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26/02/2026

Una reflexión sobre el delicado entramado que sostiene a las sociedades y el peligro latente de confundir libertad con desregulación, entusiasmo con sabiduría, y cambio con verdadera evolución.

Cuando la sociedad abdica de su conciencia multidisciplinaria.

Hay momentos en la historia en los que siento que no estamos tomando decisiones: estamos reaccionando, y reaccionar, cuando se trata del destino colectivo, es una forma elegante de abdicar del pensamiento.

Me inquieta profundamente observar cómo ciertas propuestas que afectan la estructura misma del ser humano son tratadas como si fueran simples ajustes administrativos, como si la naturaleza humana fuera un experimento reversible, como si la biología, la psicología, la antropología y la historia pudieran ser suspendidas por decreto.

Cada vez que una sociedad decide modificar las reglas que regulan sus impulsos más primarios, me pregunto si ha pasado esa decisión por el tamiz de todas las disciplinas que explican lo que somos, porque no somos solamente ciudadanos, no somos solamente votantes, no somos solamente individuos con derechos abstractos, sino que, somos organismos biológicos moldeados por millones de años de selección natural, somos sistemas neuronales diseñados para sobrevivir en equilibrio precario entre placer y autocontrol, somos estructuras sociales que emergen de pactos frágiles sostenidos por normas compartidas, y cuando se altera una norma fundamental, no se altera un artículo: se altera un ecosistema humano.

Y sin embargo, con demasiada frecuencia, escucho argumentos simplificados que reducen cuestiones complejísimas a frases compasivas pero incompletas, apelando a la sensibilidad sin atravesar la estructura, invocando la libertad sin evaluar la consecuencia, hablando de inclusión sin analizar la entropía social que puede desencadenarse.

La compasión es necesaria, sí. Pero la compasión sin análisis puede convertirse en irresponsabilidad.

Charles Darwin expresó que no es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio, sin embargo, rara vez se recuerda que la adaptación no significa ceder a cualquier impulso, por el contrario, significa integrar información del entorno sin destruir la coherencia interna. Una sociedad que adapta sus normas ignorando su biología evolutiva no está evolucionando: está experimentando consigo misma sin comprender sus propios límites.

Cuando pienso, por ejemplo, en decisiones que afectan el consumo de sustancias que alteran la conciencia, no lo hago desde un juicio moral superficial, sino que desde una pregunta evolutiva: ¿Estamos fortaleciendo la capacidad adaptativa del ser humano o debilitando sus mecanismos de autorregulación? La neurociencia ha demostrado que ciertas sustancias interfieren con los circuitos dopaminérgicos, alterando el sistema de recompensa que regula la motivación, el aprendizaje y la conducta, por lo cual, el sistema que permitió a nuestros ancestros persistir frente al peligro puede ser secuestrado químicamente en cuestión de semanas.

No estamos hablando solamente de libertad individual, sino que de arquitectura cerebral, y cuando a esta se la altera masivamente en una población, la estructura social no permanece intacta, y es justo aquí en donde el pensamiento multidisciplinario se vuelve indispensable.

La antropología evolutiva nos muestra que las sociedades que prosperaron fueron aquellas que lograron regular los impulsos individuales en beneficio del grupo; la sociología nos enseña que la cohesión depende de normas internalizadas, y no así, de imposiciones externas; la medicina nos advierte sobre los efectos sistémicos y la filosofía interpela el concepto mismo de libertad. Entonces, si aislamos una sola disciplina, de las anteriores, para justificar una decisión compleja, estamos construyendo una visión miope, y la miopía colectiva tiene consecuencias.

Hay algo que me preocupa aún más que la decisión en sí: la forma en que se la justifica.

Cuando se instala una narrativa simplificada, repetida con insistencia hasta volverse incuestionable, no estamos ante un debate: estamos ante un fenómeno psicológico de repetición. Ya lo advertían antiguos pensadores: la reiteración constante moldea percepciones, incluso cuando el contenido no ha sido analizado críticamente. La mente humana, sometida a estímulos repetidos, tiende a normalizar lo que oye, por lo cual, lo normalizado deja de ser cuestionado.

El problema no es solo la sustancia, es la metodología cognitiva con la que la sociedad procesa la información.

Si una cultura pierde la capacidad de someter sus decisiones al crisol de múltiples disciplinas, comienza a operar bajo impulsos emocionales colectivos, y cuando las emociones reemplazan al análisis integral, la regresión se disfraza de progreso.

Aristóteles sostenía que la virtud se encuentra en el justo medio, ya que los extremos, decía, son desviaciones, y La historia parece confirmarlo: los extremos ideológicos tienden a simplificar la realidad hasta volverla binaria, eliminando la complejidad que caracteriza al ser humano. Ni la represión absoluta ni la permisividad absoluta han demostrado ser soluciones estables en el largo plazo, ya que los sistemas con características extremas, de cualquier signo, tienden a absolutizar principios parciales, y cuando ello sucede, se sacrifica lo integral.

Lo que me inquieta no es solo una política concreta, sino que la tendencia a abandonar el equilibrio en favor de la tentación permanente de elegir bandos en lugar de integrar perspectivas.

El ser humano no es lineal, sino que es sistémico.

La economía, por ejemplo, no puede analizarse sin la psicología, la psicología no puede desligarse de la biología, la biología no puede separarse de la evolución, y la evolución no puede entenderse sin el entorno social, y cuando una sociedad toma decisiones ignorando esta interdependencia, corre el riesgo de debilitar su propia base adaptativa.

A lo largo de mi vida, he aprendido que todo sistema que pierde coherencia interna comienza a fragmentarse, tal como lo he visto en estructuras tecnológicas, en organizaciones, en proyectos humanos, etcétera, es decir que, a mi entender, la fragmentación precede al colapso, y esa fragmentación comienza cuando dejamos de pensar en red, con lo cual, si promovemos decisiones sin evaluar sus efectos en la estructura familiar, en la motivación laboral, en la educación, en la salud mental y en la cohesión social, estamos operando con una visión parcial del ser humano.

El resultado no es inmediato, pero la entropía no da aviso de su llegada, y va avanzando silenciosamente hasta que el sistema pierde coherencia, y el desorden se apodera de la realidad como una ola gigantesca golpeando la tierra.

Quizás el mayor error de nuestra época sea confundir libertad con ausencia de límites, sin embargo, toda forma de vida prospera dentro de márgenes regulados, incluso las células tienen membranas, e incluso, las galaxias obedecen leyes gravitacionales.

El límite no es opresión: es crear estructura, porque sin ella no hay evolución posible.

Cuando abandono el análisis partidario y observo el fenómeno en abstracto, veo algo más profundo: la tendencia humana a polarizarse, a elegir extremos, a simplificar la complejidad hasta hacerla manejable emocionalmente, pero la realidad no es tan simple, sino que es compleja, interconectada y frágil.

Si decidimos alterar una variable crítica del sistema humano sin estudiar su impacto total, estamos actuando como aprendices en un laboratorio que no comprende completamente su propio experimento.

Y el experimento somos nosotros.

La seducción de los extremos y la arquitectura invisible de la decadencia.

Si algo he aprendido observando la historia humana —y también observándome a mí mismo— es que las sociedades rara vez se destruyen de manera abrupta; se erosionan lentamente, casi con elegancia, convencidas de que están avanzando mientras retroceden, y esa involución no suele presentarse con un rostro siniestro, sino que mediante un lenguaje amable.

El peligro no siempre se anuncia como peligro, y hasta hay veces que se disfraza de solución, y es justamente allí en donde la falta de pensamiento multidisciplinario se convierte en el terreno fértil para la autodestrucción colectiva.

Cuando una comunidad empieza a tomar decisiones estructurales basándose exclusivamente en una emoción dominante —sea compasión, miedo, resentimiento o entusiasmo ideológico— comienza a desactivar su mecanismo interno de equilibrio. La emoción no es enemiga; es necesaria, pero la emoción sin razón integradora es combustible a la deriva. Y creo que todos hemos visto cómo los extremos, de cualquier signo, seducen con una promesa de claridad sorprendente, debido a que todo extremo ofrece un mapa simple para un mundo complejo, dividiendo la realidad en buenos y malos, en víctimas y opresores, en liberadores y reaccionarios, y esa simplificación otorga una sensación inmediata de orden. Pero, lo anterior, es un orden artificial.

Heráclito mencionó que la armonía invisible es más fuerte que la visible. Esa armonía invisible es el entramado de relaciones que sostienen a una sociedad: normas implícitas, valores compartidos, límites consensuados, responsabilidades mutuas, pero cuando se tensan esos hilos sin comprender su función, la ruptura no ocurre en el discurso: ocurre en la estructura.

Una sociedad que pierde su centro gravitacional comienza a oscilar entre polos cada vez más radicales, y en ese vaivén, el equilibrio se convierte en sospecha, la moderación se interpreta como tibieza y el análisis profundo se caricaturiza como indecisión.

Debemos comprender que la centralidad no es debilidad, sino que simple madurez evolutiva.

En biología, los sistemas estables son aquellos que logran la homeostasis, es decir, un estado de regulación interna frente a estímulos externos. Por ejemplo, un organismo que reacciona exageradamente a cada estímulo termina colapsando y lo mismo ocurre con las sociedades, por lo cual, cuando una cultura reacciona a problemas reales con soluciones desproporcionadas, está imitando el comportamiento de un sistema inflamado, y esa inflamación prolongada termina dañando el tejido completo.

Pienso entonces, en el concepto de capital, no solo como recurso económico, sino como energía acumulada. Capital es tiempo transformado en valor, es esfuerzo cristalizado, es intercambio voluntario, es confianza convertida en progreso, etcétera, por lo que el negar la función estructural del capital en la evolución humana es desconocer que nuestra especie prosperó gracias a la acumulación y transmisión de recursos, conocimientos y herramientas, desde las primeras herramientas líticas hasta los sistemas digitales, el capital —material e inmaterial— ha sido el vector de expansión adaptativa.

Pero cuando el capital se absolutiza sin ética, degenera, y cuando se lo demoniza sin comprensión, paraliza, y como sabemos y en demasía creo yo, los extremos ideológicos tienden a caer en una de esas dos distorsiones: o lo convierten en ídolo absoluto, o lo declaran enemigo intrínseco. Vemos entonces, que en ambos casos, el análisis se empobrece.

La evolución humana no fue lineal ni pura; fue híbrida, pragmática, adaptativa. Nuestra especie sobrevivió no por adherirse a doctrinas rígidas, sino que lo hizo por integrar información diversa y ajustar conductas según el contexto, y por eso es que me preocupa la rigidez doctrinaria, ya que toda ideología extrema, sin excepción, tiende a simplificar el fenómeno humano hasta convertirlo en una caricatura, y cuando se gobierna desde caricaturas, las políticas se vuelven experimentos sobre cuerpos reales.

Como vemos, el problema no es discrepar, sino que es absolutizar.

Cuando el pensamiento crítico es reemplazado por consignas repetidas, se activa un fenómeno psicológico colectivo: la sugestión social. Gustave Le Bon, al analizar la psicología de las masas, observó que el individuo dentro del grupo pierde parte de su capacidad analítica y adopta la emoción que es más dominante dentro de ese grupo, no siendo esto es un defecto moral; mas bien, es una propiedad cognitiva. Por eso, cuando se repiten narrativas simplificadas hasta saturar el espacio público, se altera el procesamiento colectivo de la información, no importando tanto el contenido inicial, sino que su reiteración.

Una idea repetida mil veces adquiere apariencia de evidencia, y así, decisiones complejas terminan siendo aceptadas sin haber atravesado el análisis interdisciplinario que merecen.

Lo que más me inquieta no es la existencia de propuestas discutibles; eso siempre existirá, sino que, lo que realmente me inquieta es la falta de exigencia intelectual por parte de la ciudadanía.

El voto, por ejemplo, no debería ser una reacción emocional, todo lo contrario, por lo que debería ser un acto de integración cognitiva, y en esta vía, cuando voto —o cuando apoyo, o cuando rechazo— debería haber pasado previamente por la antropología, por la biología, por la economía, por la ética, por la historia comparada, etcétera, no como experto en todas ellas, sino como ciudadano consciente de que ninguna disciplina por sí sola contiene la totalidad del fenómeno humano.

Si una decisión favorece un impulso inmediato pero debilita la estructura evolutiva a largo plazo, ¿es progreso o es regresión evolutiva? La regresión evolutiva no siempre implica retroceder tecnológicamente, sino que a veces implica retroceder en madurez moral, en autocontrol, en responsabilidad, y la responsabilidad es el núcleo de la libertad, porque sin responsabilidad, la libertad se convierte en libertinaje, y el libertinaje erosiona la confianza, y sin la confianza, ningún sistema social perdura, porque el tejido social no se sostiene solamente con leyes; se sostiene con internalización de normas. Cuando la norma pierde legitimidad moral, se convierte en formalidad vacía.

Me pregunto entonces si estamos dispuestos a examinar nuestras decisiones con total honestidad, si estamos dispuestos a admitir que algunas propuestas, aunque atractivas en apariencia, pueden contener efectos colaterales invisibles que solo se revelan cuando el daño ya está hecho. Y como sabemos, la historia está llena de ejemplos de civilizaciones que adoptaron prácticas autodestructivas creyendo que eran innovaciones liberadoras.

La diferencia entre innovación y decadencia radica en el análisis profundo, pero he aquí que el análisis profundo requiere humildad intelectual para reconocer que ninguna ideología posee la totalidad de la verdad, para aceptar que el ser humano es un sistema complejo y que cualquier intervención en ese sistema debe ser evaluada desde múltiples ángulos, pero, cuando esa humildad desaparece, surge la arrogancia doctrinaria, lo cual es el preludio de la fragmentación.

No le temo al debate., sino que le temo a la simplificación, porque la simplificación es el primer paso hacia la polarización, y la polarización es el caldo de cultivo de decisiones que sacrifican el largo plazo por la gratificación inmediata.

Si no recuperamos la capacidad de centralizarnos —no en el sentido geográfico, sino epistemológico— seguiremos oscilando entre extremos que prometen redención mientras erosionan la coherencia.

El centro no es neutralidad pasiva, sino que más bien es integración activa, y sin integración activa, la evolución se detiene.

El espejo evolutivo y la responsabilidad de no abdicar.

Cuando intento mirar todo esto sin pasión partidaria, sin nombres propios, sin coyunturas específicas, lo que aparece ante mí no es un conflicto político: es un espejo evolutivo, y el espejo no juzga; refleja. Refleja nuestra tendencia a buscar soluciones rápidas para problemas estructurales, refleja nuestra inclinación a simplificar lo complejo para no tener que atravesar el esfuerzo cognitivo que implica comprenderlo, refleja también nuestra fragilidad como especie cuando olvidamos que somos, antes que nada, un sistema biológico-social en permanente equilibrio inestable.

Cada generación cree estar inaugurando una nueva era, y en cierto modo es cierto, pero también es cierto que cada generación hereda estructuras que no puede modificar impunemente sin pagar consecuencias sistémicas.

La libertad humana no es absoluta; está inscripta en una arquitectura evolutiva. Podemos elegir, sí, pero no podemos elegir las consecuencias.

Si promovemos prácticas que alteran masivamente la motivación, la disciplina, la percepción del riesgo o la estructura familiar, no estamos realizando un simple ajuste cultural; estamos modificando variables profundas del comportamiento colectivo, y a sabiendas de lo anterior, toda variable profunda, cuando es alterada, exige un análisis profundo.

La antropología nos muestra que las culturas que prosperaron fueron aquellas que lograron canalizar los impulsos humanos hacia fines constructivos, y no así, las que los desregularon sin estrategia, ni las que los reprimieron hasta la asfixia, por lo que en este punto, el equilibrio, nuevamente, aparece como principio.

Sigo pensando entonces, en el concepto de centralidad, no como tibieza, sino que como un punto de convergencia, de manera tal, que se pueda integrar lo mejor de cada enfoque sin caer en la idolatría de ninguno, porque, como ya es de alto conocimiento, los extremos, sean del signo que sean, comparten una característica estructural, y que es la de convertir una parte en totalidad, y cuando una parte tiende a ocupar el lugar del todo, el sistema pierde proporcionalidad hasta el colapso, y como es lógico, al menos para mi, aquella proporcionalidad es clave en la evolución, y lo vemos a diario, como por ejemplo en biología, el crecimiento desproporcionado de una célula es una patología, y en sociología, el crecimiento desproporcionado de una idea puede ser igualmente disruptivo.

No estoy afirmando que toda reforma sea negativa, lo cual sería absurdo porque la humanidad ha progresado gracias a reformas audaces, pero las reformas que realmente han sido exitosas, fueron aquellas que comprendieron la complejidad del sistema sobre el cual intervenían. Las reformas fallidas, en cambio, fueron impulsadas por entusiasmo ideológico sin un análisis transversal.

Hay algo que considero innegociable: el pensamiento multidisciplinario no es lujo académico; es requisito de supervivencia.

Cuando debatimos temas que afectan la estructura psíquica y biológica del ser humano, debemos consultar no solo a juristas o economistas, sino también a médicos, neurocientíficos, antropólogos, historiadores, filósofos, etcétera, y aun así, debemos mantener prudencia, porque, en definitiva, la prudencia no es cobardía; es inteligencia humana aplicada al largo plazo, pero, el problema es que el largo plazo no genera aplausos inmediatos, y vivimos en una cultura que premia lo inmediato.

Las sociedades pueden intoxicarse no solo con sustancias, sino con narrativas que prometen liberación sin esfuerzo, prosperidad sin estructura, igualdad sin responsabilidad, progreso sin capital, libertad sin límites.

Pero la realidad tiene leyes, incluso cuando intentamos ignorarlas.

El capital —entendido como acumulación de valor generado por trabajo y creatividad— es uno de esos elementos estructurales, no como fetiche, no como dogma, sino como herramienta evolutiva porque desde que el ser humano comenzó a intercambiar excedentes, el capital permitió especialización, innovación y complejidad creciente.

Sin acumulación, no hay inversión. Sin inversión, no hay desarrollo. Sin desarrollo, la evolución cultural se estanca.

Pero el capital requiere ética, y la ética requiere responsabilidad individual, pero, cuando delegamos toda responsabilidad en estructuras externas, debilitamos la agencia personal, y una sociedad compuesta por individuos que abdican de su agencia es una sociedad vulnerable a cualquier narrativa dominante, y es justo aquí es donde el espejo se vuelve incómodo.

No basta con señalar a quienes toman las decisiones, por lo que debemos preguntarnos, ¿por qué esas decisiones encuentran terreno fértil?, ¿qué vacíos culturales permiten que propuestas simplificadas se conviertan en consensos? Tal vez aquel vacío sea la falta de educación interdisciplinaria, o tal vez sea la pérdida de pensamiento crítico, o tal vez sea el cansancio colectivo. Sea cual fuere la causa, el resultado es el mismo: decisiones adoptadas sin atravesar el crisol del análisis integral.

Y entonces me pregunto: ¿qué significa realmente evolucionar?, ¿es simplemente avanzar tecnológicamente?, ¿es multiplicar dispositivos y velocidad?, ¿o es fortalecer nuestra capacidad de autorregulación, de discernimiento y de integración de saberes? Si la evolución biológica nos dotó de corteza prefrontal para inhibir impulsos y planificar a largo plazo, ¿no deberíamos usarla colectivamente?

Por lo tanto, me veo en este punto, pensando que el verdadero progreso no es desmantelar límites sin comprender sus funciones, sino que es rediseñarlos con conciencia sistémica, ya que, cuando una sociedad elimina un límite sin sustituirlo por una estructura más sofisticada, no está avanzando, sino que está regresando a estadios menos complejos de organización, y la regresión no siempre se percibe como tal, ya que puede sentirse como liberación, pero la liberación sin estructura es desorden, y el desorden sostenido erosiona la confianza, y sin confianza, la cooperación se debilita, y sin cooperación, la civilización retrocede.

He llegado a la convicción de que el mayor peligro para nuestra especie no proviene de una ideología específica, sino de la incapacidad de integrar perspectivas, porque como es lógico intuir, la fragmentación cognitiva precede a la fragmentación social, y cuando dejamos de pensar en red, cuando abandonamos el enfoque multidisciplinario, cuando sustituimos análisis por consignas, estamos sembrando condiciones para la involución.

La historia nos muestra que la humanidad ha atravesado épocas oscuras y ha salido de ellas. Siempre han habido fuerzas que empujan hacia la centralización integradora y fuerzas que empujan hacia la polarización destructiva. La pregunta correcta no es: ¿qué fuerzas existen?, sino que, la pregunta acertada es: ¿cuál alimentamos?

No creo en soluciones absolutas, sino que en equilibrios dinámicos, en la capacidad humana de corregir rumbos cuando el análisis supera a la pasión, pero esa corrección exige algo incómodo: ser conscientes de que cada uno de nosotros es responsable de exigir pensamiento profundo antes de apoyar cualquier transformación estructural. No basta con sentir, no basta con adherir, no basta con reaccionar, por lo que debemos pensar multidisciplinariamente, debemos preguntarnos, ante cada decisión colectiva: ¿fortalece nuestra capacidad adaptativa como especie?, ¿refuerza nuestra arquitectura moral y biológica?, ¿aumenta nuestra coherencia sistémica? Si la respuesta es ambigua, la prudencia debería prevalecer, y no desde el miedo, sino que desde la conciencia, porque la luz hacia la que aspiramos como humanidad no es una promesa mística ni un eslogan; es el resultado de millones de decisiones coherentes alineadas con nuestra naturaleza evolutiva.

Y si olvidamos eso, el espejo nos lo recordará, y no como castigo, sino como consecuencia.

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08/10/2023



Nota: Si no está dispuesto a leer el artículo completo, no lo comprenderá, y toda opinión que genere respeto del mismo, será errónea.

¿Estamos en momentos de un nuevo golpe de estado? Desde mi punto de vista, es un tema muy complejo, sabiendo que cuando las instituciones están corruptas, y además, si a lo anterior le sumamos una proyección de corrupción que sigue en aumento, un cambio de gobierno democrático y una renuncia del presidente de turno para llamar a elecciones (una especie de Pacto de Olivos), no saneará las estructuras del estado que están enfermas de corrupción, es más, creo que hasta empeorarán, si es que no se las minimiza, es decir, si es que no se trasladan dichas estructuras corruptas estatales hacia al orbe digital y automatizado, momento en el que podremos decir, no sin antes continuar especulando, lo siguiente: "si el estado se ha trasladado a la nube, por así decirlo, transformado en una App de celular y en una página web, en dicho estado no habrá ninguna persona más allá de los que mantienen a los mencionados servicios digitales, y sin personas actuando como políticos y sus empleados, no habrá corrupción", siendo lo anteriormente expresado y encerrado entre comillas, una realidad al estilo causa-consecuencia.

Por otro lado, como la mayoría debería saberlo, un golpe de estado, es la ocupación del mando de un estado "democrático" por vías de la fuerza y de la violencia si es necesario, y expresé: "si es necesario", porque dicho golpe de estado puede llegar a ser "pacífico"; tal y como lo han sido en la mayoría de los casos debido a que los cuales representan una parte significativa de un determinismo mucho más elevado que cualquier nación; si es que no existe resistencia alguna por parte de alguna facción armada del propio gobierno de turno, lo cual es casi improbable a estas alturas en cuanto a la eficiencia de aquel determinismo.

Ahora, entre estas dos visiones podríamos preguntarnos, el pueblo, que sabe muy bien el estado de corrupción del estado, valga la redundancia (hecho desgraciadamente común en muchos países) y que el saneamiento por vías democráticas, es muy evidente que será imposible, dicho pueblo cansado de la corrupción que se roba la vida de millones de ese mismo pueblo, ¿podrá avalar una acción armada para derrocar a un gobierno corrupto y que, directa o indirectamente, apoya a la corrupción? Y puedo arriesgar a una respuesta: y es que, estoy casi seguro que gran parte del pueblo avalaría una intervención militar al gobierno, porque la conciencia colectiva sabe muy bien que la protesta contra los políticos y sus fechorías corruptas serán eternas mientras un cambio de paradigma no se dé sobre el estado, porque este modelo mundial basado en libretos ideológicos no da para "infinitos retornos", y es más, este modelo mundial basado en tantos partidos políticos, aunque con dos troncales y antagónicos, tampoco da para más.

El pueblo sabe muy bien (y algunos esconden su opinión por miedo a los fundamentalistas políticos) que una intervención militar, (o bien por la intervención de un nuevo tipo de gobierno minimalista al que le podríamos denominar como Noocracia o gobierno de la mente, aunque solo revestido de una delgada vestidura de democracia), sobre un gobierno corrupto que ocasiona sufrimientos constantes de todo tipo y a todos los niveles estructurales del estado, a la mayor parte del pueblo, es una opción casi necesaria, porque democráticamente, hagámonos una sincera pregunta: ¿qué se saneará por medio de un nuevo gobierno democrático? La respuesta es obvia: nada. Es tal como sucedió en muchos otros países, y más allá de que todo -o casi todo- esto es un entretejido determinista, al mismo tiempo es lo que se nos ha mostrado como hechos "verídicos", en donde coaliciones de varios países organizados han destituido, por vía militar, a "nefastos señores opresores" de su propio pueblo -o también los denomino como peones al igual que todos los políticos sin excepción, si asumimos aquel determinismo, como el único órgano rector del planeta Tierra- (y todavía quedan algunos países más para extirpar a sus corruptores). Entonces, llegan momentos, aparentemente cíclicos en la vida de los países (y a dichos ciclos yo les llamo "momentos para Copiar y Pegar", porque se usan plantillas aplicables en cualquier lugar y tiempo en el que se las requiera), en que parece necesario un reacomodo de sus estructuras, las cuales se hallan afectadas por esa enfermedad aparentemente incurable que es la corrupción, porque, personas con "poder político" logran hacer de sus vidas y la de sus amigos ideológicos, un culto al egoísmo, y como tal, el que sufre ese egoísmo es el propio pueblo que desea vivir dignamente. El pueblo no puede, y a estas alturas ni es capaz de auto organizarse para tomar las riendas de un gobierno, por más que el mismo esté basado en un claro determinismo, es más no debe hacerlo porque si lo hiciese se rebajaría al nivel del mundo animal no consciente, pero una institución formal como lo es la militar, y a sabiendas que su superior, el Comandante en Jefe, es decir, el presidente de un "determinado" país, no está haciendo las cosas como se debe (¿o si?), y además, fomenta la desunión y la corrupción, dicha institución militar debe relevar del cargo al Comandante en Jefe por atentar contra la vida de un pueblo de millones y millones.

Entonces, en muchos países, como algunos sudamericanos, por ejemplo, los cuales sufrimos una especie de gobierno monárquico en algunos de ellos, ultra presidencialista, con una fuerte tendencia hacia comportamientos cercanos al Nazismo (aunque si analizamos las definiciones de fascismo y comunismo, verán que ambas son muy similares), en algunos casos, con grandes "sospechas" de corrupción a todos los niveles y en todas las provincias en connivencia con la ideología de este gobierno, donde vemos que las estructuras gubernamentales se caen a pedazos debido a los efectos nefastos de la corrupción, entonces, mucha gente se pregunta, y desde hace tiempo: ¿por qué la institución militar no destituye a su superior por demostrar un comportamiento que va en contra del propio ser humano? Primero y principal, porque al poco tiempo de que este gobierno puso pie en el estado, destituyó -o pasó a retiro- a mucha gente de los cuerpos militares para luego colocar en dichos lugares, a sus propias marionetas, muy manejables, y con ello se evitaron, de entrada, que un golpe militar, o mejor dicho, un reacomodo de las instituciones corruptas del estado por parte de otra institución, como lo es la militar, se lleve a cavo en el futuro, (institución militar que, en general, para nada es una institución mafiosa; todo lo contrario), y al evitarse que alguien lo ponga en su carril nuevamente, es que estos gobiernos nefastos, llegan a generar tanta corrupción y tanto mal a todos los ciudadanos, que miles de ellos mueren por no tener trabajo, se enferman sin apoyo médico necesario, son asesinados por los inquisidores ideológicos, y un sinfín de causantes que ocasionan que diariamente mucha gente se muera, debido al efecto dominó de la corrupción. Pero, el gobierno se aseguró bien de que nadie les coartara su "plan a futuro". En realidad... y "pensándolo más detenidamente", ¿será tan así como lo he escrito antes, o todos, incluso los militares están bajo aquel determinismo del que mencioné previamente, y ese "juego de reacomodar la cúpula de ciertos mandos militares afines a mi gobierno" es solo un juego de luces y de sombras destinadas a "hacer como que -yo presidente- controlo a los militares" pero en realidad para nada es eso, con lo que todo es un determinismo que nadie, ni siquiera los medios de comunicación más importantes lo saben (salvo sus dueños)?

Entonces, si hay que eliminar la corrupción estructural, totalmente inextirpable por vías de las instituciones democráticas, me pongo a pensar en la opción de que otra institución totalmente legal, pueda intervenir para corregir el rumbo del país. Es como, cuando un capitán de un submarino, con sus acciones negativas, comienza a afectar a la vida de los propios submarinistas y de personas a su alcance de tiro a su alrededor, y su primer oficial se ve en la necesidad de relevarlo de su cargo y colocarlo bajo custodia por un comportamiento que podría atentar contra la vida humana.... bueno, a nivel país es lo mismo. Los gobiernos democráticos, en algunos países, están haciendo lo que quieren, y a todos los niveles.

Es más, un cambio de paradigma, el de pasar de gobiernos corruptos desperdigados por toda la tierra, a un solo gobierno mundial, como innegablemente ya es la tendencia que le sobrevendrá a esta castigada humanidad, de seguro es necesario que la intervención por parte de la institución militar, de cada país, -por sobre un Comandante en Jefe que no hizo su trabajo como se debe (¿o si?)-, sea un paso correcto hacia la unificación mundial.

Es que, la corrupción, no terminará nunca, si no nos dirigimos prontamente hacia ese cambio de paradigma, y que la institución militar opte por una decisión de volver a encauzar a un país, hacia niveles óptimos de vida para la población, me parece una vía correcta, lógica, y hasta legal por el hecho de que, el que tiene un mayor poder tiene una mayor responsabilidad, para que la mayor parte de la población mundial deje de sucumbir a los efectos de la corrupción que emana de este experimento fallido llamado "Democracia"; es que, ¿no hay suficientes pruebas ya? Es inaceptable que se prosiga dejando que gobiernos corruptos sometan a su pueblo a un sufrimiento que dura toda la vida de un individuo, y esto último extendido a todos los individuos del planeta. Aunque podemos extrapolar algo positivo respecto de lo anterior, ya que la humanidad crece y prospera en el conflicto, mientras que atrasa y decae hasta el colapso en la comodidad; por lo que quizás sea este el objetivo final de aquel determinismo y los gobiernos "corruptos" que he mencionado.

Y es muy probable que algunas personas se exaltarán al leer estas líneas, porque según ellos en la dictadura pasada, murieron 30 mil personas (y algunos dicen que fueron unas 7000), hecho muy triste, por cierto, pero, yo pregunto, ¿cuántas personas mueren lenta y diariamente por los efectos de la corrupción desde que tenemos gobiernos democráticos, sabiendo que el deterioro de las instituciones fueron cada vez más acentuadas y jamás mejoraron? Recordemos que un gobierno militar es algo así como un gobierno "centrado" (en cuanto a extremos ideológicos), temporal y muy bien determinado. De todas maneras, si no asume un gobierno militar, lo hará alguien que se le parezca, y que esté revestido de democracia por fuera, y de un orden noocrático por dentro, y que a los ojos de la mayoría se verá a un presidente muy "centrado", con fuerte "determinación" y con una aptitud minimalista y de renovación excepcionales, hasta tal punto en el que no se lo distinga de un gobierno militar, pero será con inteligencia, manteniendo la idea de que existe la democracia y la idea de que existen los extremos ideológicos.

Para finalizar, y en relación a los extremos ideológicos, comparto aquí una parte de una charla que tuve, en la cual expresé lo siguiente:

"Incluso, podría asociar a dichas ideologías con el funcionamiento del cerebro humano, en donde el hemisferio derecho se ocupa de la parte izquierda (o siniestra) del cuerpo humano, mientras que el hemisferio izquierdo se ocupa de la parte derecha (o diestra) del cuerpo humano, por lo que, como sabemos muy bien, a ambas ideologías diametralmente opuestas las han creado cerebros humanos y les han imbuido, de manera inconsciente, el sello cerebral y psicológico del ser humano, por lo que si mi mano derecha es movida por el hemisferio izquierdo y mi mano izquierda es movida por el hemisferio cerebral derecho, es lógico el pensar que en dichas ideologías opuestas exista nuestra impronta cerebral evolutiva, y por ello es que ambas ideologías son similares, y solo se diferencian en detalles o nimiedades, sabiendo que ambas buscan el control y el orden de la sociedad. Por consiguiente, si el hemisferio derecho gobierna a todo lo que está a la izquierda y el hemisferio  izquierdo gobierna a todo lo que está a la derecha, y además, un conjunto de varios cerebros han creado a ambas ideologías "opuestas", es normal y lógico suponer que ambas ideologías tengan algo de la otra, es decir, tal como el el yin y el yang, en lo negro hay un poco de blanco y en lo blanco hay un poco de negro, y por lo tanto, el mundo exterior que el ser humano ha construido no es más que una representación de la manera en que trabaja nuestro cerebro, con lo cual es lógico también, el suponer, que lo que hace el hemisferio derecho también lo sabe el izquierdo y lo que hace el izquierdo también lo sabe el derecho, y del mismo modo en ambas ideologías que has mencionado como "diametralmente opuestas", es decir, lo que hace el fascismo lo sabe el comunismo y lo que hace el comunismo lo sabe el fascismo y viceversa, y si a lo anterior lo trasladamos a los sistemas bipartidistas de las actuales "democracias" del mundo, lo que sabe y hace la derecha lo sabe y avala la izquierda y lo que sabe y hace la izquierda lo sabe y avala la derecha; y esto lo podemos presenciar en cada momento y suceso que se nos muestran en los "medios de comunicación", es decir, al menos yo, puedo ver la mano derecha en el bolsillo izquierdo y la mano izquierda en el bolsillo derecho, o mejor explicado, puedo ver los eventos que ocasionan los partidos políticos de derecha teniendo la génesis en los partidos políticos de la izquierda, y al mismo tiempo, puedo ver los eventos que ocasionan los partidos políticos de izquierda teniendo la génesis en los partidos políticos de la derecha, tal como en el cerebro, tal como en la definición de fascismo y de comunismo, ya que no existen partidos políticos que no tengan a poderes más grandes y por encima de ellos cuales órganos rectores del destino de la humanidad, y las herramientas que utiliza dicho órgano rector "supremo" son dos, es decir, aquella dualidad izquierda/derecha, blanco/negro, fascismo/comunismo."

Entonces, ¿el determinismo es la clave, siendo todo lo demás, un juego de luces y sombras que parte desde la dualidad antes mencionada?

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23/08/2023


En una sociedad en constante cambio y evolución, los valores morales, la ética y la honorabilidad han emergido como pilares fundamentales para el funcionamiento armónico de una sociedad. Sin embargo, lamentablemente, estos principios esenciales han perdido terreno en la esfera política contemporánea. El tejido moral que debería enriquecer las acciones de los líderes ha sido reemplazado, en muchas instancias, por sus opuestos inmediatos, dando paso a una dinámica preocupante. Aquellas personas que se aferran a estas virtudes tradicionales, que enaltecen el bien común y la justicia, a menudo se enfrentan a la incomprensión, siendo etiquetadas como traidoras o disidentes. Paradojas de la realidad, donde quienes desafían el sistema prevaleciente son en realidad aquellos que se encuentran dentro de sus estructuras, navegando por aguas turbias de egoísmo y corrupción.

La decadencia y la disolución parecen permear a gran parte de la clase política actual. Lejos quedaron los días en que los líderes se guiaban por el interés público y la búsqueda del bienestar general. En la sombra de la ambición personal, muchos han traicionado la confianza de aquellos a quienes sirven, sucumbiendo ante la tentación de la corrupción y el enriquecimiento ilícito. Esta traición a los valores fundamentales erosiona los cimientos mismos de la "democracia", creando un caldo de cultivo para la desconfianza y la desesperanza en la sociedad.

Es imperativo reconocer que la mente humana es un mosaico complejo, donde coexisten instintos ancestrales y razonamiento sofisticado. Las decisiones que moldean la política y la dirección de una nación a menudo provienen de la intersección entre estas dos fuerzas. Es en esta interacción donde los impulsos egoístas y las motivaciones altruistas luchan por la supremacía. No es un fenómeno aislado, sino una tendencia arraigada en la historia misma de la humanidad. Desde la perspectiva de la psicología evolutiva, este conflicto interno es un legado de nuestros antepasados, una manifestación de la tensión entre el cerebro reptiliano y el pensamiento consciente.

Algunos podrían argumentar que el fanatismo ideológico también se ha sumado a esta ecuación compleja. Los extremos del espectro político a menudo están marcados por un fervor inquebrantable hacia una doctrina particular. Este fervor puede nublar el juicio y desviar la atención de los verdaderos problemas que enfrenta la sociedad. En este contexto, la ética y la moral pueden quedar eclipsadas por la lealtad a una ideología, creando una dinámica donde el bienestar de la población es subordinado a la promoción de agendas partidistas.

En el crisol de la política contemporánea, surge una dicotomía intrigante: ¿cómo pueden preservarse y restaurarse los valores morales y éticos en un entorno donde parecen estar en retroceso? La respuesta yace en el empoderamiento de la ciudadanía, en la exigencia constante de transparencia, rendición de cuentas y coherencia por parte de aquellos que ocupan cargos de responsabilidad. Los ciudadanos conscientes y comprometidos tienen el poder de transformar el panorama político, de redefinir las normas y de reestablecer la confianza en la integridad de sus líderes.

Como sabemos, la intersección entre la política y los valores fundamentales como la moral, la ética y la honorabilidad es un territorio complejo y dinámico. La lucha entre impulsos egoístas y altruistas, la influencia del fanatismo ideológico y la responsabilidad ciudadana son factores que dan forma al tejido mismo de nuestra sociedad. Cuanto más y más navegamos por estos desafíos, debemos recordar que la transformación real comienza desde abajo, en la base misma de la sociedad, donde se encuentran las voces individuales que, colectivamente, pueden redefinir el curso de la historia.

Lic. Nelson J. Ressio.

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