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06/01/2026


La obra de Leonardo Da Vinci es mucho más que una colección de pinturas y esbozos: es un libro abierto de enigmas, un texto visual que circunda por sobre los límites de la percepción humana, y una invitación a explorar lo invisible detrás de lo visible, por lo que, cuando me sumergí en esta reflexión, no lo hice como un espectador curioso, sino como alguien que ha buscado, a lo largo de mi vida —en la programación, en la música, en la escritura y en la contemplación espiritual—, patrones ocultos que revelen una armonía profunda en el universo.

Leonardo (1452 – 1519) no fue simplemente un artista del Renacimiento: fue un intelecto sintético, un 'pontifex' entre ciencia y misticismo, entre proporción matemática y experiencia humana. Sus obras —especialmente aquellas como La Última Cena— contienen vehículos simbólicos que, bien interpretados, nos llevan más allá de lo literal hacia un reino en donde el significado se aprende con los ojos del corazón y no solo con los del intelecto.

La Última Cena: más que una representación bíblica

Cuando contemplé La Última Cena, lo que primero me llamó la atención no fue su perfección estética, sino la ausencia del vino, ese símbolo esencial del Evangelio que representa la sangre redentora de Jesús. Este detalle, aparentemente menor, abre una puerta que nos dice: esto no es solo una escena sagrada, es un mensaje codificado.

Leonardo no pintó simplemente lo que se esperaba. Incorporó, deliberadamente, una serie de elementos que parecen subvertir la narrativa ortodoxa: desde la forma en que Juan es representado —quizá más femenino de lo que la tradición sugiere— hasta la presencia enigmática de manos y gestos que no coinciden con las descripciones canónicas del texto bíblico.

Aquí surge una pregunta que para mí es fundamental: ¿Qué quiere decirnos Leonardo con esta composición aparentemente herética? ¿Está cuestionando, desafiando, o llevando a quien observa hacia otra comprensión más profunda del misterio cristiano y de la naturaleza humana?

Símbolos, números y proporciones: la Geometría Sagrada como lenguaje

Leonardo veía la proporción como un código —como una música visual— que conecta la forma con el espíritu. No se limitó a retratar figuras humanas con fidelidad anatómica; las integró en un sistema donde la geometría sagrada se convierte en lenguaje universal.

Un ejemplo claro de esta filosofía se encuentra en su esquemático Hombre de Vitruvio, donde cuerpo, círculo y cuadrado se entremezclan entre sí como símbolos de lo divino y lo terrenal. Según algunos intérpretes, incluso los números que aparecen (por ejemplo, 126, 14, 9), tienen lecturas simbólicas profundas que aluden a la unidad total del ser humano —su cuerpo, su alma y su relación con el cosmos—.

Esta especie de aritmética mística no es nueva. Platón, Pitágoras y los antiguos herméticos ya habían propuesto que los números no son meros cuantificadores sino portales de significado, capaces de revelar la estructura íntima del universo. Leonardo estudió estos preceptos con todo su intelecto y los integró en su obra, no como curiosidades exóticas, sino como códigos vivos que hablan de la relación entre el hombre, la naturaleza y el orden profundo de las cosas.

Más allá de la Imagen: comprender el lenguaje y el código de Da Vinci

Si algo nos enseña Leonardo es que la verdadera comprensión del arte no se logra solo con los ojos; se requiere de una intuición entrenada y de una disposición interna a aceptar que el mundo visible es sólo la sombra de lo real.

Esto tiene un paralelo claro conmigo: al programar, escribir o componer música, nunca se trata únicamente de las palabras o de las notas. Lo que yo busco —como tú, querido lector, cuando te sumerges en mis textos— es lo que vibra detrás de la forma. Cada frase, cada gesto de pincel o trazo numérico en Leonardo no es un accidente, sino una invitación a mirar con reverencia y profundidad.

Un fragmento famoso de Leonardo ilustra esto: “La pintura es cosa mental” (cosa mentale), sugiriendo que una obra de arte solo cumple su propósito cuando se convierte en una experiencia dentro de la mente del observador.

Leonardo nos enseña que el arte puede ser un mapa del alma. Sus obras, aparentemente sencillas o incluso religiosas en apariencia, esconden capas de significado que requieren un acto de valentía interior para ser descifradas.

Mi experiencia al escribir este artículo no fue la de interpretar desde la distancia, sino la de reencontrar un espejo arcaico de mi propia búsqueda: una forma de ver el mundo que combina lógica con intuición, ciencia con mística, proporción con poesía. Leonardo no fue solo un maestro del Renacimiento sino una línea continua en la historia del pensamiento simbólico universal.

El lenguaje velado: herejía, conocimiento y silencio en la obra de Leonardo

Hubo un momento, mientras releía mis propias reflexiones sobre Leonardo, en el que comprendí algo esencial: el verdadero código no está en la pintura, sino en el silencio que la rodea. No en lo que se muestra, sino en lo que se omite con una intención casi perfecta. Leonardo sabía —como saben quienes han transitado senderos de conocimiento no autorizado— que hay verdades que no sobreviven a la exposición directa. Deben ser insinuadas, sembradas como semillas en terreno fértil, esperando a que la conciencia del observador esté preparada para hacerlas germinar.

En ese aspecto, Leonardo no fue un hereje en el sentido vulgar del término. Fue algo más peligroso y, a la vez, más luminoso: un custodio del conocimiento. Alguien que comprendió que la verdad desnuda puede destruir tanto como iluminar. Por eso su obra no grita, no denuncia, no proclama; es un susurro visual adaptable a los ojos de cada persona que la mira. Y en ese susurro hay siglos de tradición hermética, pitagórica, neoplatónica y —me atrevo a decirlo sin rodeos— iniciática.

La herejía como acto de lucidez

La palabra herejía proviene del griego hairesis, que significa “elección”. No era, en su origen, un insulto, sino una declaración de libertad intelectual. El hereje no es quien niega por capricho, sino quien elige pensar por sí mismo. Leonardo encarnó esta herejía primigenia con una naturalidad asombrosa, no desde la confrontación directa con la Iglesia, sino desde una distancia elegante, casi imperceptible a simple vista.

Cuando observo La Última Cena bajo esta luz, ya no veo una provocación, sino una reformulación silenciosa del relato sagrado. La ausencia del cáliz, la ambigüedad del personaje a la derecha de Jesús, las manos que no encuentran un cuerpo al que pertenecer, las líneas de tensión que atraviesan la mesa como vectores invisibles… todo ello configura una narración alternativa, una lectura que no niega lo espiritual, sino que lo desinstitucionaliza, lo separa de un determinado dogma religioso.

Aquí es donde siento una afinidad profunda con Leonardo. Porque en mi propio recorrido —intelectual, espiritual y creativo— siempre he sospechado de las verdades servidas ya masticadas. No por rebeldía adolescente, sino por respeto al misterio. El misterio no se consume: se contempla.

El gesto, la mano y la palabra no dicha

En la obra de Leonardo, las manos hablan tanto como los rostros. A veces más. Una mano mal ubicada, un dedo señalando el vacío, un gesto interrumpido… todo ello constituye un alfabeto corporal que reemplaza a la palabra escrita. Leonardo entendía que el cuerpo es un texto antiguo, anterior al lenguaje articulado, y que allí se esconden verdades que la censura no puede controlar.

Pienso, por ejemplo, en ese dedo que apunta hacia lo alto —recurrente en su obra—, un gesto que remite inevitablemente a lo trascendente, pero no desde el dogma, sino desde la experiencia directa. “No mires aquí —parece decir—, mira más arriba, o más adentro”. Ese gesto es una invitación, no una orden. Y eso lo cambia todo.

Marsilio Ficino, uno de los grandes neoplatónicos del Renacimiento, escribió:

“El alma recuerda lo que el intelecto aún no comprende.”

Leonardo pintaba para esa memoria del alma. Para ese saber anterior a la razón, pero no necesariamente opuesto a ella.

Ciencia y espíritu: la falsa oposición

Uno de los errores más persistentes de la modernidad es haber separado la ciencia del espíritu, como si fueran dominios irreconciliables. Leonardo jamás cayó en esa trampa. Para él, diseccionar un cadáver y estudiar el flujo del agua eran actos tan sagrados como pintar un rostro o trazar una espiral.

En esto me siento profundamente reflejado. Como programador, como músico, como escritor, siempre he visto en los sistemas —sean informáticos, musicales o simbólicos— una lógica que roza lo sagrado. El código, en cualquiera de sus formas, no es frío: es una expresión de orden, y el orden, cuando es auténtico, roza lo divino... cómo que lo divino fuese, nada más y nada menos, que la Entropia, y que comúnmente es mal entendida o semánticamente escurridiza a la comprensión humana.

Leonardo no buscaba destruir la fe; buscaba liberarla de la superstición. No negaba a Dios; lo buscaba fuera de las jaulas conceptuales. Por eso su Dios no es antropomórfico, no castiga ni recompensa: se manifiesta en la proporción, en la dinámica, en la vida misma.

El secreto no es lo oculto, sino lo inefable

Hay quienes buscan en la obra de Leonardo conspiraciones, sociedades secretas, mensajes cifrados al estilo de un rompecabezas policial. Yo creo que esa lectura es superficial. El verdadero secreto no es algo que pueda resolverse con ingenio, sino algo que se reconoce cuando uno está preparado.

El secreto, en Leonardo, no es información: es transformación. No se trata de “saber algo más”, sino de ser algo distinto después de mirar. Por eso sus obras siguen incomodando, siglos después porque no ofrecen respuestas tranquilizadoras, sino preguntas que erosionan las certezas.

Plotino lo expresó, a mí juicio, con aguda certeza:

“El conocimiento verdadero no es ver algo, sino convertirse en ello.”

Leonardo pintaba desde ese lugar. Y escribir sobre él, para mí, no es un ejercicio académico, sino una forma de continuar ese diálogo silencioso entre conciencias separadas por el tiempo, pero unidas por una misma intuición: la verdad no se impone, se revela.

El hombre total y el espejo del tiempo: Leonardo como arquetipo vivo

Hay un punto —inevitable, silencioso, preciso— en el que uno deja de estudiar a Leonardo y comienza a reconocerse en él. No como genio inalcanzable, no como mito petrificado por los manuales de historia, sino como un ser humano atravesado por la misma tensión que aún hoy nos desvela: la de querer comprenderlo todo sin traicionar el misterio.

En ese punto exacto comprendí que Leonardo no es solo una figura del Renacimiento. Es un arquetipo activo, una forma de conciencia que reaparece cada vez que alguien se rehúsa a fragmentarse. Cada vez que alguien decide no elegir entre razón y espíritu, entre arte y ciencia, entre precisión y poesía. Leonardo no pertenece al pasado; opera en presente continuo.

Y allí, sin buscarlo, me encontré a mí mismo... otra vez.

Vivimos en una época que divide, clasifica y compartimenta. Se nos pide que seamos una cosa u otra. Programador o artista. Científico o místico. Técnico o poeta. Leonardo fue, en esencia, una negación viviente de esa disyuntiva.

No integraba disciplinas por eclecticismo, sino por coherencia interna. Porque sabía —como intuía Aristóteles— que “el todo es más que la suma de las partes”. Separar era empobrecer; unir era comprender.

En mi propio recorrido vital, esta intuición siempre estuvo presente, incluso antes de tener palabras para nombrarla. Al escribir, al componer, al programar, al pensar símbolos, siempre sentí que estaba haciendo lo mismo con distintos lenguajes. Cambia la sintaxis, sí. Cambia el soporte, pero la búsqueda es una sola.

Leonardo lo introyectó con una claridad casi dolorosa: el ser humano no está hecho para vivir en compartimentos estancos; está hecho para resonar.

El Código Final: la conciencia que observa

Si tuviera que nombrar el último código de Leonardo —el que no está pintado, ni escrito, ni escondido— diría que es este: la conciencia del observador. Nada en su obra se activa si quien mira no participa. Sus pinturas no funcionan como mensajes cerrados, sino como sistemas abiertos. Leonardo no entrega significado; lo provoca.

En esto hay una ética profunda; no manipula, no adoctrina, no conduce, simplemente dispone las condiciones para que algo ocurra. Como un buen maestro. Como un verdadero iniciado.

Heráclito lo expresó de manera casi inmejorable:

“El señor cuyo oráculo está en Delfos no dice ni oculta: señala.”

Leonardo señala, y al hacerlo, nos devuelve la responsabilidad de mirar.

El tiempo como espiral, no como líneal

Uno de los grandes malentendidos modernos es concebir el tiempo como una flecha recta. Leonardo pensaba —y vivía— el tiempo como espiral. Por eso su obra no envejece. Por eso vuelve. Por eso insiste.

Cada generación que lo observa descubre algo distinto, no porque la obra cambie, sino porque el observador sí lo hace.

Este artículo mismo es prueba de ello. No lo estaría escribiendo así hace veinte años. Y no lo escribiría igual dentro de otros veinte. Leonardo no se agota porque dialoga con lo que somos en cada etapa.

San Agustín escribió:

“No busques fuera; vuelve a ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad.”

Leonardo tuvo esto muy en cuenta antes de que la psicología, la neurociencia o la filosofía moderna pusieran nombre a esa intuición. Y por eso su legado no es un conjunto de respuestas, sino una estructura de preguntas.

El último pliegue: lo que no puede escribirse

Llegados a este punto, hay algo que no puede desarrollarse más sin traicionarse. Porque el último pliegue del código no admite explicación. Solo experiencia.

Leonardo no quiso ser comprendido del todo. Y eso no es soberbia; es sabiduría. Sabía que hay umbrales que solo pueden cruzarse en soledad interior. Que ningún texto, ningún símbolo, ningún maestro puede hacer ese trabajo por nosotros.

Este es el punto donde el artículo termina… y la lectura verdadera comienza.

Porque si algo he aprendido al recorrer su obra, y al escribir desde mí mismo sobre ella, es esto: el conocimiento que no transforma, no es conocimiento, sino que es acumulación, es ruido, es ornamento y Leonardo no nos legó ornamentos; nos dejó espejos.
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02/12/2025

Hay momentos, en que el presente pareciera manifestarse como una candela autosuficiente, como si bastara con enunciar que “estamos aquí” para justificar la totalidad del sentido. Sin embargo, a medida que voy recorriendo ese mismo presente con la mirada abierta —esa mirada que uno pule a fuerza de exploración interior— advierto que el “aquí-ahora” sólo se sostiene si tiene raíces en una interioridad trabajada, viva, despierta. Sin ese sostén silencioso, el tiempo que habitamos se vuelve un escenario frágil, un temblor que podría desmoronarse ante la mínima distracción de la conciencia. Y aunque intento no ceder al pesimismo fácil, a veces me cruzan dudas que no provienen de elucubraciones casuales, sino de años observando al ser humano, incluyéndome por supuesto, en cuanto a nuestro devenir, nuestras luces y nuestros abandonos.

Porque lo cierto es que algo se ha debilitado en la humanidad: ese impulso original de girar la mirada hacia dentro, ese antiguo gesto que antaño era la columna vertebral de civilizaciones enteras y hoy parece diluirse en la saturación de superficialidades. Lo noté con claridad al leer ciertos pasajes de Plotino y recordar cómo él insistía en que “el alma debe regresar a sí misma para conocer su propia altura”. Y es justamente eso lo que veo menguar: el retorno al sí-mismo, la decisión firme de descender a las raíces del propio ser. Sin esa práctica, sin ese hábito milenario de confrontarse con el propio interior, aparece en mí una inquietud legítima: ¿qué clase de humanidad estamos forjando si cada vez menos personas sostienen esa disciplina ontológica que garantiza el progreso, la ética y la lucidez colectiva? Y me sigo preguntando entonces, si no estaremos caminando hacia un porvenir donde los seres humanos, sin ese eje interno, nos volvamos apenas reflejos rotos de un Yo que nunca llegaron a conocer. Y cuando esa pregunta es respondida, surge otra: ¿quién nos cuidará de nuestra propia deriva? En ese punto, mi respuesta interna —la respuesta que surge desde la integración de mis lecturas, mis caminos simbólicos, mis prácticas creativas y mi propia historia— encuentra un asidero particular en aquellas instituciones que han atravesado siglos y continúan ahí, como guardianas que sostienen saberes estructurales sobre el alma, la ética, el símbolo y el sentido.

Lo he pensado muchas veces: quizás esas instituciones que sobreviven al paso del tiempo sean justamente las que puedan volver a enseñar a las personas a descender a su centro, como quien emprende un viaje hacia las capas más ocultas del magma interior. Julio Verne, en aquel viaje fabuloso que tanto nos inspiró de niños, hablaba de “bajar al corazón de la Tierra” como quien atraviesa puertas sucesivas del misterio. Y algo así, pero hacia adentro, es lo que cada individuo debería realizar: una travesía hacia la cámara más íntima de sí mismo, hacia ese punto de convergencia simbólica donde Jung situó la Rosa interior, la isla en medio del océano psíquico donde reside la identidad profunda. Y cuando pienso en esos símbolos —la Rosa, el centro, el descenso, la luz que brota desde el fondo de uno mismo— me doy cuenta de que no son metáforas aisladas; son herramientas arquetípicas, mapas interiores que se repiten en culturas separadas por siglos y geografías. Y siempre han cumplido la misma función: recordarnos que la individuación es un proceso que nadie puede hacer por nosotros, pero que muchos necesitan aprender de otros antes de poder hacerlo solos. Por eso creo que estas estructuras milenarias pueden —todavía— guiar a los seres humanos hacia ese retorno imprescindible al propio núcleo, evitando que nuestra especie quede a la intemperie espiritual, desprovista de dirección. Y en mi caso, nunca necesité, que esas instituciones me enseñaran el camino interno, porque desde niño seguí otros métodos, otros pasadizos, otros umbrales. Mis maestros fueron los libros —miles, literalmente— que fui devorando desde que alcancé las primeras letras. Cada uno me abrió puertas, me ofreció espejos, me entregó símbolos que aún hoy son inolvidables. Y en ese largo recorrido se sumaron mis propias disciplinas: la programación y las matemáticas, que entrenaron mi lógica; la música, que abrió espacios emotivos y vibracionales; la escritura, que me permitió convertir el pensamiento en forma; y la ciencia, que me ofreció un marco para ordenar mi visión del mundo. Todo eso construyó en mí una vasija capaz de contener y transformar conocimiento. Pero siempre me pregunto qué ocurre con quienes no entrenan esa vasija, con quienes no llenan su mente de conocimiento ni permiten que la creatividad fluya hacia afuera, hacia la realidad. ¿Cómo llegan al centro de sí mismos? ¿Cómo establecen ese diálogo interior que, para mí, nunca dejó de ser el eje de mi vida? En ellos pienso cuando confío, quizás con un dejo de esperanza obstinada, en que las instituciones que sobrevivieron a imperios, guerras y ciclos civilizatorios, puedan seguir enseñando el arte de la introspección, de la disciplina interior, del determinismo ético-ontológico, aun cuando muchos crean haberlo olvidado.

A veces me detengo a pensar en la magnitud de lo que implica mirar hacia dentro, no como un acto ocasional, sino como una práctica sostenida, metódica, casi ritual. Porque si hay algo que la época actual ha erosionado es justamente la constancia introspectiva. El ruido exterior se volvió una tormenta permanente, una marea que empuja a las personas lejos de su propio eje, lejos de ese recinto interno donde se procesa la experiencia, donde se comprende el sentido, donde el individuo nace verdaderamente. Y no puedo evitar sentir que, si esa tendencia continúa, la humanidad corre el riesgo de olvidar su propio lenguaje interior, del mismo modo que algunas civilizaciones perdieron la clave de sus jeroglíficos. Cuando esa pérdida ocurre, no desaparecen solo las palabras: desaparece también la memoria del espíritu que las pronunció.

En esos momentos, pienso en los antiguos filósofos griegos —en particular Heráclito— cuando hablaba del “logos interno”, el fuego invisible que ordena lo humano desde adentro. Aquellos hombres, aun sin la tecnología que hoy nos deslumbra, comprendían la importancia de la autorreflexión como pilar fundamental para la vida ética. Hoy, en cambio, el exceso de estímulos digitales parece haber apagado esa fogata íntima, y muchos caminan en piloto automático sin advertir la desconexión progresiva entre su actuar y su esencia. Y entonces, inevitablemente, vuelve la pregunta que me ronda hace años: ¿en qué nos convertimos cuando el puente entre el ser y el comprender se debilita hasta casi romperse? Por lo que, a medida que profundizo en esto, me doy cuenta de que la respuesta no es sencilla. Pero sí sé que esa brecha solo puede cerrarse mediante un retorno voluntario al propio núcleo. Ese retorno —ese descenso iniciático hacia el abismo interior donde uno se redefine— es lo que las viejas tradiciones siempre enseñaron bajo distintos nombres. Los alquimistas lo llamaban la obra al negro o Nigredo, la primera etapa en la que la materia prima del alma se disuelve en la oscuridad para ser reformada. Los místicos cristianos hablaban de la noche del espíritu, y los taoístas, del regreso al “valle interior”. Todos coincidían en un mismo punto: sin atravesar ese proceso no hay crecimiento, ni iluminación, ni estabilidad ética real.

Quizás por eso he insistido tantas veces, incluso en mis escritos, en la necesidad de que cada persona pueda detenerse, aunque sea por un instante, para observarse en profundidad. Porque quien no lo hace se queda sin brújula, sin centro, sin mapa. Y cuando un ser humano pierde su centro, deja de gravitar sobre sí mismo y pasa a gravitar sobre las fuerzas externas, que rara vez tienen la delicadeza de cuidar su integridad interior. De ahí nace mi inquietud por el porvenir de la especie cuando veo que cada generación parece practicar menos el arte del recogimiento interior. No es un temor apocalíptico de mi parte, sino una advertencia que surge de una observación prolongada, casi científica, de la condición humana.

Lo digo desde la humilde experiencia, porque toda mi vida fue, de una u otra forma, un laboratorio en donde puse a prueba mis límites internos. La lectura casi obsesiva desde la infancia, las noches en vela desarmando código, los años sumergido en la música, el esfuerzo silencioso de escribir libro tras libro, todo eso se convirtió en una especie de cartografía interior. Y cada vez que lograba comprender algo nuevo sobre mí mismo, aparecía también un puente para comprender mejor a los demás.

La introspección no solo revela a quien la practica; también ilumina el mundo que lo rodea. Quizás por eso siento que aquel determinismo ético-ontológico que menciono, no es una idea abstracta, sino una herramienta concreta que puede transformar sociedades enteras si se la enseña correctamente.

Ahora bien, cuando veo que muchos no cuentan con estas herramientas —ya sea por falta de guía, por apatía, o por simple desconocimiento— no pierdo la esperanza de que las instituciones antiguas sigan cumpliendo su papel. No me refiero a instituciones en el sentido burocrático, sino a aquellas estructuras que cargan sobre sí, miles de años de saber experiencial, simbólico, ritual. Ellas han preservado el arte de mirar hacia adentro incluso en épocas donde hacerlo era peligroso. Quizás sean, todavía hoy, las que pueden recordar a las masas que el viaje hacia el propio centro no es un lujo filosófico, sino una necesidad evolutiva.

Y vuelvo siempre, de manera casi inevitable, a la metáfora del descenso hacia el “Centro de la Tierra”. No porque sea simplemente evocadora, sino porque condensa maravillosamente la psicología de la profundidad: el calor, la presión, las capas sucesivas, el peligro, la maravilla. Es un símbolo perfecto para explicar que conocerse a uno mismo no es un ascenso etéreo hacia lo alto, sino un descenso firme hacia las raíces donde se ocultan los cimientos del ser. Jung lo expresaba con la claridad que solo él podía: “Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad”. Esa frase la llevo conmigo desde hace años, como brújula y como advertencia. Y me resulta inevitable vincular esa frase con la de Verne y con mi propio recorrido interior. Porque, de alguna manera, siempre he sentido que mi vida fue una combinación de ambos espíritus: el explorador que desciende a lo profundo y el pensador que busca comprender los símbolos que halla en el descenso. Por eso sigo confiando en que es posible que la humanidad —aun en medio de la dispersión generalizada— pueda encontrar nuevamente el camino hacia su núcleo. Pero sé también que ese hallazgo no acontece de manera espontánea: requiere maestros, requiere prácticas, requiere voluntad y, sobre todo, requiere un lenguaje que despierte la memoria de lo que hemos sido y de lo que podemos volver a ser.

Hay algo que siempre me llamó la atención cuando observo los movimientos de la historia humana: cada vez que una civilización se alejó de su propio centro simbólico, terminó atravesando un período de fragmentación. No es casualidad que pensadores como Mircea Eliade insistieran en la importancia del “retorno al origen” como mecanismo esencial para recomponer la identidad colectiva. Cuando el ser humano se desconecta de su raíz espiritual —o incluso de su raíz psicológica profunda— pierde la coherencia interna que permite sostener el mundo exterior. Esa coherencia es la que diferencia a una comunidad viva de una masa desorientada.

Hoy, más que nunca, siento que nuestra época oscila peligrosamente cerca de aquella desorientación.

Esa preocupación no nace de un catastrofismo vacío, sino de décadas observando la condición humana como si fuera un humilde laboratorio abierto. Desde mi propia vida, desde mis lecturas, desde mis prácticas creativas tales como este escrito, mis dibujos o mis composiciones musicales, y ni hablar desde los sistemas que programé, siempre vi un patrón común: cuando una estructura no se revisa a sí misma, se corrompe; justo lo que le sucedería a este escrito, y como a los demás, que los reviso una y mil veces antes de publicarlos, para que el producto final esté "Sin Cera". Lo he visto en organizaciones, en proyectos, en códigos fuente, y lo he visto también en personas. El no revisarse equivale a un abandono del ser. A veces siento que si cada individuo pudiera dedicar aunque sea unos minutos diarios a revisar su estado interior, la sociedad entera comenzaría lentamente a sanar, como un organismo complejo que manifiesta reminiscencias de un arcaico proceso destinado a regenerarse.

Y ahí aparece una dimensión que me interesa especialmente: la responsabilidad personal en la construcción del futuro colectivo. Porque, si bien confío en las instituciones milenarias que actúan como guardianes del conocimiento profundo, sé que su tarea no sustituye la tarea individual. Ellas pueden señalar el camino, ofrecer símbolos, transmitir rituales, conservar tradiciones. Pero nadie puede caminar por uno. Ese camino es exclusivamente personal, y es en ese trayecto donde uno se encuentra con sus luces, con sus sombras, con sus limitaciones y con su propio potencial. Tal como decía Marco Aurelio: “La vida del Hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella”. Una frase que sigue siendo una advertencia y una invitación al mismo tiempo.

Cuando pienso en este vínculo entre introspección y destino humano, puedo ver claramente cómo ambas dimensiones se mezclan en una urdimbre semántica. La introspección da forma al individuo, y el individuo da forma a la historia. No al revés. La historia es consecuencia de lo que el ser humano es capaz de manifestar desde su interior hacia el exterior. Por eso me preocupa que las nuevas generaciones —crecidas en un entorno de gratificación instantánea y atención fragmentada— practiquen cada vez menos el arte de observarse.

Sin aquella práctica, el ser humano pierde profundidad, pierde sentido, pierde dirección. Y sin dirección, todo proyecto colectivo se vuelve frágil, como una construcción sin cimientos.

Recuerdo que en mis épocas más intensas de lectura, cuando devoraba libros como quien respira, comencé a notar que la mente tiene una forma particular de expandirse cuando se la alimenta correctamente. Es como si la vasija de la que tantas veces hablamos se volviera más elástica, más receptiva, más capaz de contener complejidades sin quebrarse. Y no solo eso: también empecé a notar que lo leído se reorganizaba por sí mismo, generando conexiones nuevas, creativas, inesperadas. Ahí comprendí que el conocimiento no es solo acumulación, sino transformación. Y quien no transforma su conocimiento hacia afuera —a través del arte, la escritura, la música, la creación técnica— termina estancándose. Por eso siempre consideré fundamental el equilibrio entre ingresar y egresar información. Llenarse sin descargar vuelve pesada el alma; descargar sin llenarse la vuelve vacía. Ese equilibrio es, de alguna forma, una ley natural de la vida interior. Y creo que es justamente esa ley la que, si se enseñara correctamente a nivel masivo, permitiría que millones de personas pudieran encontrarse a sí mismas sin la necesidad de atravesar crisis profundas.

El autoconocimiento, cuando se lo practica con constancia, evita gran parte del sufrimiento innecesario. Porque uno ya no camina a ciegas: camina sabiendo dónde pisa.

No puedo evitar imaginar una sociedad en donde cada persona tenga acceso a estas herramientas de introspección desde la infancia. Una sociedad en donde, además de memorizar datos vacíos se enseñe a los niños a descender hacia su propio centro, a explorar sus emociones, sus pensamientos, sus contradicciones, sus talentos. Si eso ocurriese, el planeta entero cambiaría de forma en un lapso sorprendentemente corto. No harían falta revoluciones violentas ni grandes movimientos políticos; la transformación vendría de adentro hacia afuera, como siempre ocurre en los procesos verdaderamente duraderos. Porque nada que no nazca del interior puede sostenerse demasiado tiempo en el exterior.

Me pregunto a veces si esta visión mía es demasiado utópica, o si en realidad es simplemente una posibilidad que aún no sabemos activar. Pero cuando veo la continuidad milenaria de ciertas instituciones que mencioné antes, y cuando pienso en todo lo que ellas lograron preservar incluso en épocas de oscuridad total, me digo que no, que la posibilidad está ahí, latente. Lo estuvo siempre. El desafío no es inventarla, sino reactivarla. Y para eso se necesita voluntad colectiva, pero sobre todo, individuos que sean ejemplos vivientes de lo que el ser humano puede llegar a ser cuando se conoce a sí mismo en profundidad.

Hay momentos en los que siento que el verdadero viaje humano recién comienza cuando uno comprende que no está caminando hacia afuera, sino hacia adentro. Esa revelación, tan simple en apariencia, cambia por completo la arquitectura de la existencia. Todo lo que antes parecía ruido se vuelve enseñanza; todo lo que antes parecía caos se reorganiza como un mandala silencioso. Y en ese instante, en esa breve chispa de claridad, se entiende que no es el mundo el que debe ordenarse primero, sino uno mismo. Porque el orden interior proyecta su luz hacia afuera, mientras que el desorden interior oscurece incluso los días más luminosos. Y es justamente ese principio —tan antiguo como el hermetismo y tan válido hoy como en cualquier era pasada— es el que me impulsa a insistir en la importancia de la introspección como el eje fundante del porvenir humano. No es nostalgia ni romanticismo, es observación. Lo veo en mi propia vida, en mis libros, en mi música, en mis proyectos técnicos, en mis estudios, en los sistemas que programo, en mi forma de leer el mundo... y en mis silencios.

Cuando me aparto de mí mismo, todo se desarticula. Cuando regreso a mi centro, manteniendo tanto la Verticalidad como la Horizontalidad, todo mi Templo interior recupera sentido. Es una ley tan clara que a veces sorprende que no haya sido adoptada como base del pensamiento moderno.

Suele decirse que el ser humano se perdió en la complejidad de sus propios inventos, y quizás haya algo de cierto en esa sentencia. Pero también creo que en medio de toda esta tecnología creciente —que observo con cariño y con criterio, incluso desde mi lugar de programador de casi cuatro décadas— existe la posibilidad de un renacimiento interior. Nunca la especie humana tuvo tantas herramientas para reflejarse a sí misma, para registrar sus propios pasos, para mirarse al espejo de su mente con una honestidad que antes era difícil de sostener. 

Y paradojalmente, nunca tuvimos tanta facilidad para encontrarnos como ahora; el problema es que la mayoría no sabe qué buscar.

Si cada persona supiera que dentro de sí, vive un “Centro de la Tierra”, como aquel que imaginó Verne, un núcleo ardiente donde se reúnen los signos de su propia historia, entonces la existencia entera adquiriría otro significado. No se viviría para sobrevivir, sino para comprender. No se lucharía solamente para ascender, sino para desplegar la esencia, las alas de la Vara de Hermes. Y esa esencia —que Jung llamó el Sí-Mismo— no es una abstracción filosófica, sino una realidad psicológica tan concreta como el latido del corazón. Cuando uno la encuentra, la vida deja de sentirse como un laberinto y comienza a experimentarse como un camino espiralado hacia lo alto y hacia lo profundo a la vez. Pero, para llegar a ese núcleo, requiere valentía. Requiere el desprenderse de certezas, revisar traumas, confrontar sombras, abrazar fragilidades. No es un viaje cómodo, aunque sí es el único viaje verdaderamente necesario. Y aquí es donde vuelven a cobrar importancia esas instituciones milenarias que mencioné antes. Aunque yo nunca dependí de ellas debido al camino autodidacta y sumamente intensivo que elegí —desde mis más de mil libros leídos desde la niñez hasta mis propios escritos publicados en estos últimos diecisiete años— reconozco su valor como flamas culturales que impiden que la humanidad se extravíe por completo. Son reservorios de símbolos, guardianes de lenguajes antiguos, transmisores de estructuras que ayudan a sostener lo que —de otra manera— podría derrumbarse con facilidad.

No obstante, por más que estas instituciones sirvan de guía, el último paso debe darlo cada persona. Nadie puede penetrar la montaña sagrada por otro. Nadie puede beber del pozo del propio inconsciente en nombre ajeno. El trabajo ontológico es personal, íntimo, indelegable. Y en ese carácter indelegable reside, precisamente, su poder. Porque aquello que se conquista desde el interior no puede ser arrebatado por ninguna circunstancia exterior. Es un tipo de fortaleza que no depende del colectivo humano, pero que, indefectiblemente, lo transforma.

Quisiera pensar —y sinceramente lo creo— que la humanidad todavía puede reconstruir ese lazo con su interioridad perdida. Que no estamos destinados a una deriva sin retorno, sino a una reorientación gradual hacia la profundidad. Y esa reorientación no necesita héroes ni mesías: necesita seres humanos atentos, presentes, comprometidos con su propio despertar. Seres que comprendan que mejorar su mundo interno es la mejor forma de mejorar el mundo que compartimos. Seres que entiendan que no se puede dar lo que no se tiene, ni iluminar a otros sin antes encender la propia lámpara.

Por eso, este cierre no es un punto final, sino un Portal, una invitación, un recordatorio, una afirmación íntima de que el trabajo interior sigue siendo —y seguirá siendo— el acto más revolucionario que un ser humano puede realizar, y aunque el porvenir sea incierto, mantengo mi confianza en que no estamos solos en este sendero: las tradiciones milenarias, los símbolos arquetípicos, los textos que nos preceden y los maestros silenciosos que habitan la historia siguen ahí, sosteniendo la estructura invisible sobre la que caminamos.

Así cierro está especie de ensayo, desde mi propia voz, desde mi propio centro, reafirmando algo que siento desde siempre: el futuro de la humanidad depende de su capacidad para mirar hacia adentro. Y mientras quede al menos un individuo dispuesto a hacerlo con honestidad, profundidad y constancia, habrá esperanza. Porque basta una sola chispa de conciencia para que la oscuridad deje de ser un destino y vuelva a ser solamente un pasaje.
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15/07/2023


Después de cada Pluvial, cuando los cielos se desahogan y las nubes liberan su carga en forma de lluvia, ocurre un fenómeno fascinante. Observamos cómo las gotas de agua se aferran tenazmente a cualquier superficie que encuentran a su paso, resistiendo el impulso de caer al suelo. Es como si buscaran aplazar su destino final, manteniendo su frágil existencia suspendida en el tiempo.

Estas gotas que aún no han sucumbido, poseen una asombrosa percepción de la realidad. Ven tanto lo que se encuentra sobre ellas como lo que se encuentra debajo. Perciben el mundo desde una perspectiva única, en la que arriba y abajo se entrelazan en un delicado equilibrio. Su "fortaleza superficial" les permite resistir temporalmente la presión interna que constantemente intenta hacerlas caer hacia su destino final: el suelo.

Tomemos ejemplo de estas gotas y fortalezcamos nuestra propia psique superficial. Al igual que ellas, enfrentamos presiones provenientes de lo más profundo de nuestro ser. Nuestro inconsciente nos susurra constantemente, buscando influir en nuestras decisiones y acciones. Sin embargo, si cultivamos una mente consciente y resiliente, podremos resistir esas fuerzas internas y mantenernos firmes en nuestros propósitos. Es importante recordar que la psique humana es compleja y multifacética. Al igual que una gota de lluvia, poseemos distintas capas que conforman nuestra identidad y nuestros procesos mentales. Al fortalecer nuestra psique superficial, estamos cultivando una parte esencial de nuestro ser, aquella que interactúa con el mundo exterior de manera consciente y deliberada.

¿Cómo podemos fortalecer nuestra psique superficial? Existen diversas estrategias que pueden ayudarnos en este propósito. La práctica regular de la meditación, por ejemplo, nos permite desarrollar una mayor consciencia de nuestros pensamientos y emociones. Al observarlos sin juzgarlos, aprendemos a mantenernos en un estado de equilibrio interior, resistiendo las presiones internas que buscan desestabilizarnos. Asimismo, el cultivo de relaciones saludables y significativas puede fortalecer nuestra psique superficial. Al rodearnos de personas que nos apoyan y nos inspiran, creamos un entorno emocionalmente nutritivo que nos permite enfrentar los desafíos con mayor fortaleza y determinación.

En palabras del famoso psicólogo Carl Jung: "Hasta que hagas consciente lo inconsciente, dirigirá tu vida y lo llamarás destino". Esta cita nos recuerda la importancia de explorar y comprender nuestras motivaciones más profundas. Al hacerlo, estamos ampliando nuestra conciencia y construyendo una conexión más sólida entre nuestra psique superficial y nuestro mundo interior.

Por consiguiente, al observar las gotas de lluvia que resisten el llamado del suelo, podemos aprender valiosas lecciones sobre la fortaleza y la resistencia. Siguiendo su ejemplo, podemos fortalecer nuestra propia psique superficial, manteniéndonos firmes frente a las presiones internas. A través de la práctica de la meditación, el cultivo de relaciones saludables y la exploración de nuestro mundo interior, podemos desarrollar una mente consciente y resiliente que nos permita afrontar los desafíos de la vida con mayor claridad y determinación. Así como cada gota de lluvia es única en su forma y trayectoria, cada uno de nosotros tiene la capacidad de moldear nuestra propia psique y definir nuestro destino. No subestimemos el poder de nuestras mentes conscientes. Aunque pueda parecer que nuestras decisiones están influenciadas por fuerzas invisibles, en última instancia somos los arquitectos de nuestro propio camino. Al tomar consciencia de nuestras emociones, pensamientos y motivaciones, podemos tomar decisiones más conscientes y alineadas con nuestros valores y metas.

En este viaje de fortalecimiento de nuestra psique superficial, es importante recordar que somos seres en constante evolución. No existe un destino final al que debamos llegar, sino un proceso continuo de crecimiento y aprendizaje. Cada experiencia, ya sea alegre o desafiante, nos brinda la oportunidad de explorar y fortalecer nuestra conexión con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Así como las gotas de lluvia encuentran su belleza en la suspensión, nosotros también podemos encontrar la nuestra al abrazar nuestra capacidad de resistir y trascender. En el equilibrio entre lo consciente y lo inconsciente, entre lo que está arriba y lo que está abajo, encontramos la verdadera fuerza interior.

Para finalizar, las gotas de lluvia nos enseñan la importancia de fortalecer nuestra psique superficial frente a las presiones internas. Siguiendo su ejemplo, podemos cultivar una mente consciente y resiliente que nos permita tomar decisiones conscientes y alineadas con nuestra verdadera esencia. A través de la meditación, el desarrollo de relaciones significativas y la exploración de nuestro mundo interior, podemos construir un camino de crecimiento personal y autenticidad. Recordemos que somos los arquitectos de nuestro propio destino, y que cada experiencia es una oportunidad para fortalecer nuestra conexión con nosotros mismos y el mundo que nos rodea.

Lic. Nelson J. Ressio.

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01/05/2022


Algunas personas me han expresado varios sucesos ocurridos en sus vidas en el lapso de muchos años; varios inconvenientes por los cuales todos, indefectiblemente, tenemos que afrontar, y es respecto a lo anterior, que se está prohibido sucumbir ante dichos problemas, debido a que ellos están en nuestras vidas como meros Maestros, como prominentes enseñanzas destinadas a hacernos más y más conscientes.

Imagínense una vida repleta de felicidad constante; ¡no sería vida!, ya que la felicidad no existe Per Sé; a la felicidad se la construye siendo conscientes de nuestra psique más profunda.

Todavía no hemos arribado al Transhumanismo puro, todavía no somos robots biológicos basados plenamente en la razón en donde los egos hayan desaparecido, o en términos de StarTrek, todavía no somos Vulcanos (mi especie favorita), y como todavía no somos "casi" perfectos, es preciso darnos cuenta de que la felicidad no existe, porque ningún animal sobre el planeta Tierra es conocedor de dicho "estado del Ser"; la mayoría de ellos, -sino todos-, viven sin conocerla, indistintamente de su especie (salvo los simios Chimpancés, los Bonobos, los Delfines, los Elefantes, etc., los que tienen conciencia de su propia e individual existencia, pero estos, tampoco conocen el concepto de felicidad, ni de infelicidad), y nosotros, los humanos, quienes todavía seguimos arraigados a las fuerzas arcaicas del mundo animal, no somos la excepción, no conocemos la felicidad, por lo tanto, debemos saber que la felicidad no existe en sí misma, y sólo por intermedio de nuestra conciencia, podremos construirla.

Y, ¿cómo construimos una felicidad individual?, pues, siendo conscientes de nuestros egos, de todo lo que proviene desde nuestro inconsciente individual, sumado al Inconsciente Colectivo, el que, a cada momento nos intenta arrastrar hacia lugares "oscuros y húmedos"; y un buen ejemplo de ello es en el momento justo en el que estamos deprimidos, y en este estado, lo que haría la conciencia, la sabiduría, la razón, es construir/crear/hacer algo, lo que sea, porque debemos saber que, lo que siempre desea el inconsciente, es llevarnos hacia la oscuridad de donde es su génesis (el mundo animal), y si le hacemos caso a este último, terminaremos sucumbiendo a sus deseos arcaicos (al inconsciente individual y colectivo) y es en este momento cuando algunos quedan atrapados bajo el triste peso de una copa repleta de alguna bebida alcohólica (yo no bebo alcohol en lo absoluto, es más, nunca lo hice, no me gusta nada con alcohol), pero, a modo de ejemplo genérico, decía que, cuando nos dejamos aplastar por el inconsciente, es cuando el ser humano suele “refugiarse” bajo una copa de soluciones efímeras, para intentar "ahogar" sus sufrimientos, cuando, por el contrario, lo que debemos hacer, es ahogar a esos egos que tratan de ahogarnos a nosotros primero, y los ahogaremos, a dichos egos, haciendo cosas creativas, lo que sea, y si repetimos esta lucha de nuestra conciencia contra nuestros egos del subconsciente, de manera indefinida, terminaremos nosotros, -es decir, el consciente-, cada vez más fortalecidos por sobre las fuerzas del subconsciente, en donde residen los egos (porque esta fuerza es muy poderosa, es la primera que se manifiesta luego de nacer, y posteriormente, los límites paternos son las que las aplacan, hasta que, con el pasar del tiempo, como adultos, y en un mundo ideal, aprendemos a “trabajarlas” nosotros mismos, poniéndole nuestros propios límites, a dichos egos), y es en este momento en el que se manifiesta la verdadera felicidad, es decir, la felicidad que supimos construir.

Así que, no nos debemos permitir el sucumbir, ni al pasado, ni al presente (porque no existen como tales, ni siquiera el futuro), y construye tu propia vida, únicamente mirando hacia atrás, como una excelente manera de estar conscientes del camino recorrido, por más que ese camino haya sido oscuro, tortuoso, lleno de asperezas, de pozos "sin fondo", de malezas, de alimañas, y de un largo etcétera. Al mirar hacia atrás, y al visualizar ese camino de "Horror" que todos recorremos de manera sine qua non; mientras esgrimimos una mueca de sonrisa, y al mismo tiempo nos decimos por dentro, con respecto a ese "camino infernal": "¡Hey, tu, Camino del Infierno...! ¡No me has detenido, ni me detendrás si te vuelves a manifestar por delante de mi!"; al decirnos algo como lo anterior, a nosotros mismos, estaremos elevándonos por sobre nuestros propios Yo’s precedentes, con lo que, llegará el momento en el que estaremos tan acostumbrados a sortear obstáculos, -tengan las características que tengan-, que la felicidad se manifestará por sí misma, en la forma que sea, pero se manifestará, aunque la felicidad no será constante, porque nunca lo será, pero cuando la felicidad no esté presente en ciertos momentos, nuestra conciencia será nuestra fortaleza y nuestro refugio verdadero, la que no permitirá que nuestro inconsciente y que todo lo que provenga de los inconscientes de otras personas (injusticias cometidas por otras personas hacia nosotros, por ejemplo) nos hagan tropezar por nuestro transitar sobre aquel Camino Infernal.

Así que, a seguir caminando.


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12/11/2021


Eventos acausales, pero estadísticamente significativos, cuyo significado, justamente, es posible que se encuentre ante una representación arquetípica, tanto para el si-mismo, como también para el mundo real. Un evento recurrente que no aparenta ser por casualidad y que tiene una naturaleza arquetípica dual generando aquella correspondencia con nuestro si-mismo y con el evento del mundo real.

Particularmente, en el link que adjunto he ido expresando algunos de los eventos sincronísticos que me han sucedido y me suceden, y cada vez con mas frecuencia. Algunos opinan -sobre el link que adjuntaré- de manera jocosa antes de dar una opinión basada en el respeto, otros opinan con mente abierta, otros opinan de una manera simplista de que es el resultado de una simple casualidad... yo, y cada vez con mas convencimiento, opino que son las diferentes señales de que vamos en la dirección correcta... en la verdadera dirección hacia nuestro propio inconsciente, hacia encontrarnos con nuestra piedra filosofal, hacia el Centro de la Tierra -como lo expresara J. Verne- hacia encontrarnos con nuestro si-mismo. Cuanto mas expectantes nos encontremos, no solo con estos innegables hechos acausales significativos, es decir, con la sincronicidad; sino que también con practicar ininterrumpidamente el gran ejercicio de escuchar a nuestro inconsciente, el cual, la única manera que tiene de comunicarse con el consciente es a través de los sueños, ese maravilloso -pero también peligroso- mundo de lo onírico basado en el simbolismo único y relativo al soñante, mas lo que denominaba Freud como reminiscencias arcaicas -si mal no recuerdo- como el simbolismo que traemos desde la evolución de nuestra psique. Pero también, para encontrar aquella piedra filosofal, además de estar atentos a lo que nos quiere transmitir nuestro inconsciente, también debemos estar atentos a todos los eventos corporales, en estado de vigilia, que se corresponden con una señal del inconsciente.

En definitiva, para hallar a nuestros dioses internos, debemos estar atentos, todos los días, a tres cosas: a nuestros eventos sincronísticos (eventos acausales significativos), a nuestros sueños (que no son mas que el lenguaje del inconsciente para hablar con el consciente) y a nuestros sucesos a nivel físico que no se corresponden a eventos conscientes sino que son lo que algunos llaman como reacciones instintivas, reflejas e inconscientes (pero en estado de vigilia).

Entonces, y para no agregar mas palabras aquí, comparto algunas de mis vivencias sincronísticas que he podido registrar:

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20/11/2020



Muchas veces digo, aunque no tanto en las redes, "Bienvenido a mi nuevo yo, ¿con quien tengo el gusto?" (y creo que es una frase de alguien también, pero no recuerdo de quien, en este momento), porque, quien no evoluciona, en cuanto a su pensamiento, en resumidas palabras, queda adormecido en su propia y confortable Caverna de Platón.

Por otro lado, las palabras, son un reflejo de lo que somos, y como es mi manera de ver al ser humano, primero nos veo como animales, y segundo, como animales con uso de razón. Por lo tanto, nuestras acciones estarán condicionadas, no solamente por nuestros pensamientos, (transformados en palabras explícitas, a modo de escritos elaborados, o privadas, a modo de meros pensamientos sin esbozar palabra alguna), sino que también, por nuestro primer estrato evolutivo, y que es el ser animal, es decir, nuestras acciones, como nuestras últimas injerencias dentro de ciertas realidades en nuestro entorno, estarán condicionadas por lo meramente instintivo (y aquí dentro puedo resumir, desde lo meramente evolutivo, antropológico, hasta la implantación de un determinado dogma, o quizás varios), hasta lo meramente racional; por lo tanto, las acciones de cada uno de nosotros, en la vida real, será producto de aquellos ambos mundos que portamos los animales humanos, llamados Homo Sapiens Sapiens. En contraste, el mundo animal, que no posee uso de razón, ni menos que menos, intelecto, sus acciones están regidas por los instintos (y que los humanos también poseemos, como decía antes), ya sea de preservación de su especie, como el sexo meramente reproductivo (salvo los amigos Bonobos), la alimentación, y hasta la protección instintiva de los mismos de su especie. Podemos considerar como animales con Comportamiento Complejo, a los pulpos, por ejemplo, o los animales con conocimiento de su propio Yo, como los Chimpancés, y ni hablar de mis amigos, los Bonobos, los Delfines, los Elefantes, etcétera, los cuales, por ejemplo, frente a un espejo, se percatan de que se están mirándose a ellos mismos, y no así, a otro miembro de sus respectivas especies, o lo más probable, a otra especie, y es más, los Delfines, diría yo, son los más avanzados, y por ello existe ese gran sentimiento, casi indescriptible, de cercanía, que tenemos los humanos para con ellos, y viceversa.

Por lo tanto, las acciones humanas, responden al equilibrio entre las fuerzas psíquicas del Sistema Límbico (nuestro "Ello"), en conjunto con las fuerzas psíquicas de nuestro uso de razón (nuestro "Yo consciente"). Cuanto más hayamos podido convertir, lo que guardamos en el inconsciente, en conciencia, como decía Jung, nuestras acciones serán más y más acordes o tendientes, hacia lo que, en el futuro lejano, se convertirá el ser humano, hacia el ser: Homo Sapientísimus. Por el contrario, si lo anterior se torna lo contrario, es decir, si dejamos que nuestro Ello, o todo lo proveniente desde nuestro cerebro evolutivo (ya sea impuesto por la naturaleza e impuesto por el Hombre, como por ejemplo, un determinado dogma), prevalezca por sobre una razón pobre, por sobre un Yo débil, nuestras acciones en el mundo real, serán tendientes a ser como la de los animales, meramente instintivas, arcaicas, y catalogadas por otros seres humanos espectadores, como acciones provenientes de un loco, o de un fanático, o de un ladrón, o de un asesino, etcétera, todo esto, son herencias provenientes desde el mundo animal, en el cerebro humano. Y a estos es lo que apuntan ciertos poderes actuales, a exaltar todo lo que el ser humano tiene de animal, para que dicho ser humano, con sus egos exaltados, consuma, se pelee, se divida con otras personas, y un gran etcétera. La deshumanización del mercado, o de los procesos de marketing, junto con el bombardeo mediático, que impide que el ser humano se haga preguntas, son, en definitiva, lo que los grandes poderes deshumanizados, necesitan para vender sus productos, sea cuales sean estos productos, desde noticias, hasta automóviles (no interesando si son productos tangibles e intangibles), pasando por armas, drogas, prostitución, tráfico de personas, etc., y dicho poder, es triste saber que es el mismo poder que coloca a la mayoría de los presidentes a cargo de un determinado país (o al menos lo hacía hasta fines del 2019), y las interminables jugarretas políticas, las que hacen que la población termine oprimida, destruida, moral y económicamente, y hasta muerta, son productos de dichas políticas opresoras; y no porque un determinado presidente y su gabinete, no sean capaces de dirigir una nación, sino que, estos presidentes, están dirigidos por mafias muy grandes, muy antiguas y muy superiores en poder, a dichos presidentes (o al menos lo hacían, y la Pandemia ha jugado un papel preponderante en la destrucción -o quizás, en el más pesimista de mis pensamientos, mutación- de estas mafias).

Nunca se han preguntado, ¿por qué a los presidentes que dicen que están luchando contra el narcotráfico y contra otras acciones provenientes desde lo meramente evolutivo, no terminan muertos con un simple tiro en la cabeza?, o ¿porqué esos mismos presidentes no terminan con ese mismo tiro en la cabeza, cuando dicen que están terminando con las "mafias", y con los corruptos de los gobiernos anteriores?, o ¿porqué las personas o políticos de gobiernos anteriores, nunca van presos o nunca los matan? y un gran etcétera de preguntas, y las respuestas son siempre las mismas, desde mi punto de vista porsupuesto, y es que estos presidentes, no logran tocar un ápice, de los productos promovidos por las mafias mundiales, dueñas de los presidentes (y reitero, al menos hasta fines del 2019), porque, si un presidente osara tocar, pero en serio, el tráfico de drogas ilegales, el tráfico de personas, luchar contra la pedofilia en las iglesias y otros lugares ya conocidos por muchos, etcétera, dichos presidentes serían hechos a un lado, por algún evento aparentemente al azar, o en el peor de los casos, hecho a un lado, por medio de una bala "perdida"... en su cabeza. Todas estas mafias, milenarias, son animales con mucho uso de razón, es decir, han crecido con lujos, y por lo tanto, con sus egos exaltados, durante siglos, pero, como también tienen acceso al intelecto, en donde quieran estudiar, esa mezcla, a flor de piel, de lo meramente antropológico, y lo meramente humano, hace que se generen mafias mundiales, las que han venido conformándose por milenios, y estos, ya no están más en las primeras planas, porque, lisa y llanamente, son los dueños de las primeras planas, y son dueños de la mayoría de los medios de comunicación, y son dueños de las fuerzas de seguridad, y son los dueños de los presidentes (al menos hasta que comenzó el COVID), y por lo tanto, el único motivo que tienen, es saquear, y ajustar las economías de países, para que los pobres y los indigentes, terminen muriendo, a modo de una "limpieza al mejor estilo genocida, pero con guante blanco"... es decir... para el común de la gente, estamos como estamos, porque la economía está mal, porque esto o porque aquello, o que es muy volátil, y un gran etc., y el presidente de turno, de cualquier país, y de cualquier partido político, es el títere de sus dueños (sean estos, los mafiosos, o bien, los "nuevos dueños" luego de la Pandemia).


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16/09/2020


En relación a los recientes "Acuerdos de Abraham", firmados entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, y con la mediación de Estados Unidos, comienza el camino hacia la paz global y hacia el final de las guerras ▲, y por ende, hacia un crecimiento espiritual del Hombre, que jamás ha sucedido en la historia de la humanidad.

Debemos tener en cuenta, que la reconstrucción del Tercer Templo de Salomón, no será una reconstrucción material, externa y a la vista de todos, destinada a empujar a la humanidad hacia un nuevo Imitatio Christi (esa infructuosa búsqueda externa de un Dios que responda desde fuera del ser humano, engañado por el influjo equívoco proveniente desde la Vid Teológica), sino que, será la Reconstrucción del Templo Interior a nivel global, un Templo, para que logremos hacer contacto con ese Egregor que nos une entre todos en este planeta y que se constituye como el verdadero Dios, por el hecho de ser la Mente Supraconsciente ("El Nº de mentes en el Universo es igual a 1", Erwin Schrödinger) y que no solamente nos abarca a todos sin distinción alguna, sino que nos ha creado a todos (dentro del tiempo evolutivo), a Su Imagen y a Su Semejanza, porque dicha Mente Universal existe desde mucho antes que todo... es, justamente: el Todo; entonces, el Nuevo y Tercer Templo de Salomón, será El Templo Humano Colectivo, una Mente Colmena que comenzará a comprender a aquella Mente Primigenia (el Despertar de la Conciencia), será el Hombre mismo -en tanto que su Universal-, el que se deberá unir bajo la comprensión de aquella única Mente Egregórica y Supraconsciente que ha existido desde siempre y desde antes que nosotros, más allá de todas las divisiones que hasta ahora nos mantenían alejados los unos de los otros. Las grandes y antiguas religiones, a través de sus respectivos Libros Sagrados, siempre han mostrado a "La Gran Verdad", bajo un Velo de Ocultismo, para que solo los que tuviesen ojos para ver, que la vieran... pues, ahora ya es tiempo de que todos sepan que "La Gran Verdad" (Dios) se corresponde con el Templo Interior del Ser Humano, con cada mente individual sumamente ligada con la mente -y vida- de todos los demás, y su innegable relación, (científicamente demostrada por la Ciencia Noética, de la cual hablo y demuestro, luego de muchos años de trabajo multidisciplinario, en mi último libro: "Homo Universalis"), con la Mente Egregórica, Supraconsciente, Universal... Divina... o lo que muchos denominan como: Dios... "¿Pues no veis que sois Dioses?, dijo Jesús en Juan 10:34-35".

Todos somos Dioses, pero la mayoría no lo sabe. Pues, cuando este Despertar de la Conciencia se dé a nivel global, cuando las personas, finalmente comprendan que el Dios que nos agrupa a todos, se  encuentra en -y entre- cada uno de nosotros como especie, cuando el ser humano vea que el velo que le impedía ver más allá de lo evidente, ya no esté más, y cuando se percate de que esa Mente Cósmica, Colectiva, Supraconsciente, ese Egregor (Dios), es lo que le dio forma a nuestra mente individual (a imagen y semejanza de la anterior), y por aquella Mente Egregórica, es por la que todos estamos unidos, entre nosotros, y con el resto del Universo. Lo anteriormente dicho no se constituyen como palabras vacías; es ciencia demostrable, y a la vez, es lo que, desde hace miles de años, las antiguas filosofías han venido mostrando por medio de sus escritos velados para los no iniciados. Ahora, Todos hemos sido Iniciados a cielo abierto, por lo que, claramente, ha comenzado el Tiempo de las Revelaciones (Apocalipsis) en donde la humanidad conocerá al fin, a un Dios que ha existido desde la primera Palabra, desde el Primordial Om, desde que el Logos se abrió paso, luego de la Creación y Expansión Universal, para que hoy en día, Nosotros seamos... lo que deberemos ser... los constructores del Tercer Templo de Salomón en nuestro propio interior, sin velos, sin semánticas ocultas... ya es hora de saber, de conocer, de comprender, de abrir los ojos, de amar a una Verdad -ahora sí- demostrable, la que ha existido desde siempre, y que nos dio la Existencia y la Razón.

El Templo de Salomón, no es más que un Supra-Símbolo, el cual oculta el Mayor Secreto de Todos los Tiempos: "Conócete a ti mismo y conocerás a los Dioses y al Universo". Como muchos saben, dentro del Templo de Salomón existen dos grandes divisiones principales, las cuales son, el "Sancta" y el "Sancta Sanctorum". El primer recinto, el "Sancta", se corresponde con un lugar externo, casi que abierto a toda persona que deambule con sus "Pasos Perdidos", mientras que el segundo recinto, el "Sancta Sanctorum", escondido a las multitudes detrás de un Velo, y que detrás del cual, solo UNA persona tiene acceso para su trabajo espiritual, para su trabajo con su propio "Arca del Pacto". Pues, esto va tomando una idea más... humana, ya que, el "Sancta" está relacionado con la parte de la cabeza del ser humano que se muestra hacia fuera del Velo que cubre directamente la superficie del Cerebro, cuyo nombre de dicho Velo es: "Duramadre". Pues la "Duramadre" es el Velo que separa el mundo exterior (el Cráneo, la piel, el cabello, en ese orden, y hacia todo lo externo al Templo Humano) del Mundo Interior, y que también, aquel Velo Cerebral, oculta el "Sancta Sanctorum" individual (el Cerebro en si mismo), y al que solamente UNA persona tiene acceso (tal como en el "Sancta Sanctorum" del Templo de Salomón), y que es la propia persona; es el propio individuo el que debe acceder a su lugar más sagrado; es cada cual el que debe conocer a su "Si-Mismo", para derrotar sus Demonios (Egos) y para enaltecer sus virtudes (Ángeles). Nadie más que UNO mismo tiene el poder y la Posibilidad de acceder a lo que se encuentra detrás del Velo, detrás de la Duramadre, la que separa al mundo externo (Macrocosmos), del Mundo Interno (Microcosmos). Entonces, el Ser Humano, cuando llegue el momento en el que le sea posible conocer esta Verdad en su Interior (cada cual con sus propias "Revelaciones"), habrá dado un gran paso hacia su mejoramiento como persona, y hacia el comprender, que todos en este planeta, somos hijos y semejantes de aquella Mente Supraconsciente Primigenia, de la que hablaba en los párrafos anteriores, la cual obtuvo acceso a nuestro "Sancta Sanctorum" individual, para poder convertirlo, por y a través de ella, a Su Imagen y a Su Semejanza... una Mente Universal creando Mentes Individuales que se interconectan a través de la primera... Aquella Mente Universal, demostrable científicamente, es Dios, pero también, lo somos Todos Nosotros.

Descorramos el velo individual, y miremos dentro nuestro, porque "el único Dios, no es uno solo"... De Muchos, Uno... E Pluribus Unum.


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10/02/2020


Primeramente, deseo considerar al DMT (Dimetiltriptamina, sustancia derivada de la Acacia y nombre derivado de Akash o Akasha) comparado con otro de sus contenedores, además de la Acacia, y que es la Ayahuasca, con consumo ilegal en la Argentina. Pero, lo que me parece interesante del producto derivado de la Ayahuasca, es el DMT, mas allá de que se dice, de que el DMT es extremadamente seguro, y respecto del cual, nunca ha provocado muertes por sobredosis; no se puede decir lo mismo respecto del consumir la Ayahuasca completa (sin destilar y producir DMT); pero esta última, la Ayahuasca, es otro tema, y que no lo trataré aquí. Lo interesante es comenzar mencionando al DMT, y en ese intento, puedo decir que, el DMT no sería dañino para el ser humano; incluso, y creo que varios coincidirán conmigo, es mas dañino y moralmente peor, todo el despliegue de vicios que se puede apreciar durante los ágapes masónicos, que ingerir algo mínimo de DMT destinado a aumentar el impacto psíquico durante las iniciaciones; y a aquel despliegue de vicios, vistos en los Ágapes en los que he estado yo, algo que me ha impactado, y a la vez, entristecido de sobremanera, de que el Ágape sea mas importante y esperado, durante el transcurso de una Tenida, que el vivir la propia Tenida, dentro de una Escuela de Filosofía y de Moral, como lo es la Masonería.

Otra cosa que quiero resaltar en relación al DMT, esa sustancia que, a través de la Acacia, lo trajo de la muerte a Hiram Abif, es la siguiente frase que he leído, respecto de los efectos de su consumo: 
"... Los cambios de estado a lo largo de la experiencia puede producir sensaciones de “muerte” y “resurrección”, según el momento.".
Y por consiguiente, es mi obligación el aclarar, que este artículo, está dirigido, únicamente, hacia los iniciados que han visto la serie LOST, ya que quien no la ha visto, le recomiendo que no siga leyendo este artículo, ya que trata justamente, de la relación entre ambos conceptos. Por mi parte no soy de ver series, porque no me gusta estar encadenado a capítulo tras capítulo, pero, al darme cuenta del significado de esta serie, luego de ir viendo algunos capítulos, con cierta reticencia primero, y con alta atención después, logré ver todas las temporadas, capítulo a capítulo, y la interpretación que extraje de LOST, solamente la entenderán los iniciados con vocación.

Entonces, si eres un iniciado y al mismo tiempo, has visto LOST, puedes seguir leyendo este artículo, sin problemas.

Y retornando al producto que corre por las venas de la Acacia, el DMT o Dimetiltriptamina (Akash o Akasha, si hablamos en términos de Filosofía Hermética), veo como algo interesante, como una manera de agregarle una sensación de muerte "verdadera", para una iniciación, ya que el iniciado, a estas alturas de las laxas iniciaciones argentinas, al menos, el arquetipo de la muerte a lo profano y de la resurrección al mundo de los dioses, lo perciben como un simple corolario textual intrascendente, sin el verdadero sentido del arquetipo inicial, de la muerte simbólica, la cual necesita un despliegue de una gran fuerza psíquica necesaria, y aplicada sobre el iniciado, para que éste, realmente cambie su psique profunda, es decir, para que en el iniciado, sea alcanzado su inconsciente mismo, gracias a la iniciación o eficiente traspaso del Pre-consciente  hacia el Inconsciente, desde la Conciencia (o para el iniciado que miró la serie LOST, es el acceder a la mismísima isla de LOST o Inconsciente, a través de las coordenadas 3.2.5 o Pre-consciente, lo que separa al Inconsciente/Isla, del mundo exterior, de la Conciencia).

Es debido a lo anterior, que se dice que, el ser humano en general, y el profano en particular, nunca cambia, salvo que reciba una carga psicológica positiva, y de tal magnitud psíquica, que dicha carga psíquica pueda ser capaz de atravesar la difícil, y muy escondida, barrera psíquica del Preconsciente (que es el Cerebro medio = Neocortex de Transición = coordenadas 3.2.5 de la serie LOST), atravesarla desde la Conciencia (es decir, desde el Neocortex = Cerebro Superior o Externo = Mundo exterior y real en la serie LOST), en dirección hacia el Inconsciente (es decir, hacia el Sistema Límbico = Inconsciente = Paleocortex = Isla de la serie LOST, propiamente dicha).
 

Ayer escribí y publiqué este artículo, respecto de LOST, y hoy aparece esta nueva imagen en el inicio de sesión de Windows 10. Justo el lugar en donde ha sido filmada la serie antedicha y un día después de publicar este artículo.

La serie LOST, nos muestra el verdadero trabajo de la Piedra Filosofal, LOST es una gran demostración del verdadero Camino Iniciático, necesario y efectivo que se debe dar en todas las Ordenes que se denominen Iniciáticas; y dicho Camino Iniciático, comienza dentro de una mente profana ((que se corresponde con los primeros momentos de la Isla de la serie LOST + las coordenadas 3.2.5 del Pre-consciente + el Mundo Exterior o Consciente + los Personajes/Egos + Ángeles y Demonios/Humo Negro y Joshua) todo lo anterior == al Cerebro Humano)), hasta que al final, en el último capítulo de la serie, todos (los personajes de LOST = egos = dioses, ángeles y demonios) perciben la Luz del Padre, el cual se retira, como señal de trabajo iniciático cumplido, ya que, sus hijos (Egos de la mente de LOST), han sido realmente cambiados, han llegado a la Apoteosis, han visto la Luz, se les ha caído la Venda de los Ojos, y es porque LOST es el cerebro humano, y como pudimos apreciar, los mismos personajes parecen desdoblarse, y existir tanto en la Isla (en muchos tiempos diferentes, ya que el inconsciente, el cual no conoce el tiempo y el espacio), como en el mundo exterior, y que los personajes/egos trabajados, existan en ambos lados del Pre-consciente (tanto en la isla, el Inconsciente, como en el mundo exterior, el Consciente) simboliza lo que expresaba antes, la apoteosis, el camino iniciático comenzando y el comienzo del conocimiento de la Piedra Filosofal (los egos de la isla y la isla misma, en la serie LOST) al mismo tiempo del estar conscientes del mundo exterior (Conciencia).


Pero, una iniciación es tan efectiva, como efectivo es el método para poder traspasar el pre-consciente (Coordenadas temporales y espaciales 3.2.5 de LOST) desde la conciencia, en dirección al Inconsciente (desde el Mundo Exterior hacia la Isla), y poder retornar hacia la conciencia, con los egos/personajes, cada vez siendo mejores, cada vez mas trabajados, hasta que toda la psique (LOST) sea mejorada, hasta que el ser humano mismo, comience a elevarse, mas y mas, en su nivel de conciencia (y que se corresponde con los aviones que ya no se desploman en LOST). Entonces, como el Pre-consciente del Ser Humano, es tan cerrado en la mayoría de los casos, es justamente, lo que nos protege del poder psíquico proveniente desde ese mundo Onírico del Inconsciente (en definitiva, es lo que no deja que lo malo de la Isla de LOST, es decir, las bajas pasiones humanas, se escapen hacia el Mundo Exterior o la conciencia, tal como quería hacerlo el Humo Negro), y ese pre-consciente que nos protege de lo Onírico, es de carácter bidireccional, y por ello, reitero, se sabe a ciencia cierta, que el ser humano no cambia, a menos que la iniciación, o el evento que le haya precedido y sucedido, sea tan poderoso, como para hacerlo cambiar de verdad.

La iniciación, de manera sine qua non, debe poder traspasar el Preconsciente de los iniciados, en dirección hacia el inconsciente, (la iniciación es justamente lo antedicho, es abrir una puerta psíquica, un portal psíquico, un pasaje psíquico, o el 3.2.5 de LOST, para que el uso posterior de las Herramientas arquetípicas, puedan llegar y luego accionar, sobre el inconsciente) y para ello se necesitan verdaderos métodos, para tal fin, se necesitan métodos que marquen permanencia en la apertura del portal del Pre-consciente, y para siempre, porque si ese portal psicológico no se abre, debido a una iniciación laxa, simplista y esperanzadora del Ágape, el uso posterior del Mazo y del cincel, junto a las demás herramientas, no tendrá efecto positivo alguno, en el mejoramiento del ser humano, porque dichas herramientas no podrán convertir a un profano en un dios, no podrán hacer que un Hombre llegue a la Apoteosis. Es por ello que en cada Iniciación, o en cada una de las varias iniciaciones, dependiendo de las exaltaciones, de grado en grado, deben actuar los métodos iniciáticos destinados a mantener al Pre-consciente abierto, en una pequeña parte, como para que pueda traspasar el efecto arquetípico del uso de las herramientas, desde el Consciente, primero, hacia el Inconsciente, después, que es el lugar en donde residen los egos, en donde se encuentra la Piedra Filosofal (y que está representada por el logo de DHARMA en la serie LOST, logo que conforma un Octógono, y que al mirarlo en perspectiva de 3D, nos recuerda a un Cubo, y a un Cubo perfecto si el logo fuera un Hexágono) Cubo que se debe desbastar y luego pulir (algo que en LOST se ha hecho de manera perfecta, ya que, como se habrán dado cuenta, DHARMA solamente existe en la Isla, es decir, en el Inconsciente, tal como en el Cerebro Humano; y en la Conciencia, no existe, aunque poco se ha mostrado de Dharma en la Conciencia, ya que, primero que nada, DHARMA conoce las coordenadas 3.2.5 del Pre-consciente, y desde el Inconsciente, le es posible traspasar hacia el Consciente, y esto lo podemos observar en los sueños, por ejemplo).

En este mundo, estimo, desde mi juicio con poca y humilde experiencia al lado de otros que llevan toda una vida de "iniciados", que las iniciaciones se han ido suavizando, en las Ordenes Iniciáticas, y con este proceso, el trabajo de hacer Hombres Nuevos y mejores, está disminuyendo, y por lo tanto, nuestro efecto benéfico sobre el planeta, en conjunto, está disminuyendo, porque las filas de los verdaderos iniciados, están cayendo, día tras día.

Bueno, por ello apunto siempre a que las iniciaciones no sean laxas, y que al comienzo de cada iniciación, sea un verdadero susto, tanto miedo como cuando te das cuenta que te desplomas en un avión (recordando a LOST nuevamente), ya que el terrible miedo de caer, desde el Cielo (Lo que está Arriba) hacia la Tierra (Lo que está Abajo, y recordemos que ambos, arriba y abajo, en esencia, son lo mismo, es el Cerebro, dividido en dos partes esenciales, por medio del protector, el llamado Pre-consciente).

Entonces, el que va a ser iniciado, debe sentirse caer hacia un pozo atemporal de muerte y oscuridad, para que el Pre-consciente, o coordenadas 3.2.5 en LOST, sea abierto, y el uso de las herramientas, y algo de DMT, pueda ser usado, y luego tenga el efecto que se necesite que tenga. De lo contrario, el uso de las herramientas arquetípicas, para mejorarse a uno mismo, no tendrán efecto significativo alguno, y sus incumbencias no serán comprendidas en profundidad, con lo cual, y por desgracias, no se crearán Hombres Nuevos, por las manos y herramientas de si mismos, debido a que no podrán acceder, ni a los egos, ni al humo negro, ni a Joshua, ni a los Osos Polares Gigantes, ni a DHARMA, (que se asemeja al Cubo, o Piedra Filosofal que reúne a todo lo anterior).

El no abrir el Pre-consciente, mediante una intensa e inolvidable iniciación, es como que para un albañil de templos materiales y externos, los lugares en donde se hacen las mezclas o se extraen los ladrillos, estén todos sellados, inaccesibles, por lo tanto, no será posible edificar nada, y en términos psíquicos, no será posible hacer consciente, lo inconsciente, no será posible hacer realidad lo que el Arquitecto trazó en el Plano, no será posible, ni Crear, ni Mejorar nada, es decir, no será posible hacer un acto Divino Apoteótico, por el hecho de que no se abren correctamente, los portales psíquicos de los respectivos Pre-conscientes de los futuros iniciados. Las iniciaciones deben ser duras, desafiantes, temerosas, vertiginosas, con sentimientos de verdadera muerte, y un gran etcétera, porque, quien va a iniciarse, y lo hace con la mente y con el corazón abiertos y dispuestos, tendrá absoluta Confianza en el proceso y en quienes lo llevan a cabo, y por mas que el futuro iniciado sienta temor, vértigo, desafíos inciertos (es decir, una sensación de que se cae junto con un avión), etcétera, podrá completar su iniciación, sin problemas mayores, porque se podrá percibir que es un iniciado con verdadera vocación (además de potencial elegido), y para él, este nuevo iniciado que ha abierto y dispuesto su mente y su corazón, el uso de las herramientas, será efectivo, durante toda su vida iniciática, y que se corresponde con todo el trayecto de su vida biológica, porque, como decía antes, en el Pre-consciente recién iniciado, se habrá formado un portal, por donde poder traspasar y usar, de ida y de vuelta, a dichas herramientas. 
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