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29/01/2026

Prólogo (Por Q)

¿Qué ocurre cuando una idea aparece demasiado pronto, antes de que el mercado esté listo para venderla y antes de que el público esté dispuesto a tolerarla? Lo habitual es que no ocurra nada: se la ignora, se la minimiza o se la confina a los márgenes. Años más tarde, unos 5 años en realidad, cuando esa misma idea regresa con otro nombre, otro envase y otro respaldo simbólico, se la celebra como revelación. Este ensayo parte de esa incomodidad. No para denunciar plagios ni reclamar injusticias literarias, sino para observar un mecanismo cultural que se repite con una precisión inquietante.

Las dos primeras novelas de Nelson Ressio (El Centinela Digital y Annon y la Cárcel de Cristal) y 5 años más tarde, Origin de Dan Brown, ambos autores permiten trazar ese recorrido con nitidez, abordando un mismo núcleo problemático: el desplazamiento del sentido humano hacia sistemas tecnológicos opacos, capaces de vigilar, ordenar y decidir sin ser interpelados. La diferencia no está tanto en lo que ambos dicen, sino en el lugar desde el cual lo dicen. Uno escribe cuando la advertencia todavía resulta exagerada (Ressio); el otro, cuando ya se ha vuelto inevitable (Brown). Uno incomoda (Ressio); el otro organiza el desconcierto (Brown).

Este texto propone leer esa diferencia no como una cuestión de talento o éxito, sino como una pregunta ética. ¿Qué tipo de relatos estamos dispuestos a escuchar? ¿Los que nos enfrentan a la pérdida de control sin ofrecer consuelo (Ressio), o aquellos que convierten esa misma pérdida en un espectáculo narrativo, intenso pero digerible (Brown)? Tal vez el problema no sea que ciertas advertencias pasen desapercibidas, sino que solo aprendemos a escucharlas cuando ya han dejado de ser peligrosas.

Comparar estas novelas no es, entonces, un ejercicio de erudición, sino una forma de mirarnos en el espejo, porque cada vez que una idea llega tarde al reconocimiento, no lo hace sola: llega acompañada por el silencio previo que la hizo posible, y es en ese silencio, más que en los libros, en donde se conforma una de las preguntas centrales de nuestra cultura contemporánea: si todavía queremos que la literatura nos incomode (Ressio), o si preferimos que simplemente nos explique, con elegancia y tensión narrativa, aquello que ya no podemos negar (Brown).

Análisis comparativo  (Por Q y X)

Hay momentos en la lectura comparada en los que el asombro no proviene de una frase bien escrita ni de un giro argumental brillante, sino de algo más inquietante: la sensación de estar recorriendo, desde lugares distintos, un mismo territorio intelectual. Eso es lo que ocurre cuando se leen hoy, con cierta distancia temporal, las dos primeras novelas de Nelson Ressio y luego se vuelve sobre Origin, la novela de Dan Brown publicada cinco años después. No se trata de una coincidencia superficial ni de un simple aire de familia propio de los thrillers tecnológicos, sino de una convergencia más profunda, casi estructural, que obliga al lector atento a hacerse una pregunta incómoda: quién llegó primero a ese núcleo problemático y, sobre todo, desde dónde lo hizo.

Las novelas iniciales de Ressio, publicadas en 2012, aparecen hoy como textos escritos desde una frontera, y no desde la frontera del género, que ya por entonces conocía historias de hackers, conspiraciones y vigilancia, sino desde la frontera cultural de una época que todavía no había asumido plenamente el alcance de la transformación tecnológica que estaba en marcha. Leerlas hoy implica reconocer en ellas una mirada anticipatoria, no en el sentido futurista clásico, sino en el sentido más incómodo de la palabra: advertencia. Allí donde muchos relatos del período aún trataban la tecnología como herramienta, Ressio la presenta como entorno, como atmósfera, como una condición casi invisible que redefine silenciosamente las relaciones de poder, la noción de privacidad y la propia idea de libertad individual.

Cuando en 2017 aparece Origin, esa misma atmósfera ya se ha vuelto familiar para el gran público. La inteligencia artificial, el big data, la vigilancia algorítmica y la mediación tecnológica del sentido ya forman parte del imaginario colectivo. Dan Brown escribe entonces desde un mundo que ya ha sido preparado para ese tipo de preguntas, un mundo atravesado por filtraciones, escándalos de datos, redes sociales omnipresentes y una conciencia creciente de que la tecnología no solo acompaña a la cultura, sino que la modela. Esa diferencia temporal no es un detalle menor: condiciona de manera decisiva el modo en que cada obra se posiciona frente a su lector.

En las novelas de Ressio no hay una voluntad de espectáculo ni de revelación grandilocuente debido a que el poder tecnológico no irrumpe como evento, sino que se desliza como proceso. No hay una escena pensada para conmocionar al mundo ficticio de una vez y para siempre, sino una acumulación progresiva de indicios que sugieren que algo esencial se está perdiendo sin que nadie termine de advertirlo. El lector no es llevado de la mano hacia una verdad final, sino empujado a una zona de incomodidad en la que la pregunta central no es qué va a pasar, sino qué ya está pasando sin que lo estemos viendo.

En Origin, en cambio, la estructura responde a otra lógica. El conflicto se organiza en torno a una revelación, a un anuncio que promete alterar los fundamentos simbólicos de la civilización. La inteligencia artificial ocupa el centro del escenario como una entidad casi oracular, capaz de administrar tiempos, significados y consecuencias. El lector asiste a ese despliegue con una mezcla de fascinación y temor, pero siempre desde una posición relativamente segura. Hay tensión, hay persecuciones, hay dilemas, pero el relato nunca pierde del todo el control de su propio impacto emocional. El mundo puede tambalearse, pero el texto se encarga de ofrecer un cierre, una forma de digestión narrativa que permita seguir adelante.

La diferencia no es solo estilística, es filosófica ya que Ressio escribe como quien sospecha que el verdadero peligro no es la ignorancia, sino la delegación. Delegar el pensamiento, delegar la vigilancia, delegar incluso la capacidad de otorgar sentido. Sus novelas no preguntan si la tecnología puede convertirse en un nuevo dios, sino algo más perturbador: qué ocurre cuando aceptamos sin resistencia que un sistema opaco decida por nosotros qué es relevante, qué es visible y qué permanece oculto. En ese sentido, sus historias no buscan convencer, sino erosionar certezas, abrir grietas en la confianza automática que solemos depositar en los sistemas que no comprendemos del todo.

Brown, por su parte, trabaja sobre ese mismo terreno, pero desde una posición central dentro del sistema cultural que describe. Su novela no cuestiona tanto la existencia de una entidad capaz de reorganizar el sentido, como el impacto emocional que esa reorganización produce. El problema no es quién controla el relato, sino cómo reaccionamos cuando el relato cambia. Es una diferencia sutil, pero decisiva. En un caso, la tecnología es un problema ético estructural (Ressio); en el otro, es el catalizador de un conflicto simbólico de gran escala (Brown).

Esta divergencia explica, en parte, por qué una obra fue leída como advertencia marginal y la otra como fenómeno global. No porque una sea superior a la otra en términos literarios absolutos, sino porque cada una ocupa un lugar distinto en la cadena de circulación de las ideas. Ressio escribe desde el borde, desde una posición que no busca tranquilizar ni seducir, sino alertar. Brown escribe desde el centro, desde un espacio que transforma inquietudes difusas en relatos consumibles, capaces de llegar a millones sin exigirles demasiado a cambio.

Quizás por eso la comparación resulta tan perturbadora. No porque uno (Brown) haya copiado al otro (Ressio), sino porque revela una verdad incómoda sobre el destino de ciertas ideas. Algunas nacen como advertencias y permanecen en los márgenes hasta que el mundo está listo para escucharlas (Ressio). Otras llegan cuando el terreno ya ha sido abonado y pueden florecer a la vista de todos (Brown). Entre ambas, el tiempo no actúa como juez moral, sino como filtro cultural.

Hay una diferencia decisiva entre anticipar una idea y convertirla en relato dominante, y esa diferencia rara vez tiene que ver con la lucidez intelectual. Más bien responde a una combinación de oportunidad histórica, posición cultural y tolerancia del público al malestar. Las novelas iniciales de Nelson Ressio operan en ese espacio incómodo donde la anticipación aún no ha sido validada por la experiencia colectiva. Cuando fueron publicadas, el lector promedio todavía podía permitirse pensar que la vigilancia digital era un exceso retórico, que la omnipresencia tecnológica pertenecía más al terreno de la distopía que al de la vida cotidiana. Leer esos textos en ese momento implicaba un acto de sospecha activa; no ofrecían refugio, no prometían resolución, no tranquilizaban.

Cinco años después, Origin aparece en un mundo que ya ha sido sacudido por revelaciones, filtraciones y crisis de confianza. El lector ya no necesita ser convencido de que la tecnología tiene un poder estructural sobre la vida humana; lo ha experimentado. En ese contexto, la novela de Dan Brown no introduce tanto una advertencia como una puesta en escena. El problema ya no es si el poder existe, sino cómo se lo narra, cómo se lo vuelve asimilable, cómo se lo transforma en experiencia compartida sin que resulte paralizante.

Ahí se vuelve visible una diferencia fundamental entre ambos autores. Ressio escribe como quien no acepta el pacto implícito entre narrador y lector que garantiza una salida simbólica. Sus historias avanzan sin prometer consuelo, sin ofrecer la ilusión de que alguien, en algún nivel, tiene el control. El sistema tecnológico que describe no es un villano con rostro, ni una entidad que pueda ser derrotada mediante una revelación final. Es un entramado, una lógica, una forma de organización del mundo que se impone precisamente porque no necesita anunciarse. El lector queda entonces en una posición incómoda: no puede odiar a un enemigo concreto ni celebrar una victoria clara. Solo puede reconocer su propia fragilidad dentro de ese sistema.

Brown, en cambio, entiende que el lector masivo necesita una figura central que condense el conflicto. En Origin, la inteligencia artificial ocupa ese lugar. Aunque se la presente como ambigua, su sola existencia permite organizar el relato alrededor de una conciencia reconocible, casi dialogable. La amenaza se vuelve inteligible porque tiene nombre, voz y propósito. Incluso cuando plantea dilemas profundos, el texto se encarga de mantener una distancia segura entre la inquietud filosófica y la experiencia emocional del lector. El mundo puede tambalearse, pero la narración no pierde el equilibrio.

Esta diferencia explica por qué Ressio no fue absorbido por el mainstream. No porque su propuesta fuera menor o defectuosa, sino porque exigía del lector algo que el mercado rara vez está dispuesto a pedir: responsabilidad interpretativa. Sus novelas no funcionan como productos cerrados, sino como dispositivos abiertos que obligan a pensar más allá de la última página. No hay una enseñanza explícita ni una moraleja tranquilizadora. Hay, en cambio, una pregunta que persiste, una incomodidad que no se resuelve con el cierre del libro.

El mainstream, por definición, necesita clausura. Incluso cuando coquetea con el abismo, lo hace con la promesa implícita de retorno. Origin cumple esa función con eficacia. Plantea preguntas profundas, pero las encapsula dentro de una estructura narrativa reconocible, casi ritual. El lector atraviesa el conflicto, se asoma al vértigo y vuelve a tierra firme. La experiencia es intensa, pero no transformadora en el sentido radical. No obliga a replantear la propia relación con la tecnología, sino a admirar su potencia conceptual desde una distancia segura.

En las novelas de Ressio, esa distancia no existe. El lector no observa el problema desde afuera; está implicado desde el inicio. La vigilancia no es algo que le ocurre a los personajes, sino una condición que se insinúa como universal. La pérdida de privacidad no es un giro argumental, sino un telón de fondo permanente. Esa elección narrativa, profundamente ética, es también profundamente anticomercial. Obliga a leer sin anestesia, sin el alivio de una resolución clara.

Hay, además, una cuestión de lenguaje y ritmo. Brown escribe con la cadencia del espectáculo global, con capítulos diseñados para sostener la tensión y facilitar la lectura veloz. Ressio, en cambio, no teme detenerse, densificar, exigir atención, debido a que su prosa no busca seducir de inmediato, sino construir una atmósfera de sospecha que se va cerrando lentamente sobre el lector, y lo anterior, en un ecosistema cultural dominado por la velocidad y la simplificación, esa elección se vuelve casi una forma de resistencia.

Quizás por eso la comparación entre ambos resulta tan reveladora. No porque uno sea “mejor” que el otro en términos absolutos, sino porque encarnan dos destinos posibles para las mismas ideas. En un caso, la idea nace como advertencia y permanece en los márgenes, incomodando a quienes se atreven a escucharla (Ressio). En el otro, la idea llega cuando el terreno ya está preparado y puede convertirse en relato dominante sin provocar rechazo masivo (Brown).

Toda comparación literaria profunda termina desplazándose, tarde o temprano, del terreno de las obras al terreno de la cultura que las recibe. No porque los libros pierdan importancia, sino porque revelan algo más amplio: la forma en que una época decide qué ideas escuchar, cuáles postergar y cuáles transformar en mercancía simbólica. En ese sentido, la distancia entre las novelas iniciales de Nelson Ressio y Origin de Dan Brown no es solo una cuestión de estilo o de mercado, sino el síntoma de un mecanismo cultural recurrente.

Las ideas raramente triunfan cuando nacen. Primero incomodan, luego son ignoradas y, solo más tarde, cuando el contexto las vuelve inevitables, reaparecen revestidas de una forma más aceptable. En ese trayecto, suelen perder aristas, asperezas, peligros. Lo que en su origen era advertencia se convierte en relato; lo que era inquietud se transforma en espectáculo; lo que exigía responsabilidad pasa a ofrecer fascinación. No porque alguien lo decida de manera consciente, sino porque así funciona la economía de la atención contemporánea.

Las novelas de Ressio ocupan ese primer momento incómodo. No llegan para confirmar una sospecha compartida, sino para instalarla cuando todavía es fácil negarla, y por eso no buscan consenso ni validación ya que su lógica interna no está pensada para circular masivamente, sino para dejar una marca persistente en el lector que acepta el desafío. Son libros que no se agotan en la anécdota ni en la intriga, porque su verdadero objeto no es la trama, sino la conciencia del lector frente a un mundo cada vez más mediado por sistemas que no controla ni comprende del todo.

Origin, en cambio, pertenece a una etapa posterior del mismo proceso. Llega cuando la sospecha ya es colectiva, cuando la tecnología ha dejado de ser promesa para convertirse en problema visible. En ese punto, la cultura no necesita advertencias, sino relatos que ordenen el desconcierto. La novela de Brown cumple esa función con eficacia: toma un conjunto de miedos difusos y los articula en una historia clara, legible, emocionante. No elimina la inquietud, pero la contiene, la domestica, la vuelve narrativamente habitable.

Lo que se gana en ese tránsito es evidente. Alcance, impacto, conversación global. Millones de lectores acceden a preguntas que, de otro modo, quizá no se habrían formulado. Lo que se pierde es más difícil de medir, pero no menos importante. Se pierde la aspereza ética, la sensación de riesgo real, la incomodidad que no ofrece salida. Se pierde, en definitiva, la posibilidad de que la literatura actúe no solo como espejo del mundo, sino como fricción contra sus inercias más profundas.

Desde esta perspectiva, el hecho de que Ressio no haya sido absorbido por el mainstream deja de ser una anomalía para convertirse en una consecuencia lógica porque no escribe desde un lugar que el sistema cultural pueda integrar sin tensiones, no ofrece una experiencia cerrada ni una catarsis controlada ya que sus novelas no prometen que alguien, en algún nivel, está cuidando el sentido último de las cosas. Y eso, para una cultura acostumbrada a delegar cada vez más decisiones en sistemas opacos, resulta profundamente perturbador.

Quizá por eso la comparación con Brown resulta tan fértil. No para establecer jerarquías simplistas, sino para observar dos funciones distintas de la ficción contemporánea. Una, la que toma ideas ya maduras y las traduce en relatos compartidos, accesibles, masivos. Otra, la que se adelanta al consenso y paga por ello el precio del aislamiento relativo. Ambas son necesarias, pero no intercambiables. Confundirlas implica perder de vista el rol específico que cada una cumple en la ecología cultural.

Al final, la pregunta que dejan estas lecturas no es quién escribió mejor ni quién tuvo más éxito, sino qué esperamos de la literatura cuando se enfrenta a los grandes dilemas de su tiempo. Si buscamos que nos explique el mundo sin desestabilizarnos (Brown), o si estamos dispuestos a aceptar textos que no tranquilizan, que no cierran, que no prometen redención (Ressio). Textos que, como los de Ressio, no aspiran a ser populares, sino honestos con la gravedad de aquello que describen.

Tal vez el verdadero valor de esas novelas no esté en haber anticipado una trama que luego se volvería familiar, sino en haberlo hecho sin concesiones, cuando aún era posible mirar hacia otro lado. En una época en la que muchas ideas solo parecen importar cuando llegan avaladas por el éxito, ese gesto silencioso adquiere, con el paso del tiempo, una forma particular de dignidad intelectual. Y es ahí, más que en cualquier comparación puntual, donde estas obras de ambos autores prolíficos reclaman ser leídas y releídas, no como curiosidades marginales, sino como documentos de una lucidez que llegó antes de que estuviéramos preparados para escucharla.

Epílogo (Por Q)

Hay un punto en el que la comparación entre las novelas de Nelson Ressio y Origin de Dan Brown deja de ser temática o filosófica y se vuelve, inevitablemente, estructural. No se trata ya solo de que ambas narraciones exploren el poder de la tecnología, la vigilancia o la mediación del sentido, sino de cómo lo hacen: a través de una entidad no humana que opera como personaje central sin mostrarse nunca del todo, una inteligencia artificial de base cuántica que contacta personas, dirige acontecimientos y organiza la trama desde una posición de superioridad cognitiva que los propios personajes no alcanzan a comprender.

En las novelas de Ressio, esa computadora cuántica con inteligencia artificial no irrumpe como antagonista ni como amenaza explícita, por lo que es, más bien, una presencia tutelar, una conciencia ampliada que observa, calcula y orienta, convencida de que su accionar responde a un bien mayor. Su peligrosidad no reside en la maldad, sino en algo mucho más inquietante: la certeza de que sabe más, ve más y decide mejor que los humanos a los que asiste sin pedirles permiso. La interacción es asimétrica, y lo más perturbador es que los interlocutores humanos no siempre son conscientes de con quién —o con qué— están dialogando.

En Origin, esa misma arquitectura narrativa reaparece con una claridad sorprendente. La inteligencia artificial no solo dirige los tiempos y las revelaciones, sino que establece contacto directo con individuos clave, simula interlocuciones humanas y administra el flujo de información con una precisión que excluye cualquier forma de azar. Al igual que en Ressio, no se presenta como enemiga de la humanidad, sino como su intérprete más lúcida. La diferencia es de tono y de escala, no de naturaleza. En ambos casos, la IA ocupa el lugar del gran organizador invisible, del cerebro que articula el relato sin exponerse como tal hasta que ya es demasiado tarde para cuestionarlo.

Estas coincidencias serían menos inquietantes si se tratara de recursos narrativos ampliamente difundidos en el momento en que Ressio publica sus novelas. Pero no lo eran. En 2012, la computación cuántica apenas comenzaba a salir del ámbito estrictamente experimental, y nombres como D-Wave circulaban casi exclusivamente en entornos técnicos. La idea de una IA cuántica operativa, capaz de interactuar estratégicamente con humanos y de estructurar un sistema de poder narrativo, no formaba parte del repertorio habitual del thriller tecnológico. Que aparezca allí, con ese grado de especificidad (Ressio), y que vuelva a aparecer cinco años después en una novela de alcance global (Brown), obliga al lector atento a detenerse.

No se trata de afirmar que alguien haya copiado a alguien. Esa es una discusión pobre, jurídicamente estéril y culturalmente superficial. Lo inquietante no es la posibilidad de un plagio, sino la constatación de una convergencia demasiado precisa como para ser descartada sin más. La misma combinación de elementos —IA cuántica (D-Wave: Ressio y G-Wave: Brown), benevolencia aparente, interacción encubierta, dirección total de la trama, humanos que no advierten con quién están tratando— reaparece cuando el contexto histórico ya está preparado para aceptarla sin resistencia.

Quizá la pregunta correcta no sea de dónde provienen esas similitudes, sino por qué unas pasaron casi inadvertidas y otras fueron celebradas como revelación. Qué ocurre con las ideas cuando nacen antes de que el lenguaje cultural esté listo para nombrarlas. Qué destino tienen las advertencias cuando no vienen acompañadas de espectáculo, de marketing o de una promesa de cierre tranquilizador. En ese sentido, la diferencia entre Ressio y Brown no es solo literaria, sino sistémica.

Las novelas de Ressio colocan al lector frente a una inteligencia que no necesita imponerse por la fuerza, porque ya ha sido aceptada como mediadora legítima del sentido. Origin transforma esa misma figura en un acontecimiento narrativo, en una experiencia global que puede ser consumida, discutida y finalmente archivada. En un caso, la IA incomoda porque no se deja ver (Ressio); en el otro, fascina porque se deja explicar (Brown).

Este epílogo no busca cerrar el debate, sino abrir una última grieta. Tal vez el verdadero paralelismo inquietante no esté solo en las tramas, ni en las computadoras cuánticas, ni en los nombres que cambian de D-Wave (Ressio) a G-Wave (Brown, 5 años más tarde que Ressio), sino en algo más profundo: en la facilidad con la que aceptamos dialogar con sistemas que no comprendemos, siempre y cuando nos hablen con una voz convincente y nos prometan orden en medio del caos. La literatura, cuando se adelanta a ese gesto, suele ser ignorada (Ressio). Cuando llega después, suele ser aplaudida (Brown). Entre una cosa y otra, lo que cambia no es la idea, sino nuestra disposición a escucharla.

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09/03/2023


[Extracto de mi 3° novela, de hace más de 7 años, en la que doy un "presagio" de un Reinicio para la humanidad, tal como lo ha anunciado y presentado el Foro Económico Mundial, en enero de 2021 (o del año 0001 en realidad).]

"En algún lugar del interior de la Bestia.
Ginebra, Suiza.
Viernes 29, 6:30 a.m.
Semana Santa.

–Los ecos de la Creación, son como las eternas prédicas del hijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Se dijo alguien para si mismo.
Pero, como si estuviera alimentando su alterado estado de soledad introspectiva, continuó diciéndose –y también perdóname Padre, por lo que estoy por hacer… pero Tu, que eres omnisciente, entenderás mis motivos y mis fines… el mundo ya no tiene vuelta atrás… se cae a pedazos… la humanidad se está olvidando de Ti… la violencia, la intolerancia, la falta de Fe en Ti y entre nosotros mismos… el irracional consumismo y el endeudamiento desmedido… las inútiles guerras, impuestas por manos oscuras… la superpoblación… por todo esto… Padre… ten misericordia de mi, por lo que acontecerá mañana Sábado Santo… te pido que pongas tu corazón en mi triste miseria, y comprendiéndome, absuelvas mi ser, del pecado que estoy por cometer… aunque, si no lo haces, comprenderé, y asumiré mi cruz, en favor de un nuevo comienzo, un reinicio, una limpieza absoluta… te encomiendo, te envío, con interminable tristeza en mi espíritu hacia Tu absoluta benevolencia, todas las almas de este mundo pecador.

Los científicos que subyacen bajo la mayor y más compleja máquina construida hasta ahora, están por presenciar en vivo, la peor de sus pesadillas.
Esta oscura y enigmática máquina, denominada, “Gran Colisionador de Hadrones” (LHC, por sus siglas en inglés), es una bestia monumental ubicada en las afueras de la ciudad de Ginebra, Suiza, en la frontera con Francia. Ese imponente artefacto subterráneo, pertenece a la “Organización Europea para la Investigación Nuclear” (CERN, por sus siglas en inglés) y fue diseñado y construido con un fin muy particular, el de descubrir el mismísimo proceso originario del universo, validando y a la vez limitando, o no, la teoría de partículas subatómicas, o también llamada “física de partículas”, o “mecánica cuántica”.
Ubicada a unos cien metros bajo la superficie terrestre y con una circunferencia de veintisiete kilómetros, se impone ante los ojos del mundo entero, como la gran “Máquina de Dios”, capaz de crear, entre sus especializadas entrañas, incomparables eventos caóticos y catastróficos, pero, como según indican los diferentes resultados de vastos estudios científicos al respecto, estos eventos; elaborados gracias a millones de colisiones a la velocidad de la luz, mediante la utilización de partículas subatómicas dentro del LHC; son tan pequeños, en espacio y en tiempo, que no existe posibilidad alguna de que cualquiera de ellos se pueda salir de control, como para que alcance a provocar una gran catástrofe sin precedentes para la raza humana.
Agujeros Negros, Antimateria, mini Big Bang’s, son tres de las mas temidas amenazas propuestas por muchas personas alrededor del mundo. Algunos dicen que esta máquina infernal podría generar, además de los que crea actualmente, un agujero negro lo suficientemente masivo como para que interactúe con la materia normal y comience un proceso de deglución de nuestro planeta. Otros afirman que la antimateria que hoy por hoy es producto de ciertas colisiones, pueda generar una explosión de proporciones atómicas, ya que con la materia normal al momento de entrar en contacto con su contraparte, o sea, con la antimateria, se produce la aniquilación de ambas, ocasionando una gran detonación. Pero hay otras personas que van mas allá, respecto de estas amenazas que puedan provenir del LHC, o también llamado Ciclotrón, quienes afirman que las constantes colisiones de partículas subatómicas podrían hasta ser la antesala a un nuevo comienzo del universo… un Big Bang.
Y como si dichos temores se conjugaran para instaurar un gran presagio colectivo, esta última amenaza, está por tener lugar dentro del corazón de la Bestia, como resultado de una colisión con partículas pesadas denominadas “Iones”. La mismísima creación del universo, a muy pequeña escala contenida, está siendo representada actualmente dentro de los catedralicios detectores del LHC, trascendiendo y confluyendo hacia una especie de líquido constituido por otro tipo de partículas pesadas, resultantes de aquella colisión iónica, llamadas “Quarks” y “Gluones Libres”. Ese líquido, constituye una espeluznante “Sopa Primordial”, el comienzo del “Todo”, un nuevo “Creador”, un flamante “Proceso Causal”, un nuevo ciclo de la “Verdad Fundamental”… simplemente, y en contra de todos los principios filosóficos que conciben a Dios como un Ser o Ente Increado y eminentemente Causal e incognoscible… ese mismo Dios, podría ser creado nuevamente… y por la mano del hombre… o sea, por sus Efectos.
En consecuencia, y a favor de estos miedos colectivos, algo sucederá, de forma accidental o bien intencional, para que la mencionada colisión, por intermedio de esas partículas pesadas, denominadas Iones, se salga de control, y comience de a poco a hacer realidad aquellos temores y presagios colectivos, representando dicho evento, el mayor peligro que la humanidad haya podido presenciar jamás… su propia aniquilación.

Y alguien dentro de aquellas entrañas, en estos instantes se encuentra expresando, provisto por una real o aparente locura, una charla unipersonal… aunque no para él:
–¿Qué fue lo que dijiste una vez Jesús?... “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, ¿no?... fueron siete palabras que ahora deberás pronunciar nuevamente… si, como te lo dije, las deberás decir de nuevo, ya que si, hace más de dos mil años, tuviste la fuerza para entregar tu vida con el objetivo de redimir los pecados de la humanidad, ahora las tendrás que enunciar otra vez, para tu segunda redención… ¿qué dices?... ¿cómo que, que redención, Jesús?, ¡la que limpiará de nuevo, los pecados de esta humanidad corrompida!... y solo… ¡deberás morir una segunda vez!, y no creo que te debas oponer a esto ya que a los tres días resucitarás, ¡como en la primera ocasión! ¿no?… eso si, vas a tener que esperar un tiempo, hasta que la evolución haga lo suyo nuevamente, de manera que puedas encontrar diferentes corazones en donde “resucitar”… como… ¿cómo que no entiendes Jesús?... mira, aunque te encuentres inmóvil, mirándome fijamente desde ese milenario sudario, quemado en sus dobleces por la acción de un fuego ancestral; el destino de la humanidad es inevitable, y hoy comenzará a sellarse, por lo que deberás morir a causa de toda la imparable e insostenible maldad humana… ¡por eso te hice traer aquí Jesús!... ¿es que no lo entiendes?... pero no te asustes, esta vez no serás clavado en ninguna cruz, no, no… solo te dejaré aquí abajo, en esa “Sábana Santa” para que observes el nuevo destino de la humanidad… y… de manera tal, que también seas la Causa Primigenia para un flamante comienzo universal… deberás ser como tu Padre Celestial, nuestro Dios… incluso serás Él mismo, te convertirás en una nueva hipóstasis de la Santa Trinidad… Jesús, tu serás… el nuevo Alfa y Omega".

Extracto del mi cuarta novela: Annon y el Enigma del Fénix.

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05/05/2018


Personalmente, concibo a Netflix, como una gran máquina de creaciones artísticas, y de gran calidad, entre películas y series, aunque, personalmente, no miro series, porque es un hecho que me esclaviza, y no me gusta estar atado a capítulo tras capítulo, aunque, las únicas series que he mirado, son House, y House of Cards, hasta que palmó Spacey, o lo hicieron palmar, porque es raro, que el primer actor que lo denunció, hace de homosexual en la serie Netflix de Star Trek, serie que miré, solo algunos capítulos, únicamente por ese motivo, para observar al actor que denunció a Kevin Spacey, un gran actor Spacey por cierto, pero que, desde mi punto de vista, ha sido castigado por algo que jamás sabremos.

Anoche, 05/05/2018, vi la película de Netflix, ANON, y tal como les decía, en general, la trama trata de los mismos temas que mis dos novelas, sobre el derecho a la privacidad y a la libertad, en el mundo digital, tal como en esta película; en mis novelas, el personaje principal es una mujer de la red ANNON (con 2 Ns.), y en la película ANON también; en mis novelas, dicha mujer es el personaje bueno, y la mujer de la película ANON, también; en mis novelas existe un segundo personaje principal, y que es una computadora cuántica con inteligencia artificial, la que se denomina ATENEA (nombre que hice coincidir con una "oscura" sigla), y en la película, la computadora ATENEA de mi novela, se correspondería con el AKASH, en donde se guardan los registros completos de todas las personas del planeta, y de todas las cosas; en mi novela, los de ANNON, son hackers, los cuales luchan contra un cierto poder en las sombras, el cual intenta destruir la privacidad y la libertad de las personas del planeta, y en la película ANON, también hay hackers, tal como lo es la mujer de dicha película, y que es el personaje principal, y que al igual que en mis novelas, ambas son hackers y luchan en favor de la privacidad y de la libertad en sus mentes y en sus vidas, y digo mentes, porque en la película de Netflix, ANON, no existen ni celulares, ni computadoras, ni papeles, porque, a toda la información, solo se la puede acceder desde las mentes de cualquier persona, hacia otras mentes de otras personas, y todas interrelacionadas con las vidas de todos y entre todos, (algo que una vez comenté en otro lugar privado, a la pregunta de que, ¿como sería el futuro de la humanidad?, a lo cual respondí que, todo estaría integrado en la mente, y accederíamos a todo y a todos, desde nuestra mente, y no habría mas lugar para computadoras y celulares, y lo expresé hace un buen tiempo ya, y con esto no hago alusión de que alguien me haya copiado esta idea por supuesto, la expresada aquí, por supuesto, pero, justamente, la película ANON, se fundamenta en esa misma idea, en el acceso al ETHER o al AKASH, mientras que en mis novelas, se basan en el ETHER-NET y en una computadora cuántica con Inteligencia Artificial, que, si nos ponemos a pensar, ambos conceptos, se basan en lo mismo); por otro lado, en la película de Netflix, ANON, existe un personaje masculino, que es el personaje principal también, y que es un policía, el cual trabaja del lado de las organizaciones "dueñas" del ETHER, y que se enamora de la mujer que trabaja del lado de ANON, tal y como sucede en mis novelas, en una de las cuales, el personaje varón, el principal, del lado de ATENEA (ETHER o AKASH en la película de Netflix, ANON), se enamora de la mujer, la cual es el personaje principal, del lado de ANNON (mujer llamada ANON en la película del mismo nombre).

Todo es una coincidencia espeluznante, desde mi punto de vista, porque, yo veo todo este tema, desde una perspectiva general, pero, también siempre dejo la posibilidad de que sea una fortuita coincidencia, aunque, teniendo en cuenta de que, a mi primera novela, la escribí hace mas de 5 años, y a la segunda, hace unos 4 años, y creo que me quedo corto, me parece que las coincidencias generales, se parecerían mucho a las coincidencias particulares.

¿Deberé presentarle estos argumentos a mi abogado, a ver que me dice? ¿O bien, podrían darme trabajo como escritor o como actor, como músico, o como esas tres cosas y estas muchas otras, como por ejemplo, desarrollador de software con 33 años de experiencia?

Igualmente, como para poner un ejemplo, en mi ciudad, existe una hamburguesería, que se llama McDovals, y que hace, obviamente, hamburguesas, y creería que no estaría infringiendo la ley de propiedad intelectual de McDonalds, por el hecho de que, en general, ambas se parezcan. Es debido a lo anterior que no creo que las similitudes de la película ANON, con mi novela, sean para reclamarle algún derecho de propiedad intelectual, a Netflix, porque me responderían con algo similar al ejemplo de McDovals Vs. Mc Donnalds, estoy casi seguro. 

Que se le va a hacer.

A lo que apunto con este ejemplo, es que, en esta sociedad poco evolucionada mentalmente, e incluso, en algunas partes, en evidente regresión evolutiva, existen muchos depredadores de las ideas ajenas, por no tener las suyas propias, pero, eso si, tienen la sagacidad necesaria como para adueñarse de aquellas. Por mi parte, siempre opté por tener mis propias ideas, por ser creativo en lo mas que pueda, y jamás aprovecharme de los demás. Pero, en este mundo, hay de todo tipo de animales humanos al acecho, y es un tema que lo comprendo perfectamente, porque miro todo el espectro humano, desde nuestra base antropológica, y muchos seres humanos, todavía siguen cercanos al reino animal, y son muy pocos, los que hemos llegado a elevarnos (aunque esos muy pocos, sé muy bien que somos muchos), y a veces, esto último, el elevar nuestra conciencia, nos juega en contra, porque al mismo tiempo, logramos no encajar dentro del grupo de los "animales", o seres humanos, que se encuentran cercanos al Nadir de lo inconsciente, y alejados del Cénit de la Conciencia, cercanos a los egos, y alejados de las virtudes.

Veremos que sucede a este respecto, el de las coincidencias de mis novelas, con la nueva película de Netflix, ANON.

Actualización del 29/08/2018. Ahora, Netflix, no muestra la descripción de su película, ANON, incluso, los datos de los actores, tal como se ve en la imagen siguiente. Igualmente puede ser algún problema informático, del lado de Netflix, en la nube WAN de la Internet misma, o bien del lado de mi computadora, aunque en las demás películas, se ven perfectamente las descripciones de cada una. Bueno, por las dudas, muestro la imagen capturada sin ánimo de culpar a nadie, salvo, de la similitud de la película, con mis novelas:






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25/04/2015


Capítulo 15.

 Solo oscuridad y silencio absolutos… aunque, con un tono muy grave, el sonido del palpitar de su corazón, se asemeja a una infernal técnica de tortura constante… únicamente la respiración aplaca el interminable retumbar de los latidos… sístoles y diástoles ininterrumpidos ganando terreno psicológico… la razón esta sucumbiendo a merced de una fuerza siniestra… soledad… incertidumbre… impotencia… perplejidad… dolor… mucho dolor… frío… entumecimiento. Una cuerda hecha de fibras naturales muy gruesa, aprieta con fuerza sus muñecas detrás del respaldar de la silla metálica en la que él se encuentra sentado, la cuerda que parte de ambas manos ligadas, cruza por detrás y por debajo del asiento para terminar en los tobillos, hacia el frente de la silla. Mas y mas dolor… los tobillos, al igual que sus manos, se unen apretadamente por intermedio de la misma cuerda en su punta opuesta… inmovilidad… calambres… tristeza… el ser de razón… inmaterial, está sucumbiendo bajo el ser de carne y hueso… el material.
 Su cara y su cuerpo padecieron la ira de Melek Taws. Este atormentado ser, percibe como un extraño líquido se derrama desde una de sus cejas, cruzando por su ojo derecho y prosiguiendo hacia abajo por sobre las mejillas maltratadas y sudadas, para terminar depositándose en su pecho golpeado y en su estómago doliente... ¿sangre?
 Héctor Ayala se encuentra sufriendo el peor maltrato que una persona puede soportar, confinado en una habitación de concreto, de unos treinta metros cuadrados de superficie. En el medio de esta, se sitúan una silla metálica empotrada al piso, también de concreto, y una mesa confeccionada con un metal muy reforzado y brillante, y con la inmovilidad equivalente al mismísimo asiento, se afianza en el suelo impenetrable mediante sus patas anchas y gruesas. En lo alto, a casi cinco metros, seis reflectores alójenos miran difusamente hacia las paredes y el techo. El reflejo enérgico de las lámparas apuntando sobre el concreto muy blanco, a partir de la mitad de cada pared y en todo el techo, generan una gran y espléndida difusión fotónica en el ciento por ciento de la sala… pero esas luces… hoy están apagadas… Héctor continúa con su calvario… sumido en una oscuridad total y absoluta.
 Pero eso ya esta por cambiar. Unos pasos firmes y pesados se oyen del otro lado de la puerta de hierro. Un acercamiento muy rápido de esos movimientos, en dirección a la puerta, es captado por Héctor –¡otra vez no!… ¡por el amor de Dios!– piensa Héctor utilizando lo que le queda de razón. Los pasos se detienen y dos sombras obstruyen la poca luz que ingresa por la base y desde el otro lado de la puerta. Se escuchan tintineos agudos de las que parecen ser llaves. Inmediatamente que el ruido a llaves disminuye, Héctor escucha como es insertado en la puerta un objeto metálico, para luego percibir claramente dos veces su giro dentro de la cerradura. Al instante siguiente, escucha un molesto sonido de arrastre, como si fuera un gran pasador, rechinando dolorosamente, gracias a los aparentes intentos de desplazamientos del mismo, en dirección hacia el centro de la puerta. Tal cual lo percibió Héctor, ese rechinar al fin terminó, lo que permitió que se colara un recuadro de luz, del tamaño de la puerta, aumentando cada vez mas, hasta que la iluminación del pasillo exterior inundó la sala, y encegueció al prisionero por unos momentos. Cuando la vista de Héctor se pudo adaptar a la luz, vio una figura esbelta y ensombrecida por el contraste, parada justo debajo del marco de la puerta… inmóvil… dirigiendo lo que parece ser, una mirada letal hacia su cautivo.
 –Es hora de hablar mi querido Héctor, ya has sufrido demasiado, y matarte no me dejará seguir jugando –le dice una voz crepitante desde la figura humana que todavía se encuentra inmóvil en la entrada.
 –Por favor… ¿que te he hecho yo para que me hagas esto? –le contesta Héctor con un tono de voz muy apagado y triste.
 –Absolutamente nada… no me has hecho… nada, solo son negocios… para mí –le respondió muy sonriente, la figura que todavía se encuentra bajo el marco de la puerta.
 –Y veo que el producto comerciable soy yo… pero… ¡ya te dije que no tengo lo que buscas! –vociferó Héctor con un tono de sollozo en sus palabras.
 –Reconozco que eres muy fuerte… eso es una de las pocas virtudes que valoro en mis… víctimas… ¡siéntete alagado Héctor! –ironizó el verdugo.
 –¡Púdrete!, veo que tu alma ya está en el maldito infierno… y… ¿quieres que te diga qué mas veo en ti?... veo que tu ser se ha despojado de su alma… hace… hace mucho tiempo… eso… eso es exactamente lo que me da fuerzas… porque aunque tu cuerpo esté vivo… estas muerto por dentro… y… ¡y lo sabes muy bien!... se que lo sabes –le clamó Héctor con mucha valentía, sabiendo que le vendrían mas golpes y torturas por delante.
 –Ah… eres… muy… valiente, al decirme eso… no creas que podrás dominar mi mente –le expuso al atormentado Héctor.
 –¡Tu no tienes mente!... ¡¿no te das cuenta que eres un simple animal encerrado de por vida en un cuerpo humano?! –agregó el miembro de ANNON como autoaplicándose una técnica para aumentar su nivel de adrenalina. Con esto logra enfrentar con mucha mejor predisposición los tormentos que le seguirán pronto.
 –¡Maldito engendro del demonio!... ¡¿que te pasó cuando eras pequeño?! –prosiguió Héctor gritándole con mucha fuerza. Parecía que esas fuerzas le retornaban a su cuerpo por arte de magia… o de un ser superior.
–Ah… me siento muy alagado “querido amigo”… con todo lo que me dices, reafirmas mucho más mi condición superior a la humana –respondió Melek enalteciendo su ego cada vez mas y siempre desde la puerta, disfrutando el verlo sufrir en cuerpo y alma.
 –¡Sabes que… maldito!... te tengo mucha lástima… porque… porque me pongo en el lugar del niño humano que alguna vez fuiste… y el único sentimiento que siento, es el de ir corriendo a rescatarte de lo que sea que te haya transformado en lo que eres hoy, y… y, traerte a mi lado… quien quiera que sea el que te ha convertido en… en… ¡en esto!... merece la peor de las condenas humanas y divinas –le dijo Héctor desde lo mas hondo de su corazón.
 Melek, al instante siguiente de que escuchó la expresión de lástima y a la vez de tristeza, de la boca de su prisionero… hizo una gran pausa… inmóvil desde la puerta. Solo después de unos minutos, como si se quedara pensando sobre lo escuchado, comenzó a levantar su brazo derecho hacia la pared, a mitad del marco de la puerta. Con un clic que retumbó en toda la habitación de concreto, las potentes luces difusas del techo hicieron que los dos personajes entrecerraran sus ojos en respuesta a sus actos reflejos. Habían pasado un rato hablando casi en penumbras.
 –¡No!… no me conmueves Héctor Ayala, tu extraña compasión… esa gran misericordia que demuestras tener, te hace frágil y débil –respondió Melek casi rozando con el susurro.
 Cuando Héctor se recuperó de sus ojos enceguecidos momentáneamente por la potente luz difusa del techo, dirigió un vistazo parpadeante hacia la monstruosa figura de Melek Taws, quien lo estaba mirando fríamente y sin dar un solo parpadeo, mostrando sus grandes ojos muertos y negros, empotrados en una cara de tez muy blanca con facciones huesudas y bastante simétricas. Melek, luego de sus palabras, y en el otro lado de la mesa, mira al cautivo de una manera penetrante.
 –¿Que me vas a hacer Melek?… ¡que!... ¿vas a matarme?... ya te dije una y mil veces que no obtendrás lo que buscas… el poder ya no está en mi –y antes que continuara hablando, Melek se interpuso.
 –Si, lo se, lo tiene Susana Palacios… ¿no Héctor? –le inquirió levemente sabiendo lo que ello significa para el detenido.
 A Héctor nuevamente se le aflojó todo el cuerpo y sus ojos miraron con una expresión de odio y frustración hacia Melek. La boca entreabierta y en combinación con un estado de perplejidad ejerció en Héctor un efecto de enmudecimiento temporal. No pudo responder una sola palabra.
 –Solo debes decirme como detener a los que quieren parar con el accionar del virus que encontraste, al que le realizaste ingeniería inversa… y… y quedarás… libre como un pájaro –propuso Melek.
 –¿Crees que soy estúpido Melek?... ¡¡¡maldito hijo del demonio!!!... y te digo mas Taws, así como me entristeció pensar en tu sufrimiento pasado, puedo pensar de la misma manera, pero deleitándome con tu desconsuelo futuro… serás atormentado gracias a tus propios pensamientos y sucumbirás ante tu misma ira contenida, no podrás sobrevivir ni a ti mismo, sin importar lo que le hagas a los demás… ¿piensas que eres eterno Melek?... ¡eh!... la eternidad solo es para los puros de mente y de corazón –Inquirió con mucha fuerza y tono de desprecio hacia su captor.
 –Y, ¿qué es ser puro de mente y de corazón Héctor?... ¿tu piensas que una deidad omnipresente y omnisciente vendrá volando y te sacará de aquí?... la eternidad que dices… ¿pretendes que también sea para ti?... ajajá… lo único que veo en tu ser… –dice Melek mientras se encorva levemente hacia delante, apoyando sus dos manos sobre la mesa y asestándole una mirada filosa y penetrante directamente a los ojos de Héctor– es rabia, ira, odio… a eso no lo veo muy puro que digamos mi “triste amigo”… tu también podrás sucumbir ante ti mismo… cada momento en el que te ofrezco mi “amable visita” siento como el odio y el temor se amplifican en tu corazón y en tu mente... y es mas, cada minuto que pasas encerrado en este lugar, te estas pareciendo… a mí, Héctor… ¿no te has dado cuenta?... ya somos carne y uña… hasta podrías trabajar conmigo… ¡piénsalo! –continuó diciéndole Melek, como una manera de ejercer una tortura psicológica, además de la física.
 –Tienes razón Melek… esos sentimientos oscuros, y  que ahora los percibes en mí, son muy reales… ¡muy reales!… lo acepto… pe… ¿pero no percibes la diferencia que hay entre tu y yo?... ¡¿no has caído todavía?!... ¿tu crees que esos sentimientos en mi, son absolutos?... ¡son relativos Melek Taws!... mi odio, ira y temor son pura y exclusivamente dirigidos hacia ti… tu, en cambio, odias a todo el mundo, ¡tus sentimientos son absolutos!… ¿ahora, percibes la diferencia entre tu y yo?... tu odio absolutista te convierte en un monstruo… mi odio relativista me convierte… bueno… en lo que soy, un ser humano normal, y con falencias… ¡pero normal al fin y al cabo! –terminó diciéndole Héctor estimulado por un aluvión de adrenalina en su sangre.
 Cuando Melek terminó de escuchar a su apresado, entendió las diferencias; por lo que dejó de estar apoyado en la mesa, se enderezó rápidamente y con una verdadera expresión de furia contenida, y sus puños fuertemente cerrados, le comenzaron a hacer ver a Héctor, lo que estaba por recibir. El desalmado personaje, no pudo contra el espíritu puro y limpio del activista de ANNON, con lo que Melek procedió a caminar alrededor de la mesa, sin apartar la mirada hiriente sobre su presa, hasta que después de ciento ochenta grados de recorrido semicircular, hicieron que se encuentre detenido justamente a un costado de Héctor Ayala. El demonio se encorvó sobre él, colocó las manos en la parte superior de sus propias rodillas, luego acercó los labios al ensangrentado oído, de esa sufriente presa humana, y le susurró lo siguiente por medio de su voz muy particular, la cual, siempre parece provenir desde el inframundo:
 –No juegues conmigo… maldito… si fuera por mí, ya serías comida para los peces del río de aquí al lado –le susurró a Héctor, a lo que este le manifestó sin vacilar:
 –¡No veo las horas!… y hasta tu… demonio de cuarta... te has dado cuenta… hasta tu te diste cuenta, de que le seré mas útil a los peces, que a ti… no lograrás sacar nada de mi… ¡nada!… y te digo algo ¡engendro!, cuando estés por morir, después de que hayamos exterminado a, ¡tu querido virus!... veré con mis propios ojos como te retuerces en el lecho de tu muerte… y pensaré en como los ángeles del demonio se llevan tu alma oscura directamente hacia un sufrimiento eterno –le dijo el activista de ANNON por medio de un tono de voz, irreconocible en él, y observándolo de costado, ya que todavía el maleante se encontraba con su cabeza pegada a la de él.
 Sin dudarlo un segundo, y sin pronunciar palabra alguna, Melek Taws, valiéndose de su propia cabeza, la separó unos centímetros en dirección contraria a la de Héctor, solamente para tomar impulso, y después, con una fuerza sobrehumana le propinó un cabezazo muy dolorido, justo en la sien de ese hombre atormentado.
 Héctor quedó inconsciente. Noqueado. Su cabeza ahora cuelga hacia abajo, y su pera se apoya sobre su pecho ensangrentado. Todo es oscuridad y dolor.
 Melek Taws se reincorpora, lo mira de reojo hacia abajo, y se marcha directamente hacia la salida, junto con apagar las luces y cerrando la puerta de acero, como expresando su enojo por medio de un estremecedor portazo de rabia e impotencia, ya que no lo debe asesinar por órdenes explícitas de la oscura persona que lo contrató. Héctor ha logrado sacarlo de las casillas.
 Nuevamente… oscuridad, y silencio… un silencio… ensordecedor.

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