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14/10/2025



Los visitantes interestelares y mi percepción de un Plan cósmico

Desde siempre supe que el cielo no es silencio. En noches claras, cuando las estrellas parecen murmurar su danza, mi mente escucha algo más que puntos de luz: capta signos, ecos, señales que parecen hablar de un diseño mayor. Las décadas de mi vida, mi estudio, mis viajes interiores me han llevado a pensar que lo visible —las nubes, las ciudades, los conflictos humanos— es solo la superficie de algo mucho más grande.

En esta década que vivimos —la década del 2020— algo cambió de forma irreversible. No solo desvelamos pandemias, armas tecnológicas, guerras silenciosas, vigilancia omnipresente; también hemos comenzado a vislumbrar nuestro sistema solar como nunca antes: telescopios, satélites, encuestas automáticas. Y lo que antes pasaba inadvertido, ahora puede ser captado, analizado y nombrado. Así, en los últimos diez años, tres viajeros interestelares han cruzado el umbral del sistema solar: 1I/ʻOumuamua en 2017; 2I/Borisov en 2019; y 3I/ATLAS (descubierto 2025). Cada uno trajo consigo misterio, preguntas científicas y una extraña sensación de invitación.

ʻOumuamua: no mostraba gas visible, pero aceleraba. Un objeto que no cabía completamente en nuestras categorías en cuanto a los objetos celestes conocidos y estadísticamente probables.

Borisov: un cometa que sí se comportó como los cometas del sistema solar, pero con diferencias en su química.

3I/ATLAS: más activo, más imponente, con una composición que revela pérdida grande de agua, y con una trayectoria casi paralela al plano de la Tierra, como si estuviera tocando nuestra frontera sin cruzarla verdaderamente.

En cada uno de ellos detecté una tensión íntima entre lo natural y lo simbólico. Porque no es común que nuestras OORTes locales encuentren invasores galácticos justamente cuando la humanidad parece estar en metamorfosis. Y luego me pregunté: ¿qué tan probable es esto? Desde el punto de vista de la astronomía moderna, ahora que tenemos telescopios más sensibles, se puede predecir qué objetos interestelares podrían detectarse con mayor frecuencia. Pero eso no quita que la razón, la forma, la frecuencia y las sincronías me parezcan firmamentos semióticos diseñados con intuición.

Aquí entra algo clave de mi pensamiento: el determinismo, del que suelo valerme en otras publicaciones. No lo entiendo como imposición fría, sino como un tejido de causas invisibles que moldean la realidad. Si aceptamos que la historia humana no es un cúmulo de azar banal, sino un relato que se escribe bajo influencia de fuerzas materiales, simbólicas e incluso cósmicas, entonces estas visitas interestelares pueden interpretarse no solo como eventos astronómicos, sino como señales de transición histórica.

Imagino que la Tierra —nuestro mundo— es como una empresa cuyo capital es la conciencia colectiva. Y como toda empresa, en ciertos ciclos requiere una reestructuración. Esa reestructuración no puede imponerse abruptamente, sino que se prepara con señales suaves, apariciones discretas, pruebas de percepción. 

Entonces, en medio de la pandemia, del avance tecnológico, del desorden geopolítico, los tres mensajeros interestelares pueden ser parte del guion. No digo que ellos sean el guion, pero pueden actuar como hitos de un guion más grande.

¿Qué sentido tendría esto?

Que la humanidad despierte preguntas mayores: “¿no estamos solos?”, “¿qué ley rige más allá de nuestro sistema?”, “¿qué significa recibir visitantes del espacio profundo?”

Que se establezca una narrativa de contacto: primero leve, simbólica, sin estridencias, para calibrar nuestra vulnerabilidad, nuestra sorpresa, nuestra credulidad.

Que se prepare el terreno para lo que viene: nuevos descubrimientos, alianzas, transformación espiritual, política y tecnológica.

La Señal del Plan: del WOW! 6EQUJ5 al 3I/ATLAS y el Número 33

A veces pienso que el cosmos tiene memoria, y que sus mensajes no viajan solo a través del espacio, sino a través del tiempo humano. En 1977, mientras muchos estaban ocupados con los avatares de la vida cotidiana, un radiotelescopio conocido como el Big Ear captó un estallido de radio que escapaba a toda explicación sencilla. Jerry Ehman, sorprendido por la claridad y la rareza de la señal, escribió en los márgenes del papel “WOW!” —y así quedó registrado, para siempre, como un código que resonaría mucho más allá de aquel año.

Mi intuición me decía que ese evento no era una coincidencia, y en 2014 plasmé esas ideas en mi artículo de Erminauta.com, relacionando la señal 6EQUJ5 con la ecuación de Drake, como si la ecuación no solo fuera una herramienta matemática, sino un reflejo del anhelo del universo por comunicarse con la inteligencia que lo observa. Cada variable de Drake representaba, entonces, no solo probabilidad de vida, sino probabilidad de conciencia y de comprensión.

Y hoy, en 2025, una nueva pieza del rompecabezas se revela. El astrofísico Avi Loeb sugiere que el objeto 3I/ATLAS, que todavía no acaba de atravesar nuestro sistema solar, proviene de una región del cielo apenas nueve grados distante de la señal WOW!. La sincronía es sorprendente: 1977 y 2025, separados por casi medio siglo, unidos por un ángulo mínimo y por la percepción humana.

Al sumar los dígitos de ambas fechas: 1+9+7+7+2+0+2+5 = 33, un número que para mí no es trivial. El 33 se suma a los 22 y 44, que ya había detectado en mis cálculos y observaciones de los tres objetos interestelares —ʻOumuamua, Borisov y 3I/ATLAS— y que también remiten, simbólicamente, al Apocalipsis de Juan (de 22 capitulos y 404 versículos) y a ciclos de transformación profunda. La suma me recuerda a la tradición iniciática y crística: 33 es la maestría, la culminación de un proceso, y en este caso se refleja como un puente entre la señal, el objeto y la conciencia humana. Y si hacemos la misma suma que con los dos años anteriores, pero con los años en que se detectaron los 3 objetos en cuestión, 2017, 2019 y 2025, (todos impares por cierto) y si sumamos sus dígitos individualmente dicha suma nos arroja un 31, una gran coincidencia con la primera parte del nombre del 3I/ATLAS, ya que el 3I es similar a un 31, como si este objeto fuese el definitivo, y además haría alusión al 2031, un nuevo comienzo de un nuevo ciclo para el planeta. Y en esta última línea de pensamiento, puedo decir que 1I, 2I y 3I, no hacen más que mover mi intuición hacia los números 11, 21 y 31 (y este último, tal como ya lo dije antes; el comienzo de un nuevo ciclo). Y a estos tres pares de números los asocio a lo masculino, por el hecho de ser números impares, siendo esto último, aceptado por todas las corrientes mitológicas de antaño, incluso en la mitología china, y el par de lo masculino y el 33, en conjunción con "algo" que viene del "Cielo", desde lo "Alto" (con una masa de 33 mil millones de toneladas), casi de forma ineludible, me arrastra a pensar en aquel significado crístico con mucha más fuerza, pero además, me lleva a pensar también, en otras direcciones dentro de mi ideograma mental, tales como en que se relacionen con años impares, como en el 2011, 2021 y en el 2031. En el año 2011 (terremoto en Japón, primavera Árabe, "muerte" de Osama Bin Laden, masacre de Noruega, crisis economica global, independencia de Sudán del Sur, etc., hechos de alta magnitud en cuanto a penetración psicológica), en el año 2021 (persistencia y aumento de la "pandemia", asalto al capitolio de EEUU, El Gran Reset o El Gran Reinicio tomándose esto como el año 0001, retirada de Afganistán y retorno de los Talibanes, "crisis climática" y eventos extremos, etc., también eventos traumáticos globales y de alta penetración en la psicología colectiva) y por último el año 2031... tres años impares, masculinos, crísticos con una transformación determinista inherente, pero que de los tres años, solo uno resta que se manifieste en pocos años, y que es el 2031, por lo que teniendo en cuenta los dos años precedentes, 2011 y 2021, creo que el 2031 será de una envergadura transformadora, y a tales niveles, que nadie en este mundo nos lo podemos siquiera imaginar... ¿Cuáles y de qué magnitud serán dichos eventos en el año 2031?

Si 22 era el número de la transformación, 44 la dualidad de la manifestación, y ahora el 33 la síntesis, entonces 3I/ATLAS no es un visitante cualquiera: es una huella simbolica del diseño del cosmos, un signo que conecta nuestra historia, nuestra intuición y nuestra matemática simbólica. Quizás sea un evento de retorno Cristico, luego de poco más de 2000 años, y la base para su establecimiento o para su nueva manifestación, la que nos llevará a un nuevo nivel de Hermandad Universal; y siguiendo en este razonamiento, ¿será la Puerta Santa de Jerusalén, a través de la cual, dicho evento crístico será manifestado, y a la par, lo que concretará también, la reconstrucción del Tercer Templo destinado a la unificación de todas las religiones, en una sola? Incluso, el momento en el que el 3I/ATLAS se encuentre más cerca de la Tierra, será el 19 de diciembre de 2025, y siguiendo la misma lógica numérica, si sumamos los dígitos individuales de dicha fecha de mayor acercamiento, dicha suma nos arroja el número 22... otra vez, por lo que se refuerza el advenimiento de un momento crístico, de Transformación y Revelaciones, para nuestra especie; un punto de inflexión que el Universo nos envía desde sus más remotos confines.

En mi mente existe una urdimbre de varias capas de significado:

La señal WOW! como preludio y marcador temporal.

La ecuación de Drake como mapa de probabilidades y conciencia.

3I/ATLAS como manifestación tangible de aquello que solo intuíamos.

La convergencia de 33, 22 y 44 como códigos numerológicos que hablan de maestría, transición y estructura.

Es entonces cuando comprendo que el universo, o el “arquitecto” detrás de estos eventos, no actúa solo en lo físico, sino en la percepción y en la conciencia del observador. Mi artículo de 2014 no fue profético; fue un acto de resonancia, una sintonía que mi intuición detectó con años de anticipación. La señal estaba allí, aguardando que alguien pudiera interpretarla, y yo fui —sin saberlo— uno de esos intérpretes. Tal como en el teatro de la historia humana, donde cada acto prepara el siguiente, el cosmos parece utilizar el tiempo, la distancia y la sincronía como un lienzo. No hace falta una nave gigante ni hologramas; basta una señal y un objeto físico que, separados por décadas, se enlazan en el mismo marco de observación. La simplicidad del acto no disminuye su profundidad: la coincidencia se vuelve significativa porque resuena en nuestra conciencia y en nuestra historia.

Y así, mientras contemplo el vaiven de los números, las fechas y las trayectorias, me pregunto si este patrón no es solo un gesto cósmico, sino también una llamada a la humanidad: a abrir los ojos, a percibir la conexión entre lo aparente y lo oculto, entre lo natural y lo simbólico, entre el tiempo y la conciencia.

Porque si hay un plan, no se revela con fanfarrias ni pomposidades; se revela en los matices, en la música silenciosa del universo, en la resonancia entre una señal de radio de 1977 y un viajero interestelar que cruza nuestro sistema en 2025. Y yo, testigo y observador, escribo para que otros puedan percibir, aunque sea una chispa de esa sinfonía mayor.

El Arquitecto cósmico y la planeación universal: Reflexiones desde la intuición y la ciencia

Al llegar hasta aquí, siento que ya no hablo solo de objetos interestelares o de señales captadas por radiotelescopios. Hablo de un universo que parece tener conciencia, de un cosmos que se comunica mediante síntesis de eventos, números y trayectorias; de un plan que se manifiesta no con fuerza bruta, sino con delicadeza y sincronía.

ʻOumuamua, Borisov, 3I/ATLAS… y la señal WOW!, no son únicamente fenómenos astronómicos. Son marcadores de un diseño mayor, pequeñas piezas de un rompecabezas cósmico que dialoga con nuestra percepción, nuestra historia y nuestra intuición. La suma de sus fechas y coordenadas —22, 33, 44— no es trivial. Es lenguaje, es símbolo, es un mensaje cifrado que nos invita a leer más allá de la física y la química.

El determinismo que siempre he sentido como eje de la realidad aparece aquí con fuerza. No es fatalismo ni imposición; es orden en la aparente aleatoriedad. Cada evento —desde la pandemia hasta la llegada de un objeto interestelar— puede verse como un acto de preparación, un ensayo del universo para que la conciencia humana comprenda su propio papel en la historia. Y entonces, surge la figura del arquitecto cósmico. No es necesariamente un ser, sino la idea de inteligencia ordenadora, de causa y efecto que trasciende nuestra percepción inmediata. Este arquitecto no actúa con violencia ni teatralidad; actúa con paciencia y precisión, usando coincidencias, patrones numéricos, y tiempos estratégicos para transmitir mensajes sin recurrir a la manipulación directa.

Mi intuición me ha llevado a pensar que, así como en 1977 se registró la señal WOW!, y ahora en 2025 3I/ATLAS la “recoge” desde el mismo sector del cielo, existe un diálogo entre épocas. No se trata de una invasión, ni de conspiraciones, ni de casualidades. Es un acto de comunicación cósmica, un hilo que conecta la percepción humana con fenómenos que superan nuestra escala temporal y espacial. Entonces como observador, me doy cuenta de que nuestra función no es solo mirar, sino interpretar, resonar y registrar. La escritura, la ciencia, la filosofía y la intuición son los instrumentos que nos permiten descifrar esos patrones. Cada descubrimiento, cada dato, cada señal, es una oportunidad de participar en el enjambre de energías del cosmos.

Si aceptamos esta perspectiva, entonces la década de 2020 a 2030 deja de ser una serie de crisis aleatorias y se convierte en un laboratorio de conciencia global. Pandemias, conflictos, avances tecnológicos, descubrimientos astronómicos y crísticos: todos actúan como hitos de aprendizaje, como coordenadas que nos indican dónde mirar y cómo crecer. Y ahora, el 3I/ATLAS se acerca rodeado un halo azulado, como el Carro de Dios, como el Vehículo Divino, como la Merkabah de la Cabalá Judia, como la unión del Cielo y de la Tierra, como la conjunción del Espíritu y la Materia... de la Mente y el Corazón... símbolo dual inequívoco de la Unidad de la dualidad... arquetipo de la Iluminación colectiva y de ascención espiritual de la humanidad. Y si lo anteriormente expresado fuese poco, estamos entrando al año 2026 (26) dentro de esta década del 2020 (22), y en la Gematría, que es la numerología hebrea, el 26 es el número de Dios, es el número de YHVH, de Jehová, simbolizando este número: la divinidad, la creación y el orden. El 3I/ATLAS, el objeto crístico, el Meerkabah, en este 19/12/2025 (fecha que suma 22 si tomamos los números de forma individual) estará en la posición mas cercana a la Tierra... a 26 millones de kilómetros. En resumen, ¿en Navidad veremos la venida de un nuevo Christos/Jehová?

Para mí, el universo es un reloj de precisión. Cada engranaje, cada giro, cada coincidencia, tiene su razón. Y los números 22, 33, 44, el 6EQUJ5, los objetos interestelares, la sincronía de fechas y ángulos… todos son marcadores en este reloj, señales de que algo más grande que nosotros está en juego, pero no en contra nuestra: está a nuestro favor, para que podamos despertar y comprender.

Así cierro este ensayo reflexivo, consciente de que no poseo todas las respuestas, pero seguro de que la intuición guiada por la razón es capaz de descifrar los patrones que el cosmos nos ofrece.

Y mientras escribo, mientras observo el cielo, siento que estamos participando en algo extraordinario: la humanidad aprendiendo a ver el plan detrás del caos aparente, el orden detrás del desorden, y la conciencia detrás de los eventos.

Porque si hay un arquitecto, no nos necesita como simples espectadores: nos invita a ser co-creadores del entendimiento, lectores y testigos de un guión que, aunque escrito en escalas cósmicas, se manifiesta a través de nuestra propia percepción.

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25/11/2015



Si se os pregunta: ¿Qué es el silencio? Responded, “la primera piedra del templo de la sabiduría”.


Sentencia Pitagórica.


Guardando silencio, comprendes; hablando, hablas. El pensamiento concibe la palabra en el silencio y sólo la palabra del silencio y del pensamiento es salvación.

El Silencio Hermético.


Para escribir este artículo, –del mismo modo que lo trato de hacer siempre que escribo cualquier otro–, he elegido, el momento y el lugar preciso, dentro de mi hogar -o dentro de mi propia mente-, en donde reinara el silencio, –algo no muy difícil de hallar si uno se lo propone–, ya que tuve la necesidad, de que estas palabras, y que he escrito aquí, sean del producto de mi conciencia enmarcada dentro de un casi absoluto silencio, y que dichas palabras contengan, en su esencia, el efecto de esa tan necesaria afonía, solo interrumpida por el leve y apagado sonido del lápiz sobre el papel, o de las teclas de una computadora.

En el comienzo, cuando no existía ni tiempo, ni materia, ocurrió el Logos, el Verbo, la primera palabra que provino desde la Unidad, es decir, desde el Arquitecto Universal, concepto que algunos lo llaman de diferentes maneras, pero comúnmente enmarcados en un solo nombre genérico: Dios; desde el silencioso, oscuro y frío infinito, con lo cual, aquel Verbo, condujo al inicio del Diseño Arquitectónico de Nuestro Universo, mas no así, a la posterior Creación en si misma, Universo que hoy en día es lo que es, gracias a aquella primera palabra comenzada a pronunciar por la Unidad, pero que también es lo que es, gracias a un Demiurgo que supo desdoblar la palabra de aquella Unidad, en esta dualidad que hoy caracteriza a nuestro actual Universo, ese algo, ese Demiurgo, que estuvo mas acá de aquel Arquitecto Universal, y que se basó en la verdad primordial que determinó el pensamiento de éste último, –en su Nous Divino–, es decir, que se basó en las fuerzas fundamentales de la naturaleza; todo esto, sucedió a partir de aquella gran afonía infinita. El Arquitecto Universal solo proporcionó la Unidad, el plano arquitectónico único respecto del cual, el Demiurgo se encargó de interpretarlo y ejecutarlo, por intermedio de su inherente dualidad, de manera tal, de llevar a cabo la Creación. Ambos, el Arquitecto Universal, –el diseñador–, y el Demiurgo, –el constructor y a la vez destructor–, son grandes creadores, pero lo que los diferencia a uno del otro, es aquella primera palabra… palabra primordial solo proveniente desde la Unidad en el silencio del infinito, palabra que, únicamente se corresponde a la Gran Idea, al Gran Diseño, mientras que el proceso Demiúrgico, el de construcción, es tanto creador como destructor, es dual, sus palabras son ruidosas, como las del ser humano extravertido, y el silencio para aquel, es solo una ilusión revestida de utopía. 

El silencio, ese “lugar sin lugar”, ese “tiempo sin tiempo”, esa inestimable cúpula invisible que deja fuera a toda eufonía que intente anular nuestro uso de razón, no es otra cosa que la manera mas acertada de encontrarnos a nosotros mismos, de entablar una comunicación biunívoca con nuestro otro Ser, Ser que desde lo profundo de la psique, nos intenta recordar a cada instante de nuestra innegable dualidad evolutiva, que nos quiere mantener atrapados en una duplicidad de bajas pasiones, que pulsiona a cada momento para que nuestra conciencia se vea enrarecida por los efectos de los múltiples egos que acechan desde lo profundo de aquella dualidad que heredamos desde el Demiurgo; aquel silencio, que nos invita a encontrar la unidad de aquella dualidad; aquel silencio, que nos ofrece la posibilidad de ser Uno con el Universo; aquel silencio, que nos da la posibilidad de comprender que somos capaces de transmutar dualidad por unidad, bajas pasiones por la Luz de la Razón; aquel silencio, que nos deja el camino libre para que podamos entender nuestros orígenes evolutivos de manera tal de que seamos capaces de encontrar nuestro destino; aquel silencio, que nos protege como si fuera un campo de fuerza contra todo intento, de parte del mundo exterior eufórico y eufónico, de que alejemos la mirada puesta en nosotros mismos, para retroceder y quedarnos viendo hacia el afuera; aquel silencio, que no nos impone otra cosa que nuestra propia voluntad y vocación, para que sean aplicadas en nosotros mismos y en todo lo que hacemos dentro de todos los órdenes de la vida; aquel silencio, que si es muy profundo, nos deja escuchar sus únicos e impersonales sonidos, sonidos que solo provienen desde nuestro propio Ser; aquel silencio, que no impone ni dicta ninguna regla, de manera tal, de que seamos nosotros mismos los que nos sintamos en la libertad de definirlas; aquel silencio, que nos da la posibilidad de oro, de ir muy lejos con nuestros pensamientos; aquel silencio, que prepara el templo humano para que muchos conformemos una sola mente bajo un templo material; aquel silencio, que con la sabiduría del Egrégor, de ese ente supraconciente, de esa conciencia colectiva, y a la vez única, bajo un mismo cielo de estrellas, que es representada por la Luz de la Razón; gracias a aquel silencio, los desafíos, –que en cualquier lado, pero especialmente, en el propio lugar de cada uno de nosotros–, se realicen, serán impregnados por aquellas virtudes, que innegable y desinteresadamente nos brinda el silencio.

Ese silencio, que dentro de lo posible, solamente debe ser interrumpido por palabras… por palabras revestidas de acción y no de reacción, de creación y no de destrucción, de conciencia despierta y no de sonambulismo de vigilia, de innegable empatía y no de egos limitantes, de evidente vocación y no de un simple acto de escritura, de trascendencias y no de inconsecuencias, de carismas y no de indiferencias, de fuerzas explícitas y no de debilidades implícitas, de inteligencia colectiva y no de postergación unipersonal… es decir, que cada palabra, cada frase, cada argumento, cada escrito, conlleven implícitos, la riqueza de aquellas virtudes que provee el silencio, silencio éste, que en todo momento soporta el intento de aniquilación por parte de la evidente crisis de virtudes, de individualismo y de egolatría que la sociedad actual está sufriendo. Mientras esto último continúe, ese silencio humanizador a todas luces, seguirá relegado sobre unos pocos seres despiertos, sin poder expandirse, como norma humanista y pacificador, hacia todos los rincones sociales.

La sociedad actual necesita ser humanizada y pacificada, en todos los niveles, pero partiendo primero, desde las currículas escolares queridos lectores, y lo pide a gritos, “humanizando por medio de un mayor porcentaje de materias humanísticas aplicadas in situ, que de materias técnicas”; pero la otra manera de humanizar a la humanidad, valga la redundancia, estimo yo que es, comenzando a entender el silencio y los beneficios que porta el intercalarlo entre muchos aspectos de nuestras vidas cotidianas como Homo Sapiens Sapiens, y además, humanizando a partir de nuestros escritos -dedicados a crear conciencia- creados silenciosamente, ya que, si no es así, si nuestros pensamientos plasmados en escritos, se realizan bajo los mismos aspectos ruidosos del mundo Light, desde mi punto de vista, la sociedad ruidosa, banal y externalizada de hoy en día, terminará entendiendo, –y ya lo está haciendo–, que esta vida de ruidos y de imágenes que bombardean constantemente nuestras sobreexigidas percepciones, es lo normal, y para ese momento, no existirán muchas mentes iluminadas por la Razón, que puedan revertir a tiempo la mencionada situación social. El silencio, sobrepuesto con inteligencia al razonamiento de los que piensan y deciden en este mundo, el silencio, actuando sobre las personas –y por decisión de éstas– que tienen una gran responsabilidad por sobre una determinada porción de la sociedad, ya sea en los ámbitos políticos, sociales y/o económicos… ese silencio causal y su efecto resultante, detrás de cada una de estas mentes, repercutirá en una disminución progresiva, –aunque lenta–, de aquella contaminación de las percepciones humanas por los ruidos e imágenes que no dejan que el ser humano comience a mirarse a si mismo, que impiden la vida introspectiva, que no dejan que el individuo salga de ese capullo irreal que lo mantiene como una simple oruga, como un gusano, que únicamente se arrastra, en lugar de poder liberarse de aquella cápsula, para ser lo que verdaderamente somos en esencia, –y aunque muchos no sean conscientes de ello todavía–, seres con alas, seres libres, seres que a partir de las herramientas arquetípicas que estructuran nuestra imaginación e intuición, aprendemos a valernos de ellas, para volar desde el microcosmos hasta el macrocosmos, –y viceversa–, seres transmutados, que al igual que las mariposas Monarcas, debemos aprender a volar y a ser nosotros mismos, muriendo como orugas y renaciendo como Monarcas. El silencio nos da alas, mientras que el ruido nos las quita. El silencio potencia de sobremanera nuestros actos de concebir la palabra, mientras que el ruido obstaculiza y confunde el entendimiento. El silencio provee un ambiente propicio en donde una mente colectiva se pueda conformar, mientras que el ruido solo disgrega todo lo que encuentra a su alcance. El silencio libera, nos hace creativos, nos vuelve intuitivos, nos ayuda a conectarnos con nuestra psique individual, con nuestra divinidad, con nuestros propios dioses, es decir, con nuestro inconsciente y sus pulsiones pasionales, mientras que el ruido nos encarcela, y se adueña de nuestra atención, dejamos de intuir, evita que luchemos contra aquella dualidad de la que hacía referencia al principio. El silencio nos acerca a la Unidad, mientras que el ruido nos devuelve a la dualidad de las bajas pasiones… nos mantiene casi como Demiurgos.

Si desde nuestro lugar en el Universo, tratamos de entender al mundo, a través de nuestros escritos u oratorias, sin valernos de aquel halo de silencio que debe cubrirlos –y cubrirnos– permanentemente, algún día, el silencio desaparecerá, y el ruido se saldrá con la suya, la introspección será cosa del pasado y la vida externalizada será cosa del presente, y el mundo deshumanizado, sucumbirá bajo una gran crisis futura, crisis que terminará con lo que hoy entendemos como humanidad.

Para finalizar queridos lectores, nuestros pensamientos, externalizados oralmente o en escritos, desde mi parecer, deben ser concebidos en el mas absoluto silencio del que uno pueda llegar a disponer en el mundo de hoy en día, ya que, si bien lo utópico, a veces es un tanto inalcanzable, aquel silencio deseado del que les hablo, debería ser muy parecido a éste queridos lectores ... ... ... a este silencio que hoy se intercala entre cada una de mis palabras escritas en este artículo ... ... ... a este silencio que hoy nos agrupa bajo el nombre de esta Página Web ... ... ... a este silencio, que en cada reunión de seres pensantes, nos abraza a todos por medio de su “tiempo sin tiempo” y de su “espacio sin espacio” ... ... ... es a este silencio queridos lectores ... ... ... al que debemos invocar y enseñar, para que las palabras dichas oralmente, o plasmadas en escritos, estén revestidas por la sabiduría proveniente desde aquel primer Logos, desde aquel Verbo Primordial, que dio paso a la posterior Creación del Universo por las manos duales del Demiurgo.

Las palabras, además de neutras, pueden ser tanto constructivas como destructivas; por ello, es que debemos convertirnos en verdaderos arquitectos y constructores de nuestras palabras virtuosas, las que tendrán una diferencia sustancial y muy poderosa que las aleja de las destructivas ... ... ... el silencio.




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