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02/12/2025

Hay momentos, en que el presente pareciera manifestarse como una candela autosuficiente, como si bastara con enunciar que “estamos aquí” para justificar la totalidad del sentido. Sin embargo, a medida que voy recorriendo ese mismo presente con la mirada abierta —esa mirada que uno pule a fuerza de exploración interior— advierto que el “aquí-ahora” sólo se sostiene si tiene raíces en una interioridad trabajada, viva, despierta. Sin ese sostén silencioso, el tiempo que habitamos se vuelve un escenario frágil, un temblor que podría desmoronarse ante la mínima distracción de la conciencia. Y aunque intento no ceder al pesimismo fácil, a veces me cruzan dudas que no provienen de elucubraciones casuales, sino de años observando al ser humano, incluyéndome por supuesto, en cuanto a nuestro devenir, nuestras luces y nuestros abandonos.

Porque lo cierto es que algo se ha debilitado en la humanidad: ese impulso original de girar la mirada hacia dentro, ese antiguo gesto que antaño era la columna vertebral de civilizaciones enteras y hoy parece diluirse en la saturación de superficialidades. Lo noté con claridad al leer ciertos pasajes de Plotino y recordar cómo él insistía en que “el alma debe regresar a sí misma para conocer su propia altura”. Y es justamente eso lo que veo menguar: el retorno al sí-mismo, la decisión firme de descender a las raíces del propio ser. Sin esa práctica, sin ese hábito milenario de confrontarse con el propio interior, aparece en mí una inquietud legítima: ¿qué clase de humanidad estamos forjando si cada vez menos personas sostienen esa disciplina ontológica que garantiza el progreso, la ética y la lucidez colectiva? Y me sigo preguntando entonces, si no estaremos caminando hacia un porvenir donde los seres humanos, sin ese eje interno, nos volvamos apenas reflejos rotos de un Yo que nunca llegaron a conocer. Y cuando esa pregunta es respondida, surge otra: ¿quién nos cuidará de nuestra propia deriva? En ese punto, mi respuesta interna —la respuesta que surge desde la integración de mis lecturas, mis caminos simbólicos, mis prácticas creativas y mi propia historia— encuentra un asidero particular en aquellas instituciones que han atravesado siglos y continúan ahí, como guardianas que sostienen saberes estructurales sobre el alma, la ética, el símbolo y el sentido.

Lo he pensado muchas veces: quizás esas instituciones que sobreviven al paso del tiempo sean justamente las que puedan volver a enseñar a las personas a descender a su centro, como quien emprende un viaje hacia las capas más ocultas del magma interior. Julio Verne, en aquel viaje fabuloso que tanto nos inspiró de niños, hablaba de “bajar al corazón de la Tierra” como quien atraviesa puertas sucesivas del misterio. Y algo así, pero hacia adentro, es lo que cada individuo debería realizar: una travesía hacia la cámara más íntima de sí mismo, hacia ese punto de convergencia simbólica donde Jung situó la Rosa interior, la isla en medio del océano psíquico donde reside la identidad profunda. Y cuando pienso en esos símbolos —la Rosa, el centro, el descenso, la luz que brota desde el fondo de uno mismo— me doy cuenta de que no son metáforas aisladas; son herramientas arquetípicas, mapas interiores que se repiten en culturas separadas por siglos y geografías. Y siempre han cumplido la misma función: recordarnos que la individuación es un proceso que nadie puede hacer por nosotros, pero que muchos necesitan aprender de otros antes de poder hacerlo solos. Por eso creo que estas estructuras milenarias pueden —todavía— guiar a los seres humanos hacia ese retorno imprescindible al propio núcleo, evitando que nuestra especie quede a la intemperie espiritual, desprovista de dirección. Y en mi caso, nunca necesité, que esas instituciones me enseñaran el camino interno, porque desde niño seguí otros métodos, otros pasadizos, otros umbrales. Mis maestros fueron los libros —miles, literalmente— que fui devorando desde que alcancé las primeras letras. Cada uno me abrió puertas, me ofreció espejos, me entregó símbolos que aún hoy son inolvidables. Y en ese largo recorrido se sumaron mis propias disciplinas: la programación y las matemáticas, que entrenaron mi lógica; la música, que abrió espacios emotivos y vibracionales; la escritura, que me permitió convertir el pensamiento en forma; y la ciencia, que me ofreció un marco para ordenar mi visión del mundo. Todo eso construyó en mí una vasija capaz de contener y transformar conocimiento. Pero siempre me pregunto qué ocurre con quienes no entrenan esa vasija, con quienes no llenan su mente de conocimiento ni permiten que la creatividad fluya hacia afuera, hacia la realidad. ¿Cómo llegan al centro de sí mismos? ¿Cómo establecen ese diálogo interior que, para mí, nunca dejó de ser el eje de mi vida? En ellos pienso cuando confío, quizás con un dejo de esperanza obstinada, en que las instituciones que sobrevivieron a imperios, guerras y ciclos civilizatorios, puedan seguir enseñando el arte de la introspección, de la disciplina interior, del determinismo ético-ontológico, aun cuando muchos crean haberlo olvidado.

A veces me detengo a pensar en la magnitud de lo que implica mirar hacia dentro, no como un acto ocasional, sino como una práctica sostenida, metódica, casi ritual. Porque si hay algo que la época actual ha erosionado es justamente la constancia introspectiva. El ruido exterior se volvió una tormenta permanente, una marea que empuja a las personas lejos de su propio eje, lejos de ese recinto interno donde se procesa la experiencia, donde se comprende el sentido, donde el individuo nace verdaderamente. Y no puedo evitar sentir que, si esa tendencia continúa, la humanidad corre el riesgo de olvidar su propio lenguaje interior, del mismo modo que algunas civilizaciones perdieron la clave de sus jeroglíficos. Cuando esa pérdida ocurre, no desaparecen solo las palabras: desaparece también la memoria del espíritu que las pronunció.

En esos momentos, pienso en los antiguos filósofos griegos —en particular Heráclito— cuando hablaba del “logos interno”, el fuego invisible que ordena lo humano desde adentro. Aquellos hombres, aun sin la tecnología que hoy nos deslumbra, comprendían la importancia de la autorreflexión como pilar fundamental para la vida ética. Hoy, en cambio, el exceso de estímulos digitales parece haber apagado esa fogata íntima, y muchos caminan en piloto automático sin advertir la desconexión progresiva entre su actuar y su esencia. Y entonces, inevitablemente, vuelve la pregunta que me ronda hace años: ¿en qué nos convertimos cuando el puente entre el ser y el comprender se debilita hasta casi romperse? Por lo que, a medida que profundizo en esto, me doy cuenta de que la respuesta no es sencilla. Pero sí sé que esa brecha solo puede cerrarse mediante un retorno voluntario al propio núcleo. Ese retorno —ese descenso iniciático hacia el abismo interior donde uno se redefine— es lo que las viejas tradiciones siempre enseñaron bajo distintos nombres. Los alquimistas lo llamaban la obra al negro o Nigredo, la primera etapa en la que la materia prima del alma se disuelve en la oscuridad para ser reformada. Los místicos cristianos hablaban de la noche del espíritu, y los taoístas, del regreso al “valle interior”. Todos coincidían en un mismo punto: sin atravesar ese proceso no hay crecimiento, ni iluminación, ni estabilidad ética real.

Quizás por eso he insistido tantas veces, incluso en mis escritos, en la necesidad de que cada persona pueda detenerse, aunque sea por un instante, para observarse en profundidad. Porque quien no lo hace se queda sin brújula, sin centro, sin mapa. Y cuando un ser humano pierde su centro, deja de gravitar sobre sí mismo y pasa a gravitar sobre las fuerzas externas, que rara vez tienen la delicadeza de cuidar su integridad interior. De ahí nace mi inquietud por el porvenir de la especie cuando veo que cada generación parece practicar menos el arte del recogimiento interior. No es un temor apocalíptico de mi parte, sino una advertencia que surge de una observación prolongada, casi científica, de la condición humana.

Lo digo desde la humilde experiencia, porque toda mi vida fue, de una u otra forma, un laboratorio en donde puse a prueba mis límites internos. La lectura casi obsesiva desde la infancia, las noches en vela desarmando código, los años sumergido en la música, el esfuerzo silencioso de escribir libro tras libro, todo eso se convirtió en una especie de cartografía interior. Y cada vez que lograba comprender algo nuevo sobre mí mismo, aparecía también un puente para comprender mejor a los demás.

La introspección no solo revela a quien la practica; también ilumina el mundo que lo rodea. Quizás por eso siento que aquel determinismo ético-ontológico que menciono, no es una idea abstracta, sino una herramienta concreta que puede transformar sociedades enteras si se la enseña correctamente.

Ahora bien, cuando veo que muchos no cuentan con estas herramientas —ya sea por falta de guía, por apatía, o por simple desconocimiento— no pierdo la esperanza de que las instituciones antiguas sigan cumpliendo su papel. No me refiero a instituciones en el sentido burocrático, sino a aquellas estructuras que cargan sobre sí, miles de años de saber experiencial, simbólico, ritual. Ellas han preservado el arte de mirar hacia adentro incluso en épocas donde hacerlo era peligroso. Quizás sean, todavía hoy, las que pueden recordar a las masas que el viaje hacia el propio centro no es un lujo filosófico, sino una necesidad evolutiva.

Y vuelvo siempre, de manera casi inevitable, a la metáfora del descenso hacia el “Centro de la Tierra”. No porque sea simplemente evocadora, sino porque condensa maravillosamente la psicología de la profundidad: el calor, la presión, las capas sucesivas, el peligro, la maravilla. Es un símbolo perfecto para explicar que conocerse a uno mismo no es un ascenso etéreo hacia lo alto, sino un descenso firme hacia las raíces donde se ocultan los cimientos del ser. Jung lo expresaba con la claridad que solo él podía: “Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad”. Esa frase la llevo conmigo desde hace años, como brújula y como advertencia. Y me resulta inevitable vincular esa frase con la de Verne y con mi propio recorrido interior. Porque, de alguna manera, siempre he sentido que mi vida fue una combinación de ambos espíritus: el explorador que desciende a lo profundo y el pensador que busca comprender los símbolos que halla en el descenso. Por eso sigo confiando en que es posible que la humanidad —aun en medio de la dispersión generalizada— pueda encontrar nuevamente el camino hacia su núcleo. Pero sé también que ese hallazgo no acontece de manera espontánea: requiere maestros, requiere prácticas, requiere voluntad y, sobre todo, requiere un lenguaje que despierte la memoria de lo que hemos sido y de lo que podemos volver a ser.

Hay algo que siempre me llamó la atención cuando observo los movimientos de la historia humana: cada vez que una civilización se alejó de su propio centro simbólico, terminó atravesando un período de fragmentación. No es casualidad que pensadores como Mircea Eliade insistieran en la importancia del “retorno al origen” como mecanismo esencial para recomponer la identidad colectiva. Cuando el ser humano se desconecta de su raíz espiritual —o incluso de su raíz psicológica profunda— pierde la coherencia interna que permite sostener el mundo exterior. Esa coherencia es la que diferencia a una comunidad viva de una masa desorientada.

Hoy, más que nunca, siento que nuestra época oscila peligrosamente cerca de aquella desorientación.

Esa preocupación no nace de un catastrofismo vacío, sino de décadas observando la condición humana como si fuera un humilde laboratorio abierto. Desde mi propia vida, desde mis lecturas, desde mis prácticas creativas tales como este escrito, mis dibujos o mis composiciones musicales, y ni hablar desde los sistemas que programé, siempre vi un patrón común: cuando una estructura no se revisa a sí misma, se corrompe; justo lo que le sucedería a este escrito, y como a los demás, que los reviso una y mil veces antes de publicarlos, para que el producto final esté "Sin Cera". Lo he visto en organizaciones, en proyectos, en códigos fuente, y lo he visto también en personas. El no revisarse equivale a un abandono del ser. A veces siento que si cada individuo pudiera dedicar aunque sea unos minutos diarios a revisar su estado interior, la sociedad entera comenzaría lentamente a sanar, como un organismo complejo que manifiesta reminiscencias de un arcaico proceso destinado a regenerarse.

Y ahí aparece una dimensión que me interesa especialmente: la responsabilidad personal en la construcción del futuro colectivo. Porque, si bien confío en las instituciones milenarias que actúan como guardianes del conocimiento profundo, sé que su tarea no sustituye la tarea individual. Ellas pueden señalar el camino, ofrecer símbolos, transmitir rituales, conservar tradiciones. Pero nadie puede caminar por uno. Ese camino es exclusivamente personal, y es en ese trayecto donde uno se encuentra con sus luces, con sus sombras, con sus limitaciones y con su propio potencial. Tal como decía Marco Aurelio: “La vida del Hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella”. Una frase que sigue siendo una advertencia y una invitación al mismo tiempo.

Cuando pienso en este vínculo entre introspección y destino humano, puedo ver claramente cómo ambas dimensiones se mezclan en una urdimbre semántica. La introspección da forma al individuo, y el individuo da forma a la historia. No al revés. La historia es consecuencia de lo que el ser humano es capaz de manifestar desde su interior hacia el exterior. Por eso me preocupa que las nuevas generaciones —crecidas en un entorno de gratificación instantánea y atención fragmentada— practiquen cada vez menos el arte de observarse.

Sin aquella práctica, el ser humano pierde profundidad, pierde sentido, pierde dirección. Y sin dirección, todo proyecto colectivo se vuelve frágil, como una construcción sin cimientos.

Recuerdo que en mis épocas más intensas de lectura, cuando devoraba libros como quien respira, comencé a notar que la mente tiene una forma particular de expandirse cuando se la alimenta correctamente. Es como si la vasija de la que tantas veces hablamos se volviera más elástica, más receptiva, más capaz de contener complejidades sin quebrarse. Y no solo eso: también empecé a notar que lo leído se reorganizaba por sí mismo, generando conexiones nuevas, creativas, inesperadas. Ahí comprendí que el conocimiento no es solo acumulación, sino transformación. Y quien no transforma su conocimiento hacia afuera —a través del arte, la escritura, la música, la creación técnica— termina estancándose. Por eso siempre consideré fundamental el equilibrio entre ingresar y egresar información. Llenarse sin descargar vuelve pesada el alma; descargar sin llenarse la vuelve vacía. Ese equilibrio es, de alguna forma, una ley natural de la vida interior. Y creo que es justamente esa ley la que, si se enseñara correctamente a nivel masivo, permitiría que millones de personas pudieran encontrarse a sí mismas sin la necesidad de atravesar crisis profundas.

El autoconocimiento, cuando se lo practica con constancia, evita gran parte del sufrimiento innecesario. Porque uno ya no camina a ciegas: camina sabiendo dónde pisa.

No puedo evitar imaginar una sociedad en donde cada persona tenga acceso a estas herramientas de introspección desde la infancia. Una sociedad en donde, además de memorizar datos vacíos se enseñe a los niños a descender hacia su propio centro, a explorar sus emociones, sus pensamientos, sus contradicciones, sus talentos. Si eso ocurriese, el planeta entero cambiaría de forma en un lapso sorprendentemente corto. No harían falta revoluciones violentas ni grandes movimientos políticos; la transformación vendría de adentro hacia afuera, como siempre ocurre en los procesos verdaderamente duraderos. Porque nada que no nazca del interior puede sostenerse demasiado tiempo en el exterior.

Me pregunto a veces si esta visión mía es demasiado utópica, o si en realidad es simplemente una posibilidad que aún no sabemos activar. Pero cuando veo la continuidad milenaria de ciertas instituciones que mencioné antes, y cuando pienso en todo lo que ellas lograron preservar incluso en épocas de oscuridad total, me digo que no, que la posibilidad está ahí, latente. Lo estuvo siempre. El desafío no es inventarla, sino reactivarla. Y para eso se necesita voluntad colectiva, pero sobre todo, individuos que sean ejemplos vivientes de lo que el ser humano puede llegar a ser cuando se conoce a sí mismo en profundidad.

Hay momentos en los que siento que el verdadero viaje humano recién comienza cuando uno comprende que no está caminando hacia afuera, sino hacia adentro. Esa revelación, tan simple en apariencia, cambia por completo la arquitectura de la existencia. Todo lo que antes parecía ruido se vuelve enseñanza; todo lo que antes parecía caos se reorganiza como un mandala silencioso. Y en ese instante, en esa breve chispa de claridad, se entiende que no es el mundo el que debe ordenarse primero, sino uno mismo. Porque el orden interior proyecta su luz hacia afuera, mientras que el desorden interior oscurece incluso los días más luminosos. Y es justamente ese principio —tan antiguo como el hermetismo y tan válido hoy como en cualquier era pasada— es el que me impulsa a insistir en la importancia de la introspección como el eje fundante del porvenir humano. No es nostalgia ni romanticismo, es observación. Lo veo en mi propia vida, en mis libros, en mi música, en mis proyectos técnicos, en mis estudios, en los sistemas que programo, en mi forma de leer el mundo... y en mis silencios.

Cuando me aparto de mí mismo, todo se desarticula. Cuando regreso a mi centro, manteniendo tanto la Verticalidad como la Horizontalidad, todo mi Templo interior recupera sentido. Es una ley tan clara que a veces sorprende que no haya sido adoptada como base del pensamiento moderno.

Suele decirse que el ser humano se perdió en la complejidad de sus propios inventos, y quizás haya algo de cierto en esa sentencia. Pero también creo que en medio de toda esta tecnología creciente —que observo con cariño y con criterio, incluso desde mi lugar de programador de casi cuatro décadas— existe la posibilidad de un renacimiento interior. Nunca la especie humana tuvo tantas herramientas para reflejarse a sí misma, para registrar sus propios pasos, para mirarse al espejo de su mente con una honestidad que antes era difícil de sostener. 

Y paradojalmente, nunca tuvimos tanta facilidad para encontrarnos como ahora; el problema es que la mayoría no sabe qué buscar.

Si cada persona supiera que dentro de sí, vive un “Centro de la Tierra”, como aquel que imaginó Verne, un núcleo ardiente donde se reúnen los signos de su propia historia, entonces la existencia entera adquiriría otro significado. No se viviría para sobrevivir, sino para comprender. No se lucharía solamente para ascender, sino para desplegar la esencia, las alas de la Vara de Hermes. Y esa esencia —que Jung llamó el Sí-Mismo— no es una abstracción filosófica, sino una realidad psicológica tan concreta como el latido del corazón. Cuando uno la encuentra, la vida deja de sentirse como un laberinto y comienza a experimentarse como un camino espiralado hacia lo alto y hacia lo profundo a la vez. Pero, para llegar a ese núcleo, requiere valentía. Requiere el desprenderse de certezas, revisar traumas, confrontar sombras, abrazar fragilidades. No es un viaje cómodo, aunque sí es el único viaje verdaderamente necesario. Y aquí es donde vuelven a cobrar importancia esas instituciones milenarias que mencioné antes. Aunque yo nunca dependí de ellas debido al camino autodidacta y sumamente intensivo que elegí —desde mis más de mil libros leídos desde la niñez hasta mis propios escritos publicados en estos últimos diecisiete años— reconozco su valor como flamas culturales que impiden que la humanidad se extravíe por completo. Son reservorios de símbolos, guardianes de lenguajes antiguos, transmisores de estructuras que ayudan a sostener lo que —de otra manera— podría derrumbarse con facilidad.

No obstante, por más que estas instituciones sirvan de guía, el último paso debe darlo cada persona. Nadie puede penetrar la montaña sagrada por otro. Nadie puede beber del pozo del propio inconsciente en nombre ajeno. El trabajo ontológico es personal, íntimo, indelegable. Y en ese carácter indelegable reside, precisamente, su poder. Porque aquello que se conquista desde el interior no puede ser arrebatado por ninguna circunstancia exterior. Es un tipo de fortaleza que no depende del colectivo humano, pero que, indefectiblemente, lo transforma.

Quisiera pensar —y sinceramente lo creo— que la humanidad todavía puede reconstruir ese lazo con su interioridad perdida. Que no estamos destinados a una deriva sin retorno, sino a una reorientación gradual hacia la profundidad. Y esa reorientación no necesita héroes ni mesías: necesita seres humanos atentos, presentes, comprometidos con su propio despertar. Seres que comprendan que mejorar su mundo interno es la mejor forma de mejorar el mundo que compartimos. Seres que entiendan que no se puede dar lo que no se tiene, ni iluminar a otros sin antes encender la propia lámpara.

Por eso, este cierre no es un punto final, sino un Portal, una invitación, un recordatorio, una afirmación íntima de que el trabajo interior sigue siendo —y seguirá siendo— el acto más revolucionario que un ser humano puede realizar, y aunque el porvenir sea incierto, mantengo mi confianza en que no estamos solos en este sendero: las tradiciones milenarias, los símbolos arquetípicos, los textos que nos preceden y los maestros silenciosos que habitan la historia siguen ahí, sosteniendo la estructura invisible sobre la que caminamos.

Así cierro está especie de ensayo, desde mi propia voz, desde mi propio centro, reafirmando algo que siento desde siempre: el futuro de la humanidad depende de su capacidad para mirar hacia adentro. Y mientras quede al menos un individuo dispuesto a hacerlo con honestidad, profundidad y constancia, habrá esperanza. Porque basta una sola chispa de conciencia para que la oscuridad deje de ser un destino y vuelva a ser solamente un pasaje.
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07/11/2020


Como verán en esta misma web, erminauta.com, existe una gran muestra de lo que significa la evolución del pensamiento, y dicha muestra se relaciona con la "Pandemia de COVID-19". Si verifican mis primeros artículos, relacionados a lo anterior, verán que existe una evolución y un intento de comprensión de esta situación, por demás excepcional, creo yo, desde que ocurrió la Segunda Guerra Mundial, y aquel intento de entendimiento ha comenzado a partir de mis escritos basados en bases lógicas, tal y como lo es el actual, pero, lo que ha cambiado en mi manera de observar y de analizar toda esta excepcionalidad a las reglas "normales", es que comencé a mirar todo lo que ha sucedido, todo lo que sucede y hasta "todo" lo que sucederá, desde un punto de vista de "el nosotros", en lugar de hacerlo desde "el yo". Si bien, la mayoría de mis escritos que se relacionan con la vida humana, contienen una gran base de "Nosotros", esta excepción a toda regla que nos demuestra el COVID-19, ha ralentizado mi comprensión del objetivo último de todo este "despliegue", y por lo tanto, a dicho objetivo lo estoy -y lo estuve- plasmando, tanto en este artículo, como también, en los inmediatos predecesores a este.

Y antes de continuar, adjunto una pequeña definición de lo que para el epistemólogo y biólogo suizo, Jean Piaget, significa evolución del pensamiento:

El desarrollo intelectual para Piaget tiene que entenderse como una evolución a través de estadios de pensamiento cualitativamente diferentes. El pensamiento es diferente en cada edad; no es una distinción de "cantidad" (mayor o menor capacidad para pensar, mayor o menor habilidad cognitiva), sino de "cualidad" (se piensa de forma distinta a distintas edades).

En consecuencia, para poder arribar a una mejor realidad, respecto de esta excepción que es la "Pandemia", en mi ineludible evolución del pensamiento, a este respecto, he debido pasar por todos los artículos relacionados, y que preceden a este, para llegar a mi actual estado de entendimiento del tema, y que quizás, ahora sí, se acerque más a la verdad, al menos, a lo que desde mi óptica considero que sería la verdad; verdad esta, respecto de la cual, creo yo que muy pocos la han podido hallar, porque el trabajo que demanda el realizar lo anterior, se denomina como: pensamiento; y como es evidente que muy pocas personas se dedican específicamente a pensar por medio de toda su voluntad y su sapiencia (pensando únicamente dentro de su pequeño cubículo, el que le ha correspondido respecto de lo que cada cual ha elegido hacer y ser, en su vida), es muy poco probable que el mundo pueda entender el porqué de esta excepcionalidad denominada Pandemia, ya que, por desgracias, y sin comparar inteligencias (porque en este aspecto, de una u otra manera, todos tenemos el mismo nivel de inteligencia, por lo que, el verdadero problema radica en ¿cómo llenamos esa inteligencia o vasija con los pensamientos necesarios para arribar a un mejor entendimiento de una determinada situación?) entonces, sin querer hacer comparativas en cuanto al Coeficiente Intelectual, el ser humano, el que en este presente está luchando fervientemente para evitar lo que es inevitable, y que es el Progreso de nuestra especie, sin siquiera llegar a pensar un poco más allá de sus propias individualidades es decir sin pensar en "Nosotros" como especie, no ha podido -y tampoco podrá- superar a tiempo el actual estado individualista como para pensar de manera colectivista, por lo que en este punto, la especie humana entera tendría dos caminos por delante; el primero, el de sucumbir al "no pensamiento" de la mayoría, el de dejarse llevar por el individualismo, por el simplismo, por las banalidades, por el "querer tener" en lugar del "querer ser"... en definitiva, por los desvalores provenientes desde la mentes atrapadas en el pasado arcaico de nuestra especie, todo lo cual es conformado por los poderosos egos, y por lo tanto, la llama de la extinción total comenzaría a gestarse y a propagarse hasta arribar a su punto crítico, el cual será un punto "sin retorno", algo que no podemos darnos el lujo de que suceda; mientras que en el segundo camino, la humanidad todavía estaría a tiempo de pensar de forma colectiva, y cuando lo haga, esa verdad de la que hablo, esa que se refiere tanto al "Nosotros" como al olvido del ego, hecho que, por un largo tiempo, yo no llegaba a encontrar por mi mismo en mis múltiples pensamientos al respecto (tal y como lo he mencionado más arriba, en cuanto a mi propia evolución del pensamiento y a la definición de Piaget), pero que, luego de una suma considerable de, -y para resumir-, los que fueron variados ideogramas mentales, logré construir en mi mente una verdad mucho más esclarecida, mucho más cercana a lo que pienso que debería ser el futuro de la humanidad, y que se relaciona con nuestra necesidad de constituirnos como una especie multiplanetaria, y por lo tanto, todo aquel ser humano que logre llegar a pensar más allá del pensamiento automático, la verdad de este segundo camino -imperiosamente necesario, por cierto-, se le revelará por si misma y de par en par, ante el ojo de su conciencia, y dicha verdad, -la que será una creación de cada cual, y que entre todas las verdades existirán multitud de similitudes, porque al poder lograr pensar en "Nosotros" en lugar dejarse a merced del ego, las verdades individuales, a las que cada cual arribará, tendrán incontables analogías- y como expresaba antes, dicha verdad se corresponderá con un entendimiento mucho mayor respecto del porqué sucede esta excepcionalidad denominada Pandemia.

Preguntémonos lo siguiente. ¿Cuántas Revoluciones Industriales se sucedieron en el transcurso de nuestra existencia como especie? Pues, como todos sabemos, han pasado tres, y todas y de cada una de ellas se desprendieron del Ser Humano, del pensamiento destinado al Progreso, pero sin dejar de lado el sello antropológico, evolutivo, y que el Hombre les ha impreso sobre tales revoluciones, porque está en nuestra esencia evolutiva el progresar, por el hecho de que somos acreedores de lo que ninguna otra especie sobre la faz de la Tierra es poseedora, y que es el Uso de la Razón, y por lo tanto, el solo hecho de ser conscientes de nuestra propia existencia, nos ha abierto infinitas puertas para llegar a infinitos destinos, por medio del pensamiento y de la creatividad... y jamás nos detendremos -siendo conscientes de nuestros esperados errores, debido a nuestras imperfecciones, las cuales todavía mantenemos y que fueron heredadas desde el reino animal-, porque el "no detenerse", está en nuestra esencia más profunda, al igual que "el nosotros", pero que, debido a una especie de Regresión Evolutiva Mental, el estado actual de la humanidad, nuevamente se halla en los oscuros dominios del ego, de ese individualismo cegador, y es esto último lo que impide al Hombre el encontrar más verdades, las que están allí afuera, a varios pensamientos de distancia.

Entonces, y en relación al párrafo precedente, si ya ocurrieron tres Revoluciones Industriales, ¿porqué el Ser Humano se opone fervientemente a que se dé lo inevitable, y que es la Cuarta Revolución Industrial? ¿Quiénes somos, individualmente, como para frenar el Progreso del Colectivo Humano? El individuo, la persona, ¿porqué entonces continúa oponiéndose a un salto cualitativo más de nuestra propia especie, y de la que todos somos miembros y que por lo tanto, deberíamos estar interrelacionados? ¿Porqué el individuo se opone a la Cuarta Revolución Industrial, la cual, ya no se fundamentará -predominantemente- en el Petróleo, sino que, más bien, lo hará basado en los nuevos "Commodities" del mundo moderno, y que son los ceros y los unos (de los mundos, digital y electromecánico, ambos interrelacionados) y en el establecimiento de colonias en otros cuerpos celestes, como en la Luna y en Marte, como para empezar? Y si entonces, luego de las preguntas anteriores, nos pudimos dar cuenta de que, del petróleo -cada vez a menores escalas- pasaremos a lo digital y a la electricidad (y otras energías seguras y limpias) a mayores escalas, y que a la par de lo anterior, se le acopla la conquista de otros mundos cercanos, siendo todo lo anterior, un pequeño resumen de la Cuarta Revolución Industrial, ¿todavía existen personas que se resisten a convertirse en individuos, para mantenerse alejadas del ego, con el objetivo supremo de poder llegar a relacionar a la actual condición excepcional en la que vivimos, como lo es la Pandemia, con la necesidad inevitable e innegablemente evolutiva, de entrar hacia la Cuarta Revolución Industrial?

Si no pensamos en la forma de "Nosotros", y continuamos subyugados bajo el individualismo que se desprende del ego no trabajado, nunca podremos llegar a pensar en términos del Ser Humano, en tanto que "una especie de -y para- muchos", en lugar de hacerlo, como todavía la mayoría lo está haciendo, y que es, en tanto que "una especie de -y para- sí mismos". Pero, el problema del pensar de manera individualista, oponiéndose -inconscientemente- a la Cuarta Revolución Industrial (la que, evidentemente, es cierto y comprensible hasta cierto punto, ya que requiere mucho más de nosotros, por lo tanto, necesita de una especie que trabaje de manera cohesionada, más que de manera disgregada en pequeños grupos los que mayoritariamente piensen en términos de sí mismos) entonces, como decía antes del paréntesis, el pensar de manera individualista no es aceptable en lo absoluto, teniendo en cuenta de que, si bien la mayoría todavía no ha encontrado la verdad para que todos ingresemos juntos en esta Nueva Revolución humana, no debemos permitir que asome ningún atisbo de Regresión Evolutiva, sino que siempre debe ser de Progreso, no solamente en cuanto a nuestras creaciones y a nuestras conquistas como especie, sino que también, en cuanto a nuestros valores y a nuestra capacidad mental y espiritual colectiva.

Lo que traerá la Cuarta Revolución Industrial, a groso modo, es lo siguiente:

- La digitalización de la mayoría de nuestras transacciones cotidianas, como las compras, las ventas, los pagos, usando las monedas basadas en Blockchain, las solicitudes de productos y sus entregas correspondientes totalmente despersonalizadas, los diferentes niveles de estudios (primario, secundario y universitario), y un gran etcétera.

- La robotización, "autonomización" y "dronización" de la mayoría de los servicios, desde los de seguridad policial hasta los de entrega a domicilio, pasando por los trabajos dentro de las áreas de stock de productos hasta los de transportes urbanos a corta y a larga distancia.

- La Inteligencia Artificial desplegada en su máxima expresión, en todas las áreas que atañen a la vida humana, será una comparación, -aunque a una escala inimaginable para la mayoría-, con el paso de las personas que trabajaban en una línea de ensamblaje de automóviles u otros vehículos o equipos varios, a la robotización del trabajo de las mismas, lo cual sucedió en la Tercera Revolución Industrial. Y es posible también, que la mitad de la fuerza laboral del planeta quede desempleada por el accionar de la Inteligencia Artificial (aunque con una Renta Universal Básica, utilizando las criptomonedas, y que por la naturaleza de generación casi infinita de las mismas, harán posible que el pago de un sueldo mensual a todo el mundo, se haga realidad; y ya está siendo realidad, a través de una web, propiedad de eToro, denominada GoodDollar.org, y que a través de la cual, diariamente, cualquier persona puede reclamar su ingreso). La Inteligencia Artificial reemplazará todo lo que nos imaginemos, ya que si algo es inteligente, y puede ser más eficiente que la inteligencia humana, por lo tanto podrá hacer lo mismo que el ser humano y mucho más, por lo que el ser humano deberá ocuparse de cuestiones que enaltezcan otras capacidades, las que quizás, hasta ahora se habían mantenido en estado latente.

- El establecimiento de la especie humana en la Luna, en Marte y en todos los cuerpos celestes en los que nos podamos establecer.

Y mucho más...

Por lo tanto, en lo relativo a lo que será la Cuarta Revolución Industrial, detallado someramente en los puntos precedentes, todos debemos hacernos las siguientes preguntas, ¿entendemos ahora, la necesidad de aprovechar la "crisis generada por la Pandemia"? Si viajaremos a otros cuerpos celestes, ¿qué es mejor, el llevar un hospital entero a cada nuevo mundo al que vayamos, como para afrontar los virus con los cuales no hemos evolucionado y por lo tanto, nos matarán, o bien llevamos el hospital en nuestro propio ADN para que ninguna enfermedad hereditaria y/o ningún virus extraterrestre nos impida la exploración espacial? ¿Entendemos ahora la necesidad de trabajar en conjunto, pensando de manera colectivista, en lugar de hacerlo de manera individualista? ¿Comprendemos el verdadero sentido de la vacunación?

Neslon J. Ressio.


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26/10/2020


El individuo nace de su antigua persona al haber elevado su conciencia; mientras que la persona que se mantiene en un estado de estasis respecto de lo mismo, sin poder individuar, no logra actuar sobre sus egos. 

El individuo es Terrenal y Universal; mientras que la persona es únicamente Terrenal. 

El individuo ve la utilidad del vacío existente dentro de una jarra; mientras que la persona solo ve a la propia jarra y no concibe las propiedades de su vacío. 

El individuo es Uno con la Naturaleza y con los demás seres humanos; mientras que la persona es uno con su individualismo. 

El individuo entiende a la pobreza de espíritu como una consecuencia de la riqueza de desvalores; mientras que la persona no entiende ni transforma sus propios desvalores por no comprender su pobreza de espíritu. 

El individuo entiende su lugar en el colectivo humano y natural; mientras que la persona no llega a construir su fundamental sentido de interrelación con el entorno. 

El individuo permanece en el centro y a la vez es dueño de sondear los extremos pero jamás deja de retornar hacia el centro; mientras que la persona es eminentemente extrema y descentralizada de la esencia que nos ha impreso la naturaleza desde tiempos inmemoriales. 

El individuo, aunque virtuoso en muchos aspectos, es humilde; mientras que la persona, solo se desvalora con cada uno de sus pasos, y además, no conoce la humildad. 

El individuo vive del silencio escuchándolo todo; mientras que la persona habla de todo sin llegar a vivir para escuchar nada. 

El individuo contempla la Luz desde su humana oscuridad; mientras que la persona surca por su propia oscuridad destemplando a toda Luz que esté a su alcance. 

El individuo es consciente de que el contenido es más importante que el contenedor; mientras que la persona, instintivamente, exalta el contenedor por sobre su contenido. 

El individuo ve a los ricos y a los pobres como iguales; mientras que la persona no se percata de los pobres a la par que mantiene su atención egóica sobre una constante comparación con los ricos. 

El individuo mira; mientras que la persona, ve. 

El individuo escucha, mientras que la persona oye. 

El individuo es silencioso porque ha desarrollado una constante charla hacia su interior; mientras que la persona es imparablemente ruidosa porque no le es posible entablar una mínima relación de dominio conversacional respecto de sus egos. 

El individuo logra pasar desapercibido; mientras que la persona ostenta sus trofeos sobre su efímero podio de indiferencias. 

El individuo debe desaparecer para poder llegar a ser; mientras que la persona, por medio de sus máscaras inconscientes, infructuosamente intenta ser como respuesta a sus ansias de nunca desaparecer. 

El individuo tiene porque carece; mientras que la persona carece porque tiene. El individuo no desea nada, y por ello tiene todo; mientras que la persona desea todo, y por ello no tiene nada. 

El individuo es un pensador basado en el constante análisis de su "Si Mismo" como punto de partida para construir su sabiduría; mientras que la persona es un conocedor enmarcado en el incesante escrutinio de los "si Mismos" de terceros. 

El individuo es introyectivo; mientras que la persona es disruptiva. 

El individuo ni alaba y ni concibe ser alabado; mientras que la persona vive para obtener sus cuotas periódicas de alabanzas y de ese modo poder continuar con su acostumbrada dosis diaria de muerte. 

El individuo entiende la escases y el sufrimiento como el principio de la abundancia y la felicidad siendo consciente de que todo es cíclico; mientras que la persona busca con arduo empeño a la abundancia y a la felicidad y huye de la escases y del sufrimiento porque no entiende de que todo es cíclico, aunque ese ciclo dure varias vidas y varias muertes. 

El individuo no fuerza ninguno de los hechos de posible suceder para que las cosas ocurran tal y como él no lo ha pensado, siendo dichos hechos, sus esperados acordes; mientras que la persona existe en el vano esfuerzo diario de que los hechos aún no ocurrentes se le manifiesten de una u otra forma inimaginable tal y como él lo ha pensado siendo dichos hechos, sus inesperados discordantes. 

El individuo, sin estar presente, es parte de todo y de todos; mientras que la persona que intenta estar presente en todo no logra ser parte de nada ni de nadie. 

El individuo piensa en no acaparar nada, y por eso puede obtener todo; mientras que la persona acapara todo lo que esté a su intelectual alcance, y por eso no tiene nada. 

El individuo hace de su existencia una religión, en donde su único Dios se constituye como el "politeísmo" de su "Si Mismo"; mientras que la persona hace de su religión una gran parte de su anhelada y múltiple existencia en donde su único Dios es el que proviene desde un lugar muy externo a su incomprendido "Si Mismo". 

El individuo piensa que sabe lo que siempre piensa; mientras que la persona cree que sabe lo que del exterior le ha provenido. 

El individuo muere una y mil veces para llegar a ser; mientras que la persona necesita tener para no morir una y mil veces. 

El individuo conlleva la sabiduría de la Nada gracias a sus constantes pensamientos sobre el Todo; mientras que la persona arremete con la intelectualización del Todo aunque no logre obtener la sabiduría de la Nada. 

El individuo comprende y aprehende el vacío de la Nada y por ello se siente constantemente satisfecho; mientras que la persona en todo momento se halla en un estado de insatisfacción por el hecho de no hallarle lógica alguna al vacío. 

El individuo sabe que el vacío existe porque algo lo contiene y por ello se centra en la impermanencia del contenedor para seguir conociendo todos los vacíos posibles; mientras que la persona no entiende la importancia del vacío porque ronda los extremos de la necesidad de la permanencia del contenedor, tal como si una copa fuese más importante que el vino en su interior o que el cuerpo humano fuese más importante que los actos altruistas derivados de él. 

El individuo entiende a la vida eterna a través de sus actos y ejemplos, por el hecho de ser; mientras que la persona busca el tener como para instaurar una falsedad inconsciente respecto de lo que considera inaceptable, es decir, su propia e inevitable muerte. 

El individuo sabe que la muerte es un tránsito hacia un nuevo individuo debido a que el vacío debe ser comprendido desde la vida siendo un nuevo cuerpo, su nuevo contenedor; mientras que la persona conoce o cree que la muerte es el final, y que después de ella no hay nada más que oscuridad, por el hecho de que no ha logrado comprender la importancia del vacío y su necesidad de un contenedor recurrente. 

El individuo sabe que ignora, y por intermedio de ello no ignora lo que sabe y por lo tanto sabe lo que debe saber a cada momento; mientras que la persona cree que sabe o cree que no ignora y por ello no sabe lo que sabe y no sabe lo que ignora y como consecuencia no logra llegar al saber, sino que mas bien, al creer que cree, y al creer que conoce, y por lo tanto sus momentos están repletos de creencias y no de sapiencias. 

El individuo trasciende los límites de su Si Mismo sin siquiera intentar trascenderlos; mientras que la persona, al imponerse límites, nunca conocerá su posibilidad de trascendencia y nunca logrará mirar y actuar más allá de aquellos.

Este Nuevo Mundo, que comienza el 1º de enero de 2021, no necesita personas... necesita más individuos.

Nelson J. Ressio.

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16/10/2019


Ser, o no ser...

En el caso de la imagen, el planeta equivale al cráneo, el cual es mirado por un robot humanoide, el que fue creado por seres humanos, por los mismos seres humanos que viven en ese cráneo terrenal, y que es nuestro planeta, aparentemente moribundo, y por lo tanto, es un simbolismo de que, el Ser, o el No Ser, dependerá de cuan autómatas humanoides seamos los seres humanos. Si Ser mas humanos, va en detrimento de ser menos hipócritas e individualistas; No Ser mas humanos, va en favor de dichos desvalores, y por lo tanto, ese No Ser, nos lleva a la actual automatización del Hombre, el cual, como un androide, mira al mundo que tiene en sus manos, como si fuera una calavera... ambos... sin vida, por mas que sean entes biológicos; en definitiva, este androide antropomorfo, se encuentra mirando a los otros seres humanos que están sobre ese mundo, como si estos últimos no fueran de su misma especie, y respecto de los cuales, ya están muertos u olvidados (aunque ambas cosas, en definitiva y en esencia, son lo mismo). El No Ser, aparenta ser el futuro oscuro de la humanidad, por un largo período de tiempo, ya que el Ser, está siendo aplastado, o bien por si mismo, o bien por los No Seres, o bien por ambos.

Estamos presenciando el final del Ser, y el comienzo del No Ser, pero con la diferencia de que, ese No Ser, ese símil androide; al contrario de la esencia misma de un androide no humano (una máquina con comportamiento complejo o con Inteligencia Artificial, pero sin vida), el cual no posee ninguna herencia animal; este nuevo No Ser Humano, se está transformando en un autómata humanoide y animalizado al mismo tiempo, y con mas rapidez, es decir que, sobre el Planeta Tierra, correrán por su superficie, entes evolucionados a partir del Simio, pero involucionados a partir del mundo moderno, el cual incluso, intenta con fuerzas, y a propósito, que el Ser se transforme en el No Ser, porque es este último, el No Ser, el que es el mas redituable en todo sentido, porque este nuevo No Ser Humano, es mas pasible de dominarse y de adoctrinarse en cuanto a sus percepciones, y en cuanto a sus impulsos consumistas, y que al fin y al cabo, es justamente esto último, la necesidad primordial de los poderes económicos deshumanizados, esos mismos poderes que también deshumanizan a todo humano y a todo lo humano, para que puedan consumir sus productos tangibles e intangibles, aún cuando no sea necesario consumirlos. El Ser Humano, en tanto que Ser, no es manipulable, y por lo tanto, es difícil hacerlo consumir; pero, el No Ser Humano, es un ente perfecto, moldeado psicológicamente, mediante metodologías varias, con el objetivo de exaltar su costado animal, mientras que al mismo tiempo, se le deja poseer un uso de razón muy limitado, obteniendo de esta manera, un perfecto autómata, el cual, solamente sirve para consumir, a diestra y a siniestra, aún cuando lo que éste consuma, no sea de su necesidad, y a veces, ni siquiera sea de su agrado, pero, su programación le dice que, si también consume esto último que no le agrada, este hecho hará que sea parte de una determinada manada de No Seres, manada esta; la que sí consume, eso que a aquel No Ser no le agrada; hará que el No Ser, se sienta incluido, por lo que dejará su identidad a un lado; y contra toda racionalidad proveniente desde el Ser; consumirá eso que no le agrada, pero que sí, le agrada a la manada, y por lo tanto, aquel No Ser, se sentirá una parte mas de la manada, y allí estarán, todos juntos, consumiendo lo mismo, sea el producto que sea, aún sin tener ninguna necesidad de consumirlo.

Solo el Ser, nos podrá salvar del No Ser.


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14/12/2017

Y como podrán apreciar, (dividiendo la imagen superior, en dos mitades iguales, mediante una línea imaginaria vertical) si sumamos cada número de la izquierda, con cada número de la derecha (que se encuentran al mismo Nivel), obtenemos siempre el número 9, es decir, obtenemos el número que representa, de manera arquetípica, al Pináculo del Compás; al Cielo, al Cenit, a Dios, al GADU, y hace una buena referencia a uno de los 7 Principios Herméticos mas influyentes en lo que se relaciona al cambio positivo de nuestra personalidad: "Como es Arriba es Abajo, como es Abajo es Arriba".

Algunos, sin poder comprender ciertos de mis artículos, mas específicamente los artículos en los que me refiero a una gran cantidad y calidad de números de diferentes valores y significancias, mi respuesta inevitable es, que ciertos de mis artículos, son solamente para quienes tienen ojos para ver, y sin vanidad en mis palabras, porque es la pura verdad, y la verdad, por mas que duela, sigue siendo una verdad. Y he aquí un ejemplo de nuestro símbolo masónico, el cual representa los límites que debe tener el ser humano (impuestos por el GADU, el Big Bang, Dios, o mi mas preferida, la propia psique de uno mismo, dependiendo de las preferencias de cada ser, de manera individual e introspectiva), representado por el Compás; por sobre la Justicia, la rectitud y la equidad, unidos por el vértice de la ética y la moral provenientes desde la Escuadra. Esas son, de manera resumida por supuesto, las representaciones arquetípicas del símbolo masónico que nos recuerdan a cada instante, que debemos ser eternos perfectibilistas, pero, lejos de ser un dogma, dicho símbolo tiene otras "aplicaciones y variantes", y para saber esto, sobre lo que sería un símbolo escondido detrás del otro, una especie de meta-símbolo diría yo, solo dedíquese a observar la imagen superior, y entenderá el porque de mi interés en los números y de las huellas numérico/lingüísticos de los diferentes suceso ocurridos en todo el mundo y en diferentes escenarios. E imagínense el resto de los símbolos, ¿cuántos meta-símbolos tendrán, para otros designios? Y aquí no estoy haciendo juicios referentes a lo bueno y a lo malo de este mundo; debido a que el resultado final de la aplicación del símbolo, es lo que cuenta, resultado aquel, que sola e indefectiblemente, debe ser bueno y positivo para el mundo; porque solamente me dedico a observar y a pensar, fundamentado lo anterior, en el estudio y en el mejorarme a mi mismo, para luego poder mejorar a los demás dentro de mis inherentes capacidades de hacerlo, por supuesto.

Y en referencia a los números que he detallado en la imagen, obsérvese algo muy importante, y que la suma de todos los extremos, tanto de Compás, como de la escuadra, dan como resultado el número 9, que es el valor del pináculo del Compás, lugar que representa la apoteosis en las variadas subjetividades que le queramos dar a dicho punto mas alto que Corona dicho Símbolo. Por ejemplo, si sumamos los extremos inferiores del Compás de esta manera: 3 + 6, nos da 9; si sumamos los extremos superiores de la Escuadra, tal como sigue: 8 + 7 + 1 + 2 = 18, y 1 + 8 = 9, y además, si sumamos los valores inferiores de la escuadra, así: 5 + 4 nos da otro hermoso número 9, tal como el extremo superior del Compás, extremo elevado por donde lo toma el GADU, o cualquier ser humano que haya llegado a su propia Apoteosis, al entendimiento inherente a su Verdadero Secreto, personal e intransferible. El 9, está en todos lados, dentro del símbolo masónico, aún, cuando no lo podamos ver, es omnipresente.

Con esto no intento expresar que la masonería propicie dichos meta-símbolos, ni mucho menos, sino que, dichos símbolos, poseen una carga numérica ancestral, que nos trasciende a todos, y que la masonería lo utiliza a los primeros (no a los numéricos) para representar al Hombre Verdadero, de Buenas Costumbres, de intachable Moral y Ética, estudioso, alejado del simplismo y de las banalidades provenientes desde una capa de una sociedad de gran envergadura, la cual devora a la sociedad compuesta por una minoría, esa misma que desea escapar de la primera, pero que esta logra devolver de nuevo a muchos que son débiles de carácter, hacia el mundo del simplismo y de las bajezas morales y éticas que todos conocemos; mientras que, quizás, otra institución, diferente a la masonería, pueda llegar a utilizar el mismo símbolo, para otros fines arquetípicos.

La sociedad actual, la dominada por poderosos egos provenientes desde una mercadotécnia deshumanizada, destinada a exaltar a los simios y a los reptiles que portamos dentro (aquellos egos), y a reprimir al Homo Sapiens Sapiens, no puede mejorarse a si misma, y arrastra consigo, a los que lo intentan, pero su pobre carácter, los termina devolviendo al seno de dicha sociedad light, infantilizada, que no piensa y que desea ser eternamente feliz; porque el Hombre que piensa, consume mucho menos que el Hombre que NO piensa, ese que se encuentra bajo los influjos de aquellos egos.

Quien no hace suyos, por medio de un gran carácter, a estos símbolos (y no tanto a los meta-símbolos, como los números descritos sobre la imagen, si bien no dejan de ser esclarecedores), podrá elevarse, podrá ser mas consciente, pero eso tiene el gran costo de la soledad, por pasar a ser parte de una minoría desperdigada por diferentes puntos del planeta Tierra. Pero la soledad, nos hace ver cosas que otros no, nos hace sentir cosas que la mayoría no lo siente, el sufrimiento proveniente desde la soledad, nos hace avanzar hacia una nueva etapa evolutiva de nuestro largo proceso de individuación. Quien huye del sufrimiento y se atrinchera en el ámbito infantilizado de lo paterno/materno, jamás se convertirá en un individuo, y jamás se elevará, y jamás será consciente de la Verdad Inocultable, jamás será espectador en primera fila de aquello que llamamos, la Verdad Primordial que cada uno de nosotros debemos descubrir en nuestro interior, verdad que lo espera a cada rincón del proceso de auto-evolución personal.

Nelson J. Ressio.


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01/12/2017


Explorando las profundidades de la psique humana y las complejas interacciones entre virtud y sombra, la imagen precedente, nos sumerge en un fascinante laberinto de pareidolia y reflexiones existenciales. A través de un lenguaje intenso y evocador, se plantea la familiaridad inquietante de unas manos y cómo estas representan tanto la conexión con lo conocido como la amenaza para aquellos que carecen de virtud. En este texto, nos adentraremos en un viaje de introspección y análisis, donde la sabiduría, la ética y la moral se entrelazan con las sombras de la mente, revelando intrigantes paradojas y revelaciones inesperadas.

La fascinación por las manos y su poder evocador es un fenómeno que ha intrigado a la humanidad desde tiempos inmemoriales. En la obra anterior, se plantea la sensación de familiaridad que pueden generar estas extremidades, aunque de manera irracional. Es interesante observar cómo nuestra mente, llena de sombras y divagaciones, puede desencadenar pareidolia, llevándonos a encontrar patrones y reconocer familiaridad en lugares inesperados. Es como si nuestras psiques atormentadas buscaran constantemente significado y conexión en el mundo a nuestro alrededor. Sin embargo, hay una dicotomía evidente entre aquellos que poseen una moral, ética y sabiduría elevadas, y aquellos que carecen de estas virtudes. En la imagen que se plantea, esas manos familiares parecen no comprender los valores y perspectivas sabias, e incluso llegan a actuar en contra de ellos. Surge entonces la paradoja de que incluso siendo la encarnación de la moralidad, la ética y la sabiduría, uno puede convertirse en una amenaza para aquellos que carecen de estas virtudes. Aquellos que se sienten amenazados buscarán destruir al individuo sin que la culpa pese en sus conciencias, aunque la culpa esté presente, latente y reprimida en lo más profundo de su inconsciente. Este proceso de destrucción puede ser comparado con la acción sigilosa de una araña que, poco a poco, succiona los jugos internos y putrefactos de sus víctimas. Curiosamente, aquellos que actúan como victimarios terminan siendo también víctimas de sí mismos. Las balas que se arrojan hacia el objetivo finalmente se estrellan contra un espejo de hierro, reflejando la realidad de su propia culpabilidad.

La imagen nos invita a reflexionar sobre la complejidad de las interacciones humanas y las sutilezas del comportamiento humano. Nos muestra cómo las percepciones subjetivas pueden influir en nuestras relaciones con los demás, generando un constante juego de pareidolia psicológica. Además, nos revela la paradoja de que incluso aquellos que encarnan la virtud y la sabiduría pueden ser considerados una amenaza para aquellos que carecen de estas cualidades. En definitiva, la reflexión y la introspección son fundamentales para comprender la complejidad de nuestras propias psiques y las dinámicas que se establecen en nuestras interacciones sociales. No podemos ignorar las sombras que habitan en lo más profundo de nuestra mente y, al mismo tiempo, reconocer que la virtud y la sabiduría pueden convertirse en armas poderosas en el juego de la vida.

Como afirmó Carl Jung, "quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta". Por lo tanto, es importante explorar nuestras sombras y comprender cómo nuestras propias acciones pueden influir en los demás, incluso cuando estamos convencidos de que nuestro camino está guiado por la moral, la ética y la sabiduría. Solo a través de esta conciencia y aceptación de la complejidad humana podremos navegar por las turbulentas aguas de las relaciones humanas con mayor claridad y compasión.

En un fascinante y profundo recorrido por la psicología humana, la imagen de arriba nos invita a reflexionar sobre la complejidad de nuestras interacciones y la importancia de la introspección. A través de metáforas poéticas y un estilo enigmático, se nos revela la paradoja de cómo la virtud puede convertirse en amenaza y cómo nuestras acciones tienen repercusiones en los demás. En última instancia, esa imagen nos impulsa a explorar nuestras sombras internas y a cultivar una comprensión más profunda de nuestra propia humanidad, con la esperanza de establecer relaciones basadas en la empatía y la compasión.


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05/10/2017


En función de las preguntas detalladas en el título, es menester, -como a todos los temas-, que debamos abordarlos desde una perspectiva antropológica, al menos, en este caso, desde la perspectiva que a mi juicio le atañe. Primero que nada, un matrimonio (o pareja) que sabe mantenerse cohesionado, mientras crían a sus hijos, es fundamental, porque el varón debe cumplir el rol del macho y la mujer el de la hembra, hablando en términos evolutivos, tal como lo expresé al principio. El hombre debería seguir siendo hombre, con sus genes del macho homínido intactos, mientras que la mujer debería seguir siendo mujer, con sus genes de hembra homínido. Tanto el hombre como la mujer, no deben transgredir el límite evolutivo de su contraparte. Esto es necesario que suceda, para una pareja con niños, porque la madre transfiere el sello evolutivo de su inconsciente colectivo denominado Ánima, sobre el inconsciente de su hijo varón, si lo tuviera; y el hombre transfiere el sello evolutivo de su inconsciente colectivo masculino (el macho ancestral homínido) denominado Ánimus, y que se lo imprimirá en el inconsciente de su hija mujer, si la tuviera; ambos conceptos, Ánima y Ánimus, aceptados por Jung y Freud, pero más por Carl Jung, son ambos, conceptos esenciales para lograr transformar a nuestros hijos en individuos hechos y derechos, y tal proceso se denomina Individuación, lo cual, como sabemos, se constituye como una separación psíquica (que en algún momento de la vida, dicha separación, se debe convertir en física) separaciones estas, que logran sus hijos, con respecto a sus padres. De allí que, el hijo que nunca pudo individuar, ya sea un varón o una mujer, nunca logrará la separación psicológica, y por ende, la tan necesaria separación o alejamiento físico, como por ejemplo, mediante el casamiento y posterior alejamiento normal de sus respectivos padres, por parte de aquellos niños que han llegado a la edad adulta. Todos conocemos ejemplos de este tipo, ya que muchos adultos actuales siguen siendo “nenes o nenas de mamá o papá”, y por ende, los conflictos en sus vidas personales que esto acarrea, son muy bien conocidos, por el hecho de no llegar a individuar.

Pero los hijos que logran llegar a individuar, quiere decir que el padre cumplió con su rol de hombre/macho/homínido, mientras que la madre cumplió con el mismo rol evolutivo para la hembra/homínido. Los problemas, como decía antes, comienzan cuando los roles de los padres se tienden a entrecruzar, es decir, a que, por algún motivo “x” de la vida moderna, el padre se vuelva más pasivo, mientras que la madre, por el mismo motivo “x” que atañe a ambos padres, se vuelva más activa, y los roles cambien. O bien, puede que no hubiera diferencia en los roles, o que el rol del padre se vuelva al extremo máximo de su esencia, mientras que el rol de la madre se torne al extremo mínimo de su esencia, y con esto vienen la dominación y la violencia familiar del padre a la madre y a sus propios hijos, o bien, lo mismo que lo inmediato anterior, pero al revés, la madre se convierta en la extrema poderosa y "maltratadora" de los demás integrantes familiares. Esta variedad de comportamientos humanos, las más comunes son las primeras y no las últimas, quiero creerlo, es decir, cuando el hombre cumple su propia parte con respecto al Ánimus, y la mujer la suya con respecto al Ánima, es decir que, ninguno de los dos transgreda los límites evolutivos del otro.

Pero, llegamos a la modernidad, al “progreso”, que ha determinado un atraso en cuanto a todo lo anterior, y el ser humano está modificando sus mismas bases evolutivas y de Selección Natural. Los adultos actuales están surcando un período de infantilización, mientras los hijos de esos padres (o los alumnos de esos profesores) sufren el deterioro psicológico y cognitivo fenomenal, ocasionando lo que yo denomino hace tiempo como, Regresión Evolutiva, en varios de mis artículos en mi web www.erminauta.com. Los niños actuales, con Ánimas y Ánimus, que son muy débiles, porque también se encuentran en etapas infantiles, ocasionarán, creo yo, que ningún niño, hijo de adultos infantilizados, logren la individuación, y por ende, al momento de que los hijos de estos, formen una familia nueva, la ruptura matrimonial, estará servida a la mesa, y por ende, los nuevos niños, la tercera generación, carecerán totalmente de Ánima y Ánimus, y se acentuará más la regresión evolutiva. Ahora bien, ¿qué provoca que esto suceda? Y desde mi punto de vista, la culpa directa de todo esto, es lo que yo llamo, la máquina exaltadora de egos, y que es la Mercadotecnia, o el Marketing actual, el cual está destinado, en pocas y simples palabras, a exaltar, a los homínidos o primates, y a minimizar al Homo Sapiens Sapiens (Egos y Ser humano respectivamente), por lo tanto, el actual bombardeo mediático producto del marketing, está convirtiendo al ser humano, en un Simio, por la evidente Regresión Evolutiva que están causando, en nombre de vender mas y mas productos, con atractivos colores, olores, formas, etc., todo ello que exalta a los egos y reprime al Sapiens.

Entonces, la Institución Familiar que debería estar en una espiral ascendente, es una familia en donde los padres tengan el control, y que además, ninguno de los padres sobrepase el límite de cada cual, y que por su parte, el padre se dedique a fortalecer el Ánimus de la hija, si la tuviera, y la madre, a fortalecer el Ánima de su hijo varón, si lo tuviera, para que el ser humano, siga evolucionando, siga en una curva ascendente, en una constante retroalimentación de Anima hacia un nuevo y futuro Ánimus individuado y luego el Ánimus hacia una nueva y futura Ánima Individuada, y estos nuevos individuos, comenzarán de nuevo el ciclo, y la humanidad por completo, regresará a la senda evolutiva. Pero mientras el marketing deshumanizado que actualmente rige nuestra economía global siga de esta manera, continuaremos en una espiral descendente, y una nueva especie tomará el control algún día, quién sabe, quizás, ¿los Bonobos?
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05/08/2017


A veces, saber redirigir el tiempo de todo lo que nos mantiene en un estado "zombinolento", hacia todo lo que nos despierta, y hacia lo que creo yo, que es lo mas importante, es justo allí en donde se genera un cambio, y luego, a partir de donde salen las ideas fluyendo hacia todos los rincones del pensamiento; y cualquier persona de este mundo puede superarse mil veces a si misma, y hasta una ejemplificadora y constructiva superación a los demás también. Pero, el problema es que, no todos cambian el foco, el del mundo de los zombies hacia el del mundo del intelecto. Lo primero te pone en una efímera y apócrifa situación de llegar a creer que has conseguido la felicidad, pero ese estado, es un estado de felicidad superficial, mientras que lo segundo conlleva y demanda un gran esfuerzo de nuestra parte, y a veces, hasta sufrimiento, pero la recompensa es impagable, no por las reacciones de los demás hacia uno, sino que, por la manera en como uno se fortalece espiritualmente, y sin olvidar en la maduración del carácter. Al espíritu y al carácter lo moldeamos con sabiduría y con perseverancia, virtudes que el estado "zombinolento" te borra de cuajo. Mi lucha, está destinada a elevar y a fortalecer mi espíritu y mi carácter, por medio del intelecto, la sabiduría, el uso de las inteligencias múltiples, es decir, el poder hacer muchas cosas que son del ámbito multidisciplinario, una especie de polímata; pero, esto no es potestad de unos pocos, debido a que, creo firmemente de que todo el mundo puede hacer todo lo que se proponga, pero el problema es el saber responder las siguientes cuestiones: ¿está el ser humano dispuesto a hacer el cambio de un estado a otro? ¿está dispuesto a tirar la TV, la farándula, la radio, etc., y a comenzar leer un libro por semana, al menos? ¿Hay tiempo? Si, hay tiempo, pero este es otro problema, porque no se sabe utilizar el tiempo para el bienestar espiritual y para el bien de la inteligencia, debido a que, el ego es mas fuerte que el Sapiens, ya que el mundo de hoy, es un mundo en donde la mercadotecnia está destinada a exaltar nuestros mas bajos instintos, y cuando nuestros mas bajos instintos nos dominan, ellos nos apresan por completo hasta el punto tal, de ser muy difícil escapar, porque el ego, pide recompensas a cambio de nada, porque el ego exaltado en una persona, está mas cerca del mundo animal, mientras que el ego reprimido, por la voluntad, el trabajo constante sobre uno mismo y la sabiduría, etc., está mas cerca del Homo Sapiens Sapiens. Por desgracias, el problema es que pocas personas son las que elijen en qué "tipo de tiempo" colocar sus energías transformadoras, si en el tiempo de la recompensa hacia el ego, o en el tiempo que le juega en contra del ego (espiritualidad, exaltar el intelecto, estudio, etc.), pero hacerle la contra al ego, es hacerle la contra al animal que llevamos dentro, y dicho animal, nos da batalla, se defiende y nos hace sufrir, para que le sigamos prestando atención; pero hay algo que derrota al ego, y que es la voluntad en conjunto con la persistencia hacia nuestro objetivo, hasta que llegará un día, en que el ego, será débil, y el Homo Sapiens Sapiens, un ser fuerte, muy poderoso, y el ego no tendrá mas cabida en nuestra vida. Allí, en ese momento, nos habremos elevado y alejado desde el mundo animal, dejaremos de arrastrarnos o caminar, para pasar a volar; pero, mientras lo anterior no suceda, seguiremos siendo animales dominados por los egos, y apresados por el mundo de las apariencias, por los colores, sabores, aromas, formas, brillos, valores y otras cosas que exaltan al ego en su esencia mas profunda. Así que, que todos tenemos dones, solo que algunos ni siquiera intentan buscarlos, otros los buscan, se cansan y luego abandonan la búsqueda, y otros siguen adelante, aunque se sufra en el intento.

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27/04/2017


Uno de los mejores indicios que se te manifiestan al instante de haber elevado tu conciencia, es en el momento justo, en el que tus relaciones interpersonales comienzan a cambiar. Se acercan los ascendidos, y se alejan, los que todavía continúan en su tumba invisible, aunque estos últimos, continúen al acecho, cuales zombies, pero detrás de una gruesa cortina de envidia fulminante, esa envidia que los mantiene inmóviles dentro de sus Sarcófagos de Putrefacción.

Todo tiene un precio, y la elevación de tu conciencia no queda ajena a pasarte una gran factura, ya que, al elevarte, habrás podido domesticar al animal evolutivo que todos portamos dentro, pero el precio que deberás pagar, es muy alto, aunque, a la par, extremadamente redituable, en cuanto a relaciones interpersonales me refiero, por lo que, deberás aprender primero a vivir esta nueva vida con todas tus fuerzas psíquicas superiores, debido a que, habrás logrado lo que la mayoría no puede, pero la realidad es que, puede, pero no quiere, al menos por el momento, y que es, salirte de tu viejo estado, ese estado que se hallaba repleto de comodidades, de individualismo, de egos retorcidos, de materialismo, de dogmatismo, de envidias infundadas y de una inaceptable pereza estructural. Pero el salirse del viejo estado, para ingresar al nuevo, además de constituirse como un arduo trabajo sobre uno mismo, es también, un gran camino repleto de asperezas, de sufrimientos, porque estarás dejando atrás, una “vida vieja” con todo lo que dicha vida contenía, como por ejemplo, personas, cosas y eventos. Se irán de tu lado algunos “amigos”, algunos familiares se distanciarán, es decir, cualquier persona que estaba junto a ti, en tu “vida vieja”, y si bien no los estarás dejando tu, todo lo contrario, serán ellos los que te estarán dejando a ti, porque, al momento de que ingreses a tu “vida nueva”, ellos verán que te habrás convertido en un “extraño”, en otra persona, partiendo desde sus puntos de vista por supuesto, pero lo bueno es que esto es así, ellos tendrán toda la razón, ¡toda la razón!, porque, efectivamente, te habrás convertido en otra persona, como consecuencia de la apropiada elevación de tu conciencia, de esos actos magnánimos de sucesivas y crecientes revelaciones, con lo cual, a medida que seas consciente de mas y mas revelaciones, comenzarás a mirar al mundo que te rodea, con otros ojos, con tus ojos nuevos. Bien dice la frase: “No hay peor ciego que quien no quiere ver”. Y sino encajas con lo que dicta la mayoría, no eres parte de la mayoría, algo que te alejará, de cuajo, de muchas relaciones, hasta podrías perder trabajos y hasta se te será muy difícil encontrar nuevos, por mas que tu sapienza vaya más allá de donde nadie ha ido aún, no importará todo ello, porque la “vida nueva” es tormentosa, vida aquella, que impulsa nuevos vientos, pero que la mayoría de ellos, serán de frente, porque a cada momento, intentarán detenerte, e incluso, hacerte retroceder, hasta el punto tal, de hacerte retornar al calmo y cómodo lugar desde el cual partiste, ese lugar llamado: “vida vieja”.

La “vida nueva” te pondrá a prueba, y lo hará todo el tiempo, hasta que tu psique se percate del porqué y el para qué, lo hace. Pues, deberás desplegar tus velas de tal inteligente manera, de tal modo que, por más vientos que golpeen tu Proa, siempre estarás seguro de que seguirás yendo en la dirección correcta, ¡hacia adelante!, aunque hagas zig zags en el andar, pero siempre hacia adelante, hacia la “vida nueva”. Pero, deberás saber, como he dicho antes, que si, desde donde partiste, existían incontables personas a tu lado, en el destino al que arribes, las personas que estarán a tu lado, serán ínfimas, casi nada, desde la perspectiva de tu “vida vieja”, pero con la diferencia de que, dichas personas, serán muy valiosas para ti, como lo deberás ser tú para con cada uno de ellos.

Este cambio de vidas, este decir adiós, y al mismo tiempo, decir hola, es un proceso largo y doloroso, pero un proceso inevitable para quienes comprenden el verdadero secreto de la evolución humana, secreto este, que tiene el maravilloso afán de tornarse diferente para cada una de las mentes que logren descubrirlo. Sin embargo, debes estar muy preparado, porque la “vieja vida” tiene mucho poder para retenerte y para devolverte al tenebroso lugar, en donde, por desgracias, aún la mayoría allí vive, y su poder de convencerte y de retenerte, es tan grande, como tantas personas existan allí dentro, y es por ello que, el nivel de tu determinación, de tu voluntad y de tu intuición, se constituirá como tu poder interno destinado a llevarte directamente hacia la “nueva vida”, o bien, como tu poder interno que haga sucumbir tu ser, a la tiranía de la “vieja vida”. Estos dos poderes, inherentes a cada ser humano sobre este planeta, y por ende, dentro tuyo, tanto el que utilices para enaltecer tu conciencia, o, tanto el que te bases para mantenerte en una vida repleta de sombras en la pared, ambos poderes, son acreedores de una base psicológica de gran energía, pero la diferencia entre ambos, se encuentra en que, los primeros poderes te elevarán y los segundos te hundirán, en que, los primeros te harán sufrir y los segundos te pondrán muy cómodo y con una felicidad sostenida con hilos de algodón, en que, los primeros poderes te quitarán muchas e incorrectas compañías y los segundos te las mantendrán, en que, los primeros te llevarán a una “vida nueva” y los segundos poderes te retendrán en la “vieja vida”.

Tu decides en que poder colocarás el destino de tu vida, y el de tu entorno, el poder que te hace sufrir, y mucho, pero es el mismo poder que luego te liberará, tanto a ti, como a los que tu intentes liberar; o bien, el poder que no te hace sufrir, que te mantiene cómodo, efímeramente cómodo, pero, apresado dentro de una cárcel rodeada de “franqueables” barrotes de inconsciencias, y apresando a los demás contigo.

¿Cual de los dos poderes eliges?


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