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12/10/2025

 

I. La prisión invisible

Existen cárceles que no tienen barrotes, sino palabras. Silencios que hieren más que los gritos. Miradas que, sin pronunciar sonido alguno, pueden desarmar la seguridad más firme.

El abuso narcisista pertenece a esa clase de violencia silenciosa: invisible al ojo ajeno, pero devastadora para quien la vive. No se percibe en la superficie, porque su campo de batalla no es el cuerpo, sino el alma.

Este tipo de abuso no se reduce al egoísmo o a la vanidad, sino que se manifiesta como una dinámica relacional de control y anulación, donde uno de los miembros —con rasgos narcisistas patológicos o un estilo relacional narcisista aprendido— busca dominar el mundo emocional del otro. Lo hace no por maldad deliberada, sino por la incapacidad de tolerar la vulnerabilidad que el amor auténtico exige.

Quien sufre este tipo de abuso descubre con el tiempo que no ha vivido una relación, sino un espejismo: un reflejo diseñado para seducir y luego consumir su energía vital.

II. El rostro del control: mecanismos invisibles

El narcisismo relacional opera con una precisión casi perfecta. Su objetivo es doble: conquistar y someter. Lo hace mediante estrategias psicológicas tan sutiles que, al principio, parecen gestos de afecto o cuidado.

1. El gaslighting.

La distorsión de la realidad es una de sus armas más letales. El individuo abusador niega lo que dijo, tergiversa los hechos, o acusa a su víctima de “imaginar cosas”. Con el tiempo, la mente del otro empieza a desconfiar de sí misma, y el individuo agresor se convierte en el único referente de lo que es “real”.

2. El ciclo de idealización y devaluación.

Primero, el otro es un dios; después, un estorbo. Este vaivén emocional crea dependencia, como si la víctima necesitara volver a merecer el amor perdido, sin saber que ese amor era solo una máscara.

3. El silencio como castigo.

El trato de silencio no es un acto de calma, sino una forma de control. Comunica que el afecto es condicional, que la existencia del otro depende de su obediencia emocional.

4. La triangulación.

Se introduce a terceros —familia, hijos, amistades— como instrumentos de manipulación, generando competencia y confusión, debilitando los lazos naturales de confianza.

5. La negación del afecto.

La intimidad se convierte en moneda de intercambio. Los abrazos se acortan, las caricias se vuelven cálculo, y la ternura desaparece bajo la ley del mérito. Cada uno de estos gestos erosiona la percepción interna del valor propio. Es la violencia del desdén repetido, que, con el tiempo, se traduce en una sensación profunda de vacío existencial.

III. Las secuelas del alma: cuando el cuerpo grita lo que el alma calla

El abuso narcisista sostenido no deja heridas físicas, pero altera el sistema nervioso central. La neurociencia del trauma denomina a esto Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (C-PTSD). No se trata solo de ansiedad o tristeza: es un rediseño del sistema interno de alarma.

La hipervigilancia se instala como compañera permanente. La víctima aprende a leer cada microgesto del entorno, anticipando el próximo ataque. Su cuerpo vive en estado de alarma constante, liberando cortisol y adrenalina hasta agotar sus reservas biológicas. La ciencia lo llama carga alostática: el precio físico del estrés crónico.

A nivel psicológico, la víctima experimenta la pérdida del yo. Ya no sabe si sus pensamientos le pertenecen o si son el eco de la manipulación ajena. El abuso prolongado lleva a la autoanulación: la persona empieza a disculparse por existir.

En algunos casos, el dolor se vuelve tan denso que el cuerpo busca una salida: autolesiones, aislamiento, renuncia al trabajo o proyectos. Son expresiones del alma que grita por validación.

Como escribió Carl Jung: “No nos iluminamos imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad.” Y en el camino de sanar, esa oscuridad se convierte en maestra.

IV. La proyección del trauma: cuando el agresor también fue herido

Pocos nacen siendo verdugos; muchos se transforman en uno por no haber sanado su propio trauma.

Detrás de la coraza narcisista suele haber una historia de humillación o abuso temprano: figuras de autoridad que invalidaron, jefes que humillaron, vínculos que castigaron la vulnerabilidad.

La persona narcisista no busca amor, sino control, porque el amor la aterra. Controlar al otro es su modo de evitar el desamparo que una vez sintió. Pero en ese intento por dominar, se convierte en su propio carcelero. Erich Fromm lo explicaba con claridad: “El amor maduro dice: te necesito porque te amo; el amor inmaduro dice: te amo porque te necesito.” En esa inversión del afecto, la persona narcisista repite el patrón del trauma que lo creó, convirtiendo al otro en espejo de sus heridas no reconocidas.

V. El despertar: romper el hechizo

Llegar al punto de conciencia es como despertar de un largo sueño. La mente comienza a comprender que lo que vivió no fue amor, sino un sistema de dominación emocional. Romper ese hechizo implica una revolución interior.

Los pasos son lentos, a veces dolorosos, pero cada uno representa una victoria sobre la niebla mental que el abuso dejó atrás.

1. Romper la negación.

Aceptar la realidad no es victimismo, es lucidez. Nombrar el abuso es el primer acto de libertad.

2. Establecer límites radicales.

Decir “no” sin culpa. El límite no es venganza, es amor propio en acción.

3. Reconectar con la voz interior.

El alma necesita expresión. Escribir, cantar, crear: toda forma de arte es un exorcismo del silencio.

4. Reprocesar el trauma.

Terapias como EMDR, DBT o Somatic Experiencing ayudan a liberar los recuerdos atrapados en el cuerpo.

5. Integrar la sombra.

Aceptar la rabia, el dolor, la frustración. No reprimirlos, sino convertirlos en energía transformadora. Como enseñó Nietzsche: “Uno debe tener caos en el alma para dar a luz a una estrella danzante.”

VI. La reconstrucción del yo

El proceso de sanación no busca restaurar lo que se perdió, sino reconstruir lo que fue fragmentado. La víctima, al sanar, ya no es la misma persona: emerge más consciente, más auténtica, más libre. La empatía deja de ser sumisión y se convierte en fortaleza. La mente aprende a distinguir entre amor y manipulación. El corazón, antes temeroso, vuelve a abrirse sin culpa. Este es el renacimiento postraumático: la alquimia de transformar la herida en sabiduría. El psicólogo Viktor Frankl decía que “quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. En el abuso narcisista, el porqué se distorsiona; en la sanación, se recupera.

VII. El eco de la herencia emocional

Los entornos donde reina la crítica y escasea la calidez emocional no solo dañan a las parejas, sino a toda la familia. Los hijos, al presenciar estas dinámicas, aprenden que el amor se gana a través del miedo o del perfeccionismo. El trauma, si no se reconoce, se hereda. La psicología moderna lo llama trauma intergeneracional: la repetición inconsciente de los patrones emocionales no resueltos. Romper ese ciclo es el mayor acto de amor que alguien puede ofrecer a sus hijos: mostrarles que el afecto no debe doler.

VIII. El renacimiento interior

Superar el abuso narcisista no es olvidar, sino recordar sin dolor. Es poder mirar atrás y ver que cada herida fue una puerta hacia uno mismo. El renacimiento no ocurre en un día; se gesta lentamente, en los silencios, en la creación, en la presencia. Un día, sin aviso, la mente deja de anticipar el ataque, el corazón deja de pedir permiso para sentir, y el alma respira. Allí comienza la libertad. Renacer no es volver a ser quien eras, sino convertirte en quien siempre supiste que podías ser.

IX. Recursos y caminos de sanación

Lecturas recomendadas:

“No digas sí cuando quieres decir no” — Harriet Braiker.

“El cuerpo lleva la cuenta” — Bessel van der Kolk.

“El arte de amar” — Erich Fromm.

Terapias efectivas: EMDR, DBT, Terapia Sistémica, Somatic Experiencing.

Prácticas personales: meditación, escritura reflexiva, grupos de apoyo y expresión artística.

El canto después del silencio

Nadie sale igual del abuso narcisista, pero quien logra emerger, renace con una sensibilidad nueva: la de quien ha tocado el fondo del dolor y ha encontrado allí la raíz de la compasión. Las heridas invisibles dejan cicatrices luminosas. Allí donde hubo miedo, ahora hay comprensión. Allí donde hubo control, hay libertad. Allí donde hubo silencio, florece la voz.

El Renacimiento del Ser. De la Sombra a la Luz Interior

I. La alquimia del dolor

Todo sufrimiento, cuando se enfrenta con conciencia, se transforma en sabiduría. En el abuso narcisista, el dolor tiene una cualidad especial: es dolor del alma, un vacío que no busca lástima, sino comprensión. Durante años, uno puede sentir que vive atrapado entre dos espejos: uno que refleja lo que el otro quiere que seas, y otro que ya no sabe quién sos realmente. Pero llega un momento en que la mente, cansada de sostener máscaras ajenas, decide romper el cristal. Y ese acto de ruptura, aunque duela, es el inicio del renacimiento. La psicología profunda llama a este proceso integración de la sombra. La sombra es todo aquello que negamos de nosotros mismos: la ira, el miedo, la vulnerabilidad. Cuando el abuso la activa, lo hace con violencia, obligándonos a mirar lo que nunca quisimos ver. Pero allí reside la alquimia del alma: el descubrimiento de que el dolor no destruye, sino que revela.

Como escribió Rainer Maria Rilke: “Quizás todas las cosas terribles sean, en su fondo más profundo, cosas indefensas que solo desean que las ayudemos a ser bellas.”

II. El cuerpo como memoria y templo

El cuerpo guarda la historia del alma. En el individuo que es víctima de abuso emocional, cada músculo, cada respiración, es testigo del pasado. La hipervigilancia, ese estado de alerta constante, no es debilidad: es una huella neurológica de haber sobrevivido. Los temblores, los sobresaltos, las tensiones en la garganta o en el pecho no son fallas; son lenguajes del cuerpo que aprendió a protegernos. Con el tiempo, el cuerpo pide algo diferente: no más defensa, sino presencia. La sanación comienza cuando la respiración vuelve a ser voluntaria, cuando el cuerpo se siente habitado, cuando uno se permite simplemente estar. En ese estado, la biología y el espíritu se reconcilian. La carga alostática —ese desgaste acumulado del estrés— empieza a disolverse con la ternura hacia uno mismo. Allí donde antes hubo contracción, florece la calma.

III. La mente que se reprograma

El trauma instala circuitos de miedo. Cada silencio hostil, cada burla, cada palabra cargada de desprecio, se convierte en una señal que el cerebro registra como amenaza. El camino de la sanación requiere reprogramar esas rutas neuronales mediante la conciencia, la terapia y la autoobservación. La neuroplasticidad —esa capacidad del cerebro de reinventarse— es la base científica del renacimiento espiritual. Cuando uno empieza a afirmarse, a hablar su verdad, a decir “esto no me pertenece”, las redes del miedo se desactivan poco a poco. Es un proceso lento, pero real. Y entonces la mente deja de ser enemiga para convertirse en aliada. El pensamiento deja de rumiar lo que fue y comienza a construir lo que será. Ese cambio no se impone con fuerza: surge como una brisa después de una tormenta.

IV. La soledad sagrada

El silencio que antes fue castigo, se convierte en refugio. La soledad, que durante el abuso era miedo, se transforma en compañía profunda. Allí, sin ruido, sin manipulación, sin máscaras, uno empieza a escucharse. Los sabios antiguos sabían que el alma no se encuentra en el ruido del mundo, sino en la calma del espíritu. Es en esa soledad consciente donde el “yo verdadero” emerge. Ya no como una reacción al otro, sino como una afirmación del propio ser. La espiritualidad auténtica nace aquí: en la unión entre la mente que comprende, el cuerpo que respira, y el corazón que perdona.

V. El perdón como liberación

Perdonar a la persona agresora no es justificarlo. Es comprender que la rabia perpetua nos ata a ella tanto como la dependencia emocional lo hacía antes. El perdón es una ruptura del lazo energético que el abuso dejó. No se trata de olvidar, sino de recordar sin dolor. Viktor Frankl lo decía con muy bien: “Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo la última de las libertades humanas: elegir su actitud ante cualquier circunstancia.” Perdonar, en este contexto, no es un acto moral, sino un acto terapéutico. Significa liberarse del pasado para poder mirar hacia el futuro sin cadenas.

VI. El nuevo sentido del amor

Tras el trauma, el amor ya no puede ser lo que era. Se vuelve más consciente, más pausado, más verdadero. El sobreviviente aprende que el amor no debe doler, ni exigir sumisión, ni nacer del miedo. Descubre que amar es permitir la existencia del otro sin intentar poseerlo. Amarse a uno mismo no es narcisismo invertido: es justicia emocional. Es restaurar el equilibrio después de años de entrega sin reciprocidad. El amor sano no pide explicaciones ni obedece jerarquías. Fluye desde la autenticidad, y por eso no teme a la distancia ni al silencio.

VII. El arte como transmutación

Escribir, cantar, pintar, crear: todas las formas de arte son caminos de liberación. El dolor, cuando se vuelve palabra o melodía, deja de ser prisión para convertirse en puente. El arte no cura por lo que dice, sino por lo que revela: la verdad de haber sobrevivido. Cada nota, cada verso, cada pincelada, lleva en sí una declaración silenciosa: “Ya no estoy bajo tu dominio.” El individuo que se conforma como la víctima de esta dualidad, se convierte en creador. El silencio impuesto se convierte en lenguaje propio.

VIII. De víctima a testigo

Cuando la conciencia se asienta, el sobreviviente deja de verse como víctima. Ahora es testigo de su propia transformación. Ha visto la oscuridad, la ha comprendido y ha salido con una nueva mirada sobre el mundo. Comprende que todos los seres humanos —incluso los que hieren— están librando sus propias batallas invisibles. Esa comprensión no excusa el daño, pero impide que el odio eche raíces. Desde ahí, el testigo se convierte en maestro: no de los demás, sino de sí mismo.

IX. Filosofía del renacimiento

El renacimiento no es una vuelta atrás, sino una ascensión hacia el presente. Es vivir sin la necesidad de justificarse, sin el temor a desaparecer si el otro se va. Es existir desde la plenitud interior, no desde la carencia. Cada herida se transforma en símbolo. Cada lágrima se convierte en semilla. El alma, antes sometida, se expande hasta tocar lo sagrado. El filósofo Plotino escribió: “No busques fuera de ti; vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad.” Y ese regreso interior es, en esencia, la forma más pura de libertad.

X. Conclusión: El canto del alma liberada

Hoy, quien alguna vez fue reducido al silencio, canta. Canta con la voz, con las manos, con la mirada, con la vida. El eco del abuso se ha transformado en música interior. El camino no fue fácil, ni breve, ni lineal. Pero en la profundidad del sufrimiento se halló un tesoro que ningún agresor puede arrebatar: la conciencia despierta. El viaje del alma herida hacia su integridad no es un final feliz; es un inicio consciente. Y como toda aurora, comienza después de la noche más oscura.

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09/04/2024



Dentro de la colosal, y a veces entrópica, urdimbre que compone las relaciones matrimoniales, la comunicación es el pegamento que une a las parejas, pero también puede ser el arma que las desgarra. Históricamente, la percepción predominante en la sociedad ha sido la de la mujer como víctima de la agresión física por parte del hombre en el matrimonio. Esta idea fáctica ha sido reforzada por siglos de tradición y cultura, que han colocado al hombre en el papel del agresor físico y a la mujer en el papel de la víctima indefensa.

Si bien es cierto que la violencia física ejercida por hombres hacia mujeres es un problema serio y de larga data, por las características antropológicas, evolutivas del varón/macho de cada especie (aunque en el ser humano la violencia del varón solo se da en situaciones de total falta de autoconocimiento sumada a un intelecto ausente como para auto-combatir los impulsos arcaicos propios), también es relevante reconocer que la agresión verbal y emocional en el matrimonio puede tomar muchas formas, y que las mujeres no son inmunes a ejercer este tipo de violencia. De hecho, estudios recientes sugieren que la violencia verbal y emocional por parte de las esposas hacia sus esposos es mucho más común de lo que se suele reconocer.

La violencia verbal, esa lluvia de palabras afiladas que cortan como cuchillos, puede ser tan dolorosa y devastadora como cualquier golpe físico. Los insultos, las críticas constantes, las humillaciones públicas y las burlas pueden erosionar la autoestima y el sentido de valía del esposo, dejándolo con un dejo de insignificancia y despreciado en su propio hogar. Cada palabra hiriente deja una marca invisible pero duradera en su corazón, creando grietas en la confianza y en la seguridad emocional que pueden ser difíciles de reparar.

La indiferencia, por otro lado, es como un frío viento que sopla a través de la relación, apagando la chispa de conexión y afecto entre los cónyuges. El desinterés, la falta de atención y la ausencia de empatía dejan al esposo sintiéndose solo y desatendido, incluso en medio de la multitud. El silencio gélido y los gestos de desdén pueden crear un abismo emocional entre ambos, haciendo que se sientan como extraños en su propia relación.

La inexpresividad y la falta de contacto íntimo pueden ser signos adicionales de la desconexión emocional que puede caracterizar a una relación afectada por la violencia verbal y la indiferencia. La incapacidad para comunicar amor y afecto de manera genuina, así como la falta de contacto físico y expresiones de cariño, pueden dejar al esposo sintiéndose desatendido y no deseado, alimentando la sensación de aislamiento y alienación en su propio hogar.

Todos hemos sido testigos, en algún momento u otro, de cómo algunas esposas pueden convertir a sus esposos en entes pasivos en la relación. A menudo, la esposa asume un papel dominante y activo, mientras que el esposo adopta un papel pasivo y sumiso (en este punto, los complejos de Edipo y de Castración pueden ocasionar una reversión sexual en los hijos, debido a la pasividad del varón y a la actividad de la mujer, a la feminización del padre y a la masculinización de la madre). Esta inversión de roles puede ser perjudicial para la salud de la relación y de la familia toda, ya que va en contra de los roles evolutivos gestados durante millones de años en general y unos 250 mil años en particular a nuestra especie.

Históricamente, el macho de cada especie ha sido la parte activa, mientras que la hembra ha sido la pasiva. Sin embargo, en el contexto moderno del matrimonio, el hecho de que el hombre trabaje fuera de casa y la mujer asuma múltiples roles (aunque la mujer, cada vez más está ingresando al mercado laboral, algo maravilloso que se haya conseguido, por cierto), incluida la gestión del hogar y el cuidado de los hijos, ha llevado a una inversión de estos roles tradicionales. Esto puede crear tensiones y conflictos dentro de la relación, especialmente si la esposa comienza a percibir a su esposo como uno más de sus hijos y a tratarlo como tal.

Las agresiones verbales y emocionales dirigidas hacia el esposo pueden aumentar significativamente, ya que hacia los hijos se disminuyen por el hecho de ser la madre. Esta dinámica puede dejar al esposo sintiéndose desvalorizado, despreciado y marginado en su propio hogar, y como dije antes, creando un ambiente de toxicidad y desconexión emocional en la relación.

Es imperativo el reconocer que la violencia verbal y emocional en el matrimonio no discrimina género ni origen. Independientemente del sexo de los involucrados, todos merecen ser tratados con respeto, dignidad y amor en una relación. Abordar estas dinámicas con empatía, honestidad, comprensión y compromiso mutuo es fundamental para restaurar la conexión emocional y construir una relación basada en el respeto y la comprensión.

La inversión de roles en la dinámica matrimonial y la violencia verbal y emocional ejercida por las esposas hacia sus esposos son problemas complejos que requieren una reflexión cuidadosa y un compromiso activo con el cambio. Solo a través del diálogo abierto, la comprensión mutua y el compromiso con el crecimiento personal y relacional los cónyuges pueden superar los obstáculos frente a ellos y fortalecer su vínculo matrimonial, construyendo juntos un futuro de amor, respeto, entendimiento y felicidad compartida.
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19/07/2019


El expresar la frase: "te quiero", no se acerca siquiera ni remotamente, a la misma semántica aplicada que se desprende del expresar: "Te Amo". La primera frase proviene desde los egos, mientras que la segunda frase, es inmanente al uso de la Razón Pura, y por lo tanto, de Origen Supremo.

En base a lo anterior, me es imperioso poder comenzar, por medio de esgrimir un intento de buen ejemplo, en cuanto a la abismal separación que existe entre aquellas dos frases. Al momento de decir "te quiero", podremos estar refiriéndonos, a nuestra mascota hogareña, ya sea, a un perro, o a un gato, o a un loro, enjaulado o no; pero que, más allá de tenerles un cierto apego, hasta llegar a expresarles: "te quiero", a pesar de ello, si en el hipotético caso en el que un perro, un gato, u otra especie doméstica y/o semi doméstica, por poner unos ejemplos, fuesen el destinatario de una triste y lógica decisión, por parte de sus dueños, decisión aquella, tomada a conciencia con el fin de entregarlo a los destinatarios óptimos para estos casos, debido a que, a dicho animal "doméstico" se le habría comenzado a detectar un cierto comportamiento impredecible, en cuanto a su agresividad, y por lo tanto, es preclaro en este punto, que dicho animal habría empezado a conformarse como un verdadero peligro para la vida de las personas, internas y externas a la casa en donde la mencionada mascota residía; entonces, más allá de quererlo, más allá de tenerle un cierto apego, a dicho animal, es obvio, que vale mucho más la vida humana, que la de un perro; más allá de que a algunos no les guste esta última frase, por lo que, a aquellos que no les guste aquella última frase, los invito, si es que así lo desean, a ir más seguido a la biblioteca; y con aquel hecho de entregar, a la ahora peligrosa mascota, a un organismo destinado a la contención y protección de animales, al mismo tiempo, sabremos que dicho animal, estará bien tratado en un lugar destinado para él, a nivel estatal en primera instancia, y el destino que a partir de allí se le dé, como segunda instancia. También podremos querer, y tener nostalgias por un cierto automóvil que pudimos haber tenido tiempo atrás, y aunque el actual pueda llegar a ser mejor que el precedente (o a veces peor, dependiendo de las circunstancias), respecto de dicho automóvil que extrañamos, también podríamos afirmar, o llegar a resumir nuestros "sentimientos" hacia aquella antecesora máquina, por medio de un "profundo": "te quiero". Pero también podríamos expresarle "te quiero" (y por las mismas razones antedichas, para los ejemplos del perro y del automóvil) a cualquier ser vivo, o a cualquier cosa sin vida, animada o inanimada, todos los cuales, nos pudieron haber dejado una huella psicológica, de un tamaño imposible de medir, aunque sí podremos medirlo, dependiendo de la retribución recibida en base a sus "servicios prestados", ya sea, el mismo perro que entregamos a la organización que se dedica a ello, o el automóvil anterior, al que se cambió por otro más moderno (o por una bicicleta, dependiendo de cual sea el caso o situación vivencial de cada uno, de manera individual, o bien, de una familia); y siguiendo con los ejemplos, también podríamos decirle "te quiero", a una heladera, a un lavarropas, a una computadora y que por más vieja que ésta sea, ha sabido  (o ha calculado) retribuirnos con creces a nuestras constantes necesidades en algún momento de nuestras vidas; y un gran etcétera de entes vivos y/o no vivos, animados y/o inanimados, todos y cada uno de ellos, receptores en primera fila, de aquella primera frase: "te quiero".

Pues bien, para separar el párrafo anterior, del siguiente, -para separar el "te quiero" del "Te Amo"-, debo decir que, todo lo que está detallado antes de estas nuevas líneas, y de las que vendrán más adelante, provienen desde el Ego Humano, desde el Sistema Límbico, desde nuestra Alma con Asperezas, desde todo lo que se encuentra debajo del Paleocortex (lo que nos protege del Mundo Onírico), hacia abajo, hacia la Columna Vertebral, es decir, el expresar; "te quiero", se conforma como una frase revestida de una semántica posesiva, y que solamente es expresada por parte de los egos, a modo de "agradecimiento" por los servicios prestados, más allá de que dichos egos no se sean merecedores de prestarles ningún servicio, más que de intentar destruirlos; ya que los egos, solo intentan satisfacerse a si mismos, intentan pedir recompensas a cambio de absolutamente nada, en todo momento, y desprovistos de empatía de por medio, porque, dicha virtud, la empatía, se encuentra del otro lado, y más arriba de aquella barrera denominada Paleocortex, y que es el denominado Neocortex (y porsupuesto, mucho más arriba del Sistema Límbico, desde donde provienen los egos y frases emitidas por ellos como el tan posesivo: "te quiero" por ejemplo), y aquel Neocortex, se constituye como la parte evolutiva de nuestro cerebro, la que nos hace humanos con empatía, es decir, la que se conforma como la corteza que nos da, nada más y nada menos, que el Uso de la Razón incluidos los Sentimientos.

Y ahora, como es lógico, ya sorteamos la barrera evolucionada en el Paleolítico, y que fue denominada: Paleocortex, y en dirección desde abajo hacia arriba: por lo que ahora nos centraremos en el Neocortex, esa corteza evolutiva que nos ha hecho ser lo que somos hoy en día, en mayor o menor medida, es decir, seres con Uso de Razón, y con la Posibilidad latente de usar la empatía de la que el Neocortex puede valerse, pero que a veces, es eclipsada por aquellos egos provenientes desde el más antiguo aparato cerebral evolutivo del ser humano, y que es el Sistema Límbico. El Neocortex posee el verdadero Uso de Razón, y el verdadero Uso de los Sentimientos; y como ejemplo, si el ser humano no tendría aquella parte cerebral, en la que actualmente residen los egos, entonces, como consecuencia extremadamente positiva, el Neocortex, no solamente estaría menos congestionado por aquellos oscuros susurros provenientes desde lo que está debajo de él, sino que también, tendría una gran capacidad de empatía, de entre todo el abanico de sentimientos que provienen desde este Nuevo Estrato Superior Evolutivo Humano denominado: Neocortex. Pero, por desgracias, y por el momento, los demonios en forma de egos, interfieren constantemente, con los Dioses en la forma de Uso de Razón y de Sentimientos. Y es por ello que ahora pasaremos a analizar la diferencia de la primera frase, con la que abrí este escrito, respecto de la segunda frase; el expresar: "Te Amo".

Amar, no debería ser posesión, no debería ser recompensa, no debería ser usabilidad... "Amar" es todo lo contrario al "querer", ya que el "Amar" se corresponde con el Uso de la Razón Pura, el "Amar" se corresponde con el uso de los Sentimientos Empáticos; y así es, los coloqué en mayúscula, porque el uso de la Razón Pura, encerrando todo lo antedicho, es lo único Supremo que posee el Ser Humano, ya que todo lo demás, es proveniente desde el mundo animal, y en el mundo animal, solo se "quiere" tal o cual cosa, solo se "desea", solamente se busca constantemente una retribución en base a no dar nada a cambio, debido a que el dar algo a cambio, automáticamente se transforma en inteligencia, y por lo tanto, se considera proveniente desde lo Supremo de la Razón Humana, sabiendo que la Inteligencia encierra intelectualidad sumada a sentimientos humanistas, la cual, sumada a sentimientos humanistas, deviene en Iluminación.

Por lo tanto, el expresar "Te Amo" a alguien (porque quien exprese lo mismo, pero, en este caso, hacia algo, pues, debería intentar sentarse a pensar y a re-acomodar sus prioridades, es decir, a re-acomodar todo lo que proviene desde lo que se encuentra debajo del Paleocortex, y todo lo que proviene desde arriba de Él). Entonces, y lo vuelvo a transcribir: el expresar "Te Amo" a alguien, se conforma como una frase nacida desde las entrañas de un Mundo repleto de Razón y de Sentimientos, en donde reside la Madre de todos los Sentimientos (y la Regidora de la Razón Pura), y que es la Empatía, -ese colocar nuestro uso de razón, en el lugar del Uso de la Razón y de los Sentimientos de otra persona-, ya que, si no tuviésemos Empatía, si no tendríamos sentimientos, al menos positivos, en dirección hacia los demás, entonces es posible que seamos portadores de una patología muy conocida, la cual carece de total sentido de empatía, y dicha patología se denomina como Psicopatía (y esto no quiere decir que una persona con dicha patología, vague por la vida, merodeando por allí, matando personas, o hablando incoherencias, ya que en este mundo, es probable que existan más personas poseedoras de la mencionada "patología", que lo que cualquier persona "normal" podría llegar a estimar; y de seguro, muchas veces, estas personas, con dicha "patología", realizan una Gran Obra, un Opus Magnum interno, las cuales se arremangan para poder construir lo que les falta, es decir, sus propias máscaras de sentimientos, para poder encajar en la sociedad, y basados en dichas máscaras de empatía en este caso, y aunque éstas sean solo "máscaras" psicológicas, dichas personas con dicha "patología mental", suelen ser mejores personas que otras personas que están desprovistas de dicha patología, aunque estas últimas personas, llamadas: "normales" tengan la Posibilidad de usar dicha virtud por el hecho de contenerla de manera inmanente, porque a veces, las máscaras de empatía utilizadas por personas con Psicopatía, son tan poderosas y muy bien construidas, que las mantienen muy cercanas a su Uso de Razón, y por lo tanto, por medio de lo inmediato anterior, ellos "simulan que poseen" aquello Supremo que nombré antes, y que es la Razón Pura, es decir, la Razón sumada a los Sentimientos, todo ello residente en el Neocortex). Es de saber también, que a veces, el Paleocortex, esa Corteza Cerebral que nos protege del vendaval de animales evolutivos que provienen desde el Sistema Límbico queriendo acechar constantemente el Neocortex, o, a mi modo de verlo, desde nuestra Corteza Arcaica, evolutiva, y puramente animal, desde un simio Avanzado, hasta el Protozoo más involucionado, acechando al Homo Sapiens Sapiens; todos aquellos animales, están en nuestra "ArcaCortex", según la definición del "Diccionario Nelsoniano" de la "Real Academia Nelsoniana de las Ciencias". Un poco de risas, no viene nada mal, ¿no?

Entonces, retornemos a aquella segunda frese, la que expresa: "Te Amo", en comparación con la primera de ambas, la cual expresa posesión y necesidad de retribución, y que era y que ya expliqué, -siempre desde mi punto de vista, como en todo en este sitio-, y que fue la frase: "te quiero".

El expresar "Te Amo", con mayúsculas, -porque es una frase Suprema, proveniente desde el Uso de la Razón y de los Sentimientos (con o "sin" máscaras)-, es, como ya se han dado cuenta, una frase infinitamente alejada de la frase que expresa "te quiero", con minúsculas. El expresar "Te Amo", y de manera reiterada, y no esporádica (aunque tampoco llegar a hacerlo 100 veces al día) es expresar Libertad y al mismo tiempo, es Emanar Nuestra Luz Inmanente, hacia todos los que están a nuestro lado, y hacia todos los receptores de dicha frase, y no así, liberar aquellos egos, transformados en un absurdo y en un libertinaje, solamente domable por medio del Uso de la Razón Pura; y nuestra sombra, la cual, si bien es inevitable cuando existe la Luz, es totalmente obvio, que a mayores Fulguras repartidas hacia todos los puntos cardinales, menores serán las sombras proyectadas, hasta tal punto en el que dichas sombras, desaparecerán por completo. La frase "Te Amo", es la frase más elocuente y poderosa que se le puede expresar a otro ser humano, sin reticencias, sin expresarla entre dientes apretados, sin que su reiteración sea una sola vez cada un gran espacio de tiempo, porque allí mismo, detectaremos que el Amor, por el cual es expresada la frase "Te Amo", no existe. Cuando se Ama de verdad, es menester, primero que nada, observar los pétalos de la otra persona, más no así, sus espinas; es observar lo que ésta persona ha dejado para otros, hacia el futuro, -a modo de trascendencia de sus enseñanzas para el próximo, es decir, a su familia inmediata, y al prójimo, es decir, a su familia humana-, trascendencia aquella que pudiera llegar a durar por siglos... por milenios... o bien... para toda la eternidad, marcando, de manera positiva, -aun estando biunívocamente en desacuerdo-, los eventos futuros que podrán construir para sí mismos, -para los suyos y para los demás-, incontables generaciones de seres humanos. El expresar la frase proveniente desde la Supremacía de la Razón, y que es: "Te Amo", también se suma a lo inmediato anterior, en cuestiones que tienen arraigo en la construcción de un Gran Templo Familiar, basado este, en dos grandes Columnas, y que son las columnas que sostienen a aquel Templo, es decir, en este caso, las dos Columnas conformadas por los dos Padres (también con mayúsculas), y si una de esas Columnas se debilita, se destruye, o peor aún, desaparece, es cuestión de tiempo, de que el Templo Familiar se desplome como consecuencia, en un abrir y cerrar de ojos. El tema es que, si el Amor ha dejado de existir, ya sea; por el erróneo hecho de tener en cuenta las espinas, en lugar de los Pétalos, respecto de cada una de aquellas Columnas familiares; o peor aún, si el Amor nunca ha existido en una -o en ambas- de dichas Columnas, y solamente ha existido un conjunto de Tabúes, y de psicologías de escape, respecto de otras situaciones privadas y oscuras, precedentes a la conformación de dichas Columnas Familiares; o bien, el Amor no ha existido nunca, pero las Columnas logran mantenerse en pie, gracias a simples sentimientos de lástima, ya sea desde una, o bien, desde ambas Columnas hacia la otra, como para mantener a la Familia Unida... al Templo Familiar en Pie; o el Amor ha dejado de existir debido a la acción constante de unas fuertes presencias psicológicas dominantes, presencias aquellas, que partieron desde las psiques de las Columnas predecesoras a las Columnas actuales, es decir que, fueron psiques primigenias y dominantes, las cuales antecedieron a las psiques de las actuales Columnas que conforman el Templo Familiar del presente familiar, y que por tales motivos, denominados Ánimas y Ánimus en la Psicología Analítica, (aunque en el Psicoanálisis de Freud, también), por el Psicoanalista Carl Jung, las partes sostenedoras del Templo Familiar pudieran dejar de existir en un abrir y cerrar de Ojos;... O bien, -y al contrario de los anteriores ejemplos-, el expresar "Te Amo", deberá contener, a modo de simplicidad y de ejemplificación, ese Amor, que se transforma en esa Decisión Consciente (de allí la Supremacía de la Razón), de abrazar eternamente a alguien que se Ama (porque si le expresara: "te quiero" a mi automóvil, o a mi lavarropas, jamás los abrazaría, "al menos públicamente")… o bien, el expresar "Te Amo", deberá convertirse en esa Decisión Consciente de mirar a los ojos de aquella persona Amada, hasta el final de los tiempos, como mirando su interior, más que deteniéndonos en su exterior... o bien, el expresar "Te Amo", deberá responder a la Decisión Consciente de un viaje interno hacia el Sentir el aroma de la piel de Una, o de Ambas Columnas Amadas, en todo aquello a lo que le preste atención el sentido del olfato... o bien, el expresar "Te Amo", esa Decisión Consciente, deberá transformarse en un indescifrable e interminable acto de entrelazamiento, bailando al Compás y con la Rectitud desprendida desde una danza sexual interminable, en la que ambas Columnas no querrán separarse jamás.

En definitiva, el expresar "te quiero" se desprende desde un instinto meramente animal, y por lo tanto, egoísta; mientras que el expresar "Te Amo", se conjuga como una Urdimbre de Sentimientos nacidos desde el Uso de la Razón y desde la virtud de virtudes, denominada: Empatía.

Si Amas a alguien, dile y reitérale: "Te Amo" (y no así, esgrimir un esporádico y entredientes: "te quiero"); abrázale, por horas, como si fuese la última vez que ambas almas se vayan a encontrar; mírale a los ojos como si fuese la última vez que lo pudieras hacer; hazle el Amor, a conciencia, tal como si fuese la primera vez en la que descubres el Verdadero Amor, proveniente desde la Supremacía de tu propio Uso de Razón, más no así, el hacer el Amor desde las tiranas fuerzas del mundo animal, aquellas que yacen debajo de aquel Paleocortex, órgano o estrato cerebral que todos poseemos. En caso contrario, si únicamente atinas a expresar un débil y muy esporádicamente reiterado: "te quiero" (o únicamente expresas unos cuantos y débiles "te amo", en minúsculas, durante y después de un acto sexual, sin expresar luego, aquella Frase Suprema, en ninguno de los demás momentos de la vida, y menos que menos, en mayúsculas), los que están hablando y los que están dominando allí, son los Egos, y por ende, esa persona que solamente sabe expresar la frase: "te quiero", no ama de verdad a aquella otra persona, sino que... solo la posee (y más allá de que le tenga algún tipo de estima), y por lo tanto, a la persona que únicamente se la posee, al mismo tiempo de llevar a cabo tal egóica posesión de dicho ser, al que solo "se le quiere entredientes", se lo está conduciendo, irremediablemente, hacia su propia autodestrucción; y con lo que esto último significa para el Templo Familiar.

Se Aman o no se aman. Usan la Razón, o usan los egos. Punto. No se debe jugar al amor verdadero cuando no existe, ni existirá uno; o bien, sin darse cuenta, no mantengan en pie a un Aparente Amor Falso... cuando éste realmente existe. El Uso de la Razón Suprema, es la clave para poder diferenciar a ambos argumentos entrecruzados, en mayúsculas y en minúsculas.


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