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11/02/2026


Con los años y con las cicatrices que deja el trato humano cuando se lo observa sin romanticismos, me he percatado de que el tiempo es un aliado silencioso para que aquello que se oculta bajo capas de cortesía, de ideología o de discurso aprendido, termine decantando hacia la superficie, porque la mente puede sostener máscaras durante un rato, pero el inconsciente no tolera la presión sostenida cuando se lo deja hablar sin interferencias, y es allí donde comienza mi verdadero método de lectura del otro, no desde lo que dice, sino desde lo que inevitablemente termina mostrando.

Desde varias décadas atrás, he puesto a prueba a quienes se aproximan con un interés que no es transparente, no como acto de defensa automática sino como ejercicio de higiene mental y espiritual, porque no todo vínculo merece ser cultivado y no toda palabra merece ser respondida, y a esa prueba interna, silenciosa y sostenida, la concibo como una forma de tensión controlada, una exposición progresiva a la ausencia de resistencia externa, en la cual el otro queda librado a su propio caudal psíquico, sin oposición directa, sin confrontación abierta, sin choque frontal. Con este procedimiento no busco humillar ni vencer, tampoco convencer ni convertir, sino que, busco observar, porque cuando no hay fricción aparente y cuando el interlocutor percibe que no está siendo juzgado ni contenido, sus impulsos comienzan a moverse con mayor libertad, y aquello que estaba reprimido por normas sociales, por miedo o por conveniencia, empieza a filtrarse entre líneas, en comentarios laterales, en insinuaciones, en tonos, en metáforas que no fueron pensadas para ser reveladoras, pero que lo son inevitablemente, y la clave está en no presionar, en no invadir, en no imponer marcos conceptuales demasiado fuertes, porque toda idea externa que se impone funciona como dique y no como cauce, y mi intención nunca fue llenar la mente ajena con mis conceptos, sino vaciarla de resistencias para que se exprese tal cual es, y en ese vaciamiento aparente se produce en el otro, una ilusión de comodidad, una sensación de amplitud que habilita a su ego a expandirse, a mostrarse confiado, incluso poderoso, y cuando esa expansión ocurre, las capas comienzan a desprenderse solas, y no por habilidad retórica sino por simple agotamiento del rol que el otro interpreta, porque sostener un personaje requiere energía, vigilancia y coherencia, y el inconsciente no entiende de coherencia sino de descarga, de pulsión, de repetición, de deseo, y cuando se siente a salvo, habla, no con palabras elegidas sino con imágenes internas que se filtran hacia el lenguaje.

Soy consciente de que muchos creen dialogar cuando en realidad están luchando por imponer una narrativa, y otros creen escuchar cuando solo esperan su turno para reafirmarse, pero muy pocos soportan el silencio estratégico, ese silencio que no confronta ni valida, sino que deja espacio, y es allí donde comienzan a emerger las verdaderas motivaciones, las fantasías de poder, los resentimientos no elaborados, la violencia latente, el goce en la dominación simbólica o imaginada, por lo que en ese terreno, la igualdad aparente cumple un rol fundamental, porque al reflejar ciertos rasgos, ciertas incomodidades o incluso ciertas emociones simuladas, se construye un puente ilusorio de identificación, y el otro siente que está frente a alguien semejante, alguien que comparte códigos, alguien que comprende, y esa percepción, la que en todas mis interacciones es genuina y respetuosa más allá de cohabitar con la prueba en si misma, abre una compuerta interna, no hacia la razón, sino que hacia aquello que normalmente se oculta por miedo al rechazo.

No se trata de engañar, en absoluto, sino que de permitir que el otro se engañe solo, porque nadie revela su núcleo si siente que será atacado, pero muchos lo hacen si creen que están siendo comprendidos, y esa comprensión aparente para el otro; pero a la par, genuina para mí, tal como lo expresé en el párrafo precedente; no necesita ser explícita, basta con no contradecir, con no corregir, con no moralizar, dejando que la conciencia se relaje y que sus barreras internas se vuelvan porosas, y en ese estado, surgen afirmaciones que no fueron pensadas para ser dichas, deseos de destrucción envueltos en metáforas, justificaciones de la violencia como acto necesario, fantasías de control absoluto, desprecio por la vida ajena presentado como realismo crudo, y todo ello aparece no porque yo lo provoque, sino porque siempre estuvo allí, en la mente del otro, esperando un contexto que no lo censure.

El poder real no se ejerce desde la amenaza explícita, sino desde la capacidad de inducir al otro a exhibirse, porque quien muestra su estructura interna pierde el dominio de su propia opacidad, y una vez que la opacidad se rompe, ya no hay retorno posible al anonimato moral, aunque el discurso intente maquillarse luego con racionalizaciones tardías.

Hay quienes creen que la fuerza reside en la capacidad de infligir daño, en la posesión de instrumentos que anulan al otro de manera inmediata, pero esa creencia es infantil y transitoria, porque todo objeto externo se degrada, se oxida, se vuelve inútil, mientras que las ideas, una vez formuladas, no pueden ser retiradas del campo simbólico, y siguen actuando incluso cuando quien las emitió ya no esté.

Por eso observo con detenimiento a quienes glorifican la destrucción como solución, porque en ese gesto no hay coraje ni convicción, sino que, una clara incapacidad de elaborar la frustración, y cuando aquella se combina con fantasías de poder, el resultado es una psique peligrosa, no por su inteligencia sino por su desconexión afectiva. Y aquí, el lenguaje traiciona siempre a quien no ha trabajado sus sombras, y no importa cuántas capas culturales se interpongan, porque tarde o temprano aparece la grieta, el exceso, la imagen innecesaria, la frase que no hacía falta decir, y es en ese desliz donde se revela la estructura profunda del sujeto, mucho más que en cualquier declaración explícita de principios.

Yo no busco redimir ni condenar, sinó que solo comprender, lo cual no implica emplear justificaciones, sino que reconocer patrones, detectar riesgos, distinguir entre quien puede transformarse y quien solo espera una oportunidad para ejercer aquello que ya decidió ser, y esa distinción no se hace desde la superficie del discurso, sino desde las pulsiones inconscientes que lo atraviesan.

Cuando alguien confunde el miedo que genera con respeto, o la intimidación con autoridad, está mostrando una pobreza interior que ningún rol social puede compensar, y esa pobreza suele ir acompañada de una necesidad constante de validación, de demostración, de exhibición de potencia, aunque sea imaginaria.

Desde mi auto-aprendizaje entiendo que las palabras no matan cuerpos, pero sí que desnudan almas, y esa desnudez semántica es insoportable para quienes han construido su identidad sobre la negación de su propia oscuridad, porque verse reflejados sin adornos los confronta con aquello que no quieren asumir, y allí aparece la agresión, la proyección, no como defensa, sino que, como huida.

Cuando la conciencia se siente liberada de la necesidad de sostener una imagen, comienza a deslizarse hacia territorios que normalmente evita, no por ética sino que por conveniencia, y es allí donde se vuelve evidente que muchos discursos morales no son más que barnices frágiles aplicados sobre estructuras internas que jamás fueron revisadas, y que solo esperan el contexto adecuado para resquebrajarse.

Existe una diferencia fundamental entre quien reprime por elección consciente y quien reprime por miedo, porque el primero puede volver sobre sí mismo y reelaborar aquello que contiene, mientras que el segundo solo acumula presión, y esa presión buscará salir a la superficie, ya sea en forma de palabras violentas, fantasías de dominio o amenazas veladas que se disfrazan de humor, de metáfora o de advertencia paternalista. Y gracias a mis constantes observaciones del contexto, -cercano y/o lejano-, he hallado evidencias de que, cuando se elimina la confrontación directa y se la reemplaza por una escucha amplia, casi pasiva, el otro comienza a sentirse dueño del espacio simbólico, y en esa ilusión de control se relaja la vigilancia interna, permitiendo que emerjan asociaciones que no fueron filtradas por la razón, asociaciones que revelan una lógica interna mucho más cruda que cualquier argumento cuidadosamente construido.

No es necesario empujar al interlocutor hacia el abismo, basta con retirar el suelo aparente para que avance solo, convencido de que domina el terreno, y esa convicción es la que precipita la caída, porque el ego se expande más rápido que la capacidad de sostener coherencia, y en ese exceso se filtra lo reprimido, no como accidente sino como necesidad.

Hay mentes que viven en un estado permanente de guerra simbólica, interpretando toda diferencia como amenaza y toda disidencia como provocación, y esas mentes no dialogan, sinó que se posicionan, no escuchan, sinó que calculan, y cuando creen haber encontrado un punto débil en un tercero, revelan sin saberlo su propio esquema interno, basado en la dominación y en el sometimiento.

La idea de poder, cuando no ha sido pensada en profundidad, se reduce a la capacidad de anular al otro, y esa reducción es un síntoma claro de empobrecimiento ético, porque quien solo concibe el poder como fuerza destructiva no ha desarrollado ninguna forma de autoridad interior, y depende constantemente de objetos externos para sentirse válido, y es justamente en ese punto, en donde aparece una paradoja interesante, porque cuanto más se exhibe la fantasía de control absoluto, más evidente se vuelve la fragilidad interna, y cuanto más se invoca la violencia como solución última, más se revela la incapacidad de sostener la complejidad del conflicto humano, que nunca se resuelve por eliminación sino por transformación. Y en medio de esas paradas semánticas que suelo hacer, me he dado cuenta que la amenaza rara vez busca cumplirse, su función principal es reinstalar jerarquías imaginarias, y cuando esa amenaza no produce el efecto esperado, el emisor queda expuesto, desprovisto de recursos simbólicos alternativos, y entonces su discurso se vuelve errático, excesivo, reiterativo, como si intentara convencerse a sí mismo de su propia potencia.

La censura interna de nuestra psique, funciona como un sistema de contención que permite la convivencia social, pero cuando esa censura se debilita sin que exista un trabajo previo de elaboración, las ramificaciones que emergen desde el inconsciente no significan autenticidad, sino que crudeza, y esa crudeza no tiene valor en sí misma, no es una verdad revelada, es simplemente lo que nunca fue pensado, lo que nunca fue consciencia sinó que un inconsciente no tan contenido, o no tan limitado por aquella. Algunas personas confunden sinceridad con brutalidad, como si decirlo todo sin filtro fuera un signo de valentía, cuando en realidad suele ser señal de inmadurez psíquica, porque pensar implica seleccionar, jerarquizar, resignificar, y quien no hace ese trabajo, aunque sea de manera imperfecta tal como nos sucede a todos, solamente descarga, no comunica, solo expulsa, en definitiva, no dialoga.

En mis constantes observaciones de la condición humana, he notado que quienes se sienten fascinados por imágenes de destrucción colectiva, por escenarios de aniquilación masiva o por relatos de poder total, no están imaginando el mundo que desean construir, sino que me muestran el vacío interno que no saben habitar, y proyectan hacia afuera una solución que nunca funcionará por adentro. Cuando el lenguaje se llena de alusiones a la muerte como argumento final, salvo en situaciones especialmente particulares, es porque la palabra ha fracasado como herramienta de sentido, y ese fracaso no es circunstancial, es estructural, y responde a una incapacidad de sostener el conflicto simbólico sin recurrir a la fantasía de eliminación del otro, pero en este punto dentro de mis miradas al comportamiento humano, la verdadera violencia no siempre se expresa en actos, sinó que muchas veces se manifiesta en la forma en que se concibe al semejante, reducido a obstáculo, a objeto, a cifra prescindible, y esa reducción precede a cualquier acción, porque nadie daña aquello que reconoce plenamente como humano.

A estas alturas de mí vida, puedo llegar a distinguir entre quien juega con el lenguaje y quien juega con la amenaza, porque el primero busca explorar sentidos, mientras que el segundo busca medir reacciones, y esa medición no suele ser inocente, ya que que solo responde a un deseo de control, de superioridad, de confirmación de una jerarquía imaginaria.

Cuando alguien introduce imágenes de sometimiento extremo en una conversación que no las requiere, está mostrando una fijación, una necesidad de dramatizar el poder, y esa necesidad suele estar anclada en experiencias no elaboradas, en frustraciones acumuladas, en heridas que nunca fueron pensadas sino que apenas cubiertas, y aquí, el silencio estratégico, en esos casos, funciona como espejo, porque al no encontrar resistencia ni aprobación, el emisor queda frente a su propio eco, y ese eco amplifica aquello que intenta ocultar, generando una escalada discursiva que termina revelando más de lo que cualquier interrogatorio podría lograr.

No es casual que quienes se sienten cómodos en escenarios de intimidación simbólica se incomoden profundamente ante la indiferencia consciente, porque la indiferencia no valida ni combate, simplemente deja al otro solo con su contenido, y esa soledad es insoportable para quien necesita constantemente ser reconocido como amenaza.

El intelecto, cuando ha sido trabajado, no busca imponerse, busca comprender, y esto implica tolerar la ambigüedad, la duda, la complejidad, mientras que la mente rígida necesita respuestas simples, soluciones finales, enemigos claros, porque solo así puede sostener su narrativa sin fragmentarse.

Aquello que se dice, una vez dicho, configura un campo que ya no puede deshacerse.

He llegado, de forma imperfecta pero perfectible, al convencimiento, de que toda palabra pronunciada con intención deja una huella, un Egregor que no puede retirarse del campo simbólico, porque una vez emitida comienza a operar más allá de la voluntad de quien la dijo, y esa operación no depende del volumen ni del tono, sino de la carga pulsional inconsciente que la atraviesa y de la estructura interna desde la cual fue formulada, porque, al fin y al cabo, las palabras no desaparecen cuando el diálogo se corta, sinó que se reconfiguran, circulan, resuenan cuáles ecos interminables, y en muchos casos regresan al emisor transformadas en consecuencias que no había previsto, porque el lenguaje no es una herramienta neutra, es una extensión de la psique, y como tal, expone aquello que no se quiso mostrar.

Quien cree que el poder reside en la capacidad de silenciar al otro no ha entendido que el silencio impuesto es frágil y transitorio, mientras que el sentido construido persiste incluso en ausencia de voz, y por eso la verdadera influencia no se ejerce desde la amenaza sino que desde la configuración del marco en el que las ideas se despliegan. Y al observar detenidamente a quienes desprecian la palabra, a quienes imponen el silencio en el otro en lugar de hacerlo constructivamente sobre sí mismos, me he percatado de que suelen hacerlo porque no confían en su propia capacidad de sostener su propia palabra, y lo anterior es clave para mí, porque hablar implica responsabilizarse de lo dicho, y esa responsabilidad pesa más que cualquier objeto externo que se pueda empuñar para compensar una carencia interna.

La permanencia del pensamiento no depende de su soporte material, sino de su coherencia interna, y una idea bien formulada puede atravesar generaciones sin perder fuerza, mientras que toda demostración de fuerza física se disuelve en el mismo instante en el que deja de ejercerse.

Existe una ilusión recurrente en creer que la intimidación genera respeto, cuando en realidad solo genera obediencia momentánea, y la obediencia forzada nunca construye legitimidad, sinó que todo lo contrario, acumula resentimiento, y ese resentimiento encuentra siempre una vía de retorno, por lo cual, quien necesita exhibir su capacidad de dañar es porque no ha desarrollado ninguna capacidad de crear, y esa ausencia se manifiesta en discursos cerrados, binarios, incapaces de tolerar la complejidad de lo humano sin reducirlo a categorías simplistas.

La mente que no se ha trabajado a sí misma busca constantemente enemigos externos, busca proyectarse en los demás, en el receptor más frágil que su ego pueda encontrar, porque el hacer lo contrario a la proyección significa enfrentarse a su propio contenido, el que que le resultará intolerable, y esa huida permanente se disfraza de convicción, de firmeza, de carácter, cuando en realidad es todo lo contrario, es miedo a la introspección, es un auto enmascaramiento de su propia debilidad de carácter.

No hay arma más frágil que aquella que depende de la obediencia del otro para funcionar, porque basta con que esa obediencia se rompa para que el poder se disuelva, mientras que la palabra, una vez sembrada, no necesita permiso para seguir actuando.

He visto cómo quienes confunden brutalidad con autenticidad terminan atrapados en un bucle de repetición, incapaces de generar algo nuevo, repitiendo los mismos gestos, las mismas amenazas, los mismos relatos, como si el mundo entero estuviera obligado a girar alrededor de su conflicto no resuelto.

La responsabilidad ética no surge de códigos impuestos, sino del reconocimiento profundo de la humanidad del otro, y cuando ese reconocimiento falta, cualquier justificación se vuelve posible, incluso las más extremas, incluso las más destructivas.

No temo a la confrontación de ideas, al contrario, la busco, porque en ella se afilan los conceptos y se depuran las posiciones de cada quien, pero rechazo la confrontación basada en la anulación simbólica o física del otro, porque allí no hay pensamiento, sinó que hay solo descarga emocional no trabajada, hay basura psíquica que intenta encontrar otro repositorio que no sea el propio que la contiene, y el dueño del mencionado contenedor de residuos psíquicos, es alguien a quién el verdadero carácter le es desconocido.

Quien ha trabajado su interior no necesita imponer silencio, porque confía en la solidez de su palabra, y quien ha integrado sus sombras no las necesita proyectar, porque ha aprendido a reconocerlas como propias.

Considero muy importante, el no olvidar jamás, que el verdadero peligro no reside en quienes expresan abiertamente su violencia, sino en quienes la normalizan, la justifican o la celebran como si fuera una virtud, porque allí la destrucción deja de ser un accidente y se convierte en un programa listo para ejecutarse, y comúnmente, y con un dejo de alta preocupación, quienes normalizan la violencia en todas sus formas, suelen ser muchos más en número, que aquellos primeros basados en la mera verborragia.

Las ideas no mueren con quienes las portan, y por eso toda expresión cargada de odio tiene un alcance que excede al instante en que fue dicha, configurando un campo egregórico que otros pueden, por desgracia, habitar, reproducir y amplificar.

No me interesa vencer ni ser vencido, sinó que me interesa revelar, porque la revelación desarma sin necesidad de confrontar, y deja al descubierto aquello que ningún rol puede sostener por demasiado tiempo.

El intelecto trabajado no es arrogante, sinó que es preciso, por lo que es incómodo para quienes viven de la confusión, debido a que pone límites en donde antes había una espesa bruma tóxica intentando escapar hacia un nuevo portador, y los obliga a hacerse cargo de lo que se dice y de lo que se es. Y en sincronía con aquel intelecto trabajado, he elegido siempre la palabra como herramienta, y no por ingenuidad, sino que por convicción, porque sé que aquello que se construye en el plano del sentido, tal como lo mencioné más arriba, no puede ser destruido por la fuerza sin destruir también todo lo que lo rodea.

Al final, la pregunta no es quién puede hacer más daño, sino que, quién puede sostener la responsabilidad de lo que pone en el mundo, porque todo acto, toda palabra y toda omisión dejan una marca, una huella, un sendero, un camino, y lo anterior nos define mucho más que cualquier objeto que podamos empuñar.
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25/09/2016


Mis escritos, en donde sea que los publique, se encuentran destinados a mover conciencias, a penetrarlas sin llegar a dañarlas, y a cambiarlas de una manera positiva, por medio de mis pensamientos, basados estos, en la intuición y en la deducción, mas allá de que, mis propios pensamientos escritos, puedan llegar a convertirse en los verdugos de mi mismo, en lo que respecta a la percepción, que las personas receptoras, se podrían formar de mi. Me considero un humilde altruista intelectual, ya que si, con mis palabras, logro mejorar a 10 personas, y unas pocas de ellas, comienzan a odiarme, mi obra será un éxito. No se cambia el mundo, sin antes cambiar las conciencias que lo conforman, inmediatamente después de la propia. No se mejora nuestra sociedad, sino se trae a la superficie de la psique colectiva, la capacidad, -que todos tenemos-, de mover otras conciencias mas, y que tal trabajo, se convierta en un efecto dominó.

Las conciencias de hoy en día, en una gran porción, se encuentran en un estado de aletargamiento, esperando a que uno mismo, o alguien mas, o bien, ambos, logren penetrar la gruesa barrera del conformismo y del convencionalismo, que impiden acceder al verdadero Yo. Pero, para atravesar dichos obstáculos, no nos debemos valer de pensamientos y de palabras que provengan desde aquellos mismos escollos, ya que el despertar del Yo, nunca se llevará a cabo, sino que, el despertar de nuestra conciencia; ya sea, por la Obra Magna de nosotros hacia nosotros, o por la Obra Magna de nosotros hacia los demás; será un hecho a todas luces, cuando las palabras o pensamientos, vertidos hacia uno mismo, o hacia terceros, no provengan desde aquellas gruesas barreras, que impiden ir mas allá con la razón, sino que, provengan desde una semántica penetrante, con mucha carga psicológica, y desprovista de carga negativa, en tanto que a daño moral me refiero; ya que, solo de esa manera, -y no así con palabras "políticamente correctas"-, lograremos cambiar el mundo... lograremos mejorar a la sociedad.

No existe alegría y bienestar, durante el intento de hacer despertar a los demás... solo sufrimiento proveniente desde la resistencia de la banalidad... sufrimiento que, a pesar de todo, nos recompensa con conocimiento, con el saber, de que hemos llevado a cabo, la Gran Obra, tanto con nosotros mismos, como con los demás.

La alegría y el bienestar, son estados que pretende el Ego... en cambio, el llevar a cabo los mandatos de la Gran Obra, son estados de la Conciencia... y es ese trabajo, justamente, el que nos llevará por el camino de la verdadera felicidad.


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25/11/2015



Si se os pregunta: ¿Qué es el silencio? Responded, “la primera piedra del templo de la sabiduría”.


Sentencia Pitagórica.


Guardando silencio, comprendes; hablando, hablas. El pensamiento concibe la palabra en el silencio y sólo la palabra del silencio y del pensamiento es salvación.

El Silencio Hermético.


Para escribir este artículo, –del mismo modo que lo trato de hacer siempre que escribo cualquier otro–, he elegido, el momento y el lugar preciso, dentro de mi hogar -o dentro de mi propia mente-, en donde reinara el silencio, –algo no muy difícil de hallar si uno se lo propone–, ya que tuve la necesidad, de que estas palabras, y que he escrito aquí, sean del producto de mi conciencia enmarcada dentro de un casi absoluto silencio, y que dichas palabras contengan, en su esencia, el efecto de esa tan necesaria afonía, solo interrumpida por el leve y apagado sonido del lápiz sobre el papel, o de las teclas de una computadora.

En el comienzo, cuando no existía ni tiempo, ni materia, ocurrió el Logos, el Verbo, la primera palabra que provino desde la Unidad, es decir, desde el Arquitecto Universal, concepto que algunos lo llaman de diferentes maneras, pero comúnmente enmarcados en un solo nombre genérico: Dios; desde el silencioso, oscuro y frío infinito, con lo cual, aquel Verbo, condujo al inicio del Diseño Arquitectónico de Nuestro Universo, mas no así, a la posterior Creación en si misma, Universo que hoy en día es lo que es, gracias a aquella primera palabra comenzada a pronunciar por la Unidad, pero que también es lo que es, gracias a un Demiurgo que supo desdoblar la palabra de aquella Unidad, en esta dualidad que hoy caracteriza a nuestro actual Universo, ese algo, ese Demiurgo, que estuvo mas acá de aquel Arquitecto Universal, y que se basó en la verdad primordial que determinó el pensamiento de éste último, –en su Nous Divino–, es decir, que se basó en las fuerzas fundamentales de la naturaleza; todo esto, sucedió a partir de aquella gran afonía infinita. El Arquitecto Universal solo proporcionó la Unidad, el plano arquitectónico único respecto del cual, el Demiurgo se encargó de interpretarlo y ejecutarlo, por intermedio de su inherente dualidad, de manera tal, de llevar a cabo la Creación. Ambos, el Arquitecto Universal, –el diseñador–, y el Demiurgo, –el constructor y a la vez destructor–, son grandes creadores, pero lo que los diferencia a uno del otro, es aquella primera palabra… palabra primordial solo proveniente desde la Unidad en el silencio del infinito, palabra que, únicamente se corresponde a la Gran Idea, al Gran Diseño, mientras que el proceso Demiúrgico, el de construcción, es tanto creador como destructor, es dual, sus palabras son ruidosas, como las del ser humano extravertido, y el silencio para aquel, es solo una ilusión revestida de utopía. 

El silencio, ese “lugar sin lugar”, ese “tiempo sin tiempo”, esa inestimable cúpula invisible que deja fuera a toda eufonía que intente anular nuestro uso de razón, no es otra cosa que la manera mas acertada de encontrarnos a nosotros mismos, de entablar una comunicación biunívoca con nuestro otro Ser, Ser que desde lo profundo de la psique, nos intenta recordar a cada instante de nuestra innegable dualidad evolutiva, que nos quiere mantener atrapados en una duplicidad de bajas pasiones, que pulsiona a cada momento para que nuestra conciencia se vea enrarecida por los efectos de los múltiples egos que acechan desde lo profundo de aquella dualidad que heredamos desde el Demiurgo; aquel silencio, que nos invita a encontrar la unidad de aquella dualidad; aquel silencio, que nos ofrece la posibilidad de ser Uno con el Universo; aquel silencio, que nos da la posibilidad de comprender que somos capaces de transmutar dualidad por unidad, bajas pasiones por la Luz de la Razón; aquel silencio, que nos deja el camino libre para que podamos entender nuestros orígenes evolutivos de manera tal de que seamos capaces de encontrar nuestro destino; aquel silencio, que nos protege como si fuera un campo de fuerza contra todo intento, de parte del mundo exterior eufórico y eufónico, de que alejemos la mirada puesta en nosotros mismos, para retroceder y quedarnos viendo hacia el afuera; aquel silencio, que no nos impone otra cosa que nuestra propia voluntad y vocación, para que sean aplicadas en nosotros mismos y en todo lo que hacemos dentro de todos los órdenes de la vida; aquel silencio, que si es muy profundo, nos deja escuchar sus únicos e impersonales sonidos, sonidos que solo provienen desde nuestro propio Ser; aquel silencio, que no impone ni dicta ninguna regla, de manera tal, de que seamos nosotros mismos los que nos sintamos en la libertad de definirlas; aquel silencio, que nos da la posibilidad de oro, de ir muy lejos con nuestros pensamientos; aquel silencio, que prepara el templo humano para que muchos conformemos una sola mente bajo un templo material; aquel silencio, que con la sabiduría del Egrégor, de ese ente supraconciente, de esa conciencia colectiva, y a la vez única, bajo un mismo cielo de estrellas, que es representada por la Luz de la Razón; gracias a aquel silencio, los desafíos, –que en cualquier lado, pero especialmente, en el propio lugar de cada uno de nosotros–, se realicen, serán impregnados por aquellas virtudes, que innegable y desinteresadamente nos brinda el silencio.

Ese silencio, que dentro de lo posible, solamente debe ser interrumpido por palabras… por palabras revestidas de acción y no de reacción, de creación y no de destrucción, de conciencia despierta y no de sonambulismo de vigilia, de innegable empatía y no de egos limitantes, de evidente vocación y no de un simple acto de escritura, de trascendencias y no de inconsecuencias, de carismas y no de indiferencias, de fuerzas explícitas y no de debilidades implícitas, de inteligencia colectiva y no de postergación unipersonal… es decir, que cada palabra, cada frase, cada argumento, cada escrito, conlleven implícitos, la riqueza de aquellas virtudes que provee el silencio, silencio éste, que en todo momento soporta el intento de aniquilación por parte de la evidente crisis de virtudes, de individualismo y de egolatría que la sociedad actual está sufriendo. Mientras esto último continúe, ese silencio humanizador a todas luces, seguirá relegado sobre unos pocos seres despiertos, sin poder expandirse, como norma humanista y pacificador, hacia todos los rincones sociales.

La sociedad actual necesita ser humanizada y pacificada, en todos los niveles, pero partiendo primero, desde las currículas escolares queridos lectores, y lo pide a gritos, “humanizando por medio de un mayor porcentaje de materias humanísticas aplicadas in situ, que de materias técnicas”; pero la otra manera de humanizar a la humanidad, valga la redundancia, estimo yo que es, comenzando a entender el silencio y los beneficios que porta el intercalarlo entre muchos aspectos de nuestras vidas cotidianas como Homo Sapiens Sapiens, y además, humanizando a partir de nuestros escritos -dedicados a crear conciencia- creados silenciosamente, ya que, si no es así, si nuestros pensamientos plasmados en escritos, se realizan bajo los mismos aspectos ruidosos del mundo Light, desde mi punto de vista, la sociedad ruidosa, banal y externalizada de hoy en día, terminará entendiendo, –y ya lo está haciendo–, que esta vida de ruidos y de imágenes que bombardean constantemente nuestras sobreexigidas percepciones, es lo normal, y para ese momento, no existirán muchas mentes iluminadas por la Razón, que puedan revertir a tiempo la mencionada situación social. El silencio, sobrepuesto con inteligencia al razonamiento de los que piensan y deciden en este mundo, el silencio, actuando sobre las personas –y por decisión de éstas– que tienen una gran responsabilidad por sobre una determinada porción de la sociedad, ya sea en los ámbitos políticos, sociales y/o económicos… ese silencio causal y su efecto resultante, detrás de cada una de estas mentes, repercutirá en una disminución progresiva, –aunque lenta–, de aquella contaminación de las percepciones humanas por los ruidos e imágenes que no dejan que el ser humano comience a mirarse a si mismo, que impiden la vida introspectiva, que no dejan que el individuo salga de ese capullo irreal que lo mantiene como una simple oruga, como un gusano, que únicamente se arrastra, en lugar de poder liberarse de aquella cápsula, para ser lo que verdaderamente somos en esencia, –y aunque muchos no sean conscientes de ello todavía–, seres con alas, seres libres, seres que a partir de las herramientas arquetípicas que estructuran nuestra imaginación e intuición, aprendemos a valernos de ellas, para volar desde el microcosmos hasta el macrocosmos, –y viceversa–, seres transmutados, que al igual que las mariposas Monarcas, debemos aprender a volar y a ser nosotros mismos, muriendo como orugas y renaciendo como Monarcas. El silencio nos da alas, mientras que el ruido nos las quita. El silencio potencia de sobremanera nuestros actos de concebir la palabra, mientras que el ruido obstaculiza y confunde el entendimiento. El silencio provee un ambiente propicio en donde una mente colectiva se pueda conformar, mientras que el ruido solo disgrega todo lo que encuentra a su alcance. El silencio libera, nos hace creativos, nos vuelve intuitivos, nos ayuda a conectarnos con nuestra psique individual, con nuestra divinidad, con nuestros propios dioses, es decir, con nuestro inconsciente y sus pulsiones pasionales, mientras que el ruido nos encarcela, y se adueña de nuestra atención, dejamos de intuir, evita que luchemos contra aquella dualidad de la que hacía referencia al principio. El silencio nos acerca a la Unidad, mientras que el ruido nos devuelve a la dualidad de las bajas pasiones… nos mantiene casi como Demiurgos.

Si desde nuestro lugar en el Universo, tratamos de entender al mundo, a través de nuestros escritos u oratorias, sin valernos de aquel halo de silencio que debe cubrirlos –y cubrirnos– permanentemente, algún día, el silencio desaparecerá, y el ruido se saldrá con la suya, la introspección será cosa del pasado y la vida externalizada será cosa del presente, y el mundo deshumanizado, sucumbirá bajo una gran crisis futura, crisis que terminará con lo que hoy entendemos como humanidad.

Para finalizar queridos lectores, nuestros pensamientos, externalizados oralmente o en escritos, desde mi parecer, deben ser concebidos en el mas absoluto silencio del que uno pueda llegar a disponer en el mundo de hoy en día, ya que, si bien lo utópico, a veces es un tanto inalcanzable, aquel silencio deseado del que les hablo, debería ser muy parecido a éste queridos lectores ... ... ... a este silencio que hoy se intercala entre cada una de mis palabras escritas en este artículo ... ... ... a este silencio que hoy nos agrupa bajo el nombre de esta Página Web ... ... ... a este silencio, que en cada reunión de seres pensantes, nos abraza a todos por medio de su “tiempo sin tiempo” y de su “espacio sin espacio” ... ... ... es a este silencio queridos lectores ... ... ... al que debemos invocar y enseñar, para que las palabras dichas oralmente, o plasmadas en escritos, estén revestidas por la sabiduría proveniente desde aquel primer Logos, desde aquel Verbo Primordial, que dio paso a la posterior Creación del Universo por las manos duales del Demiurgo.

Las palabras, además de neutras, pueden ser tanto constructivas como destructivas; por ello, es que debemos convertirnos en verdaderos arquitectos y constructores de nuestras palabras virtuosas, las que tendrán una diferencia sustancial y muy poderosa que las aleja de las destructivas ... ... ... el silencio.




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15/12/2014


A veces, y solo a veces, los que defienden la Libertad de Expresión, no lo hacen bajo una Expresión de Libertad, sino que lo hacen, coadyuvados por otras mentes que intentan marcar caminos bajo una aparente y débil estampa, y bajo una muy susceptible e inequívoca voz de mando, cual resentida estirpe de totalitarios mandamases, a punto de sucumbir ante el pesado siglo 21.

La Libertad de Expresión es eso... Libertad de Expresión, es el derecho que el ser humano ha adquirido desde la propia Creación del Universo, a expresarse sin el peso de dogmas de ninguna clase que puedan ocultar sus palabras.

Y la Libertad de Expresión no solo se lleva a cabo por medio de palabras emitidas sin cadenas léxicas, semánticas y de pensamientos, sino que también, se la honra con los hechos y las contribuciones que uno pueda llegar a hacer en dirección a los demás, por mas humildes que estas sean. Si dichas contribuciones son dejadas de lado, si no son tomadas en cuenta, si son dejadas en el olvido, si son eliminadas de las memorias que las contienen, si son agrupadas en una caja con mil cerraduras, si son destruidas sin un consenso basándose en la unanimidad del uno y no de un grupo, todo ello y mucho mas, se convierte en puro oscurantismo cercenador de las palabras y de los hechos basados en la Libertad de Expresión.

La Libertad de Expresión mantiene vivo el pasado, conserva la memoria de un grupo social determinado, respeta los aportes de la diversidad, construye un altar al pluralismo de opiniones, pensamientos, puntos de vista, acciones y aportes, y hace caso omiso respecto del "que dirán", del "que pensarán", del "como responderán", del "como reaccionarán" y del pretender, de que "calcemos" justamente, en donde aquellos "defensores" de la Libertad de Expresión quieren que quepamos... "justo", donde ellos lo necesitan y crean conveniente. Pues no será así. 

Solo hay dos caminos: la Libertad de Expresión o el Oscurantismo. Depende de cada persona el decidirse por cuál de dichos caminos nos desplazaremos por la vida. No hay accesos alternativos ni caminos linderos, no estamos tratando de optar entre variedades de opciones multicolores... es blanco, o es negro... no hay grises.


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26/05/2013



Algunos dicen que la palabra o la pluma es mas poderosa que la espada, y vaya que sí lo es. Si bien una simple palabra se corresponde a una expresión morfosintáctica y fonética, también, por si sola, o en conjunto con otras mas, conforman lo que se llama: semántica, o sea, un significado.


De aquellas tres características correspondientes a las palabras, la última de ellas, la semántica, es la que contiene el sello mental de la persona que las articula. Por lo que, a un conjunto de palabras, que conforman una frase, al aplicarle la subjetividad humana, se le agrega, además de la semántica explícita en aquella, un manojo de intensiones y sentimientos. Una cosa es el significado propio de la frase y otra cosa es la carga de aspectos subjetivos que le podemos sobreponer. Por ejemplo, si yo le digo a otra persona la siguiente frase: "¿Te interesaría prestarle mas atención a lo que estoy hablando?", notamos en ella que le he puesto una base sentimental o carga emocional, por debajo de lo eminentemente semántico o significativo, con lo que la otra persona podría percibirla como una frase, cuyo significado objetivo es simplemente, el que esa otra persona me preste atención, pero, por otro lado, la semántica subjetiva de aquella oración, está cargada de intensión de daño y de un claro sentimiento de cinismo, por lo que, el receptor de mi frase, captará esa subjetividad al instante, ocasionando en él, una reacción que podrá llegar a ser de diferentes maneras, dependiendo del estado psíquico de ese receptor.

Ahora bien, si aquella frase la expreso de otra manera, siendo lo mas objetivo posible, la semántica o significado de esa frase, generará en el receptor una reacción diferente a la anterior, pudiendo este, responder o actuar de una manera positiva. La nueva frase podría ser la siguiente: "Serías de gran ayuda para mi, el que puedas acompañarme en construir nuestro conocimiento en conjunto.". Pues aquí se puede apreciar, que he dicho lo mismo que en la primera frase, pero sin colocar malas intensiones ni sentimientos de agravios, por lo que la semántica explícita de las dos frases, arriban ambas a lo mismo, pero en la semántica o significado implícito no son lo mismo, debido a que la primera frase, tanto en lo implícito, como en lo explícito, el agravio se percibe perfectamente, mientras que en la segunda frase, de ninguna de las dos maneras se llega a detectar agravio, siendo que ambas significan lo mismo, o sea, el llamarle la atención a una persona para que colabore activamente con un determinado orador.

Por este motivo es que debemos ser conscientes todo el tiempo de lo que estamos por decir, ya que si antes de emitir palabra alguna, hacemos uso de la empatía, o sea, de colocarnos en el lugar del otro, podremos llegar a inferir como afectarán nuestras palabras en el otro, en el receptor, previo análisis de nosotros mismos respecto de, en que estado psicológico nos encontramos, en razón de que, no es lo mismo expresar una determinada frase bajo un estado de enojo, que bajo un estado de calma.

Entonces, al tratar de aplicar lo que humildemente detallo en los párrafos de arriba, podremos evitar el herir a los demás, por medio de la sabia elección del momento en que elijamos para hablarle o escribirle a un receptor, y de las propias palabras que queremos que conformen nuestra frase.

No olvidemos entonces que la semántica o significado explícito, es lo que los ojos "ven" al leer una frase, y nada mas, mientras que la semántica implícita es lo que la mente del receptor entiende al "mirar" dicha frase, por lo que, es este tipo de significado el que debemos saber emplear con inteligencia en nuestras frases para no herir a los otros.

Por lo tanto, si elegimos bien lo que vamos a comunicar, en base a todo lo antedicho, podremos evitar una guerra de palabras, un ida y vuelta de frases cargadas de ironía, un ir y venir de daños psicológicos, un entrecruce de agravios en constante evolución hacia una especie de destrucción de emociones y susceptibilidades tanto del emisor como del receptor. Lo cual quedará en ambos como una marca de fuego en el inconsciente, y para toda la vida, por lo que a futuro, esto último, siempre nos jugará en contra.

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06/05/2013



Una de las bastas formas de conocer a los demás, la principal diría yo, es primero, conocerse a si mismo, haciéndolo a través de la mera introspección constante, ininterrumpida, a cada momento y circunstancia, bajo presión o en distensión, en relación o en soledad, en comunicación con los otros, ya sea de forma hablada o escrita, en el sufrimiento o en la felicidad. Todas estas variaciones de los acontecimientos antedichos, en donde tenemos la oportunidad de hablar con nosotros mismos, de entablar una relación biunívoca entre nuestro ser… y nuestro ser… no son mas que las herramientas fundamentales para que, en un indiscutible segundo lugar, logremos comprender a los demás.

En inseparable relación a lo anteriormente expresado, del mismo modo del que constantemente hablamos con nosotros mismos, luego lo haremos con los demás por medio de un mejor nivel de entendimiento y calidad, utilizando la poderosa palabra, sin importar que medio la soporte, como base de toda relación socialmente aceptada.

En consecuencia, las palabras van y vienen, desde un emisor hacia un receptor y viceversa, organizadas en un todo significativo, para que estas frases, conformadas por una semántica entendible, conlleven a una comunicación eficiente entre dos o más interlocutores.

Pero, ¿que pasa con la palabra no respondida, o sea, con la emisión de aquella, sin que el receptor “co-rresponda” con sus palabras de retorno hacia el emisor?

La respuesta es: Esa poderosa palabra no respondida, nos da una gran cátedra respecto de ese “Ser receptor”, y sobre quién, implícitamente, nos enseña acerca de las facetas más oscuras de su innegablemente alterada psiquis.

Y la respuesta sigue; ya que esa palabra no devuelta por el abrumado receptor, describe a la perfección, con quien nos estamos comunicando, pudiendo actuar en consecuencia, antes que esa “no respuesta”, nos pueda afectar de alguna manera, recurriendo, por parte del emisor, a las mejores armas de defensa que cada ser humano debe portar durante toda su vida, y que son, las capacidades de reflexión e intelectuales, respecto de nuestro propio y privado autoconocimiento.

Entonces, el saber cabalmente, o con la mejor certeza posible, quienes y como somos íntimamente, ninguna de las omisiones verbales por parte de ese “reincidente y silencioso receptor”, nos podrá afectar en lo mas mínimo, y con el agregado de que nos deja, además, aquella enseñanza sobre ese “ser que calla y no alega respuesta alguna”. Con ese acto de rebelde indiferencia hipócrita e irresponsable de aquel receptor, lograremos, a través del uso de aquellas armas introspectivas para nuestra defensa, aprender quien es quien, a quién extender nuestra Fe y confianza y a quién no, a quién hablar con claridad y entendimiento y a quién dejar con el oído vacío, a quien mirar con nuestras ventanas del alma y a quien solo “ver” con los ojos de la indiferencia, a quien darle un fuerte apretón de manos y a quien extenderle solo una extremidad, a quien abrazar con el cuerpo y el corazón y a quién solamente dejar que el aire y el espacio se entrecruce, a quien eternizar recordándolo en todo momento con total vehemencia y a quien dejar como desecho de nuestra memoria a corto plazo, a quien confiarle un secreto y a quien confiarle el silencio. Aunque, de todos modos, esa palabra no respondida por parte del receptor, no hará que le quite mi asistencia cuando sea necesario socorrer su cuerpo y su alma. Pero, todo lo demás, queda descartado, por una simple y mala acción de parte de aquel “reincidente ser sin voz”… por la palabra constantemente no “co-rrespondida”.

Esa poderosa palabra no devuelta, no articulada, es como una enciclopedia de definiciones respecto del ser que “no la pronuncia”. Ese silencio de retorno, es un compendio de definiciones implícitas para saber que clase de ser ególatra podemos llegar a tener cerca nuestro. El prefijo “co” de la palabra “correspondencia”, le agrega el significado de “responder en conjunto”, un constante fluir, un ida y vuelta, y no de que la dirección de las voces, siempre viajen en una sola dirección.

Por lo tanto, con nuestras armas de autoconocimiento y junto al entendimiento del silencio, dentro del cual debería ir plasmada una esperada respuesta, podemos saber, a priori, a quien dejar ocupar un lugar junto al nuestro, y a quien solo mostrarle el cartel de “lugar no disponible”.

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