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06/01/2026


La obra de Leonardo Da Vinci es mucho más que una colección de pinturas y esbozos: es un libro abierto de enigmas, un texto visual que circunda por sobre los límites de la percepción humana, y una invitación a explorar lo invisible detrás de lo visible, por lo que, cuando me sumergí en esta reflexión, no lo hice como un espectador curioso, sino como alguien que ha buscado, a lo largo de mi vida —en la programación, en la música, en la escritura y en la contemplación espiritual—, patrones ocultos que revelen una armonía profunda en el universo.

Leonardo (1452 – 1519) no fue simplemente un artista del Renacimiento: fue un intelecto sintético, un 'pontifex' entre ciencia y misticismo, entre proporción matemática y experiencia humana. Sus obras —especialmente aquellas como La Última Cena— contienen vehículos simbólicos que, bien interpretados, nos llevan más allá de lo literal hacia un reino en donde el significado se aprende con los ojos del corazón y no solo con los del intelecto.

La Última Cena: más que una representación bíblica

Cuando contemplé La Última Cena, lo que primero me llamó la atención no fue su perfección estética, sino la ausencia del vino, ese símbolo esencial del Evangelio que representa la sangre redentora de Jesús. Este detalle, aparentemente menor, abre una puerta que nos dice: esto no es solo una escena sagrada, es un mensaje codificado.

Leonardo no pintó simplemente lo que se esperaba. Incorporó, deliberadamente, una serie de elementos que parecen subvertir la narrativa ortodoxa: desde la forma en que Juan es representado —quizá más femenino de lo que la tradición sugiere— hasta la presencia enigmática de manos y gestos que no coinciden con las descripciones canónicas del texto bíblico.

Aquí surge una pregunta que para mí es fundamental: ¿Qué quiere decirnos Leonardo con esta composición aparentemente herética? ¿Está cuestionando, desafiando, o llevando a quien observa hacia otra comprensión más profunda del misterio cristiano y de la naturaleza humana?

Símbolos, números y proporciones: la Geometría Sagrada como lenguaje

Leonardo veía la proporción como un código —como una música visual— que conecta la forma con el espíritu. No se limitó a retratar figuras humanas con fidelidad anatómica; las integró en un sistema donde la geometría sagrada se convierte en lenguaje universal.

Un ejemplo claro de esta filosofía se encuentra en su esquemático Hombre de Vitruvio, donde cuerpo, círculo y cuadrado se entremezclan entre sí como símbolos de lo divino y lo terrenal. Según algunos intérpretes, incluso los números que aparecen (por ejemplo, 126, 14, 9), tienen lecturas simbólicas profundas que aluden a la unidad total del ser humano —su cuerpo, su alma y su relación con el cosmos—.

Esta especie de aritmética mística no es nueva. Platón, Pitágoras y los antiguos herméticos ya habían propuesto que los números no son meros cuantificadores sino portales de significado, capaces de revelar la estructura íntima del universo. Leonardo estudió estos preceptos con todo su intelecto y los integró en su obra, no como curiosidades exóticas, sino como códigos vivos que hablan de la relación entre el hombre, la naturaleza y el orden profundo de las cosas.

Más allá de la Imagen: comprender el lenguaje y el código de Da Vinci

Si algo nos enseña Leonardo es que la verdadera comprensión del arte no se logra solo con los ojos; se requiere de una intuición entrenada y de una disposición interna a aceptar que el mundo visible es sólo la sombra de lo real.

Esto tiene un paralelo claro conmigo: al programar, escribir o componer música, nunca se trata únicamente de las palabras o de las notas. Lo que yo busco —como tú, querido lector, cuando te sumerges en mis textos— es lo que vibra detrás de la forma. Cada frase, cada gesto de pincel o trazo numérico en Leonardo no es un accidente, sino una invitación a mirar con reverencia y profundidad.

Un fragmento famoso de Leonardo ilustra esto: “La pintura es cosa mental” (cosa mentale), sugiriendo que una obra de arte solo cumple su propósito cuando se convierte en una experiencia dentro de la mente del observador.

Leonardo nos enseña que el arte puede ser un mapa del alma. Sus obras, aparentemente sencillas o incluso religiosas en apariencia, esconden capas de significado que requieren un acto de valentía interior para ser descifradas.

Mi experiencia al escribir este artículo no fue la de interpretar desde la distancia, sino la de reencontrar un espejo arcaico de mi propia búsqueda: una forma de ver el mundo que combina lógica con intuición, ciencia con mística, proporción con poesía. Leonardo no fue solo un maestro del Renacimiento sino una línea continua en la historia del pensamiento simbólico universal.

El lenguaje velado: herejía, conocimiento y silencio en la obra de Leonardo

Hubo un momento, mientras releía mis propias reflexiones sobre Leonardo, en el que comprendí algo esencial: el verdadero código no está en la pintura, sino en el silencio que la rodea. No en lo que se muestra, sino en lo que se omite con una intención casi perfecta. Leonardo sabía —como saben quienes han transitado senderos de conocimiento no autorizado— que hay verdades que no sobreviven a la exposición directa. Deben ser insinuadas, sembradas como semillas en terreno fértil, esperando a que la conciencia del observador esté preparada para hacerlas germinar.

En ese aspecto, Leonardo no fue un hereje en el sentido vulgar del término. Fue algo más peligroso y, a la vez, más luminoso: un custodio del conocimiento. Alguien que comprendió que la verdad desnuda puede destruir tanto como iluminar. Por eso su obra no grita, no denuncia, no proclama; es un susurro visual adaptable a los ojos de cada persona que la mira. Y en ese susurro hay siglos de tradición hermética, pitagórica, neoplatónica y —me atrevo a decirlo sin rodeos— iniciática.

La herejía como acto de lucidez

La palabra herejía proviene del griego hairesis, que significa “elección”. No era, en su origen, un insulto, sino una declaración de libertad intelectual. El hereje no es quien niega por capricho, sino quien elige pensar por sí mismo. Leonardo encarnó esta herejía primigenia con una naturalidad asombrosa, no desde la confrontación directa con la Iglesia, sino desde una distancia elegante, casi imperceptible a simple vista.

Cuando observo La Última Cena bajo esta luz, ya no veo una provocación, sino una reformulación silenciosa del relato sagrado. La ausencia del cáliz, la ambigüedad del personaje a la derecha de Jesús, las manos que no encuentran un cuerpo al que pertenecer, las líneas de tensión que atraviesan la mesa como vectores invisibles… todo ello configura una narración alternativa, una lectura que no niega lo espiritual, sino que lo desinstitucionaliza, lo separa de un determinado dogma religioso.

Aquí es donde siento una afinidad profunda con Leonardo. Porque en mi propio recorrido —intelectual, espiritual y creativo— siempre he sospechado de las verdades servidas ya masticadas. No por rebeldía adolescente, sino por respeto al misterio. El misterio no se consume: se contempla.

El gesto, la mano y la palabra no dicha

En la obra de Leonardo, las manos hablan tanto como los rostros. A veces más. Una mano mal ubicada, un dedo señalando el vacío, un gesto interrumpido… todo ello constituye un alfabeto corporal que reemplaza a la palabra escrita. Leonardo entendía que el cuerpo es un texto antiguo, anterior al lenguaje articulado, y que allí se esconden verdades que la censura no puede controlar.

Pienso, por ejemplo, en ese dedo que apunta hacia lo alto —recurrente en su obra—, un gesto que remite inevitablemente a lo trascendente, pero no desde el dogma, sino desde la experiencia directa. “No mires aquí —parece decir—, mira más arriba, o más adentro”. Ese gesto es una invitación, no una orden. Y eso lo cambia todo.

Marsilio Ficino, uno de los grandes neoplatónicos del Renacimiento, escribió:

“El alma recuerda lo que el intelecto aún no comprende.”

Leonardo pintaba para esa memoria del alma. Para ese saber anterior a la razón, pero no necesariamente opuesto a ella.

Ciencia y espíritu: la falsa oposición

Uno de los errores más persistentes de la modernidad es haber separado la ciencia del espíritu, como si fueran dominios irreconciliables. Leonardo jamás cayó en esa trampa. Para él, diseccionar un cadáver y estudiar el flujo del agua eran actos tan sagrados como pintar un rostro o trazar una espiral.

En esto me siento profundamente reflejado. Como programador, como músico, como escritor, siempre he visto en los sistemas —sean informáticos, musicales o simbólicos— una lógica que roza lo sagrado. El código, en cualquiera de sus formas, no es frío: es una expresión de orden, y el orden, cuando es auténtico, roza lo divino... cómo que lo divino fuese, nada más y nada menos, que la Entropia, y que comúnmente es mal entendida o semánticamente escurridiza a la comprensión humana.

Leonardo no buscaba destruir la fe; buscaba liberarla de la superstición. No negaba a Dios; lo buscaba fuera de las jaulas conceptuales. Por eso su Dios no es antropomórfico, no castiga ni recompensa: se manifiesta en la proporción, en la dinámica, en la vida misma.

El secreto no es lo oculto, sino lo inefable

Hay quienes buscan en la obra de Leonardo conspiraciones, sociedades secretas, mensajes cifrados al estilo de un rompecabezas policial. Yo creo que esa lectura es superficial. El verdadero secreto no es algo que pueda resolverse con ingenio, sino algo que se reconoce cuando uno está preparado.

El secreto, en Leonardo, no es información: es transformación. No se trata de “saber algo más”, sino de ser algo distinto después de mirar. Por eso sus obras siguen incomodando, siglos después porque no ofrecen respuestas tranquilizadoras, sino preguntas que erosionan las certezas.

Plotino lo expresó, a mí juicio, con aguda certeza:

“El conocimiento verdadero no es ver algo, sino convertirse en ello.”

Leonardo pintaba desde ese lugar. Y escribir sobre él, para mí, no es un ejercicio académico, sino una forma de continuar ese diálogo silencioso entre conciencias separadas por el tiempo, pero unidas por una misma intuición: la verdad no se impone, se revela.

El hombre total y el espejo del tiempo: Leonardo como arquetipo vivo

Hay un punto —inevitable, silencioso, preciso— en el que uno deja de estudiar a Leonardo y comienza a reconocerse en él. No como genio inalcanzable, no como mito petrificado por los manuales de historia, sino como un ser humano atravesado por la misma tensión que aún hoy nos desvela: la de querer comprenderlo todo sin traicionar el misterio.

En ese punto exacto comprendí que Leonardo no es solo una figura del Renacimiento. Es un arquetipo activo, una forma de conciencia que reaparece cada vez que alguien se rehúsa a fragmentarse. Cada vez que alguien decide no elegir entre razón y espíritu, entre arte y ciencia, entre precisión y poesía. Leonardo no pertenece al pasado; opera en presente continuo.

Y allí, sin buscarlo, me encontré a mí mismo... otra vez.

Vivimos en una época que divide, clasifica y compartimenta. Se nos pide que seamos una cosa u otra. Programador o artista. Científico o místico. Técnico o poeta. Leonardo fue, en esencia, una negación viviente de esa disyuntiva.

No integraba disciplinas por eclecticismo, sino por coherencia interna. Porque sabía —como intuía Aristóteles— que “el todo es más que la suma de las partes”. Separar era empobrecer; unir era comprender.

En mi propio recorrido vital, esta intuición siempre estuvo presente, incluso antes de tener palabras para nombrarla. Al escribir, al componer, al programar, al pensar símbolos, siempre sentí que estaba haciendo lo mismo con distintos lenguajes. Cambia la sintaxis, sí. Cambia el soporte, pero la búsqueda es una sola.

Leonardo lo introyectó con una claridad casi dolorosa: el ser humano no está hecho para vivir en compartimentos estancos; está hecho para resonar.

El Código Final: la conciencia que observa

Si tuviera que nombrar el último código de Leonardo —el que no está pintado, ni escrito, ni escondido— diría que es este: la conciencia del observador. Nada en su obra se activa si quien mira no participa. Sus pinturas no funcionan como mensajes cerrados, sino como sistemas abiertos. Leonardo no entrega significado; lo provoca.

En esto hay una ética profunda; no manipula, no adoctrina, no conduce, simplemente dispone las condiciones para que algo ocurra. Como un buen maestro. Como un verdadero iniciado.

Heráclito lo expresó de manera casi inmejorable:

“El señor cuyo oráculo está en Delfos no dice ni oculta: señala.”

Leonardo señala, y al hacerlo, nos devuelve la responsabilidad de mirar.

El tiempo como espiral, no como líneal

Uno de los grandes malentendidos modernos es concebir el tiempo como una flecha recta. Leonardo pensaba —y vivía— el tiempo como espiral. Por eso su obra no envejece. Por eso vuelve. Por eso insiste.

Cada generación que lo observa descubre algo distinto, no porque la obra cambie, sino porque el observador sí lo hace.

Este artículo mismo es prueba de ello. No lo estaría escribiendo así hace veinte años. Y no lo escribiría igual dentro de otros veinte. Leonardo no se agota porque dialoga con lo que somos en cada etapa.

San Agustín escribió:

“No busques fuera; vuelve a ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad.”

Leonardo tuvo esto muy en cuenta antes de que la psicología, la neurociencia o la filosofía moderna pusieran nombre a esa intuición. Y por eso su legado no es un conjunto de respuestas, sino una estructura de preguntas.

El último pliegue: lo que no puede escribirse

Llegados a este punto, hay algo que no puede desarrollarse más sin traicionarse. Porque el último pliegue del código no admite explicación. Solo experiencia.

Leonardo no quiso ser comprendido del todo. Y eso no es soberbia; es sabiduría. Sabía que hay umbrales que solo pueden cruzarse en soledad interior. Que ningún texto, ningún símbolo, ningún maestro puede hacer ese trabajo por nosotros.

Este es el punto donde el artículo termina… y la lectura verdadera comienza.

Porque si algo he aprendido al recorrer su obra, y al escribir desde mí mismo sobre ella, es esto: el conocimiento que no transforma, no es conocimiento, sino que es acumulación, es ruido, es ornamento y Leonardo no nos legó ornamentos; nos dejó espejos.
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28/08/2023


En la encrucijada de la existencia, surge la pregunta eterna que ha inquietado las mentes a lo largo de los siglos: ¿Ser, o no ser? Esta interrogante, que trasciende los confines del tiempo y el espacio, continúa resonando en la psique humana como un eco persistente. Imaginemos por un momento y con detenimiento esta imagen plasmada en el lienzo de la conciencia: un planeta que refleja el cráneo humano, observado por un autómata humanoide, engendrado por la misma humanidad que habita este cráneo terrenal. Un mundo moribundo, en simbolismo, refleja cómo nuestra humanidad se encuentra en la balanza del Ser y el No Ser.

La relación entre el Ser y el No Ser es una cuestión profunda que penetra las capas más internas de nuestra naturaleza. El acto de Ser, de abrazar nuestra humanidad en su plenitud, se cierne en un delicado equilibrio con la sombra que proyectan la hipocresía y el individualismo. ¿Qué significa realmente "ser más humanos"? En este contexto, se trata de despojarnos de las máscaras que ocultan nuestra autenticidad, de desafiar las normas que separan a los seres humanos y de buscar la conexión con nuestra esencia compartida. Por otro lado, el camino hacia el No Ser, hacia la desconexión y la superficialidad, es a menudo tentador. En nuestra era, la distancia entre las personas se agranda, y la mirada del autómata ante el cráneo-planeta de aquella imagen mental refleja esta disonancia. La paradoja de observar a nuestros semejantes como extraños, como si perteneciéramos a diferentes esferas, pone de manifiesto la desconexión que se ha arraigado en nuestra sociedad. Esta desconexión, que borra los lazos de empatía y comprensión, nos encamina hacia un futuro incierto.

El telón se alza en la convergencia de dos caminos divergentes. Por un lado, el Ser agoniza bajo las cargas auto infligidas y la presión de los No Seres. Las expectativas sociales, las presiones económicas y la maquinaria del consumismo contribuyen a sofocar la llama del Ser interior. Por otro lado, el No Ser se afianza como un horizonte atractivo para aquellos que desean moldear a la humanidad en función de intereses ajenos. Los hilos invisibles de poder económico manipulan las cuerdas del No Ser, urdiendo una marioneta consumista, incapaz de resistir la atracción de deseos efímeros.

La era del autómata es más que un relato sobre avances tecnológicos. El autómata humanoide, a primera vista una creación de cables y circuitos, se entrelaza con lo animal y lo humano en una danza compleja. En un giro sorprendente, el autómata se acerca a sus raíces primigenias mientras se lanza hacia adelante, hacia lo moderno. Esta evolución invertida, que retrocede hacia lo primordial mientras se avanza en la historia, es un recordatorio vívido de la contradicción que enfrentamos.

La dicotomía entre el Ser y el No Ser se manifiesta en las elecciones individuales que definen nuestro destino colectivo. El entramado de la manipulación psicológica y la supresión de la racionalidad en favor de deseos instantáneos refleja el ingenio de los poderes económicos. La alienación de la identidad en pos de la pertenencia a una manada consumista revela la astucia detrás de esta transformación.

La esencia misma del Ser, inquebrantable e indivisible, es la antítesis del consumismo desenfrenado. El Ser no se doblega ante las artimañas del No Ser, sino que persiste en su búsqueda de significado y autenticidad. En una época en que los vientos del cambio soplan con intensidad, debemos recordar que solo el Ser puede ser el salvador de nuestra humanidad. En este contexto, las palabras de Søren Kierkegaard, filósofo danés del siglo XIX, resuenan con un eco profundo: "La mayor tentación es vivir de manera pasiva y conformarse". Kierkegaard, defensor de la autenticidad y el individualismo, instaba a las personas a resistir la corriente y abrazar su existencia única. De manera similar, el filósofo existencialista Albert Camus planteaba preguntas incisivas sobre la vida y la muerte, resonando con la dualidad del Ser y el No Ser.

Entonces, a fin e cuentas, este paisaje de claroscuros en el que nos encontramos inmersos, la dualidad entre el Ser y el No Ser emerge como un enigma que trasciende generaciones y fronteras. Este enigma, esta pregunta fundamental que resuena desde los pasillos del tiempo, nos invita a contemplar los matices de nuestra existencia y las profundas implicaciones de nuestras elecciones. En la encrucijada de nuestras vidas, estamos llamados a discernir entre abrazar nuestra esencia más auténtica o ceder a las tentaciones del No Ser, ese oscuro abismo que acecha con su promesa de complacencia instantánea.

La relación entre el Ser y el No Ser no es una simple disyuntiva abstracta, sino un reflejo de las verdades más intrínsecas de lo que significa ser humano. Cuando optamos por Ser, abrazamos nuestra humanidad en toda su complejidad, enfrentando las aristas de nuestras imperfecciones con valentía y buscando la conexión con nuestros congéneres en una danza de empatía y comprensión. En esta elección consciente, encontramos el potencial para trascender la superficialidad y el egoísmo, y construir un tejido social enriquecido por nuestra diversidad y unidad compartida. En contraste, el camino del No Ser nos seduce con sus falsas promesas de satisfacción inmediata y la búsqueda de gratificación efímera. Nos arrastra hacia la fragmentación de nuestras identidades, hacia la ilusión de pertenecer a una manada consumista que sigue ciegamente las señales del mercado. Este sendero, aunque tentador, nos aleja de lo que nos hace humanos, limitando nuestra capacidad de pensar críticamente y de vivir con autenticidad.

Los ecos de pensadores como Kierkegaard y Camus resuenan en este debate perenne. Kierkegaard, con su llamado a la autenticidad y su cuestionamiento de la vida complaciente, nos exhorta a mirar más allá de las apariencias y a explorar el sentido profundo de nuestras vidas. Por otro lado, Camus, con su exploración de la absurda condición humana, nos desafía a encontrar significado en medio de la aparente falta de propósito, recordándonos que incluso en la lucha entre el Ser y el No Ser, hay una belleza en la búsqueda misma.

De todas maneras el desenlace de esta encrucijada recae sobre nosotros, en nuestras decisiones diarias, en cómo navegamos las corrientes de la modernidad y en cómo nos relacionamos con el mundo y con nosotros mismos. En un mundo cada vez más inundado por distracciones superficiales y enajenación digital, la elección de Ser se convierte en un acto de resistencia, una afirmación de nuestra humanidad y una búsqueda de trascendencia. A medida que enfrentamos las luces y sombras de la era del autómata humanoide, recordemos que, en última instancia, es la esencia misma del Ser lo que puede iluminar el camino hacia una humanidad más auténtica y consciente.

Lic. Nelson J. Ressio.

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31/07/2023


En los recónditos intersticios de la mente humana se oculta un territorio enigmático y complejo conocido como el inconsciente colectivo y personal. En este enorme reino oculto reside la sombra, una faceta oculta de la psique que alberga pensamientos, deseos y temores reprimidos. Nos adentraremos entonces, en el tema de la sombra el cual nos invita a emprender una travesía de autorreflexión y de autoconocimiento para comprender su poderosa influencia en nuestra psicología.

La sombra puede entenderse como aquellos aspectos de nuestra personalidad que preferimos ignorar o negar, tanto a nivel individual como colectivo. Estos aspectos ocultos de nosotros mismos pueden manifestarse de manera indirecta, influenciando nuestro comportamiento sin que lo percibamos claramente. Ignorar la sombra puede llevarnos a enfrentarnos a conflictos internos y a repetir patrones no deseados en nuestras vidas. Podemos comparar la sombra con una sombra literal que nos sigue a dondequiera que vayamos, siempre presente aunque no siempre visible. Nuestras experiencias, traumas y enseñanzas pasadas proyectan esta sombra psicológica, moldeando nuestras acciones y elecciones de manera inconsciente. Aceptar su existencia y explorarla de manera consciente nos permite comprender aspectos profundos de nuestra psique y encontrar una mayor autenticidad en nuestras interacciones y decisiones.

En este contexto, el viaje de autorreflexión implica enfrentar nuestros temores y limitaciones internas. La sombra a menudo alberga miedos y deseos reprimidos que pueden obstaculizar nuestro crecimiento y desarrollo personal. Al confrontar estos aspectos oscuros de nosotros mismos, podemos liberar su poder sobre nuestras vidas y alcanzar una mayor integridad.

Dentro de este marco, debemos explorar cómo la sombra puede manifestarse en diferentes áreas de la vida. Por ejemplo, abordando el temor a la sombra de la introversión, la que puede llevar a evitar ciertas situaciones sociales o enfrentar dificultades en la comunicación interpersonal. Asimismo, el miedo a ser juzgados o desvalorizados por otros, puede influir en nuestra autoestima y en cómo nos presentamos ante el mundo. El temor a no ser aceptados tal como somos puede llevarnos a ocultar ciertos aspectos de nuestra personalidad o a evitar tomar riesgos en la vida.

El viaje hacia la autorreflexión también implica enfrentar nuestras ambivalencias internas y encontrar un equilibrio entre nuestros impulsos y deseos opuestos. Es menester destacar entonces, la importancia de la autosuperación intelectual y personal, lo que sugiere la necesidad de crecer y de evolucionar como individuos para alcanzar una mayor plenitud. Y no nos debemos olvidar de la voz interna, de esa voz que a veces parece no detenerse, proveniente desde la sombra y que intenta influir en nuestras decisiones y en nuestras acciones. Al reconocer esta voz, de la que a todo ser humano es receptor consciente o inconscientemente, y resistir sus intentos de dominar nuestra conciencia, podemos tomar las riendas de nuestras vidas y dirigirlas hacia nuestros objetivos y aspiraciones.

Debo enfatizar también, la importancia de aceptar y de abrazar nuestra sombra en lugar de reprimirla o de negarla. Al aceptarla, nos permitimos vivir una vida más auténtica y significativa, liberándonos de las ataduras de la ambivalencia y del miedo.

Por lo tanto la sombra es un aspecto esencial de nuestra psicología, y que puede ejercer una poderosa influencia en nuestras vidas si no se la aborda de manera consciente. El trayecto particular hacia la autorreflexión nos lleva a explorar nuestra sombra y a integrarla en nuestra identidad para alcanzar una mayor plenitud y autenticidad en nuestras relaciones y decisiones. Cada paso en este viaje es esencial, y cada aspecto de nuestra sombra merece ser reconocido y entendido para lograr un mayor autoconocimiento y crecimiento personal.

Lic. Nelson J. Ressio.

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13/11/2013

La Eterna Recurrencia... ese principio filosófico que postula que todo acto humano debe volver a su origen... que todo retorne a su mismo punto de partida, in aeternum... y no retorna solo la vida, ni solamente las almas, sino que también retornan los propios comportamientos humanos al mismo lugar de donde salieron... hacia ti.

¿Odias a alguien?, el odio quedará siempre en ti, ¿tienes envidia? la envidia nunca llegará a destino, sino que morará en ti, ¿eres presa del ego?, al final el ego te aplastará, ¿eres sectario?, pues quedaras fuera de la sociedad, ¿no aceptas a la diversidad de la razón?, pues seguirás durmiendo en las rojas sábanas de aquellos que alguna vez la quemaron creyéndola una herejía, ¿eres hipócrita?, pues estarás contribuyendo a que tu descendencia también lo sea, y con ello, a la sociedad misma, ¿eres banal?, pues seguirás flotando sobre la superficie de las oscuras aguas del materialismo, ¿eres airoso?, pues tu ira solo se aferrará con sus curvas garras sobre tu propia carne, ¿te crees omnisciente?, pues solo demostrarás que lo único que sabes, es que crees saberlo todo, ¿eres desconfiado?, pues "solo"... es la palabra para tu futuro.

En todo momento, la eterna recurrencia te acechará, observando constantemente tus actos por medio de sus ojos infinitos... todo vuelve, todo retorna a su origen, hacia su génesis; y tu comportamiento, -que a los ojos de la eterna recurrencia no sea aceptable-, quedará dentro de ti, aunque hayas pensado que el destinatario sea otro; y de a poco, cegarás tu mente, hasta quedar atrapado en una abrumadora ignorancia, la cual te hará quedar estático observándote a ti mismo, externamente, en el sucio espejo de tus propias incapacidades.

Escucha una composición musical de mi autoría, en honor a la Eterna Recurrencia, o también denominado, Eterno Retorno:


Nelson J. Ressio.


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09/11/2013


El siguiente escrito, de mi autoría, -y a modo de lírica para una canción-, la he relacionado con la sombra que todos llevamos en el inconsciente personal y colectivo. Dicha lírica, es una oportuna manera de recordarle a mi "Yo Consciente", de que la sombra, que cada uno de nosotros la portamos reprimida en el inconsciente, sea reconocida y aceptada por aquel, de manera tal, de que dicha sombra, por medio de alguna manera habitual, podamos ir transmutandolas en reflejos de Luz. La sombra está allí, siempre, y aunque ésta sea incompatible con nuestra personalidad, definida ésta por el "Yo Consciente", no debemos dejar que se transforme en una acaparadora de las buenas intenciones de ese "Yo Consciente", ya que la ambivalencia de aquella sombra, puede jugarnos en contra cuando nuestro "Yo" sufre de ciertas carencias psicológicas. Dicha ambivalencia encierra lo que sería un cierto recuerdo antagónico, mas una especie de alivio compensatorio, respecto del que porta aquellas carencias psicológicas.

En mi escrito denominado "Mi sombra", he tratado de representar la naturaleza de mi posible sombra alojada en el inconsciente. Todo ello, dentro de las cuatro estrofas principales remarcadas en itálica

Respecto de la primera estrofa, el significado implícito de la sombra, se encuentra referido a la manera en que mi inconsciente emite un análisis introspectivo respecto de una supuesta tercera persona, pero que en realidad soy yo mismo, reflexionando sobre el miedo a la sombra de la introversión, y retándome a mi mismo a abandonarla.  Está allí, en el inconsciente, sin que el "Yo Consciente" lo pueda percatar. Pero está acechando.

En relación a la segunda, de las cuatro estrofas diferenciadas en formato de letra "itálica", la semántica implícita de la sombra, está directamente relacionada, al igual que la primera, con el miedo, pero en este caso, al desempeño en sociedad, a la humildad para aceptar que otros "sobrevuelen" por sobre mi, al evitar ser esclavo de dogmas y de mi mismo, y de como es necesario estar dispuestos internamente a perfeccionarnos a nosotros mismos, además de ser conscientes de la manera en que los demás nos aceptan en sus grupos sociales. Si lo anterior no se pule, no seré valorado (como dice en la estrofa). Además, de que mis actos sean de tal conciencia de que no le tema a la vida.

Siguiendo con la tercera estrofa (en letra itálica) el contenido implícito, simbólico que le he querido dar, -hablándole siempre a mi sombra-, es en relación a mi propia autosuperación intelectual, profesional y personal, además de encontrar el camino que me llevará en la dirección correcta.

Y por último, en la cuarta estrofa me refiero a esa voz interna de la sombra, la cual intenta reemplazar el silencio, queriendo aquella, y desde la propia inconsciencia, perturbar la armonía del "Yo Consciente", tratando de que éste, cometa el gravísimo error de seguirle la corriente, nada mas y nada menos, que a las profundas fuerzas tiránicas de la sombra. Y allí mismo, con la fuerza y la guía del "Yo Consciente" me revelo contra ella misma, anteponiendo las metas y los anhelos cumplidos y por cumplir. Al final, condeno a mi propia sombra como una injusta presencia a la cual relego en lo mas profundo de mi inconsciente.

He aquí la lírica:

Mi sombra

Quien me quiere entristecer? quien me quiere deshacer?
Sabes quien puedo ser? Tu sombra al amanecer!
Sabes quien puedo ser? Tu sombra al amanecer!

He pasado mis horas, después de las horas
He pensado ahora, que es el momento del después
Reflexiono mucho, con mi sombra y por dentro
Que quiero marcharme desde fuera hasta dentro
y no te detesto, como el piso a las moras
Pero si tienes miedo a ser devorado
como hace el viento, con el árbol de lado
Tanto tiempo de verte me deja enojado
Tanto tiempo de escucharte me deja atorado

-Y si me pongo a pensar en que va a pasar
no me dejarás estar, nada me cabría esperar
Y si me pongo a pensar en que va a pasar
no me dejarás estar, nada me cabría esperar

Por lo tanto te digo, cuanto antes mejor
Para que el daño sea menor, que tu pulcritud
Para que no te sorprendas, con tu ineptitud
Para no encontrarme, con mi propia esclavitud
Si no puedes soportar ser sobrevolado
Si no quieres aprender como ser perfeccionado
Si no quieres comprender como serás aceptado
Pues entonces olvidate de que serás valorado
Y si le tienes miedo a la vida, lo voy a comprender
Pero no lo voy a posponer, por un capricho del mal ejercer
Pero lo que si te digo con mucho cuidado
es que no te acerques mucho, ni demasiado

-Sentirás el abismo, sentirás el autismo, y no hablo en broma
Por creer que sentías, por creer que vivías, con miedo a mi sombra
-Sentirás el abismo, sentirás el autismo, y no hablo en broma
Por creer que sentías, por creer que vivías, con miedo a mi sombra

Quien me quiere entristecer? quien me quiere deshacer?
Sabes quien puedo ser? Tu sombra al amanecer!
Sabes quien puedo ser? Tu sombra al amanecer!

Mas que nada mi saber, es muy superior a tu ejercer
Mucho menos tu mirar, es tan esquiva como es de esperar
Menos mal que no es mi ser, quedarme sin encontrar
otro destino, otro camino, otra visión, otra tentación
Pero mi alma grita y reclama mi parecer
Quedando aturdido al querer despertar
Solo mucho espero, con ansias, poder recobrar
con principios, sin temor, mi camino y mi misión

-Y si me pongo a pensar en que va a pasar
no me dejarás estar, nada me cabría esperar
Y si me pongo a pensar en que va a pasar
no me dejarás estar, nada me cabría esperar

Demás es decirlo que comprendo tu sufrir
Demás es pensarlo que comprendo tu soledad
Como siempre solo tu pensar, desde siempre solo tu opinar
Es abierto, como es de esperar, es ventilado como es de escuchar
Como ya sabemos esto no va mas
Como todos pensamos esto es ir para atrás
Pero con certeza y no con pereza, ahi estaré
Donde yo, desde chico, siempre soñe
Con la carne de mi carne, con la sangre de mi sangre
Con mi único amor que siempre acompañaré
Con la vida que siempre soñé
mas no con la injusticia, de la cual vas de la mano y te dejas envolver.

-Sentirás el abismo, sentirás el autismo, y no hablo en broma
Por creer que sentías, por creer que vivías, con miedo a mi sombra
-Sentirás el abismo, sentirás el autismo, y no hablo en broma
Por creer que sentías, por creer que vivías, con miedo a mi sombra

Quien me quiere entristecer? quien me quiere deshacer?
Sabes quien puedo ser? Tu sombra al amanecer!
Sabes quien puedo ser? Tu sombra al amanecer!

Copyright @ 2010 by Nelson Ressio

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