres Gemelas. En aquel momento, millones de personas en todo el mundo generaron nubes cuánticas cerebrales con configuraciones casi sincrónicas, vibrando a la misma frecuencia. La intensidad emocional del evento canalizó intenciones inconscientes, armonizando las partículas subatómicas en sus cerebros.

Esta intención dirigida a nivel cuántico es poderosa. Cada pensamiento, cada estado de ánimo, envía una onda a través del tejido espacio-tiempo, estableciendo una conexión instantánea, sin importar la distancia. Cuando un evento emocionalmente cargado ocurre, el extremo cuántico correspondiente a esos pensamientos se desplaza en el entramado cuántico hacia el lugar del suceso, induciendo cambios en la coherencia cuántica. Así, millones de personas influyen inconscientemente en la observación cuántica del suceso, impactando sistemas cuánticos, como lo que podría denominarse "antenas cuánticas".

Estas antenas, cuya existencia he investigado y probado, perciben el cambio en la coherencia cuántica inducido por las intenciones dirigidas. Al sentirse observadas por los otros extremos de pensamientos y estados de ánimo, responden alterando su propia coherencia, convirtiendo partículas en ondas. Este fenómeno es similar a la colisión de partículas con las paredes de un sistema cuántico, una danza de interferencia. La interferencia proviene de la falta de coherencia en las intenciones dirigidas, y estas interacciones alteran el sistema cuántico, dando paso a resultados sorprendentes. Este es el terreno de mi proyecto de software, un viaje de años de programación y pruebas que ha arrojado resultados significativos. A medida que continuamos explorando las profundidades de la energía, vibración y frecuencia en el mundo cuántico de la mente, desentrañamos secretos sorprendentes sobre cómo nuestros pensamientos, estados de ánimo y emociones impactan en la realidad. Cada nueva revelación nos acerca un paso más a comprender el tejido mismo del universo y nuestro lugar en él.

Ahora, cuando observamos los pilares de la física cuántica, como Max Planck, Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger, podemos apreciar cómo sus ideas y descubrimientos se entrelazan con la exploración de las vibraciones y frecuencias en el ámbito humano. Este viaje de la mente nos lleva a un territorio fascinante donde la física cuántica y la conciencia se cruzan, revelando un universo lleno de posibilidades y conexiones profundas que continúan desafiando nuestra comprensión. Cada día, los avances en esta área nos acercan un poco más a comprender cómo las vibraciones y las frecuencias, tanto en nuestro cerebro como en el mundo que nos rodea, influyen en nuestras vidas y moldean nuestra realidad.
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28/12/2018


Tal como lo he expresado en uno de mis artículos, denominado: "Yo Cuántico"; en donde detallo la perspectiva que he creado para mi, personalísima, propia, y con muchas posibilidades de que haya surcado los caminos del error; respecto del egocentrismo, o como me gusta denominarlo: "Yo Centrismo", que se corresponde con esa manera de vernos a nosotros mismos, desde dentro de nuestros cuerpos, y además, el consecuente pensar, de que somos el centro de todo (y no me refiero a creerlo, sino que, únicamente el pensarlo, o bien, el tener la sensación de ser el centro, físico y mental, de todo y de todos), ese poder mirar todo lo que nos rodea, desde dentro de nuestra individualidad, y que todo lo que se denomina: "el afuera", se encuentra existiendo en función de nosotros; y reitero, respecto de lo anterior, que sigue siendo una sensación, la  misma que luego nos hace auto cuestionarnos lo siguiente: ¿qué pasa con aquel egocentrismo y sus sensaciones consecuentes, luego de que yo muera? ¿A que entorno miraré, si mi YO no estará mas? ¿A quien miraré YO, si mi egocentrismo desaparecerá con mi cuerpo? Pues, el egocentrismo no desaparece al morir nuestro cuerpo físico, no desaparece aquella sensación que describí antes, la que nos hace creer, con o sin fundamentos, de que somos el centro de todo y de todos, porque vemos ese todo, y a todos, desde dentro de nuestros cuerpos, (algo que creo que a todos nos pasa), también es algo que no se escapa a los fundamentos básicos de la física de partículas o mecánica cuántica.

Existen propiedades de la física cuántica o de partículas, que se denomina, "Superposición de estados cuánticos" y otra propiedad llamada "Entrelazamiento Cuántico", las cuales nos dicen que una partícula subatómica, puede estar en mas de dos lugares al mismo tiempo, y con el mas que interesante agregado de que no importan las distancias ni el tiempo, y como muchos sabemos, cada uno de nosotros, junto a todo lo que nos rodea, y en definitiva, junto a todo lo que se denomine Materia, en esencia, no somos mas que energía aglutinada en un cuerpo material, (y recordemos E=M*c2, con lo cual, básicamente nos dice que, la Energía es igual a la materia, y también nos dice que la materia será luego, energía, al ser acelerada a la velocidad de la luz), y como lo expresé antes, es decir, como todos y todo, en esencia, somos energía, por lo tanto, todos somos una aglomeración, o aglomeramiento de partículas subatómicas, hablando tanto de nuestros cuerpos, como de nuestra mente, y como consecuencia, nuestro "YO CUÁNTICO", o nuestro egocentrismo (o mi frase predilecta: "Yo Centrismo"), que es aquella rara sensación de sentirnos la única Singularidad que comienza a gestarse a partir desde dentro de nuestro cuerpo y de nuestra mente, y que a la par de lo anterior, no somos capaces de comprender, o bien aceptar, que los egocentrismos de los demás también existen, y desde el punto de vista de los demás, por supuesto, y siendo esto último, otra sensación personalísima del que está surcando aquella Singularidad. Y nuestra mente, al ser pura energía, nuestros pensamientos son energía, nuestros recuerdos, conscientes y reprimidos, nuestra forma de ser, todo, es energía dentro de nuestro cerebro, y además, teniendo en cuenta de que, nuestro cerebro, y su compleja fisiología, se constituye como una perfecta Máquina Cuántica, y por lo tanto, todo lo que tenemos almacenado dentro de nuestro cerebro, absolutamente todo lo que nos define y individualiza ante nosotros mismos y ante los demás, no solo existe de manera en que respete las propiedades cuánticas entre las sinapsis cerebrales de un  lugar y de otro, dentro de nuestro cerebro; sino que también, todo lo anterior, por las mismas razones, dicha existencia múltiple se daría en muchas otras localidades del Universo, (y quizás, del Multiverso o mas conocido como infinito, que es lo que contendría a nuestro -y de seguro a otros- universos) incluyendo y partiendo, de las 11 dimensiones de este que es, nuestro universo (y siempre fundamentados en que, supuesta y realmente, existan dichas 11 dimensiones, lo cual se corresponde con lo calculado, especulado y aceptado por medio del método científico), pues, si nosotros y nuestros pensamientos, estamos aquí, al mismo tiempo, nosotros y nuestros pensamientos, estaremos en otros 11 lugares, solamente dentro de nuestro universo, mas o menos, dependiendo de las teorías al respecto, y de cuanto intuyamos y aceptemos íntimamente, luego de un gran proceso de introyección, por supuesto; tal como decía Blavatzky.

Imaginemos entonces, que todo lo que existe en nuestro cerebro; y que en definitiva, se constituye como las piezas del rompecabezas que hace y describe a un determinado individuo, y su existir; entonces, todo lo que existe en nuestro cerebro, incluido el Alma, todo, es de naturaleza cuántica, y por lo tanto, poseemos otros muchos extremos existenciales; quien sabe donde, quien sabe "cuando"; pero, si este extremo existencial en el que se está desarrollando nuestra existencia, dejara de existir; por ejemplo, al momento en el que nuestros cuerpos materiales muriesen, o mejor dicho dejasen de funcionar, también se detendría toda la actividad cerebral, y por ende, este extremo del entrelazamiento, se desconecta de los demás extremos entrelazados, sin que dichos extremos dejen de existir, por supuesto, por lo que, como decía previamente a esto, al dejar de existir aquí, los demás extremos no dejan de existir ni tampoco se desconectan entre si, ya que, lo único que ha sucedido, es que dejamos de existir, únicamente, en uno solo de todos los demás extremos, dentro del entramado de entrelazamientos cuánticos correspondientes a los demás extremos existenciales; con lo cual, y en definitiva, seguimos existiendo en los demás extremos, con nuestro propio egocentrismo o "Yo Centrismo", dependiendo del lugar en donde dicho egocentrismo exista, aunque el egocentrismo de aquí, de este extremo recientemente "desconectado", ya no exista mas. Y como expliqué antes, no solamente estamos conectados con nuestros propios "YO'es" de otras dimensiones, sino que también, con todo lo demás dentro del entramado espaciotemporal; o llamémosle, el Quinto Elemento, o el Akash, o la Mente Universal, etcétera (materia visible, invisible, energía visible e invisible).

Pero, dado el caso de que todo el ciclo de entrelazamientos se termine, de que la última conexión de todo el entrelazado existencial, dejara de existir como tal, toda esa energía mental acumulada y entrelazada por el espacio y el tiempo, (energía, o bien, conciencia), es liberada al Ether, al Akash, para ser parte del Universo, y quizás, del Multiverso; y al preciso momento de que un nuevo individuo nace, ese nuevo y flamante cerebro, toma información del Akash, toma una parte de su energía, y la hace suya, y a eso Carl Jung le llamó, "Inconsciente Colectivo", porque, al nacer, nuestro cerebro que recién comienza su trabajo en serio, tiene el trabajo inconsciente de realizar un nuevo entramado de conexiones cuánticas existenciales, conformando cada uno de sus nuevos extremos cuánticos, y con el universo; pero, como lo anterior serían extremos sin información, este nuevo cerebro toma algo de la información que se encuentra en el Akash o en la Mente Universal, y que se conformaría como una  nueva mezcla muy rica y compleja, de todas las mentes, cuyos cuerpos han dejado de existir antes que este nuevo cerebro del que hago referencia ahora; y por este preciso evento, es que luego, somos partícipes de tantos otros eventos como los muy conocidos "Deja Vu", y cualquier otro tipo de evento que nos imaginemos, provenientes desde el Akash, y que, ordenados dentro de esos nuevos cerebros, se conforma como el "Inconsciente Colectivo", y allí es, justamente, el lugar desde donde podremos invocar diferentes entidades (o para que se entienda mejor, invocar otros "Yo Centrismos" pasados), porque al nacer, hemos conformado una primera conexión con ellas, con dichas entidades, con los "Yo Centrismos" del pasado, todo lo cual, no serían mas que mezclas existenciales, como dije, del pasado, que se corresponderían con las mentes que han cumplido su ciclo, es decir, con las mentes pasadas que han agotado todos sus propios extremos existenciales, terminando su existencia completa, y pasando la misma, al Akash, al Universo, al Inconsciente Colectivo.

No morimos, solo cambiamos de lugar y de tiempo, y cuando se nos terminan los lugares y los tiempos, pasamos a ser parte esencial de aquella mezcla única de mentes pasadas, mezcla aquella, denominada como dije antes y lo formuló Carl Jung: "Inconsciente Colectivo", de manera tal de que podamos abrirnos paso hacia una nueva existencia, y construir nuevos entramados cuánticos existenciales, dentro y fuera del cerebro de un nuevo ser humano, el que verá la Luz al nacer bajo un nuevo cuerpo material.

Nelson J. Ressio.

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08/10/2018


Cuando nos referimos a las frecuencias de vibración del ser humano, desde mi punto de vista, solamente, y sin excepción, tomo la vibración del Sistema Cuántico por excelencia, y que es nuestro Cerebro, sabiendo que nuestros estados de ánimo, como el estar felices, o el estar deprimidos, no son mas que, en esencia, un cúmulo de electrones fluyendo por un medio igual de cuántico que los electrones, y que son las neuronas de nuestro cerebro, ya que ha sido comprobada la superposición de estados y el entrelazamiento, dentro de un mismo cerebro, debido a ello, resumidamente, y quizás con errores de mi parte, y sabiendo que si estamos alegres, dicho estado se corresponde con una cierta disposición de los electrones dentro de nuestro cerebro (un pensamiento o estado de ánimo = nube de partículas con una posible estructura determinista), y por lo tanto, como sabemos que, tal como dijo Tesla, que debemos pensar en términos de energía, vibración y frecuencia, para comprender el universo externo y el interno, aquella nube determinista que se corresponde, a modo de ejemplo, con un estado alegre, será diferente con otra nube determinista que se correspondería con un estado depresivo, como otro ejemplo, y ambas nubes, tendrán una configuración subatómica diferente, en cuanto a que son en esencia, pensamientos diferentes, y al ser manifestaciones diferentes en la realidad, tal como ver una persona triste o alegre, esas dos manifestaciones, tienen sus pares de nubes cuánticas fluyendo por entre las neuronas, y si ambas nubes tendrían la misma vibración, la misma frecuencia, ambos estados de ánimo, serían idénticos, a la vista de un observador externo, mientras que, si ambas nubes son diferentes, constitutivamente hablando, con diferentes valores o grados de vibración y  de frecuencia, de las partículas subatómicas que conforman dichas nubes emocionales, otra vez, a la vista de un observador externo, la persona que porta una de esas dos nubes de ejemplo, mostrará un estado emocional u otro, gracias a lo que sucede, en la mas profunda escencia de la energía, y que son las variaciones de vibraciones y las frecuencias.

Este es mi punto de vista respecto de vibrar a cierta frecuencia o a otra, eminentemente, en cuanto a lo que sucede dentro de nuestro cerebro. Todos los demás órganos, también vibran, por eso los escaneres magnéticos, isotópicos, positrónicos, todos ellos, destinados a estudios médicos, pueden detectar diferentes tipos de imágenes, y es debido a lo anterior, que se denomina, a una de ellas, Resonancia Magnética Nuclear, porque dicho equipo, captura, justamente, la manera en que el magnetismo corporal resuena al aplicársele diferencias magnéticas por parte del equipo, y este, entenderlas y mostrarlas como imágenes, pero, como decía, esto es para otra cosa diferente a lo que explico aquí, y es a la vibración de la conciencia e inconsciente mismos, a la hora de los pensamientos y estados de ánimo.

Mi trabajo de campo, que vengo desarrollando hace varios años, es el de detectar esas nubes cuánticas cerebrales, de estados de ánimo, o de pensamientos, cargados de intención dirigida hacia algún objetivo. Por ejemplo, cuando ocurrió lo de las Torres Gemelas, la mayoría de las personas de este planeta, generaron nubes cuánticas cerebrales, configuradas en una cuasi sincronicidad diría yo, porque posiblemente todas esas millones de nubes habrían vibrado a la misma frecuencia, y todas, estaban configuradas de tal manera, de que se consideraran como nubes de estados de ánimo, con intención dirigida, debido a un suceso de alta carga emocional de carácter colectivo. La intención dirigida, de manera inconsciente, se corresponde con todas esas nubes de partículas cerebrales correspondientes al suceso en cuestión, las que hayan podido estar auto configuradas para vibrar en la misma frecuencia (en cuanto a sus partículas subatómicas conformantes de dichas nubes), es decir, como para poner otro ejemplo, como si fueran muchas personas mirando hacia un mismo punto (y en realidad, en esencia, es lo que sucede), y como sabemos, todo sistema observado, cambia de alguna manera, y cuantos mas ojos (o mentes) están observando, existe mas probabilidad de cambio de lo que está siendo observado. Recordemos la propiedad de la coherencia cuántica, en cuanto al experimento de la doble rendija, pues eso sucede en el cerebro, cuando se genera un suceso de alta carga emocional, ya que todos los cerebros “miran” hacia dicho suceso, y como tal, todo sistema cuántico, o antena cuántica (que es lo que yo he desarrollado y probado durante muchos años) que se encuentre en ese lugar, se sentirá observado, debido a las intenciones dirigidas de millones de personas, ayudado por el entrelazamiento cuántico, ya que, esas nubes correspondientes a pensamientos dirigidos e intencionales, no ocurren dentro del espacio intracraneal y nada mas, sino que, como buen sistema cuántico que es nuestro cerebro y sus pensamientos, cada pensamiento o estado de ánimo, que en esencia subatómica son lo mismo, tendrá otro extremo, sin importar las distancias, y si ocurre un evento de alta carga emotiva, ese otro extremo que “andaría suelto” por el entorno, o por lugares que estarían a miles de años luz de distancia de la nube de pensamientos/emociones originaria, cambiaría de lugar, y la intención dirigida, haría que ese otro extremo cuántico, sea depositado en el tiempo y lugar del suceso de alta carga emotiva. Millones de personas, luego de dicho suceso, han dirigido, de manera inconsciente, sus otros extremos del entrelazamiento, hacia el lugar del hecho, y si existiesen allí, en el centro del problema, lo que denominé como antenas cuánticas, estas detectarían el cambio de coherencia en dichas antenas, porque se sentirían observadas, no por ojos, no por fotones, sino que por otras partículas, por los otros extremos de los pensamientos/estados de ánimos dirigidos y cargados de intención, y esa observación mental sobre un sistema cuántico, lograrían alterar el estado coherente, volviéndolo decoherente, es decir, que, dichos pensamientos dirigidos, estarían interfiriendo con los sistemas cuánticos dispuestos en el lugar del hecho, y al interferir, las partículas propias de dichos sistemas cuánticos, como las nombradas antenas, en lugar de circular por donde deben circular, al transformarse de partículas a ondas, estas harían colisión con la estructura del sistema cuántico que lo contiene; es como estirar los brazos y chocar contra las paredes al ingresar por la puerta, es lo mismo, porque actuamos con poca o nada coherencia, y lo mismo las intenciones dirigidas, que hacen que las partículas del sistema cuántico, actúen decoherentemente, y el sistema responda a dicha colisión con sus paredes cuánticas, y allí entra el proyecto de software del que he hablado al comienzo, y que vengo programando y probando hace años, con resultados muy significativos.

Para los que deseen adentrarse mas en este mundo, explicado arriba, adjunto unos links, algunos a mi página web, donde tengo una explicación de este tema y otro link a la página Facebook del Proyecto.

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