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11/02/2026
22/12/2025
La razón como instrumento de introspección determinista
El acto de mirar hacia adentro sin abandonar la ciencia.
Siempre he sostenido —y cada vez con mayor convicción— que no existe un verdadero umbral entre el mundo exterior y el mundo interior cuando ambos son abordados desde el mismo instrumento fundamental: la razón. No la razón domesticada por la costumbre o por la repetición cultural, sino la razón en su forma más desnuda y exigente, aquella que no concede nada sin antes haberlo caracterizado, delimitado y comprendido. Tanto lo que ocurre fuera de mí como aquello que sucede en los pliegues de mi propia mente requieren, para ser entendidos, de ese mismo acto racional que no teme avanzar hacia territorios que otros prefieren dejar en penumbra. Desde esta postura, jamás pude concebir una espiritualidad desligada del determinismo. Por el contrario, cuanto más profundamente me adentro en la experiencia interior, más evidente se vuelve la necesidad de medir, clasificar, adjetivar y observar con mucha precisión cada fenómeno que se manifiesta. La espiritualidad, entendida de este modo, no es una evasión de la razón, sino su aplicación más refinada sobre el objeto más complejo que existe: la mente observándose a sí misma, sin abandonar jamás al cuerpo, ese templo físico donde toda experiencia mental encuentra su anclaje material.
El determinismo, lejos de empobrecer la experiencia espiritual, la vuelve accesible al conocimiento. Determinar es, en esencia, transformar lo desconocido en cognoscible. Es permitir que aquello que parecía etéreo adopte forma, contorno y significado. Cada vez que observo un estado mental, una emoción difusa o una imagen interna, estoy ejecutando un acto determinista: lo estoy convirtiendo en una entidad susceptible de ser comprendida. Y en ese proceso, no solo conozco algo nuevo, sino que me conozco a mí mismo en una profundidad que rara vez se alcanza desde la vigilia ordinaria.
He aprendido que este escrutinio interior no puede realizarse desde el ruido. La mente cotidiana, saturada de estímulos automáticos, actúa como una interferencia constante. Por eso, cuando decido emprender este viaje introspectivo, comienzo por el cuerpo. La postura, la respiración, el silencio externo no son detalles menores, sino condiciones necesarias para que la observación interna adquiera nitidez. El cuerpo se relaja, y con él, la vigilancia excesiva del consciente comienza a ceder terreno.
En ese punto, el acto más complejo es, paradójicamente, el más simple: dejar de pensar. No en el sentido ingenuo de vaciar la mente por completo, sino en el sentido técnico de suspender el flujo de pensamientos automáticos propios del estado de vigilia. Al hacerlo, la conciencia no desaparece; se transforma. Se vuelve un espacio receptivo, un campo de observación limpio, libre de las narrativas repetitivas que suelen monopolizar la atención. Y es justo allí donde comienzo a percibir el tránsito hacia un estado limítrofe, un umbral neurocognitivo que no es sueño, pero tampoco vigilia plena. Un estado en el que la actividad cerebral adopta un ritmo distinto, más profundo, más lento en apariencia, aunque extraordinariamente rico en contenido. Este territorio intermedio —que puede asociarse a frecuencias Theta con irrupciones Gamma— se convierte en el escenario ideal para que emerjan contenidos que, en condiciones normales, permanecen ocultos tras las barreras funcionales de la conciencia ordinaria. Entonces, al alcanzar este estado, no me disuelvo en la inconsciencia. Permanezco despierto, atento, pero sin interferir. Y es precisamente esta combinación —conciencia presente y mente silenciosa— la que permite que comiencen a manifestarse las primeras ramificaciones provenientes de niveles más profundos de la psique. No llegan como pensamientos articulados, sino como imágenes, sensaciones, símbolos, impresiones que reclaman ser observadas sin ser juzgadas de inmediato.
Aquí se hace evidente una arquitectura mental que durante mucho tiempo fue intuida y luego formalizada: la existencia de distintos estratos de la mente, cada uno con funciones específicas. El consciente, con su capacidad de definición y delimitación; el preconsciente, como zona de tránsito y filtrado; y el inconsciente, vasto, atemporal, indiferente a las categorías con las que el consciente intenta apresarlo. Este último no responde a la lógica lineal ni al tiempo cronológico, sino a una lógica simbólica, asociativa y profundamente energética.
Cuando las barreras del preconsciente se tornan permeables —no por fuerza, sino por aquietamiento—, el material inconsciente encuentra una vía de acceso más directa hacia la observación consciente. Y es en ese momento cuando el acto espiritual se vuelve, sin ambigüedades, un acto científico. Observo. Registro. Comparo. Intento determinar qué tipo de contenido se manifiesta, con qué intensidad, bajo qué forma simbólica, y qué resonancia provoca en mi estructura psíquica y corporal.
Carl Gustav Jung afirmaba que “quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta”. Esta frase, tantas veces citada en otros artículos, adquiere aquí un sentido operativo. No se trata de una metáfora poética, sino de una descripción precisa de un proceso cognitivo. Al mirar hacia adentro desde un estado de conciencia ampliada, no estoy soñando: estoy despierto en un nivel distinto de percepción. Un nivel donde el inconsciente deja de ser un territorio inaccesible para convertirse en un campo de estudio directo.
Lo verdaderamente revelador es comprender que este inconsciente no es únicamente personal. Contiene capas más profundas, compartidas, arquetípicas, que trascienden la biografía individual. Pero incluso antes de llegar a ese estrato colectivo, hay un aspecto que siempre me ha resultado particularmente inquietante y fascinante: la relación del inconsciente con el tiempo. O, más precisamente, su indiferencia absoluta hacia él.
Mientras el consciente organiza la experiencia en pasado, presente y futuro, el inconsciente opera en una simultaneidad constante. Sus contenidos existen como configuraciones electroquímicas, como patrones dinámicos que no reconocen la flecha temporal. Y si aceptamos —como la física moderna sugiere— que a nivel subatómico la información puede entrelazarse más allá del espacio y del tiempo, entonces el inconsciente se convierte en un candidato natural para este tipo de fenómenos.
Desde esta perspectiva, comienza a abrirse una posibilidad que incomoda a muchos, pero que resulta inevitable cuando se sigue el razonamiento hasta sus últimas consecuencias: si continúo existiendo en el tiempo, si mi mente seguirá generando procesos inconscientes en los años venideros, entonces esas configuraciones futuras ya forman parte, de algún modo, del campo total de información que constituye mi inconsciente actual. No como recuerdos conscientes, sino como potenciales latentes, como huellas aún no manifestadas en la experiencia ordinaria. Y en este punto, la introspección adquiere una dimensión radicalmente nueva. Observar el inconsciente deja de ser únicamente una exploración del pasado reprimido para convertirse también en una posible lectura anticipada de configuraciones futuras. No como profecía, sino como inferencia determinista basada en la continuidad de la existencia psíquica. El inconsciente, al no conocer el tiempo, contiene tanto lo que fue como lo que será, siempre que ese “será” tenga suficiente carga emocional y estructural como para inscribirse en la arquitectura profunda de la mente.
Así, el acto de observar estas ramificaciones internas desde un estado Theta-Gamma se transforma en algo más que una práctica meditativa. Se convierte en un ejercicio de lectura cuántica de uno mismo. Un telescopio interior que no apunta al cielo, sino a la totalidad de mis propias existencias posibles, conectadas entre sí por la materia prima común de la mente: la información.
La arquitectura del tiempo psíquico y el entrelazamiento del ser
La memoria que aún no ocurrió.
Al avanzar más profundamente en esta exploración, se vuelve imposible ignorar una verdad que, aunque incómoda para el pensamiento clásico, se presenta con una coherencia interna notable: el inconsciente no recuerda en términos temporales, sino estructurales. No almacena eventos ordenados en una línea cronológica, sino configuraciones energéticas de alta carga emocional y simbólica. Allí, un recuerdo del pasado y una impronta futura poseen la misma ontología: ambas son patrones electroquímicos activos o latentes, coexistiendo en un mismo campo.
Esta constatación modifica radicalmente la manera en que concibo la memoria. La memoria deja de ser un archivo del pasado para convertirse en un reservorio dinámico de estados posibles. No se trata únicamente de lo vivido, sino también de lo que será vivido, siempre que aquello posea suficiente intensidad como para dejar una marca profunda en la psique, y aquí se sucede el justo y muy trascendente instante en que el inconsciente no anticipa el futuro: lo contiene potencialmente, del mismo modo en que una semilla contiene al árbol sin conocer su forma definitiva. Por lo que, cuando me sitúo deliberadamente en ese estado de observación interna, cercano al umbral del sueño pero sostenido por la lucidez consciente, comienzo a notar diferencias cualitativas en las ramificaciones que emergen. Algunas poseen una textura familiar, un eco reconocible que remite a experiencias ya vividas. Otras, en cambio, se presentan como extrañas, ajenas a toda referencia autobiográfica conocida. No pertenecen al pasado ni al presente reconocible, y sin embargo están allí, insistentes, cargadas de una emocionalidad que no puedo atribuir a ningún recuerdo previo. Por tanto es en ese punto donde la razón, lejos de retirarse, debe afilarse aún más. No puedo permitirme caer en interpretaciones místicas desprovistas de rigor, pero tampoco puedo negar el fenómeno por el simple hecho de que incomode a los marcos teóricos tradicionales. Si esas configuraciones no provienen del pasado conocido, y si no pueden ser explicadas como simples asociaciones aleatorias, entonces debo contemplar la hipótesis de que correspondan a estados futuros de mi propia experiencia.
Aquí, el determinismo vuelve a desempeñar un papel central. No se trata de afirmar que el futuro esté escrito, sino de reconocer que existen trayectorias altamente probables en función de la continuidad psíquica. Mi yo de mañana, de dentro de un año o de varias décadas, no es una entidad desconectada de mí, sino una extensión coherente de este presente. Compartimos la misma base neurobiológica, la misma historia genética, los mismos arquetipos profundos. Y, sobre todo, compartimos un inconsciente que no se fragmenta con el paso del tiempo.
Desde esta perspectiva, el entrelazamiento cuántico deja de ser una metáfora atractiva para convertirse en un modelo explicativo plausible. Si aceptamos que los procesos mentales son, en última instancia, fenómenos electroquímicos sustentados por interacciones subatómicas, entonces no resulta descabellado suponer que dichos procesos puedan mantener correlaciones no locales. El inconsciente, como sistema de información, podría operar bajo principios similares a los que la física cuántica ha comenzado a describir en otros ámbitos.
Así, una experiencia futura de alta carga emocional —un evento que marque profundamente a mi yo de dentro de veinte o treinta años— no necesita “viajar en el tiempo” para hacerse presente. Basta con que exista como configuración estable en el campo inconsciente global que compartimos todas mis versiones temporales. Desde allí, puede manifestarse como una impresión, una imagen, una sensación difusa cuando el consciente se encuentra lo suficientemente silenciado como para no bloquear su emergencia. Y justamente, este mecanismo explicaría por qué ciertas intuiciones poseen una fuerza tan particular, tan distinta de la imaginación ordinaria. No aparecen como construcciones voluntarias, sino como irrupciones. No se sienten creadas, sino recibidas. Y, sin embargo, no provienen de un exterior trascendente, sino del interior más profundo de mi propia continuidad existencial. Son mensajes del yo que aún no ha llegado a manifestarse plenamente en la experiencia consciente.
He aprendido, con el tiempo, que la clave no está en interpretar de inmediato estos contenidos, sino en observarlos con paciencia y método. Intentar definir su cualidad emocional, su densidad simbólica, su grado de coherencia interna. Algunos se disuelven rápidamente, revelándose como simples fluctuaciones del "sistema". Otros persisten, reaparecen, se repiten bajo distintas formas. Esos son los que merecen atención, los que deben ser registrados como hipótesis abiertas sobre posibles configuraciones futuras de la experiencia.
En este punto, la práctica se vuelve claramente interdisciplinaria. Convergen la psicología profunda, la neurociencia, la filosofía del tiempo y ciertos postulados de la física contemporánea. No se trata de forzar una síntesis artificial, sino de permitir que cada disciplina aporte su lenguaje para describir un mismo fenómeno observado desde distintos ángulos. El resultado no es una certeza absoluta, sino un mapa conceptual más amplio, capaz de albergar lo que antes era descartado por incomprensible.
Platón, en su teoría de la reminiscencia, sostenía que conocer es recordar. Quizás, llevado a este extremo, podríamos decir que conocer también es anticipar, en el sentido más literal y menos místico del término. Anticipar no como adivinación, sino como resonancia. El presente vibra con ciertas configuraciones que aún no han tomado forma en el mundo fenoménico, pero que ya existen como posibilidades estructuradas en el campo psíquico, por lo que esta concepción resignifica por completo la idea de Visión Remota. Ya no como una capacidad paranormal orientada hacia objetos externos, sino como una habilidad introspectiva profundamente humana: la capacidad de observar estados internos no locales en el tiempo. Un acto de percepción dirigido hacia la propia continuidad existencial, utilizando como instrumento una conciencia entrenada para no interferir.
Desde este enfoque, la resistencia cultural a estas prácticas resulta comprensible. Implican aceptar que el sujeto no está confinado al instante presente, que su identidad se extiende más allá de los límites que el sentido común impone. Pero también implican una enorme responsabilidad. Observar posibles futuros no significa resignarse a ellos, sino reconocerlos como trayectorias que pueden ser modificadas desde la conciencia presente.
Porque si algo queda claro en esta exploración es que el determinismo psíquico no excluye la libertad; la incluye como variable. La conciencia, al hacerse cargo de estas configuraciones latentes, puede actuar sobre ellas, redefinirlas, atenuarlas o potenciarlas. El futuro, entonces, no es un destino fijo, sino un campo de probabilidades influenciado por la lucidez del presente.
La ética del observador interno y la espiritualidad como ciencia viva
Responsabilidad, integración y conciencia expandida.
Al llegar a este punto del recorrido, se vuelve evidente que el acto de observar el propio inconsciente —ya sea en sus capas personales, colectivas o futuras— no es una práctica neutra. No se trata simplemente de una técnica, ni siquiera de un método de conocimiento en el sentido clásico. Es, ante todo, un posicionamiento ético frente a uno mismo. Porque observar implica asumir responsabilidad sobre aquello que se observa, y comprender implica aceptar que el conocimiento transforma inevitablemente al observador.
Cuando me interno en estos estados de conciencia ampliada, no lo hago movido por la curiosidad vacía ni por el deseo de anticipar acontecimientos como quien consulta un oráculo. Lo hago porque entiendo que cada configuración psíquica que emerge —cada imagen, cada sensación, cada resonancia— es una información que me concierne directamente. No puedo desentenderme de ella sin traicionarme. El conocimiento interior, una vez adquirido, exige integración, y esta integración no ocurre únicamente en el plano mental. El cuerpo participa activamente en todo el proceso ya que cada observación profunda tiene un correlato somático: una tensión que se libera, una respiración que cambia, un pulso que se aquieta o se acelera. El cuerpo no es un mero soporte pasivo de la mente; es su interlocutor constante. Ignorar esta dimensión sería fragmentar artificialmente una unidad que, en la experiencia directa, se manifiesta como indivisible.
He llegado a comprender que la espiritualidad auténtica no se define por creencias, sino por prácticas verificables en la propia experiencia. Y en esa línea de pensamiento, esta forma de introspección determinista constituye una espiritualidad profundamente encarnada. No eleva al sujeto por encima de su condición biológica, sino que lo sumerge en ella con mayor conciencia. No niega la química cerebral ni la fisiología; las integra como el lenguaje mismo a través del cual la experiencia espiritual se expresa.
Spinoza afirmaba que “el orden y la conexión de las ideas es el mismo que el orden y la conexión de las cosas”. Esta intuición, adelantada a su tiempo, le dá más fortaleza a este enfoque. Las configuraciones mentales no son entidades aisladas flotando en un vacío abstracto, sino expresiones de un orden subyacente que atraviesa tanto la mente como la materia. Comprender ese orden, aunque sea parcialmente, es alinearse con él.
Y desde aquí, la noción de futuro deja de ser una amenaza o una promesa externa para convertirse en una responsabilidad interna. Si ciertas trayectorias psíquicas se manifiestan como altamente probables, el acto consciente consiste en dialogar con ellas, no en someterse ciegamente ni en negarlas. La lucidez no garantiza la ausencia de dolor o dificultad, pero sí otorga una brújula. Y en un microcosmos complejo, una brújula es ya una forma de libertad. Pero este proceso exige disciplina. No una disciplina rígida y punitiva, sino una constancia amable. La mente no se aquieta por imposición, sino por entrenamiento. El observador interno se afina con la práctica, con la repetición consciente de ese gesto sencillo y profundo: sentarse, callar, observar. Y en cada observación, recordar que lo que aparece no es un enemigo ni un misterio hostil, sino una parte de mí buscando ser reconocida. Y a medida que profundizo en esta práctica, ocurre algo sutil pero decisivo: la frontera entre lo científico y lo espiritual se vuelve cada vez menos relevante. No porque desaparezcan las diferencias metodológicas, sino porque ambas dimensiones comienzan a responder a una misma exigencia de verdad. La verdad ya no es una afirmación externa que se acepta o se rechaza, sino una coherencia interna que se verifica en la experiencia directa y en sus efectos sobre la vida cotidiana.
La ética que emerge de este enfoque no se basa en normas impuestas, sino en comprensión profunda. Comprender mis propias dinámicas inconscientes —pasadas, presentes y potencialmente futuras— me vuelve más responsable de mis actos, más consciente de mis reacciones, más atento a los efectos que genero en los demás. La introspección radical no conduce al aislamiento, sino a una forma más lúcida de vínculo, porque al reconocer en mí la multiplicidad temporal, la continuidad entre mis distintos estados del ser, también reconozco esa misma complejidad en los otros. Cada individuo se convierte entonces en un sistema profundo, atravesado por historias visibles e invisibles, por potenciales aún no realizados. Esta comprensión suaviza el juicio y fortalece la empatía, sin caer en ingenuidades.
He aprendido, desde muy atrás en el tiempo, que el verdadero “templo” no es un espacio simbólico separado del mundo, sino que la totalidad del sistema cuerpo–mente–conciencia en interacción constante con su entorno. Cuidar ese templo no implica retirarse del mundo, sino habitarlo con mayor presencia. Cada acto cotidiano se vuelve una oportunidad de integración, cada decisión una forma de alineamiento entre lo que intuyo, lo que comprendo y lo que hago.
Así, la espiritualidad científica que practico no promete certezas absolutas ni revelaciones definitivas. Ofrece algo más valioso y más exigente: un camino de observación honesta, de pensamiento riguroso y de apertura constante a lo desconocido. Un camino en donde la razón no anula el misterio, sino que lo rodea, lo explora y lo honra sin renunciar a su lucidez.
Y es en ese equilibrio —siempre dinámico, siempre inestable— donde encuentro sentido. No en la respuesta final, sino en el acto continuo de preguntar, observar y comprender. Porque mientras exista conciencia, mientras haya mente que se observe a sí misma, el viaje no habrá terminado. Y quizá nunca deba hacerlo.
20/10/2025
He llegado a comprender, con el paso del tiempo, que cada decisión consciente que tomo no se origina únicamente en un razonamiento lógico o una deliberación intelectual. En lo más profundo de mi experiencia, siento que existe una red de señales sutiles, casi imperceptibles, que anteceden a todo pensamiento. Esas señales, que llamo los “hilos iniciales”, son como filamentos que emergen desde una región desconocida de la psique: el inconsciente. Cuando los percibo, algo en mí se reordena. No es una deducción, ni una conjetura racional; es más bien una proyección intuitiva, un presentimiento que se gesta en un lenguaje que aún no ha aprendido a hablar, pero que, paradójicamente, siempre se hace entender. Y esos hilos se manifiestan a veces como imágenes fugaces, a veces como sensaciones corporales o intuiciones inexplicables que se anticipan a los hechos. Y cada vez más, he comprendido que su presencia obedece a una dinámica muy similar a la de los sueños en fase REM, donde el inconsciente intenta comunicarse con la conciencia atravesando el filtro del preconsciente. Freud denominó a este proceso “el retorno de lo reprimido”, pero yo prefiero pensarlo como la emergencia de lo latente, la forma que tiene el alma de empujar sus verdades hacia la superficie. Jung, en cambio, lo habría visto como un intento del Sí-Mismo por equilibrar el yo consciente. Él decía: “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino.” Quizás eso explique por qué, cuando soy capaz de percibir esos “hilos iniciales”, puedo anticipar situaciones futuras: no porque esté leyendo el porvenir, sino porque estoy escuchando el destino que ya se está tejiendo en las profundidades del inconsciente.
Me gusta imaginar lo anterior, como un pulpo psíquico que habita en el océano interior. Sus tentáculos se extienden hacia la superficie del pensamiento, pero el cuerpo principal —ese que contiene la totalidad del evento o símbolo— permanece oculto en la oscuridad. Cuando uno logra ver los movimientos de esos tentáculos, puede intuir, sin haberlo visto del todo, la forma del ser que los mueve. No se necesita que el pulpo emerja por completo; basta con observar los gestos sutiles de sus extensiones. Es, en esencia, una forma de conocimiento proyectivo, donde la intuición actúa como un radar que detecta el movimiento de lo invisible. Y he comprobado, una y otra vez, que cuando presto atención a esos hilos —a esos pequeños eventos, sin aparente conexión entre sí—, puedo entrever el contorno de un suceso mayor que todavía no se ha manifestado. Lo mismo ocurre en la vida cotidiana: los grandes eventos no surgen de la nada, sino de una acumulación de microeventos que los preceden. Lo que para la mayoría pasa inadvertido, para la mente entrenada en la observación intuitiva es como el movimiento de los tentáculos del pulpo antes de su ascenso.
La dificultad está en que el mundo moderno ha atrofiado esta capacidad. Hemos delegado nuestra percepción interior a favor de la inmediatez externa. Donde antes había contemplación, ahora hay distracción. Donde antes el alma creaba símbolos, hoy el ojo salta de una pantalla a otra. El Homo Videns, como advirtió Sartori, ya no ve para comprender, sino para consumir imágenes. Y cuando la visión se transforma en consumo, el pensamiento se vuelve débil, fragmentario, sin capacidad de hilvanar los hilos invisibles que conducen a la verdad.
No obstante, esta habilidad de anticipar, de captar los “hilos iniciales”, no se pierde del todo. Se adormece, como un músculo que espera volver a ser usado. Es posible cultivarla mediante el hábito de la introspección y la atención sostenida. En mí, esa práctica ha tomado la forma de una observación silenciosa, una especie de meditación activa donde la mente, lejos de aquietarse por completo, se mantiene en una alerta serena. Es en ese estado donde lo sutil se vuelve perceptible.
Hermes Trismegisto enseñaba en su Tabla Esmeralda que “lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo”. Y en esa correspondencia universal encuentro un eco de mi propia experiencia: lo que ocurre en lo profundo de la mente tiene su reflejo en el mundo exterior. Los hilos del inconsciente no solo predicen, sino que reverberan en la realidad. Todo acontecimiento visible es la manifestación final de un proceso invisible que comenzó mucho antes, en un nivel simbólico o energético. Entonces, si logro hacer consciente una ramificación inconsciente, entonces esa ramificación deja de dirigir mis actos desde la sombra. Me hago partícipe de la creación de mi propio destino, y al mismo tiempo, más consciente del tejido invisible del universo. Como si el pulpo, al sentir que ya no necesita ocultarse, se transformara en un aliado en lugar de una amenaza. Y sin embargo, hay algo más profundo aún: la comprensión de que esos hilos, esas ramificaciones, no me pertenecen solo a mí. Son parte de un entramado colectivo. El inconsciente personal, como decía Jung, es apenas una célula dentro del inconsciente colectivo. Cada pensamiento, cada emoción, cada intuición, participa en un campo mayor. Cuando uno desarrolla la capacidad de observar los hilos en sí mismo, también empieza a percibir los hilos que mueven a la humanidad entera.
Esa es la verdadera expansión de la conciencia: pasar de la intuición individual a la intuición arquetípica. Comprender que los “tentáculos del pulpo” no emergen solo de mi propio inconsciente, sino del inconsciente del mundo. Y al reconocer eso, toda intuición se convierte en una forma de participación cósmica.
La introyección, el hábito intelectual y la erosión del pensamiento profundo en la era del Homo Videns
Cada vez que me adentro en el proceso de observar esos hilos invisibles, me doy cuenta de que lo verdaderamente trascendente no está en la anticipación misma del evento, sino en el tipo de conciencia que surge cuando uno aprende a mirar hacia adentro con el rigor y la entrega de quien excava en su propio ser. No es un ejercicio de adivinación, ni una especie de clarividencia: es una forma superior de autoconocimiento. He comprendido que lo que llamo proyección intuitiva no es otra cosa que una consecuencia de la introyección consciente, esa práctica de mirar los propios abismos sin temor, de iluminar las cavidades mentales donde el inconsciente deposita sus símbolos, pulsiones y deseos no revelados. Y la introyección, cuando se convierte en hábito, actúa como una alquimia psíquica. Uno comienza por enfrentarse con lo reprimido, con lo incómodo, y termina por transformar la percepción misma de la realidad. En ese proceso, la frontera entre el yo y el mundo se difumina: lo que ocurre dentro se refleja fuera, y lo que ocurre fuera se convierte en espejo de lo interno. Lo sabía bien Schopenhauer cuando afirmaba que “el mundo es mi representación”; sin embargo, no todos están dispuestos a asumir el peso de esa afirmación. Porque si el mundo es representación, entonces también lo es cada dolor, cada alegría, cada evento que creemos ajeno. Todo aquello que experimento afuera no es más que un eco de mis propias profundidades.
En esa comprensión, la intuición adquiere un sentido más elocuente. Ya no se trata solo de anticipar lo que vendrá, sino de comprender el modo en que el inconsciente participa activamente en la creación de la realidad. Y para lograrlo, hace falta algo que escasea cada vez más: disciplina interior. Porque el alma, como una vasija, necesita llenarse de experiencia, de conocimiento, de observación. Si esa vasija permanece vacía, no hay fermento que transforme la intuición en sabiduría.
Pienso entonces en cuán escasa se ha vuelto esa forma de trabajo interior. Vivimos en un tiempo en el que el ejercicio del pensamiento profundo se ha vuelto casi una excentricidad. La cultura contemporánea parece más interesada en distraer que en enseñar a pensar. La atención, esa joya silenciosa del espíritu, ha sido troceada por el brillo inmediato de la distracción constante. En este escenario, la introspección es casi un acto de rebeldía.
El sociólogo Giovanni Sartori, en su lúcida obra Homo Videns, ya advertía que el hombre moderno ha pasado de ser un ser que piensa a ser un ser que ve sin comprender. El pensamiento conceptual se ha empobrecido, sustituido por una avalancha de imágenes que ocupan la mente sin nutrirla. Y así como el cuerpo se debilita cuando no se lo ejercita, también la mente se atrofia cuando no se la obliga a pensar con profundidad. El resultado es una humanidad que reacciona pero no reflexiona, que opina pero no comprende.
Cuando menciono el hábito intelectual, no me refiero a la acumulación de datos o a la erudición vana, sino a la capacidad de sostener una línea de pensamiento hasta sus últimas consecuencias. Ese hábito es lo que mantiene viva la llama de la introspección. A fuerza de repetición, la mente aprende a observar sus propios mecanismos, y con el tiempo, la introspección deja de ser un esfuerzo para convertirse en una segunda naturaleza. Lo que al principio parece arduo, termina por ser placentero: el alma encuentra gozo en conocerse. Platón lo insinuó en el Alcibíades Mayor cuando dijo que el alma, para conocerse, debe mirarse en otra alma, como los ojos se miran en los ojos del otro. Pero hoy, la mayoría evita esa mirada. Tal vez porque mirarse interiormente implica reconocer las sombras, los miedos, los monstruos que, pugnan por emerger del inconsciente hacia la conciencia. Sin embargo, esos “monstruos” no son enemigos: son guardianes de la energía psíquica. Son fragmentos de nuestro ser que reclaman integración.
Cuando el individuo rehúye ese encuentro, se fragmenta; y una sociedad de individuos fragmentados no puede aspirar a la coherencia colectiva. El resultado es un mundo donde la distracción reemplaza a la profundidad, y la inmediatez suplanta a la reflexión. Pero cuando uno se atreve a mirar hacia adentro, y a hacer del pensamiento un hábito, la percepción se afina hasta el punto de poder reconocer los patrones invisibles que unen los eventos aparentemente desconectados.
Es entonces cuando los “hilos iniciales” se vuelven visibles, no como anomalías, sino como manifestaciones naturales del orden interno de las cosas. El individuo que se conoce a sí mismo aprende también a leer el mundo, porque en en cierta forma, el mundo no es más que una proyección ampliada de su propio inconsciente. Y en ese reconocimiento, surge una forma de determinismo que no es mecánico, sino espiritual: el determinismo del alma, que no se basa en leyes físicas, sino en leyes simbólicas. Me pregunto a menudo qué pasará con la humanidad si esta capacidad de detección y proyección se pierde del todo. Si el Homo Videns continúa predominando, el determinismo aplicado —esa capacidad de prever lo que está por venir observando las señales sutiles del presente— podría desvanecerse como una ciencia olvidada. Ya no podríamos deducir los efectos a partir de las causas invisibles, porque el ojo que percibe lo sutil se habría cerrado. Pero, sin embargo, guardo esperanza. Creo que la conciencia humana es cíclica, que el péndulo de la historia oscila entre el olvido y el despertar. Así como en la antigüedad el hombre miraba al cielo para leer en las estrellas los designios del alma, también hoy algunos miran hacia adentro para leer en el inconsciente los signos del porvenir. La intuición, en esa "órbita", es la nueva astrología del alma. No predice los hechos, sino las corrientes de sentido que los anteceden.
Así como los antiguos sabios interpretaban los símbolos celestes, nosotros podemos interpretar los símbolos interiores. Cada sueño, cada impulso, cada pensamiento espontáneo es un jeroglífico que el inconsciente nos envía para advertirnos, prepararnos o guiarnos. Ignorarlos es vivir a ciegas. Escucharlos es despertar a la inteligencia profunda de la existencia.
De modo que el desafío contemporáneo no es solo tecnológico ni social, sino eminentemente espiritual: recuperar la capacidad de leer los tentáculos del pulpo antes de que emerja del todo. Porque cuando el evento ya se ha manifestado, cuando el pulpo está a la vista, ya no hay anticipación posible; solo reacción. Pero cuando uno aprende a reconocer sus movimientos en la penumbra del alma, el tiempo se amplía, y el futuro comienza a desplegarse ante la conciencia como un horizonte maleable.
Determinismo, trascendencia y el renacimiento de la conciencia creadora
A medida que profundizo en la observación de los hilos invisibles, comprendo que la llamada “muerte del determinismo aplicado” no es, en realidad, un final, sino una mutación del modo en que el ser humano concibe su relación con la realidad. Durante siglos, hemos creído que los hechos se encadenan con rigidez matemática, que toda causa produce inevitablemente su efecto, y que el universo se comporta como una máquina bien aceitada. Pero, en la medida en que la conciencia humana se expande, esa visión mecánica se vuelve insuficiente. Hoy sé que el verdadero determinismo no es lineal, sino simbólico. No se trata de una sucesión de causas y efectos, sino de una red de correspondencias entre planos de existencia. En otras palabras, no todo lo que ocurre tiene una causa visible, pero todo lo visible está enlazado a una causa invisible. Lo que llamamos “azar” no es más que el reflejo de nuestra incapacidad de leer los patrones sutiles que preceden a los eventos.
Cuando percibo los “tentáculos del pulpo”, esas ramificaciones del inconsciente que emergen en forma de intuición o presentimiento, no estoy violando las leyes del tiempo ni prediciendo el futuro: estoy reconociendo la arquitectura subyacente de los hechos antes de que se manifiesten. De algún modo, el tiempo mismo se vuelve transparente. El pasado, el presente y el futuro dejan de ser etapas separadas y se revelan como partes de un mismo tejido.
Heráclito, en su sabiduría arcaica, afirmaba que “el logos es común a todos, pero la mayoría vive como si tuviera su propio entendimiento”. Esta frase me resuena profundamente, porque describe el fenómeno de desconexión que vivimos hoy: la humanidad ha olvidado el logos común, el hilo invisible que une todas las cosas. La muerte del determinismo, entonces, no es el fin de la causalidad, sino el olvido de esa unidad. Cuando el pensamiento profundo se disuelve y la intuición es reemplazada por la reacción automática, el ser humano se convierte en un espectador del universo, no en su co-creador. El alma deja de leer los signos de su propio destino y se resigna a vivir en la superficie de los acontecimientos, sin comprender su sentido interior. Ese es el verdadero peligro: la desactivación del ojo interno, la pérdida del sentido simbólico. Sin embargo, hay algo en nosotros —una llama que nunca se extingue— que sigue llamando desde las profundidades. Cada intuición es una chispa de ese fuego, un recordatorio de que aún podemos participar activamente en el tejido de la realidad. Cuando escucho mi intuición, cuando observo un pequeño evento y lo asocio con una corriente más vasta que todavía no se ha manifestado, estoy reactivando el vínculo con el logos. Estoy restableciendo la comunicación entre la mente consciente y el alma del mundo.
Es por eso que el verdadero trabajo de autoconocimiento no consiste solo en mirar hacia adentro, sino en entrelazar lo interno con lo externo, lo visible con lo invisible, lo particular con lo universal. El inconsciente individual es apenas una célula del inconsciente cósmico, y cada vez que logramos iluminar una zona oscura de nuestra mente, esa luz se propaga más allá de nosotros.
Jung lo expresaba con precisión: “El encuentro con uno mismo es el destino de toda persona; solo quien mira hacia adentro despierta.”
Esa mirada interior, cuando se convierte en hábito, no solo transforma al individuo, sino que, poco a poco, altera el campo de la realidad colectiva. La conciencia es expansiva por naturaleza; cuando se ilumina, irradia.
Entonces, la tarea no es reconstruir el viejo determinismo racionalista, sino gestar una nueva comprensión: un determinismo espiritual, donde los símbolos, las emociones y los pensamientos son causas tan reales como las físicas. Cada idea es una semilla en el campo de la existencia. Cada intuición es una antena que capta la corriente del futuro antes de que éste se condense en el presente. Podría decirse que vivimos dentro de una sinfonía universal, y que el inconsciente funciona como el pentagrama invisible donde se escribe la melodía de los hechos. Cuando uno aprende a leer esas notas antes de que sean tocadas, participa de la composición del mundo. Ya no se es un oyente pasivo, sino un músico en el concierto de la existencia.
Y aquí emerge una paradoja hermosa: cuanto más consciente me hago de los hilos invisibles, menos necesito controlarlos. La intuición no busca dominio, sino comunión. No se trata de anticipar para manipular, sino de anticipar para comprender. Cuando veo los tentáculos del pulpo moverse en la penumbra, no los temo ni intento detenerlos: los saludo como a viejos aliados que anuncian el ritmo secreto del universo.
En este punto, la intuición se transforma en sabiduría. Ya no es una herramienta para sobrevivir, sino un camino de evolución interior. Es la manifestación práctica de aquello que los místicos orientales llaman prajñā: la inteligencia trascendental que surge cuando la mente y el espíritu se alinean.
La muerte del determinismo aplicado —como lo concebía la modernidad— es también el nacimiento de una nueva forma de pensamiento: no lógico, sino holístico; no secuencial, sino simbólico; no analítico, sino participativo. Es la conciencia comprendiendo que forma parte del mismo tejido que observa, que la realidad externa no es algo que le ocurre, sino algo que co-crea constantemente.
Desde esta comprensión, el acto de intuir deja de ser un misterio y se convierte en una manifestación natural de la conexión entre todos los niveles del ser. La intuición es, en cierto aspecto y a mi modo de ver, la voz del universo hablándose a sí mismo a través del individuo.
Así, lo que algunos llaman casualidad, otros lo llamarán destino, y yo prefiero llamarlo coherencia invisible. Una coherencia que se manifiesta cuando los hilos del inconsciente, los eventos cotidianos y la conciencia despierta se reúnen en una misma sinfonía de sentido.
Quizás el Pulpo del Inconsciente no sea un monstruo ni una metáfora del caos, sino el símbolo perfecto del alma cósmica: una inteligencia que extiende sus tentáculos por todos los rincones de la realidad, conectando lo que creemos separado, uniendo lo que la percepción fragmentaria rompe. Y tal vez, en los silencios donde el pensamiento se aquieta y la intuición susurra, ese Pulpo nos enseña que el futuro no es algo que llega, sino algo que siempre ha estado aquí, esperando a ser visto por quien se atreve a mirar.
Reflexión final
He aprendido que la conciencia no es un destino, sino una dirección. Cada vez que observo un hilo invisible, un detalle sutil, una intuición que se filtra entre mis pensamientos, siento que una parte de mí se reconcilia con el Todo. En esa reconciliación no hay profecía, sino participación. No hay adivinación, sino comunión con la inteligencia universal.
Y así, mientras el pulpo del inconsciente sigue extendiendo sus tentáculos, sigo también extendiendo los míos hacia lo desconocido, sabiendo que, en el fondo, somos el mismo ser mirándose desde distintos reflejos.
31/07/2023
La sombra puede entenderse como aquellos aspectos de nuestra personalidad que preferimos ignorar o negar, tanto a nivel individual como colectivo. Estos aspectos ocultos de nosotros mismos pueden manifestarse de manera indirecta, influenciando nuestro comportamiento sin que lo percibamos claramente. Ignorar la sombra puede llevarnos a enfrentarnos a conflictos internos y a repetir patrones no deseados en nuestras vidas. Podemos comparar la sombra con una sombra literal que nos sigue a dondequiera que vayamos, siempre presente aunque no siempre visible. Nuestras experiencias, traumas y enseñanzas pasadas proyectan esta sombra psicológica, moldeando nuestras acciones y elecciones de manera inconsciente. Aceptar su existencia y explorarla de manera consciente nos permite comprender aspectos profundos de nuestra psique y encontrar una mayor autenticidad en nuestras interacciones y decisiones.
En este contexto, el viaje de autorreflexión implica enfrentar nuestros temores y limitaciones internas. La sombra a menudo alberga miedos y deseos reprimidos que pueden obstaculizar nuestro crecimiento y desarrollo personal. Al confrontar estos aspectos oscuros de nosotros mismos, podemos liberar su poder sobre nuestras vidas y alcanzar una mayor integridad.
Dentro de este marco, debemos explorar cómo la sombra puede manifestarse en diferentes áreas de la vida. Por ejemplo, abordando el temor a la sombra de la introversión, la que puede llevar a evitar ciertas situaciones sociales o enfrentar dificultades en la comunicación interpersonal. Asimismo, el miedo a ser juzgados o desvalorizados por otros, puede influir en nuestra autoestima y en cómo nos presentamos ante el mundo. El temor a no ser aceptados tal como somos puede llevarnos a ocultar ciertos aspectos de nuestra personalidad o a evitar tomar riesgos en la vida.
El viaje hacia la autorreflexión también implica enfrentar nuestras ambivalencias internas y encontrar un equilibrio entre nuestros impulsos y deseos opuestos. Es menester destacar entonces, la importancia de la autosuperación intelectual y personal, lo que sugiere la necesidad de crecer y de evolucionar como individuos para alcanzar una mayor plenitud. Y no nos debemos olvidar de la voz interna, de esa voz que a veces parece no detenerse, proveniente desde la sombra y que intenta influir en nuestras decisiones y en nuestras acciones. Al reconocer esta voz, de la que a todo ser humano es receptor consciente o inconscientemente, y resistir sus intentos de dominar nuestra conciencia, podemos tomar las riendas de nuestras vidas y dirigirlas hacia nuestros objetivos y aspiraciones.
Debo enfatizar también, la importancia de aceptar y de abrazar nuestra sombra en lugar de reprimirla o de negarla. Al aceptarla, nos permitimos vivir una vida más auténtica y significativa, liberándonos de las ataduras de la ambivalencia y del miedo.
Por lo tanto la sombra es un aspecto esencial de nuestra psicología, y que puede ejercer una poderosa influencia en nuestras vidas si no se la aborda de manera consciente. El trayecto particular hacia la autorreflexión nos lleva a explorar nuestra sombra y a integrarla en nuestra identidad para alcanzar una mayor plenitud y autenticidad en nuestras relaciones y decisiones. Cada paso en este viaje es esencial, y cada aspecto de nuestra sombra merece ser reconocido y entendido para lograr un mayor autoconocimiento y crecimiento personal.
03/03/2023
21/05/2022
El mirar sin estar viendo, conlleva el uso exclusivo de la mente. Y alguien podría preguntarse, ¿pero como es posible que puedas mirar sin ver? Pues, mi respuesta a dicha cuestión es que, como especie, nos acostumbramos tanto al solo ver, que el mirar ha quedado relegado en un lugar llamado "Olvido". Si, es posible mirar sin estar viendo, es posible usar el poder mental de cada uno de los integrantes de nuestra especie para mirar lo que la vista no puede ver, es posible mirar tan lejos que ni siquiera podríamos ver lo mismo usando la vista pegada a ambos óculos de un binocular, es posible mirar incluso desde lo más pequeño hasta lo majestuoso e inconmensurablemente grande, es posible mirar tan lejos que ningún telescopio de ningún tipo lo podrá ver, es posible mirar trasgrediendo los límites del tiempo y del espacio para determinar objetivos que existen en el pasado como los que nos esperan en el futuro, es posible mirar el mismísimo origen del Universo desde lo que le precedió en su Génesis hasta el Multiverso contenedor de infinitos universos iguales o diferentes al "nuestro", es posible mirar más allá del Multiverso y comprender que la "Nada" tiene el mismo derecho lógico de existir y al mismo tiempo coexistir junto con el "Todo", es posible mirar dentro de la mente propia tal como dentro de la mente de los demás con tal nivel de acierto que lograremos reforzar la noción que tenemos sobre el concepto de Egregor o Mente Colectiva o Supra-consciente, es posible mirar hasta el más mínimo estímulo eléctrico proveniente desde el mundo sensible como para decidir qué hacer con esa pulsión tan arcaica que nos recuerda persistentemente que somos animales embebidos en humanos, es posible mirar el paso del tiempo hasta en su más mínima expresión sobre cualquier sujeto u objeto en los que colocamos nuestra mirada mental, es posible mirar hasta la emisión de energía cuántica de cualquier tipo de materia en forma de pulsiones discretas y a la vez constantes, es posible mirar todo lo que la vista no es capaz de ver... y mucho más.
Y he mirado algo que ningún ser humano que no haya descubierto su propia e innata capacidad de mirar, podría llegar a entender, y por consiguiente, a creer. He mirado lo que mi vista, mis ojos, nunca serán capaces de ver. He mirado una civilización, la cual yace, desde hace mucho tiempo, debajo de la superficie y por entre las laderas de las montañas del planeta Marte. Mucho tiempo ha pasado desde que allí se establecieron y evolucionaron para llegar a ser en lo que hoy en día se han convertido. Son multiplanetarios, viajeros imparables y conquistadores precavidos, pero, más que nada, exploradores, por lo que solo conquistan los lugares en donde no exista vida inteligente en desarrollo, es decir, ellos no se establecen encima de otras civilizaciones que existan en otros planetas, sino que cohabitan solo si ambas civilizaciones llegaran a acuerdos basados en una única premisa; la paz y el progreso en conjunto. Pero antes de cohabitar, debe existir un "Primer Contacto", y esto último significa un enorme desafío. Está demás expresar, que dicho planeta debe ser lo más similar a uno de Clase "M", tal como lo es la Tierra, para que la vida haya tenido la oportunidad de prosperar allí.
El primer contacto, tal y como lo he podido mirar con mi mente, y como lo mencioné antes, se conforma como un magnánimo desafío de previas infiltraciones de parte de aquella especie que mi mente ha descubierto en Marte, (Marcianos ellos, y Extraterrestres para nosotros), pero dichas infiltraciones no tienen ninguna relación con intenciones dañinas, sino que, todo lo contrario, debido a que aquellas poseen sus propios protocolos perfectamente determinados y adaptados para cada evento de "Primer Contacto", los que decantan en normas claras y fundamentales que impiden que la civilización a contactar, -la que en este caso sería una Extramarciana-, se percate de la presencia de la civilización que desea hacer el contacto, -y que en este caso es esa civilización marciana que mi mente ha sido capaz de mirar-, y a la vez, si el contacto resulta no ser viable, no se alterará el orden interno de dicha civilización objetivo, porque, en definitiva, los habitantes de Marte basados en una mente multiplanetaria, en su intento de Primer Contacto, si este no resulta viable, la civilización que debería ser contactada no llegará a sentir la presencia, ni la más mínima existencia siquiera, de aquellos "conquistadores" marcianos, o más bien, "co-habitadores" pacíficos del planeta rojo.
Pero, llegó el día en el que la civilización de Marte ha hecho su Primer Contacto con la civilización denominada por ellos, Extramarciana.
Pese a que las normas son estrictas en lo referente a la no interferencia, hasta poder arribar a una conclusión, que será la que determine que el primer contacto pueda ser factible; lo cual deberá ser, además de lo anterior, provechoso para ambas civilizaciones y en el nombre de la paz y del progreso de ambas por igual; el propio contacto en si mismo se debe dar en un progresivo auto-descubrimiento por parte de la civilización a contactar, en oposición a todo intento de contacto explícito por parte de la civilización de Marte; es decir, la civilización Extramarciana debe descubrir por si misma, la existencia de una posible civilización que desea establecer algún tipo de contacto con ella, y aquel proceso de autodescubrimiento deberá ser lo único que, durante el comienzo del pre-contacto, ambas civilizaciones tengan en común. Y las semillas plantadas por la primera, por las propias manos de la civilización marciana; con el objeto de que la civilización objetivo se percate, lentamente, de la intención pacífica de que otra civilización desea ponerse en contacto con aquella; dichas semillas deben ser muy separadas en el tiempo entre la primera y cada una de las semillas subsiguientes, de manera tal de que la civilización objetivo vaya asumiendo, al principio de manera inconsciente y posteriormente de una manera más consciente y abierta, de que alguien de "allá afuera" quiere entablar una amistad duradera con ellos. Las semillas son colocadas por la civilización que mi mente ha descubierto en Marte, pero la percepción que generan dichas semillas en la mente colectiva de la civilización objetivo o Extramarciana, deberá parecer que es algo que proviene solamente desde el núcleo de su civilización, con el objetivo de hacer germinar en ellos mismos, una poderosa idea de contacto con alguna civilización fuera de su propio mundo, y con la que, quizás y con el tiempo, ellos pudiesen hacer su "propio contacto", sabiendo que el impulso para querer contactar a otros seres de otros mundos, ha sido conformado gracias a aquellas semillas "enterradas" por los "infiltrados de Marte", quienes han sido preparados para las fases que fueron preliminares al Primer Contacto.
Luego de mucho tiempo de infiltraciones destinadas a verificar que las semillas plantadas por la civilización de Marte, hayan dado sus frutos; es decir, que en el seno de la conciencia colectiva de la civilización -o planeta- objetivo o "Extramarciana", deberán haber brotado ideas "propias" con intenciones dirigidas hacia el contacto con inteligencias biológicas de otros Orbes; con lo que, cuando aquellos frutos estén "a punto", luego se procede a dar comienzo a la fase siguiente en lo que respecta al protocolo destinado al primer enlace entre civilizaciones diferentes que habitan mundos similares; por no decir iguales, en cuanto a la atmosfera, al tamaño, a la biodiversidad, a la cercanía con su propia estrella, etcétera.
Y he podido mirar, entonces, que la civilización Extraterrestre; es decir, que la civilización marciana que ha encontrado otro mundo habitado por una civilización Extramarciana inteligente; ha aplicado el protocolo de Primer Contacto a rajatabla, con resultados más que impactantes, porque, como expresa el Protocolo Marciano, aquellas semillas plantadas discretamente, han hecho que la civilización objetivo se haya dispuesto a hacer todo cuanto esté a su alcance dentro de su civilización de manera tal de que cada cosa que la conforma lleve la idea implícita de ser, ellos también multiplanetarios, por lo que, cada uno de sus inventos, en cualquier ámbito del saber y del conocer, ha estado enfocado en aquella dirección, y por lo tanto, si todo se hace con base en una sola dirección, por más variopintas que sean sus producciones y sus construcciones, sea lo que sea que ellos realicen, siempre los dirigirá hacia el innegable e inevitable momento del contacto con la civilización de Marte. En el instante en el que la semilla del pre-contacto ha sido plantada; por parte de los Extraterrestres -si los miro desde la perspectiva de la civilización de la Tierra-, es decir, plantada por la civilización marciana dentro del núcleo social mismo de la civilización Extramarciana -si la miro desde la perspectiva de la civilización de Marte-; entonces, al haber sido plantada la semilla del pre-contacto, se abrieron las puertas para una larga, progresista y pacífica relación entre dos mundos muy similares. Con lo anterior, se creó entonces, la necesidad de contacto con otras civilizaciones, dentro de una civilización que nunca ha conocido una, más que a ellos mismos. Es en este punto, luego de mucho tiempo, cuando la civilización de Marte comenzó a mostrarse lentamente ante los ojos impresionados de la civilización objetivo, porque en las mentes de estos ya estaba implantada una necesidad "autóctona" de contacto, y por lo tanto, incontables avistamientos "inexplicables" se comenzaron a materializar por todas las mentes de la civilización objetivo, es decir, por todas las almas que conforman dicha civilización Extramarciana, hasta que llegase el momento en el que, la cantidad de avistamientos, -fugaces al principio y más duraderos con el paso del tiempo-, fuesen tantos, que la idea de una civilización Extranjera a los ojos de los Extramarcianos, fuese una posibilidad casi innegable. Y entonces, llegado el glorioso momento en el que la civilización de Marte, -la que a nuestros ojos son Extraterrestres-, lograra plantar y hacer florecer las semillas de ideas multiplanetarias en la mente colectiva de la civilización objetivo, -la que a los ojos de aquellos son Extramarcianos-, y que luego comenzarán a darse a conocer por medio de avistamientos esporádicos, pero constantes y con más tiempo de visibilidad; llegado aquel momento de gloria, el verdadero Primer Contacto ya era una realidad en la mente de ambas civilizaciones; en la primera, en la civilización artífice fue de manera consciente, mientras que en la objetivo fue de manera inconsciente. Lo importante es el acercamiento, la unión, la paz, el progreso y el amor, y si para obtener lo precedente es necesario realizar todo lo que ha hecho la civilización de Marte, pues, en este caso, el fin ha justificado, y de sobremanera, a los medios para obtenerlo.
El Primer Contacto ha sido un éxito. Actualmente, dos civilizaciones cohabitan pacíficamente, y no solamente en el mundo de la civilización contactada, en el de los Extramarcianos, sino que también se ha formado un puente bidireccional entre Marte y el planeta de aquellos, por lo que Marte tiene Extramarcianos, así como el planeta de estos tiene a Marcianos. Ambas civilizaciones, desde el punto de vista de la civilización terrestre, son Extraterrestres... y he podido mirar que ya tienen pensado plantar aquella semilla de descubrimientos en nuestra civilización... Falta poco... muy poco.






