La unidad fragmentada
A modo de prólogo, podría decir por medio de una férrea —aunque imperfecta— convicción, que no concibo a la humanidad como una multitud contable, ni como una cifra que se repite hasta perder significado, sino que la concibo como una sola conciencia distribuida, como un magnánimo Egregor, como una identidad única expresándose en miles de millones de cuerpos, debido a que no somos una suma; somos una singularidad multiplicada, por lo cual, cada ser humano es la totalidad reflejada en un punto irrepetible, porque pensar lo contrario es el primer error estructural sobre el que se edifican todos los sistemas de dominación.
Cuando afirmo que la humanidad es una, no lo hago desde una consigna ni desde una consigna disfrazada de esperanza colectiva, por el contrario, lo digo desde la observación de que toda fragmentación artificial es una herramienta de control, entonces, puedo especular que el acto de dividir no es reconocer diversidad; dividir es impedir la integración, ya que la diversidad real no necesita compartimentos, etiquetas ni banderas semánticas que enfrenten a unos contra otros, porque, como sabemos, la diversidad auténtica se sostiene dentro de la unidad, no en oposición a ella. He aprendido —no por lectura únicamente, sino por experiencia vital— que cuando un sistema necesita clasificar obsesivamente a las personas, no lo hace para protegerlas, sino para administrarlas, por lo que cada nuevo rótulo es una frontera invisible, cada frontera es una excusa para el conflicto y cada conflicto es una cortina que impide ver el verdadero centro de poder que nunca se expone.
Existe una trampa antigua, tan antigua como las primeras formas de imperio: convencer a los individuos de que pertenecen antes a un subconjunto que al conjunto total, y cuando eso ocurre, el ser humano deja de verse como parte de la humanidad y comienza a verse como miembro de una fracción enfrentada a otras fracciones, y allí es cuando nace la guerra simbólica, incluso antes de que exista la guerra física.
No niego los derechos de nadie y precisamente por eso, me opongo a que esos derechos sean encapsulados en compartimentos exclusivos, porque cuando los derechos se particularizan, dejan de ser derechos y se transforman en concesiones y toda concesión puede ser retirada, y es entonces donde se conforma el terreno fértil sobre el cual la verdadera igualdad crezca no necesitando adjetivos, debido a que la igualdad se sostiene en la condición humana misma.
He observado con creciente inquietud cómo se normaliza la idea de que la identidad humana debe ser validada por estructuras externas, como si existir no fuera suficiente, como si el vivir necesitara permiso, como si el ser necesitara certificación y esa lógica no emancipa: solo subordina, y lo hace con un lenguaje tan cuidadosamente diseñado que muchos no perciben la cadena hasta que ya la llevan puesta. La historia demuestra —una y otra vez— que los grandes procesos de sometimiento nunca comienzan con violencia explícita, sino que lo hacen con narrativas moralmente incuestionables. Todo sistema que no admite preguntas se vuelve un dogma y todo dogma, tarde o temprano, exige sacrificios humanos, aunque se los disfrace de bien común.
Hay momentos en los que la realidad deja de describirse y comienza a dibujarse, cuando los hechos ya no importan tanto como su relato oficial, cuando los números se vuelven maleables y las causas de los acontecimientos se redefinen según convenga al relato dominante, y es, justamente, en aquellos momentos, cuando la verdad no desaparece: se vuelve clandestina.
He vivido lo suficiente, y lo suficientemente cerca de ámbitos donde la vida y la muerte se registran en papel, como para saber que la verdad administrativa no siempre coincide con la verdad biológica. Existe una distancia inquietante entre lo que ocurre en un cuerpo y lo que se escribe sobre él, y esa distancia, cuando se institucionaliza, se transforma en una herramienta de ingeniería social.
Nada de esto implica negar la existencia del dolor, la enfermedad o la fragilidad humana ya que negar eso sería negar la vida misma. Lo que cuestiono es la conversión del miedo en política permanente, debido a que el miedo es el recurso favorito de todo poder que no puede sostenerse por la razón. Cuando el miedo se ritualiza, se convierte en fe, y cuando se convierte en fe, deja de necesitar pruebas y solamente basta con repetirlo, basta con creerlo, basta con señalar al que duda como hereje moderno, y así, la razón se retira en silencio y el pensamiento crítico se vuelve sospechoso.
Recuerdo una antigua idea filosófica que afirmaba que el mayor triunfo del poder no es vencer al enemigo, sino convencerlo de que no existe alternativa, y cuando una sociedad acepta sin cuestionar, ya no hace falta reprimirla: se autogestiona en su propia obediencia.
Me preocupa el ver cómo se sacrifica la libertad individual en nombre de una seguridad abstracta, siempre prometida, nunca alcanzada, y me preocupa cómo se exige obediencia absoluta a cambio de protección, como si la vida pudiera reducirse a una estadística favorable y también me mantiene en vigilia el comprender la manera en que muchos aceptan ese trato sin advertir que, en él, lo primero que se pierde es la dignidad.
No escribo desde la certeza absoluta, ya que sería deshonesto hacerlo, sino que escribo desde la sospecha informada, desde la observación prolongada, desde el contacto directo con realidades que no encajan en el discurso oficial. Escribo porque callar, en ciertos contextos, se convierte en una forma de complicidad.
El pensamiento libre no necesita multitudes, nunca las necesitó, porque históricamente, siempre fue minoritario, pero también fue siempre el germen de toda transformación real, y no de las revoluciones ruidosas, sino de los cambios silenciosos que, con el tiempo, reconfiguran la conciencia colectiva.
Por eso insisto: no somos millones de unidades desconectadas, sinó que somos una sola humanidad fragmentada artificialmente, un Egregor roto, y mientras sigamos aceptando esa fragmentación como natural, seguiremos siendo administrables, reemplazables y prescindibles.
La verdadera pregunta no es ¿quién nos salvará?, ya que esa pregunta delega el poder, por lo que, a mi juicio, la pregunta real es: ¿cuándo recordaremos que nunca dejamos de tenerlo?
El dogma invisible y la pedagogía de la obediencia
Hay un momento preciso —difícil de fechar, pero fácil de reconocer— en el que el dogma deja de presentarse como dogma, y cuando eso ocurre, ya no se anuncia como creencia, sino como evidencia incuestionable; no se impone por la fuerza, sinó que se filtra por repetición; no se defiende con argumentos, sinó que se protege mediante la ridiculización del que pregunta, y es justamente en ese punto, en el cual el dogma ya no necesita templos visibles, porque ha colonizado la mente cotidiana. El dogma moderno no se proclama sagrado, pero exige la misma obediencia que los antiguos credos, ya que tiene sus rituales, sus palabras prohibidas, sus fórmulas incuestionables y, sobre todo, sus castigos simbólicos que no queman cuerpos en plazas públicas; queman reputaciones, vínculos, trabajos, silencios, por lo que el castigo ya no es físico a primeras vistas, sino psicológico y social, y es precisamente eso lo que lo vuelve más eficiente.
He observado, durante suficiente tiempo, cómo la repetición constante de una narrativa termina sustituyendo la experiencia directa por lo cual las personas ya no confían en lo que perciben, sino en lo que se les ha dicho que deben percibir y cuando la percepción es tercerizada, la conciencia abdica, y es justamente en este estadío en el cual el ser humano se vuelve moldeable.
El dogma siempre necesita intermediarios, sin importar si visten hábitos, trajes, uniformes o discursos técnicos y su función es la misma: traducir una verdad superior que no admite revisión, y quien se coloca en ese lugar no dialoga sinó que instruye, no escucha sinó que corrige, no acompaña sinó que dirige y lo hace convencido de que actúa por el bien común, incluso cuando ese bien exige sacrificar libertades individuales.
Existe una pedagogía silenciosa de la obediencia que comienza desde edades tempranas enseñando sutilmente a no pensar, sino que a repetir correctamente, no se fomenta la duda, sino la adhesión, se premia la conformidad y se penaliza la disidencia, incluso cuando esta última es respetuosa y argumentada. Y de esta manera, poco a poco, se va formando un individuo que confunde responsabilidad con sumisión.
El dogma necesita uniformidad emocional, necesita que todos teman lo mismo, esperen lo mismo y reaccionen de la misma manera, y cuando eso se logra, la gestión de masas se simplifica, el miedo compartido crea una falsa sensación de comunidad, pero en realidad genera una soledad colectiva, donde cada uno vigila al otro para asegurarse de que cumple con el rito correspondiente. Y en este aspecto, he notado cómo se redefine el lenguaje para sostener esta estructura, ya que las palabras pierden su significado original y adquieren uno funcional al sistema, entonces, cuidar ya no es acompañar, sino que más bien es vigilar, la responsabilidad ya no es conciencia, sino que obediencia, la solidaridad ya no es empatía libre, sino que es de cumplimiento obligatorio, y cuando el lenguaje se distorsiona, el pensamiento queda atrapado en una jaula semántica.
Nada de esto ocurre por casualidad. Todo dogma eficaz se apoya en una narrativa moralmente superior y quien la cuestiona no es simplemente alguien que piensa distinto, sino alguien peligroso, no porque tenga poder, sino porque recuerda, a modo de espejo para los demás, que pensar es posible, y eso, en un sistema dogmático, es intolerable, por lo cual, existe un punto especialmente delicado en este proceso: cuando la sociedad comienza a imponer el dogma por sí misma, sin necesidad de coerción externa, cuando son los propios individuos los que corrigen, denuncian o excluyen a sus pares, allí el poder ya no necesita mostrarse pero de igual manera ha logrado su objetivo más ambicioso: convertir a la población en su propio mecanismo de control. En ese estadío, el sacrificio ya no se percibe como tal, sinó que se lo vive como deber, se acepta perder libertad, intimidad y criterio propio a cambio de pertenencia, y el miedo a quedar fuera del consenso se vuelve más fuerte que el deseo de verdad, y de este Modo, el dogma se perpetúa sin resistencia significativa.
Pero, de todas maneras, y en referencia a lo antedicho, he aprendido que todo sistema que se presenta como incuestionable termina siendo frágil porque depende de que nadie mire detrás del telón y que solamente baste con que unos pocos comiencen a pensar en silencio para que la estructura empiece a resquebrajarse, y no por violencia, sino que por incoherencia interna; tal como el Experimento de la Doble Rendija, en el cual, si las partículas del sistema contenedor es observado externamente, éste reconfigura su coherencia cuántica debido al efecto resultante de que esas partículas, probabilisticamente corpusculares que dicho sistema contiene, se vuelven ondas de probabilidad, mientras que, si aquel sistema contenedor no es observado, sucede lo inverso, tal como el Egregor, el cual desaparece o se debilita, al disminuir la cantidad de intenciones mentales (dirigidas a un mismo sujeto u objeto) que lo conforman.
Entonces, la incoherencia en la forma de obediencia ritualizada tiene un límite muy claro y específico, y que es la propia realidad, por cuanto, tarde o temprano, lo vivido entra en conflicto con lo narrado, y en el instante en el que eso ocurre, cada individuo enfrenta una decisión íntima: seguir creyendo para no sufrir el quiebre, o aceptar la grieta y reconstruirse desde otro lugar. No todos eligen lo mismo, y está bien, porque la libertad también implica asumir el costo de pensar.
No escribo esto desde una torre de superioridad moral, sinó que lo hago desde la conciencia de haber estado, muy cerca, como tantos, dentro del ritual, de haber repetido, de haber aceptado, de haber callado, y precisamente por eso, sé que salir del dogma no es un acto intelectual solamente: es un proceso emocional, identitario y, muchas veces, extenso y doloroso, pero también sé que del otro lado del dogma no hay caos, como se nos ha hecho creer, sinó que responsabilidad real, hay pensamiento propio, hay humanidad sin intermediarios, hay error, sí, pero también aprendizaje auténtico, y sobre todo, hay dignidad.
Porque cuando el dogma cae, no queda el vacío; queda el ser humano frente a sí mismo... frente a su propio espejo.
El sacrificio administrado y la posibilidad de transformar sin destruir
Todo sistema dogmático necesita sacrificios, no siempre visibles, no siempre declarados, pero siempre funcionales. El sacrificio es el combustible simbólico que mantiene viva la narrativa, y sin él, el dogma se agota, por eso, cuando ya no alcanza con el miedo, se recurre al heroísmo impuesto, se construye la figura del mártir moderno: aquel que entrega su cuerpo, su salud o su vida dentro del marco aprobado, y cuya muerte o sufrimiento no debe ser cuestionado, sino que venerado. El sacrificio administrado tiene una particularidad sorprendente e inquietante a la vez: nunca es presentado como sacrificio, per sé, sinó que se lo nombra: deber, vocación, servicio, responsabilidad suprema, y de ese modo, quien se inmola simbólicamente no siente que pierde algo, sino que cumple un destino y ante el observador externo, no se pregunta por las condiciones que llevaron a ese desenlace, sino que aprende a aplaudirlo.
Me he percatado de cómo esta lógica transforma el dolor en capital moral, porque cuanto mayor es el sufrimiento aceptado sin cuestionar, mayor es el prestigio simbólico otorgado, mientras el sistema se fortalece mostrando cuerpos cansados, vidas truncadas, historias rotas, siempre envueltas en un lenguaje épico que impide la pregunta esencial: ¿era necesario?
El mártir moderno no muere para denunciar una injusticia, sino para reforzarla, ya que su historia no incomoda al poder; lo legitima, y esa es la inversión más perversa de todas: convertir la pérdida humana en propaganda ética, y allí, la compasión se vuelve selectiva y la empatía se administra con criterio ideológico. No se trata de negar el valor del servicio, del cuidado ni de la entrega genuina, sinó que se trata de distinguir entre entrega libre y exposición forzada, entre vocación y manipulación, entre cuidado real y utilización simbólica, y en el justo momento en el que esa distinción se borra, el ser humano deja de ser fin y se convierte en medio.
De vez en cuando percibo cómo se romantiza la exposición al riesgo cuando conviene al relato, pero se silencia cuando incomoda, cómo se glorifica el sacrificio ajeno mientras se preserva intacta la estructura que lo exige, cómo muchos aceptan ese intercambio sin advertir que el reconocimiento simbólico nunca compensa la pérdida real.
El poder que necesita mártires es un poder débil, aunque se presenta como omnipotente, porque depende de que otros paguen el costo de su permanencia, pero un poder verdaderamente legítimo no necesita cuerpos que prueben su verdad; necesita coherencia, y la coherencia no se impone, sino que se sostiene.
Por eso creo que la transformación auténtica no pasa por destruir todo lo existente, ni por reemplazar un dogma por otro con distinto lenguaje, ya que todos sabemos que la historia está llena de revoluciones que solo cambiaron los símbolos mientras conservaron la misma lógica de dominación, y cambiar los nombres no cambia la estructura. Entonces, la transformación real comienza cuando se separa con claridad la institución de las personas, la función del sentido, la creencia del dogma, cuando se reconoce que quienes sostienen un sistema no siempre coinciden con quienes lo dirigen, cuando se comprende que muchos de los que participan lo hacen desde la buena fe, sin conocer el entramado completo.
No deseo la aniquilación de nada humano, sinó que deseo la descompresión de lo humano, y que cada estructura sea atravesada por la pregunta, por la autocrítica, por la revisión honesta de sus efectos reales, que lo que no pueda sostenerse sin miedo caiga por su propio peso, sin necesidad de violencia. Y sé que esta postura no es cómoda porque no satisface ni a los fanáticos ni a los cínicos ya que requiere una paciencia que pocos toleran y una lucidez que incomoda, pero es la única que no reproduce aquello que dice combatir, porque combatir el dogma desde el dogma solo cambia el color de la jaula.
Por todo esto he aprendido y aprehendido, que el verdadero acto subversivo es no delegar la conciencia, no entregar el criterio propio a ninguna autoridad absoluta, por más bienintencionada que se presente, y asumir la responsabilidad de pensar, incluso cuando eso implique quedar fuera del consenso, del aplauso o de la comodidad social.
La libertad no llega en forma de decreto ni de salvador externo, sinó que llega como una decisión íntima, repetida cada día... Decidir mirar... Decidir dudar... Decidir no aplaudir automáticamente... Decidir no sacrificar al otro para sentirse seguro.
Cómo dije antes, no escribo estas palabras desde certezas absolutas ni esperando multitudes, ya que nunca fue así como se produjeron los cambios profundos, sinó que las escribo para quienes, en silencio, sienten que algo no encaja, pero aún no encuentran el lenguaje para nombrarlo, las escribo para quienes intuyen que la humanidad no está rota, sino que artificialmente fragmentada.
Si algo puede rescatarse de este tiempo es la posibilidad de volver a unir lo que fue separado: razón y sensibilidad, individuo y humanidad, cuidado y libertad; no será rápido, no será masivo, pero será real, y esto, para mí, sigue siendo suficiente.




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