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07/08/2026

El nacimiento del primer universo

Existe una pregunta que la humanidad ha formulado de innumerables maneras desde que tuvo conciencia de sí misma, una pregunta que ha cambiado de idioma, de símbolos y de dioses, que ha atravesado las civilizaciones sin perder jamás su misterio y que aún hoy continúa acompañando silenciosamente a cada ser humano que levanta la vista hacia el cielo durante una noche despejada, una pregunta que parece pertenecer a la astronomía pero que, en realidad, pertenece a la condición humana: ¿dónde comienza un universo?

La ciencia responderá que todo comenzó con una expansión inimaginablemente intensa, la filosofía preguntará si aquello que comenzó existía ya como posibilidad antes de manifestarse, la teología hablará de un acto creador, la física intentará describir los primeros instantes mediante ecuaciones cada vez más refinadas y la antropología buscará comprender cómo cada cultura imaginó ese origen, sin embargo, existe otro universo cuya existencia suele pasar inadvertida porque es demasiado cercano, demasiado cotidiano y demasiado íntimo como para despertar nuestro asombro, un universo que no puede observarse mediante telescopios ni medirse en años luz, aunque determine silenciosamente la trayectoria completa de una vida.

Ese universo recibe un nombre extraordinariamente simple, Hogar.

Tal vez el mayor error de nuestra época haya consistido en reducir esa palabra a un edificio, a una dirección postal o a una propiedad inscrita en algún registro, como si cuatro paredes fueran capaces de contener aquello que durante milenios permitió a nuestra especie sobrevivir a los inviernos, atravesar las guerras, resistir las pérdidas y conservar encendida la llama invisible de la esperanza, porque un hogar jamás ha sido un espacio físico sino un fenómeno profundamente humano, una forma de gravedad emocional cuya existencia puede percibirse mucho tiempo después de haber abandonado el lugar donde alguna vez comenzó.

Todo universo necesita un centro.

No un centro impuesto por la geometría, sino un núcleo capaz de organizar el caos, de transformar lo disperso en pertenencia, lo incierto en confianza y lo efímero en memoria, porque allí donde no existe un centro solamente hay fragmentos, mientras que allí donde aparece una fuerza capaz de atraer sin aprisionar comienza lentamente a dibujarse un orden que todavía nadie advierte, aunque ya esté modificando el destino de todo cuanto lo rodea.

Quizá por eso las primeras experiencias de la existencia no se almacenan como conceptos sino como sensaciones, antes de aprender una sola palabra ya hemos aprendido una temperatura, un perfume, una cadencia, un silencio determinado, una manera particular de ser sostenidos, una sucesión de voces cuya melodía terminará convirtiéndose, sin que lo sepamos, en la medida con la cual compararemos todas las voces futuras, porque la conciencia no despierta en el vacío sino dentro de una atmósfera afectiva que comienza a modelarla mucho antes de que pueda comprenderla.

La psicología ha dedicado incontables investigaciones a explicar la importancia de esos primeros vínculos, la neurociencia continúa descubriendo cómo las experiencias tempranas modifican literalmente la arquitectura del cerebro y la antropología demuestra que ninguna cultura conocida ha prescindido completamente de algún tipo de estructura destinada a proteger el nacimiento de un nuevo ser, sin embargo, más allá de las disciplinas, permanece una evidencia tan sencilla como profunda: nadie aprende primero a pensar, antes aprende a pertenecer.

Y quizá pertenecer sea la primera forma de existir.

La ontología suele preguntarse qué significa ser, aunque pocas veces se detiene a considerar que el ser humano jamás aparece aislado, nunca emerge como una entidad completa desprendida del universo, sino que comienza siendo una relación, un encuentro, una posibilidad sostenida por otras posibilidades, un pequeño centro de conciencia que lentamente descubre que existe porque antes hubo alguien dispuesto a ofrecerle un lugar desde el cual comenzar a mirar el mundo.

Desde entonces todo cambia.

El tiempo deja de ser solamente una sucesión de instantes y comienza a convertirse en historia, los objetos dejan de ser simples objetos para transformarse en recuerdos futuros, las palabras empiezan a transportar afectos además de significados y los gestos cotidianos, aquellos que parecen insignificantes mientras suceden, comienzan a construir una arquitectura invisible mucho más resistente que el cemento, porque las casas envejecen, los muebles se reemplazan, las puertas cambian y las ciudades incluso desaparecen, pero aquello que verdaderamente constituye un hogar continúa viviendo dentro de quienes alguna vez aprendieron allí el difícil arte de sentirse parte del universo.

Tal vez sea por eso que ninguna persona recuerda realmente el momento en que nació su primer universo, sino que simplemente descubre, muchos años después, que nunca dejó de habitarlo.

La gravedad invisible de los universos humanos

Si existe una fuerza que gobierna silenciosamente el Universo conocido es la gravedad, una presencia tan discreta que jamás se deja ver directamente y, sin embargo, basta observar el movimiento de cualquier estrella, de cualquier galaxia o de cualquier planeta para comprender que todo cuanto permanece unido lo hace porque una fuerza invisible impide que el caos reclame aquello que alguna vez perteneció al orden, de manera que el cosmos entero puede interpretarse como una inmensa conversación entre aquello que desea alejarse y aquello que insiste, con una paciencia infinita, en permanecer unido.

Tal vez esa misma ley, expresada bajo otra naturaleza, sea la que también gobierna la existencia humana, porque las personas rara vez permanecen unidas por obligación durante largos períodos, ninguna norma jurídica consigue mantener vivo un afecto, ninguna tradición alcanza por sí sola a sostener una familia durante décadas y ninguna promesa pronunciada en un instante posee la energía suficiente para atravesar una vida completa, de modo que debe existir otra clase de fuerza, una que no figure en los tratados de física y que, sin embargo, resulte tan real como la gravedad que mantiene a la Tierra girando alrededor del Sol.

Quizá el amor haya sido siempre una forma superior de gravedad.

No el amor reducido a la emoción pasajera que la cultura contemporánea suele exhibir como espectáculo, sino ese fenómeno extraordinariamente complejo mediante el cual dos existencias aceptan modificar lentamente sus propias órbitas para hacer posible una tercera trayectoria, una cuarta, una quinta, descubriendo con el paso de los años que amar consiste mucho menos en sentirse atraído que en aprender a sostener, porque toda verdadera gravedad sostiene, incluso cuando nadie parece advertir su presencia.

La psicología suele explicar que el vínculo afectivo constituye uno de los pilares fundamentales del desarrollo emocional, aunque pocas veces se expresa con imágenes cosmológicas, quizá porque durante demasiado tiempo las ciencias caminaron separadas unas de otras, olvidando que el ser humano jamás divide su existencia en disciplinas, nadie ama mediante la psicología, recuerda mediante la antropología o sueña mediante la filosofía, sino que todas esas dimensiones ocurren simultáneamente dentro de una misma conciencia, del mismo modo que la luz, el calor, el magnetismo y la gravedad coexisten en una estrella sin preguntarse a cuál ciencia pertenecen.

La familia representa precisamente esa convergencia.

No es únicamente una institución social ni exclusivamente un fenómeno biológico, tampoco puede reducirse a un contrato jurídico o a una construcción cultural, porque participa de todas esas dimensiones al mismo tiempo y, aun así, continúa escapando a cualquier definición definitiva, como si la palabra familia fuera apenas un intento de nombrar una realidad mucho más vasta que el propio lenguaje todavía no ha conseguido abarcar completamente.

La antropología ha demostrado que ninguna civilización conocida logró desarrollarse sin crear alguna forma de organización familiar, aun cuando esas formas hayan variado enormemente entre pueblos, continentes y épocas, lo cual sugiere una idea fascinante, la familia no constituye una invención cultural sino una necesidad antropológica, una respuesta espontánea de la humanidad frente al desafío permanente de transmitir la vida, el conocimiento, los afectos y la memoria, porque ninguna generación comienza realmente desde cero, todas despiertan dentro de un universo previamente habitado por historias que comenzaron mucho antes de su nacimiento, quizá por eso la memoria posea una naturaleza tan curiosa, porque no recuerda solamente acontecimientos, sino que recuerda atmósferas.

Un aroma puede abrir una puerta cerrada durante cuarenta años, una melodía puede reconstruir una habitación desaparecida, una fotografía puede devolver el sonido de voces que ya no existen y un simple gesto, repetido casi inconscientemente por una persona adulta, puede haber comenzado mucho antes, cuando unas manos más antiguas le enseñaban, sin saberlo, la forma de acariciar, de saludar, de cocinar, de abrazar o incluso de guardar silencio.

En ese sentido, la herencia más importante jamás fue genética, sino que que existencial.

Cada generación entrega a la siguiente una manera de mirar el mundo, un conjunto de preguntas antes que de respuestas, una forma de interpretar el dolor, una actitud frente al fracaso, una noción del tiempo, una comprensión de la esperanza y una determinada manera de amar, aun cuando jamás pronuncie una sola palabra acerca de esos asuntos, porque la existencia educa mucho más mediante la presencia que mediante los discursos.

Tal vez por ello resulte tan difícil comprender completamente a quienes nos precedieron.

Con frecuencia juzgamos sus decisiones utilizando mapas dibujados sobre territorios que ellos jamás conocieron, olvidando que cada época obliga a resolver problemas diferentes y que ninguna generación posee el privilegio de contemplar el resultado final de su propia obra, todas construyen apenas un tramo del puente que otras continuarán mucho después, convencidas, quizás erróneamente, de que el verdadero destino de ese puente será descubierto por quienes todavía no han nacido. Entonces aparece una paradoja extraordinaria, los grandes imperios desaparecen, las fronteras cambian, los sistemas políticos se transforman, las economías prosperan y luego colapsan, las tecnologías envejecen a una velocidad creciente, las lenguas evolucionan, las ciudades se reinventan.

Y, sin embargo, existe una pequeña estructura humana que, bajo innumerables formas, continúa reapareciendo siglo tras siglo, como si la propia humanidad hubiera descubierto hace mucho tiempo que ninguna civilización puede sostenerse durante demasiado tiempo si antes no aprende el delicado arte de construir pequeños universos donde alguien pueda sentirse esperado, quizá esa sea la verdadera función del hogar, no protegernos del mundo, sino que, prepararnos para habitarlo.

Porque toda estrella auténtica ilumina, pero también enseña a otros cuerpos a encontrar su propio camino, permitiendo que un día continúen viajando por el espacio sin dejar de llevar consigo una parte de aquella luz original que hizo visible, por primera vez, el misterio de existir.

El ser antes del nacimiento

Existe una antigua costumbre intelectual que consiste en fechar el comienzo de una vida el día en que un nuevo ser respira por primera vez, como si el aire inaugurara la existencia y todo cuanto ocurrió antes perteneciera únicamente al dominio de la biología, sin embargo, esa forma de comprender el nacimiento parece responder más a una necesidad de establecer límites precisos que a la realidad misma, porque pocas experiencias humanas admiten fronteras tan definidas y, probablemente, ninguna de ellas sea tan compleja como el comienzo de una persona.

La ontología, que desde hace siglos intenta comprender qué significa verdaderamente existir, nos conduce inevitablemente hacia una pregunta incómoda: ¿en qué instante comienza el ser? La respuesta parece sencilla mientras pensamos únicamente en términos biológicos, aunque se vuelve extraordinariamente difusa cuando comprendemos que la existencia humana no puede reducirse al funcionamiento de un organismo, porque antes de que un niño conozca el mundo ya existe un lugar reservado para él en la imaginación de otros, una posibilidad comienza a habitar conversaciones, proyectos, incertidumbres, temores y esperanzas, como si el universo preparara lentamente una órbita antes de permitir la aparición del cuerpo que habrá de recorrerla.

Quizá por ello ninguna persona nace completamente desconocida.

Llega a un mundo donde ya circulan relatos sobre su futuro, donde alguien imaginó el sonido de su voz, la expresión de su rostro, los caminos que algún día recorrerá y hasta los sueños que todavía no sabe que soñará, de modo que cada nacimiento representa mucho más que la aparición de una nueva vida, constituye el encuentro entre una realidad que comienza y una expectativa que llevaba tiempo aguardándola, dos corrientes temporales que finalmente convergen para inaugurar una historia irrepetible.

Resulta curioso advertir que la ciencia contemporánea también parece aproximarse, desde otra perspectiva, a esta intuición profundamente filosófica, porque hoy sabemos que la vida recibida no consiste únicamente en una secuencia genética sino también en una inmensa herencia de condiciones, aprendizajes, hábitos, silencios, afectos e incluso maneras de interpretar la realidad, elementos que ninguna molécula puede contener por sí sola y que, sin embargo, terminan modelando la identidad tanto como la propia biología.

Tal vez por eso cada ser humano sea mucho más antiguo de lo que supone.

Habita en él una larga procesión de generaciones cuyas voces ya no pueden escucharse y cuyos nombres, en muchos casos, se han perdido para siempre, pero que permanecen presentes en decisiones aparentemente insignificantes, en gestos cotidianos, en ciertas formas de sonreír, de caminar, de guardar silencio, de mirar el horizonte o de enfrentar la adversidad, como si la historia jamás desapareciera del todo sino que aprendiera a expresarse mediante nuevas personas.

La antropología ha mostrado que las sociedades tradicionales jamás entendieron al individuo como una entidad aislada, sino como el punto de encuentro entre quienes lo precedieron y quienes algún día lo sucederán, una idea que la modernidad fue debilitando al colocar el énfasis sobre la autonomía individual, aunque, paradójicamente, cuanto más profundiza la investigación sobre la naturaleza humana, con mayor claridad aparece una conclusión sorprendente: nadie llega a ser plenamente él mismo sin haber sido antes parte de algo infinitamente mayor.

Esa pertenencia, sin embargo, no limita la libertad, la hace posible.

Del mismo modo que una estrella no pierde su identidad por formar parte de una galaxia, el ser humano no deja de ser único por haber nacido dentro de una historia compartida, al contrario, encuentra precisamente allí las coordenadas desde las cuales comenzar a descubrir quién es, porque la identidad no surge negando el origen sino dialogando con él, aceptando unas herencias, transformando otras y creando aquellas que un día serán recibidas por quienes todavía permanecen ocultos en el porvenir.

Existe además otra dimensión todavía más profunda, toda persona hereda preguntas, y no únicamente respuestas.

Recibe interrogantes abiertos acerca del sentido de la existencia, del sufrimiento, de la belleza, de la justicia, de la muerte, de la trascendencia y del amor, preguntas que ninguna generación consigue responder definitivamente y que, precisamente por ello, continúan viajando de conciencia en conciencia como antiguas constelaciones que orientan el viaje sin revelar jamás el destino completo.

Quizá la verdadera inmortalidad consista en eso, no en evitar el paso del tiempo, sino en lograr que una parte de nuestra manera de comprender el mundo continúe respirando dentro de otras vidas mucho después de que la nuestra haya concluido, del mismo modo que la luz de ciertas estrellas sigue atravesando el universo cuando aquellas ya han dejado de existir, recordándonos que la desaparición de la fuente no implica necesariamente la desaparición de su luz.

Entonces comprendemos algo extraordinario, el hogar jamás fue únicamente el lugar donde comenzamos a vivir, fue también el primer laboratorio donde el universo ensayó, silenciosamente, aquello que algún día llegaríamos a ser.

Allí aprendimos que el tiempo puede medirse de otra manera, no por relojes sino por abrazos, no por calendarios sino por despedidas, no por aniversarios sino por transformaciones interiores, descubriendo poco a poco que crecer jamás significó alejarnos de nuestro origen sino ampliar su horizonte, como un río que avanza hacia el mar sin dejar de llevar consigo, en cada gota, la memoria de la montaña donde nació.

Quizá por eso el ser humano nunca termina realmente de abandonar su primer universo, lo expande, lo transforma, lo prolonga, y sin advertirlo, comienza a construir para otros el mismo cielo bajo el cual alguna vez aprendió, por primera vez, el insondable misterio de existir.

El universo que aprende a contemplarse a sí mismo

Existe una paradoja cuya profundidad rara vez alcanza a percibirse en toda su magnitud. Desde hace siglos el ser humano dirige instrumentos cada vez más sofisticados hacia la inmensidad del espacio, construye telescopios capaces de atravesar miles de millones de años de luz, detecta galaxias cuya existencia era completamente desconocida hasta hace apenas unas décadas e intenta reconstruir, con admirable precisión, los primeros instantes posteriores al nacimiento del cosmos, sin advertir que, mientras observa el Universo, el Universo también se observa a sí mismo a través de él.

Quizá la conciencia constituya precisamente ese fenómeno extraordinario, y no un accidente biológico, no una simple consecuencia de la evolución.

Sino el instante en que la materia alcanza un grado de organización suficiente para comenzar a preguntarse por su propio origen, por su destino y por el sentido de su existencia, transformando aquello que durante miles de millones de años fue únicamente energía y movimiento en contemplación, memoria y significado, como si el Universo hubiera necesitado recorrer una inmensa travesía cósmica para llegar finalmente a formular la primera pregunta acerca de sí mismo.

Tal vez por eso toda existencia humana conserve una inevitable vocación hacia el asombro, el niño pregunta antes de comprender, el joven desafía antes de aceptar, el adulto busca antes de encontrar, y el anciano contempla antes de responder.

No porque cada etapa posea conocimientos diferentes, sino porque todas participan de un mismo viaje interior cuya dirección nunca apunta exclusivamente hacia el futuro, sino también hacia las profundidades de aquello que somos, descubriendo lentamente que crecer no consiste solamente en acumular experiencias sino, sobre todo, en ampliar la capacidad de otorgarles sentido.

La psicología suele describir la madurez como una integración progresiva de la personalidad, aunque esa integración quizá responda a un fenómeno todavía más amplio, semejante al modo en que las galaxias incorporan nuevas estrellas sin dejar de conservar una identidad reconocible, porque cada experiencia, incluso aquellas que preferiríamos olvidar, termina ocupando una órbita determinada dentro de nuestra memoria, y con el paso del tiempo comprendemos que no eran cuerpos extraños invadiendo nuestro cielo interior sino elementos indispensables para completar una constelación cuya figura solamente podía apreciarse muchos años después.

Entonces ocurre algo extraordinario. Aquello que durante un tiempo interpretábamos como fracturas comienza lentamente a revelarse como uniones invisibles, las pérdidas enseñan el valor de la permanencia, las despedidas modifican la manera de abrazar, el dolor ensancha la capacidad de comprender el sufrimiento ajeno, los errores se convierten en maestros silenciosos, las incertidumbres desarrollan una paciencia que ninguna certeza habría conseguido despertar.

Y las cicatrices dejan de ser señales de destrucción para transformarse en la cartografía íntima de un universo que aprendió a sobrevivir sin renunciar a la esperanza.

Quizá por eso la memoria jamás actúe como un simple archivo, la memoria crea, reordena, interpreta, reconstruye.

Otorga nuevos significados a acontecimientos antiguos y permite que una misma experiencia continúe naciendo una y otra vez cada vez que la conciencia regresa sobre ella con una comprensión más amplia, de manera que el pasado nunca permanece completamente inmóvil, sino que evoluciona junto con quien lo recuerda, como si el tiempo no avanzara únicamente hacia adelante sino también hacia el interior.

La fenomenología intuyó hace mucho que el mundo nunca aparece completamente separado de quien lo experimenta, porque cada paisaje observado también modifica al observador, cada conversación deja una arquitectura invisible en la conciencia y cada encuentro altera discretamente la manera en que volveremos a interpretar todos los encuentros futuros, de modo que vivir jamás consiste en atravesar escenarios inmutables sino en participar continuamente de una creación recíproca entre el mundo y nosotros, una creación tan silenciosa que suele pasar inadvertida precisamente porque ocurre a cada instante.

En ese sentido, ningún hogar permanece encerrado entre paredes, viaja, se desplaza, acompaña.

Habita la voz con la que consolamos a alguien, la paciencia con la que escuchamos una historia, la serenidad con la que afrontamos una dificultad, la esperanza con la que iniciamos un nuevo proyecto y la ternura con la que sostenemos una mano cuando las palabras ya no alcanzan, porque aquello que alguna vez recibimos deja de pertenecernos exclusivamente en el mismo instante en que comenzamos a entregarlo a otros.

Quizá esa sea la verdadera expansión del Universo y no solamente el alejamiento de las galaxias, también la propagación del sentido, cada acto de bondad modifica discretamente la estructura del mundo, cada gesto de compasión altera una historia que jamás conoceremos por completo, cada palabra pronunciada con amor continúa viajando mucho después de haber abandonado los labios que la pronunciaron, y cada existencia, aun la más humilde, introduce una variación irrepetible en la inmensa sinfonía de la humanidad.

Entonces comprendemos que el universo exterior y el universo interior jamás estuvieron realmente separados; uno proporciona el escenario, el otro descubre el significado, uno ofrece el tiempo, el otro aprende a convertirlo en historia, uno organiza galaxias, el otro organiza recuerdos.

Y ambos obedecen, quizá, a una misma ley profundamente misteriosa según la cual toda forma auténtica de creación comienza cuando algo deja de existir solamente para sí mismo y acepta convertirse en fuente de luz para cuanto lo rodea.

Tal vez sea allí donde el hogar alcanza su dimensión más elevada, no cuando protege, no cuando conserva, no cuando retiene.

Sino cuando consigue que quienes alguna vez encontraron refugio bajo su cielo sean capaces de llevar ese mismo cielo consigo, allí donde la vida los conduzca, comprendiendo finalmente que el verdadero universo nunca estuvo delimitado por el horizonte visible, sino por la inmensa capacidad del espíritu humano para transformar la existencia en significado, el tiempo en memoria y el amor en una forma de eternidad cuya expansión, como la del propio cosmos, quizá no termine jamás.

Los arquitectos de lo invisible

Quizá la mayor ilusión de la civilización contemporánea haya consistido en convencernos de que las transformaciones verdaderamente importantes siempre ocurren a gran escala, como si únicamente las revoluciones, los descubrimientos científicos, las grandes decisiones políticas o las hazañas tecnológicas fueran capaces de modificar el curso de la historia, olvidando que ninguna de ellas habría existido jamás sin la silenciosa labor de millones de seres humanos que, lejos de los monumentos y de los libros, dedicaron su existencia a construir pequeños universos donde otros aprendieron a pensar, a sentir, a confiar y a soñar. Toda civilización nace primero en una conversación, antes de convertirse en leyes fue una idea, antes de transformarse en ciudades fue un proyecto, antes de convertirse en cultura fue un gesto repetido innumerables veces entre personas que jamás imaginaron la trascendencia de aquello que estaban haciendo, porque el verdadero origen de la historia nunca se encuentra donde terminan registrándola los historiadores, sino allí donde alguien decidió ofrecer un poco más de comprensión que de indiferencia, un poco más de paciencia que de violencia y un poco más de esperanza que de resignación.

Quizá por eso los grandes cambios rara vez producen ruido mientras están naciendo, lo hace el árbol cuando cae, no cuando crece.

El universo tampoco anunció con estridencia la aparición de la primera estrella, ni la vida proclamó el instante en que comenzó a organizar la materia sobre un pequeño planeta perdido entre miles de millones de galaxias. Todo lo verdaderamente creador parece compartir una misma elegancia: la de transformar el mundo sin necesidad de proclamar constantemente que lo está haciendo.

Tal vez el hogar pertenezca precisamente a esa categoría de milagros discretos.

Durante años parece limitarse a sostener rutinas, horarios, conversaciones repetidas, pequeñas preocupaciones y alegrías cotidianas, aunque en realidad está realizando una tarea infinitamente más profunda: está modelando la forma en que una conciencia comprenderá el amor, la justicia, el deber, la belleza, la libertad, el perdón, el fracaso y la esperanza durante el resto de su existencia. Ninguna universidad, ningún tratado filosófico y ninguna biblioteca llegan completamente vírgenes a una persona; todos encuentran una conciencia que comenzó a organizarse mucho antes, bajo un cielo íntimo donde las primeras experiencias dejaron una huella imposible de borrar.

Quizá por ello la verdadera herencia nunca haya consistido en aquello que puede entregarse mediante documentos, llaves o testamentos, las posesiones cambian de dueño, las monedas cambian de valor, las construcciones envejecen, los nombres terminan olvidándose.

Pero existe una herencia mucho más resistente al paso del tiempo: la manera en que una vida transforma otra vida. Esa transferencia silenciosa de humanidad constituye, probablemente, el patrimonio más antiguo que conoce nuestra especie y también el más difícil de medir, porque no responde a cifras, sino a la profundidad con que un gesto continúa viviendo dentro de alguien mucho después de haber sido realizado.

En cierto modo, todos habitamos simultáneamente dos universos. Uno es el universo físico, inmenso, fascinante e indiferente, donde las galaxias nacen y desaparecen obedeciendo leyes que apenas comenzamos a comprender. El otro es el universo humano, infinitamente más pequeño en apariencia y, sin embargo, capaz de atribuir significado al primero, porque una estrella solamente se convierte en belleza cuando existe una conciencia capaz de contemplarla, del mismo modo que una palabra solamente adquiere sentido cuando encuentra un corazón dispuesto a recibirla.

Quizá ambas dimensiones nunca hayan estado separadas.

Tal vez el universo material constituya el cuerpo de una realidad mucho más amplia y la conciencia represente su capacidad de contemplarse a sí misma. Si ello fuera cierto, cada existencia humana sería mucho más que una biografía individual: sería un punto de encuentro entre la inmensidad del cosmos y la inmensidad del espíritu, un lugar donde la materia y el significado se abrazan por un instante para recordarnos que vivir no consiste únicamente en ocupar un espacio durante cierto tiempo, sino en dejar una luz que continúe orientando el camino de otros cuando nuestra propia presencia ya se haya vuelto invisible.

Entonces comprendemos que la pregunta formulada al comienzo de este ensayo nunca apuntaba realmente hacia el origen del Universo, sino que apuntaba hacia nosotros.

Porque el primer universo que cada ser humano aprende a recorrer no se encuentra suspendido sobre su cabeza, sino latiendo a su alrededor desde el instante mismo en que descubre que alguien lo esperaba antes de conocer su nombre, que alguien imaginó su llegada antes de escuchar su voz y que alguien, mucho antes de enseñarle a comprender el mundo, le enseñó silenciosamente que el mundo podía ser un lugar digno de ser habitado.

Quizá esa sea la más extraordinaria de todas las creaciones, no las estrellas, no las galaxias, no los planetas, sino que esa misteriosa capacidad que posee el ser humano para convertirse, durante un breve instante de la eternidad, en el origen del universo de otra persona, y tal vez sea precisamente allí donde habite el significado más profundo de nuestra existencia, no en la cantidad de años que atravesamos, ni en la suma de los logros que alcanzamos, ni en la magnitud de aquello que acumulamos.

Sino en la silenciosa expansión de aquellos universos invisibles que ayudamos a nacer, sabiendo que cada palabra pronunciada con verdad, cada abrazo ofrecido con sinceridad, cada ejemplo vivido con coherencia y cada acto realizado con amor continúan viajando por la historia como la luz de las estrellas más antiguas, iluminando horizontes que quizá jamás lleguemos a contemplar y recordándonos que el tiempo puede desgastar la materia, pero difícilmente consiga extinguir aquello que alguna vez fue capaz de encender un alma.

Porque, después de todo, quizá el Universo nunca haya dejado de expandirse, sino que, simplemente, aprendió a hacerlo también a través del corazón humano.
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19/07/2019


El expresar la frase: "te quiero", no se acerca siquiera ni remotamente, a la misma semántica aplicada que se desprende del expresar: "Te Amo". La primera frase proviene desde los egos, mientras que la segunda frase, es inmanente al uso de la Razón Pura, y por lo tanto, de Origen Supremo.

En base a lo anterior, me es imperioso poder comenzar, por medio de esgrimir un intento de buen ejemplo, en cuanto a la abismal separación que existe entre aquellas dos frases. Al momento de decir "te quiero", podremos estar refiriéndonos, a nuestra mascota hogareña, ya sea, a un perro, o a un gato, o a un loro, enjaulado o no; pero que, más allá de tenerles un cierto apego, hasta llegar a expresarles: "te quiero", a pesar de ello, si en el hipotético caso en el que un perro, un gato, u otra especie doméstica y/o semi doméstica, por poner unos ejemplos, fuesen el destinatario de una triste y lógica decisión, por parte de sus dueños, decisión aquella, tomada a conciencia con el fin de entregarlo a los destinatarios óptimos para estos casos, debido a que, a dicho animal "doméstico" se le habría comenzado a detectar un cierto comportamiento impredecible, en cuanto a su agresividad, y por lo tanto, es preclaro en este punto, que dicho animal habría empezado a conformarse como un verdadero peligro para la vida de las personas, internas y externas a la casa en donde la mencionada mascota residía; entonces, más allá de quererlo, más allá de tenerle un cierto apego, a dicho animal, es obvio, que vale mucho más la vida humana, que la de un perro; más allá de que a algunos no les guste esta última frase, por lo que, a aquellos que no les guste aquella última frase, los invito, si es que así lo desean, a ir más seguido a la biblioteca; y con aquel hecho de entregar, a la ahora peligrosa mascota, a un organismo destinado a la contención y protección de animales, al mismo tiempo, sabremos que dicho animal, estará bien tratado en un lugar destinado para él, a nivel estatal en primera instancia, y el destino que a partir de allí se le dé, como segunda instancia. También podremos querer, y tener nostalgias por un cierto automóvil que pudimos haber tenido tiempo atrás, y aunque el actual pueda llegar a ser mejor que el precedente (o a veces peor, dependiendo de las circunstancias), respecto de dicho automóvil que extrañamos, también podríamos afirmar, o llegar a resumir nuestros "sentimientos" hacia aquella antecesora máquina, por medio de un "profundo": "te quiero". Pero también podríamos expresarle "te quiero" (y por las mismas razones antedichas, para los ejemplos del perro y del automóvil) a cualquier ser vivo, o a cualquier cosa sin vida, animada o inanimada, todos los cuales, nos pudieron haber dejado una huella psicológica, de un tamaño imposible de medir, aunque sí podremos medirlo, dependiendo de la retribución recibida en base a sus "servicios prestados", ya sea, el mismo perro que entregamos a la organización que se dedica a ello, o el automóvil anterior, al que se cambió por otro más moderno (o por una bicicleta, dependiendo de cual sea el caso o situación vivencial de cada uno, de manera individual, o bien, de una familia); y siguiendo con los ejemplos, también podríamos decirle "te quiero", a una heladera, a un lavarropas, a una computadora y que por más vieja que ésta sea, ha sabido  (o ha calculado) retribuirnos con creces a nuestras constantes necesidades en algún momento de nuestras vidas; y un gran etcétera de entes vivos y/o no vivos, animados y/o inanimados, todos y cada uno de ellos, receptores en primera fila, de aquella primera frase: "te quiero".

Pues bien, para separar el párrafo anterior, del siguiente, -para separar el "te quiero" del "Te Amo"-, debo decir que, todo lo que está detallado antes de estas nuevas líneas, y de las que vendrán más adelante, provienen desde el Ego Humano, desde el Sistema Límbico, desde nuestra Alma con Asperezas, desde todo lo que se encuentra debajo del Paleocortex (lo que nos protege del Mundo Onírico), hacia abajo, hacia la Columna Vertebral, es decir, el expresar; "te quiero", se conforma como una frase revestida de una semántica posesiva, y que solamente es expresada por parte de los egos, a modo de "agradecimiento" por los servicios prestados, más allá de que dichos egos no se sean merecedores de prestarles ningún servicio, más que de intentar destruirlos; ya que los egos, solo intentan satisfacerse a si mismos, intentan pedir recompensas a cambio de absolutamente nada, en todo momento, y desprovistos de empatía de por medio, porque, dicha virtud, la empatía, se encuentra del otro lado, y más arriba de aquella barrera denominada Paleocortex, y que es el denominado Neocortex (y porsupuesto, mucho más arriba del Sistema Límbico, desde donde provienen los egos y frases emitidas por ellos como el tan posesivo: "te quiero" por ejemplo), y aquel Neocortex, se constituye como la parte evolutiva de nuestro cerebro, la que nos hace humanos con empatía, es decir, la que se conforma como la corteza que nos da, nada más y nada menos, que el Uso de la Razón incluidos los Sentimientos.

Y ahora, como es lógico, ya sorteamos la barrera evolucionada en el Paleolítico, y que fue denominada: Paleocortex, y en dirección desde abajo hacia arriba: por lo que ahora nos centraremos en el Neocortex, esa corteza evolutiva que nos ha hecho ser lo que somos hoy en día, en mayor o menor medida, es decir, seres con Uso de Razón, y con la Posibilidad latente de usar la empatía de la que el Neocortex puede valerse, pero que a veces, es eclipsada por aquellos egos provenientes desde el más antiguo aparato cerebral evolutivo del ser humano, y que es el Sistema Límbico. El Neocortex posee el verdadero Uso de Razón, y el verdadero Uso de los Sentimientos; y como ejemplo, si el ser humano no tendría aquella parte cerebral, en la que actualmente residen los egos, entonces, como consecuencia extremadamente positiva, el Neocortex, no solamente estaría menos congestionado por aquellos oscuros susurros provenientes desde lo que está debajo de él, sino que también, tendría una gran capacidad de empatía, de entre todo el abanico de sentimientos que provienen desde este Nuevo Estrato Superior Evolutivo Humano denominado: Neocortex. Pero, por desgracias, y por el momento, los demonios en forma de egos, interfieren constantemente, con los Dioses en la forma de Uso de Razón y de Sentimientos. Y es por ello que ahora pasaremos a analizar la diferencia de la primera frase, con la que abrí este escrito, respecto de la segunda frase; el expresar: "Te Amo".

Amar, no debería ser posesión, no debería ser recompensa, no debería ser usabilidad... "Amar" es todo lo contrario al "querer", ya que el "Amar" se corresponde con el Uso de la Razón Pura, el "Amar" se corresponde con el uso de los Sentimientos Empáticos; y así es, los coloqué en mayúscula, porque el uso de la Razón Pura, encerrando todo lo antedicho, es lo único Supremo que posee el Ser Humano, ya que todo lo demás, es proveniente desde el mundo animal, y en el mundo animal, solo se "quiere" tal o cual cosa, solo se "desea", solamente se busca constantemente una retribución en base a no dar nada a cambio, debido a que el dar algo a cambio, automáticamente se transforma en inteligencia, y por lo tanto, se considera proveniente desde lo Supremo de la Razón Humana, sabiendo que la Inteligencia encierra intelectualidad sumada a sentimientos humanistas, la cual, sumada a sentimientos humanistas, deviene en Iluminación.

Por lo tanto, el expresar "Te Amo" a alguien (porque quien exprese lo mismo, pero, en este caso, hacia algo, pues, debería intentar sentarse a pensar y a re-acomodar sus prioridades, es decir, a re-acomodar todo lo que proviene desde lo que se encuentra debajo del Paleocortex, y todo lo que proviene desde arriba de Él). Entonces, y lo vuelvo a transcribir: el expresar "Te Amo" a alguien, se conforma como una frase nacida desde las entrañas de un Mundo repleto de Razón y de Sentimientos, en donde reside la Madre de todos los Sentimientos (y la Regidora de la Razón Pura), y que es la Empatía, -ese colocar nuestro uso de razón, en el lugar del Uso de la Razón y de los Sentimientos de otra persona-, ya que, si no tuviésemos Empatía, si no tendríamos sentimientos, al menos positivos, en dirección hacia los demás, entonces es posible que seamos portadores de una patología muy conocida, la cual carece de total sentido de empatía, y dicha patología se denomina como Psicopatía (y esto no quiere decir que una persona con dicha patología, vague por la vida, merodeando por allí, matando personas, o hablando incoherencias, ya que en este mundo, es probable que existan más personas poseedoras de la mencionada "patología", que lo que cualquier persona "normal" podría llegar a estimar; y de seguro, muchas veces, estas personas, con dicha "patología", realizan una Gran Obra, un Opus Magnum interno, las cuales se arremangan para poder construir lo que les falta, es decir, sus propias máscaras de sentimientos, para poder encajar en la sociedad, y basados en dichas máscaras de empatía en este caso, y aunque éstas sean solo "máscaras" psicológicas, dichas personas con dicha "patología mental", suelen ser mejores personas que otras personas que están desprovistas de dicha patología, aunque estas últimas personas, llamadas: "normales" tengan la Posibilidad de usar dicha virtud por el hecho de contenerla de manera inmanente, porque a veces, las máscaras de empatía utilizadas por personas con Psicopatía, son tan poderosas y muy bien construidas, que las mantienen muy cercanas a su Uso de Razón, y por lo tanto, por medio de lo inmediato anterior, ellos "simulan que poseen" aquello Supremo que nombré antes, y que es la Razón Pura, es decir, la Razón sumada a los Sentimientos, todo ello residente en el Neocortex). Es de saber también, que a veces, el Paleocortex, esa Corteza Cerebral que nos protege del vendaval de animales evolutivos que provienen desde el Sistema Límbico queriendo acechar constantemente el Neocortex, o, a mi modo de verlo, desde nuestra Corteza Arcaica, evolutiva, y puramente animal, desde un simio Avanzado, hasta el Protozoo más involucionado, acechando al Homo Sapiens Sapiens; todos aquellos animales, están en nuestra "ArcaCortex", según la definición del "Diccionario Nelsoniano" de la "Real Academia Nelsoniana de las Ciencias". Un poco de risas, no viene nada mal, ¿no?

Entonces, retornemos a aquella segunda frese, la que expresa: "Te Amo", en comparación con la primera de ambas, la cual expresa posesión y necesidad de retribución, y que era y que ya expliqué, -siempre desde mi punto de vista, como en todo en este sitio-, y que fue la frase: "te quiero".

El expresar "Te Amo", con mayúsculas, -porque es una frase Suprema, proveniente desde el Uso de la Razón y de los Sentimientos (con o "sin" máscaras)-, es, como ya se han dado cuenta, una frase infinitamente alejada de la frase que expresa "te quiero", con minúsculas. El expresar "Te Amo", y de manera reiterada, y no esporádica (aunque tampoco llegar a hacerlo 100 veces al día) es expresar Libertad y al mismo tiempo, es Emanar Nuestra Luz Inmanente, hacia todos los que están a nuestro lado, y hacia todos los receptores de dicha frase, y no así, liberar aquellos egos, transformados en un absurdo y en un libertinaje, solamente domable por medio del Uso de la Razón Pura; y nuestra sombra, la cual, si bien es inevitable cuando existe la Luz, es totalmente obvio, que a mayores Fulguras repartidas hacia todos los puntos cardinales, menores serán las sombras proyectadas, hasta tal punto en el que dichas sombras, desaparecerán por completo. La frase "Te Amo", es la frase más elocuente y poderosa que se le puede expresar a otro ser humano, sin reticencias, sin expresarla entre dientes apretados, sin que su reiteración sea una sola vez cada un gran espacio de tiempo, porque allí mismo, detectaremos que el Amor, por el cual es expresada la frase "Te Amo", no existe. Cuando se Ama de verdad, es menester, primero que nada, observar los pétalos de la otra persona, más no así, sus espinas; es observar lo que ésta persona ha dejado para otros, hacia el futuro, -a modo de trascendencia de sus enseñanzas para el próximo, es decir, a su familia inmediata, y al prójimo, es decir, a su familia humana-, trascendencia aquella que pudiera llegar a durar por siglos... por milenios... o bien... para toda la eternidad, marcando, de manera positiva, -aun estando biunívocamente en desacuerdo-, los eventos futuros que podrán construir para sí mismos, -para los suyos y para los demás-, incontables generaciones de seres humanos. El expresar la frase proveniente desde la Supremacía de la Razón, y que es: "Te Amo", también se suma a lo inmediato anterior, en cuestiones que tienen arraigo en la construcción de un Gran Templo Familiar, basado este, en dos grandes Columnas, y que son las columnas que sostienen a aquel Templo, es decir, en este caso, las dos Columnas conformadas por los dos Padres (también con mayúsculas), y si una de esas Columnas se debilita, se destruye, o peor aún, desaparece, es cuestión de tiempo, de que el Templo Familiar se desplome como consecuencia, en un abrir y cerrar de ojos. El tema es que, si el Amor ha dejado de existir, ya sea; por el erróneo hecho de tener en cuenta las espinas, en lugar de los Pétalos, respecto de cada una de aquellas Columnas familiares; o peor aún, si el Amor nunca ha existido en una -o en ambas- de dichas Columnas, y solamente ha existido un conjunto de Tabúes, y de psicologías de escape, respecto de otras situaciones privadas y oscuras, precedentes a la conformación de dichas Columnas Familiares; o bien, el Amor no ha existido nunca, pero las Columnas logran mantenerse en pie, gracias a simples sentimientos de lástima, ya sea desde una, o bien, desde ambas Columnas hacia la otra, como para mantener a la Familia Unida... al Templo Familiar en Pie; o el Amor ha dejado de existir debido a la acción constante de unas fuertes presencias psicológicas dominantes, presencias aquellas, que partieron desde las psiques de las Columnas predecesoras a las Columnas actuales, es decir que, fueron psiques primigenias y dominantes, las cuales antecedieron a las psiques de las actuales Columnas que conforman el Templo Familiar del presente familiar, y que por tales motivos, denominados Ánimas y Ánimus en la Psicología Analítica, (aunque en el Psicoanálisis de Freud, también), por el Psicoanalista Carl Jung, las partes sostenedoras del Templo Familiar pudieran dejar de existir en un abrir y cerrar de Ojos;... O bien, -y al contrario de los anteriores ejemplos-, el expresar "Te Amo", deberá contener, a modo de simplicidad y de ejemplificación, ese Amor, que se transforma en esa Decisión Consciente (de allí la Supremacía de la Razón), de abrazar eternamente a alguien que se Ama (porque si le expresara: "te quiero" a mi automóvil, o a mi lavarropas, jamás los abrazaría, "al menos públicamente")… o bien, el expresar "Te Amo", deberá convertirse en esa Decisión Consciente de mirar a los ojos de aquella persona Amada, hasta el final de los tiempos, como mirando su interior, más que deteniéndonos en su exterior... o bien, el expresar "Te Amo", deberá responder a la Decisión Consciente de un viaje interno hacia el Sentir el aroma de la piel de Una, o de Ambas Columnas Amadas, en todo aquello a lo que le preste atención el sentido del olfato... o bien, el expresar "Te Amo", esa Decisión Consciente, deberá transformarse en un indescifrable e interminable acto de entrelazamiento, bailando al Compás y con la Rectitud desprendida desde una danza sexual interminable, en la que ambas Columnas no querrán separarse jamás.

En definitiva, el expresar "te quiero" se desprende desde un instinto meramente animal, y por lo tanto, egoísta; mientras que el expresar "Te Amo", se conjuga como una Urdimbre de Sentimientos nacidos desde el Uso de la Razón y desde la virtud de virtudes, denominada: Empatía.

Si Amas a alguien, dile y reitérale: "Te Amo" (y no así, esgrimir un esporádico y entredientes: "te quiero"); abrázale, por horas, como si fuese la última vez que ambas almas se vayan a encontrar; mírale a los ojos como si fuese la última vez que lo pudieras hacer; hazle el Amor, a conciencia, tal como si fuese la primera vez en la que descubres el Verdadero Amor, proveniente desde la Supremacía de tu propio Uso de Razón, más no así, el hacer el Amor desde las tiranas fuerzas del mundo animal, aquellas que yacen debajo de aquel Paleocortex, órgano o estrato cerebral que todos poseemos. En caso contrario, si únicamente atinas a expresar un débil y muy esporádicamente reiterado: "te quiero" (o únicamente expresas unos cuantos y débiles "te amo", en minúsculas, durante y después de un acto sexual, sin expresar luego, aquella Frase Suprema, en ninguno de los demás momentos de la vida, y menos que menos, en mayúsculas), los que están hablando y los que están dominando allí, son los Egos, y por ende, esa persona que solamente sabe expresar la frase: "te quiero", no ama de verdad a aquella otra persona, sino que... solo la posee (y más allá de que le tenga algún tipo de estima), y por lo tanto, a la persona que únicamente se la posee, al mismo tiempo de llevar a cabo tal egóica posesión de dicho ser, al que solo "se le quiere entredientes", se lo está conduciendo, irremediablemente, hacia su propia autodestrucción; y con lo que esto último significa para el Templo Familiar.

Se Aman o no se aman. Usan la Razón, o usan los egos. Punto. No se debe jugar al amor verdadero cuando no existe, ni existirá uno; o bien, sin darse cuenta, no mantengan en pie a un Aparente Amor Falso... cuando éste realmente existe. El Uso de la Razón Suprema, es la clave para poder diferenciar a ambos argumentos entrecruzados, en mayúsculas y en minúsculas.


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02/03/2019

Dibujo hecho por mi, en el año 1982.

Hoy he escuchado una frase que está consiguiendo destruir a las familias en todo el planeta, y la escuché en un lugar, respecto del cual, por el momento, no lo recuerdo, mas que nada, quizás, debido a la inmensa cantidad de fuentes de información diversas que tenemos a nuestro alcance todo el tiempo, y que al final del día, uno termina mezclando dichas fuentes, si es que no fuimos lo suficientemente previsores, como para dejar plasmada dicha frase y su fuente, en algún lugar de nuestros propios registros; del mio en este caso particular.

Pero, vayamos a la frase, porque es la que logra teñir de rojo escarlata, a este mundo de hoy en día. Y la mencionada frase, debido a que, mas atrás en el tiempo, la he escuchado, quizás con algunas variantes que no afectan al verdadero sentido semántico de dichas frases, las cuales, en esencia, se las pronuncie como se las pronuncie, si se respeta un determinado constructo semántico, todas se refieren a expresar hacia -y sobre- una tercera persona, el mismo significado. Por ejemplo, he escuchado, o visto, o leído, a una mujer casada, estigmatizar a su marido, con el estereotipo peyorativo y malvado de denominarlo "machista", sin tener en cuenta, de que dicho marido, es muy posible que sea, no solamente todo lo contrario a un machista y a un feminista, sino que, ese esposo, marido, novio, etcétera, pueda ser que sea un verdadero "Famillista", y con esta palabra, Famillista (mi ideal, un tanto utópico de una familia bien construida y mantenida en todos sus aspectos que la definen); creo que es una palabra inventada por mí, porque el diccionario me indica que está mal escrita; pero, de todas maneras, se entiende, y además, se me dio la gana de crear una nueva palabra, ¿existe algún impedimento al respecto? Pues, para mi, no; y les expresaba que, el ser un varón Famillista, es intentar, dentro de nuestra imperfecta humanidad varonil, exaltar lo mas importante que existe en este planeta; la Familia; y que esté con la mayor cohesión familiar, de valores morales, de virtudes, y de amor verdadero y expresivo, por sobre todas las cosas, y entre todos los miembros, ya sean, padres y madres, con su hijos; o si quieren todo desorganizado, en cuanto al orden de exposición de mi lista precedente, el amor verdadero y expresivo, reitero, entre hijos, primero, y consecuentemente, hermanos, hacia sus padres, madre y padre;... en definitiva, es lo mismo, el orden no altera el producto, y un inquebrantable viceversa.

Ahora vamos al otro "lado" de la familia de los mayores, en este caso, el padre, diciéndole a su esposa; munido por el mismo adjetivo "descalificativo" y maléfico, de que ella es una Feminista, por el hecho de que, quizás, el padre entiende una determinada situación, desde su propio y subjetivo punto de vista; y con ello, no comprende el punto de vista de la madre/esposa, porque ambos puntos de vista, el del esposo y el de la esposa; siempre en este segundo caso; no son mas que proyecciones de la mente de uno mismo, proyectada sobre la mente del otro; es decir que, lo que piensa el padre, respecto de la madre, en este caso, de que es feminista, es una proyección de la mente del esposo, sobre la mente de la esposa, pero el verdadero significado semántico se da en la mente del padre, o esposo, y no en la mente receptora de la madre o esposa, debido a que, la madre, en este caso, no va a hacer feminista, porque el esposo se lo diga, o se lo grite, porque la madre o esposa, solamente, es una mera pantalla blanca receptora del pensamiento del padre o esposo; y entonces, quizás, y si analizamos a la madre o esposa, nos encontraremos con una verdadera "Famillista", que intenta, por todos los medios imperfectos, pero perfectibles, y posibles, de que la cohesión y el crecimiento saludable de su familia (esposo, esposa, e hijo/a/s) sea la mayor de sus responsabilidades Famillistas, tal como con su esposo, en donde, en la primera explicación, yo  lo ejemplificara. 

Y no solamente, la familia completa debe ser "Famillista" de manera de que, dicho trabajo entre comillas, y de forma solitaria, lo lleve a cabo, solo uno, o bien el otro, del subconjunto de los padres, dentro del conjunto familiar; todo lo contrario, porque ambos padres también podrían llegar a ser unos verdaderos y poderosos Famillistas, ambos, al mismo tiempo, y estarían en una verdadera conjunción, y dichas conjunciones, se corresponden con mis palabras "mágicas", relacionadas a la familia, y que hacen que las mencionadas familias, sean muy unidas, y lo sean, para siempre, sin que la disyunción aparezca jamás.

De todas maneras, ahora viene la parte en donde les podría bajar al ánimo, a los lectores de este artículo, debido a que, la sociedad actual, banal, simplista, ególatra, materialista, obsesiva, y podría decir, sin llegar a equivocarme nunca, hasta ser una sociedad portando una verdadera "maldad encubierta e inconsciente"; sociedad que necesita lo que no necesita; que necesita ser feliz con lo que no la hará feliz; que se corrompe, porque los demás se corrompen; y que corrompen a los demás, para no cargar solos, con su propias culpas resultantes de sus actos corruptos, debido a los eventos futuros respecto de los que se dedican a pergeñar, solitariamente, en sus oscuras y húmedas noches de pesadillas. Pues esta misma sociedad; la misma que, en una muestra, el 85% de una gran cantidad de personas, se ríe de un niño moreno con una gran sonrisa de felicidad efímera, porque está sosteniendo un gran y rico repollo; esa misma sociedad, es la que, constantemente; y la mayoría de las veces, sin darse cuenta, debido a que, su conciencia casi inexistente, y sus egos exaltados, los hacen desconocedores de la verdadera esencia humana; es esa sociedad maldita, la que logra convencer a los padres o esposos, a los que se basaban en aquella palabra, quizás, inventada por mi, es decir, el "Famillismo", para luego, actuar en consecuencia, y fundados en una gran astucia, similar a un verdadero animal que lleva carroña para su madriguera, y digo similar, porque en estas personas, malvadas, prevalecen los actos egóicos, por sobre los actos basados en la "desconocida" conciencia elevada. Por lo tanto, y como consecuencia de lo anterior, la Sociedad Malvada, logra atraer para sus fauces, a padres o esposos, con hijos en casa; para que piensen que, ni uno y ni el otro, ni el padre y ni la madre, son ambos, "Famillistas", sino que desean que piensen y se convenzan de que son, Machistas o Feministas, según el caso; y en base a ello, los padres o esposos, ahora convertidos en "Ex-Famillistas" (inventé otra palabra, ¡y compuesta!), debido al constante e innecesario contacto social corruptor, comenzarán a creer, por ejemplo, la esposa y madre empezará a convencerse, de que su esposo es un "simple machista", en lugar de seguir convencida de la realidad, y que es que su esposo es un convencido Famillista o cohesionador familiar nato y necesita de que las Piedras familiares estén todas en su lugar; y lo mismo sucede, si lo miramos desde el otro punto de vista, desde el esposo y padre, ya que si éste comienza a ser convencido, "gracias" al accionar de aquella sociedad corruptora, de que su esposa, madre de sus hijos, es feminista, en lugar de lo que era hasta ahora, su actual y propio autoconvencimiento de la verdadera realidad, es decir, de que su esposa, es una verdadera y practicante Famillista, y protectora de los valores familiares.

Cuando esto sucede, cuando la sociedad maléfica, anteriormente descrita, logra absorber a un "Famillista", ya sea al esposo, o a la esposa, o bien a ambos, y estos últimos no logran darse cuenta de este tipo de Abducción Social, es decir, no se percatan en absoluto, de que están siendo absorbidos por aquella maldita sociedad repleta de "simios con comportamiento complejo", la ruptura familiar de estos esposos e hijos, esta asegurada, será un hecho a todas voces, y la sociedad, en su conjunto, emitirá su juicio, el cual les servirán para aplacarle sus propias y ahora eternas culpas, eso si, aplacarlas temporalmente (y lo lamento si ya vendiste tu alma al diablo), y son las culpas aquellas, las que les dicen:
"¡Esta bien, si, hahaha, es cierto, por donde te cruces, siempre hay alguna persona que tenía una familia completa, y ahora, los esposos -padres- de esa familia, ya se separaron, y sus hijos andan sueltos, de acuerdo a donde los lleve el viento, de aquí para allá! ¡Es que... ya somos grandes ¡vieja!, hay que ser felices y divertirse... nosotros, los padres separados [convertidos por la sociedad maléfica, de "Famillistas" a los calificativos ignorantes y propio de simios, de "machistas" o "feministas", para que de esa manera, la familia se corrompa por la única acción de ella misma, porque se confunden las virtudes, con las mentiras provenientes desde la sociedad malvada], y es esa misma sociedad la que dice, por dar un mínimo ejemplo, ¿!debemos salir, y divertirnos un poco mas no!? Eso de estar al cuidado de la cohesión matrimonial, y por ende y como consecuencia directa, de la felicidad, de la salud y del futuro casi asegurados de los hijos, gracias al fortalecimiento de la relación del esposo con la esposa, y viceversa, ¡cansa un poco, ¿no?! Mas vale, dejemos a un lado a los machistas o a las feministas, y dejemos a los que en realidad eran Famillistas, en casa, o donde sea, de veletas, que se los lleve el viento mientras tomamos cervezas, porque la cohesión de la familia, no es lo importante ¡no!!! ¡¡¡Lo importante es pasarla bien!!! No importa que se debilite la unión matrimonial, ya es hora de divertirse, no importa que los hijos fracasen, si los padres estamos para eso, para divertirnos, mientras nuestros hijos, volando por ahí y por allá, hacen algo, lo que pueden y tienen a su alcance, quizás venderán manzanas en el mejor de los casos, o porros, en el peor, y algunos son pisoteados mientras venden lo que tengan a mano, y luego fracasan, y luego dejan de divisar sus efímeros y utópicos horizontes de su posible e imaginado futuro,... y luego se ¡suicidan!!! ¡Viva la diversión de nosotros los grandes carajo! ¡abajo a los machistas, abajo a las feministas!!! [y en base a lo anterior, no se dan cuenta que están aplastando a los Famillistas de ambos sexos, esposo y esposa, y por ende, arruinando el futuro de sus hijos, y de la familia completa], pero, no pasa nada, dejemos que la sociedad nos invite una cerveza, porque, quizás, "debería salir más, con mis amigos de 50 o 60 años", [mientras lo mas importante, la unión matrimonial se termina destruyendo, y con ello, por obvias razones, la familia completa], pero ¡vayamos al bar de la esquina porque es hora de divertirse, y dejemos a estos machistas o a estas feministas que se queden con sus futuros hijos fracasados, encerrados, mirando las pantallas!!![mientras los sigue acaparando aquella sociedad maléfica]".
Y por lo tanto, el sufrimiento de los que menos deberían sufrir; y por los que somos Famillistas, y por los que daríamos la vida: nuestros hijos, también está asegurado, y sellado mediante un sello de madera de Cedro y subconformado por una esponja de aleación de goma absorbente de tinta reforzada con una aleación de algo de Titanio. Es decir, el sello de: "Familia destruida", quedará entrecruzado en el final de la última hoja del libro familiar, para siempre, por no haber tomado la decisión correcta, o por no haber luchado, para elevar nuestras conciencias, como padres, y que, tanto, el padre, como la madre, intenten tener casi el mismo nivel de conciencia, porque, de lo contrario, de la disparidad de niveles de conciencia, provienen en las conocidas desavenencias, y la posterior absorción acechante, del padre o de la madre, -o de ambos-, por parte de aquella sociedad malvada,... la que "solamente quiere divertirse".

Como expresó Jean Jaques Rousseau: "El Hombre es bueno por Naturaleza; es la sociedad quien lo corrompe". ¿Que mejor simplificación  del tema expresado mas arriba no?


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31/12/2018


Los seres humanos, no cambiamos, solo nos valemos de máscaras para simular cambios o estados alternativos de conciencia, en determinados momentos en los que nos enfrentamos a diferentes situaciones, las que podrían tener ciertas características de "situaciones comunes y corrientes de la vida cotidiana". Algo normal y de todos los días y que ningún ser humano se escapa de lo anterior.

Ahora bien; existe un único evento, de entre muy pocos similares (algunos iniciáticos con fines de autoconocimiento), en el que el ser humano, realmente... cambia su estructura psicológica interna, como si ocurriera, de repente y sin aviso de ninguna índole, una abrupta y muy dañina tormenta; la que a todo saca de su contexto original; la que a todo reescribe en un instante; la que a todo le quita sus colores originales, y como consecuencia, solo los tonos grises toman el lugar en donde antes existía preeminencia de un imponente cromatismo; la que logra, con su fuerza desgarradora, desconectar lazos, que antes parecían inalterables. Es esa tormenta; es ese evento; el cual logra, por medio de una destructora y totalitaria efectividad, de que el ser humano, cambie de verdad y para siempre, sin posibilidad alguna de volver hacia atrás, tal como a si de intercambios de máscaras psicológicas quisiera referirme nuevamente. Esa tormenta a la que hago referencia, y de manera metafórica, es la causante del verdadero y único cambio de un ser humano, es una tormenta creada y dirigida por terceros, para el momento en el que estos, aplasten vilmente... la desesperación de un determinado ser humano.

La desesperación, se relaciona con la acumulación de opciones agotadas como para sobrellevar una vida normal; se relaciona con el último intento, de quien se está ahogando, por encontrar una rama, aunque sea débil y pequeña, como para asirse de ella, y ayudarse a si mismo para salir flote, o al menos, poder mantenerse en la superficie; se relaciona con encontrarnos, de un momento al otro, parados en el borde de un gran abismo de incertidumbres; se relaciona con caer en una aparente eternidad, en dirección hacia aquel abismo, sin que jamás podamos divisar el fondo, y al mismo tiempo, sin que nos percatemos, sin llegar a darnos cuenta nunca, de que también ha desaparecido la superficie, ya que no se halla más al alcance de nuestra visión; la desesperación se relaciona con el último y humilde grito de ayuda que un ser humano pueda esgrimir, valido por las pocas fuerzas que en ese momento puedan subsistir dentro de él. Teniendo en cuenta lo que significa la desesperación, y basado en lo inmediato anterior a este párrafo, nos podremos hacer una idea de lo crítico que es, el que éste estado del ser humano, sea aplastado, sin aplicar siquiera, un mínimo de empatía previa, porque, al hacerlo, al aplastar la desesperación de una persona, sin mediar sentimientos constructivos de ningún tipo, tal como lo expresé al comienzo, logran, y con gran efectividad, que esa persona, se convierta en otra, y muy diferente, a su estado de ser anterior; es el único y verdadero cambio, el de que, la personalidad logre ser mutada por otra, o bien, se consiga generar una mezcla de ambas personalidades, es decir, la personalidad previa a la destrucción de la desesperación, y la personalidad posterior al mismo evento.

El ser humano, puede mejorarse a si mismo, y de mil maneras diferentes, con mil herramientas arquetípicas distintas, y llegar al Gran Logro, a obtener la Opus Magnum, de que su personalidad brille cada vez mas. Y aquellos cambios aparentes, en ciertos aspectos de dicha personalidad, solo se deben a respuestas instintivas como reacciones variadas ante un cierto contexto que acciona frente a él. Esto, es un trabajo, casi que de todos los días (y de toda la vida), para el que ha aprendido a valerse de aquellas herramientas arquetípicas.

Pese a lo anterior, lo expresado no se condice con un cambio verdadero en la forma de ser, o personalidad, de un ser humano, sino que, mas bien, en un mejoramiento de su psique profunda, en detrimento de los egos y al mismo tiempo, como Proceso Magno de exaltación de sus virtudes. Esto es mejoramiento, mas no así representa en lo absoluto, un real cambio, uno de verdad, porque el cambio verdadero, jamás se logra por uno mismo, y siempre deben haber terceros que posean la capacidad psíquica (negativa o positiva) de causar el verdadero cambio en el individuo objetivo.

Pues quienes aplastan la desesperación de una tercera persona, lo único que han logrado conseguir con lo anterior, es cambiarla definitivamente y para siempre, de manera negativa, al principio, por mas que, esa persona a la cual se le ha aplastado su sufrimiento, luego de salir a flote y nadar hasta la orilla, logre salir ileso, fortalecido y con mas positivismo que nunca. Pero, eso si, no olviden nunca, que esta persona a la que le doblegaron su calvario, ya no será la de antes... jamás... nunca mas..., no porque no se desee cambiar (que es lo primero que replican los terceros), sino que, ¡porque ya se ha generado el gran cambio, por las manos de aquellos terceros!, y por mas que el ADN, una a todos los actores de los aquí detallados... esa será la única unión que quedará existente... por siempre.


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05/10/2017


En función de las preguntas detalladas en el título, es menester, -como a todos los temas-, que debamos abordarlos desde una perspectiva antropológica, al menos, en este caso, desde la perspectiva que a mi juicio le atañe. Primero que nada, un matrimonio (o pareja) que sabe mantenerse cohesionado, mientras crían a sus hijos, es fundamental, porque el varón debe cumplir el rol del macho y la mujer el de la hembra, hablando en términos evolutivos, tal como lo expresé al principio. El hombre debería seguir siendo hombre, con sus genes del macho homínido intactos, mientras que la mujer debería seguir siendo mujer, con sus genes de hembra homínido. Tanto el hombre como la mujer, no deben transgredir el límite evolutivo de su contraparte. Esto es necesario que suceda, para una pareja con niños, porque la madre transfiere el sello evolutivo de su inconsciente colectivo denominado Ánima, sobre el inconsciente de su hijo varón, si lo tuviera; y el hombre transfiere el sello evolutivo de su inconsciente colectivo masculino (el macho ancestral homínido) denominado Ánimus, y que se lo imprimirá en el inconsciente de su hija mujer, si la tuviera; ambos conceptos, Ánima y Ánimus, aceptados por Jung y Freud, pero más por Carl Jung, son ambos, conceptos esenciales para lograr transformar a nuestros hijos en individuos hechos y derechos, y tal proceso se denomina Individuación, lo cual, como sabemos, se constituye como una separación psíquica (que en algún momento de la vida, dicha separación, se debe convertir en física) separaciones estas, que logran sus hijos, con respecto a sus padres. De allí que, el hijo que nunca pudo individuar, ya sea un varón o una mujer, nunca logrará la separación psicológica, y por ende, la tan necesaria separación o alejamiento físico, como por ejemplo, mediante el casamiento y posterior alejamiento normal de sus respectivos padres, por parte de aquellos niños que han llegado a la edad adulta. Todos conocemos ejemplos de este tipo, ya que muchos adultos actuales siguen siendo “nenes o nenas de mamá o papá”, y por ende, los conflictos en sus vidas personales que esto acarrea, son muy bien conocidos, por el hecho de no llegar a individuar.

Pero los hijos que logran llegar a individuar, quiere decir que el padre cumplió con su rol de hombre/macho/homínido, mientras que la madre cumplió con el mismo rol evolutivo para la hembra/homínido. Los problemas, como decía antes, comienzan cuando los roles de los padres se tienden a entrecruzar, es decir, a que, por algún motivo “x” de la vida moderna, el padre se vuelva más pasivo, mientras que la madre, por el mismo motivo “x” que atañe a ambos padres, se vuelva más activa, y los roles cambien. O bien, puede que no hubiera diferencia en los roles, o que el rol del padre se vuelva al extremo máximo de su esencia, mientras que el rol de la madre se torne al extremo mínimo de su esencia, y con esto vienen la dominación y la violencia familiar del padre a la madre y a sus propios hijos, o bien, lo mismo que lo inmediato anterior, pero al revés, la madre se convierta en la extrema poderosa y "maltratadora" de los demás integrantes familiares. Esta variedad de comportamientos humanos, las más comunes son las primeras y no las últimas, quiero creerlo, es decir, cuando el hombre cumple su propia parte con respecto al Ánimus, y la mujer la suya con respecto al Ánima, es decir que, ninguno de los dos transgreda los límites evolutivos del otro.

Pero, llegamos a la modernidad, al “progreso”, que ha determinado un atraso en cuanto a todo lo anterior, y el ser humano está modificando sus mismas bases evolutivas y de Selección Natural. Los adultos actuales están surcando un período de infantilización, mientras los hijos de esos padres (o los alumnos de esos profesores) sufren el deterioro psicológico y cognitivo fenomenal, ocasionando lo que yo denomino hace tiempo como, Regresión Evolutiva, en varios de mis artículos en mi web www.erminauta.com. Los niños actuales, con Ánimas y Ánimus, que son muy débiles, porque también se encuentran en etapas infantiles, ocasionarán, creo yo, que ningún niño, hijo de adultos infantilizados, logren la individuación, y por ende, al momento de que los hijos de estos, formen una familia nueva, la ruptura matrimonial, estará servida a la mesa, y por ende, los nuevos niños, la tercera generación, carecerán totalmente de Ánima y Ánimus, y se acentuará más la regresión evolutiva. Ahora bien, ¿qué provoca que esto suceda? Y desde mi punto de vista, la culpa directa de todo esto, es lo que yo llamo, la máquina exaltadora de egos, y que es la Mercadotecnia, o el Marketing actual, el cual está destinado, en pocas y simples palabras, a exaltar, a los homínidos o primates, y a minimizar al Homo Sapiens Sapiens (Egos y Ser humano respectivamente), por lo tanto, el actual bombardeo mediático producto del marketing, está convirtiendo al ser humano, en un Simio, por la evidente Regresión Evolutiva que están causando, en nombre de vender mas y mas productos, con atractivos colores, olores, formas, etc., todo ello que exalta a los egos y reprime al Sapiens.

Entonces, la Institución Familiar que debería estar en una espiral ascendente, es una familia en donde los padres tengan el control, y que además, ninguno de los padres sobrepase el límite de cada cual, y que por su parte, el padre se dedique a fortalecer el Ánimus de la hija, si la tuviera, y la madre, a fortalecer el Ánima de su hijo varón, si lo tuviera, para que el ser humano, siga evolucionando, siga en una curva ascendente, en una constante retroalimentación de Anima hacia un nuevo y futuro Ánimus individuado y luego el Ánimus hacia una nueva y futura Ánima Individuada, y estos nuevos individuos, comenzarán de nuevo el ciclo, y la humanidad por completo, regresará a la senda evolutiva. Pero mientras el marketing deshumanizado que actualmente rige nuestra economía global siga de esta manera, continuaremos en una espiral descendente, y una nueva especie tomará el control algún día, quién sabe, quizás, ¿los Bonobos?
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12/04/2016


Yo me pregunto... ¿es tan relevante que el Papa Francisco exprese que, de ahora en mas, los separados y vueltos a casar, no serán excomulgados?

Como si, el estar excomulgados cambiara algo para las personas, como si, el estar comulgados fuera una fuerza benéfica, que antes llegaba solamente a los solteros, o casados por única vez, y ahora llegará también, a los separados y vueltos a casar...

¿Hasta donde llega la parafernalia dogmática del Vaticano, que por miedo de perder clientes... perdón... fieles, ahora tiene que incluir a los separados y vueltos a casar? ¡¡¡Claro, es que se le agregan unos millones de fieles mas!!!

El ser humano en general, está tan impregnado por el dogma nefasto de la Iglesia Católica Apostólica Romana, que he podido observar a muchos, expresando frases similares a estas: "¡que bien!, ¡que bueno que el Papa Francisco incluyó a los separados y vueltos a casar en la lista de los que continúan bajo los influjos benéficos de la comunión! ¡Que logro!"... y un montón de expresiones "alegres" al respecto... ¿¡Como vamos a mejorar como especie si seguimos dominados por cadenas!?

Como si, el estar, tanto en comunión, como en excomunión, con la Iglésia "Castrólica", "Apostadórica" y "Robana", nos hiciera mejor o peor personas... ¿que mundo loco no?

Desde mi punto de vista, importa un bledo el estar en comunión o en excomunión con una organización, que fue genocida por muchos años, protectora de pedófilos, y cómplice de haber impreso a la humanidad, un freno considerable en su evolución intelectual colectiva.

Pero, lo que sí, verdaderamente importa, es el estar en comunión con uno mismo, porque los únicos dioses que cualquier ser humano percibirá como reales, serán los dioses que están dentro de cada uno de nosotros, dentro de nuestra psique, y es con ellos, y no con dioses externos, con los que debemos estar en comunión, y no con el dios de un país religioso y monárquico, como lo es el del Vaticano.

Mientras no estemos en comunión con nosotros mismos, no estaremos en comunión con los demás, y la hipocresía continuará reinando, y por ende, haciendo que este mundo siga siendo una gran bola de excremento cósmico.

¡¡¡El peor ciego es el que no quiere ver!!!

Nelson J. Ressio

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