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12/10/2025

 

I. La prisión invisible

Existen cárceles que no tienen barrotes, sino palabras. Silencios que hieren más que los gritos. Miradas que, sin pronunciar sonido alguno, pueden desarmar la seguridad más firme.

El abuso narcisista pertenece a esa clase de violencia silenciosa: invisible al ojo ajeno, pero devastadora para quien la vive. No se percibe en la superficie, porque su campo de batalla no es el cuerpo, sino el alma.

Este tipo de abuso no se reduce al egoísmo o a la vanidad, sino que se manifiesta como una dinámica relacional de control y anulación, donde uno de los miembros —con rasgos narcisistas patológicos o un estilo relacional narcisista aprendido— busca dominar el mundo emocional del otro. Lo hace no por maldad deliberada, sino por la incapacidad de tolerar la vulnerabilidad que el amor auténtico exige.

Quien sufre este tipo de abuso descubre con el tiempo que no ha vivido una relación, sino un espejismo: un reflejo diseñado para seducir y luego consumir su energía vital.

II. El rostro del control: mecanismos invisibles

El narcisismo relacional opera con una precisión casi perfecta. Su objetivo es doble: conquistar y someter. Lo hace mediante estrategias psicológicas tan sutiles que, al principio, parecen gestos de afecto o cuidado.

1. El gaslighting.

La distorsión de la realidad es una de sus armas más letales. El individuo abusador niega lo que dijo, tergiversa los hechos, o acusa a su víctima de “imaginar cosas”. Con el tiempo, la mente del otro empieza a desconfiar de sí misma, y el individuo agresor se convierte en el único referente de lo que es “real”.

2. El ciclo de idealización y devaluación.

Primero, el otro es un dios; después, un estorbo. Este vaivén emocional crea dependencia, como si la víctima necesitara volver a merecer el amor perdido, sin saber que ese amor era solo una máscara.

3. El silencio como castigo.

El trato de silencio no es un acto de calma, sino una forma de control. Comunica que el afecto es condicional, que la existencia del otro depende de su obediencia emocional.

4. La triangulación.

Se introduce a terceros —familia, hijos, amistades— como instrumentos de manipulación, generando competencia y confusión, debilitando los lazos naturales de confianza.

5. La negación del afecto.

La intimidad se convierte en moneda de intercambio. Los abrazos se acortan, las caricias se vuelven cálculo, y la ternura desaparece bajo la ley del mérito. Cada uno de estos gestos erosiona la percepción interna del valor propio. Es la violencia del desdén repetido, que, con el tiempo, se traduce en una sensación profunda de vacío existencial.

III. Las secuelas del alma: cuando el cuerpo grita lo que el alma calla

El abuso narcisista sostenido no deja heridas físicas, pero altera el sistema nervioso central. La neurociencia del trauma denomina a esto Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (C-PTSD). No se trata solo de ansiedad o tristeza: es un rediseño del sistema interno de alarma.

La hipervigilancia se instala como compañera permanente. La víctima aprende a leer cada microgesto del entorno, anticipando el próximo ataque. Su cuerpo vive en estado de alarma constante, liberando cortisol y adrenalina hasta agotar sus reservas biológicas. La ciencia lo llama carga alostática: el precio físico del estrés crónico.

A nivel psicológico, la víctima experimenta la pérdida del yo. Ya no sabe si sus pensamientos le pertenecen o si son el eco de la manipulación ajena. El abuso prolongado lleva a la autoanulación: la persona empieza a disculparse por existir.

En algunos casos, el dolor se vuelve tan denso que el cuerpo busca una salida: autolesiones, aislamiento, renuncia al trabajo o proyectos. Son expresiones del alma que grita por validación.

Como escribió Carl Jung: “No nos iluminamos imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad.” Y en el camino de sanar, esa oscuridad se convierte en maestra.

IV. La proyección del trauma: cuando el agresor también fue herido

Pocos nacen siendo verdugos; muchos se transforman en uno por no haber sanado su propio trauma.

Detrás de la coraza narcisista suele haber una historia de humillación o abuso temprano: figuras de autoridad que invalidaron, jefes que humillaron, vínculos que castigaron la vulnerabilidad.

La persona narcisista no busca amor, sino control, porque el amor la aterra. Controlar al otro es su modo de evitar el desamparo que una vez sintió. Pero en ese intento por dominar, se convierte en su propio carcelero. Erich Fromm lo explicaba con claridad: “El amor maduro dice: te necesito porque te amo; el amor inmaduro dice: te amo porque te necesito.” En esa inversión del afecto, la persona narcisista repite el patrón del trauma que lo creó, convirtiendo al otro en espejo de sus heridas no reconocidas.

V. El despertar: romper el hechizo

Llegar al punto de conciencia es como despertar de un largo sueño. La mente comienza a comprender que lo que vivió no fue amor, sino un sistema de dominación emocional. Romper ese hechizo implica una revolución interior.

Los pasos son lentos, a veces dolorosos, pero cada uno representa una victoria sobre la niebla mental que el abuso dejó atrás.

1. Romper la negación.

Aceptar la realidad no es victimismo, es lucidez. Nombrar el abuso es el primer acto de libertad.

2. Establecer límites radicales.

Decir “no” sin culpa. El límite no es venganza, es amor propio en acción.

3. Reconectar con la voz interior.

El alma necesita expresión. Escribir, cantar, crear: toda forma de arte es un exorcismo del silencio.

4. Reprocesar el trauma.

Terapias como EMDR, DBT o Somatic Experiencing ayudan a liberar los recuerdos atrapados en el cuerpo.

5. Integrar la sombra.

Aceptar la rabia, el dolor, la frustración. No reprimirlos, sino convertirlos en energía transformadora. Como enseñó Nietzsche: “Uno debe tener caos en el alma para dar a luz a una estrella danzante.”

VI. La reconstrucción del yo

El proceso de sanación no busca restaurar lo que se perdió, sino reconstruir lo que fue fragmentado. La víctima, al sanar, ya no es la misma persona: emerge más consciente, más auténtica, más libre. La empatía deja de ser sumisión y se convierte en fortaleza. La mente aprende a distinguir entre amor y manipulación. El corazón, antes temeroso, vuelve a abrirse sin culpa. Este es el renacimiento postraumático: la alquimia de transformar la herida en sabiduría. El psicólogo Viktor Frankl decía que “quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. En el abuso narcisista, el porqué se distorsiona; en la sanación, se recupera.

VII. El eco de la herencia emocional

Los entornos donde reina la crítica y escasea la calidez emocional no solo dañan a las parejas, sino a toda la familia. Los hijos, al presenciar estas dinámicas, aprenden que el amor se gana a través del miedo o del perfeccionismo. El trauma, si no se reconoce, se hereda. La psicología moderna lo llama trauma intergeneracional: la repetición inconsciente de los patrones emocionales no resueltos. Romper ese ciclo es el mayor acto de amor que alguien puede ofrecer a sus hijos: mostrarles que el afecto no debe doler.

VIII. El renacimiento interior

Superar el abuso narcisista no es olvidar, sino recordar sin dolor. Es poder mirar atrás y ver que cada herida fue una puerta hacia uno mismo. El renacimiento no ocurre en un día; se gesta lentamente, en los silencios, en la creación, en la presencia. Un día, sin aviso, la mente deja de anticipar el ataque, el corazón deja de pedir permiso para sentir, y el alma respira. Allí comienza la libertad. Renacer no es volver a ser quien eras, sino convertirte en quien siempre supiste que podías ser.

IX. Recursos y caminos de sanación

Lecturas recomendadas:

“No digas sí cuando quieres decir no” — Harriet Braiker.

“El cuerpo lleva la cuenta” — Bessel van der Kolk.

“El arte de amar” — Erich Fromm.

Terapias efectivas: EMDR, DBT, Terapia Sistémica, Somatic Experiencing.

Prácticas personales: meditación, escritura reflexiva, grupos de apoyo y expresión artística.

El canto después del silencio

Nadie sale igual del abuso narcisista, pero quien logra emerger, renace con una sensibilidad nueva: la de quien ha tocado el fondo del dolor y ha encontrado allí la raíz de la compasión. Las heridas invisibles dejan cicatrices luminosas. Allí donde hubo miedo, ahora hay comprensión. Allí donde hubo control, hay libertad. Allí donde hubo silencio, florece la voz.

El Renacimiento del Ser. De la Sombra a la Luz Interior

I. La alquimia del dolor

Todo sufrimiento, cuando se enfrenta con conciencia, se transforma en sabiduría. En el abuso narcisista, el dolor tiene una cualidad especial: es dolor del alma, un vacío que no busca lástima, sino comprensión. Durante años, uno puede sentir que vive atrapado entre dos espejos: uno que refleja lo que el otro quiere que seas, y otro que ya no sabe quién sos realmente. Pero llega un momento en que la mente, cansada de sostener máscaras ajenas, decide romper el cristal. Y ese acto de ruptura, aunque duela, es el inicio del renacimiento. La psicología profunda llama a este proceso integración de la sombra. La sombra es todo aquello que negamos de nosotros mismos: la ira, el miedo, la vulnerabilidad. Cuando el abuso la activa, lo hace con violencia, obligándonos a mirar lo que nunca quisimos ver. Pero allí reside la alquimia del alma: el descubrimiento de que el dolor no destruye, sino que revela.

Como escribió Rainer Maria Rilke: “Quizás todas las cosas terribles sean, en su fondo más profundo, cosas indefensas que solo desean que las ayudemos a ser bellas.”

II. El cuerpo como memoria y templo

El cuerpo guarda la historia del alma. En el individuo que es víctima de abuso emocional, cada músculo, cada respiración, es testigo del pasado. La hipervigilancia, ese estado de alerta constante, no es debilidad: es una huella neurológica de haber sobrevivido. Los temblores, los sobresaltos, las tensiones en la garganta o en el pecho no son fallas; son lenguajes del cuerpo que aprendió a protegernos. Con el tiempo, el cuerpo pide algo diferente: no más defensa, sino presencia. La sanación comienza cuando la respiración vuelve a ser voluntaria, cuando el cuerpo se siente habitado, cuando uno se permite simplemente estar. En ese estado, la biología y el espíritu se reconcilian. La carga alostática —ese desgaste acumulado del estrés— empieza a disolverse con la ternura hacia uno mismo. Allí donde antes hubo contracción, florece la calma.

III. La mente que se reprograma

El trauma instala circuitos de miedo. Cada silencio hostil, cada burla, cada palabra cargada de desprecio, se convierte en una señal que el cerebro registra como amenaza. El camino de la sanación requiere reprogramar esas rutas neuronales mediante la conciencia, la terapia y la autoobservación. La neuroplasticidad —esa capacidad del cerebro de reinventarse— es la base científica del renacimiento espiritual. Cuando uno empieza a afirmarse, a hablar su verdad, a decir “esto no me pertenece”, las redes del miedo se desactivan poco a poco. Es un proceso lento, pero real. Y entonces la mente deja de ser enemiga para convertirse en aliada. El pensamiento deja de rumiar lo que fue y comienza a construir lo que será. Ese cambio no se impone con fuerza: surge como una brisa después de una tormenta.

IV. La soledad sagrada

El silencio que antes fue castigo, se convierte en refugio. La soledad, que durante el abuso era miedo, se transforma en compañía profunda. Allí, sin ruido, sin manipulación, sin máscaras, uno empieza a escucharse. Los sabios antiguos sabían que el alma no se encuentra en el ruido del mundo, sino en la calma del espíritu. Es en esa soledad consciente donde el “yo verdadero” emerge. Ya no como una reacción al otro, sino como una afirmación del propio ser. La espiritualidad auténtica nace aquí: en la unión entre la mente que comprende, el cuerpo que respira, y el corazón que perdona.

V. El perdón como liberación

Perdonar a la persona agresora no es justificarlo. Es comprender que la rabia perpetua nos ata a ella tanto como la dependencia emocional lo hacía antes. El perdón es una ruptura del lazo energético que el abuso dejó. No se trata de olvidar, sino de recordar sin dolor. Viktor Frankl lo decía con muy bien: “Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo la última de las libertades humanas: elegir su actitud ante cualquier circunstancia.” Perdonar, en este contexto, no es un acto moral, sino un acto terapéutico. Significa liberarse del pasado para poder mirar hacia el futuro sin cadenas.

VI. El nuevo sentido del amor

Tras el trauma, el amor ya no puede ser lo que era. Se vuelve más consciente, más pausado, más verdadero. El sobreviviente aprende que el amor no debe doler, ni exigir sumisión, ni nacer del miedo. Descubre que amar es permitir la existencia del otro sin intentar poseerlo. Amarse a uno mismo no es narcisismo invertido: es justicia emocional. Es restaurar el equilibrio después de años de entrega sin reciprocidad. El amor sano no pide explicaciones ni obedece jerarquías. Fluye desde la autenticidad, y por eso no teme a la distancia ni al silencio.

VII. El arte como transmutación

Escribir, cantar, pintar, crear: todas las formas de arte son caminos de liberación. El dolor, cuando se vuelve palabra o melodía, deja de ser prisión para convertirse en puente. El arte no cura por lo que dice, sino por lo que revela: la verdad de haber sobrevivido. Cada nota, cada verso, cada pincelada, lleva en sí una declaración silenciosa: “Ya no estoy bajo tu dominio.” El individuo que se conforma como la víctima de esta dualidad, se convierte en creador. El silencio impuesto se convierte en lenguaje propio.

VIII. De víctima a testigo

Cuando la conciencia se asienta, el sobreviviente deja de verse como víctima. Ahora es testigo de su propia transformación. Ha visto la oscuridad, la ha comprendido y ha salido con una nueva mirada sobre el mundo. Comprende que todos los seres humanos —incluso los que hieren— están librando sus propias batallas invisibles. Esa comprensión no excusa el daño, pero impide que el odio eche raíces. Desde ahí, el testigo se convierte en maestro: no de los demás, sino de sí mismo.

IX. Filosofía del renacimiento

El renacimiento no es una vuelta atrás, sino una ascensión hacia el presente. Es vivir sin la necesidad de justificarse, sin el temor a desaparecer si el otro se va. Es existir desde la plenitud interior, no desde la carencia. Cada herida se transforma en símbolo. Cada lágrima se convierte en semilla. El alma, antes sometida, se expande hasta tocar lo sagrado. El filósofo Plotino escribió: “No busques fuera de ti; vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad.” Y ese regreso interior es, en esencia, la forma más pura de libertad.

X. Conclusión: El canto del alma liberada

Hoy, quien alguna vez fue reducido al silencio, canta. Canta con la voz, con las manos, con la mirada, con la vida. El eco del abuso se ha transformado en música interior. El camino no fue fácil, ni breve, ni lineal. Pero en la profundidad del sufrimiento se halló un tesoro que ningún agresor puede arrebatar: la conciencia despierta. El viaje del alma herida hacia su integridad no es un final feliz; es un inicio consciente. Y como toda aurora, comienza después de la noche más oscura.

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14/08/2023


Desde tiempos inmemoriales, la palabra "Bruja" ha sido un término que ha resonado a través de la historia con connotaciones de misterio y empoderamiento. A menudo, cuando hablamos de Brujas, estamos hablando de mujeres sabias y librepensadoras que desafían los tabúes y se sumergen en una vida de libertad sin restricciones. Si rastreamos el origen de la palabra, nos encontramos con un fascinante viaje a través del latín vulgar, donde "Bruxa" y luego "Voluxa", con la inclusión de la "X", emergen como formas primitivas que insinúan el significado intrínseco de "que vuela". Este último punto, como señalé previamente, nos lleva a una dimensión esencial de su identidad.

Es lamentable observar cómo a lo largo de la historia, el catolicismo manipuló el término Bruja para teñirlo con connotaciones negativas. Esta táctica fue empleada como medio para suprimir a las mujeres que poseían conocimientos despertados y una mentalidad libre de dogmas. Estas mujeres influían de manera poderosa en sus círculos familiares, lo cual resultaba contraproducente para la iglesia de épocas pasadas. Para añadir un giro aún más oscuro, las Brujas fueron representadas vestidas de negro y con rasgos monstruosos, a menudo portando el icónico símbolo de la escoba, una imagen que, en su raíz, no reflejaba la esencia de estas extraordinarias mujeres. En realidad, este simbolismo de la Bruja en la escoba vestida de negro surgió de la mente colectiva de la misma iglesia, retratando, en cierta medida, la naturaleza interna de quienes promovían dicha narrativa.

Al adentrarnos en la historia, nos damos cuenta de que estas mujeres liberadas eran agentes de cambio en una sociedad dominada por valores y normas patriarcales. Sus habilidades y conocimientos en medicina herbal, astronomía y filosofía las convertían en figuras influyentes, capaces de desafiar las normas establecidas. Citando a la historiadora feminista Mary Wollstonecraft, "Las Brujas encarnaban la resistencia a la opresión y la represión de las voces femeninas". Este papel desafiante y rebelde fue precisamente lo que las instituciones religiosas y patriarcales intentaron suprimir.

En su esencia, el resurgimiento moderno de la figura de la Bruja se ha centrado en la reafirmación del poder femenino y la conexión con la naturaleza. Muchas mujeres contemporáneas han abrazado el término "Bruja" como una declaración de independencia espiritual y autoconciencia. Este movimiento no solo abarca a las mujeres, sino que también acoge a personas de géneros diversos que encuentran resonancia en el arquetipo de la Bruja como un símbolo de resistencia y liberación.

En definitiva, si nos adentramos en la rica y multifacética historia de las "Brujas", encontramos un hilo conductor que une la lucha por la libertad, la sabiduría y la valentía en todas las épocas. El término, aunque deformado por las agendas institucionales, ha renacido como un emblema de empoderamiento. En la misma línea, reconocemos que la imagen distorsionada de la Bruja, creada por aquellos que buscaban reprimir, solo reflejaba su propia inseguridad. Hoy, celebramos a las mujeres libres y pensadoras, rindiendo homenaje a sus antepasadas que desafiaron el statu quo y allanaron el camino hacia la emancipación.

El impacto de estas mujeres va más allá de su tiempo. A lo largo de los siglos, la persecución de las Brujas se intensificó, llegando a su punto máximo en los juicios de brujería que azotaron Europa y América. Millones de vidas, en su mayoría de mujeres, fueron truncadas en medio de acusaciones infundadas y rituales inquisitoriales. Sin embargo, la llama del conocimiento y la resistencia no se extinguió. Mujeres como Agnes Waterhouse y Margarita de la Cruz dejaron un legado de valentía y una búsqueda incansable de la verdad en un mundo que buscaba restringir sus voces.

Es interesante cómo la iconografía de la Bruja, a menudo vinculada con calderos humeantes y gatos negros, revela una profundidad simbólica que trasciende las apariencias. Los calderos, por ejemplo, simbolizaban la alquimia interior y la transformación personal que muchas Brujas buscaban. Estas mujeres veían la magia no como una simple manifestación externa, sino como un reflejo de su proceso interno de autodescubrimiento y crecimiento. Los gatos negros, aunque vilipendiados en muchos momentos de la historia, eran considerados compañeros espirituales y protectores en el camino místico. El legado de las Brujas también se entrelaza con la naturaleza, reflejando una conexión profunda y espiritual con el mundo que las rodea. La adoración de la luna, por ejemplo, era una parte central de sus prácticas, ya que la luna representaba ciclos, renovación y poderes misteriosos. Esta afinidad por los ritmos naturales a menudo las coloca en sintonía con la tierra, las plantas y los elementos, lo que refuerza su reputación como guardianas de la sabiduría ancestral.

A medida que el mundo avanza en el siglo XXI, vemos un resurgimiento del interés por la espiritualidad y las prácticas alternativas. Las modernas "Brujas" son, en muchos sentidos, portadoras de esta antorcha ancestral. Se dedican a aprender y revitalizar las antiguas artes mientras incorporan un enfoque contemporáneo. Los círculos de Brujas y las comunidades en línea permiten que las personas se conecten, compartan conocimientos y apoyen mutuamente sus viajes individuales.

En este renacimiento, es fundamental recordar la lucha histórica de las Brujas por la liberación y la igualdad. Cada vez que una mujer abraza el término "Bruja", está rindiendo homenaje a aquellas que desafiaron la represión y dejaron un legado que trasciende el tiempo. Al celebrar a las Brujas del pasado y del presente, estamos forjando un camino hacia un futuro en el que la diversidad espiritual y el empoderamiento femenino brillan con una luz inquebrantable.

Lic. Nelson J. Ressio.

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26/07/2023


La aparentemente interminable búsqueda de la plenitud y de la realización personal, es una aspiración que ha intrigado a filósofos y pensadores a lo largo de la historia. En este trayecto repleto de obstáculos hacia la autorrealización, nos encontramos con la poderosa influencia del árbol genealógico y la herencia ancestral en nuestras vidas. Al igual que los filósofos del pasado reflexionaban sobre la naturaleza humana, reconocemos la trascendencia de sanar nuestro ADN como un acto emancipador y liberador.

"Conócete a ti mismo" es una máxima filosófica que resuena profundamente en este contexto. Romper con las cadenas ancestrales que nos atan a patrones negativos, conductas autodestructivas y creencias limitantes implica explorar el laberinto de nuestra psique y comprender las raíces de nuestra existencia. Así como los antiguos filósofos buscaban el conocimiento para alcanzar la sabiduría, nosotros también buscamos la iluminación interior para trascender nuestras limitaciones heredadas.

La transformación de nuestra epigenética, no es solo un acto simbólico, sino un proceso científico que encuentra fundamentos en la epigenética y la neurociencia. Investigaciones actuales han revelado cómo las experiencias y traumas vividos por nuestros ancestros pueden influir en la expresión genética de las generaciones futuras. Estos hallazgos científicos confirman la relevancia de sanar el árbol genealógico, ya que puede tener repercusiones profundas en nuestra salud física y emocional.

Al adoptar una mirada psicológica, nos adentramos en el terreno del inconsciente colectivo, como lo exploraba Carl Gustav Jung. En este almacén de experiencias compartidas, encontramos la huella de las emociones y los conflictos que atraviesan nuestra línea ancestral. Al sanar nuestro "ADN colectivo", no solo nos liberamos a nosotros mismos, sino que también contribuimos a sanar a nuestros antepasados y las generaciones futuras, rompiendo con patrones transgeneracionales que nos afectan sin siquiera ser conscientes de ellos.

"La vida puede ser entendida mirando hacia atrás, pero solo puede ser vivida mirando hacia adelante", afirmaba Søren Kierkegaard. Al liberarnos de las cargas del pasado, abrimos las puertas a un futuro más prometedor y armonioso. No es negar la historia familiar, sino reinterpretarla desde la óptica de la redención y la resiliencia. Al enfrentar y transformar las sombras del pasado, despejamos el camino hacia una vida más plena y significativa. La alteración de nuestra "epigénesis" es un acto de amor hacia nosotros mismos y nuestros ancestros. Como bien decía el filósofo Friedrich Nietzsche, "Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a casi cualquier cómo". En esta travesía de sanación, encontramos nuestro propósito y damos significado a nuestras experiencias, reconociendo que cada desafío superado nos acerca a nuestra mejor versión.

En pocas palabras, el proceso o trabajo de transformar la epigenética de nuestro ADN es un viaje de autodescubrimiento, donde la filosofía, la psicología y la ciencia convergen para ofrecernos una comprensión integral de nuestra existencia. Al sanar nuestro árbol genealógico, trascendemos las limitaciones del pasado y nos abrimos a la posibilidad de crear un futuro en armonía con las leyes universales. Nos convertimos en maestros de nuestra realidad, honrando nuestro legado ancestral mientras tejemos una nueva narrativa de bienestar y plenitud.

Lic. Nelson J. Ressio.

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